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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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YO GANÉ PESO (PREGÚNTEME CÓMO)




Ahora que todavía estamos con la resaca de las suculentas y pantagruélicas comidas de Navidad y aún no hemos terminado de digerir la última ración de turrones, seguro que mucha gente ya habrá pensado los propósitos del año nuevo y uno de los más frecuentes es el de perder algo de peso, ir al gimnasio, etc....Pues bien, siempre interesados por ser un servicio público, vamos da daros un empujoncito más para terminar de decidiros: Super size me.

Michael Moore ha cambiando la forma de plantear los documentales, haciendo que sean mucho mas entretenidos, directos, agresivos incluso, y claramente políticos. Su influencia ha sido mas grande de lo que podía parecer, y aquí tenemos a Morgan Sprulock, que sigue clarísimamente su estilo, aunque en lugar de enfrentarse a Bush (¡bye, bye!) ha buscado a un enemigo muy distinto, pero sumamente poderoso: McDonald’s.

El punto de partida del documental son unas demandas que presentaron unas niñas responsabilizando a las cadenas de comida rápida de sus problemas de peso, pero que fueron desestimadas por no poder determinarse la consecuencia directa de dichos establecimientos, de modo que Morgan Sprulock, para ver si es verdad o no, decide alimentarse un mes exclusivamente a base de productos de MacDonald’s, bajo la supervisión de tres médicos.

Nosotros, que nos orgullecemos de ser los principales usuarios de la maravillosa “dieta mediterránea”, debemos encontrar extraño lo que nos propone la película, pero no olvidemos que los EEUU tiene el mayor número de personas obesas por metro cuadrado y que son los creadores de la “comida basura”; de hecho el número de niños en nuestro país con sobrepeso ha aumentado considerablemente, así que no pensemos que no nos afecta para nada. Además, nuestro ritmo de vida hace que no comamos en casa o no tengamos tiempo para cocinar, por lo que en alguna que otra ocasión hemos tenido que recurrir a los establecimientos de comida rápida. Como dicen al comienzo del documental, los McDonald’s alimentan diariamente a 46 millones de personas, lo que equivale a la población de España (no sé qué me emocionó más, que mencionaran a nuestro país o que supieran situarlo en el mapa)

Muy acertadamente, Sprulock incide sobre todo en la repercusión que tiene este tipo de alimentación en los más pequeños, que son los más susceptibles a la avalancha de publicidad que les echan sobre ellos, y además ponen salas de juegos para que acudan a ellos. Ningún niño supo identificar un retrato de Jesús (al que curiosamente uno confundió con Bush ¿comooor?), pero todos sabían la vida y milagros de Ronald McDonald. Las empresas que se encargan de servir la comida en los colegios no se preocupan de que sea saludable y equilibrada y los colegios se rinden a la empresa que les haga la mejor oferta. Curiosamente, se mostraba el caso de un centro de niños problemáticos en el que se decidió servir comida sana y bajaron los conflictos y subió el rendimiento escolar. Casi parece mentira, pero ¿qué se pierde por probarlo?

Aunque los médicos que supervisaban a Sprulock desde el comienzo no creían que su cambio de dieta tuviera unos efectos excesivamente perjuidiciales, todos se sorprendieron al ver los resultados: fatiga, inapetencia sexual, depresión y un grave daño para su hígado. Pese a sus consejos de que lo abandonara y con un empeño casi masoquista, Sprulock siguió hasta el final. Además, al igual que Moore en Bowling for Columbine con Charlton Heston, intentó por todos los medios entrevistarse con el principal responsable de la cadena, sin resultado.

No debemos prescindir de un placer como la comida, pero tampoco cuesta nada tener un poco de sentido común: se ha de comer absolutamente de todo, pero con moderación, nada más que eso… Y ahora… ¿dónde está la bandeja de turrones?
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APERTURA EN LAMOTTA MAYOR


Ya era raro que en dos años y medio no hubiese sucedido antes. La Directrice, que en el asunto de la informática se quedó en el lenguaje Basic y el ZX Spectrum, se ha manejado más o menos con el blog gracias al Teléfono de Información Cibernética (uséase, el mío). A la que le ha dado por tener una iniciativa, cagadalahemos. Alguien le ha pasado un pendrive con unas fotos “chulísimas de la última partida de canasta de las amigas del asilo” y lo ha enchufado al ordenador. O eso creía ella. Y ahora, en estas fechas, encuentra un técnico que consiga sacar el pendrive de la disquetera...

Total, que la Directrice está incomunicada informáticamente, así que preséntome de nuevo para colgar escena de finde. Sé que lo adecuado sería un algo relacionado mínima y cinéfilamente con la Navidad. Pero como estoy harto de anuncios de juguetes, de lucecitas en las calles, de buenos propósitos, de mañanas sin periódico, de mensajes chorra en el móvil, de barbudos-ho-ho-ho con problemas de obesidad, de mensajes regios y de este catarro que hace que todo tenga sabor de madera de pino, me limito a colgar lo que me sale de los conguitos (blancos). Cada vez que veo los títulos de crédito iniciales de “Toro salvaje”, con ese Jake La Motta boxeando al vacío, en medio de una neblina tan densa como su carácter, a cámara lenta, y bajo el hermosísimo “Intermezzo” de la ópera de MascagniCavalleria Rusticana” (recordad, jóvenes padawanes, “El Padrino 3”), se ponen los pelos como lomo de erizo. Marty, el hipnotizador. Qué grande es el cine.

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EL CALOR DEL AMOR EN UN BAR


Y se abrieron los cielos, y los serafines sacaron sus arpas a pasear: se ha estrenado, por fin, en España, “My blueberry nights”. Felicidades a Vertigo Films, y, por ende, a todos los distribuidores patrios por este magno acontecimiento, prueba inescrutable de que, por lo menos en lo que se refiere a la cosa del cine, Ssssssssssspañavabien. Ahora ya solo falta estrenar, y sé que estoy elevando el listón de exigencia hasta límites inhumanos, “I'm not there”, y el universo gafapastil hibernará satisfecho durante unos meses (hasta que se estrene la próxima película del “anciano pero joven de espíritu” Manoel de Oliveira) sin dar la brasa. Venga-va, un esfuercito más.

La expectación que despertó “My blueberry nights” entre la cinefilia en su momento fue descomunal, quizás por ser su primer proyecto con actores americanos y británicos de prestigio; su accidentada presentación en Cannes dio tanto que hablar, a priori, que un poco más y, para poder inaugurar con la película de WKW (a.k.a. Wong Kar Wai, pero cada vez menos), retrasan el festival hasta Navidad.Visto, por fin, el largometraje, se hace necesario decir que tampoco había para tanto. Ni el filme es el Segundo Advenimiento, ni, tengo la impresión, WKW pretendía que lo fuese, a pesar de las habituales acusaciones de grandilocuentismo (=grandilocuencia+cuentismo) que recibe el director hongkonés, y que se han multiplicado con este pastel de arándanos, más suave y digerible de lo que en principio cabía esperar. Wong Kar Wai justifica su fama de trabajar sin guiones estructurados con una(s) historia(s) sin demasiados recovecos ni requiebros, que cruza por los sentidos y el cerebro del espectador como esa música de jazz a medio tiempo que impregna la cinta. Se podría decir que “My blueberry nights” es tan bonita y vacía como una canción de Norah Jones. Se podría.

WKW es un manierista consumado, un explotador de los sentidos, y a estas alturas del partido, sus cartas artísticas están más que descubiertas. Combina de manera extrañamente precisa el sentido estético oriental con el desatado melodrama sentimental latino: sus películas son boleros taiwaneses, o rancheras interpretadas por Björk. Sin embargo, en su primera experiencia anglosajona, el esteta Wai ha decidido aligerar el peso dramático de su narración y permitir que el neón, las paletas de colores saturados y la cámara lenta tomen un protagonismo más contemplativo que narrativo; al contrario que en anteriores filmes, la historia nunca se llega a desbordar de aliento lírico, siempre parece mantener un pie en el suelo de la realidad. Sólo un pie. “My blueberry nights”, argumentalmente, es el relato de Elizabeth, (Norah Jones, mejor de lo que se podría pensar a priori) una chica engañada por su novio, que hace un viaje por los bares, garitos y casinos de América para encontrarse a sí mismablablabla, y en el que sus encuentros con personas más en el abismo que ella le facilitan el reinicio de su vida, con diferentes expectativas, y quizás un poco más sabia, o no. Contrariamente a lo que estábamos acostumbrándonos con WKW, las metáforas con las que juega la película son más verbales (el pastel de arándanos, las llaves perdidas) que visuales, y buena parte de las mismas son puestas en boca de Jeremy (Jude Law, sooooooooooooooo charming), el receptor de las cartas-miqueridodiario de Elizabeth. El entorno visual es el acostubrado en WKW, aunque el director de fotografía no: pasamos de Christopher Doyle al gran Darius Khondji, que tiene la oportunidad de lucirse a gusto sin que su paleta de colores y sombras parezca, en ningún momento, artificiosa. Quizás ese sea el mayor logro estético del filme: todas esas bellísimas imágenes, esos planos subrepticios detrás de objetos, esas cámaras recónditas, esos neones urbanos que siempre encajan tan bohemios cuando se acompañan con el ruido de coches y de un par de peatones nocturnos, enmarcan con enorme naturalidad la narrativa del geniecillo de Hong Kong.

