
“Noche en la tierra”, como hemos dicho al comienzo, es una película episódica; por tanto, irregular por definición. Cinco pequeñas historias alrededor del mínimo común múltiplo llamado taxi, ubicadas en cinco ciudades del mundo reconocibles por su cosmopolitismo: Los Angeles, New York, París, Roma y Helsinki. Acompañados por la música ronroneante y la voz de catarro crónico de Tom Waits, estos pequeños cuentos tratan de dibujarnos los contornos, las personalidades de cada ciudad elegida a través de las constantes vitales del cine de Jarmusch, en el que el género (comedia, melodrama) siempre es subvertido, trazado con renglones torcidos. Esa L.A. elegante, altiva y dominada por las absurdas ideas de la industria cinematográfica representadas en Victoria (Gena Rowlands, una de las más grandes); esa New York confusa, vocinglera, interracial y trufada de inmigración (uno de los temas recurrentes de Jarmusch es la convivencia de nacionalidades); esa París soberbia, hermosa, altanera, inaccesible, coqueta, arrogante y ¿ciega? a la que da vida Beatrice Dalle; esa Roma caótica, desordenada, rebelde, gesticulante y divertida que nos ofrece uno de los actores fetiche de Jarmusch, Roberto Benigni; y la Helsinki fría, introspectiva, hosca e inapacible que se nos muestra en el episodio más sombrío, absolutamente deudor de su amiguete Aki Kaurismäki, y en el que descubrimos que, aparte de pilotos de rally y saltadores de esquí (ese deporte que sólo se practica el Día de Año Nuevo), en Finlandia también hay taxistas... (chiste patrocinado por SOS Racismo). Hemos apuntado ya el urbanismo de Jarmusch, y hay que decir que uno de los denominadores comunes de la película es la manera de fotografiar las ciudades: todas se nos muestran desiertas (excepto, claro, New York, pero sólo al principio del episodio), desapacibles, oscuras, gélidas. No parecen un buen lugar para estar por la noche. Sólo te dan ganas de... coger un taxi e irse para casa. Otra característica de Jim Jarmusch es su facilidad para delinear personajes peculiares dentro de la cotidianeidad, y este filme es un buen escaparate: desde la taxista con vocación de mecánica que no quiere ser una estrella de cine (Winona Ryder, toda una paradoja), al conductor chiflado que confiesa al cura que acaba de recoger sus desviaciones sexuales (Benigni en su salsa, y al son de “Alfred Hitchcock presents"), pasando por los tres personajes del episodio neoyorkino (y en el que tenemos el dudoso placer de escuchar la chirriante voz de Rosie Perez en todo su esplendor).
El veredicto final nos daría como vencedor a los puntos al episodio francés, y al italiano como el más flojo a pesar de las risas. En resumidas cuentas, una de las películas que definieron el género “cine independiente americano” a principios de los años noventa, y que convirtió al sr. Jarmusch, mal que le pese ahora, en uno de sus gurús. Déjeme aquí mismo, señor taxista.
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