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¿ESTÁ UD. DISPUESTO A CAMBIAR SU VIDA POR LA DEL PRESIDENTE?





No, señora, es sólo un titular, yo no estoy... no, señora, qué coño apología del magnicidio, es una frase de una película que... que yo no le digo que... no, no es que Zapatillas me caiga especialmente bien, con esas cejas, pero de ahí a pensar que yo... no veo que haya necesidad de ir a presentar una denuncia contra nadie, que yo no... en todo caso, dígales que la directrice se ha comprado un kilo de revistas de modelismo en el mercado de San Antonio. Que vayan a investigar a su casa, si quieren (y si aguantan el olor a votox), pero yo no he dicho nada, ¿eh?

Pesadez-oigs. Empiezo. Dos hechos extraordinariamente relevantes, y de indudable traza cinematográfica, han marcado a fuego la historia contemporánea de los Estados Unidos: uno, muchísimo más global por diversas razones geopolíticas y sociológicas que ahora no tocan, fue el ataque terrorista a las Torres Gemelas de New York el famoso 9/11; el otro, de calado más local, fue el asesinato de JFK (habrá un tercero, dentro de dos años, cuando Oprah haga su último programa y les regale a los asistentes al mismo, no sé, una parcela en Saturno, por ejemplo). Quizás sea que hay más perspectiva histórica, pero da la impresión de que el ejercicio de tiro al blanco de Lee Harvey Oswald (o Fidel, o la CIA, o la mafia, o “Islero”, o quien recoñios fuese) marcó a los americanos de manera más decisiva. No sé si hasta el punto, como algunos dicen, de considerarlo “la pérdida de la inocencia del pueblo americano”, supuesto sobre el que mantengo alguna que otra duda razonable; sí que derivó, de cualquier modo, en un prolongado estado de “shock” colectivo que, aún hoy en día, ha dejado secuelas. El cine americano, como con todo hecho destacable (y americano) que se precie, se ha aprovechado, o, mejor dicho, refocilado, en la memoria histórica de su país, y han explicado el suceso desde todos los prismas posibles, desde los hechos más directos (“JFK”, claro) hasta los más tangenciales: ahora mismo, con un sueño que me hace rozar el teclado con los párpados, se me ocurren “Love field”, “Ruby” o “En la línea de fuego”. En esta última sale Harry el Sucio, así que vamos a echarle un vistazo.

Wolfgang Petersen, irremediablemente alemán, es un señor que se ha convertido en un director más bien truñoso, impersonal autor de cosas como “Troya” o “Air Force One”, al que Jolibud tiene a bien encargar películas con sello “me voy a comer tu taquilla” y temática “bigger than life”. Por fortuna, se prodiga poco, aunque hay que reconocerle que, por lo menos, se abstiene de montajes videocliperos-Michael Bay, y es bastante correcto filmando. Tiene el honor de haber realizado la película más emitida por los canales autonómicos españoles: “Estallido” (que, aun así, no me canso de ver: es lo más parecido a “Dustin Hoffman pateando culos” que jamás veremos. Un día de estos la reseño), pero su mejor película obtiene su esqueleto argumental del famoso magnicidio de Dallas. Es “En la línea de fuego”, y en ella, Clint Eastwood interpreta a Frank Horrigan, el único guardaespaldas que queda vivo de los que estuvieron en el momento de marras; hoy en día es agente del servicio secreto, y tiene que enfrentarse con un ex-asesino a sueldo del ejército americano, Mitch Leary (John Malkovich), que amenaza con matar al presidente, iniciándose un juego psicológico entre ambos antagonistas. Frank, empujado por su pasado, su sentido del honor y las piernas de Rene Russo, vuelve a formar parte del servicio de protección del presi. Con lo cual corre serio peligro de batir un curioso récord: el de ser el agente que más presidentes ha perdido.

“En la línea de fuego” es una película facturada de manera competente, sin alardes, con un par de excelentes escenas y un reparto adecuado del suspense. No inventa la pólvora ni lo pretende, sabe cuáles son sus puntos fuertes y tira de ellos con cierta elegancia. Básicamente, sus puntos fuertes son sus dos actores principales, que exhiben una categórica química entre ellos a pesar de no compartir apenas planos. Lo mejor de “En la línea de fuego" se encuentra en las conversaciones entre ambos personajes, en las que Mitch, tan psicópata como magnífico manipulador, sabe meter el dedo en las varias llagas de Frank (sin ir más lejos, el planteamiento del título del post) a la vez que establece con él una curiosa relación de jugador noble. Mientras afirma que es su amigo y que no le miente nunca (lo cual es verdad), estira su maquiavélico plan para jugar, de manera ventajista, al gato y al ratón con su avejentado e impulsivo antagonista. Malkovich, que fue candidato al Oscar por este papel, compone su personaje con metrónomo, conjugando a la perfección su rostro perverso, su dicción mayestáticamente elegante y su físico equino para crear un villano perdurable. Tiene las mejores líneas de diálogo, y consigue que sus razonamientos parezcan válidos o, cuanto menos, susceptibles de debate. Hay una crítica no demasiado soslayada, además, contra la política exterior americana, lo suficientemente oscurantista y pandillera como para ser responsable de un monstruo como Leary. En el otro lado del cuadrilátero está tito Clint, que se lo pasa bomba con su versión viejuna y resabiada de Dirty Harry, al que convierte en un adorable gruñón, cínico e impulsivo; una versión 6.0 de su personaje stándard que el viejo Clint dibuja con los ojos vendados. Es, por cierto, el último papel que Eastwood ha interpretado para un director que no sea él mismo.

La película hace gala de varios costurones que la distancian de la grandeza. Se observan, sin necesidad de rascar demasiado, varias inverosimilitudes que hacen rascar la cabeza al espectador. Se hace intragable el empeño de los asesores presidenciales por despreciar una amenaza que está clarísimo que es real altamente peligrosa. Un cúmulo de casualidades llevan a Frank al lugar correcto en el momento oportuno. Y, hombre, puede que tito Clint sea un cachondón y sepa guiñar el ojo como nadie; pero su relación con Rene Russo no pasa ni por la puerta de Brandemburgo. Además, y lo que voy a decir puede que esté penado por la ley, la banda sonora del gran Morricone no está muy afortunada, quizás con excepción del tema de los créditos finales. Sin embargo, todo esto no reseca el sabor que deja la película, un buen thriller con un villano memorable y un personaje principal que encarna el sentimiento de culpa americano. Un filme que, además, nos confirma que, décadas después, todavía hay resaca de JFK. Y lo que nos queda.
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DANCE ME TO THE END OF LOVE


Hasta el momento, he ido incluyendo películas en la etiqueta de “calzador” bajo un criterio que se podría definir como “pelis que igual no son gran cosa pero, oyes, que cada vez que las ponen por la tele me pongo a verlas”. El largometraje de hoy no forma parte exactamente de estos parámetros, de lo que podemos concluir que a) si algún día queda un puesto de trabajo vacante en la sección “definiciones” de la Real Academia de la Lengua, mejor no me molesto en enviar currículum; y b) los parámetros son míos y me los f... digo, los cambio cuando quiero. Marcbranches rules. ¿Qué diferencia pues, desde el punto de vista de mis gónadas, “Báilame el agua” de “El último boy scout”, aparte de las obviedades artísticas? Pues que la segunda podría verla un millón y medio de veces, aproximadamente, sin ningún tipo de problema; la primera, no. “Báilame el agua” está cargada de imperfecciones, hasta tal punto que no me es posible escribir que, siquiera, es una buena película. Pero duele verla, y esto, forzosamente, tiene que significar algo.

“Báilame el agua” está inspirada en el libro del mismo título de Daniel Valdés, y dirigida por Josetxo San Mateo, de carrera más bien televisiva y anónima. Es una historia de amor embutida en una atmósfera suburbana y lumpen en la que dominan las drogas, el delito de baja estofa, la prostitución ambulante y el callejerismo como forma de vida. David (Unax Ugalde) y María (Pilar López de Ayala), vagabundos por convicción, poeta de libreta el primero, musa de parada de metro la segunda, cruzan sus caminos y sus almas en las calles más recónditas de Madrid, a la búsqueda de manto monetario y sentimental. Para poder pagarse la cochambrosa pensión en la que duermen, David se ve obligado a colaborar con su amigo Carlos (Juan Díaz) pasando caballo para el camello alfa del barrio, Facundo (Antonio Dechent); de ahí al enganche “ecuestre” hay un paso, y la espiral arranca sin solución de continuidad. Parafraseando a El Último de la Fila, cuando la droga entra por la puerta, la felicidad salta por la ventana.