“My blueberry nights” carece de la sordidez existencial de “Happy together” o “Chungking express”, el frágil manierismo de “In the mood for love” o la criptografía sentimental de “2046”. La densidad emocional de los conflictos presentados no llega a los cúlmenes antes citados; la narración se pasea plácida, apacible, por la película, a pesar de que no faltan momentos de crudeza de vísceras. Y quizás ese sea el mayor problema de esta película. Potencialmente, la historia más prometedora es la que protagonizan el policía borrachuzo de David Strathairn (oficialmente, un grande) y una Rachel Weisz más femmefatalesca que nunca, hermosísima, que tiene su gran momento de gloria en un monólogo desgarrado que, sin embargo, no desgarra, no te prensa el corazón hasta dejarlo como carne picada. Quizás sea porque no da tiempo suficiente para empatizar con los personajes; el caso es que le falta un hervor emotivo a esta película, que acaba encontrándose más cómoda en el pelín vulgar personaje de Natalie Portman, una jugadora de póker tan acostumbrada a jugar con faroles que es incapaz de ver una buena mano. Aun con sus carencias y limitaciones autoimpuestas, “My blueberry nights” es una película que merece la pena verse. Japikrismas.
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MELLY CHLISTMAS




Ya se sabe lo que toca por estas fechas, y si no, no hay más que echar un vistazo a los anuncios para que nos recuerden que estamos en Navidad, la época más consumista del año, ahora que estamos en crisis, pero eso sí, con buen rollo. De modo que para felicitaros las fiestas, a vosotros que nos leéis con asiduidad y que por eso ya tenéis ganado el cielo, hemos traído a Papa Noel, aunque un poquito distinto, eso sí. Está rellenito, pero no está tan gordo, su piel tiene un tono amarillo y por lo visto se ha vuelto daltónico, ya que su uniforme es caqui en lugar de rojo, pero a pesar de todo sigue riendo estrepitosamente mientras felicita la Navidad. En Feliz Navidad, Mr. Lawrence Oshima explicaba la relación de unos prisioneros británicos en un campamento japonés. David Bowie era el soldado que se convertía en la obsesión de Ryuichi Sakamoto. Los dos músicos estaban guapísimos y funcionaban muy bien, pero eran Tom Conti y Takeshi Kitano los que se ganaban todas nuestras simpatías. En esta escena, tras haber estado encerrados en una celda a la espera de su ejecución, son llevados ante la presencia de Kitano, que les hace un inesperado regalo navideño, todavía bajo los efectos de la borrachera (si bebes sake no conduscas).
¡Felices fiestas a todos!

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LA MEMORIA HISTÓRICA


La culpa es mía. A medida que pasan los años me voy alejando de los blockbusters masivos como si fuesen herpes purulentas, y ni siquiera el voluntarismo cinéfilo es capaz de sentarme en las multisalas aver, siquiera, la última de Bond. Aún así, en ocasiones, y por pura necesidad de autolavado (de cerebro) me traslado cansinamente al último megaestreno jolibudiense, con el contador de expectativas a cero para evitar decepciones y enfurruñamientos innecesarios. Eso es lo que traté de hacer el lunes pasado con “Ultimátum a la Tierra”. Ya tengo hora para el psiquiatra, gracias.

El problema no es si “Ultimátum a la Tierra” es mejor o peor que, pongamos por caso, “Bangkok Dangerous”. Aquí de lo que realmente es del respeto a nuestros antepasados, a la memoria histórica (tranqui, Mariano, que no va contigo), al legado cultural, en definitiva, a la Historia del Arte. Mire, señora, yo puedo llegar a entender la sobreexposición de remakes; al fin y al cabo, hace muchos años que Jolibud se quedó sin guionistas (la cantera está en la tele, y cada vez se mueven menos de allí), y se dedican a reversionar libros, cómics, videojuegos, obras de teatro, musicales, series de televisión... fagocitan el resto de medios audiovisuales y artísticos. Por tanto, tiene sentido que uno de los que más regurgiten sea el propio cine, que ya tiene unos años. No se me enciendan los cinéfilos de manual, que a veces de los remakes salen cosas aprovechables: ¿cuántas buenas versiones se han hecho de “Luna nueva”? Sin embargo, si por algo se caracteriza la industria americana es por su falta de contención, y aquí es donde patinamos, y de qué manera. Una cosa es reversionar una olvidada película taiwanesa, o un pequeño éxito italiano de hace algunos años; al fin y al cabo, pueden ayudar a que esos largometrajes originales sean vistos por más público, ni que sea por curiosidad. Pero hay películas que deberían ser más intocables que Elliot Ness, no sólo por su valor artístico, sino por la trascendencia de su connotación histórica. ¿Qué os parecería, jóvenes padawanes, un remake de “Ladrón de bicicletas” ubicado en un barrio bajo de Los Angeles, con Harrison Ford y Abigail Breslin en los papeles principales, y dándole calado a una historia romántica del protagonista enchufando a Beyoncé en el reparto? Sí, sí, mucha risa. “Ultimátum a la Tierra” es exactamente eso. Y no hace ni puta gracia.

Como digo, el problema no es que la película sea un mojón del quince, que lo es. El guión es un sinsentido desde la primera escena (pero la primera, primera: que alguien de la platea me la explique, please), la dirección plana y mortecina de Scott Derrickson no da para más que sobrellevar con moderado aburrimiento durante la primera hora, para acabar despilfarrando dinero, recursos y paciencias en toda su recta final, un rijoso esperpento que supera el delirio argumental y que hace sentir al espectador mínimamente avezado algo parecido a una violación moral, aparte de unas incontenibles ganas de arrancarse las encías con un cascanueces. Jennifer Connelly, tan guapa como escuchimizada, se pasea con un indigno piloto automático por el filme, aparte de que como científica resulta tan creíble como Denise Richards en la bondiana “El mundo nunca es suficiente”. Diría que trata de darle empaque al estúpido conflicto materno-filial que se han sacado de la manga los guionistas, pero lo cierto es que se limita a poner el cazo. El hijo de Will Smith es insoportable, y te obliga a rogarle a Gort desesperadamente que se le escape un rayo de esos en la dirección del niñoloscojones. Pero lo verdaderamente grande de este melonazo de película está a cargo de Keanu Reeves, que alcanza un hito histórico en el campo de la interpretación: se muestra absolutamente incapaz de expresar inexpresividad. Uséase, no sólo no sabe actuar, sino que ni siquiera sabe no actuar. Lo cual, de hecho, le otorga un mérito indiscutible como actor de altísimo caché.

Pero lo peor de todo esto no son las múltiples e irritantes carencias del truñometraje, sino la existencia misma de este proyecto. “Ultimátum a la Tierra”, el original, es un absoluto hijo de su tiempo. En pleno brote de continuos productos de ciencia-ficción basados en el axioma marciano invasor=comunista invasor, la película de Robert Wise planta sus reales en un punto de partida radicalmente distinto, trasladando el epicentro coyuntural al peligro nuclear (recordemos, año 1951: Hiroshima, como quien dice, acaba de ocurrir), mostrando a los extraterrestres como una especie de cascos azules intergalácticos, y dejando caer alguna que otra referencia religiosa. Sí, puede que hoy en día la película esté desactualizada, el mensaje desfasado, y Gort parezca sacado de una obra de teatro infantil de fin de curso. Pero “Ultimátum a la Tierra” es hija de su tiempo, una película imprescindible en un contexto cinematográfico e histórico que optimiza su relevancia, una referencia para estudiantes de cine y para aficionados de todo pelaje. Un remake, hoy en día, no sirve para nada, excepto para que nos molestemos en volver a ver el original con una mezcolanza de admiración y profunda mala leche. Bueno, para nada no: para liderar las taquillas Yuesei y española, por ejemplo, y para que idiotas redomados como yo le paguemos el bótox facial a Keanu.

P.D.: si no quieres caldo-etcétera. Está en marcha el remake de “Planeta prohibido”. ¿Alguien tiene un cascanueces a mano?
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LASZLO DEL DESIERTO



Una de las ventajas (o inconvenientes, según se mire) de ser mujer es que puedo decir que me gustan las películas románticas sin que me miren como si fuera un bicho raro. Pero puntualizo, no me gustan las cintas almibaradas ni las que pecan de preciosismo vacío o las que buscan la lágrima fácil de complicidad con el espectador, sino las que buscan más los sentimientos interiores que una frase bonita. Una de las que pasarían el aprobado sería El paciente inglés.

Ante todo nos encontramos con una historia que quiere ser “como las de antes”: un noble aventurero vive un romance adúltero con una mujer en un lugar exótico, en tiempos de guerra. El peso de David Lean es enorme, es el tipo de película que habría hecho, y aunque Minghella no tiene su gran grado de inspiración que le permitía juntar a la perfección el intimismo de la trama personal con la superespectacularidad de las escenas de masas o paisajes, es un alumno disciplinado y consigue un buen trabajo, probablemente el más redondo de su desgraciadamente corta carrera.

Un enfermo con graves quemaduras por todo el cuerpo debido a un accidente de avión ha perdido la memoria, y lo han etiquetado como “el paciente inglés”. Estamos en Italia, en plena segunda guerra mundial.y una enfermera canadiense, Hana (Juliette Binoche) decide hacerse cargo de él y evitarle el sufrimiento de un incesante ir y venir, quedándose con él en un monasterio abandonado. Pero estarán solos poco tiempo, ya que se unirán un “fantasma del pasado” llamado Caravaggio y un hindú experto en explosivos.

Cualquier pretexto es bueno para que el enfermo vaya rememorando el pasado: unas notas de música, un trozo de papel…Los flasbacks perfectamente dosificados y bien introducidos nos permiten descubrir su apasionada historia de amor, aunque poco a poco se va creando una duda: ¿realmente ha perdido la memoria o lo finge para evitar los cargos por espionaje? Caravaggio se nos presenta como posible ángel justiciero del pasado, aunque en realidad no tengo muy claro si viene por eso o a gorrear morfina, pero la aparición de Willem Dafoe es tan poderosa que su sola presencia vale la pena. Es el tipo de personaje que, si la hubiera dirigido Lean, habría interpretado Alec Guiness. En este tipo de película la elección de interpretes es fundamental, y el reparto no pudo ser más acertado: Juliette Binoche como la enfermera cada vez mas fascinada por su paciente, pero que encuentra consuelo en los brazos de un soldado hindú, ni más ni menos que el Sayid antes de perderse(porque una cosa es el amor platónico y otra el amor terrenal), Kristin Scott Thomas como la aristocrática dama con personalidad e independiente, muy moderna para la época (“sabes hablar tantos condenados idiomas y nunca quieres hablar”), casada por aburrimiento cuando cree que ya no tendrá más oportunidades, pero que encuentra al amor de su vida en el desierto, y Ralph Fiennes como el protagonista; éste actor de atormentada mirada es perfecto tanto para hacer de galán romántico como para ser un memorable villano.

