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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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CIUDADANO ROBBINS




Si hay algún actor desaprovechado en la actualidad, sin duda uno de ellos sería Tim Robbins. Este alto actor californiano, hijo de un músico y una actriz, creció en el Greenwich Village, rodeado de un ambiente sumamente liberal, progresista e intelectual. Ya en la universidad dirigió un grupo de teatro. Comenzó pronto en el cine, haciendo varios papeles pequeños, pero su descubrimiento llegó con Los búfalos de Durham, donde le robó el estrellato a Kevin Costner, y conoció a la que sería su mujer: Susan Sarandon (it's a bingo, que diría Waltz). Los dos formaron una de las parejas más sólidas de Hollywood, compartiendo los mismos ideales políticos lo que desgraciadamente acabó por perjudicar sus carreras,al convertirse en los principales representantes de la progresía hollywoodiense (una versión yanki de Ana Belén y Victor Manuel, vamos).

Pero nadie puede discutir su calidad como intérprete, y ahí están sus actuaciones en Cadena perpétua, Vidas cruzadas, El juego de Hollywood, Arlington road,o la versión gafapasta de El paciente inglés que es La vida secreta de las palabras, por nombrar algunas;las cuales ya le habrían hecho merecedor de un Oscar, aunque sólo consiguió uno como secundario por Mystic river, uno de los dramas más intensos del tio Eastwood, que lo emparejó con la otra conciencia política de Hollywood, Sean Penn. A diferencia de él, Robbins ha demostrado ser más versátil y estar dotado para la comedia, convirtiéndose en un perfecto James Stewart o Cary Cooper en El gran salto o hasta tener el punto necesario de romanticismo y guapura como para poder trabajar con Meg Ryan en El genio del amor.

Por si eso no fuera poco, ha demostrado ser un estupendo director. Su primera película, Ciudadano Bob Roberts,un falso documental sobre un cantante protesta de derechas que se mete en política, le permitió rememorar sus tiempos de cantante folk, La traducción española del título, el hecho de ser opera prima, su juventud, el retrato de un todopoderoso, e incluso un cierto parecido físico con Orson Welles hicieron que se comparara con Ciudadano Kane. Su siguiente película, Pena de muerte, aparte de contar con unas estupendas interpretaciones de Sarandon y Penn, mostraba perfectamente todos los argumentos tanto a favor como en contra de la pena de muerte, A continuación vino Abajo el telón, que no se sabe si por casualidad o no, hacía que se le volviera a relacionar con Welles,al explicar toda la accidentada historia que tuvo su montaje teatral de The craddle will rock. Aunque el resultado final fue fallido, no por ello dejó de ser interesante, y contó con un reparto espectacular.

Pero ahora llega lo malo: también ha participado en películas como La verdad sobre Charlie, City of ember o La guerra de los mundos (al menos en esta última él era lo mejor), y su paticipación en La linterna verde parece que va por ese camino; la verdad es que no se prodiga demasiado en las pantallas, aunque siempre resulta agradable verle y le echamos de menos,

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WASHINGTHON, CAPITAL



En una tontorrona comedia romántica de cuyo nombre no quiero acordarme (y no quiero parafrasear al Quijote), el protagonista explicaba a un amigo cuales iban a ser sus armas de seducción y éste decía “¿Como Denzel?” “Mejor que Denzel”, le respondía, a lo que su amigo exclamaba “¡Nadie es mejor que Denzel!”. Creo que esta escena refleja mejor que nada lo hondo que ha calado el actor sobre el que vamos a hablar a continuación.

Denzel Washingthon empezó en la televisión, y al igual que George Clooney, su principal éxito fue interpretando a un médico, en Saint Elsewhere, y eso le permitió dar el salto a la pantalla grande, pero si nos fijamos en uno de sus primeros papeles en el cine, en Historia de un soldado, como Peterson, el militar concienciado sobre su raza, serviría muy bien para definir cómo serían sus personajes en el futuro; de ese modo fue Biko en Grita libertad, un soldado perteneciente a un regimiento compuesto por negros que lucharon en la guerra de la Sucesión para dejar de ser esclavos (que le hizo merecedor de un Oscar como actor de reparto)en Tiempos de gloria, o Malcom X.

Si ha habido algún director al que le haya preocupado la problemática racial ese ha sido Spike Lee, y Denzel se convirtió en su actor favorito, con títulos como Mo’ better blues, Una mala jugada y Malcom X, aunque no volverían a repetir hasta varios años después con Plan oculto, que pese a su calidad ya era un entretenimiento puro y duro.

Como no puede irse de panfleto por la vida, también hay películas comerciales en su repertorio, desde las de terror sobrenatural como Fallen a recreaciones de cine negro como El demonio vestído de azul (donde le ganaba Don Cheadle), y la verdad es que no dice demasiado en su favor que su director favorito a la hora de trabajar sea el hermanísimo (El fuego de la venganza, Deja vu, Asalto al tren Pelham 1,2,3)

Huracán Carter fue una de esas típicas películas destinadas a conseguir una nominación al Oscar: biopic de boxeador, en este caso encarcelado injustamente. No es Toro salvaje, pero reunía todos los requisitos para complacer a la Academia, aunque no lo ganó en esta ocasión, sino con Training day. La imagen de Denzel y Halle Barry abrazados sosteniendo cada uno su estatuilla hizo tanto por la igualdad de derechos afroamericanos como todos los discursos de Martin Luther King juntos; no se podía ofrecer mejor imagen del Black power que la de ellos dos, tan guapos y elegantes, y sin duda fue un gran paso adelante para la era Obama que se acercaba.

Películas como Philadephia o John Q.tenían algo de esa carga de de denuncia social que parecían ser tan de su agrado al comienzo de su carrera, aunque combinándolas con blockbusters del tipo de El informe pelícano o American gangster. Ha trabajado también como director en Antowne Fisher y The great debaters y tal vez pueda prometer más en este aspecto últimamente que como actor, ya que películas como El libro de Eli, con la que podemos verle ahora en cartelera, no creo que contribuyan mucho a su carrera.
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UN CABALLERO EXTRAORDINARIO



Creo que en más de una ocasión ya he dejado clara mi absoluta admiración por los actores británicos, capaces de resultar creíbles en cualquier tipo de personaje, adaptándose como un guante a ellos, o de saber recitar versos isabelinos sin que se les trabe la lengua y haciendo que suenen a música celestial. Y aún así, de vez en cuando hay alguno que destaca de los demás, por alguna razón especial, y le gusta coquetear con el lado oscuro, como por ejemplo Dirk Bogarde o Terence Stamp. Éste sería el caso de Jeremy Irons.

Aunque su primera aparición en el cine fue en Nijinksy, su carrera empezó en la televisión, y de allí le vino su primer gran éxito, por la serie Retorno a Brideshead, una de las joyas de la corona de la BBC de todos los tiempos. Su Charles Ryder ya sirvió para definir el tipo de personaje que con el tiempo iría ampliando, aunque no mejorando, porque toda la base ya estaba allí: elegante (le sienta el smoking como a pocos), ambiguo, de gestos exquisitos, decadente… Tener al lado monstruos sagrados como Laurence Olivier y John Gielgud no pareció intimidarle lo más mínimo.

Su siguiente película fue La mujer del teniente francés, y al que algunos definieron como el “sex symbol de las intelectuales” pronto se convirtió en el compañero favorito de divas del calibre de Meryl Steep o Glenn Close, en películas como la citada, La casa de los espíritus o El misterio Von Bulow. No contento con eso, también tuvo su particular duelo interpretativo entre actor británico y del actor’s Studio con Robert de Niro en La misión , aunque el resultado quedó en tablas, enriquecido por la diferencia de sus estilos.

Pero sus retos iban a más, y David Croeneberg se lo ofreció, haciendo que interpretara a unos retorcidos gemelos en Inseparables y a un locamente enamorado de John Lone, creyendo que es una mujer (el amor es ciego) en M Butterfly. Vivió su último tango con la parisina Juliette Binoche en Herida, y –finalmente- ganó un Oscar con El misterio Von Bulow, que confirmó lo que ya sabíamos hace tiempo –y volvió a demostrar en La jugla de cristal 3- que no hay nada más “cool” que un villano británico.