La película presenta algunos méritos indudables. Durante buena parte del metraje – en especial, la primera mitad -, consigue desprender un hálito de verdad en lo que cuenta y en cómo lo cuenta. La relación poético-marginal entre María y David, los amigos de este (a cual más cazurro) y sus diálogos, el senderismo urbano al que se dedican y su búsqueda de supervivencia, todo nos desvela una sensación de verosimilitud encomiable. Las penurias de estos personajes se ahogan con una engañosa sensación de libertad que pronto, demasiado pronto, se verá apagada por la crudeza de la vida en las calles del barrio. La heroína y su dramático área de influencia sustituye a las risas y los poemas, y las jeringuillas y las deudas se llevan violentamente por delante el lirismo que acompañaba la relación casi platónica de los protagonistas. En ese sentido, las interpretaciones de Unax Ugalde (todo un EMO suburbano) y Pilar López de Ayala colaboran incisivamente en la veracidad de la propuesta, cuando el guión y la dirección de San Mateo lo permite. Ay.

Y es aquí donde “Báilame el agua” cojea de gravedad, doctor. Desde un primer momento, la estética de la película es chusca y pelín astrosa, con una fotografía áspera y granulosa que le da una imagen de cinta super 8 más propia de los primeros ochenta que del año 2000 en el que está rodada la película. Además, en la segunda mitad, la película parece írsele de las manos, con secundarios desapareciendo de escena sin demasiada explicación, episodios digresivos que no aportan anda (los travestis), efectos videocliperos que chirrían como tiza en pizarra y bajones de ritmo descomunales. Además, hay un problema de base que la película no se molesta en afrontar con valentía: David y María no viven en la pobreza de la marginalidad porque no les queda más remedio, sino porque quieren. El guión no se molesta en explicar las razones de esta elección, ni desarrolla la obligada debilidad que necesariamente debiera pasar por las cabezas de los protagonistas, que no es otra que la de volver a casa. En el caso de María, apenas se nos muestra un intento de llamar a su familia; en el de David es peor: en una de las escenas más sonrojantes del film, se encuentra a su madre en mitad de un frustrado atraco a un estanco (dicho atraco, que incluye a una vieja dependienta armada con un trabuco que parece sacado del atrezzo de “Alatriste”, es incalificable); la madre, por supuesto, le da unas pesetillas, para que el niño se coloque bien a gusto. Qué seríamos sin las madres.

Todo esto no elimina, por suerte, la sensación de desvarío y absoluto despeñamiento al abismo que rodea a la pareja protagonista, lo cual permite a la cinta, por lo menos, mantener una coherencia argumental y espiritual que desemboca en un doloroso fatalismo. Se ha comparado insistentemente “Báilame el agua” con la aronofskiana “Réquiem por un sueño”, con el habitual sentido reduccionista de ciertas corrientes críticas. Aunque los personajes de Pilar López de Ayala y Jennifer Connelly alberguen similitudes, hay más diferencias que puntos de contacto entre ambas películas. Una fundamental: la de Aronofsky es sideralmente mejor. Lo que no quita que al final de “Báilame el agua”, mientras David nos descubre el poema romántico que enganchó a María en una estación de metro, un punzamiento traicionero sorprenda a nuestro estómago.
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POSTS CON CALZADOR: COPAS DE YATE


TRILOGÍA DEL GANGSTER (I): TARANTINO MA NON TROPPO

Se suele decir que cuanto mejor es el villano, mejor es la película. Una sencilla ecuación nos obligaría a concluir que una película de gangsters, por tanto, tiene amplias posibilidades, en potencia, de ser una obra maestra. Las películas de bandas criminales siempre han tenido un gran calado en las imaginerías cinéfilas, ya desde el cine negro americano, hasta el día de hoy. Hemos pasado por el porte varonil de ala ancha y humo en blanco y negro pertrechado por los Cagney, G. Robinson, Bogart y compañía, por la algidez de la vendetta operística de la mano de Coppola, o por el nervio navajero y atropellado de los bajos fondos scorsesianos. Estas, llamémosles, tres corrientes estilísticas, habían dominado el cine gangsteril hasta entrados los noventa. Hasta que llegó un cinéfago logorreico llamado Quentin y revolucionó el género, y muchos se apuntaron al tarantinismo imperante. Después del impacto “Reservoir dogs”, pero, especialmente, gracias a “Pulp fiction”, todo el mundo quería rodar filmes con matones de tres al cuarto con ciertos códigos de honor, extraños alias, verborreicos, locuaces y con algo similar a un estilo propio. Una de las pruebas más fehacientes (fehaciente=descarada) de esta moda fugaz fue la interesante “Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto”, en la que el director Gary Fleder y el guionista Scott Rosenberg se desvirgaron cinematográficamente, apuntando unas maneras que acabaron quedándose en manierismos. Además, inauguró en mi memoria cinéfila una catarata de títulos que empezaban con “Cosas que...” (nunca te dije, perdimos en el fuego, nunca se olvidan, diría con solo mirarla, que dejé en La Habana... anda que no hay cosas... y poca imaginación...). Inauguramos trilogía patillera, pues, en Denver.

Les he metido un palito a Fleder y Rosenberg, y tengo que justificarlo por si los abogados. El director no confirmó su esperanzador arranque, y rápidamente se sumergió en la televisión. Sin embargo, Rosenberg sí parecía apuntar más alto: su siguiente película fue “Beautiful girls”, de la que sacó una bien merecida fama de buen dialoguista, lo cual sólo le sirvió para ir entregando alguna buena línea para truños como “Con Air” o “60 segundos”, ofrecer su canto del cisne en la estupenda “Alta fidelidad”, y rebozarse en el detritus cinematográfico con... “Canguro Jack”. También ha acabado en la TV, claro; debieron de hacerse muy amigos Fleder y él, porque han compartido algún que otro proyecto televisivo. Supongo que, en alguna de sus reuniones, deben de divertirse mucho recordando cómo parieron esta “Cosas que hacer en etc”. Me imagino algo parecido a esto.

Después de verse 76 veces las dos primeras películas de Tarantino, Gary & Scott decidieron que su película tenía que ser un cóctel de una serie de ingredientes ineludibles. En primer lugar, unos nombres chulos para los personajes. Ni Dios se llama por su nombre y apellido en esta película: Jimmy “el Santo” (Andy Garcia), Bill “el Crítico” (Treat Williams, en un papel que hoy haría Colin Farrell), “Viento Fácil” (Bill Nunn), “Pedazos”(el gran Christopher Lloyd), “El Hombre del Plan” (Christopher Walken haciendo de Christopher Walken), “Mr. Shhh” (Steve Buscemi, no podía faltar)... A su lado, aquello de “Señor Rosa” o “Señor Marrón” queda de lo más soseras. Además, estos nombres corresponden a personajes característicos y muy definidos, lenguaraces y con una destreza especial para la réplica escatológica y el chiste homofóbico. Así, la película se ve arrastrada por su pátina desahogada, rayana en el cómic, que la aleja de las altas cotas. Por supuesto, no podía faltar la correspondiente cota de música pegadiza y resultona, encabezada por el magnífico tema de Tom Waits que arranca la cinta. A pesar de todos esto lugares comunes, empero, el largometraje funciona. En primer lugar, Rosenberg acierta al hacer que la historia la narre un tipo cualquiera en una cafetería, un amigo de Jimmy “El Santo”; la imagen que se nos da de él se acerca a la idolatría, y es justificadamente subjetiva. “El Santo” es un tipo elegante, bien parado, donoso, de principios y donaires anticuados, empalagosamente romántico, casi versallesco; por desgracia, no es demasiado listo, porque la panda de tullidos mentales (y alguno físico) que agrupa para hacer un trabajito teóricamente sencillo está abocada al fracaso. Y el “Hombre del Plan”, un jefe mafioso tan cabrón como tetrapléjico, se lo va a hacer pagar muy caro...

Aunque la conjugación de elementos antes citados hacen de “Cosas que hacer en etc.” poco menos que un dejá vu cinematográfico, es necesario reconocer que el cóctel funciona, el ritmo es constante y la narrativa -con dos partes claramente diferenciadas, puesto que el tono del filme se recrudece considerablemente después de la primera hora- es fluida, a pesar del pegote del personaje de la bellísima Gabrielle Anwar, que sólo sirve para que Jimmy saque a pasear una oratoria floral digna de algún culebrón venezolano de los ochenta. Película semiolvidada hoy en día, merece que el espectador pelín inquieto le dé una oportunidad en sus escasos pases televisivos, ni que sea para descubrir el cameo de un irreconocible Willem Dafoe. Todos a coro: “¿pero dónde has visto tú a Willem Dafoe en “Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto”? Pues sí que sale, sí. Ale, a hacer los deberes.
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BAILAR ARQUITECTURA


Hablar de amor es como bailar arquitectura. Es imposible.”