Que una de las escenas mas románticas de la película “Quería que supieras que aún no te echo de menos” “Lo harás” (¡ay, ese orgullo! ¡cómo me recuerda una canción!) acabe con Catherine dándose un tortazo demuestra el tono general de la película, así como la ironía de que a pesar de los problemas que le causó a Laszlo su nacionalidad, finalmente lo hayan identificado como "inglés".

Bella fotografía, que sabe realzar la sensualidad del desierto, un final triste sin ser lacrimógeno… creo que el paso del tiempo favorecerá a esta película y cada vez será mejor valorada.
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DIARIO DE GUERRA DE LA SRA. CONNOR: DÍA UNO


Ven conmigo si quieres vivir”.

Así se presenta en sociedad un Terminator como Dios manda, o, en su defecto, un guardaespaldas del futuro. A partir de aquí, invariablemente, da inicio una carrera desesperada por la supervivencia del niño más mimado y protegido de la ficción contemporánea: John Connor. Después de su primera aparición hace ya 24 (¡¡¡24!!!) años, el universo Terminator sigue vigente hoy en día, con tres películas a sus espaldas, una serie de TV en antena y una secuela-pero-precuela-pero-secuela que será estrenada en breve y que nos revelará que Batman, en realidad, es John Connor. Cosa que, en realidad, no deja de tener sentido. Todo esto gracias a los parámetros establecidos por “The King of the World”, a.k.a. James Cameron, en una película de bajo presupuesto sin aparentes pretensiones que dio paso, no sólo a una rentable y duradera franquicia, sino a un reguero de películas con título acabado en -ator. Alguien que consigue semejante cosa es que, desde luego, tiene talento.

Oficialmente, la primera película de James Cameron como director es “Piraña 2”. Eso es lo que dice Imdb, pero decir que su opera prima es “Terminator” no es descabellado. Escrita e imaginada por él, es el escenario donde por primera vez observamos, aunque de manera peculiar -luego desarrollamos, imberbes padawanes-, los trazos característicos que van a acompañar a Cameron durante buena parte de su carrera. The King viaja en sus sueños 40 años adelante, y lo que ve es absolutamente desesperanzador y miserable. Olvídense de todo lo que habían visto antes, incluido “Blade Runner”: en las primeras escenas de “Terminator”, el mundo se ha ido al carajo. Gráfica y literalmente. Ruinas por doquier, máquinas pesadas que vigilan amenazantes, y ese “azul Cameron” característico que aquí, por primera vez, hace acto de presencia, y que nos transmite la sensación de frío. Un intenso frío, tanto térmico como existencial. El mismo que se respira en una vez llegados a nuestro presente, en una eterna noche metálica perfectamente coherente con el resto del relato y que va a presidir la casi totalidad del largometraje.

Claro que va a haber otro aspecto que va a presidir la etcétera. La horrorosa estética ochentera que nos alienaba por aquel entonces. Basta una escena en una discoteca para que uno, que vivió esa época en plena adolescencia, vuelva a repasar mentalmente los cajones de la habitación, no vaya a ser que todavía quede alguna foto de aquella fiesta del colegio en la que se empeñó en ser el Sonny Crockett del instituto. Sólo el descomunal cardado de Linda Hamilton debería haber hecho desmayar al ciberbichardo, pero este había respondido drásticamente con una chaqueta michaeljacksoniana de hombreras infumables que, probablemente, era ilegal en varios estados. “Marcbranches, que te dispersas”, dijeron todos a coro, y tenían razón. El caso es que, con un diálogo mínimo y una presentación de situaciones y personajes económica y efectiva, Cameron arranca como un tiro una exorbitante set-piece en forma de persecución sistemática y angustiosa que nos deja, sin que apenas hayamos respirado un par de veces, en la hora de película. Y esto es porque Cameron triunfa sin paliativos en otro de sus objetivos, que no es otro que asentar la absoluta inexpugnabilidad del Terminator. El cyborg T-800 encarnado por un incipiente y perfectamente inexpresivo Arnold Schwarzenegger (todavía no era Chuache) es imparable; el público se da cuenta enseguida de que Sarah Connor no puede salir de esta, y que ese tal Kyle Reese (Michael Biehn), con pinta de cantante melódico canadiense, no tiene ni media oportunidad.

The King es, por lo visto, humano, y nos da un respiro lo suficientemente amplio como para que se produzca una paradoja temporal de características bíblicas (y no utilizo el adjetivo por casualidad: quien no observe reminiscencias religiosas en esta saga es que no sabe dónde tiene su mano derecha), por la cual John Connor (JC... valeyamecallo) es concebido por un padre que nacerá años después. ¿Será esta la explicación de la Santísima Natividad? Lo dejo aquí, no vaya a ser que nos veten en la COPE. En cualquier caso, es otra frase que ha pasado a la historia -”I'll be back”- la que da arranque al desenfrenado desenlace del filme, en el que, por una vez, las continuas resurrecciones del malo de la película resultan angustiosamente creíbles, y en el que se atisba el desarrollo del personaje de Sarah Connor, que acabará desembocando, en la segunda parte, en una de las más míticas heroínas de acción de la historia del cine.

“Terminator”, vista hoy en día, se revela obligadamente obsoleta. Sin embargo, los efectos especiales de la película, en aquella época, eran punteros, aunque hoy pueda resultarnos hasta simpático ver al cyborg, ya despojado de su recubrimiento humano, moverse al más puro estilo Harryhausen; sin embargo, hay muchas escenas que aún aguantan el paso del tiempo. Hay que decir que el presupuesto otorgado a Cameron era muy limitado (poco más de 6 millones de dólares), y que este hizo auténticas maravillas con él. Por otra parte, es indudable que estamos ante un Cameron primerizo, tosco, todavía sin el dominio del medio que mostraría más tarde, sin ir más lejos, en la soberbia secuela; la fotografía parece granulosa en exceso, y a la banda sonora de Brad Fiedel le ocurre lo mismo que al cardado de la Hamilton: es hija de su tiempo, para su desgracia. “Terminator” fue una eclosión en las taquillas, y una de las películas de acción más influyentes de su década; pero también fue un mensaje encubierto de desesperanza por la evolución del género humano, que se acabaría de elaborar en “Terminator 2: el Juicio Final” unos años después. Pero eso ya será otro día: volveré (dígase con acento impersonalmente austríaco).
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EL EXPRESO DE MEDIANOCHE





En Hechizo de luna, uno de los personajes decía: “¡Mira, la luna de Cosmo!”. No sé si partirían de esta idea, pero Tom Waits, un cantante que ha tenido numerosos y afortunados escarceos con el cine con gente como Jarmusch o Altman entre algunos, pero sobre todo Coppola. Waits, con su inconfundible voz aguardentosa, se convierte en una especie de hombre lobo que se pone a cantar con la luna llena, para desesperación de sus vecinos. Coppola se encargó de dirigir el video de Dowtown train, de un elegante blanco y negro que se ajusta a la perfección al estilo de la canción, en una noche que se intuye calurosa y llena de humo. Pedazo momento el de Waits en plan torero esquiva el agua que le tiran.¡ Qué gusto da cuando la gente con talento se junta!
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... ÉL DICE


Maldita sea. Sábado por la noche y no hay liga: la selección juega un partido de clasificación el miércoles, así que no hay jornada hasta la semana que viene. Venimos de comer en casa de sus padres, y el peso de las indirectas lanzadas, durante la interminable sobremesa, sobre los trascendentes asuntos de estado a) “pa-cuándo-es-la-boda”, y b) “me-apetece-ser-abuela-qué-tienes-que-decir-al-respecto”, ha afectado seriamente a mis cervicales. Necesito una noche tranquila y de relax. Como a ella le apetecía salir, he tenido que negociar duramente para quedarnos hoy en casa a ver una película. Resultado de la negociación: ella, 1, yo, 0. Uséase, una derrota digna. El sábado que viene me tragaré el musical de moda, “Bollywood Boulevard”, inspirado en un largometraje de cuando Di Stefano tenía pelo, de un tal Billy Wilding, o Willer, o algo así. No quiero ni pensarlo, así que vamos al videoclub de cajero, después de esperar una hora a que se vista y maquille, a pesar de que el videoclub está a 3 minutos de reloj.

Empieza el espectáculo. Como soy un hombre y tengo ventaja tecnológica genética, siempre soy yo el que maneja el videocajero; la única vez que ella lo intentó, montó tal escabechina que los de Videobank tuvieron que resetear el programa. En Atlanta. Aún así, ella se empeña en pegarse a mi lado, como si fuésemos una ósmosis, e interrumpe continuamente mi dinámico y grácil manejo de los botones (por cierto, que casi me meto en la sección porno. La costumbre. Se hubiese montado la de dios si ve que casi todas las películas de ese apartado están “Ya vistas”) con preguntas y acotaciones del tipo “esta la vimos con tus primos de la Alpujarra, ¿no?” o “¿este actor no es el que sale en aquella que él es un escritor famoso que se enamora de aquella, sí hombre, que está casada con aquel de los pelos largos, cómo se llama, buenodaigual, que él se va al campo a escribir y tiene un lío con la ingeniero agrónoma, pero viene su hermana que es enfermera y...?”. Mi respuesta es categórica, elaborada y precisa -“mmm... no sé”- y sigo pasando películas. La decisión final queda entre dos opciones: “Impacto criminal 4” y “Todas se casan menos yo”. El musical hindú ese ha de ser la hostia, porque nos acabamos llevando (con el recargo de un euro por estar más de diez minutos utilizando el cajero) “Impacto criminal 4”.

