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BURTON EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS



"Beware the Jabberwock, my son!
The jaws than bite, the claws that catch!

Jamás se habría podido imaginar Charles Dogson que lo que fue un mero pasatiempo para Alicia Liddell y sus hermanas se convirtiera en todo un fenómeno cultural. Sus hábiles juegos de palabras (una tortura para un traductor),sus acertijos lógicos,la forma de burlarse del sistema de educación victoriano, así como el modo de enfrentar un mundo de fantasía frente a una realidad grís, rígida y aburrida han hecho que generación tras generación caiga fascinada por el encanto de Alicia en el país de las maravillas.

Ha habido muchísimas versiones de su obra, y de todo tipo, desde las que respetaban fielmente el texto, a las que la convertían en un sanguinario juego de ordenador, o una serie de ciencia ficción, pero sin duda la que más expectación ha causado es la de Tim Burton con Alicia, alguien con una imaginación tan poderosa como la de Carroll.¿Qué se podía esperar del cruce de dos personalidades así?

Pues bien,aún hemos de añadir otra personalidad más a la lista. Walt Disney hizo una versión en dibujos animados de la historia, y aunque falleció su estilo sigue siendo invariable. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, que diría Pedro Navaja , y si hace años Burton se fue de los estudios Disney por ser demasiado "oscuro" y "rarito", ahora vuelve a ellos como un triunfador. Pero aún así se han de dejar las cosas claras: por muy Burton que sea, estamos hablando de una película Disney, así que nada de pasarse de listos.

Más que una adaptación, deberíamos hablar de una versión-homenaje, que retoma los personajes tanto de Alicia en el país de las Maravillas como de Alicia a través del espajo, hasta mezclando alguno, como la Reina de Corazones y la Reina Roja, y los envuelven en una nueva aventura, con una Alicia que ya no es una niña, sino una jovencita a punto de prometerse, pero que no termina de encontrarse a gusto en la sociedad victoriana y de hecho ha olvidado todo lo que pasó en el País de las Maravillas.

Todos sabemos que el punto fuerte de Burton es su poder visual y la cuidada y perfecta ambientación de sus películas. Aquí podía lucirse, aunque su imaginario es mucho más oscuro y gótico que el de Carroll, pero ha tenido el buen gusto de dejarse influir por las ilustraciones de Tenniel, como puede verse con el Galimatazo. Eso no impide que se haya tomado algunas libertades, como la cabeza de la Reina Roja, el aspecto colorista y apayasado del Sombrerero Loco, o los ligeramente siniestros Tararí y Tarará.

¿Y Disney? Bueno, queda un entretenimiento para toda la familia,un lirón que podría ser Mickey y una reina Blanca que se mueve como una típica princesa Disney.

¿Pero queda algo de Carroll? Aparte de los personajes y algunos juegos de palabras, o el placer de poder escuchar a Johnny Depp recitando una estrofa de El galimatazo,poca cosa más, pero por supuesto sin nada de la carga subversiva de la obra original. No puede ponerse ninguna objeción a la selección de voces: Christopher Lee, Michael Sheen, Stephen Fry o Alan Rickman, pero al final ha quedado un resultado que no es ni Burton, ni Carroll ni Disney, quizás debido a que cada uno de ellos tiene una personalidad propia muy definida acaba siendo una especie de "tierra de nadie"... o tal vez sean las gafas 3D.
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EL CIELO PUEDE ESPERAR



Empujada por un trailer que me gustó mucho, e ignorando las críticas tan poco positivas que tenía, decidí ir a ver The lovely bones. Eso demuestra que no hay que hacer demasiado caso ni a unas cosas ni a otras.

El pequeño hobbit nos había dejado con las ganas de saber cual sería su siguiente película tras un proyecto tan ambicioso como El señor de los anillos; después hizo King Kong, que en realidad fue la oportunidad de quitarse de encima una fijación de la infancia, de modo que casi no cuenta, y a continuación The lovely bones.

Basada en un best seller, trata sobre una niña, Susie Salmon ( Saoirse Ronan) que es asesinada y desde una especie de “cielo” personal observa cómo transcurre la vida de su familia sin ella.

Lo mejor de la película son los trozos “terrenales”; está muy cuidada la ambientación sesentera y tiene interés ver cómo reacciona cada miembro de la familia ante el hecho del asesinato de Susie, que les va destrozando poco a poco. Desde el padre, Jack (Mark Wahlberg), obsesionado por encontrar al culpable, a la madre, Abigail (Rachel Weisz), que prefiere ignorar el hecho y empezar una nueva vida. Pero no estamos hablando de La habitación del hijo, ni nada por el estilo.

Sin embargo, lo peor son las escenas “celestiales”; sin duda Jackon tiene un imaginario, aunque sin llegar a los extremos de Tim Burton, Terry Gilliam o Guillermo del Toro, y aquí tenía la oportunidad de echarle rienda suelta; se ha de reconocer que algunos momentos son muy bellos, pero el conjunto resulta más bien empalagoso y con un cierto tufillo de new age que no le favorece nada, que llegan a bordear el ridículo cuando por fin Susie llega al cielo. Tampoco queda demasiado claro el porqué la familia de Susie sospecha de George Harvey, y las interacciones de los dos mundos no siempre son afortunadas.

El reparto es muy interesante, y aunque Rachel Weisz y Mark Wahlberg se limitan a cumplir con corrección, Saoirse Ronan se confirma como joven promesa a tener en cuenta, ya que sus ojos y su sonrisa lo dicen prácticamente todo, Stanley Tucci sigue siendo un robaescenas consumado y Susan Sarandon se apodera de cada una de las escenas en las que aparece con toda la facilidad del mundo. Pero aún así nos deja una enorme duda: ¿Seguro que la ha dirigido al mismo Jackson de Criaturas celestiales?

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ALGUIEN VOLÓ SOBRE LA ISLA DEL CUCO



Me gusta que directores consagrados de vez en cuando cambien su estilo y se dediquen al llamado cine de “genero”, ya que siempre he pensado que no existen géneros menores, sino buenas y malas películas, sencillamente. Y nuestro viejo amigo Marty nos sorprende convirtiéndose en el Shyamalan de turno con Shutter island, aunque ya hizo algo parecido con El cabo del miedo (al que por cierto el cartel se parece sospechosamente).

Basada en una novela de Dennis Lehane, éste no abandona su amada Boston para adentrarnos en una isla de difícil acceso, habitada tan sólo por un centro psiquiátrico, viene a ser un homenaje a las novelas góticas, y cine de terror de la serie B, aunque también podría considerarse como un cruce entre Alguien voló sobre el nido del cuco y El resplandor, lo que no está nada mal.

Al hospital Ashecliffe llegan dos detectives, Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) y Chuck Aule (Mark Ruffalo), para investigar la desaparición de una paciente, Rachel Solando. Las enormes medidas de seguridad, y –especialmente- el uso de la música al mostrarnos por primera vez el hospital, nos indican que se trata de un sitio muy inquietante .

Daniels vive atormentado por una serie de demonios interiores (su participación en la II Guerra Mundial como un maldito bastardo, su alcoholismo y la muerte de su mujer); una vez dentro del hospital todos esos demonios parecen aumentar considerablemente, de manera que es incapaz de distinguir qué es realidad y ficción. Una idea le empieza a obsesionar: en el centro están haciéndose experimientos bastante raros.

Aún en una película de género como ésta, pueden apreciarse dos de los principales temas de las películas de Scorsese: el sentimiento de culpa y su reflexión sobre la violencia (que sólo se refleja en una conversación, pero resulta sumamente reveladora). No hay efectismos, aunque sí un buen tratamiento de la ambientación y fotografía, así como de la banda sonora o el silencio, para remarcar la sensación de algo extraño y amenazador, que sin embargo contrastan con la belleza de las escenas de las “alucinaciones” o “sueños” de Daniels, muy cuidadas artísticamente.

Es muy acertada la elección de la época en la que ocurre la historia, después de la II Guerra Mundial, en plena guerra fría y durante la caza de brujas. La paranoia tenía un campo de cultivo perfecto, ante el miedo de una bomba atómica o de que el prójimo fuera un comunista, o un delator. Por eso no es de extrañar que los pacientes prefieran no salir del hospital, ya que ahí se sienten seguros del mundo exterior. “He oído que en la televisión se oyen voces. Como si no tuviera bastantes con las que escucho en mi cabeza”.- dice una de las enfermas.

Ninguna objeción se puede poner al magnífico reparto, encabezado por el actor fetiche de Marty desde que cambió a De por Di, y la verdad es que está muy bien, en un personaje que le permite mostrar una gran variedad de emociones. Aparte de Ruffalo y Patricia Clarkson le acompañan Ben Kingsley y Max Von Sydow (aunque la verdad es que a este último se le podría haber sacado más provecho).