Jóvenes padawanes, habréis comprobado con solaz regocijo y quijadas abiertas que, desde luego, estamos en verano en La Linterna Mágica. El post sobre “Yo soy la Juani” prometía, pero la marca de agua la deja, sin duda, el despiporrante video que la Directrice nos enchufó el otro día. Así que, siguiendo con la tónica de ligereza-baja en calorías, aprovecho para facturar una nueva entrega de la sección patillera “calzador”, que me permite hablar de películas de perfil bajo que, por una razón u otra, me gustan más de lo aconsejable, y que acabo viendo cada vez que la programan en televisión. Este no es el caso de “Jugando con el corazón”, puesto que no recuerdo que la hayan emitido por ningún canal; pero, por lo demás, entra (con calzador, claro) en esta categoría. La razón por la que en su momento me acerqué al cine a ver este film, que se preveía un indigesto pastel de merengue, tenía un solo nombre y apellido: Gillian Anderson. X-enfebrecido como estaba, me parecía una oportunidad maravillosa de observarla fuera de su sempiterna Scully y medir adecuadamente sus capacidades actorales. Aunque he de confesar que, si no hubieran estado en el reparto Sean Connery y Gena Rowlands no sé si me hubiese atrevido. Curiosamente, a quien descubrí en esta película fue a una joven y, por aquel entonces, casi desconocida actriz llamada Angelina Jolie.

“Jugando con el corazón” (filme que iba a titularse en un principio “Dancing about architecture”, luego sustituido por el más convencional “Playing by heart”) es un amable melodrama romántico de 1998 dirigido por un tal Willard Carroll, cuyo mayor mérito artístico, después de ardua consulta internauta (el tipo ni siquiera aparece en la Wikipedia, y todo el mundo sabe que si no apareces en la Wiki no eres nadie), es tener una de las mayores colecciones de material sobre Lyman Frank Baum y su obra sobre el mago de Oz. En él se entrecruzan seis historias, aparentemente inconexas, con el común denominador del amor en varios de sus infinitos estratos. Una excelente B.S.O. de John Barry, una fotografía delicada y una narrativa bien llevada, que facilita el seguimiento de todos los relatos a pesar de su irregular ritmo de intercalo, acompañan este humilde intento de dignificar un género sumido en el fango por culpa de la ñoñería, superficialidad e idiocia con que se le ha tratado durante los últimos lustros. Sin embargo, sus basales son otros: la química entre los actores y el ingenio de sus diálogos, que buscan el imposible objetivo de ofrecer la máxima profundidad posible a unos personajes que no tienen ni el tiempo en pantalla ni las aristas suficientes, en su mayoría, para pasar del bosquejo elaborado. Por fortuna, los actores se creen lo que están haciendo, aunque el material del que dispongan, en algunos casos, no sea el más adecuado, y se disfruta de ello, porque competencia hay para parar un tren. Connery y la Rowlands se dan un pequeño festín de química, de guiños y réplicas ingeniosas a la par que amargas, interpretando a un viejo matrimonio con alguna antigua cuenta que saldar. Gillian Anderson nos trae a una directora de teatro neurótica y recelosa hasta la extenuación del género masculino; el televisivo Jon Stewart, un adorable arquitecto, tiene previsto ser la horma de su zapato. Ambos cumplen con naturalidad y sin estridencias. Dennis Quaid sobreactúa uno de los papeles más curiosos, un tipo que sale por las noches a mentir sobre las tragedias de su vida a buenas gentes como Patricia Clarkson o Nastassja Kinski, aunque la palma se la lleva un travesti llamado Lana, que se lleva algunas de las mejores frases del film en su breve actuación (“I'm 29, and those are real years, not Heather Locklear years”) (por supuesto, el doblaje español se traga la vitriólica referencia, como otras varias); mientras, una misteriosa mujer le observa. Madeleine Stowe encarna a una mujer casada que mantiene una aventura exclusivamente sexual con Anthony Edwards, quien se empeña en llevar la relación un paso más allá del cigarrillo post-coital; es la historia más floja de todas, con diferencia. Otro tipo de amor, el maternofilial, es el que representan Ellen Burstyn y Jay Mohr, este último en el papel de un moribundo de SIDA; sus escasas escenas no parecen encajar, por su mayor dramatismo, con el tono de la película, pero tienen algún momento destacable, cuando deciden enfrentarse a la cruda realidad.

El relato que más cuota de pantalla acumula es el más disfrutable, y en él los protagonistas son Angelina Jolie y Ryan Phillippe, cuya inexpresividad natural le viene a su hermético personaje como anillo al dedo. Contra ese hermetismo lucha la Jolie, una clubber ingeniosa (“la última vez que vi a Harry llevaba un suéter azul y una cara de idiota. El suéter era nuevo”), carismática, charlatana y descarada, que la hermosa hija de Jon Voight interpreta con naturalidad y frescura desarmante, demostrando que en determinados registros puede ser una buena actriz. Por desgracia, casi ninguno de los relatos aguanta el tipo como sería deseable, y acaban cayendo en el tópico sensiblero hasta una reunión final en el que se descubren los lazos reales que unen a todos los personajes, y en la que el filme se reboza, definitivamente, en la complacencia más acomodaticia. Un remate mediocre a una película que se puede disfrutar moderadamente, y que alberga algún diálogo ingenioso y más de una referencia cinéfila; a menos que seas fan de la Anderson o de la Jolie: en ese caso, tienes permiso para deleitarte, con elegancia burguesa, eso sí.
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POSTS CON CALZADOR: HALCÓN MILENARIO 2.0



“FIREFLY”, O LA RESURRECCIÓN DE LOS CASACAS MARRONES

Joss Whedon tiene pinta de friki. No de esos que se disfrazan o se pasan el día con las pestañas y el prepucio delante del ordenador, sino de los del estilo Kevin Smith: grandes connaiseurs de la cultura popular, activistas del cómic y la TV, fans irredentos que, casualmente, han conseguido meter su camiseta temática en el mundillo. Whedon es el creador de tres series americanas con vocación de títulos de culto y hordas de seguidores indesmayables. Dos de ellas están interrelacionadas (“Buffy” y “Angel”). La otra es, quizás, su gran triunfo, precisamente por ser su gran fracaso: “Firefly”. ¿Paradoja?

“Firefly”, que trataba las aventuras de un grupo de contrabandistas espaciales a bordo de una nave llamada “Serenity”, era una serie que combinaba la ciencia-ficción de segunda mano al estilo “Star Wars” con elementos propios del western (hay algún episodio con clarísimas reminiscencias de “Sin perdón”), un humor tan blanco como acerado, unos diálogos ingeniosos y unos personajes de caracteres muy diferenciados que destilaban una gran química. Sus aventuras fronterizas no consiguieron fidelizar, aparentemente, a los espectadores, y la FOX liquidó la serie en el capítulo 11, sin dejar que se emitiesen los tres capítulos restantes que se habían rodado, justo cuando empezaba a tejerse una trama mayor. Otra serie más al limbo. Sin embargo, Whedon & company descubrieron que quizás sí que había pocos seguidores, pero muy entregados. El DVD de la serie fue un récord de ventas (hasta hace muy poco aún estaba entre los 5 más vendidos en Amazon.com), e internet puso en marcha su capacidad para el bocinazo ensordecedor de los fans (llamados “browncoats”, o “casacas marrones”; si queréis saber por qué, cojan el primer autobús a la Wiki). A Whedon, que de tonto no tiene un pelo, se le iluminó la meninge, y, contra todo pronóstico, consiguió algo así como que España pase unos cuartos de final: hacer una película de una serie fracasada. ¿Es Whedon Iker Casillas?