De puta madre. Lo voy a pasar de coña: “IC 4”, la última de Eric Banner, el rey de la acción hollywoodiense, un peazo de armario ropero de origen lituano (su auténtico nombre es Rimas Banerikadimaitis, pero se lo cambiaron a Eric Banner porque no había manera de encajar su apellido en los carteles de sus películas), cinturón platino de kick-boxing (eso es un deporte, y no la mariconada esa de la capoeira) que da unos fostiones del copón bendito. Me he visto todas sus pelis, a cual mejor. Me saco una cerveza de la nevera -“0,0, por supuesto, cari”- y me preparo para el espectáculo. Nada más empezar la peli, y justo después de los créditos (durante los que ella pregunta “¿pero no salen mujeres en esta película?”), Eric vuela un almacén de armas ilegales y se ventila, con la única ayuda de un tenedor de comida de avión, a 17 esbirros coreanos con muy mal café. Joder, esto promete. Aunque ella ofrece ciertas señales de no compartir mi entusiasta opinión: ¿no podía elegir otro momento para cambiarle la música al móvil? ¿Y era necesario elegir una de La Oreja de Van Gogh, que cada vez que los oigo me dan ganas de convertirme en el sr. Rubio? Bastante humillación es ya tener que soportar hieráticamente que la pantalla de su móvil esté presidida por una foto del jodido Duque. Con el torso desnudo.

A ver. Siempre acusándome de que me falta sensibilidad, que tengo la emotividad de una palangana. Y ella, impertérrita ante la escena más conmovedora de “IC 4”, esa en la que Eric Banner se ve obligado a matar a su amigo de la infancia, que ha resultado ser un traidor que les pasaba información de Banner a los terroristas coreanos; Eric le acribilla con una AK-47 en medio de un aterrador grito de rabia, en una escena slow-motion (se nota que leo el Cinemanía) mientras unos espectaculares flash-back en blanco y negro de las correrías infantiles de los amigos van pasando por la pantalla. Se te ponen los pelos como un colchón de fakir, pero al buscar una complicidad sentimental en ella me encuentro, como toda respuesta, un bostezo leonino. Ni siquiera reacciona cuando Eric, un hombre como Dios manda, se cepilla a la neumática neurocientífica, al final de la cual entran unos charlies en la habitación de Eric y la decapitan, desnuda, con un espadón más grande que el lavavajillas. Esta escena me pone cachondo (la del polvo, no la de la decapitación, no soy un degenerado) y le acerco, inopinadamente, una mano al muslo; la ternura de su mirada sólo es comparable a la de Terminator, así que desisto ipso facto. Hoy también.

No importa: la escena final de “IC 4”, con Eric Banner desbocado y dejando un reguero de sangre y vísceras de coreano que me aceleran la adrenalina hasta la taquicardia, es descomunal, atroz, vibrante, y rematada con el golpe final de Eric: una patada voladora con flip-flap y doble rondada, inventada por él y marca característica de la saga, que parte la rabadilla del jefe terrorista por catorce partes distintas. Nada más aparecer el “The end”, y mientras yo todavía estoy con tal sublimación testosterónica que me dan ganas de hacerme unos nunchakus con un trapo de cocina y esos dos horribles pingüinos de madera que nos trajo su suegra de su viaje del Imserso a Fuerteventura (ya me dirás tú la relación que hay entre los pingüinos y las Canarias), ella escupe un “¿qué, nos vamos a la cama de una vez?” pleno de hastío que agacharía las orejas del mismísimo Chuck Norris (ese hombre). Así que me levanto, me pongo la parte de arriba del chándal y, pateando culos de coreanos imaginarios durante el camino, me acerco al videocajero a devolver la película. Y, de paso, echo un vistazo a ver si está libre “No es país para guarras”; con un poco de suerte, cuando vuelva ella se habrá dormido.
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ELLA DICE...



Ya está bien! Después de las olimpiadas, ahora ha empezado la liga y el sofá está empezando a tener una sospechosa curva. Cansada de todo esto, pienso que ha llegado el momento de que salgamos un poco y tengamos una velada romántica. A él no parece convencerle demasiado la idea, de modo que le susurro sugerente en el oído cómo pienso compensarle y entonces accede. No comprende que es mal negociante, ya que ha cambiado siete minutos por tres horas.

No quiero que lo estropee y le digo que me encargaré de todo: elegiré un restaurante y luego una película. Eso le gusta, como no podía ser de otra manera. Estreno vestido pero no parece darse cuenta. Por unos instantes me siento como la Kathy Bates envuelta en plástico de Tomates verdes fritos, pero he leído demasiados libros de autoayuda como para dejar que eso me afecte.

Llegamos al restaurante. Es sumamente acogedor y suena música ambiental suave. Nos conducen a nuestra mesa y nos dejan la carta. A él no le gustan los nombres tan largos de los platos. Al poco rato vuelve el camarero para tomar nuestro pedido y él pide spaghetti y un bistec. El camarero le pregunta qué salsa quiere para la pasta; “de tomate” responde, asombrado. Yo pido una ensalada niçoise y pescado. Instantes después viene el encargado de la carta de vinos y le entrega a él la carta. Me pregunto qué pensaría el barman si supiera que el vino lo compro yo y que él normalmente lo toma de cartón y con gaseosa. Él pone cara de entendido y señala el más barato. El barman suspira y se va.

Después de comer, vamos al cine. Si hubiera tenido que elegir una película a su gusto habría sido una de acción. Para él una película es mejor cuantos más tiros y explosiones hay. Sus favoritas son Shoot'hem up y Wanted. Pero no es eso lo que me apetece ver esta noche, quiero seguir adelante con mi velada romántica cueste lo que cueste. He elegido una versión bollywoodiense de “Cumbres borrascosas”, la mezcla de romanticismo, exotismo y música me parece interesante. Aquí Catherine es una dama inglesa y Heathcliff un hindú. Comienza. La chica es guapa, aunque se nota que se muere por parecerse a Keira Knightley, pero a la que aparece el chico me deja sin respiración: es guapísimo, de larga melena oscura y unos ojos negros que penetran como cuchillos. En las escenas de Heahtliff con los criados se habla hindú, y a la que aparecen los subtítulos veo como mi acompañante se agita en su asiento, molesto “¿Es una de esas?”.-me dice. Pero como duran poco se calla. Cada vez me voy metiendo más en la historia: el colorido, la sensualidad de las imágenes, los fuertes sentimientos de los protagonistas… al segundo número musical mi acompañante desaparece para comprar bebida. Cuando vuelve estamos en uno de los momentos más dramáticos de la película: el último encuentro de Catherine y Heathcliff, sabiendo que ella va a morir. La forma en que la mira, la abraza y la habla me llegan hasta lo más hondo "Amo a mi asesino ¿pero cómo puedo amar al tuyo?". A pesar del aire acondicionado se me pone la piel de gallina. “¿Cómo voy a vivir sin mi alma?”. Por unos instantes lo habría dado todo porque alguien me hablara así o me quisiera de esa manera. Sin darme cuenta me he echado a llorar. Él me mira sorprendido e incómodo, no sabe cómo reaccionar y mira disimuladamente a su alrededor para ver si alguien más se ha dado cuenta. Finalmente me pregunta en voz baja “¿Estás con la regla?”. No le respondo y me paso una mano por la mejilla. Definitivamente esta noche voy a tener dolor de cabeza.
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EL ÚLTIMO GUERRERO


Si yo fuera Mickey Rourke, me preocuparía por la campaña de publicidad de "The Wrestler". Viendo algunos carteles, y el arranque de este trailer, bien podría parecer que Rourke llevaba 10 años sin trabajar, pidiendo limosna en las aceras de Hollywood Boulevard con un perro cojo a su vera. También me preocuparía si fuese Robert Rodriguez: en todo caso, el "retorno" al primer plano cinematográfico de Rourke lo parió él, ofreciéndole el mejor personaje de "Sin City", aquel Hartigan que parecía escapado de las viñetas de Frank Miller. Lo cierto, en cualquier caso, es que Rourke, actual poseedor del cinturón de Campeón Mundial de la Federación del Botox, nunca nos abandonó del todo, y sus extraordinarias apariciones en filmes como "Legítima defensa", "El juramento" o "El fuego de la venganza" nos devolvía la esperanza a sus creyentes, a pesar de su vida atomizada y aquel imperdonable (mucho más imperdonable que "Double Team" o su carrera como saco de boxeo) videoclip de Enrique Iglesias. Con "The Wrestler", en la que tito Mickey comparte protagonismo con una Marisa Tomei que hace, globs, de stripper, Darren Aronofsky se lanza en los brazos del melodrama clásico - más o menos - en busca de otros públicos y, quizás, otros reconocimientos: la sombra de tito Oscar es alargaaaaaaaaada.


Repito: MARISA TOMEI HACE DE STRIPPER.


Sólo por eso hay que verla peroyamismo.

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ROBAR A UN LADRÓN




Por fin Guy Ritchie nos ha hecho caso (demostrando su buen criterio), se ha separado de Madonna, que tiene fama de gafe, y parece estar volviendo a recuperar su forma y estilo habitual en Rockandrolla, y nos alegramos mucho por ello, así que nada mejor que recordar su primera película y espectacular debut: Lock and stock and two smoking barrels (aquí, como somos más perezosos, se tradujo sencillamente por Lock and stock), que fue todo un fenómeno en la patria de los hijos de la gran Bretaña.