Nunca me ha importado que me engañen cuando lo hacen bien, y el sorprendente giro final al principio te pilla tan descolocado que no sabes si es verdad o mentira, pero finalmente todo encaja, aunque sea de una manera descorazonadora. Y es que a algunos demonios interiores no hay exorcismos que les valgan.
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EXPLOSIONES DE ADRENALINA



No se lo digáis a nadie, pero he conseguido sacarle a la Directrice un extra al presupuesto para entradas de cine de la Linterna. ¿Cómo? Tan sencillo como el valeroso, digno, sofisticado y extremadamente arriesgado procedimiento de sisarle las vueltas del dinero para las cremas antiarrugas (sí, lo he dicho en plural). Así pues, he podido pasarme el fin de semana en el cine calentando motores para la próxima ceremonia de los Oscars, una nueva edición de los apasionantes premios de la Academia que... Nah, no engaño a nadie. Menudo coñazo de oscars nos esperan este año. Como no salga Quentin a alegrar la ceremonia haciendo el helicóptero con Brad Pitt (y quien haya visto “Brüno” sabe perfectamente a qué tipo de “proeza” me estoy refiriendo), las cosa va a estar de lo más desaborida. Joder, es que va a ganar Sandra Bullock y no va a haber una policía o algo para detener el apocalipsis...

En esta línea de planicie que ha representado a la producción cinematográfica de este año, mucho menos interesante que la del anterior, nos encontramos con que “En tierra hostil”, la última película de la ya veterana Kathryn Bigelow, es una de las películas más premiadas de la carrera pro-oscar, y una de las grandes favoritas para dichos galardones, aunque hasta ella sabe que va a arrasar su monárquico ex-marido. Y uno sale de ver “En tierra hostil”, le da por reflexionar (sí, yo a veces reflexiono, Alicia, no te desmayes), y después de tan ímprobo esfuerzo intelectual, acaba concluyendo que esa película, disfrutable pero imperfecta y alejada de la grandeza, es un buen resumen de la temporada cinematográfica.

“En tierra hostil” es algo así como “La chaqueta metálica” sobre la guerra de Irak, sólo que no se le parece prácticamente en nada, excepto en una estructura episódica, por lo demás, mucho más acusada en el caso que nos ocupa. El largometraje nos presenta varias vicisitudes de un equipo artificiero americano en Bagdad, ya en la época posterior a la guerra, al frente del cual está una especie de perro de la guerra llamado William James (Jeremy Renner, que está bien, pero tampoco es para tanto reguero seminal como he llegado a leer), el gran protagonista de la historia. James es un extraordinario especialista en la desactivación de explosivos: arrojado, temerario, algo rebelde, sin aparente temor a la muerte; parece nacido para esa tarea, lo cual se podría afirmar en más de un sentido. Su devenir, y el de sus compañeros, está explicado en clave de convivencia y supervivencia, sin que haya tiempo ni ganas, ni por parte de los personajes ni por parte de la directora, de hurgar en los motivos de la situación creada. No hay, por tanto, apenas evolución dramática a través de los distintos episodios -excepto en el desarrollo final-, sino una certeza que ya queda clara desde el primer instante, con un texto innecesario que nos viene a decir que la guerra es una droga y provoca adicción. Y aquí el yonqui de la película es el sargento James, y, en ese sentido, no hay mucho más. Si acaso, alguna escena que muestra la enorme incapacidad para la comunicación que a veces tenemos los homo sapiens machos: cuanta más adrenalina a soltar, más primitivo es nuestro lenguaje. Para prueba empírica de dicho axioma, acérquese a un campo de fútbol cualquiera.

Queda establecido, por tanto, el escaso alcance transmisor de la propuesta (y que quede claro que no es una crítica, sólo es una apreciación; no hay obligación de ser antibélico en todas las películas bélicas). Estéticamente, la película es muy golosa. Aunque no inventa nada, y los perfumes de “Jarhead” o “Blawk Hawk derribado” se perciben en la atmósfera, las escenas de acción, o, mejor dicho, de suspense, están excelentemente rodadas, con un manejo de los tempos narrativos excelentemente utilizado. La Bigelow ha demostrado ser una directora con reaños que ha hecho lo que le ha dado la real gana, y ha dejado, por fin, su impronta en un film, después de demasiados intentos de manejarse entre géneros sin acabar de explotar su evidente nervio artístico. Aparte de algún hachazo demasiado brusco en transiciones entre episodios, poco se le puede reprochar; las escenas de las desactivaciones de bombas permiten oler el sudor de los soldados, y la persecución nocturna por las andrajosas calles de una Bagdad fantasmagórica provoca verdadero mal café.

En resumiendo, que es gerundio y me estoy yendo. “En tierra hostil” es un excelente ejemplo de género bélico, del cual, si no te rebozas demasiado en el evidente y necesario maniqueísmo (los yanquis son todos buenos, y cualquier ciudadano iraquí es un terrorista en potencia) y en la falta de vuelo de una propuesta que podría haber dado mucho más de sí, uno puede sacar una buena tarde de cine y adrenalina. Nada menos, pero tampoco nada más.
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FREQUENT FLYER





Queridos padawanes, buenas noticias: gracias a la ONG falsa que se ha montado la Directrice con la excusa de lo de Haiti, hemos pillado unas perrillas gordas con las que engordar el presupuesto de la Linterna, y hemos aprovechado, como estaréis comprobando post tras post, para ir al cine. Nos está dando hasta para palomitas, tamaño infantil, eso sí. Venga, ¿cuál tocaba ahora?

Por si no quedó claro con “Gracias por fumar” y “Juno”, Jason Reitman ha reiterado con “Up in the air” su rotundo sorpasso a la carrera de papá, quien, de todas maneras, en las comidas familiares todavía podrá echarle en cara a su vástago el taquillón de sus “Cazafantasmas”. Pero nada más. Reitman jr. se está posicionando, lenta pero progresivamente, en una élite muy poco transitada, ni que sea por el desuso: la alta comedia. Después de pasar por el lápiz de Diablo Cody, Reitman vuelve a escribir para él mismo en esta adaptación de un libro de Walter Kirn, “En el aire”, el cual no tengo el gusto. Los puntos de contacto entre ambos guiones son más que evidentes, en particular en lo que se refiere a los personajes protagonistas. Tanto el comercial tabaquero de Aaron Eckhart como el curioso ejecutivo de George Clooney comparten una moralidad poco convencional (que les ayuda a la hora de mantener la lealtad a sus agresivos trabajos) y un carisma seductor inigualable que, en conjunto, provocan que el espectador los identifique claramente como los personajes positivos de sus filmes. Reitman se cisca, a través de ambos filmes, en los conceptos de nueva empresa derivados del feroz capitalismo que campa a sus anchas en la América procedente del legado Bush (junior y senior), y en el individualismo hipertrofiado que emana, inevitablemente, de esa corriente. Uséase, que está desarrollando, a través de sus películas, algo parecido a un discurso. Eso me suena a autor, y tiene mucho mérito hacerlo a través de la comedia.

Sin embargo, también hay diferencias entre ambos filmes, que van más allá de lo formal (“Up in the air” es más pausada, más elegante, menos exhibicionista en ese sentido). Recapituleichon: esta va de un ejecutivo de una empresa, Ryan Bingham (Giorgio), cuya labor es ser subcontratados por otras empresas para despedir a gente, y así ahorrarse el mal trago y posibles consecuencias indeseadas. Ryan es un profesional del viaje, y apenas pasa unos pocos días en su hogar de Omaha; de vez en cuando da conferencias en las que reafirma su filosofía de vida, consistente en no atarse absolutamente a nada ni a nadie, y vive, pues, en consecuencia: no tiene pareja, ni apenas contacto con la familia, ni casa que le hipoteque. Su existencia es tan volátil como el aire que sobrevuela, y su mayor objetivo es llegar a los diez millones de millas en sus múltiples tarjetas Frequent Flyer. Tal egocéntrica armonía se ve alterada por dos mujeres (as always). Una es una especie de alter ego femenino (Vera Farmiga) con la que va concertando, Netbook mediante, polvos hoteleros. La otra es una compañera de trabajo (Anna Kendrick) que ha aportado una idea revolucionaria: el despido por videoconferencia, lo cual dejaría en permanente barbecho a Ryan, y eso es algo que no le hace ninguna gracia, porque quebraría su volátil estilo de vida.

Así pues, “Up in the air”, por una parte, retrata con fina ironía ese universo corporativo absolutamente deshumanizado, pleno de jerga empresarial milimétricamente calculada, gélidas presentaciones de Powerpoint (jodido invento del diablo que sólo sirve para aburrir en reuniones y recibir emails chorra) y charlas motivacionales estúpidas que, todo en conjunto, transmiten una sensación de elegante vacío nuclear. Por otro lado, observamos a un producto humano de esa corriente, el personaje de Giorgio, quien, sin embargo, sobrepasado por su versión 2.0 encarnada en la novata, queda ante nuestra vista como el último reducto de humanidad, plasmado en la escena del primer despido por videoconferencia, y la mirada culpable de Ryan. Así, avanzando entre planos elegantes, escanas brillantes - descomunal la presentación del personaje, con sus hábitos de viaje - y diálogos bien escritos e interpretaqdos, la película va avanzando imperceptiblemente, casi en forma de road movie (más bien sería air movie), a través de las experiencias de los dos personajes principales, los dos ejecutivos, y manejando conceptos como la soledad, la familia, las necesidades vitales. Nimiedades.