“SERENITY”, THE RIVER TAM CHRONICLES

Pasado el año 2500, la hoy llamada “Tierra-que-fue” es casi un mito para el ser humano. El hombre, una vez la Tierra agotó sus recursos naturales, se expandió a diferentes lunas y sistemas solares que “terraformó”, uséase, adaptó a sus condiciones de vida (aire, agua, casas de citas, etc.). China y los Estados Unidos quedaron como únicas potencias, y se fusionaron para crear una sola estructura de dominación interestelar, la Alianza. A pesar de los avances, a medida que los planetas se alejan más de la zona central, las condiciones de vida y las costumbres son más ancestrales y fronterizas. Este es el punto de partida atmosférico de la serie “Firefly” y de la película “Serenity”, y en la que se incrusta la pintoresca tripulación de la susodicha nave, comandada por un ex-combatiente llamado Malcolm Reynolds (Nathan Fillion), y en la que está, entre otros, River Tam (Summer Glau), una chica hipersensible, plañidera, ingenua, intuitiva, esquizofrénica, y con poderes mentales. Excepto por esto último, una adolescente cualquiera. Que en la película demuestra tener alguna clave para hacer tambalear a la poderosa Alianza, aparte de, inopinadamente, dar una leches que ni Jackie Chan enfarlopado. Hasta aquí, más mal que bien, la sinopsis.

¿Y qué es en realidad “Serenity”? Después de haber visto esta película desde los dos prismas (esto es, antes de conocer la serie y después de verla), la considero una de las mejores películas del género de los últimos años. Se la ha comparado extenuantemente en los Yuesei con “Star Wars”, no por su grandeza, claro, sino más bien por el inevitable dejá vu que desprende. Mal Reynolds apesta a Han Solo, indumentaria incluida; la estética de futurismo usado, naves que se caen a pedazos, uniformes sucios, espacios desérticos; el aroma de “space opera” (hay un imperio interestelar, y una guerra que marca el pasado), en definitiva. Eso sí, no hay extraterrestres ni robots, para no entorpecer el otro gran referente estético, que, como ya se ha apuntado, es el western. Algo que en la película queda más difuso, al permitirse un mayor número de localizaciones. “Serenity” es algo así como “Star Wars” 2.0, o lo que el “Episodio I” pudo ser y no fue: una actualización del género hacia los tiempos modernos. Es un film enérgico, divertido, entretenido, sin alardes de CGI, bien dialogado (Kaylee: “hace un año que no tengo entre las piernas nada que no funcione con pilas”), que al espectador no familiarizado con el entorno “Firefly” le deja un buen e inesperado sabor de boca. No se puede decir que Whedon tenga un estilo propio con la cámara (queda claro que su fuerte está en la escritura), pero sale lo suficientemente airoso de la prueba.

La mayor debilidad del film proviene, como era de esperar, de su dependencia de la serie. Son nueve personajes principales, y en una serie se pueden desarrollar adecuadamente, pero en una película no. A pesar del (falso) plano-secuencia del inicio, que pretende presentar a los personajes uno a uno, lo cierto es que Whedon se ve obligado a detenerse en los tres personajes principales, dejando a los demás bastante difuminados. Uno de estos tres es de nuevo cuño, el Operativo, excelente villano interpretado de manera ceremoniosa, casi religiosa, por el gran Chiwetel Ejiofor. Otro es el ya mencionado Mal Reynolds, antihéroe a la vieja usanza, de réplica y gatillo fácil, corteza coriácea y savia dulce, al que la percha de Nathan Fillion le sienta como un guante. El último es River Tam, el verdadero centro neurálgico de la serie (según Whedon, “Serenity” es “la historia de Malcolm Reynolds contada por River”) y de la película, que tiene la virtud de aparecer poco pero dejando huella, un personaje al que la etérea Summer Glau aporta una convincente fragilidad y una formación como bailarina ideal para las coreografías de acción, y si alguien la ha visto hacer de Terminator bueno en la serie “La crónicas de Sarah Connor” sabrá a qué me refiero.

Lejos de ser una obra maestra, o siquiera un referente del género, “Serenity”, de éxito moderado en USA y nulo en España, es una excelente muestra de que se puede hacer buena ciencia-ficción con las mismas reglas de hace treinta años, sólo poniéndole corazón, algo de ingenio y unos diálogos con algo más de garra que “misa no gusta lo naboo”. ¿Se me oye por allá en el rancho Skywalker?

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CSI: WASHINGTON


¿Se quejaba la Directrice, en algún que otro comment de por ahí abajo, de las secciones patilleras que he ido creando en el blog? ¿Cómo era aquello de “si no quieres taza”? Nueva entrega de la sección “Posts con calzador”, en la que, como seguramente NO recordaréis, sacamos a colación películas cuyo valor meramente cinematográfico no les permitirían, en un primer momento, formar parte de las Elegidas Lintérnicas, pero que en el imaginario del que escribe se han quedado agradablemente incrustadas, y las repasa una y otra vez, en ocasiones en contra de su cinéfila voluntad. Seamos sinceros: ¿cuántas veces habéis visto “Estallido” en la tele? Pues a eso me refiero. Hoy nos traemos al escenario “El coleccionista de huesos”, film de Phillip Joyce basado en la novela del mismo título escrita por Jeffery Deaver: el libro fue un best-seller, y las aventuras de su protagonista, el criminalista forense parapléjico Lincoln Rhyme, van ya por la octava secuela, a la venta en junio en su librería yanqui más cercana.

Y la sufrida audiencia me dirá: sí, claro, ya sé por qué te gusta a ti “El coleccionista de huesos”, y por qué la has visto más veces de lo que quizás merece. Pues no. No es una perturbación onanista. Angelina Jolie, de hecho, no sale nada favorecida en esta película. Lleva el pelo corto, su vestimenta de calle es más bien hombruna (excepto en la escena epilogar), el uniforme de policía le queda de pena y su personaje, en general, es lo más alejado imaginable de los habituales putones comehombres que interpreta. ¿Entonces, por qué? No lo sé exactamente. “El coleccionista de huesos” es una película razonablemente competente, y otra cosa no podía esperarse de un director australiano que suele moverse con maña en el suspense y el thriller; con patinazos siderales como “Sliver” o “El Santo”, eso sí, pero con alguna gran película como “El americano impasible”. El filme que hoy nos ocupa, de 1999, es, como tantos de su género y época, desahogado deudor de los referentes del momento, “Seven” y “El silencio de los corderos”, en particular de esta segunda. La relación mentor-alumna de Lincoln (Denzel Washington) y Amelia (la Jolie) nos recuerda, en cierto sentido, a la de Hannibal Lecter y Clarisse; el metodismo y la truculencia de los asesinatos nos retrotraen al largometraje de David Fincher. Noyce, que no se puede quitar ese dejá vu de encima, nos ofrece, sin embargo, un producto funcional y aseado en el que, por lo menos, hay cierta voluntad de dibujo de personajes y, de vez en cuando, una dirección más allá de lo funcionarial. Véase, por ejemplo, la manera de filmar las escenas de diálogo en la casa de Lincoln: los primeros planos del parapléjico son subjetivos, inclinados, desde arriba (desde donde le ve todo el mundo); cuando vemos al interlocutor de Lincoln, Noyce utiliza el mismo tipo de plano, pero desde abajo, transmitiéndonos, no sólo la posición física de Lincoln (incluida su inclinación debido a la almohada), sino cierta severidad en su mirada.

Lo cual nos lleva a otro acierto del filme. Aunque sin profundizar demasiado (tampoco nos pasemos), se percibe cierta intención de ir un poco más allá en el diseño de caracteres y la manera de mostrarnos sus interacciones; esto se consigue en parte, en competente colaboración con los actores. Denzel Washington compone un personaje complicado de precisar (sólo puede mover la cabeza y un dedo), algo dictatorial, inteligente, amargado por su enfermedad, hasta el punto de haber planeado su suicidio. Angelina Jolie, un poco contra pronóstico, consigue apaciguar su sex-appeal a base de uniformes horribles y una acertada combinación de aspereza y ternura. Su derrumbe en el lavabo, sola, después de realizar su primera misión forense, la define perfectamente. Quizás lo mejor del film es la química que se crea entre los dos protagonistas, previsible pero carente de amarillismo, en la que la línea entre lo profesional y lo personal se difumina muy suavemente. También funciona la enfermera interpretada por Queen Latifah, aunque a veces parece una forense más del equipo. El que más chirría es el cuasiparódico capitán de policía Cheney (un pelín desmadrado Michael Rooker), que parece salido de “El último gran héroe” de puro arquetípico.

Aparte de los agujeros de guión (¿por qué, de los tres mataderos del segundo crimen, Lincoln da con el correcto a la primera? Pues porque sí, y punto pelota) y de altibajos narrativos, el desenlace de la película es insatisfactorio, tramposo y efectista. El juego del asesino no ofrece significado alguno, lo cual torna inverosímil el hecho de que haya tenido múltiples oportunidades para matar a Lincoln (es tetrapléjico... por Dios... no es tan difícil...) y no haya consumado su venganza. Esta conclusión casi se redime (casi), después del navideño epílogo, gracias a que los créditos son acompañados por la inmortal canción de Peter Gabriel, “Don´t give up”. ¿Y a qué viene una canción sobre el paro cerrando un thriller? Pasapalabra. En cualquier caso, jóvenes padawanes, recordad que los Grissom, Horatio Caine y demás forenses criminalistas de todos los CSI habidos y por haber, tienen el deber de llamar “papá” a Lincoln Rhyme.