Aquejada de la misma enfermedad que otras películas de esa época, la “tarantinomanía”, tiene un ritmo endiablado, historias entrecruzadas, diálogos brillantes, una adrenalínica banda sonora… pero afortunadamente todo ello lo traspasa con acierto a Inglaterra, con abundante sentido de humor, consiguiendo un resultado fresco y divertido. ¿Que no era original? ¿Y qué importa si el resultado es bueno? No hay mas que compararla con Smoking aces para ver la diferencia.

Un tartamudo en voz en off (la sola idea ya tiene narices) se encarga de presentarnos a los personajes, todos ellos delincuentes de tres al cuarto, con nombres tan originales como Soap (jabón) o Bautista (de nuevo la sombra de Quentin es alargada). Una deuda de juego de un grupo de amigos se complica cuando, para pagarla, deciden robar a unos traficantes de droga, pero la cosa aún se lía más por el robo de unas escopetas antiguas (las two smoking barrels del título original ¿tan difícil era?) que van pasando de mano continuamente.

Todos los personajes están muy bien trazados y el reparto no puede ser mejor, aunque no sean conocidos el conjunto resulta muy sólido, pero se puede destacar lo bien que lo hacen dos actores no profesionales, como el cantante Sting haciendo del padre de uno de les protagonistas, y –sobre todo- el futbolista Vinnie Jones como gangster que va a todas partes con su hijo –clon en miniatura- Crisito, al que siempre va reprendiendo para que no diga tacos (aunque él los diga a mansalva, claro). Supongo que Ritchie quedaría encantado con él, ya que repitió en Snatch, con resultados aún mejores.

La mezcla de historias funciona sin problemas, y algunas veces está resuelta de manera tan brillante como cuando vemos a un hombre saliendo envuelto en llamas de un pub samoano, aunque no vemos su explicación hasta más tarde; hay alardes visuales espectaculares( el único defecto en todo caso es que peca un poco de virtuosismo en la partida de cartas , que se perdona debido a la inexperiencia), pero que encajan dentro del estilo desenfadado, acelerado y burlón de la película. El final es el perfecto remate de todo, la guinda que necesitaba el pastel para que todos acabemos con una sonrisa de oreja a oreja por el buen rato que nos ha hecho pasar ¿se puede pedir más?
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DINASTÍA (SEASON FINALE)



TRILOGÍA DEL GANGSTER (Y III, CLARO): EGO NON TE ABSOLVO

Se me puede acusar de muchas cosas (y de hecho, se me acusa: no gano para abogados. Malditas pruebas de ADN), pero no de incoherencia. El tercer capítulo de la trilogía que me he sacado de la manga-mangotero tenía que ser “El padrino III”, una película que nació coja, terminó tuerta y arrastró la inabarcable carga de los dos primeros episodios de la saga, que fácilmente podrían formar parte, ambos, del top ten histórico del Séptimo Arte. Nació coja porque su única razón de ser era la situación económica limítrofe de American Zoetrope, que obligó a Francis Ford Coppola, que pensaba que la historia padrinística no necesitaba más desarrollo, a aceptar el encargo de la Paramount. Terminó tuerta porque, entre rechazos, muertes repentinas y decisiones de casting de dudoso gusto, la saga de los Corleone no se pudo cerrar tal como Coppola hubiese querido. La crítica y el público, emperrados en el facilón ejercicio de la comparativa, se movieron entre el “sí, pero” y el “no” más rotundo. Vista hoy en día, “El padrino III” es un film que, analizado en solitario, podría pasar por uno de los más sólidos de su época; mirado en el espejo de sus antecesoras, conserva parte de su fuerza en determinados aspectos, y palidece en otros. Aunque puede que ni estos ni aquellos sean los que todo el mundo piensa. Ojo que va post kilométrico-nachovidal.

Michael Corleone es el gran personaje shakespereano del cine contemporáneo. Quizás, el gran personaje, a secas. Así como “El padrino” y “El padrino II” tratan de cómo las circunstancias y la podredumbre de la atmósfera envilecen a una buena persona, “El padrino III” es la historia de un intento de redención que fracasa angustiosamente. Este es el camino que Coppola decidió seguir, y es un acierto innegable. A través de los tejemanejes de un Don Corleone (yasabeisquien) obsesionado con dejar un testamento lo más limpio posible, que incluyen las negociaciones de altos vuelos y bajos fondos con el Vaticano, tito Francis (junto a Mario Puzo, claro) nos dibuja a un Michael cansado, atormentado por el peso de unas alforjas que no se puede sacar de encima: el asesinato de su hermano Fredo, el temor por el destino de sus hijos, los lazos que le unen a la mafia... Coppola, envuelto en un humanismo pesimista y cabizbajo, estampa a Corleone, una y otra vez, contra los límites que este se autoimpuso, sin saberlo, aquella vez que se quedó junto a su padre en un hospital. Ha pasado mucho tiempo, los códigos de honor se han difuminado, el respeto se baja del pedestal, los tiburones más hambrientos ya no nadan en el hampa, sino en los negocios, y Michael se convierte en un disco de oldies. Escoge a su sobrino Vince (Andy Garcia), con el carácter explosivo de su padre Sonny, como caparazón y como sucesor, papel este último que desde un principio todos nos damos cuenta de que le queda muy grande – con lo cual, la elección de Garcia se antoja perfecta -. Esta tercera parte nos confirma que la única posible sucesora era su viboresca hermana Connie, un mal bicho vengativo y ponzoñoso excelentemente interpretado por Talia Shire.


Formalmente, “El padrino III” es una paradoja. Es inevitable pensar en que una continuidad formal respecto de las dos primeras películas era inevitable; sin embargo, a uno le queda la sensación de dejá vu al ver ciertas cosas que se acercan peligrosamente a la definición de formulismo. La apertura, una vez más, en una ampulosa fiesta en la que el Don aprovecha para despachar sus asuntos, deja sensaciones encontradas, en parte por estar ambientada en espacio cerrado, lo que le quita amplitud y sensación de grandiosidad al evento, y en parte por la aparición algo macarrónica (de macarra) de Vincent y de un personaje tan absurdo e innecesario como el de la periodista que interpreta Bridget Fonda, que desaparece de la trama tan inanemente como entró. La fotografía de Gordon Willis, el mismo de los otros largometrajes de la saga, ayuda a dar sensación de bloque, y se luce especialmente en el retrato de la pequeña villa italiana en la que transcurre la segunda parte del relato. Por lo demás, Coppola mantiene la narrativa admirablemente, con mano férrea, y la película no desluce en ningún momento. Con la misma mano férrea controla a Pacino, lo que permite a este redondear su legendario personaje sin salidas de tono y con un repertorio de miradas y, como diría nuestro otoñal Josep, “microgestos”, que tanto se echan en falta últimamente en la carrera de este actor.

Hay vacíos que son auténticos agujeros negros. Robert Duvall no llegó a un acuerdo económico para retomar su magnífico chupatintas de lujo Tom Hagen, y el filme se resiente. George Hamilton interpreta al nuevo abogado de Corleone, pero su peso se convierte en pluma, y además pluma inverosímil: estoy convencido de que en la mafia jamás habrían permitido trabajar a un tipo con ese lunarcito en la boca. Eso sí, las hondonadas de hostias se las llevó Sofia Coppola, que sustituyó a ultimísima hora a una supuestamente enferma Winona Ryder como hijísima Corleone, y a la que acusaron de destrozar la película con su actuación, de beneficiaria nepótica, y poco menos que de la invasión de Kuwait. Hasta tal punto la despellejaron, que decidió abandonar una carrera de actriz que, de todas maneras, no llegaba a ninguna parte (carrera que “retomó” en el “Episodio I” de “Star Wars”: a ver si la culpa de esta también era suya...) (¿cómo que “dónde coño sale la Coppola en el Episodio I”? Prueba A de la defensa). El caso es que, en mi humilde (pero docta e ilustrada) opinión, Coppola jr. le da el aire de niña inocente, candorosa e ingenua que requería el papel, tan fuera de tono con respecto a la atmósfera violenta que la envuelve, que no puedes evitar sentir lástima por ella. Aunque, por lo visto, y por la somanta de palos que le dieron, sí que se puede evitar...

Hablábamos de dejá vu en la escena de arranque. La secuencia grandguiñolesca del final, un esplendoroso circo de cuatro pistas al son de “Cavalleria rusticana”, remite al final de la primera película, pero su resolución es igualmente satisfactoria, con el añadido dramático de la pérdida de un ser querido por parte de Michael Corleone, en lo que significa su derrota definitiva: los pecados se pagan, dice Coppola, en católica consonancia con el centro argumental de su película. No hay más que contar, pues, excepto ese desgarrador, dolorosamente hermoso epílogo que describe, en un plano panorámico, el pacífico infierno en el que el Padrino acaba sus días. Con la única compañía de una naranja (off course), de un insignificante chucho y de su culpa, Corleone se derrumba, lastimosamente, desde una sencilla silla de madera, antes de poder gritar, quizás, “mi reino por una redención”.
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MEJOR CALLAR



Vale que una película sea mala por la falta de medios o de talento de los que participan, pero cuando se nos pretende colar como una superproducción con estrellas y el resultado es tan bajo, la verdad es que creo que Dante inventaría un nuevo círculo en el Infierno dedicado a ellos, porque es algo que no tiene perdón.
Concretando, que es gerundio. El tema de Ciudad de silencio es tan indignante y vergonzoso que se merecía algo mucho mejor: la impresionante cantidad de mujeres violadas y asesinadas en Juarez, crímenes que aún no han sido aclarados en la actualidad y que por lo visto tienen demasiadas implicaciones como para que se solucione nunca, merecía como mínimo un digno telefilm de los que pasan por la tarde en Antena 3. ¿Y qué nos encontramos?