Ocurre que en la recta final del filme, cuando se supone que la película ha de llegar a algún sitio, “Up in the air” pierde ligeramente el paso. O quizás lo perdí yo durante el visionado, que pudiera ser. El caso es que el tercer acto no parece llevarnos a ningún sitio en concreto, y algunas de las decisiones y actos de Ryan no resultan demasiado bien hilados, fuera de un cierto desprendimiento de egocentrismo. Algunos han querido leer un mensaje tradicionalista respecto a los valores curativos de la familia, pero tampoco creo que sea justo tachar a la película de Jason Reitman de conservadora; aunque, desde luego, no es tan definitiva, tan poderosa, tan radical como su opera prima. En cualquier caso, supongo que el problema es mío: si todo va como tiene que ir, lloverán nominaciones. Por las que, desde luego, habrá que alegrarse, qué coño. La ajada, violada y maltratada comedia, esa vieja señora a la que tan bien cortejaron los Hawks, Wilder, McCarey y Allen de turno, bien necesitada está de la llegada de un estiloso pretendiente como el señor Reitman hijo.

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DE OCHO Y MEDIO A NUEVE



A veces, lo que es enteramente personal se convierte en algo universal, al identificarse muchas personas con los sentimientos del artista. Esto sucedió con Ocho y medio, que Fellini utilizó para hacer un exorcismo de sus fantasmas interiores, en plena crisis personal y creativa, en el que Marcello Mastroianni se convirtió en su alter ego, aunque demasiado guapo para su gusto. Curiosamente dos de las versiones que han hecho han sido musicales: All that jazz, en la que Bob Fosse sustituyó a Fellini por sí mismo, aunque compartiendo sus obsesiones, a la que añadió una más: la muerte, y Nine, que ha tenido una larga trayectoria teatral, habiendo sido interpretada entre otros por Raul Julia y Antonio Banderas, y estaba cantado que tarde o temprano se llevaría a la pantalla. También estaba claro que, después del éxito de Chicago, Rob Marshall volvería a dirigir un musical.Pero, a veces, dos y dos no son cuatro. ¿Cómo es posible que se haya dado un batacazo tan grande una película que parecía que iba a ser un exito tremendo? Vayamos por partes.

Primero: aunque el reparto es sencillamente espectacular, precisamente ahora más que nunca la presencia de estrellas no es una garantía de taquillazo, ya que recaudan mucho más con películas basadas en los efectos visuales ( y no señalo a nadie en concreto), que además son más baratos.

Segunda, - y para mi prácticamente fundamental- :es que la mayoría de las canciones no son demasiado buenas, salvándose tan sólo Cinema italiano, con Kate Hudson (para mi la revelación de la película) y Be italian. Para que un musical sea verdaderamente grande, hace falta que coincidan varios talentos juntos: director, compositor, coreógrafo y actores. Y eso, amigos, es muy difícil.

Pero, aunque pueda resultar algo decepcionante, tampoco merece ser un fracaso, ya que tiene alicientes suficientes para justificar su visionado. El mayor acierto de la película es jugar con la nostalgia de una época muy concreta: la de la dolce vita, los chicos Martini, Cinecittà… cuando Europa venía a ser la pionera respecto a la progresía intelectual, y eso lo consigue con el vestuario, ambientación y música que suena de fondo en las escenas. Hasta la presencia de Sophia Loren viene a servir como homenaje a esa época.

También se ha de reconocer que es muy agradable ver a Daniel Day Lewis en un registro distinto al que nos tiene habituados, siempre tan atormentado, (algo de lo que Sean Penn y Christian Bale deberían tomar nota) y resulta estupendo verle sonreír, además consigue sin el menor esfuerzo darle el aire seductor que necesita el personaje; y si además está tan bien acompañado, mejor que mejor.

Si queréis una película mejor sobre el cine italiano de esa época, ahí está Dos semanas en otra ciudad, y si lo que buscáis es un musical parecido, tenemos All that jazz. Digamos que en el punto medio de las dos estaría Nine, y con ambas formaría un interesante programa doble, aunque no pudiera soportar la comparación, pero las complementa. O al menos vale la pena intentarlo.
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LA EXTRAÑA PAREJA DEL 221B



Punto número uno: me encanta el Ritchie gamberro y divertido de Lock and stock y Snatch.
Punto número dos: desde siempre he sido una admiradora de Sherlock Holmes.
Ahora bien ¿pueden combinarse ambos puntos?. Pues, por extraño que parezca, si.

Antes que nada, hemos de partir de la idea de que Sherlock Holmes no es una adaptación fiel, palabra por palabra, a las novelas, sino una libre versión del personaje, casi con aires de cómic. Si se parte de ahí, se disfrutará más la película.

No hay duda que tiene el estilo de Guy Ritchie: escenas a cámara lenta o aceleradas, según la ocasión, sentido de humor, uso de la voz en off y hasta incluso el retomar escenas para volverlas a mostrar desde otro punto de vista. Tan sólo faltaría que los personajes dijeran un montón de tacos, pero no olvidemos que Sherlock es todo un gentleman.

Pero hay un montón de seguidores del detective a los que no hay que defraudar, de modo que hay las suficientes referencias a elementos de la saga como para que no se sientan decepcionados, aunque actualizándolos. Se prescinde de su uniforme habitual y se le convierte en todo un héroe de acción despachando golpesa diestro y siniestro, lo que no es una herejía tan grave, ya que Conan Doyle había indicado que Holmes era un magnífico boxeador. Asímismo –y sobre todo- se respeta la esencia del personaje: su enfermiza necesidad de tener la mente ocupada resolviendo casos, su gusto por el disfraz, su comportamiento alejado de las normas establecidas… sin olvidar su dotes deductivas, por supuesto. Robert Downey Jr. está pasando un gran momento y se siente a sus anchas con el papél, convirtiéndose en la piedra angular de la película.

Un nuevo Sherlock requiere un nuevo Watson (Jude Law), de modo que éste ahora es mucho más guapo (bueno, eso venía de fábrica), inteligente y decidido. Ya no es su inferior, sino su igual. Lo mejor de la película es la relación de ambos, llena de discusiones que hace que parezcan un viejo matrimonio, a lo que contribuye el buen entendimiento de los dos actores, con sus diálogos rápidos, como en los años dorados de la comedia.

Hasta el elemento que en un principio me daba más reparo de todos, la presencia de Irene Adler (Rachel McAdams), funciona mejor de lo que me esperaba, pues saben aprovechar bien al personaje y también hay una buena química entre ella y Holmes.

Parece que los argumentos sobre la fama de gafe de Madonna se están confirmando, ya que si Ritchie dio indicios de recuperación en RocknRolla, aquí parece seguir su línea ascendente. La franquicia parece asegurada, y los rumores de que Brad Pitt podría ser Moriarty en la continuación no hacen más que añadir leña al fuego, y al mismo tiempo confirmar por dónde van los tiros de esta nueva saga: un lifting en toda regla de los personajes ¿Sobrevivirán a ello? Elemental, querido Watson.
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NO, MINISTRO



El otro día, viendo en el cine “In the loop”, se me ocurrió que el tratamiento de la política en España da para una enciclopedia ensayística. No hablo de la política en sí, ni de sus actores; me refiero a cómo se observa desde los medios de comunicación y, especialmente, desde el arte. En ese sentido, el séptimo ídem tiene un potencial enorme para manejar la política desde múltiples puntos de vista: melodrama, tragedia, comedia, sátira, esperpento, thriller, cine de terror... todo cabe, con lo cual todo vale.

Undostres, respondaotravez: por 25 pesetas, películas españolas cuyo eje central sea de corte político.

Y no, “La avispita Ruinasa” o “¡Que vienen los socialistas!” no valen.

Me lo imaginaba. Si Mi Egregia Majestad fuera un analista concienzudo y profundo, podría marcarse un peacho post sobre las circunstancias que nos llevan a esta particular sequía de nuestro cine. Por desgracia, mi profundidad se asemeja a la de una caja de zapatos, así que dejo la reflexión sobre la cibermesa, y aprovecho para cascarme una trilogía sobre cine político que arranco hoy con la película citada, y así ya no tengo que pensar sobre qué coño escribir hasta, ohmyfuckingoddess, el día de Navidad.