Lo cual, ahora que pienso, les da derecho a llamar “mamá” a Angelina Jolie. Mmmmmm.
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POSTS CON CALZADOR: UMA VS. LA BELLEZA INTERIOR



...Y que le gusten los perros

Agua” (feminismo en clave hindú). “Muerte en Venecia” (homosexualidad reprimida, Visconti). “El sueño de Cassandra” (complejo de culpa al cuadrado, la tragedia del destino). “Ghost dog” (el código de valores samurai, que no destaca precisamente por su sentido del humor). “I’m not there” (Dylan por sextuplicado + Todd Haynes = dolor, mucho dolor). Tito Clint (¿hay algo más serio en el cine que Clint Eastwood?). Bergman (Bergman). Llevamos unas semanitas en La Linterna Mágica con el ceño fruncido y el gesto circunspecto, reflexionando sobre la relación entre el cine, el ser humano, sus circunstancias y su misma existencia (¿alguien en la sala que quiera traducirme lo que acabo de decir, que yo soy incapaz?). Para evitar que nos atropelle un autobús de línea mientras meditamos severamente, viene al rescate Mi Majestad Marcbranches para hacer lo que mejor sabe: dar pinceladas de ligereza, insensatez y superficialidad a todo lo que toca, en este caso el blog que aquí os ilumina (¿lo habéis pillado? ¿el juego de palabras? ¿ilumina-linterna? Dios, mi ingenio me desborda a mí mismo), a través de la patillera sección “Posts con calzador”. Alice la Directrice tenía que decir algo al respecto, creo, pero de momento no le permiten quitarse el respirador. No, no tengo nada que ver con la crisis nerviosa. Que no.

¿Cómo se pasa de realizar una película de culto a perderse entre las fauces de las sitcom americanas? No sé si Michael Lehmann estará de acuerdo conmigo, pero seguramente ayuda mucho hacer una película con Billy Crystal y un pívot de baloncesto rumano de 2’32 metros. No, no me he golpeado el lóbulo temporal con una llave inglesa del 18 (el siglo). Michael Lehmann es el realizador de una película que probablemente algunos de mis queridos y contemporáneos padawanes habrán visto, o les sonará de algo: “Escuela de jóvenes asesinos”, de 1989, el disloque teen-ochentero por excelencia. Una película de apariencia instituto-yanqui-cheerladers-pajilleros que, sin embargo, mezcló ingredientes tales como suicidios + Winona + asesinatos + Slater + sexo inseguro + Shannen Doherty (este puntúa doble). Como hemos dicho, se convirtió en una pequeña pieza de culto por transgredir los códigos clásicos del subgénero. Por desgracia, films como “El Gran Halcón” o “Cabezas huecas”, igual de frikis que la anterior, siguieron también el mismo camino en taquilla y en la percepción del público mayoritario. Sin embargo, una de ellas sí consiguió un moderado éxito, y se ha convertido en un agradable recuerdo para los amantes de la buena comedia: “La verdad sobre perros y gatos”. Obviamente, no es “Uno, dos, tres” o “Annie Hall”, pero, teniendo en cuenta que la comedia romántica está en crisis desde hace tres o cuatro lustros, se agradece que alguna no trate de idiota al espectador. Y eso que esta parte de un miscasting considerable, por lo menos a priori: ni Uma Thurman es la modelo deslumbrante que en principio requería el papel, ni Janeane Garofalo es un adefesio del que apartarías la vista con solo mirar; Lehmann prefiere confiar en la capacidad de las actrices, y estas, por fortuna, no le defraudan. Si tragas con estos dos condicionantes, “La verdad sobre perros y gatos” deja un buen sabor de boca. Se nos explica la historia de una veterinaria, Abby Barnes (la Garofalo, neurótica y divertida; es una pena que no se prodigue más), con un programa de radio sobre animales a quien un oyente (Ben Chaplin, su acento british actúa mejor que él), después de haber recibido unos consejos sobre su perro, le pide una cita sin haberla conocido físicamente; debido a su falta de confianza en su físico, obliga a su vecina y amiga Noelle (la Thurman, que aquí se revela como una excelente comediante) a hacerse pasar por ella, lo que conllevará los consiguientes enredos, conflictos y situaciones vodevilescas. Esta versión moderna, reelaborada y urbanita del “Patito feo” se aposenta el diseño de los personajes principales y sus interrelaciones, en las que algunos diálogos y escenas puntuales sobresalen sobre el resto. Enter los primeros, Janeane Garofalo se lleva buena parte de los flashes. Ejemplo: – (empleada de cosméticos) “¿Cuál es su régimen de radicales libres?” –“¿Régimen? ¿De radicales libres? ¿De qué estamos hablando, de una crema facial o de dar un golpe de estado?”. De entre las segundas, la secuencia de la tortuga (en la que no pude dejar de pensar en lo LARGOS que son los dedos de Uma...), o la conversación entre Abby y Brian por teléfono, que destila una considerable naturalidad y consigue plenamente el efecto de hacernos creer la química existente entre los dos personajes.

Por supuesto, el film no es perfecto: es regla imperativa, aunque no escrita, que una buena comedia ha de tener buenos secundarios, y esta se la salta (si no consideramos al perro de Brian, un cachondo, actor secundario), puesto que Jamie Foxx es un adorno; alguna escena parece pegada con Logtite (la de la abeja, aunque es divertida, no viene a cuento); y, en general, el filme sigue la senda de lo predecible, sin que nada nos sorprenda. Un entretenimiento ligero, en definitiva; una mayonesa sin calorías, pero de las caras. Que es mucho más que lo que el 90% de las comedias románticas nos ofrecen hoy en día.
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DE BODA EN BODA Y ME CASO PORQUE ME TOCA


Hay un momento en “Cuatro bodas y un funeral”, el celebérrimo filme de Mike Newell, en el que el personaje principal se levanta de la cama, un sábado cualquiera, y se pregunta: “Bueno, ¿dónde es la boda hoy?” Los seres humanos somos socialmente muy previsibles, nos encantan los rituales del vecino, y no aspiramos a otra cosa que a copiarlos. A mi edad, he asistido a más bodas de las que pueda contar (sólo he faltado a la mía), y soy incapaz de separar mentalmente una de otra, convertidas todas en pequeñas obrillas de teatro de argumento más que consabido y sin apenas capacidad para la sorpresa. O sea, un guión reiterativo, unos actores discretos (por ser generosos) y un final cantado; una receta que, cinematográficamente hablando, te invitaría a ahorrar los seis euros de la entrada y gastarlos en algo más útil (por ejemplo, seis bolígrafos-linterna). Sin embargo, cuando se trata de una boda, encima, nos dejamos una pasta en el regalo... No es de extrañar que acaben con todo el mundo bordeando la línea del coma etílico: es la única manera de soportarlo. Bueno, no, hay otra manera. Ser Richard Curtis y aprovechar la circunstancia para soltar un poco de vitriolo y pergeñar, junto a Mike Newell, la película referente de los noventa si del género chico-conoce-a-chica hablamos. “Cuatro bodas y un funeral” fue un insospechado bombazo en más de un sentido: arrasó en las taquillas y en el imaginario del público, consagró a Richard Curtis (padre-paridor de las televisivas “The black adder” y “Mr. Bean”) como el gran Midas del humor británico, y descubrió a un actor que, gracias a (o por culpa de) esta película, se convirtió en un subgénero en sí mismo: la película-con-Hugh-Grant-haciendo-de-Hugh-Grant.