Para empezar el asesino u asesinos, se nos muestran como alguien diabólico, sobrenatural ¿Estamos ante una película denuncia o ante un expediente X? Habría faltado un chamán, pero a falta de ello, tenemos los indígenas mejicanos, que supongo que al caso en hollywood pensarían que vendría a ser lo mismo.
Actores como Martin Sheen o Juan Diego Botto pasan por allí, sin más, sin saber exactamente qué pintan en toda esta historia. Jennifer López, una actriz famosa por las dotes interpretativas de su trasero, encarna a la protagonista, Lauren Adrian, una periodista nortemericana que, en contra de sus deseos, va a Méjico para investigar la noticia. El principal efecto del viaje es que sufra una serie de pésimos flash backs que no pegan ni con cola. En Juarez se reencuentra con el director del periódico, Alfonso Díaz (Antonio Banderas) que fue un antiguo amor suyo. Los que se esperaban que habría escenas de pasión entre los dos sex symbols están muy equivocados, ya que tan sólo hay un casto abrazo. De hecho, tan sólo hay una escena de sexo, un poco cogida por el pelo, entre Jennifer y Juan Diego Botto, supongo que para cubrir la cuota de pantalla Por supuesto la periodista fria y ambiciosa que era Lauren al principio cambiará su forma de ser implicándose totalmente en la investigación.

Para terminar de redondearlo, cuelan una publicidad de Juanes que da vergüenza ajena por lo descarada e inapropiada, en plan “y ahora un momento para la publicidad, volvemos enseguida” .Soy una feminista convencida, pero me cuesta ver la relación entre las muertes y los empresarios y el gobierno de los EEUU, porque una cosa es la explotación laboral (que la hay, y mucha), y otra es que se les acuse de cómplices de asesinato. Quizás es que formaba parte de la letra pequeña del contrato, o en la película no lo han sabido explicar. Cada uno puede elegir la opción que quiera.

Pero la auténtica joya, el “gran momento” es una impagable escena, en la que JLo por fin confiesa el gran secreto que había guardado toda su vida y que le atormenta (¡aleluya! ahora se explican los dichosos flashbacks), dejando al respetable de piedra. Se trata ni más ni menos que:¡ELLA ES MEJICANA! ¡Oh, Dios mío! ¡Con la pinta de tener certificado de origen de ser descendiente de los peregrinos del Mayflower que tiene!

Resumiendo, que aún está pendiente una película sobre los crímenes de Juarez.
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EL PERRO DE KATE WINSLET


O también podría titular el post "Así que el Método era esto". Este clip está sacado del programa "Inside the Actor's Studio", presentado por el inefable James Lipton, en el que se entrevista en profundidad a actores y actrices de prestigio y se les somete a preguntas por el público asistente, en buena parte estudiantes de la celebérrila escuela de interpretación; ya en su momento os mostramos un descacharrante video de imitaciones de Kevin Spacey sacado de este programa. Para los poco o nada angloparlantes, les pongo un poco en situación: (mi adorada) Kate Winslet explica una anécdota del rodaje de "Holy Smoke", excéntrica película de Jane Campion, junto al gran Harvey Keitel. Como uno ya puede imaginar, a Harvey le encanta la improvisación, tanto en rodaje como en ensayos; así que un buen día, bajo la aprobación perversa de la directora, le pide a la Winslet que improvisen una situación en la que Keitel interpreta a... un agonizante perro que ha sido atropellado fatalmente por un coche. Kate, que jamás se ha visto en una similar, ha de simular ser su compungida dueña, dándole los últimos alientos de su canina vida. Joder con Strassberg. El resto, a un "play".
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FUEGO, CAMINA CON NOSOTROS





Un pueblecito fronterizo con Canadá, rodeado de montañas, pinos plateados, cascadas, con sus casitas de paredes de madera y su gente llevando camisas de leñadores, música relajante y envolvente tipo chill out (antes de que existiera la palabrita), colores cálidos… ¿Quién podría a decir que este paradisíaco lugar es la antesala del infierno?

Con Twin Peaks David Lynch consiguió un éxito sin precedentes en televisión, pero lo más curioso es que lo consiguiera siendo fiel a sí mismo. Porque Twin Peaks esconde muchos secretos tras su fachada idílica, es como si fuera un lugar aislado en el tiempo y el espacio, donde cualquier cosa es posible y así parecen aceptarlo sus habitantes, con total naturalidad.

Todo empieza con la aparición del cadáver de Laura Palmer, la típica chica con pinta de capitana de las animadoras y reina del baile a quien todo el mundo quiere; otra chica, Ronette, aparece herida y sin conocimiento cruzando el estado, lo que provoca que intervenga un agente del F.B.I.

El nombre del pueblo, Twin Peaks (Picos gemelos) ya viene a ser una premonición de la importancia que tiene el “doble” en la serie: la vida secreta de sus habitantes, los diarios de Laura, su novio “oficial” y “secreto” y muchos detalles más que se irán desvelando poco a poco. En realidad, es uno de los temas favoritos de Lynch, que ya mostró en Terciopelo azul toda la perversión que podía ocultarse tras la apariencia de una vida perfecta. Uno de los grandes aciertos de la serie es usar el formato de un culebrón policíaco al uso para mostrar algo muchísimo más oscuro y surrealista, de manera que el americano medio se lo tragaba sin darse cuenta de su verdadero alcance. Detalles como que el personaje de Bob fuera fruto de la casualidad al aparecer uno de los técnicos del equipo enla grabación de una de las escenas y que Lynch quedara tan encantado con su apariencia que lo acabara convirtiendo en fundamental, o el que Lady Leño fuera fruto de una apuesta parecerían mostrar que la serie fue fruto de la casualidad, pero no fue así. La primera escena de la habitación roja, una de las más míticas de la historia de la televisión, fue rodada en sentido contrario y con la gente hablando al revés, a excepción de Cooper, para que luego al pasarla marcha atrás todo sonara y resultara más extraño, es una buena muestra de ello.

Jóvenes insultantemente guapos, o secundarios memorables como Miguel Ferrer o incluso personajes invisibles como la fiel Diane se combinan con tipos tan propios de la imagineria lynchiana como el enano bailarín o el gigante, intercalado con escenas tan sumamente bien rodadas como la de la noticia de la muerte de Laura a sus padres. Con ingredientes así no es de extrañar que se convirtiera automáticamente en una serie de culto.

Me dejo para el final al agente Cooper, el mas irresistible oficial del FBI que nos ha dado la pequeña pantalla. Kyle MacLachlan y su majestuosa barbilla nunca estuvieron mejor. Tras su apariencia estirada, este agente es una auténtica joya: aficionado a la meditación sobre temas como por ejemplo ¿cuál fue la auténtica relación de Marilyn Monroe con los hermanos Kennedy?, usa los sueños como método deductivo y es un auténtico entusiasta de la comida (debe ser una gozada cocinar para un hombre así). Disfruta como un niño con zapatos nuevos cuando te toca “disfrazarse” para su misión y su habilidad está en la línea de Sherlock Holmes. Los realizadores de la serie tuvieron la enorme visión de futuro (o sea, una suerte enorme) de colocar frente a frente al que sería el sustituto de Cooper como agente del FBI más carismático de la historia de la televisión: David Duchovny, haciendo de travesti, demostrando que su destino era interpretar agentes “raritos”.

El enorme éxito de la serie hizo que rodaran una segunda temporada, pero los compromisos de Lynch hicieron que no se ocupara de ella como es debido, aunque no quiso desentenderse del todo, interpretando un papel de agente del FBI sordo, en homenaje a Luis Buñuel.. Se acentuó el lado excéntrico de los personajes y su comicidad, aunque algunas de las tramas paralelas perdieron atención, más aún habiéndose resuelto el caso de Laura Palmer, pero Lynch rodó el último episodio, con uno de los finales mas surrealistas, sorprendentes y aterradores que puedan imaginarse, que hacen que la primera aparición de la sala roja casi parezca “normal”. De Fuego, camina conmigo casi mejor no hablar, aunque es de visión obligada para cualquier fan.
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EL CAMORRISTA NEORREALISTA



TRILOGÍA DEL GANGSTER (II): TONY MONTANA NO EXISTE

Desde luego, no se podrá quejar Matteo Garrone, el director de la recientemente estrenada “Gomorra”, de la campaña publicitaria de la que ha disfrutado su película en España, a rebufo de la visita del autor del libro en el que se basa la cinta, Roberto Saviano, y que tanto ha mosqueado a la camorra italiana. Quien más o menos haya tenido la ocurrencia de leer un periódico durante la semana pasada sabrá que Saviano ha sido oficialmente condenado a muerte por dicha organización delictiva, que le acompañan guardaespaldas hasta para tirar de la cisterna, y que su condena no es por haber escrito “Gomorra”, sino por haber sido, vayapordioshombre, un éxito de ventas. No he leído el libro, pero me viene fácilmente a la cabeza “Gangs of New York”, el ensayo de Herbert Asbury sobre la delincuencia organizada neoyorquina en el siglo XIX que Scorsese transformó en su gran (y pelín fallido) proyecto vital. La adaptación de Matteo Garrone es exactamente lo contrario: no hay glamour, no hay -por fortuna- Cameron Diaz, no hay decorados fastuosos, ni villanos memorables, ni historias bigger-than-life. “Gomorra” trata de explicar lo que te puedes encontrar si coges tu Seat Panda y te plantas en un barrio de Caserta. Y acojona.