“In the loop” es una especie de spin-off de una serie de culto británica, “The thick of it” (que pienso agenciarme a la voz de ya), a la que se le ha otorgado pátina de ser la nueva “Sí, ministro”. Y eso, amigos, son palabras mayores. Hablamos de ese tipo de sátira política que sólo los británicos son capaces de hacer, en la que no se salva ni el chico de los cafés: retratan la política como si hubiese emergido de una explosión atómica de estupidez. Ese tipo de sátira política en la que los líderes de la patria se comportan como críos, detrás de la pomposidad de sus carteras ministeriales, y juegan con nuestros destinos con miradas picantonas, reyertas de patio de colegio y enfurruñamientos de 4º de EGB. “In the loop”, cuyo creador es el mismo de la serie (Armando Ianucci), se vale de alguno de los personajes de la misma para desarrollar su largometraje. En él, los presidentes de Gran Bretaña y USA tienen decidido entrar en combate en un lugar no especificado de Oriente Medio (pongamos Afganistán), a la espera de encontrar el momento adecuado para anunciarlo. Pero al Ministro de Desarrollo Internacional, un idiota pusilánime llamado Simon Foster (Tom Hollander), no se le ocurre otra cosa que decir en una entrevista que “una guerra en el Oriente Medio sería de consecuencias imprevistas”. El Ministro Portavoz y mano derecha del presi, Malcolm Tucker (Peter Capaldi), un hijo de puta malhablado capaz de vender a su madre en fascículos por colocar una proposición de ley, le presiona inmisericordemente para que cambie su línea de opinión (aunque, en realidad, no tiene ninguna). Pero hay una Secretaria de Estado americana (Mimi Kennedy) y un alto mando del ejército yanqui (James Gandolfini) que son contrarios a la guerra y que van a exprimir al tarugo de Foster para conseguir su objetivo.

Aparte de la fuerte carga satírica (que nunca cruza, yo creo que con acierto, los límites de la parodia, para que en todo momento emerja una sensación de “coño, sí, mucha risa, pero no podría ser que...”), la película hace gala de un ritmo realmente envidiable, fruto de la cámara en mano (un estilo semidocumental que está muy en boga en la televisión actual: “The office”, “Modern Family”...), del efecto ametralladora de los ingeniosísimos diálogos (“¿has dicho “escalar la montaña del conflicto” por la tele?¡ Ha sonado como si fueses la Julie Andrews nazi!”) y de un guión impecable, en el que siempre parece que hay algo que se va a escapar de las manos del director – todo el tema de Steve Coogan y el muro –, pero que acaba cerrando todos los cabos de manera magistral en el último y frenético acto en la sede neoyorquina de la ONU.

Algunos han llegado a afirmar que “In the loop” es la “Dr. Strangelove” del siglo XXI. Es, aparentemente, una enorme exageración. Hay un tono esperpéntico en el excelso filme de Kubrick, personificado en el tour de force interpretativo de Peter Sellers, que en el largometraje británico no aparece por ningún lado. Pero, en realidad, quizás sea esa la manera de hacer “Dr. Strangelove” en esta época. Por otra parte, es cierto que no hay ningún Sellers, pero sí hay un Peter Capaldi que se merienda la película a base de higadillos de político, y un reparto que, sencillamente, se funde con sus personajes, incluido un James Gandolfini medido, muy alejado de Tony Soprano, y que tiene el gran plano dramático de la película, sólo, sentado en una silla.  Por si fuera poco, gracias a “In the loop” nos enteramos de que Anna Chlumsky, amigos, sigue existiendo después de “Mi chica”. Se hace imposible verla, aún así crecidita, sin que la mente nos traicione y comience a sonar en nuestra cabeza “My girl” en voz de los Temptations.


Mientras no aparezca Macauley, todos tranquilos.
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EL MOTÍN DE MALAMADRE




A los que sacamos los perros en defensa del cine español, en esas animadas tertulias laborales o de taberna (que en muchos casos vienen a ser lo mismo), cuando el ciudadanito de a pie conecta el percutor automático de sus diatribas contra la cinematografía patria (siempre están con la Guerra Civil, todo son comedias chorras, no salen más que tacos y tetas, no saben vocalizar), a veces, nos lo ponen muy difícil. Hay que reconocer una cosa: nos puede el costumbrismo. Curiosamente, a pesar de esa tendencia, se haría muy complicado entender la historia de España a través de nuestro cine en las últimas tres décadas, porque, por muy diversas razones, nunca ha tenido demasiado sentido de la coyunturalidad; siempre ha tenido tendencia a escapar de lo que ocurre aquí, hoy y ahora. Pero bueno, ese es otro tema y ya estoy divagando al más puro estilo marcbranchesiano. Lo que quería decir es que ha habido, desde tiempos inmemoriales, un exagerado miedo al cine de género en España. Como si, por una parte, no tengamos capacidad para hacer verosímiles un tipo de historias con unos códigos muy determinados con los que nos han bombardeado desde Jolibud; por otra, a veces da la impresión de que tirar de género significa rebajarse un peldaño, como si tratar de hacer un buen thriller, o una buena película de terror, o una buena cinta carcelaria, no sea digno del prestigioso, culto y refinado cine europeo. Es cierto que, desde el punto de vista del espectador hispano, ocurre tres cuartos y mitad de lo mismo: nos quejamos amargamente de que siempre nos dan el mismo plato, pero luego nos negamos a creernos a, pongamos por caso hipotético, Alejo Sauras interpretando a un detective de oscuro pasado y gatillo fácil. Por fortuna, cada vez más hay directores que se atreven con los géneros sin necesidad de parodiarlos o retorcerlos, e incluso, de vez en cuando, alguno da con la diana de la taquilla. E incluso, de vez en cuando, no es Amenábar.


Por ejemplo, Daniel Monzón con su “Celda 211". No he visto “Ágora” (ni ganas: el trailer despertó en mí una pereza solo comparable a la de un oso ártico después de comer), pero dudo mucho que lo que se estrene de aquí al 31 de diciembre cambie mi sensación de que es la película española del año, además de una de las más potentes que he presenciado este 2009. Sinopsis-telegrama: un funcionario de prisiones que visita su lugar de trabajo un día antes de incorporarse se ve envuelto en una rebelión de presos liderada por el Malamadre, y se ve obligado a hacerse pasar por uno de ellos para sobrevivir. A partir de esta premisa, y de una escena inicial brutal (un preso cortándose las venas, sin ahorrar detalles, que están por las nubes) que nos viene a decir “nenes, esto no es lo que os esperabais”, Daniel Monzón nos introduce en un subgénero, el carcelario, que da grandes réditos cuando está bien tratado (pregúntenle a Frank Darabont), y lo hace respetando sus códigos, sin recrearse en la “españolización” de los mismos, y basándose en criterios de verosimilitud en pantalla. Sin necesidad de tics videocliperos ni montajes atómicos, pero con la suficiente energía visual: ver, sin ir más lejos, la presentación de Malamadre, en su nervioso paseo por el patio, visto desde detrás; sin ni siquiera verle la cara, acojona. Por otra parte, Monzón acierta al no permitirnos un segundo de respiro, dándole continuas vueltas de tuerca al guión y al desarrollo de los personajes y la asfixiante situación en la que se encuentran. Ese ritmo sostenido, in crescendo, de thriller (otro género), además de mantener al espectador en constante ebullición, le permite orillar algunas trampillas de guión por las que de vez en cuando se escapa, y de las cuales pienso que es plenamente consciente y que, sinceramente, no molestan. Bueno, los flashbacks “cómo-quiero-a-mi-mujé”, un poco sí.


El guión es denso y nada superficial: hay una visión muy poco agradecida de los mecanismos del Estado, que se presentan cambalacheros y de movilidad paquidérmica, en los personajes de Antonio Resines o Manolo Solo. También nos encontramos con una subtrama política que complica considerablemente el motín y que, en dos trazos, nos dibuja la situación particular en la que se encuentran los presos de ETA, un asunto al que la cinematografía española siempre se ha acercado con pies de plomo. Aunque quizás lo que se atranque más en el subconsciente del espectador sea esa creíble certeza de que todos estamos a un solo paso, a un solo mal día, de cruzar fronteras morales que siempre habíamos tenido pintadas de rojo prohibición (Sugerencia del chef: enlazar reflexión con la jokeriana Cita del Mes adherida a la barra lateral del blog) (ahí a la derecha, señora) (la OTRA derecha).


Cuando enaltezco la verosimilitud con la que está realizado el filme, es obvio que buena parte de ella reside en el trabajo interpretativo. Se ha hablado mucho de Luis Tosar, así que no me queda más que refrendar la sensibilidad general: es un trabajo extraordinario, pleno de intensidad y matices, que además consigue la virtud de no fagocitar la película. La mayoría de los secundarios están a la altura, de tal guisa que los presos parecen presos, y no actores haciendo de presos. Aunque la palma se la lleva Luis Zahera, que da vida a un yonkarro de dentadura imposible y un arrastre en el hablar que me hizo pensar, ignorante televisivo de mí, que era un preso heroinómano de verdad. Si hasta Carlos Bardem parece colombiano. Sólo el debutante Alberto Amman, el funcionario protagonista de la película, flojea las piernas de vez en cuando, sobre todo al principio. Pecado venial.