Parecía que el futuro no podía ser más prometedor, pero llegaron los disparates del tipo de Dragones y mazmorras, La máquina del tiempo o Eragon, en la que uno no podía menos que preguntarse qué *** estaba haciendo allí, alternando con lo que se puede considerar secundarios de lujo, como en El mercader de Venecia, Conociendo a Julia, o El hombre con la máscara de hierro. Por eso da gusto verle cuando se le sabe sacar partido, como en Apaloosa. El hecho de que la única aparición que haya hecho después sea en La pantera rosa 2 no permite que podamos hacernos demasiadas ilusiones, pero aún así ha sido un placer conocerte, Jeremy.
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EL SR. LOBO



Mire señora, pues a veces sí que sirve para algo esto de escribir articulillos en la interné sin ánimo de lucro (corrección: sin ánimo de lucro de la Directrice. Yo ando loco por el lucro. Y si viene acompañado de Monica Bellucci, mejor). Ha sido iniciar mi arduo trabajo de investigación sobre Harvey Keitel, y descubrir, para mi sorpresa, que aparece, no acreditado, en los “Malditos bastardos” de su amiguete Tarantino. ¿Cómorrrrlll? Bueno, más que aparecer, se le oye. Es el oficial americano que habla por teléfono con el coronel Hans Landa en una de las escenas finales de la película. Ni se me ocurrió que podía ser él mientras veía el largometraje, ni leí nada al respecto a posteriori. Es, con total seguridad, el trofeo más prestigioso de su palmarés cinematográfico del último lustro, en el que parece que los estudios han empezado a olvidarse de él. Ni siquiera la televisión, ese reducto cada vez más prestigioso (ojo, me refiero a las series), le ha dejado estabilizar la silla, y, como en su día nos recordó Alicia, “Life in Mars” no tuvo éxito de audiencia. Tiene ya setenta años, aunque nadie podría verle interpretando a un vejete entrañable. Sus facciones rotundas, que en alguna época le hicieron parecer mayor y que ahora le rejuvenecen, lo impiden. A mi generación, Harvey Keitel fue descubierto por Quentin Tarantino (aunque también podría decirse al revés) y en los noventa alcanzó una edad dorada, a nivel de prestigio y popularidad, edificada sobre su valiente arrojo a favor del cine independiente, y un criterio algo errático a la hora de elegir papeles alimenticios. Pero lo cierto es que el señor Keitel nació, artísticamente, con Martin Scorsese; fue su primer compinche, antes incluso que Bobby De Niro. Y ser compinche de Marty cuenta, y cómo, para el C.V.


Como la mitad de los actores de su generación, Harvey Keitel mamó interpretación en el Actor's Studio, desde donde saltó al teatro y, respondiendo a un anuncio de prensa, fue enrolado como protagonista en la primera película de cierto italoamericano cejijunto: “Who's knocking at my door”. Emergió la química entre ambos, y el tándem siguió pedaleando en “Malas calles”, “Alicia ya no vive aquí” y “Taxi Driver”, realizando protagonistas o secundarios de peso, y cultivando una imagen macarrona que décadas después se sofisticaría considerablemente. Aunque he de decir que el gran hito de Harvey en esta época no es ningún filme de Marty, sino el haber participado en una cinta con un título tan maravilloso como “El madre, la melones y el ruedas”, de la que hay que desmentir urgentemente dos cosas: a) NO, no es una película porno de carretera; y b) NO, la culpa no es, por una vez, de los traductores españoles: ese es el título original. “El madre, la melones y el ruedas”. Es TAN genial.


Me disperso. Cuando parecía que su carrera se disparaba (recuerden “Los duelistas”), llegó tito Francis con el mazo, y le dio un golpe de tal contundencia que estuvo a punto de arrojar por la borda su carrera. Había sido contratado por Coppola para interpretar al coronel Willard en “Apocalypse now”, y pocos días antes del comienzo del rodaje, fue despedido y sustituido por Martin Sheen. En lugar de abandonar, el actor neoyorquino se autoexilia laboralmente, paseándose por varias cinematografías europeas, y combinando experiencias de prestigio con Ettore Scola o Bertrand Tavernier, con hitos algo menos insignes, como haber compartido cartel con Miguel Bosé en la incalificable “El caballero del dragón”. Probablemente de estas experiencias emergen inquietudes independientes que más tarde, al alcanzar cierto poder industrial, pudo desarrollar por sí mismo. Así que, en cierto modo, se podría decir que gracias a Miguel Bosé existe Quentin Tarantino.


Y es que después de que la carrera de Harvey renaciese ligeramente, entre otras cosas, gracias a alguna que otra manita de Marty, nuestro héroe de hoy conoce a cierto ex-empleado de videoclub que que parece que tiene algo que decir sobre el cine negro. Keitel se lanza a la piscina, y coproduce y protagoniza una de las películas clave a la hora de entender la historia del cine en los últimos veinticinco años: “Reservoir dogs”. A estas alturas, a Harvey ya se le ha puesto cara de matón impenitente, o de poli de escrúpulos olvidadizos; sin embargo, su Mr. White de “Reservoir dogs” es el único que transmite un mínimo de humanidad en la película, y el actor se reivindica como un intérprete rico en registros y de buen olfato para el talento. A partir de aquí, Keitel consigue aunar, de manera insólita, prestigio crítico, popularidad, y una imagen muy asociada al cine independiente. Se podría decir que Harvey se divide en tres: el Keitel selectamente indy (“Pulp Fiction”, “El piano”, “Smoke”, “Blue in the face”, “Abierto hasta el amanecer”, “Copland”); el Keitel alternata radical (“La mirada de Ulises”, “Holy smoke”, “Tres estaciones”); y el Keitel alimenticio y algo metepatas (“Sister Act”, “La asesina”, “Juego peligroso”, “U-571”, “Little Nicky”). Seguramente, su interpretación más estremecedora es la de “Bad lieutenant”, el desgarrador film de Abel Ferrara, en el que Harvey, literalmente, se vacía. Muchos podrán discutir la película, pero su interpretación es realmente aterradora, en el mejor sentido de la palabra. Aún así, yo me quedo con el humano, bien humorado y muy neoyorquino Auggie Wren de “Smoke”, tan aparentemente alejado de su arquetipo, y que borda con un festival de matices, gestos y miradas, una interpretación muy alejada de algunos de los cánones que, teóricamente, había mamado de joven.


Aunque sigue apoyando activamente el cine indy desde su productora The Goatsingers, y a veces aparece por cinematografías muy alejadas de la americana, últimamente se le ve poco a Harvey Keitel. Donde más, haciendo de palmero de Nicolas Cage en las dos entregas de “La búsqueda”; y se viene una participación en otra secuela, la tercera de “Los padres de ella” (hacer del diablo en “Little Nicky” no podía traer nada bueno, Harv). Es lo de menos. Ya se nos ha quedado grabada la imagen de un actor de filo duro, enorme credibilidad y un aura de respeto muy difícil de conseguir. Al fin y al cabo, todos quisiéramos tener el teléfono del sr. Lobo para que nos arregle los desaguisados que vamos montando por ahí. Yo, por lo menos.
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PATRIMONIO NACIONAL


Este lunes nos ha dejado, a la edad de 87 años, el actor José Luis López Vázquez.