“Gomorra” explica, mezcladas pero no agitadas, cinco historias, localizadas en Nápoles y alrededores, cuyo nexo de unión es lo que los napolitanos llaman “El sistema”. Dos jóvenes que sueñan con ser Tony Montana, un pagador de la camorra en medio de una guerra de bandas, un crío que da sus primeros pasos iniciáticos, el ayudante de un negociador de la camorra superado por sus remordimientos, y un sastre del “sistema” que para llegar a fin de mes se ve obligado a hacer pluriempleo en unos talleres chinos. “Gomorra” nos explica estos relatos de la manera más aséptica posible, dejando que sea el espectador quien tome sus decisiones, sin presentación de personajes o empatía por los mismos. El estilo elegido es casi documental, reforzado por la elección de actores semiprofesionales o directamente amateurs, con algunas excepciones, y el resultado es ciertamente radical en su concepto, estéticamente feísta (algunos juegos de iluminación con las sombras son la excepción a la regla), con mucha cámara al hombro, que parece que en cualquier momento va a trastabillarse contra alguno de los actores, y al son de la música horteromelódica italiana (los equivalentes a, diossssssssss, Camela en España) que se escucha en aquellos lares. Garrone asume postulados del
neorrealismo italiano para realizar su película, en la otra punta del glamour de referentes temáticos coppolianos o scorsesianos. En este integrismo estilístico se encuentra, posiblemente, lo mejor y lo peor de “Gomorra”.

Después de una primera secuencia que, visto el resto del filme, parece fuera de contexto, Matteo Garrone se afana en mostranos lo que podríamos llamar “un día en la oficina de la Camorra”, sin molestarse en darnos apenas referencias espaciotemporales ni asideros argumentales (qué bonito pareado); esto hace que al espectador le cueste horrores encajar las piezas del puzzle y le saca de la intención principal del realizador, que pretende establecer un fresco costumbrista de inicio, para luego ir avanzando por la corruptela inabarcable del “sistema” con absoluta naturalidad. Durante gran parte del primer tramo, uno no puede evitar pensar en que un narrador omnisciente (y no hace falta que sea Joe Pesci) le vendría bien al filme; un pensamiento que, sin embargo, se apaga una vez visto y reflexionado el largometraje entero. La conclusión más importante y desgarradora que se saca de esta primera parte de establecimiento de situaciones es que “el sistema” es un modo de vida de aquellos barrios, que no conocen otra cosa, otra existencia, otro modo de funcionar. La Camorra es un estado independiente, con su gobierno, su policía y hasta su sistema de pensiones, que, como las nuestras, tampoco dan para vivir. La gente que vive bajo el manto de la Camorra no vive mejor que los otros; sus casas tiene los mismos desconchados, las mismas teles viejas, la misma comida de lata y los mismos apretones que las de cualquier otro barrio pobre. Quizás esas gentes harían otra cosa si supieran hacer otra cosa, vivirían otra vida si conociesen otro tipo de vida. No es el caso.

Quizás el relato más flojo sea el de Roberto, el asistente del resabiado negociador Franco, mero espectador de las extorsiones y amenazas bajo mano de su jefe, y cuyo posicionamiento final suena a impostado y arbitrario. De cada una del resto de historias se pueden sacar escenas para el recuerdo, desde esos Mario y Ciro tonymontanizados disparando armas al aire en la playa, en calzoncillos marca Mercadillone, hasta ese tembloroso pagador que cruza a toda prisa y a paso culpable el barrio de Secondigliano (un barrio del “sistema” del que Garrone dice que, “cuando la cosa se calme un poco en Irak, volverá a ser el lugar más peligroso del planeta”), pasando por el ritual iniciático del niño Totó con un raído chaleco antibalas. Quizás el único personaje con el que Garrone se permite una debilidad sea con el sastre, excelentemente interpretado por
Salvatore Cantalupo
, al que otorga una condición extra de humanidad, en especial cuando, después de décadas de no ser nadie cortando y cosiendo para su eterno jefe mafioso, los aplausos y las lisonjas de los trabajadores del taller chino le hacen sentirse alguien importante. Aunque la realidad napolitana y un vestido de Scarlett Johansson le hacen retornar los pies al suelo, Garrone le concede, excepcionalmente, una oportunidad, quizás consciente de lo desesperanzado de su propuesta fílmica. “Gomorra” es un filme que posiblemente no descubra, en realidad, nada nuevo, pero que sitúa violentamente los pies del espectador en el suelo, un suelo napolitano muy, muy alejado de, pongamos por caso, la villa de Corleone. Tony Montana, jóvenes padawanes, no existe.
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LA SONRISA DE LA MONA LISA




¡Oh, la, lá, Paris! Si hay alguna ciudad mítica y llena de tópicos, esa es la capital francesa. Que si la ciudad de la luz y del amor (¿eso no era Valencia? igual me confundo), que si parece que siempre estén sonando acordeones tocando La vie en rose… No es de extrañar que se rodara una película llamada Paris, je t’aime, en la que varios directores de diferentes nacionalidades daban su peculiar versión sobre ella, cada uno de ellos centrados en un barrio. Los hermanos Coen se quedaron con las Tullerias y explican la historia del típico turista norteamericano en una parada de metro, sin necesidad de diálogo. Steve Buscemi es el guiri lost in translation que tiene que vérselas con un niño fil de sa mère y una pareja de novios. Lo mejor: la guía turística, auténtico libro gordo de Petete, que en cada momento enseña justo la información que se necesita… aunque ésta no siempre pueda resultar de nuestro agrado. Al final, por supuesto, la Gioconda, testigo mudo de todo, burlándose.

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POSTS CON CALZADOR: COPAS DE YATE


TRILOGÍA DEL GANGSTER (I): TARANTINO MA NON TROPPO

Se suele decir que cuanto mejor es el villano, mejor es la película. Una sencilla ecuación nos obligaría a concluir que una película de gangsters, por tanto, tiene amplias posibilidades, en potencia, de ser una obra maestra. Las películas de bandas criminales siempre han tenido un gran calado en las imaginerías cinéfilas, ya desde el cine negro americano, hasta el día de hoy. Hemos pasado por el porte varonil de ala ancha y humo en blanco y negro pertrechado por los Cagney, G. Robinson, Bogart y compañía, por la algidez de la vendetta operística de la mano de Coppola, o por el nervio navajero y atropellado de los bajos fondos scorsesianos. Estas, llamémosles, tres corrientes estilísticas, habían dominado el cine gangsteril hasta entrados los noventa. Hasta que llegó un cinéfago logorreico llamado Quentin y revolucionó el género, y muchos se apuntaron al tarantinismo imperante. Después del impacto “Reservoir dogs”, pero, especialmente, gracias a “Pulp fiction”, todo el mundo quería rodar filmes con matones de tres al cuarto con ciertos códigos de honor, extraños alias, verborreicos, locuaces y con algo similar a un estilo propio. Una de las pruebas más fehacientes (fehaciente=descarada) de esta moda fugaz fue la interesante “Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto”, en la que el director Gary Fleder y el guionista Scott Rosenberg se desvirgaron cinematográficamente, apuntando unas maneras que acabaron quedándose en manierismos. Además, inauguró en mi memoria cinéfila una catarata de títulos que empezaban con “Cosas que...” (nunca te dije, perdimos en el fuego, nunca se olvidan, diría con solo mirarla, que dejé en La Habana... anda que no hay cosas... y poca imaginación...). Inauguramos trilogía patillera, pues, en Denver.

Les he metido un palito a Fleder y Rosenberg, y tengo que justificarlo por si los abogados. El director no confirmó su esperanzador arranque, y rápidamente se sumergió en la televisión. Sin embargo, Rosenberg sí parecía apuntar más alto: su siguiente película fue “Beautiful girls”, de la que sacó una bien merecida fama de buen dialoguista, lo cual sólo le sirvió para ir entregando alguna buena línea para truños como “Con Air” o “60 segundos”, ofrecer su canto del cisne en la estupenda “Alta fidelidad”, y rebozarse en el detritus cinematográfico con... “Canguro Jack”. También ha acabado en la TV, claro; debieron de hacerse muy amigos Fleder y él, porque han compartido algún que otro proyecto televisivo. Supongo que, en alguna de sus reuniones, deben de divertirse mucho recordando cómo parieron esta “Cosas que hacer en etc”. Me imagino algo parecido a esto.

Después de verse 76 veces las dos primeras películas de Tarantino, Gary & Scott decidieron que su película tenía que ser un cóctel de una serie de ingredientes ineludibles. En primer lugar, unos nombres chulos para los personajes. Ni Dios se llama por su nombre y apellido en esta película: Jimmy “el Santo” (Andy Garcia), Bill “el Crítico” (Treat Williams, en un papel que hoy haría Colin Farrell), “Viento Fácil” (Bill Nunn), “Pedazos”(el gran Christopher Lloyd), “El Hombre del Plan” (Christopher Walken haciendo de Christopher Walken), “Mr. Shhh” (Steve Buscemi, no podía faltar)... A su lado, aquello de “Señor Rosa” o “Señor Marrón” queda de lo más soseras. Además, estos nombres corresponden a personajes característicos y muy definidos, lenguaraces y con una destreza especial para la réplica escatológica y el chiste homofóbico. Así, la película se ve arrastrada por su pátina desahogada, rayana en el cómic, que la aleja de las altas cotas. Por supuesto, no podía faltar la correspondiente cota de música pegadiza y resultona, encabezada por el magnífico tema de Tom Waits que arranca la cinta. A pesar de todos esto lugares comunes, empero, el largometraje funciona. En primer lugar, Rosenberg acierta al hacer que la historia la narre un tipo cualquiera en una cafetería, un amigo de Jimmy “El Santo”; la imagen que se nos da de él se acerca a la idolatría, y es justificadamente subjetiva. “El Santo” es un tipo elegante, bien parado, donoso, de principios y donaires anticuados, empalagosamente romántico, casi versallesco; por desgracia, no es demasiado listo, porque la panda de tullidos mentales (y alguno físico) que agrupa para hacer un trabajito teóricamente sencillo está abocada al fracaso. Y el “Hombre del Plan”, un jefe mafioso tan cabrón como tetrapléjico, se lo va a hacer pagar muy caro...