“Celda 211” es una película potente, hábil, vigorosa, muy bien realizada, que atrapa al espectador a puñetazos, a pesar de que hay mucha menos acción de la que uno pueda pensar. Eso sí; aunque he utilizado varias veces el término “verosimilitud”, hay que reconocer que la premisa en la que se basa no hay quien se la crea. Un tipo que va a su nuevo lugar de trabajo un día antes para familiarizarse con su entorno laboral. Venga, hombre. Que esto es España, coño.
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APOSTADORES DE ALMAS


Visto lo visto (y, en especial, lo no visto), poder presenciar en una pantalla de cine comercial una película de Terry Gilliam es un hito cada vez más insólito. Al ex-Monty Python parece haberle mirado un batallón de tuertos con un gato negro cada uno, porque las historias de las filmaciones de sus películas (o de sus no-películas) son ya legendarias. Con “El imaginario del dr. Parnassus” no fue ni un exceso de presupuesto (loor a los baratísimos efectos digitales), ni problemas con las localizaciones, ni dificultades de casting de última hora. Simplemente, se murió uno de los actores principales a mitad de rodaje. Sin embargo, por una vez, y sin que sirva de precedente, los hados le han echado una mano, y la expectación provocada por ver la última interpretación de Heath Ledger, y la ingeniosa idea aplicada para sustituirle durante el resto del rodaje, han conseguido llevar la película hasta el puerto que se merecía: el estreno. Tal es así, que en los créditos del film la película no es de Gilliam sino de “Heath Ledger y sus amigos”, un bonito y discreto homenaje al que podía haber sido uno de los grandes actores de su generación.

¿Y la peli, qué tal, marcbranches? Pues algo sí queda claro, y es que, desde luego, es una película de Terry Gilliam. Tiene su marchamo desde el primer minuto hasta el último. Él comenta que es su proyecto más personal, e incluso más autobiográfico, aunque me cuesta reconocer este último aspecto. “Parnassus” cuenta la historia de un hombre (Christopher Plummer), un actor con una mísera compañía teatral, que había alcanzado la inmortalidad gracias a un pacto con el diablo (que tiene la pinta y la voz de coñac de Tom Waits), otorgándole además un poder proyectado a través de un espejo mágico, que sobredimensiona, haciéndolas realidad, las imaginaciones del que entra en el espejo. Por supuesto, el diablo siempre juega con las cartas marcadas, y eso tiene un precio: se llevará a todos los hijos del viejo Parnassus cuando cumplan los dieciséis, cosa que está apunto de suceder con su hija Valentina (Lily Cole). Mientras la fecha del cumpleaños se acerca, la andrajosa compañía teatral se encuentra con un extraño tipo, Tony (Ledger), al que salvan de un seguro ahorcamiento, y que se les une en su viaje, aunque parece que tenga su propia agenda.

Como decía, es una película con el sello Gilliam, en lo bueno y en lo malo. A estas alturas, a mí ya me queda claro que Gilliam necesita que alguien le escriba un guión lo suficientemente férreo para que le permita salirse por peteneras sin que la verosimilitud y la comprensión de la historia se resientan. A Gilliam le puede, en demasiadas ocasiones, su universo, sus monstruos, sus grandes angulares, sus parajes imposibles, olvidándose de explicar de manera mínimamente elaborada por qué están ahí. En este sentido, tiene el concepto de autoría muy asentado; rueda SUS películas, lo que a él le fascina, convencido que los de detrás de la cuarta pared van a seguirle sin problemas y con pleitesía. Lo cual, a estas alturas, y teniendo en cuenta su historial de fracasos, es asombroso. En “Parnassus” nos encontramos con una película a la que, una vez más en nuestro adorado geniecillo, le falla esplendorosamente la narrativa. El desarrollo del film es confuso, nunca queda demasiado claro, cuando apuestan almas Parnassus y el diablo, por qué se llevan cada uno las suyas, ni qué provoca exactamente lo que vemos al otro lado del espejo, ni las motivaciones reales de Tony. Todo es un embrollado batiburrillo del que da la sensación que a Gilliam no le interesa salir, puesto que lo que realmente le importa es el dibujo de las realidades que presenta en el filme. Una es la terrenal, la representada por el astroso teatro de feria ambulante al que nadie quiere ir, hasta que Tony, con su carisma lenguaraz, consigue atraer a la gente necesaria para que Parnassus gane su apuesta; la otra es la que se encuentra detrás del espejo, en la que Gilliam se puede solazar gracias a los efectos digitales, y que nos retrotrae a los tiempos de “Las aventuras del barón Munchausen” o “Los héroes del tiempo”. Aunque, en mi nada modesta opinión, carece de la magia de aquellas.

La solución al problema de Heath Ledger es brillante, sin duda. Cuando Ledger cruza el espejo y cruza el universo de la imaginación, se convierte en Johnny Depp, Jude Law o Colin Farrell. El actor australiano, sin embargo, se las arregla para dejar constancia de su brillantez en el resto de escenas “reales”, improvisando la mitad de los diálogos de su charlatán de feria (que, según Gilliam, es un trashunto de Tony Blair) e irradiando el carisma juguetón que requería su personaje. Él ha acabado siendo el alfa y el omega de este proyecto ciento por ciento Gilliam que, paradójicamente, sin el fallecimiento de su protagonista es probable que nunca hubiese visto la luz. Disfrutemos, a pesar de sus irregularidades, con este imaginario, antes de que Terry se ponga manos a la obra con su eternamente postpuesta “The man who killed Don Quixote”. Si es que consigue acabarla, claro.

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ALEJANDRO DE ALEJANDRIA



He de reconocer que no soy Terenci Moix; me encantan las historias del Antiguo Egipto, pero me repatean las de romanos y cristianos tipo Ben Hur o Quo Vadis, en las que generalmente un esclavo cristiano acaba convirtiendo por amor a su señor pagano. Pues bien, Agora parecía que iba a dar una ligera vuelta de tuerca al tema, y en ese aspecto es así, y no decepciona, pero en otros…

Amenábar nos presenta su película más ambiciosa y espectacular hasta el momento, lejos del intimismo de Mar adentro, pero también (desgraciadamente) de su habilidad para el suspense de Tesis, Abre los ojos o Los otros.

El mensaje de la película no puede ser más correcto y actual: rechazo de cualquier forma de fundamentalismo religioso, tolerancia hacia las diferentes culturas y religiones, un imperio que se está desmoronando…, pero por desgracia el contenido está por encima del continente, pese a la meticulosa reconstrucción de los decorados o las escenas de masas en el más puro estilo de las superproducciones de Hollywood.

El personaje de Hipatia es muy interesante, y sin duda fue una mujer extraordinaria, adelantada a su tiempo, porque ¿Cuántas filósofas de la antigüedad conocéis?. No es de extrañar que pueda provocar fascinación, a la que Rachel Weisz añade su belleza cálida y natural, lejana de las inexpresivas maniquíes de botox que abundan en la actualidad, pero algo falla en la película. En parte frialdad, debido al tratamiento siempre intentando distanciarse de los personajes, mostrándonos nuestra insignificancia comparados con el universo (un recurso que usa demasiadas veces), o tal vez por una elección no demasiado adecuada de los actores protagonistas,(Max Minghella y Oscar Isaac están correctos, sin más). De acuerdo que no está de más contrastar la frialdad con el fanatismo que mueve a las masas, pero no por eso los personajes deberían estar faltos de vida.

Aún así no puede decirse categóricamente que sea una mala película, Amenábar es un buen director, y lo sabe, pero tal vez para una película así debería de haber tenido más rodaje previo. Pero consolémonos pensando que podría haber sido peor; si se hubiera hecho en Hollywood se habría centrado más en la historia de amor y hasta según cómo habrían sido capaces de cambiar el final, y Hipatia no se merecía eso. De todas maneras estoy convencida de que Amenábar nos volverá a sorprender de nuevo con otros proyectos, y eso ahora no pueden decirlo todos.
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EL PADRE DE "MOU"


Es curioso, pero parece que los deportes de masas no se llevan demasiado bien con el cine, en líneas generales. ¿Alguien recuerda una buena película de, pongamos por caso, tenis? De hecho, ¿alguien recuerda una película de tenis (aparte de “Wimbledon”, que en realidad es una comedia romántica ambientada en el tenis, como podía estar ambientada en la petanca indoor)? Sigamos. ¿Baloncesto? “Hoosiers”, y vas que te matas. ¿Fútbol americano? Llámenme ignorante, pero sólo se me ocurre “Un domingo cualquiera”, y tengo bastantes dudas de que pueda ser considerada una gran película. ¿Hockey? “El castañazo”, ¿y cuántas más? El béisbol es más afortunado, y tiene algunas buenas muestras: “El orgullo de los yanquis”, “El mejor”, “Ellas dan el golpe” (sí, a mí me gusta, qué pacha). El deporte que se lleva la palma es, como no podía ser de otra manera, el denostado, sórdido, épico y malparado boxeo, que da, y seguirá dando, para parar un tren; no las enumero para no acaparar post, pero podéis ir pinchando y babear. ¿Y el fútbol? “Evasión o victoria”, sí, pero no es nada del otro mundo, y no va de fútbol, en realidad. “Quiero ser como Beckham” no está mal, pero no es tanto una película futbolística como un cuento moral interculturalista (palabra que, con el desahogo que me caracteriza, acabo de inventarme). ¿Y luego qué?