Ni esta noticia de agencias, ni ninguna hagiografía póstuma que se escriba sobre él (ni mucho menos esta), harán justicia al peso específico de este nombre en el imaginario histórico del cine español. Si fuera americano, algún que otro premio de cine, más de un estudio cinematográfico y varias fundaciones sin aparente ánimo de lucro llevarían, a partir de hoy, su nombre. Ha dicho Alex de la Iglesia, presi de la Academia de Cine, que se ha marchado “una de las patas de la mesa del gran cine español, junto a Pepe Isbert y Fernando Fernán-Gómez”, y no le falta razón. Ha sido uno de los iconos más reconocibles de nuestra historia cinematográfica, y también uno de los más imitados, gracias a su personalísima gestualidad y deje parlanchín, con esa manera de hablar tan empeñada en marcar eternamente cada sílaba como si todas fuesen acentuadas. En buena parte de la sociedad española quedará su imagen asociada al cine parrandero, pícaro pero ingenuo, castizo y bullanguero, asociado al aperturismo de los setenta, antes y después de la muerte del tío Paco. En películas marca “opio para el pueblo” tales como “Operación Mata-Hari”, “Cómo está el servicio”, “Por qué pecamos a los cuarenta”, “Lo verde empieza en los Pirineos” o “El señor está servido”. Taquillazos hispanos que ayudaron a inmortalizar su personaje cascarrabias, perseguidor de bikinis suecos y buenazo-pero-con-un-punto-de-mezquindad. Pero, intercalado entre este capazo de filmes coyunturalmente inevitables, López Vázquez fue un actor versátil y sensible cuyo talento no pasaba desapercibido para los grandes de nuestro cine ya desde sus inicios. Esencialmente, su gran descubridor y cómplice vitalicio fue Luis García Berlanga, que seguro que hoy se puesto unos cuantos años encima. Desde su primera colaboración, “Los jueves, milagro”, entre ambos han escrito buena parte de la historia del cine español de las últimas cuatro décadas: “Plácido”, “El verdugo”, “La escopeta nacional” y posteriores, entre otras, para acabar con “Todos a la cárcel”.

Pero su carrera artística no sólo es Berlanga, y ojo que vienen curvas. Marco Ferreri le empujó un poquito más hacia la historia de nuestro cine con la dupla “El pisito”/”El cochecito”; rompió taquillas con José María Forqué gracias a “Atraco a las tres”; quebró moldes y demostró su sensibilidad interpertativa y su capacidad de riesgo haciendo de mujer en “Mi querida señorita”; aterró a media España con el legendario corto de Antonio MerceroLa cabina”... su currículum es inacabable. A finales de los ochenta la industria cinematográfica empezó a aparcarle, y fue encontrando acomodo en la televisión, con múltiples apariciones plenas de profesionalidad y entrega. Su último papel reconocible se lo dio Juan José Campanella en “Luna de Avellaneda”, donde daba vida al entrañable propietario de un viejo club deportivo. La escena de su muerte me produjo una extraña emoción, como si asistiera al fallecimiento del verdadero López Vázquez, y me estremeció. Así como Fernando Fernán-Gómez era ese abuelo sabio al que visitas ávido de su lucidez pero temeroso de sus cambios de humor, José Luis López Vázquez era ese con el que vivirías toda la vida, inofensivamente gruñón, verborreico y vivaracho, sin el cual una casa es un poco más apagada, y un poco más silenciosa. Así se queda, hoy, el cine español, tras la muerte de López Vázquez: silencioso y un poco más apagado.


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YO NO SOY UNA CHICA ALMODOVAR



Este post va a ser un poco más corto de lo habitual (no se desmaye, señora). La culpa de ello no la tiene ni el catarrazo que me tiene cogido por las gónadas, ni una repentina rampa en los metacarpios de los dedos, ni que Dios exista y haya atendido a las plegarias de la Directrice. La culpa es del cine español, así, en general, que a veces parece que sólo tiene ojos para los mismos siete u ocho nombres de siempre, y se empeña en rezagar, con contumaz injusticia, algunos de sus valores más sólidos. No sé si en el caso que nos ocupa, la razón de su ostracismo se encuentra en algo tan inane como su apellido, Ozores, cuyo aroma retrotrae a un cine de salero grueso, exabrupto coyuntural y sujetador resbaladizo, absolutamente ajeno al extraordinario talento de Adriana, hija de Jose Luis, sobrina de Mariano y de Antonio, prima de Emma, y refractaria al llamado "ozorismo", a pesar de haber sido partícipe del mismo en sus inicios. Valga este pequeño artículo como homenaje, recordatorio y reivindicación de una de las mejores actrices de esta Hispania nuestra. Adriana Ozores.

A principios de los 80, apellidarse Ozores significaba formar parte del clan Ozores-Pajares-Esteso, grandes hacedores de aquel cine ochentero-pajillero que lubricó los desmanes mentales del españolito de a pie (o de a Supermiriafiori): "El liguero mágico", "Los chulos", "Brujas mágicas" o "Cristóbal Colón, de oficio descubridor", fueron grandes hitos del post-landismo en los que Adriana, fiel sobrina, participó más o menos vestida, aunque, habitualmente, en papeles muy secundarios de corte cómico, al estilo de su prima Emma. Visto que por aquel camino no había salida, tuvo la habilidad de intercalar pequeños papeles alimenticios en televisión con su vocación teatral, y, mientras entresacaba la cara en "Turno de oficio", se convertía en primera actriz de la Compañía de Teatro Clásico de Adolfo Marsillach. Allí se hizo un nombre, se forjó un talento y se aparcó el ozorismo de su apellido.

El cartero, por mucho que diga JACK, casi nunca llama dos veces, pero en este caso el cine volvió a picar a la puerta de Adriana. Fue Joaquín Oristrell quien la llamó para su ópera prima, "¿De qué se ríen las mujeres?", y aquí la Ozores empezó a demostrar que su capacidad para dar verosimilitud a un personaje también tenía cabida en nuestro séptimo arte. Enseguida se manifestó, no sólo su talento natural y su versatilidad para afrontar cualquier género, sino su buen ojo para elegir proyectos. Acertó al arriesgar con otro primerizo, Miguel Albaladejo, y participó en su excelente y coral opera prima, "La primera noche de mi vida", iniciando una fructuosa relación profesional. Cuando le otorgaron el Goya a la Mejor Actriz de Reparto por "La hora de los valientes", estaba claro que los finales de los noventa eran suyos. En pocas películas había demostrado que era capaz de insuflar vida y carácter a personajes de todo tipo de pelaje, y que se movía tan naturalmente entre las olas de la comedia como del drama más desaforado.

En 1999 se hartó de trabajar: además de ponerse a las órdenes de Gracia Querejeta en "Cuando vuelvas a mi lado", duplicó con Albaladejo en uno de los episodios de "Ataque verbal" y en una de las mejores comedias españolas de los 90, "Manolito Gafotas", en la que la Ozores, literalmente, se salía como ama de casa carabanchelera, chillona, y, ella sí, mujer profundamente desesperada (por las tropelías de sus abominables hijos). Incluso le daba tiempo a pasarse, de vez en cuando, por la serie "Periodistas", tocándole la moral a Jose Coronado. A partir de entonces deceleró su ritmo, pero siempre participando en películas de buen trazo, destacando sus interpretaciones en "La suerte dormida" (un inusual policíaco), "Héctor" (otra vez con Gracia Querejeta) y, especialmente, "Heroína", un tour de force interpretativo que acabó de encasillarla en el perfil de madre coraje y que le valió nominaciones y premios de todo tipo, aunque se le negó el Goya. Quizás para evitar ese encasillamiento, cambió de registro y pasó a fría ejecutiva en "El método". Pero ya era tarde: la cárcel televisiva la había aprisionado con la versión cajatontera de "Manolito Gafotas", y "Los hombres de Paco" ha terminado de absorberla.

Así pues, el teatro ha vuelto a convertirse en su refugio artístico, triunfando el año pasado con "Lady Macbeth", y recién estrenada una comedia de infidelidades llamada "Sexos", ambas en los Madriles, a la espera de que llegue a las pantallas su última colaboración con Miguel Albaladejo, "Nacidas para sufrir", y podamos de nuevo admirar el talento natural, la verosimilitud y versatilidad de una de las mejores actrices que ha pisado las pantallas españolas estos últimos años, y a la que ha perjudicado, quizás, no haber entrado en determinados circuitos del glamour. Puede que no seas una chica Almodóvar, pero que sepas, Adriana, que eres una chica linternera. Que oyes, algo ya es.
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BETTE DAVIS EYES


Me enfrento a este post con un catarro febril de narices (nunca mejor dicho), experimentando dolor en partes de mi cuerpo hasta ahora desconocidas para mí, así que disculpen los lectores si encuentran más barbaridades de lo habitual en el escrito, y doy gracias al señor (Gates) por el corrector de Word. Y empiezo manifestando la sorpresa que me he dado a mí mismo al repasar la carrera de la actriz que merece los honores de mi artículo. Si a cualquier cinéfilo de mi edad, o superior (o MUY superior, caso de la bienquerida Directrice), se le menta el nombre de Susan Sarandon, raro será el que no la reconozca como una de las intérpretes más sólidas, creíbles, profesionales e indiscutibles del panorama. Su mirada intensa, esos ojos saltones que amenazan con no volver a pestañear jamás, su capacidad para otorgar credibilidad a cada personaje que se le cruza por delante, su versatilidad para afrontar distintos géneros, son marcas de fábrica que distinguen a una gran diva del cine. Sin embargo, repasa uno su ficha de Imdb, filtra imaginariamente por “peliculones, obras maestras, directores de fuste”, y le salen muchos menos resultados de los que se podría esperar. Y si de esos resultados eliminas los asociados a “nepotismo” (uséase, los largos dirigidos por su marido), la cosa se torna más incomprensible. Veamos.