Con la iglesia hemos topado. Las primeras seis palabras de “Cuatro bodas y un funeral” son, en realidad, la misma: “fuck”. La cual se repite catorce veces en los primeros seis minutos, y eso no le hacía mucha gracia a muchos de los conservadores espectadores de los primeros screen tests antes del estreno del film. Por fortuna, se mantuvo este imprecador inicio que definía la carrera de Charles (tito Hugh) y Scarlett (la desaparecida Charlotte Coleman) hacia la primera de sus bodas, en la cual quedan ya enumerados los principios dogmáticos de una buena comedia: buenos diálogos, secundarios característicos y divertidos, y ese fundamental sentido del ritmo que puede hacer triunfar o fracasar una escena dependiendo del momento en el que se corte el plano. Como hemos dicho aquí muchas veces, queridos padawanes, la comedia es, en muchas ocasiones, matemática pura; valga como ejemplo la escena de los anillos de esta primera boda: Charles busca anillos “de emergencia”, los entrega al cura, plano de la asombrada cara del cura, plano de la novia, plano del novio (mientras Charles, en segundo plano, ensaya su mejor expresión de “yo no he sido”), primer plano del anillo (de aquellos que regalaban con los tigretones). Impecable de cabo a rabo. En cuanto a los secundarios, Curtis y Newell son capaces de darle a casi cualquier aparición, por anecdótica que sea, la categoría de estelar. Desde el anciano de la primera boda (“¡usted no puede ser Charles!”) hasta el plasta que ralentiza el primer encuentro de Charles con Carrie (Andie McDowell) en el albergue. Pero más allá del humor, es necesario considerar esta película en su afán documentalista-Nationalgeographic al respecto de la fauna humana, siempre desde un prisma irónico pero amable: desde los especimenes característicos de bodas/bautizos/comuniones (bailarines-pato, invitados inoportunos, niños cafre, etc.) a las amistades imperecederas, pasando por las relaciones homosexuales. El título del film, “Cuatro bodas y un funeral”, expresa a la perfección lo que cuenta, que prácticamente se reduce a esas cinco ceremonias, más el sábado “libre” del que hablábamos al inicio. Curtis no pierde tiempo en escudriñar en los personajes más allá de sus presentes: no sabemos en qué trabajan, por qué los amigos son amigos, qué tipo de relación tienen los compañeros de piso Scarlett y Charles… Pa qué. Richard Curtis va a machete, y consigue, entre risas, que te olvides de toda la información que NO tienes. En cuanto a las interpretaciones, por supuesto, la gloria se la llevó Hugh Grant, el gran especialista británico del balbuceo, que está realmente divertido; por su parte, Andie McDowell interpreta con solvencia a la utópicamente hermosa Carrie. Pero quienes se llevan la palma son varios de los secundarios de peso: pienso, en particular, en la gran Kristin Scott Thomas, el descacharrante James Fleet y el discreto pero soberbio John Hannah, que consigue encoger inesperadamente las gargantas de los espectadores mientras recita a W.H. Auden en el funeral del título. Paren los relojes, descuelguen el teléfono…


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POSTS CON CALZADOR: ¿ORDENÓ USTED UN CÓDIGO ROJO?



Nuevo post perteneciente a la sección patillera “posts con calzador”, en la cual, como todos sabéis, entran todas esas películas que quizás no alcancen el meritaje artístico imprescindible para asomarse a nuestro excelso y refinado blog, pero que, por las razones que sean (básicamente, las que imponen nuestras gónadas), sea un personaje, su temática o cualquier debilidad inclasificable, metemos con calzador entre obra maestra y obra maestra. Esas películas que, aunque no son “Ciudadano Kane” ni “Apocalypse now” precisamente, nos quedamos a disfrutar una vez más en la tele a pesar de haberlas visto ya unas chorrocientas dieciséis veces. Un ejemplo de esto, para un servidor, es “Algunos hombres buenos”, de Rob Reiner. A pesar de que en su momento consiguió cuatro nominaciones a los Oscars, no es una cinta que pasará a la historia del cine por su calidad (es una buena y eficaz película); en todo caso, si alguien merece un pedacito de leyenda es el personaje central, el Coronel Nathan R. Jessep, que fagocita la película en apenas veinte minutos de presencia en pantalla. Pedacito de leyenda cortesía del gran JACK, off course...

“Algunos hombres buenos”, y esto quizás no lo sepa mucha gente, está basada en una obra teatral de Aaron Sorkin (que también guionizó el largometraje), que hace algo más de un año se representó en el West End londinense con Rob Lowe haciendo el papel de Tom Cruise (y recibiendo buenas críticas, tanto la obra como sus intérpretes). Recordemos que Aaron Sorkin es el creador e ideólogo de “El ala oeste de la Casa Blanca” (uno de cuyos protagonistas era Lowe), una de las mejores series que jamás se han parido en la TV americana, y por la cual merece eterna devoción. Dicholocualo, cobra mayor sentido el hecho de que buena parte de los méritos de “Algunos hombres buenos” están en su texto. Los diálogos son acerados, contundentes (-“Teniente Kendrick, ¿puedo llamarle John?” –“No, no puede”), las réplicas llevan dinamita concentrada, los enfrentamientos en el tribunal son tan áridos como demoledores; el ritmo narrativo es un crescendo sostenido que explosiona en un final magistral en cuanto a intensidad. El film, dirigido por el competente (y de estrambótica filmografía) Rob Reiner, no deja de ser un producto estrictamente jolibudiense-cazaoscars con mensajería de apariencia antimilitarista. Y digo apariencia, porque en realidad es todo lo contrario: al final, queda salvaguardado el sistema judicial militar y sus rancios códigos de honor (excepto el “rojo”...). Supongo que no he de hacer demasiado hincapié en el argumento: a dos soldados de la base americana de Guantánamo se les somete a un consejo de guerra por haber matado a un compañero que, supuestamente, había delatado a uno de ellos. La defensa se le otorga a un joven abogado de la Marina, Daniel Kaffee (tito Tom, quien aporta a su interesante personaje la gestualidad insufrible de costumbre), y a una teniente de Asuntos Internos, JoAnne Calloway (Demi Moore, con el peinado más marujil que jamás haya llevado: en todo momento parece dispuesta a salir pitando, en tacones y ataviada con su mejor chándal, hacia el Condis), quienes descubren que hay muchas posibilidades de que el asesinato fuera accidental, y que los soldados cumplieran una orden de sus superiores, consistente en aplicarles un “código rojo”, una suerte de escarmiento en clave militar (esas novatadas tan sandungueras y ocurrentes que siempre nos explican los plastas que han hecho la mili). Todos los dedos apuntan al responsable de la base, el Coronel Jessep, o sea, JACK. Todo el mundo de pie pero-ya-mismo, y que nadie se levante hasta acabar el post.

Hay buenos actores y solventes interpretaciones en “Algunos hombres buenos”, en particular entre sus secundarios. Kevin Bacon, J.T. Walsh, Kiefer Sutherland y Kevin Pollack hacen gala de sus recursos y su bien ganado prestigio para sacar adelante unos personajes que acompañan con prestancia a los protagonistas. Todos, principales y secundarios, quedan sin embargo eclipsados por la inmensa y voraz sombra del personaje que domina de modo latente el filme: Nathan Jessep. Con apenas una sexta parte del metraje y dos escenas, Jack Nicholson se las arregla para componer una personalidad arrolladora que a golpe de monólogo militarmente abrasivo se come a todo bicho viviente que osa acercársele. En la primera, en Guantánamo, le suelta a tito Tom aquello de “Hijo, yo desayuno a 300 metros de 4000 cubanos adiestrados para matarme...”. MAMÁ-CACA. Pero es en la segunda, en el tribunal, cuando JACK despliega todo su arsenal de talento, matizando al milímetro una ira contenida a punto de desbordarse, detonando finalmente en un discurso militarista de fondo fascistoide y condenatorio que le permite a tito Tom quedarse a gusto con aquello de “No me llame hijo. Soy abogado y oficial de la marina de los Estados Unidos. Y usted está arrestado, hijo de puta”. Y en ese momento el orgasmatrón se colapsa... Lástima que la resolución final pretenda adoctrinarnos sobre el honor militar y el profundo sentido de la justicia americana. Me da lo mismo. Volverán a emitir la película una tarde de sábado en TV3, y volveré a disfrutar escuchando a JACK (V.O., por favor) hablar sobre la “conveniencia” de tener un superior de sexo femenino...
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LOS VERANOS DEL SUR