Pues luego, o mejor, dicho, muy por encima, va “The damned United”.

“The damned United” (gracias, Señor, por permitirnos disfrutar del título original) cuenta la historia real de Brian Clough, un celebérrimo entrenador británico que, después de llevar al humilde Derby County desde la que sería 2ª División inglesa hasta ganar dos ligas y llegar a semifinales de la Copa de Europa, fichó por el Leeds United, el equipo más odiado en Inglaterra por la suciedad de su juego; allí sustituyó a Don Revie, toda una institución en el Leeds, que había pasado a ser seleccionador nacional, y con el que Clough mantuvo durante años una rivalidad enfermiza. Duró apenas 44 días, asfixiado por el peso del recuerdo de Revie; la película cuenta esos 44 días de 1974, y cómo Clough llegó hasta ellos desde Derby. Brian Clough, que después de ese rato en el Leeds hizo auténtica historia en el Nottingham Forest (dos Copas de Europa seguidas, Pep, échale un ojo) no es cualquier cosa: elegante, comunicador, megalómano, gran motivador, y un impenitente bocazas que daba constantes titulares a la prensa, lo cual colaboró decisivamente a que haya sido considerado el mejor entrenador inglés que jamás fue seleccionador. Se dice que José Mourinho, otra boquita de piñón, ha recogido su testigo, aunque también se podría haber dicho que Clough lo recogió de Helenio Herrera. “The damned United” es una (que no “la”) historia de Brian Clough, pero, esencialmente, es un retrato magnífico de lo que es el fútbol en las Islas.

Y la magnificencia de dicho retrato, obra del debutante Tom Hooper, llega ya desde la fotografía, que capta a la perfección tanto la frescura de la campiña británica como la escarcha de su perenne neblina, o el chapoteo del calzado obrero sobre el húmedo pavés del extrarradio industrial inglés. A partir de ahí, Hooper (desde el guión de Peter Morgan: “Frost/Nixon” y “The Queen”, chavales) desarrolla su historia en flashbacks desde el desolador presente de Clough (Michael Sheen) en el Leeds, hasta su exitosa carrera en el Derby County. Y lo hace empapándonos de la filosofía con la que los ingleses, en aquella época más que ahora, se acercaban al fútbol. Clubs grandes de estructuras poco menos que familiares, campos de fútbol andrajosos, relaciones cercanas entre jugadores, entrenadores y aficionados, hasta el punto de estar absolutamente integrados en las dinámicas de las ciudades en las que juegan; en general, una atmósfera amateur, tradicionalista y muy “working class” que choca extraordinariamente con la percepción del fútbol de élite que tenemos hoy en día. Tenemos la sensación de que nos muestran equipos de divisiones inferiores, de barrio incluso; pero lo cierto es que son de primera, ganan ligas y juegan finales de Copa de Europa. Sin Florentinos ni Messis.

Y en esta biosfera, el perfil de Brian Clough, un hombre demasiado ambicioso, acomplejado por su rivalidad con Dan Revie (Colm Meaney), capaz de dejar en la estacada a su colaborador de toda la vida, Peter Taylor (Timothy Spall) con tal de pisotear la sombra de Revie en el Leeds; la primera frase que les soltó a sus nuevos jugadores es historia del fútbol inglés: “Hasta donde yo sé, podéis tirar todas esas medallas que habéis ganado a la basura, porque las ganasteis todas robando”. Así, se manejan con soltura conceptos tan simples como amistad, lealtad, envidia, orgullo, dignidad. Y a ello colabora de manera decisiva Michael Sheen, quien, no sólo vuelve a parecerse (el tío es un Spitting Image andante) a un personaje histórico, sino que ejecuta una interpretación extraordinaria, firme, convencida, mucho más allá de la evidente semejanza física. Aunque, claro, este es un largometraje británico, así que todos los actores están perfectos. Con deciros que me he dejado a Jim Broadbent...

“The damned United” no es una obra maestra, ni pretende serlo. Le falta bisturí, quizás por falta de ambición temática; y a veces se nota el bajo presupuesto. Pero contiene algunas excelentes escenas, algunas derivadas de algo que también se le achaca (que le faltan escenas, curiosamente, de fútbol), como la de Clough viviendo un partido contra su odiado Leeds en su oficina, deduciendo el resultado por los sonidos y las sombras de su ventana. En cualquier caso, si ud., aficionado futbolero (pero del de verdad, no del que escribe en los foros del Marca), echaba de menos una película sobre su pasión, aquí la tiene. Eso sí, “The damned United” es más recomendable todavía si se visiona justo después de haber leído “Fever pitch”, el extraordinario libro de Nick Hornby. Orgasmatrón para futboleros.


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UNA CIERTA MIRADA


A veces temo que, de tanta película que he visto (y olvidado), me acabe convirtiendo en uno de esos viejos críticos refunfuñones, eternamente soliviantados contra todo tipo de cine estrenado en los anteriores dos o tres lustros, y que tienden a ir al cine de modo funcionarial, con el chip analítico encendido, y con el del disfrute apagado. No por lo de “crítico”, que ni lo soy ni lo seré, sino por todo lo demás, cinéfilamente hablando. A veces, uno se olvida de que va al cine, simplemente, a disfrutar de una buena historia bien filmada; nada más, y también nada menos. Quizás, en ocasiones, son los propios cineastas los que se olvidan de esa perogrullada, y se acaban perdiendo en el fondo de sus egos, de los bolsillos de sus productores, de la mercadotecnia, o de la madre que trajo a los Weinstein (y les compró las tijeras). Pero no quisiera perder la ilusión por salir fascinado de una sala de cine, satisfecho por una experiencia cultural, convencido de haber mejorado como ser humano intelectualmente complejo al disfrutar del arte. A veces, por fortuna, uno consigue evadirse de cierta mecanicidad cinéfila, y vuelve, elementalmente, a sumergirse en una pantalla de cine. A mí me ha pasado con “El secreto de sus ojos”.

El otro día le comentaba a la Directrice que estaba siendo este 2009 un año sin películas memorables, o esa era mi sensación. Mis tripas sólo se han revuelto este año con “Revolutionary Road” y, especialmente, con “Déjame entrar” (vale, y con unos huevos revueltos más caducados que un disco de Albano y Romina Power). Hoy puedo añadir la última película de Juan José Campanella, “El secreto de sus ojos”, y eso justifica que me repita con el director argentino en tan breve espacio de tiempo. Puede que este extraordinario filme sea su proyecto más ambicioso, más elaborado, con más aristas. Supone un cambio de registro considerable, aparentemente, desde su habitual sentimentalismo más o menos agridulce; y sin embargo, el largometraje es fiel a sus principios vitales. La historia de amor está ahí, más soterrada y reprimida que nunca, refractaria al primer plano, pero está. Está el sentido del humor resignado y resultón que emerge de sus extraordinarios diálogos. Está el fresco histórico colgado en la pared trasera de la narración, en este caso la época pregolpe militar de 1976. Está Ricardo Darín, omnipresente en la filmografía de Campanella, SIENDO, más que interpretando, un personaje. Y a rebufo, está esa extraordinaria, casi milagrosa, capacidad de Campanella para sacar lo mejor de sí de todos sus actores y actrices, consiguiendo dibujar unos secundarios entrañables y de irresistible capacidad empática en dos trazos. Pero están unas cuantas cosas más.

Porque Campanella se zambulle en una historia de claro corte de suspense, y eso ya es, de por sí, una novedad. Un empleado de Juzgado Penal recién jubilado, Benjamín Expósito (Darín), decide escribir una novela basada en una experiencia personal ocurrida 25 años antes, un caso de violación y asesinato y sus dificultades para moverse entre el barrizal de corrupción, desidia y pesimismo vital de la época. Ese viaje al pasado acaba por dejar de ser un pasatiempo, y se convierte en una necesidad de cicatrizar heridas, y en más de un sentido; en este proceso es clave la que fue su jefa durante aquella época, Irene (Soledad Villamil), a quien acude Benjamín para revivir aquellos momentos. El inicio de la película (Benjamín escribiendo, y descartando, relamidos arranques de su novela) es una declaración de intenciones de Campanella: ché, esto no es “El hijo de la novia”. La estética del film lo corrobora: hay cámara en mano, hay una fotografía apagada, de tonos ocres, marrones, que en ocasiones recuerda a la enfermiza y majestuosa “Zodiac”. Eso no significa que no haya humor: el amigo de Benjamín, Sandoval (excelso, descomunal, Guillermo Francella), es un contrapunto perfecto, además de un robaplanos del carajo (ojo a sus contestaciones al teléfono en la oficina del juzgado, como esta: “Banco de esperma, buenos días. No, aquí no recolectamos, aquí repartimos. ¿Ud. qué quiere, dar o recibir?”. Pero ni él ni la relación sucintamente platónica entre Benjamín e Irene toman el mando de la narración, sino que complementan, a través de un guión fluido y envolvente, la historia principal de la búsqueda del asesino.