Su primera aparición remarcable es en “The Rocky Horror Picture Show”, el clásico cult-musical-destroyer, lo cual ya da una idea de que no estamos ante una actriz de intenciones convencionales. Dato confirmado cuando Louis Malle se fija en ella para ser la madre de Brooke Shields en “La pequeña”, quedando tan satisfecho de su trabajo que repite en “Atlantic City”, de la cual la Sarandon saca su primera nominación al Oscar. Desde la perspectiva, se podría decir que son sus mejores años, coronados por el debut en la dirección del amante de las cortinas azules, Tony Scott, el hermanísimo, en la polémica y asfixiante “El ansia”; en dicha película la Sarandon se marca un numerito lésbico con Catherine Deneuve que pone palote a toda la audiencia masculina y parte de la femenina y que reivindica a la Sarandon en su bichorrarismo, de tal manera que durante unos años se dedica a apariciones en miniseries de televisión de más o menos prestigio. Hasta que llega JACK.

Y con Jack Nicholson, y Michelle Pfeiffer, y Cher (ojito-parche pirata: en cuatro nombres tenemos resumidos buena parte de los ochenta cinematográficos), a las órdenes de George Miller, urden “Las brujas de Eastwick”, un comercialísimo éxito con más mala leche de la que pudiera aparentar en un principio, y Susie, que demuestra su capacidad para (también) la comedia, vuelve al primer plano; o, mejor dicho, aparece por primera vez en el primer plano del stablishment de Hollywood. “Los búfalos de Durham”, una correcta película alrededor del deporte nacional americano por excelencia (en TODAS las casa yanquis hay un bate de béisbol, sea para jugar, sea para saludar las costillas del pandillero rival) la solapan con una nueva estrella emergente llamada Kevin Costner: la Sarandon ya es una más en el sistema. Excepto que en esa película conoce a un señor muy alto y muy, muy protestón. Tim Robbins.

Y así es como las cosas, queridos padawanes, evolucionan. Después de una serie de filmes intrascendentes, Susan Sarandon se vuelca en su participación en “Thelma & Louise”, el panfleto protofeminista del hermano del hermanísimo, que le otorga una nueva nominación, más que merecida, a los premios del calvo dorado. No gana, pero entra en la rueda de los oscars al estilo Meryl Streep: la nominan con cualquier cosa (cualquier cosa: “El cliente”). Sin embargo, no consigue llevárselo ni con esta ni con la pelín plañidera “Lorenzo's Oil”, su nueva colaboración con George Miller; tiene que esperar a la segunda película de su maridísimo, “Pena de muerte”, para llevarse el merecido premio, en la que es, probablemente, su mejor interpretación, esa Helen Prejean sentimental, fuerte, terca y extremadamente bondadosa a la que su experiencia con el lado salvaje de la vida está a punto de desbordar. La mirada de la Sarandon en esa película deja marcas indelebles en cualquier espectador con un centímetro cúbico de corazón. A estas alturas, el firme posicionamiento político progre-pacifista de la pareja Robbins/Sarandon está al cabo de la calle, y su activismo se multiplica por doquier, en proporción inversa a la carrera de nuestra heroína. ¿Casualidad? Don't think so, bitches.

Aparte de sus colaboraciones en los proyectos maritales, desde el Oscar sólo se la ve en melodramas de usar y tirar en los que ella es lo mejor de la película, y en la crepuscular “Al caer el sol”, en la que se bate con dos pesos pesados de la categoría de Paul Newman y Gene Hackman. Desde entonces su carrera se ha limitado, prácticamente, a aportar su voz a largometrajes animados y a hacer de sufrida madre en productos de medio pelo (duele a los ojos verla en la sonrojante “Speed Racer”), con la excepción de “En el valle de Elah”, en la que también hace de sufrida madre, pero por lo menos es una buena película, y su papel, aunque corto y algo arquetípico, deja claro que no ha perdido ápice de su talento. En principio, se presenta un año en el que vamos a volver a disfrutar de él, con varios estrenos pendientes, por encima de todos el de “The lovely bones”, la nueva película de Peter “anillitos” Jackson. Quizás Jackson devuelva a esta mujer de ojos penetrantes y atípica belleza a un lugar más acorde con su brillantez. Que no sólo está Meryl Streep en el catálogo de actrices maduras, señores.
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LA CABAÑA DEL TITO TOM



Esta sí que no os la esperabais.

Dos años y medio de blog, disparando a la mínima con mi AK-4 verbal contra tito Tom a la que se movía un milímetro, y voy y le dedico un post. WTF?

Pues eso, qué cojones. Una cosa son mis deseos de hacerle el truco del lápiz del Joker, pero en la cabeza y con un cuchillo jamonero, y otra estar ciego, sordomudo e idiotizado y no reconocer que el poder de Hollywood, ahora mismo, está en manos de Thomas Cruise Mapother IV. Juro por Summer Glau que es su nombre real: está claro que este tipo nació para hacer algo grande. No pretendo enfrascarme aquí en una biografía al uso, escribiendo al galope cronológico de la vida y circunstancias de Tom Cruise. El personaje es suficientemente conocido para que Mi Majestad descubra nada relevante en un artículo, digamos, horizontal. Quizás descubramos más acercándonos de manera más transversal, a riesgo de que las ideas se desordenen y la cosa me quede más opaca y confusa de lo habitual. Lo que está claro, en cualquier caso, es que hay un Tom Cruise actor y hay un Tom Cruise personaje, y que los dos combinados tienen el potencial suficiente para, si se lo proponen, alterar la órbita terrestre, pongamos por caso. Venga, Marcbranches, un par de antidepresivos más y al toro, que tú puedes.

No creo que ningún ser humano con coeficiente intelectual positivo albergue duda ninguna de que Tom Cruise siempre ha querido ser el macho alfa de Hollywood. Artística y comercialmente. Del segundo -mente hablaremos luego, pero tito Tom, siempre el más listo de la clase, ha combinado con maquiavélica precisión los proyectos en los que ha intervenido para llegar al status de divinidad cinematográfica con su prestigio y su imagen (casi) intactos. Poco importa si sus aptitudes interpretativas se limitan a su profesionalidad e indudable esfuerzo, o que sus registros se puedan contar con los dedos de una mano: Tom está más allá de estas menudencias. Ya desde sus inicios debió de tener claro que solo con su limitado talento no iba a ser suficiente, y que tendría que aprender de los mejores y elegir muy cuidadosamente sus proyectos. Su tercera película ya es con Coppola, “Rebeldes”, pero después sabe desmarcarse de la efímera moda del “Brat Pack” y enciende su propia mecha con “Risky Business”. Y a partir de ahí, el plan ya no tiene frenazo posible, y tito Tom saltea rompetaquillas (“Top Gun”, “Cocktail”, “Días de trueno”) alimenticios – que alimentan, básicamente, su popularidad - con proyectos de calidad en los que fagocita los talentos de los actores con los que trabaja (Paul Newman, Dustin Hoffman, Jack Nicholson) y el prestigio de sus directores (Martin Scorsese, Oliver Stone, Sydney Pollack). Así, llega a mediados de los noventa montado en el dólar y en el imaginario del espectador de a pie, reconocido por todo ser humano con ojos del planeta Tierra, y con un bonus de glamourización por su oportuna relación con Nicole Kidman. A esas alturas ya puede levantar largometrajes con su solo nombre, desde “Entrevista con un vampiro” hasta “Misión imposible”, sin que su reiterativa colección de tics y sonrisitas dentífricamente perfectas, no sólo no molesten al personal, sino que incluso lo consideren un actor potencialmente oscarizable (aunque esta es, de momento, la única batalla que tito Tom no ha ganado todavía. TODAVÍA). No será porque no lo intenta: un héroe de guerra tullido parecía una baza infalible, pero no. También “Jerry Maguire”, quizás el personaje más insufrible, histérico e irritantemente gesticulante que haya interpretado hasta ahora, tenía pinta de ser su gran oportunidad. Pero tampoco. Qué cabrona es, a veces, la Academia, con las manos que le dan de comer.