Ya hacía algún tiempo que no hablaba de una película de las que me gustan porque sí, aunque no aparezcan en las listas de las mejores de la historia, y que no me cansaré de ver una y otra vez; con esto no estoy diciendo que sea una mala película, todo lo contrario, ya que como veréis tiene alicientes de sobra.
El largo y cálido verano fue una de las primeras películas dirigidas por Martin Ritt, un director que nunca se ha considerado de los grandes, pero solidísimo y con una trayectoria de lo mas coherente, algo muy poco habitual en Hollywood, y menos de alguien que nunca ha ocultado sus tendencias izquierdistas.
Basada en unos relatos cortos de William Faulkner, nos traslada al Sur soñado y añorado por los americanos: el de los caciques todopoderosos que viven en enormes mansiones, el de las sensuales damiselas y el del calor insoportable que hace que hagamos locuras, porque ya lo dijo Rafaella Carrá, “hay que venir al Sur”. Es como una historia de Tenesse Williams, solo que sin pluma.
A una de esas poblaciones pequeñas de la América Profunda, donde todo el mundo se conoce, llega Ben Quick (Paul Newman), un joven semental que tiene fama de incendiario, lo que provoca el automático rechazo de la gente, ya que la principal fuente de ingresos del lugar es la agricultura. Eso hace que el patriarca del lugar, Will Varner (Orson Welles, muy a gusto en su majestuoso papel), le tenga vigilado desde el primer momento, aunque le gusta el descaro de Ben.
Ahora hemos de detenernos un poco para explicar el entorno de Varner: él es un viejo zorro, acostumbrado a salirse siempre con la suya y que es el primero el hablar de moralidad, cuando todo el mundo sabe que tiene una amante (Angela Lansbury)
Su hijo, Jody (Tony Franciosa) está acomplejado por la arrolladora personalidad de su padre, aunque piensa que ha ganado puntos casándose con la chica mas popular del pueblo, Eula (Lee Remick).
Su hija, Clara (Joanne Woodward) sabe que no es espectacular como su cuñada, pero tiene una gran inteligencia y sentido de humor.
Ben , en lugar de babear como hacen todos con Eula (“No necesitan verla, Pueden olerla”.- dice Will sobre ella), se siente atraído desde el primer momento por Clara. Las escenas entre los dos están cargadas de tensión erótica, con frases del tipo “Muy bien, huye, escapa, y sigue corriendo. Cómprate un billete y desaparece. Cámbiate el nombre, tíñete el pelo, piérdete y entonces -sólo entonces- escaparás de mi”, o diálogos así:
“- Te pareces demasiado a mi padre para convenirme, y yo soy un experta sobre él.
- Es un viejo maravilloso
- Un lobo reconoce a otro
- Dómanos, tu podrías.
Fue la primera vez que trabajaron juntos Paul y Joanne y todos sabéis como acabaron, convirtiéndose en la pareja mas duradera y estable de Hollywood. Los dos están estupendos y consiguen que dos robaescenas consumados como Welles y Lansbury no les quiten el protagonismo. Nada, que me voy al Sur.
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POSTS CON CALZADOR: TRES BODAS Y UN FUNERAL



Estimado Joel Schumacher:

Como verás, he decidido inaugurar una nueva sección, “Posts con calzador”, con una película tuya. Es muy probable que sea la primera y última de dicha sección, puesto que estoy seguro que Alice la Directrice, después de esta, me va a despedir ipso-facto, vía SMS (en cuanto aprenda cómo se envían) y sin derecho a paro, Seguridad Social ni descuentos en el zoo. ¿De qué va la sección? Pues de películas que, desde un punto de vista fríamente analítico, no pasarían el corte de calidad necesario para aparecer en este elitista blog, pero que, por una u otra razón, nos han marcado, o simplemente nos apetece ver cada vez que las pasan por televisión. Si te leyeras el blog de vez en cuando, Joelito, sabrías que ya hablamos de esto en alguna ocasión. Por supuesto, ninguna de tus películas merecería ser destacada por acá, aún reconociendo, muy a mi pesar, que “Un día de furia” o “Última llamada” superan el calificativo de salvables. O esta que hoy nos ocupa, “Un toque de infidelidad”, una agradable comedia de ciencia-ficción (no he cruzado las dos neuronas, luego te lo explico) que tuvo el honor, al final de mi adolescencia, de evitarme la irreparable pérdida de una tarde cinematográfica. Sí, queridos niños. Un pueblo de la España profunda, un cine con sala doble, unos amigos de criterio artístico “impreciso”, dos opciones culturales: una, la que elegí yo, sugestionado por el carisma de Ted Danson (“Cheers” era, y es, una de mis series de cabecera) y la belleza de Isabella Rossellini, era “Un toque de infidelidad”; la otra, la que eligieron EL RESTO de mis amigos, fue “Loca academia de policía 6”. A esas alturas, yo ya era un cinéfilo de tomo y lomo (y un irredento sociópata); sólo que aún lo desconocía.

El caso es que venías de hacerte un huequecito entre la modernidad tardo-ochentista en base a cosas como “St. Elmo, punto de encuentro” y “Jóvenes ocultos” cuando te ofrecieron tu primer film mainstream, “Un toque de infidelidad” (“Cousins”, en V.O.), que seguía la incipiente manía yanqui de versionar éxitos franceses (si podía ser, con Ted Danson: “3 hombres y un bebé”), en este caso recocinando, al punto de merengue, “Cousin, cousine”, un film gabacho de 1975 que incluso tuvo 3 nominaciones al Oscar y que narra con gustillo agridulce cómo dos primos lejanos (¿alguien ha dicho Mipos?) que descubren que sus cónyuges respectivos tienen una aventura se van enamorando poco a poco. Como te diagnostiqué al principio, “Un toque de etc.” es una comedia romántica de ciencia-ficción. El concepto y el desarrollo de la problemática derivada del adulterio que nos muestras, Joel, tío, es sencillamente imposible. La escena en que, por primera vez, los protagonistas hablan del problema, caminando reposadamente en un mercado y bromeando con pescados, es insostenible. La música de Badalamenti es buena, pero a veces se torna demasiado presencial. El buen rollete que se desprende, la “joie de vivre” que salpica casi cada fotograma, desde la boda que abre la película, roza la agresión intelectual (agresión que sí alcanza la banda sonora de las distintas ceremonias: desde “La bamba”... en inglés, hasta las versiones-Orquesta Cascorro de “With or without you” o la melodía de “El Padrino”). El color pastel-ochentero domina la función, así como el maniqueísmo adúlteros buenos/adúlteros malos. Sin embargo, la película funciona, Joel, he de reconocerlo; y funciona por una serie de factores que, arrejuntados y en armonía, la salvan de la quema. En primer lugar, cierto buen gusto en la dirección, sobria, ponderada y elegante, sin excesos de blandenguería; domina un sentido del humor blanco pero socarrón, con algunas gotas de vinagre (“Has hecho feliz a un viejo. –Oh, no eres tan viejo. –Lo sé; ni tan feliz”). En segundo lugar, el reparto está en su sitio, empezando por la extraordinaria química de la pareja protagonista: Ted Danson, reformulando su Sam Malone televisivo en un personaje más soñador, menos canalla e igual de simpático; e Isabella Rossellini, tan patizamba como irresistiblemente tímida y encantadora, una actriz sin el éxito que merecería si hacemos un análisis pormenorizado de su parca carrera (“Corazón salvaje”, “Blue velvet”, “Fearless” o “El funeral”). Tuviste el buen criterio, además, de rodearles de un plantel de secundarios de nivel: Sean Young (¿ande andará?), William Petersen (haciendo de chulopo pre-CSI), Norma Aleandro y Lloyd Bridges, que se lleva el título de robaescenas oficial de la película.

Ni se te ocurra pensar que este post, esta carta abierta sirve para que te perdone tus dos pecados capitales, esos que te van a llevar a quemarte los pelillos de la entrepierna en el infierno: “Batman forever” y, por encima de todo, “Batman & Robin”. Lo de la bat-tarjeta de crédito no te lo pienso perdonar en la vida, Joel...

Tuyo (más quisieras, pirata),

Marcbranches
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SI ME TOCAS, TE MATO


102.

Esa es la cantidad exacta de veces que se dice la palabra “fuck” (incluyendo derivados) que, según un “sesudo” estudio (que debe de hacerse en el mismo laboratorio en el que se cuentan los “millones” de L-casei immunitas que se encuentran en un Actimel), se puede disfrutar en “El último boy scout”, quizás el gran referente del cine de acción de los 90, por encima de “Arma letal” o “La jungla de cristal”, filmes con más taquillaje pero, desde luego, menos desvergüenza. En su momento, el guión del cachondón y cotizadísimo Shane Black (que venía de escribir las dos primeras partes de “Arma letal”) se convirtió en el más caro de la historia. Posteriormente, aparte de acreditarse en los guiones de las otras dos secuelas, Black escribió cosas como “El último gran héroe” o “Memoria letal” (“The long kiss goodnight” en inglés...zdjrfydhzxs traductores... ¿dónde hay una policía o algo?), en las que dejó clara su tendencia al diálogo socarrón y macarrosexual, y al héroe pendenciero-pero-de-buen-corazón; en 2005 por fin se decidió a dirigir, y sorprendió al respetable con una excelente pieza de cine negro, “Kiss kiss bang bang” (niños, al videoclub a cogerla pero ya). Si combinamos a este guionista con un director del calibre de Tony Scott, con truños del calibre de “Top gun” y “Días de trueno” a sus espaldas, pero también la reivindicable “Revenge”, con su fascinación por el ralentí y las cortinas; y con el gran referente del cine de acción chulopo, tito Bruce, la única combinación posible era “El último boy scout”.