Hasta que llega el punto de inflexión del filme: un brutal, escandaloso, sorpresivo plano secuencia de nosécuantos minutos, que nos traslada desde una toma aérea de un campo de fútbol hasta la grada, para guiarnos hacia una persecución desaforada por los pasillos del estadio, para concluir con la cámara, en la mismísima hierba del campo, pegada al rostro de uno de los personajes. Todo un alarde técnico (por cierto, antes de que venga algún listillo: por supuesto que es falso. Por supuesto que habrá cortes. Da igual. ES CINE) absolutamente insólito en una película de habla hispana, y mucho más en Campanella, que nunca ha parecido mostrar demasiado interés por este tipo de pavoneo. Lo que pasa es que, al igual que en otras escenas de este tipo (pienso en la de “Snake eyes”, o la de “Hijos de los hombres”) le viene bien a la historia, no es gratuita, no es una secuencia “miraquélargalatengo”. Es, queda dicho, un punto de inflexión, a partir del cual las cosas, lejos de solucionarse, se complican. Quizás incluso demasiado: el único gran “pero” de la película es el final, o mejor dicho, los varios finales, que alcanzan la sensación de que no acaba de echar el cierre a la historia principal, por mucho que me guste la idea escogida. Se podría haber resuelto quince minutos antes de la misma manera. Y no digo más.

Por lo demás, una película muy por encima de la media, que permite al espectador entrar en ella y en sus personajes como Pedro por su casa, bien dirigida, dialogada, fotografiada e interpertada. Y, en cuanto a esto último, no puedo echar el candado sin referirme a Soledad Villamil, una actriz de ojos cautivadores y enorme naturalidad, que se prodiga demasiado poco por el cine (en parte, por estar desarrollando intereses musicales), y que está estupenda en “El secreto de sus ojos”. Un título que podría ser, perfectamente, un homenaje a Soledad.

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¡HAIL, TARANTINO!



“Odio a los nazis”. La famosa coletilla de nuestro bien amado Indy diríamos que no puede aplicarse a la última película de Tarantino, Maldidos bastardos. Quentin sabe perfectamente que los nazis ya se han convertido en un icono del cine, son los villanos por excelencia a quien absolutamente todo el mundo odia, así que ¿porque no amarles?

Afortunadamente Tarantino se distancia de su anterior trabajo, Death Proof, y hace uno de sus trabajos más reposados y hasta casi diría “maduros” (si no hubiera hecho antes Jackie Brown, claro). Se deja de saltos temporales y con un estilo casi clásico (aunque con algunas pinceladas de su estilo, como los rótulos indicando los nombres de los altos cargos) va explicando una historia de lo más entretenida. Se fragmenta la historia en capítulos, y hasta el capítulo final no coinciden todos los protagonistas.

Basada en una película italiana, Aquél maldito tren blindado, ya se sabe que Quentin a la que se apodera de una idea la cambia por completo y la hace totalmente suya, y es de agradecer que Tarantino parece estar recuperando su gusto exquisito por las bandas sonoras, que pareció haber perdido en Death Proof, y nos deleita con música de clara inspiración de spaghetti western, o canciones como Green leaves of summer; no sólo eso, en una escena usa ni más ni menos que la espléndida Putting out fire de David Bowie. Para que luego digan de Maria Antonieta

Los malditos bastardos (o basterdos) son un grupo de judíos americanos que se dedican a eliminar nazis, cortándoles la cabellera entre otras cosas. Su orgulloso jefe es Aldo Raine (Brad Pitt), del que me quedé con las ganas de cómo se produjo las señales de la horca en el cuello, que hace uso de toda su chulería posible y pone la barbilla como si fuera Marlon Brando.

Pero el punto flojo de la película son precisamente los “bastardos”, ya que están mucho mejor dibujados los nazis, encabezados por Christoph Waltz, que compone un magnífico Hans Landa culto, educado, astuto y traicionero cuando hace falta, Daniel Brühl, (Fredrick Zoller) como soldado alemán que sin comerlo ni beberlo se convierte en héroe y futura estrella cinematográfica de un panfleto propagandístico del régimen; Diane Kruger como Bridget von Hammersmark, una estrella al estilo de Marlene Dietrich que trabaja a escondidas para los aliados, o hasta incluso Mélanie Laurent como Shosanna, una joven judia que consiguió escapar de las garras de Landa. Sin embargo, los “bastardos” se limitan a “hacer el indio” (por lo de las cabelleras), y poco más.

Dos de las mejores escenas es la de película son la del inicio y la de la taberna de La Louisine, que demuestran la capacidad de Tarantino de crear tensión a partir de detalles insignificantes, o la muerte de Shosanna, muy hermosa. La cinefilia de Quentin le lleva a hablar de la importancia del cine y su poder propagandístico, que no se puede olvidar. Cierto que se toma licencias históricas, pero nadie puede tomarse en serio la película; es un divertimento, aunque Tarantino piense, como dice Brad Pitt en la frase que cierra la película, que “Creo que esta debe ser mi obra maestra”, y no lo es, pero hace que no perdamos las esperanzas de que Quentin siga por el buen camino. .. Bueno, podía haber sido peor, y tomar como referencia Ellos robaron la picha de Hitler ¿que no?.
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EL RESPLANDOR 2


Según un diario danés llamado “Politiken”, está en marcha el desarrollo de un videojuego llamado “Edén”, basado en “Anticristo”, la película-psicoterapia de Lars Von Trier que tanta bilis, baba y jugos gástricos variados despertó en el pasado Festival de Cannes. Si el tarado de Lars lee esa noticia, es probable que se aplique alguna de las torturas que enseña en su película. Posiblemente, todas juntas.

La primera, y desarmantemente lógica, pregunta que uno se hace al salir del visionado de “Anticristo” es, precisamente, por qué coñios se llama “Anticristo”. No he dado con nadie que me dé una explicación mínimamente convincente que lo relacione con el filme, y uno llega a pensar que es un gigantesco McGuffin, para acabar concluyendo que el Anticristo, el antídoto a los status quo artísticos, es el propio Von Trier. En cualquier caso, “Anticristo” es un largometraje nacido de la pervertida visión vontrieriana de los géneros cinematográficos, su innato animus provocandi, y una depresión de caballo que, más allá de poner en serio peligro la misma realización del film, cercenó las capacidades físicas e intelectuales del director danés durante el rodaje, algo que él mismo ha reconocido públicamente. Así pues, esta película es una profunda expiación, un corte de mangas, un desgarrado akelarre, o un tonel de Prozac, según se mire.

“Anticristo” tiene tan sólo tres personajes principales: Él (Willem Dafoe), Ella (Charlotte Gainsbourg) y la camisa de fuerza de Lars Von Trier. La carencia de nombres de los protagonistas puede que sean un simple ejercicio de desnudismo (recordemos que los padres de Lars eran nudistas...) formal, similar al despojo de decorados de “Dogville”, pero es inevitable pensar en clave simbólica. El largometraje está estructurado en cuatro capítulos más prólogo y epílogo. El prólogo es maravilloso, un hermosísimo clip-art en el que la cámara lenta, un tono azulado, un uso impecable del primer plano y el aria “Lascia ch'io pianga” de la ópera de HandelRinaldo” (pensada para la interpretación de dos castrati; no es casualidad...) describen hipnóticamente el drama del fallecimiento del hijo de los protagonistas. Ella se sume en una profundísima, aterradora tristeza, de la que ni la medicación ni la psiquiatría pueden sacarla. Su marido, psicólogo, rompe su esencial racionalidad decidiendo tratarla él mismo. En una búsqueda exorcizadora de sus miedos, descubren que el lugar al que más teme es una cabaña (llamada Edén: Lars I el Sutil) en plena montaña en la que desarrolló su tesis universitaria, y para allí se dirigen. Y allí se encontrarán con un entorno natural hostil, que acaba por generar un profundo efecto en la psique atormentada de Ella.