Después de añadir nada menos que un Kubrick ( y póstumo) a su currículum, sin importarle demasiado que su esposa lo devorase en todas las escenas, Tom Cruise dio un paso más allá en su objetivo de ser un actor respetado. Un geniecillo independiente, Paul Thomas Anderson, se cruzaba en su camino con “Magnolia”, y tito Tom le gritaba al mundo que él estaba dispuesto a trabajar con cualquiera siempre que tuviese talento, incluso en un papel secundario. Su sexopredicador Frank T.J. Mackey, arrogante, chulesco, feminófobo, pero engullido por su pasado y por sus complejos, era, posiblemente, su trabajo más redondo hasta el momento, y aunque no le dieron el señor calvo dorado, hasta sus críticos más contumaces (ergo, servidor) se rindieron. Tal era, y es, la magnitud del personaje, que entre Spielbergs diversos (Spielberg + Cruise = Godzilla + Hulk) y su primer villano oficial (el matón canoso de “Collateral”), se permitió el lujo de empezar a reírse de sí mismo en el inicio de “Austin Powers en Miembro de Oro”, para que así todos fuéramos conscientes de que tito Tom es un chico sanote, humilde y nada pagado de sí. Casi me lo creo.

A medida que su capacidad para multiplicar beneficios aumentaba, su poder en Hollywood seguía el mismo ritmo a nivel exponencial. Tan sólo un inesperado y considerable bache, relacionado con su vida privada, estremeció su posición en la industria, y de qué manera. Su extraña relación con Katie Holmes, de la que derivaron abigarrados rumores y salidas de tono públicas del propio Cruise, llevaron su imagen hasta tal punto que la Paramount, absurdamente, decidiera patear la gallina de los huevos de oro y rescindir unilateralmente el contrato con tito Tom. La reacción del actor/productor/deidad es fulgurante: Tom levanta su tridente y reinicia la desaparecida United Artists con la colaboración de MGM. Otra vez donde le gusta estar, en el ojo del huracán. Nada se hace sin la mirada aprobadora de tito Tom, y si no, véase su aportación al desenlace de la pasada huelga de guionistas. A pesar de reveses como la merma de su imagen pública (a golpe de novias envaradas, novias maniáticas y Cienciología) o la separación de su histórica socia Paula Wagner, tito Tom sigue, irreductible, su plan para hipnotizar a todo el Sistema Solar. El último paso ha sido su descacharrante e irreconocible cameo en “Tropic Thunder”, ante el cual hasta Mi Majestad ha tenido que aplaudir. A pesar de lo cual (o precisamente por ello), sigo odiándole cordialmente. Entre otras cosas, porque ha conseguido que me haya puesto a escribir este post.
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EL ETERNO PETER PAN



¿Porqué nos gusta Johnny Depp? Porque no cogió el lado fácil, ya desde muy joven, y se ha mantenido en el mismo con una fidelidad asombrosa. Para un jovencito guapo como él, habría sido muy sencillo aprovechar su fama televisiva para eternizarse como foto de las carpetas de adolescentes, pero Johnny ya tenía las ideas muy claras: le iban los personajes excéntricos e inadaptados, y si le dirigía alguno de los directores “raritos” del momento, mejor que mejor: Kusturica, Burton, John Waters, Terry Gilliam, Jim Jarmusch... Se veía que al chico no le iban los blockbusters.

Sin duda con el que ha tenido una relación más especial ha sido con Tim Burton, prácticamente son dos almas gemelas, hasta el punto que no sólo participa como actor de carne y hueso en sus películas, sino que cuando son de animación también usa su voz y su aspecto. Su asociación ha sido de lo más fructífera y positiva y esperemos que sigan así mucho tiempo.

También era capaz de mostrar un lado de lo más sensible, no ya sólo la criatura de Eduardo Manostijera, con su corazón de galleta, sino que Benny and Joon con su adorable Sam, admirador de Chaplin y Keaton, el llorón de Cry baby, el Gilbert de ¿Quién ama a Gilbert Grape? (donde, curiosamente, él era el “normal” de la familia, frente a Leo de Caprio) o el seductor más romántico del mundo en Don Juan de Marco demostraron que era facilísimo enamorarse de alguien como él.

Junto con Winona Ryder fueron la pareja perfecta de la generación X, grunge o como queráis llamarla, pero nada es eterno y el tatuaje de Winona forever se convirtió en Wino forever tras su separación. El tiempo pasaba, y a pesar de seguir teniendo un rostro ligeramente aniñado tenía que encontrar personajes a su medida. Vale, tenía un buen historial pero no tenía taquillazos, y de golpe y porrazo demostró que sabía hacer reír y echó por el suelo la maldición en taquilla de las películas de piratas con su Jack Sparrow, la más histriónica de sus creaciones, con la que consiguió su primera nominación al Oscar.¿Podía haber alguien más apropiado que él para interpretar al creador de Peter Pan? Por supuesto que no, repitiendo nominación al año siguiente, y nuevamente otra vez por su barbero cantante Sweeney Todd. Parece que va camino de convertirse en un nominado habitual.

Me encantaría verle haciendo un personaje gris tan sólo por variar, pero no parece que vaya en ese camino haciendo de Sombrero Loco en Alicia en el País de las Maravillas, aunque he de reconocer que es único para los personajes excéntricos. Él sí que puede decir lo de “Yo creo en las hadas. Yo creo. Si creo
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ADIOS, MR. OJOS AZULES



Es difícil hablar de una persona cuando ha conseguido ser un mito en vida, porque Paul Newman consiguió ser mucho más que un icono de la belleza masculina y un nombre de salsa. Fue alguien admirado y respetado, algo realmente difícil en un mundo tan frívolo como el hollywoodiense.

En plena efervescencia de la irrupción de estrellas del Actor’s Studio, Newman no tenía la brutalidad de Brando, ni la vulnerabilidad de James Dean o la expresión atormentada de Montgomery Clift; por supuesto que tenía todos los tics del método, pero él tenía un aire de triunfador, a pesar de todo, que lo hacían diferente a ellos. No hay mas que verle con James Dean en una prueba: Paul con su corbata de pajarita y el cigarrillo en la oreja, y Jimmy jugueteando. Su rebeldía estaba encaminada a escalar socialmente, usando su físico para ello, y no había película en la que en alguna escena tuviera que exhibir su pecho desnudo; si encima tenía una coartada cultural, como la de haber sido escrito por Tennesse Williams o William Faulkner, mejor que mejor, como fue el caso de La gata sobre el tejado de zinc caliente, Dulce pájaro de juventud o El largo y cálido verano.

Pero también participó en algunas de las mejores películas no ya de esa época, sino del cine americano, como El buscavidas, La leyenda del indomable, donde estuvo realmente brillante, haciendo de perdedores que se niegan a serlo. Hitchcock, Huston, Premminger... casi todos los mejores directores trabajaron con él, abarcando géneros tan distintos como el de la comedia, el western o el drama. Él también quiso probar fortuna detrás de las cámaras, y sus películas El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, o Raquel, Raquel, mostraron una gran sensibilidad para tratar dramas muy intimistas, siempre protagonizados por su mujer, Joanne Woodward. Porque otra de las cosas que distinguió a Newman de la oledada de “rebeldes sin causa” es el de haber formado un matrimonio a prueba de bomba, algo realmente atípico en Hollywood.

Si con Elizabeth Taylor tuvo el duelo de los ojos mas famosos de la historia del cine, su otra pareja por excelencia fue Robert Redford, con quien rodó Dos hombres y un destino y El golpe, dos de sus mayores éxitos. Las nuevas generaciones no le olvidaron del todo, ahí están los Coen con El gran salto, o Sam Mendes en Camino a Perdición, que creo que con justicia debería considerarse su testamento cinematográfico.