Que quede claro: “El último boy scout” no es una buena película. Por lo menos en el sentido fría y meramente artístico de la definición. El guión pisotea los lugares comunes del género (detective duro y bueno, colega-chistecitos, jefe cabreado), es previsible y fascistoide como ella sola, los personajes no se aguantan de pie (ojo a la inenarrable escena en la que Jim Dix lloriquea delante de la foto de Halle Berry...), los flashbacks son tan abundantes como innecesarios, y las escenas de reposo abrigan los tics habituales del peor Tony Scott, quien, sabe Dios por qué, no puede vivir sin una cama con cortina transparente, un plano angulado, un ralentí inoportuno y un ventilador colgante a velocidad media. Además de albergar una fetichista pasión por el color “azul difuminado”... Sin embargo, la película es endemoniadamente entretenida: apenas hay respiro para el espectador, las escenas de acción son desopilantemente inverosímiles (el partido inicial, con disparos y suicidios en pleno campo; el coche en la piscina; toda la escena final, con Damon Wayans a caballo y el bailecito de tito Bruce. Puro cine costumbrista), y es imposible no encariñarse de los malhablados y rudos personajes que pueblan la cinta. Joe Hallembeck, el protagonista, es un John McLane alcoholizado, un detective áspero como lija del quince, malcasado y con una hija casi tan malhablada como él, al que interpreta un Bruce Willis, digamos, ahorrativo en gestos y que se limita a mantener durante toda la cinta cara de estar oliendo una boñiga de vaca; su gran performance es la de “si me tocas, te mato”, ya en los anales de la historia del cine de arte y ensayo. Jim Dix (Damon Wayans) es la horma de su zapato, futbolista (americano, nada de porterías con redes) acabado y cocainómano en proceso de redención, que ya en la primera escena demuestra lo buena persona que es, rompiéndole la nariz a un compañero de un balonazo. Ambos forman una buddy-pareja en los límites de la convención del subgénero, exhalando celestiales niveles de química, que en yuxtaposición con el resto de personajes dejan varias líneas de diálogo para la historia:

-“¿A dónde vas?” –“Al baño, ¿quieres venir? El médico me ha dicho que no levante cosas pesadas.”
-“La dejas maquillarse tanto que parece una puta cebra” (Hallembeck hablando con embriagadora ternura de su hija).
-“Por una vez me gustaría oirte gritar” –“Pues ponme un rap”.
-“O te rindes, o le demuestro a tu hija lo hombre que soy”. La niña tiene trece años...
-“Que te follen”. Con esta conmovedora y romántica frase, al final del film, la mujer de Hallembeck (quien, como tiene un corazón de oro, le ha perdonado que se acostara con su mejor amigo) se lanza llorosa y emocionada a sus brazos. No es para menos.

Y dejo para el final, precisamente, la última sentencia justo antes de los créditos, que denota a las claras el carácter autoparódico del largometraje de Scott, y que define a la perfección la época fílmica en la que nos encontrábamos: “Esto son los 90, tío, tienes que decir algo chulo antes de matar a un tío”. Amén.
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PASA LA VIDA



Nos pasa a todos. Hay películas que, por alguna razón más allá del sesudo criterio cinéfilo, te encanta ver una y otra vez. Te transforman el discernimiento erudito que te distingue del vulgo (esa chusma que sólo se acerca al cine a ver por enésima vez al gafotas de la varita, o al plúmbeo “Código” de turno), y te obligan a disfrutarlas repetidamente como si fueran la ex-novia rechoncha con la que quedas de vez en cuando y que en el fondo sabes que nunca quisiste abandonar. Luego, de vez en cuando, te arrepientes y te dices a ti mismo que no, que no es para tanto, que la película está bien pero no merece que la hayas visto nueve veces; y mucho menos cuando, por ejemplo, sólo has visto “Stromboli” una maldita vez (por supuesto, afirmarás con rotundidad en público su indiscutible condición de obra maestra, aunque, entre tú y yo, sólo la volverías a ver en caso de insomnio agudo...). Tú eres un CINÉFILO, así, con mayúsculas. Por eso mismo no tiene ningún sentido que te regocijes una y otra vez con, pongamos por caso, las réplicas descacharrantes de Bruce Willis y Damon Wayans en esa incomprendida joya trash-talking que resulta ser “El último boy scout” (-“¿A dónde vas?” -“Al baño, joder. ¿Quieres venir? El doctor me ha dicho que no levante cosas pesadas”. Por favor, es genial...). O la convencionalísima pero resultona película de juicios que resulta ser “Algunos hombres buenos”, con esos arrolladores veinte minutos de coronel Jessep que nos regala JACK mientras se zampa un buen bocadillo de Cruise con pepitas de Demi Moore (comenzando por el precioso y enternecedor monólogo “Hijo, vivimos rodeados de muros, y esos muros han de ser vigilados por hombres armados...”). Aparte de estas dos, y por descontado algunas más que no voy a nombrar para no dejar mi prestigio (?) a la altura del betún, hay una película española que, sin ser más que una buena comedia, lo cual, de hecho, no es poco, nunca me canso de disfrutar. Se trata de “Bajarse al moro”.

Película de 1989 basada en una obra teatral de José Luis Alonso de Santos, “Bajarse al moro” es, sin duda, una de las películas de mayor éxito de crítica y público de Fernando Colomo. Vista hoy en día, refleja una manera de vivir tardoochentera en la que el lumpen suburbano se debatía entre el hippyismo y el cinismo a partes iguales. Narra la historia de dos primos, Chusa y Jaimito, vecinos de Lavapiés, que se ganan la vida vendiendo chocolate recogido de sus viajes regulares a Marruecos, que tratan de olvidar las penurias de la vida a golpe de porro, y que amparan a una joven y desorientada pija que ha escapado por enésima vez de su casa, la cual será reclutada para bajarse al moro con Chusa, quien, por su parte, tiene el dudoso gusto de estar arrejuntada con un policía... Lo primero que hay que decir es que el reparto es difícilmente igualable: Antonio Banderas, Verónica Forqué, Juan Echanove y Aitana Sánchez-Gijón forma un cuarteto protagonista Business Class. Pero ojo a secundarios como Miguel Rellán, Chus Lampreave o Amparo Valle; e incluso en papeles casi anecdóticos podemos ver a Isabel Ordaz, Carmelo Gómez y Joaquín Climent. El papel de la Lampreave, en concreto, es absolutamente antológico: la acojomadre cleptómana de Alberto, el policía interpretado por Banderas (el cual, por cierto, borda el papel de payaso serio que le ha tocado en gracia), que tiene dos o tres apariciones sencillamente espeluznantes (“yanqui, que eres un yanqui”) mientras descarga su bolso de baberos y corbatas... La película, contada en unos adecuadísimos ochenta y seis minutos, va transcurriendo entre escena y escena más o menos desternillante sin ninguna ínfula de trascendencia, con la sana voluntad de hacer reír, y a fe que lo consigue. Eso sí, Colomo no se olvida de incluir un par de pinceladas amargas que, acaso, pretenden recordarnos que, a pesar de que el punto de vista de la película nos sitúa meridianamente a favor de los entrañables delincuentes, las drogas son mu-malas: el yonqui de la pulsera y el ex-novio de Chusa, el Nazario, le dan un par de volantazos chirriantes a un film que no necesitaba moralina. Fernando Colomo consigue que muchas de las escenas y situaciones funcionen y queden en la memoria de la buena comedia, desde el ex-sargento de la Guardia Civil que entra en guerra con los músicos que ensayan en el tejado (“¡sois unos mierdas yeyés!”) hasta el cura vecino de los camellos y ávido de experiencias nuevas (ese cura comprensivo que todos hemos conocido... er... ¿verdad?), pasando por el “Corte Inglés naturista” que nos permite disfrutar, oh-gracias-dios-mío, a Aitana en toda su lozanía...

El final del film nos hace acompañar a nuestros dos queridos perdedores tropezando de nuevo con la misma piedra del “siente a un pobre a su mesa por Navidad” que inmortalizó Berlanga en “Plácido”. Lo cual me hacer recordar que ya no estamos tan lejos de las entrañables fechas navideñas. ¿Alguien sabe si en las Islas Fidji celebran las navidades? En caso negativo, ¿Cuánto vale un billete de avión? Le preguntaré a Truman Burbank...
 
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