Aunque la conjugación de elementos antes citados hacen de “Cosas que hacer en etc.” poco menos que un dejá vu cinematográfico, es necesario reconocer que el cóctel funciona, el ritmo es constante y la narrativa -con dos partes claramente diferenciadas, puesto que el tono del filme se recrudece considerablemente después de la primera hora- es fluida, a pesar del pegote del personaje de la bellísima Gabrielle Anwar, que sólo sirve para que Jimmy saque a pasear una oratoria floral digna de algún culebrón venezolano de los ochenta. Película semiolvidada hoy en día, merece que el espectador pelín inquieto le dé una oportunidad en sus escasos pases televisivos, ni que sea para descubrir el cameo de un irreconocible Willem Dafoe. Todos a coro: “¿pero dónde has visto tú a Willem Dafoe en “Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto”? Pues sí que sale, sí. Ale, a hacer los deberes.
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DESPIERTA, DORMILÓN




Recuerdo una crítica en su momento que calificaba a Abre los ojos como una “versión de Carretera perdida de David Lynch para adolescentes”. Probablemente quería tener un tono despectivo, pero la comparación no estaba mal. Aparte de que ¿qué tendría eso de malo? ¿acaso los adolescentes deben alimentarse exclusivamente de películas del tipo Scary movie y derivados?

A mi me parece una de las Alejandro Amenábar había empezado muy fuerte con Tesis, y su siguiente película pareció confirmar las esperanzas que se habían puesto en él: Todo un hombre-orquesta, (director, guionista y compositor), construye una historia envolvente e intrigante, en la que no sabemos distinguir qué es realidad y qué es ficción. El protagonista, César (nombre muy apropiado para alguien que se cree el centro del Universo como él) es el típico niño rico a quien todos desearíamos odiar: guapo, seguro de sí mismo, triunfador, sin escrúpulos (¿o acaso se puede triunfar con escrúpulos?), capaz de quitarle la novia a su mejor amigo sin perder la sonrisa… y sin embargo, nos gusta. Su amigo, Pelayo, sabe que siempre que él aparece eclipsa al resto por completo, por eso no quiere presentarle a Sofia. Pero una amante desdeñada, Nuria (una susurrante Najwa Nimri), que de entrada parece una femme fatale pero en realidad es una víctima, hace que en un momento el mundo de César se desmorone. Es a partir de ese momento cuando la película se hace distinta a las demás y el espectador esté continuamente preguntando “pero ¿qué está pasando?” . ¿Se trata todo de un sueño? ¿acaso es un diabólico plan de Nuria? Hasta llegar a un final de lo más sugerente y abierto cerrado con las inquietantes palabras de “abre los ojos”.

La habilidad de Amenábar para crear atmósferas y para manejar el suspense se ponen de manifiesto, pudiendo además rendir homenaje a otras películas como El fantasma de la ópera, o Vértigo. Volvió a repetir con los protagonistas de Tesis con excelentes resultados, Eduardo Noriega y Fele Martínez están estupendos y desprenden buena química. Penélope Cruz cumple sirviendo de detonante entre los dos amigos.

Un cine tan falto de ideas nuevas como el hollywoodiense no es de extrañar que se interesara por una propuesta tan imaginativa como ésta, y menos que la protagonizara Tom Cruise, ya que de entrada parecía el actor perfecto para el papel, pero tan sólo sirvió para destacar las virtudes y frescura de la original. La verdad es que echo de menos al Amenábar inquietante de Tesis, Abre los ojos y Los otros, aunque Agora parece un nuevo cambio de estilo de lo más prometedor.
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CUANDO LOS MOLINOS SE CONVIERTEN EN GIGANTES


Una de las obras literarias más conocidas, reconocidas y referenciadas es, sin duda, “El Quijote” de Cervantes. Hay, sin embargo, una maldición cinéfila sobre esta magna obra que ha impedido una traslación cinematográfica en condiciones. Existen un par de versiones españolas, un par de mexicanas y alguna norteamericana. Todas sobradas de cortedad de miras, ninguna de relevancia artística. Dos autores de imaginación y personalidad desbocadas, dos visionarios, han intentado acercarse, de manera obsesiva, a este incunable literario; los dos, cada uno a su manera, han fracasado en el intento, de manera tan clamorosa que ni siquiera pudieron finalizar sus películas. El primero fue el grandioso Orson Welles, quién pasó años tratando de aglomerar dólares y planos de su adaptación, sin poder más que rodar escenas desperdigadas cada cierto tiempo, hasta que asumió su fracaso y desistió; Jess Franco, en 1992, recopiló dichas secuencias para perpetrar un montaje, en 1992, cuyo valor, dicen los que lo han visto, es puramente histórico. El otro visionario que ha tropezado con los molinos de viento ha sido Terry Gilliam, quizás el director ideal para transcribir las alucinaciones de Don Quijote. Una década de notas, sueños e ilusiones respecto a un proyecto sobre el hidalgo manchego que embarrancó lastimosamente en el 2000, no tan lejos de un lugar de La Mancha donde etcétera. La historia de ese fracaso se contó magníficamente en un documental llamado “Lost in La Mancha”, que Mi Majestad considera de visión obligatoria para todo cinéfilo que se precie.

Cuando Terry Gilliam les encargó a Keith Fulton y Louis Pepe la realización del making off de “The man who killed Don Quixote”, jamás llegaron a pensar, me temo, que iban a acabar siendo los pioneros de un nuevo género documental: el “non-making off”. Si en cualquier película el montaje es fundamental, en un documental es prácticamente su razón de ser: no sólo porque desde la sala de edición se decide el tono y el punto de vista, sino porque se decide qué es lo que se va a mostrar y lo que no. En ese sentido, “Lost in La Mancha” es un acierto absoluto, y una novedad, puesto que nos sumerge en el desconocido y angosto mundo de la producción, y nos alecciona sobre lo difícil que resulta levantar una película de cierto presupuesto. Aquí, además, se nos permite comprobar, una vez más, que los polos opuesto se repelen; en este caso, los polos opuestos son Terry Gilliam y el cine europeo. Si Gilliam ya tiene enormes problemas para sacar adelante sus locuras en los Yuesei, imagínense en la vieja y achacosa Europa. Así pues, desde el comienzo de la preproducción, en España, ocho semanas antes del rodaje, la cámara sigue a Gilliam en su frenético ir y venir por todos las vertientes del proyecto, y las dificultades de sus colaboradores para seguirle, en todos los sentidos. Sus grandilocuentes y estrambóticas ideas, rayanas en el capricho visionario, chocan de frente, una y otra vez, con el presupuesto, el tiempo y el agobio de los especialistas de las diferentes materias (maquillaje, vestuario, etc.). Al ser un presupuesto reducido, los actores han aceptado reducir considerablemente su caché, pero a costa de trabajar entre los apretados huecos de sus agendas. Así, mientras Gilliam ruge por el caos organizativo y la horrenda sonoridad de los estudios alquilados en Madrid, pasan las semanas y ninguno de los actores (Jean Rochefort, Johnny Depp, Vanessa Paradis) aparece, desperdigados como están por el globo terráqueo. La sombra del accidentado rodaje de la fallida “Las aventuras del barón Munchausen” -explicada brevemente a través de un cómic de estética muy “gilliamiana”- se pasea amenazadora sobre el proyecto del ex-Monty Python, que respira un poco cuando, por fin, ve llegar a su Don Quijote particular: Jean Rochefort. El actor francés, ideal para el papel, ha aterrizado en Madrid después de un pequeño problema de salud que le ha retenido en París durante unas horas. Nada grave.

Primer día de rodaje. Johnny Depp (que interpreta a un publicista que, en un viaje al pasado, es confundido con Sancho Panza) es el protagonista del rodaje de las primeras escenas, en el Parque de las Bardenas en Navarra. Los extras que le acompañan no han ensayado la escena porque son nuevos, las tomas se complican, y Gilliam (y su asistente de dirección, y personaje fundamental del documental, Phil Patterson) se enardecen mientras descubren que los aviones militares (son españoles, uséase que son muuuuuuuuuuuuuuy ruidosos) que continuamente sobrevuelan la zona se cargan los diálogos. Empezamos mal. Segundo día de rodaje. Como las previsiones del tiempo no preveían cambios importantes, resulta que se desata un tormentón de varios pares de narices-Depardieu que, no sólo inutilizan el plan de trabajo para ese día, sino que cambian por completo el colorido y la textura del paraje natural que les rodea. Lo rodado no sirve para nada, la iluminación es imposible, y el color rojizo-barrizal de la tierra no es lo que Gilliam quería. La presión de los productores es fuerte, la desazón y el cansancio general es claramente perceptible. Se cambia de localizaciones para rodar otras escenas y no perder demasiado tiempo (cuanto menos presupuesto, menos tiempo), pero los problemas continúan, y el menor de ellos es que el caballo elegido para hacer de Rocinante no haga puñetero caso al guión y se dedique a improvisar.

Jean Rochefort, un experto jinete, se sube dificultosamente, a pesar de la ayuda de dos personas, a su caballo. Recita sus diálogos costosamente, como si arrastrara piedras. Algo va mal. Parece que aquello que le retuvo en París es más relevante de lo que parecía en un principio. Vuelta a su país para ver al médico, y el rodaje se para. Rochefort, al que detectan no una, sino dos hernias, no volverá jamás al set. Un error en la redacción de la póliza deja el filme en manos de la aseguradora, mientras la desmotivación, el hastío y la impotencia se apoderan del equipo y, en particular, de Terry Gilliam. El momento en el que Patterson le dice “No podemos hacer la película. No la que tú quieres.” nos permite darnos cuenta, si no lo hemos hecho ya, que el verdadero Quijote de la película es Gilliam, quien, presa de sus alucinaciones y ensoñaciones, se ha empeñado en pelear él solo contra los molinos de viento que le impiden el paso. Por desgracia, al revés que en el libro, lo que él pensaba que eran molinos resultaron ser infranqueables gigantes.
 
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