Me gustaría recordarle tan rebelde e irreductible como en La leyenda de el indomable, y creo que la mejor despedida sería como la que le dedicó Cool hand Luke a su madre en esa película al enterarse de su muerte: cantando a ese Jesús de plástico, desafiante y orgulloso, a pesar de la lágrima que se desliza por su mejilla, pero sereno.
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EL DESEQUILIBRIO PERFECTO


Jóvenes padawanes, me disculparéis si la calidad del escrito presentado no alcanza siquiera el, por otra parte, ínfimo nivel que mi falta de talento me permite. Me encuentro encerrado en mi habitación, con tapones en los oídos y con las ventanas bien aseguradas a pesar de la calor, la cual apenas puedo combatir con el minúsculo ventilador que me permite el antiestajanovista (a más trabajo, menos dinero) sueldo de la Directrice. La causa, las maravillosas, populares y entrañables fiestas de Sants, que durante ocho días martirizan las orejas y los espíritus de cualquier hombre de bien (e incluso los míos) de manera estomagantemente incesante. Tómbolas, sorteos, bingos comunales, payasos, actividades infantiles, habaneras, sardanas, orquestas populares de temática basada en el rickymartinismo y en el chikilicuatrismo. Todas con un denominador común: un micrófono distorsionado con el que los showmans frustrados del barrio pueden expresarse artísticamente, a la vez que perforan cruelmente mis trompas de eustaquio. Sartre decía que el infierno eran los otros. Para mí, el infierno son las habaneras. ¿Hay alguna necesidad de escuchar, una vez más, “El meu avi”? El escaso sentido común que aún conservo se erosiona a niveles saharianos a medida que la falta de sueño, los perros piloto y los payasos vociferantes se adueñan del barrio con la sorprendente complicidad de los Cuerpos de Seguridad del Estado, quienes, con una cerrazón inexplicable, se niegan a atender ninguna de mis imaginativas protestas, la última un paseo de varias manzanas al estilo John McLane en “La jungla 3”, con un cartel reivindicativo como única pieza de ropa. Es cierto que fui detenido a los pocos minutos (prueba de que seguimos viviendo en una dictadura), pero hay que decir que, como compensación, ahora soy extremadamente popular entre el vecindario femenino de entre 70 y 85 años.

¿El qué? Espere que me quite los tapones. Sí, ya sé que esto es un blog de cine. Ahora voy.

Phillip Seymour Hoffman es hijo de un ejecutivo de la Xerox y una abogada y jueza de familia. No parece el mejor ambiente familiar para dedicarse a una carrera de bellas artes... o sí. En cualquier caso, a todos los que disfrutamos de las grandes interpretaciones en el cine, debemos de dar gracias a Billy Todopoderoso por permitir que el pequeño Phillip se alejara de la atmósfera de profesión liberal de su casa, para dar los primeros pasos que le han llevado a ser, hoy en día, uno de los mejores actores que pululan por las pantallas universales. Intenso, dedicado, camaleónico sin necesidad de postizos, con un físico rechoncho antiglamour y una mirada inquietante que falsea una primera impresión de “vecino de al lado” y que da la impresión de estar al borde del precipicio constantemente, tiene además un excelente ojo para determinar su carrera. Carrera a la que le costó bastante darse un impulso definitivo, cargada en un principio de papeles secundarios o anecdóticos que no permitían al espectador poco avezado poner el ojo en aquel muchachuelo regordete. “Esencia de mujer”, “La huida”, “Ni un pelo de tonto”, “Twister”... seguro que casi todos hemos visto la mayoría de estas películas, y casi ninguno reparamos en él. Pero Paul Thomas Anderson sí.

Su pequeño pero bordado papel en “Sydney”, la primera película del geniecillo Anderson, fue el punto de partida de una fructífera relación profesional entre dos personajes que hoy se encuentran en la élite de sus profesiones. Pero fue su papel en la extraordinaria “Boogie nights” el que empezó a hacer que los ojos cinéfilos se fijaran en él, a través de esa mirada pelín esquizoide y plena de represión gay que aporta a su personaje. Repite con Anderson en “Magnolia”, donde, sin embargo, se sitúa en un registro mucho más amable y positivo, dentro del inmenso melodrama que es esa descomunal película. Aunque su tercera colaboración conjunta apenas la vio nadie, la marciana “Punch-Drunk Love”, P.S. Hoffman ya se había convertido en uno de los secundarios más sólidos del indy, en parte gracias a su estratosférico trabajo en “Happiness”, en la que pergeña uno de los personajes más perturbadores de los últimos años: su físico y su cara de vicioso encajan perfectamente con el acomplejado pajillero al que da vida en el film de Todd Solondz. Su carrera aporta su rostro de secundario ideal a excelentes directores con personalidad propia como Spike Lee ("La última noche"), los hermanos Coen (“El gran Lebowski”) o David Mamet (“State and Main”), mientras consigue su primer protagonista en la sensible y desconocida “Con amor, Liza”. Hasta que llega el previsible petardazo.

Capote” es su segundo protagonista, y no es cualquier cosa. Su perfecta impersonación de los claroscuros del amaneradísimo escritor de “A sangre fría” le transporta al olimpo de tito Oscar, y su talento queda oficializado y universalmente reconocido. A diferencia de otros, P.S. Hoffman sabe aprovechar el tirón del señor desnudo y dorado, y su carrera y prestigio se han ido acelerando en los últimos tres años en progresión geométrica. Lo siguiente fue interpretar al villano de “Misión: Imposible 3”, un destino natural al que tenía que llegar tarde o temprano; en ella se devora sin guarnición ni escrúpulos a tito Cruise -con apenas veinte minutos reales de papel- y demuestra su nivel de profesionalidad al esforzarse en aportar sustancia e intensidad a un personaje que seguramente no la tenía de inicio. Cada película suya es un nuevo giro, un nuevo cambio de registro, una nueva demostración de que su talento puede con todo, desde el melodrama agridulce (“The Savages”) a la comedia política (su genial agente de la CIA en “La guerra de Charlie Wilson”), aunque este año la palma se la lleva su personaje de “Antes de que el diablo sepa que has muerto”, una de las mejores películas de la temporada, en la que Hoffman deslumbra interpretando a un personaje iracundo, maquiavélico, pero más vulnerable de lo que le gustaría y tan humano que no se puede reprimir un sentimiento de lástima. P.S. Hoffman, cuyo próximo estreno, coherentemente con su carrera, es la última película de Charlie Kauffman (“Synecdoche, New York”) es el rarito oficial de Hollywood, ese actor de talento elefantiásico, mirada profunda y tranco perverso que da prestigio a cualquier obra en la que aparezca. Una cualidad al alcance de muy pocos.
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SENTIDO (DE HUMOR) Y SENSIBILIDAD



Espontánea, sumamente expresiva, divertida, con carácter… Emma Thompson no es la típica lady inglesa flemática de refinados modales que se sienta tranquilamente a tomar el té a las cinco.

Coincidió en Cambridge con Hugh Laurie y Stephen Fry y debutaron en la televisión en Cambridge Footlights Revue, mostrando sus dotes de comediante; repetirían en varios programas mas y el trío se parodiaría a sí mismo en la serie The young ones. Pero otra serie de televisión, Fortunes of war, hizo que coincidiera con un joven irlandés llamado Kenneth Branagh, del que creo que nunca os he hablado. La pareja se enamoró locamente, llegando a su momento cumbre cuando él se le declaró a gritos en pleno Central Park; él debutó en el cine como director con Enrique V y ella fue la protagonista femenina. Poco sabían que iban a convertirse en la pareja por excelencia del cine y teatro ingleses, a la que quisieron ver como unos sucesores de Laurence Olivier y Vivien Leigh, que popularmente recibió el nombre de KenEm e hizo correr ríos de tinta y parodias . Su colaboración siguió con Morir todavía, Mucho ruido y pocas nueces y Los amigos de Peter, en la que Kenny rodó con el ex novio de su mujer(Laurie), y su suegra (Phyllida) en un ambiente de lo más agradable, very british, ya que era una auténtica reunión de (talentosos) amigos.