La primera hora de la película, aparte de imágenes de extraordinaria belleza (más allá del referido prólogo, ojo a escenas como la del entierro, o los sueños a cámara superlenta), nos deja un interesante, arrítmico, a veces ralentizado en exceso, análisis de la bajada a los infiernos de la pareja. Porque ese Edén no es otra cosa que un antiedén, un averno natural pintado admirablemente por Von Trier a través de las imágenes (la naturaleza se mueve en algunos planos, amenazadora) y los sonidos (esa lluvia de bellotas). Hasta aquí la película se aguanta de pie, en parte gracias al esfuerzo de sus actores. Aunque fue la grimosa Charlote Gainsbourg la que se llevó la Palma al agua, gracias a una actuación desvencijada que en ocasiones es brillante y en otras se parece demasiado a una yonqui en pleno monazo; es justo destacar el delicadísimo, por lo funambulista, trabajo de Dafoe, insuflándole los sentimientos requeridos en cada momento (amor racional, serenidad, cortedad de miras, perplejidad, venganza) a su personaje. A Willem lo que es del césar.

Decía que hasta la primera hora el film se aguanta de pie. Al final del capítulo dos, un zorro que se está devorando a sí mismo le dice a Él: “Chaos reigns”, con voz de mal imitador de Vincent Price, y la cosa, esencialmente, se va al carajo. Lo que era una inquietante retrospección psicológica en el drama de una pareja, extrapolable a una perspectiva religiosa, se transforma en un film de género terrorífico, en el que presenciamos tics reconocibles del mismo, pasados, eso sí, por el prisma desquiciado del ex-aficionado al kilt danés. Una casa solitaria, un personaje que oculta cosas, visiones, brujería, repentinos descubrimientos del pasado... De repente, Ella se vuelve loca y se convierte en Jack Torrance con clítoris (por poco tiempo). Así, Von Trier aprovecha para mostrar su visión de lo que es un slasher, y culmina el festival de pequeñas provocaciones que había sembrado durante el filme. Ya habíamos tenido bebés que se estampan desde un quinto piso, animales que se autodevoran, y un plano de penetración explícita (por si no nos quedaba claro que estaban follando). Así que vamos a por el bingo. ¿Masturbación compulsiva? Check. ¿Eyacular sangre? Check. ¿Clavar una pesa en una pierna? Check. ¿Clitoridectomía? Check. De todo esto, quizás lo único que era necesario, - aunque muchos hubieran agradecido un fuera de plano -, curiosamente, es lo último, que no es sino un autocastigo inflingido por el sentimiento de culpa. De cualquier manera, el acto final es deslabazado, desconectado de los anteriores, atropellado y progresivamente ridículo, y arroja al vertedero todo lo construido anteriormente. El director danés esparce borbotones de bilis acumulada con mucha violencia y sin ningún sentido, confirmando la impresión de exorcismo personal que muestra una película que, más que nunca, ha realizado Von Trier para Von Trier.

Se acusa a “Anticristo” de acentuar la supuesta misoginia del amigo Lars, al insinuar una histérica (femenina) Eva que lleva a la perdición a un racional (masculino) Adán. A mí eso no me queda tan claro. Me declaro carente del suficiente intelecto como para desencriptar todos los códigos del filme, y más con ese plano final que puede significar tantas cosas. En todo caso, sí me queda claro que, aunque la película está dedicada a Tarkovsky, y aún reconociendo ecos de Bergman, Kubrick o Lynch, yo creo que lo justo es que Von Trier, el ex-gaitero danés, se la hubiese dedicado a El Bosco. Y, eso sí: Lars, tío, la próxima vez, págate un psicólogo. O un exorcista.


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MANHATTAN MELODRAMA


Prólogo. A la Directrice ha vuelto a estropeársele la calculadora con ratón que tiene por ordenador. De verdad. Por favor que nadie se ría.

Dicholocualo, proclamo solemnemente que dedico este post a los 3.754 amigos/compañeros de trabajo/gentes diversas que, conscientes de mi priápica cinefilia, me han hecho la misma pregunta durante la última semana: “¿has visto ya la de “Enemigos públicos”? ¿Está bien o qué?” Mi respuesta, someramente, amigos y compañeros todos, viene a ser “o qué”. Acompañada de un simpático y dicharachero “dejad de darme la murga-mecagüenusainboltenpatinete”.

No hace tanto escribí un post laudatorio sobre Michael Mann, director de fuerte personalidad artística en lo formal y en diseño de personajes. A pesar del fostión que se dio con “Miami Vice”, esperaba con ansiedad su siguiente trabajo, y no sólo, por mucho que diga Alicia, por la aparición de mi adorada Marion Cotillard. Visto el trailer de “Enemigos públicos” en su momento, me quedó una certeza y una duda razonable: la certeza era que iba a presenciar un duelo de personajes cercano al nivel de “Heat” sobre la que se cruzarían algunas excelentes escenas de tiroteos y acción; la duda razonable era si funcionaría el filmar en formato digital una película situada en los años 30. Visto finalmente el largometraje, queda claro que el nivel de mi intuición es el mismo que el del personaje principal de “Pagafantas”. Lo mejor del film es el estilo impuesto con Mann, el acierto en la toma de riesgos al optar por una elección estética en contra de las convencionalidades habituales, que exigen clasicismo a la hora de acercarse a un filme de época. Lo peor, el guión, errático y asombrosamente incapaz a la hora de enhebrar los atractivos apriorísticos de la propuesta: la historia del enfrentamiento entre un carismático atracador de bancos y su cazador, la fuerza de arrastre de dos actores en boga como Johnny Depp y Christian Bale, o el encuadre en una época tan seductora para el cine como son los 30. Por desgracia, el guión de Mann & colaboradores entumece al espectador y lo aparta, poco a poco y sin remisión, de lo que observa en pantalla. Aunque el director americano siempre ha tenido tendencia a una cierta dispersión en sus longilíneos filmes (incluso en la por Mi Majestad mitificada “Heat”), en “Enemigos públicos” el problema no es la dispersión, sino la falta de grip de la película. Empieza el film con una fuga, muy bien filmada, de Dillinger, pero luego se pierde entre convencionalidades y líneas de diálogo mil veces escuchadas que me apartaron de tal manera de la película que estuve a punto, y esta vez no bromeo, de quedarme dormido. Y eso, en mi caso, con la Cotillard en pantalla, es síntoma de gangrena.

El director de “Ali” nunca se ha caracterizado por delinear personajes vívidos y alegres; bien al contrario, suelen ser caracteres con tendencia al interiorismo (de interiorizar), la introspección y el ceño fruncido. Sin embargo, eso no es óbice para que transmitan fuerza y empatía suficiente como para que nos interesen sus cuitas. Esto no ocurre en “Enemigos públicos”. El John Dillinger de Depp no alcanza en ningún momento el carisma ni el porte sobrado y galán que se le suponía a este Robin Hood del siglo XX; a fuerza de desgastar mi armadura antitomates, no exculpo del fracaso al mismo Depp, un actor que siempre me ha parecido pelín sobrevalorado, y que en cualquier caso se mueve mucho más cómodamente cuanto más freak es la piel que habita. Lo de Bale me parece algo más preocupante. Un intento de acento de Illinois no es suficiente para componer un personaje, pero no es sólo eso: se le ha quedado enganchado el poso ceñudo de Bruce Wayne, y no hay quien lo saque de ahí, Christian, tío, necesitas una comedia locaza a la voz de ya. Por otra parte, su Melvin Purvis no tiene mucho más que ofrecer que ser lo suficientemente implacable como para rozar alguna débil pared de moralidad y así acercar más al espectador a Dillinger. Conmigo el intento fracasó.

Hay, sin embargo, un punto de inflexión en el film, y es el ataque del FBI a la cabaña en la que se esconden Dillinger, Baby Face Nelson y su banda. Es una set piece impecable, emocionante y extremadamente bien fabricada, a partir de la cual Mann consigue mantener el pulso lo suficientemente fuerte como para encontrar el tono que no encontró durante la anterior hora y media, más árido, más vivo, más epidérmico, de ello se beneficia la Cotillard, que puede permitirse ofrecer dignidad a un personaje que, hasta ese tramo del largometraje, no era más que la típica novia de gangster deslumbrada. Hasta se perdonan excesos como la inverosímil escena (lo único que la justificaría es que fuese real, pero yo no he encontrado nada en la red al respecto) en la que Dillinger se pasea impunemente por la unidad del FBI que lleva su nombre, disfrazado con... un bigote y un sombrero. Les pregunta el resultado del partido que están viendo a unos agentes que, a pesar de llevar meses trabajando en su detención, no le reconocen. Pues vale.

La escena final es anticlimática para algunos, pero contiene un inesperado y hermoso paralelismo entre la película que vio Dillinger justo antes de su detención (“Manhattan melodrama”, oportunamente titulada en español “El enemigo público número uno”) y su propia vida, ano sólo por el personaje principal de Clark Gable, sino, sobre todo, por el aprovechamiento de un cierto parecido entre Myrna Loy y la propia Marion Cotillard. La cual, por cierto, se guarda para el epílogo un pequeño arranque de dignidad que,seguramente, se habría ahorrado si la película no hubiese omitido un personaje real: el de Polly Hamilton, prostituta de medio pelo que fue la verdadera última novia de Dillinger. Hombres, que diría la Directrice.


 
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