Pero ella quería demostrar que tenía talento sin su marido, y con James Ivory tuvo de pareja a Anthony Hopkins en Regreso a Howard’s End, por la que ganó un Oscar, y Lo que queda del día;también participó en En el nombre del padre como abogada ligeramente patosa y nada mejor que un papel como el de Carrington de una pintora enamorada de un homosexual con alguna que otra escena subidita de tono para romper su imagen de época. No contenta con eso hizo una brillante adaptación de la novela Sentido y sensibilidad que le hizo merecedora de un nuevo Oscar. Ken y Em se divorciaron y cada uno siguió con su carrera por separado.

Se dijo que había tomado de referencia a Hillary Clinton para su papel en Primary colors, aunque Emma es mas guapa (de hecho, ha ganado con la edad) y formó parte de la romántica Love actually, siendo ella y Alan Rickman la pareja mas creíble e interesante, consiguió recuperar prestigio con Wit, interpretando a una enferma de cáncer, y se sumó al super-estelar reparto de la saga del niño mago Harry Potter

Ya entrada en la madurez, está pasando la difícil etapa en la que prácticamente no hay papeles interesantes para actrices de su edad, ya que se supone que la vida acaba a los treinta, de modo que su presencia en las pantallas cada vez ha sido mas escasa, aunque siempre agradecida: escritora con poder de matar a sus personajes en Mas extraño que la ficción o uno mas jugoso como una nueva y poco agraciada Mary Poppins en La niñera mágica. Ha rodado Last chance Harvey con Dustin Hoffman como pareja otoñal, y volverá a demostrar su poderío en la versión para el cine de Retorno a Brideshead.En The boat that rocked coincidirá de nuevo con su ex después de varios años, la duda es si coincidirán en alguna escena. Profesionalidad ante todo ... ¿ o no?
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SOBREVIVIR AL OCASO


Leía hace unos días una entrevista, concretamente ésta, a Dustin Hoffman, aparecida en El Periódico de Catalunya. Hoffman, un tipo por el que siempre he albergado una especial debilidad por su excelente sentido del humor y su insistencia en alejarse de los clichés del divismo jolibudiano, confirmaba en dicha entrevista una sensación que viene transmitiendo desde hace tiempo en sus intervenciones públicas y promociones. Hastío. Dustin Hoffman, uno de los actores más indiscutibles de los que hoy se debería vanagloriar la industria del cine a sus 70 años, está resignado. “Acepto lo que se me ofrece”, asume sin cortapisas, con una insólita honestidad. Sabe que no hay sitio para él en tantas adaptaciones de videojuegos, series de televisión o cómics (aunque supongo que Michael Caine tendría algo que decir al respecto), y que ha de conformarse con papeles de reparto y menús infantiles. Habla con tono más reprendedor que nostálgico de las diferencias de formación entre los actores de los setenta (provenientes del teatro y del Actor’s Studio) y los de ahora, salidos de la televisión o, directamente, de las agencias de modelos. Comenta su frustrante experiencia en “Kung Fu Panda” al tener que aguantar a los directores pedirle repetir tomas una y otra vez, haciéndole "sentir que no sabes nada”. Esto me trajo a la cabeza la obra de teatro sobre Orson Welles comentada hace unos días, en la que el maestro ha de soportar el ser corregido por un técnico mediocre mientras lidia con un texto mediocre perpetrado por un creativo de marketing más mediocre todavía. Respect.

Dustin Hoffman fue un fenómeno tardío. Después de dar tumbos por el teatro, el Actor’s Studio y diversos trabajos televisivos de corte alimenticia, debutó en el cine de la mano de Arthur Hiller en una cosa llamada “The tiger makes out”, con un papel de reparto de fondo de armario. Mademoiselle Fortuna se apiadó de él el día que Mike Nichols le vio en una obra de teatro y se le metió en la cabeza que aquel treintañero bajito y narigón podría ser el Benjamin Braddock de “El graduado”, después de fracasar las negociaciones con Warren Beatty y Robert Redford. El resto es historia (y ya contada aquí): Hoffman se convierte en una repentina celebridad popular al son de Simon & Garfunkel, refrendada por su siguiente cañonazo apenas dos años después, el Ratso de “Cowboy de medianoche”, con el que hace un dos de dos en nominaciones al Oscar. Tito Dustin demuestra que su gran nariz le sirve para tener un considerable olfato artístico, y, huyendo de la peste del éxito comercial facilón, se embarca en propuestas arriesgadas y personajes complejos con tanto calado en la cinefilia como, ohmygod, en el público medio: “Perros de paja”, “Lenny”, “Todos los hombres del presidente” y “Marathon man” fueron, cada una por un motivo, películas extremadamente polémicas, pero de una calidad indudable y con unas interpretaciones inolvidables de Dustin Hoffman, que a esas alturas ya acumula premios y prestigio como para llenar el trastero de su casa. ¿He dicho premios? Le faltaba uno.

No me extraña que tito Dustin sienta nostalgia de los setenta. Cierra su década gloriosa con su primera estatuilla de señor-desnudo-con-espada gracias a la sobrevalorada “Kramer contra Kramer”, película que alberga el dudoso honor de ser la iniciadora del género “telefilm de sábado por la tarde en Antena 3”; pero de eso nuestro héroe, que nos deja otra magnífica interpretación, no tiene la culpa. Sí la tiene de conquistar taquillas y corazones travistiéndose deliciosamente en “Tootsie”: a estas alturas, Dustin Hoffman es poco menos que la reencarnación del mesías hecho actor. Donde pone el ojo, pone la bala. Hasta que llega “Ishtar”, claro, y tito Dustin conoce el significado de las palabras “fracaso” y “Razzie”. No problemo. Ahí está Barry Levinson para echarle un cable y dibujarle un personaje ciento por ciento oscarizable, ese sensible autista de “Rain man”. Oscar cantado y prestigio intacto, aparte de haber disfrutado en persona de la sonrisa-licordelpolo de tito Tom, lo cual, como todo el mundo sabe, es garantía absoluta de ascender al Reino de los Cielos al finalizar la vida terrenal del afortunado. Los noventa son más irregulares. Cae la madurez del actor maduro, si se me permite la redundancia, y a su agente empieza a ponérsele difícil el trabajo. Hoffman sigue haciendo buenas películas (“Billy Bathgate”, “La cortina de humo”), pero no obras maestras, y empieza a combinarlas con labores más pedestres y alimenticias (“Hook”, “Estallido”, “Esfera”). Queda claro que ya no es el momento de su generación, y los Pacino, De Niro o Hackman ya no son los elegidos para tirar del carro.

Un amago de retirada se ha intercalado en estos últimos años con un final de carrera presidido por películas infantiles, doblajes de animación, cameos y algún blockbuster fallido. Una buena sintonía con Marc Foster le ha permitido un par de buenos secundarios en “Bienvenido a Nunca Jamás” y la extraordinaria y desapercibida “Más extraño que la ficción”. Actor de gran profesionalidad y extrema mesura, siempre al servicio de sus personajes, nunca se ha puesto por delante de ellos a golpe de divismo. Quizás su imagen afable e irónica, carente de arranques de genio y akelarres de histrionismo, le ha situado, injustamente, un centímetro por detrás de algunos compañeros de generación. Espero que la historia y el recuerdo, ya que no la industria ciega y despersonalizada de hoy en día, traten con justicia a este caballero de la cinematografía, uno de los pocos a los que vale la pena ver y escuchar, el señor Dustin Hoffman.
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EL CABALLERO NO TAN OSCURO




¿Quién dice que los niños prodigio tienen que acabar de mala manera, tipo Macaulay Culkin? Los hay que han seguido una carrera coherente, con sus lógicos progresos poco a poco, hasta conseguir su total reconocimiento, ya adultos.

Christian Bale hizo un espectacular debut en El imperio del sol, de Steven Spielberg, haciendo de niño rico mimado fascinado por los aviones que se convierte en un ferocísimo superviviente de un campo de prisioneros bajo las corruptas enseñanzas de John Malkovich (¿quien mejor sino?).Su admiración por los pilotos japoneses, pese a ser el enemigo, se reflejó en escenas como en la que Jim presencia el primer vuelo de un niño japonés, su alter ego, y los cánticos nipones se mezclan con los de él entonando una canción religiosa, que pone la piel de gallina. Su interpretación estaba tan llena de fuerza que le abrió la puerta grande, pero no se precipitó eligiendo papeles y prefirió uno sin mucha importancia en el Enrique V de Branagh, que un Shakespeare en el currículum siempre da prestigio. Volvió a coincidir con Kenneth en Los rebeldes del swing, interpretando al más oscuro de los swing boys, atraído por el nazismo, demostrando que bailaba de maravilla.

Seguirían papeles en películas de época como Retrato de una dama o Mujercitas, haciendo sus pinitos como galán romántico. Tal vez para compensar participó en una película tan glam y rompedora como Velvet Goldmine; aunque Jonathan Rhys Meyers y Ewan McGregor ponían toda la carne en el asador, él fue el tercero en discordia. Pero fue American Psycho la que nos descubrió a un nuevo Chistian y su tendencia camaleónica, no sólo en lo físico, sino en los acentos. Moldeó un cuerpazo de infarto para hacer de yuppy metrosexual asesino. La película no supo estar a la altura de la novela, pero no puede ponerse ninguna pega a la actuación de Bale. Su siguiente papel en Shaft seguía en la línea de niño rico depravado, con lo que parecía correr el peligro del encasillamiento… Pero una vez mas volvió as sorprender con otra espléndida actuación en El maquinista, haciendo de un insomne crónico atormentado por un complejo de culpa. Adelgazó tanto para el papel que revivió el dilema de hasta qué punto debe involucrarse un actor con un papel. Pero si alguien dudaba de su capacidad camaleónica, volvió a sorprender de nuevo, pasando de Bateman a Batman, recuperando su masa muscular en un tiempo sorprendente. Como Marcbranches ya debe estar por los suelos de que profane su sancto-sanctorum, me limitaré a decir que la versión de Nolan del personaje del hombre murciélago en Batman begins renovó totalmente la franquicia, dándole un realismo y oscuridad hasta entonces inesperados, lejos del aire gótico de Burton o del delirio gay de Schumacher. Y dentro de ese nuevo punto de vista, Bale fue el Bruce Wayne perfecto, el más tenebroso de los Batman de la pantalla, al que sólo le separan unos milímetros de sus villanos.

Últimamente ha compaginado trabajar con directores de prestigio, del tipo de Mallick o Herzog, o experimentos tan interesantes como I’m not there, con repetir de nuevo con Nolan en la estupenda The prestige o prometedores duelos como 3.10 a Yuma. Dentro de poco volveremos a verle en The dark knight, y aunque desgraciadamente se ha hablado más de Heath Ledger que de él, estoy segura que Christian todavía nos aguarda con buenas sorpresas.
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CÓMO SER JOHN MALKOVICH


Elucubremos. Un actor sobre el que se hace una película que fantasea sobre el interior se su mente, y sobre el concepto de ser él mismo. Ninguno de sus personajes, ni siquiera su imagen pública. El concepto mismo del actor. ¿Qué tipo de actor sería ese? En cualquiera de los casos, uno muy grande. Más que grande, una estrella. Más que una estrella, una leyenda. ¿Cuántos actores en la historia del cine encajarían en ese traje sin quedarle grande? Abro espacio para la reflexión. Cierro espacio para la reflexión: muy pocos. ¿Alcanza ese nivel un señor nacido hace más de una cincuentena en Christopher, Illinois llamado John Gavin Malkovich?

John Malkovich, esplendor venido a menos, es uno de los actores más inquietantes, dispersos, oscuros, turbadores y esquivos de la industria americana. A menudo arrastró un halo de qualité, de porte europeo, que no siempre ha correspondido con los vaivenes de su carrera, que alcanzó su cenit en los noventa, cuando decir Malkovich era mentar a la elegancia y a la distinción hecha actor. Dotado de una voz suave y una dicción etérea capaz de embriagar una habitación, era sin embargo el villano ideal, precisamente por la contradicción entre sus maneras, su cuerpo equino y sus facciones amenazantes. Ha pasado una época algo olvidadiza, con algún título meramente alimenticio, que ha hecho tambalear su prestigio. No está en la cúspide como hace diez o quince años, pero últimamente vuelve a un cierto primer plano (el anterior trailer colgado por la Directrice es prueba palmaria), y aquí Mi Majestad que lo agradece. Pero, ¿cómo se puede ser John Malkovich?

Vale, nacer con ese nombre ayuda. Sigamos con la receta. Después de algunos pasos en la cantera teatral, en la que comparte “Muerte de un viajante” con un tal Dustin Hoffman, y alguna cosilla televisiva, debuta en el cine a lo bruto: “En un lugar del corazón”, de Robert Benton, le da su primera nominación a tito Oscar. Su segunda película es “Los gritos del silencio”, ya como protagonista, así que la cosa va realmente en serio, y un Spielberg como “El imperio del sol” lo confirma. Pero el gran diente de sierra, la explosión del fenómeno, el verdadero alfa del alfabeto Malkovich, es su maravilloso, seductor, despampanante, hipnótico Valmont de “Las amistades peligrosas”: la tortura psicosentimental que le aplica a la pobre Madame de Tourvel (con la vidriosa mirada de Michelle La Belle) transfiere a la frase “no puedo evitarlo” un nuevo significado desde entonces, y Malkovich se convierte en un icono de la maldad sofisticada. “El cielo protector” y “Sombras y niebla” añaden muescas de prestigio (Bertolucci y Allen), que no de taquilla, a su repertorio. Para ganar dinero ya le es suficiente con una escasa, pero impactante, escena en “Jennifer 8”, y su magnífico villano Mitch Leary de “En la línea de fuego”, en la que mantiene un atronador duelo con tito Clint que se graba en las pestañas de todos los espectadores. Su cambio de registro en “De ratones y hombres”, en la que interpreta a un disminuído psíquico, es recibido con disparidad de opiniones, huele a intento de Oscar, pero es ignorado por la Academia. Qué más da: la marca Malkovich vende, perfuma y da prestigio. ¿Qué más hay que hacer para ser John Malkovich?

Pues darse un barnizado europeo nunca viene mal. Refuerza el cosmopolitismo y marca unas distancias con la industria hollywoodiense que siempre son bienvenidas entre la crítica. Asípues, a mediados de los noventa, nuestro amigo John calza sus posaderas en el sur de Francia, y comienza a frecuentar el cine europeo. Y no cualquier cosa: en un ataque de gerontofilia, encadena un Antognioni y un Oliveira, para posteriormente pasarse por la Más Grande de las Bretañas y por la Alemania más prestigiosa. Agítese junto a un paseo por los teatros franceses, algunas visitas de incógnito a Barcelona (visto con estas gafitas que General Óptica me ha dado) y algún anuncio de traje italiano, y ya tenemos a un actor americano adoptado para la vieja causa europea. ¿O no? No. Hay que mantener el tren de vida, y Malkovich se vuelve terrenal vendiendo su cara de psicópata a productos de indudable comercialidad como “Con Air” o “El hombre de la máscara de hierro”. Europa no paga según qué facturas. A partir de aquí entramos en una época de cierto declive, por lo menos en cuanto a su popularidad y al gancho de sus películas. Buenas películas, acompañadas de excelentes trabajos de nuestro Malkovich, como “La sombra del vampiro” o “El juego de Ripley”, no son acompañadas por las masas. Mucho menos su debut como director en la interesante "Pasos de baile". Así, su mayor éxito se lo debe a Charlie Kaufman, Spike Jonze y ese enrevesado y delirante juego propuesto en “Cómo ser John Malkovich”, en la que nuestro héroe se presta al juego metalingüístico cinematográfico con una capacidad autoirónica que para sí quisiera la mayoría de engoladas estrellitas de Jolibú.

Desde entonces, la carrera de Malkovich, de vuelta ya en los Unidos, ha ido dando extraños tumbos (¿“Eragon”? ¿”Johnny English”? ¿¿¿einnnn???), aunque ahora parece que va a volver al primer plano con tito Eastwood (“The changeling”) y con los Coen (“Burn after reading”). Para servidor, siempre será un aliciente suplementario ver a este extraño animal interpretativo sonriendo perversamente en una pantalla. Simplemente, no puedo evitarlo.
 
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