AUTOS LOCOS
EL AÑO PASADO EN MARIENBAD, DE ED WOOD

Gracias a Tim Burton, todo cinéfilo que se precie conoce las vicisitudes artísticas de una parte de la carrera del oficiosamente proclamado Peor Director de la Historia del Cine, Ed Wood. Bela Lugosi, planes desde el espacio, Vampira, pulpos de goma, jerseis de cachemir, talento en valores negativos, y mucho, muchísimo, amor al cine. Lo cierto es que desde “Plan 9 from outer space” nuestro bienamado Ed siguió una carrera discontinua y, desde cierto momento, en declive hacia su propio desencanto. Ese momento, sin duda, fue su viaje a los confines europeos para empaparse de aquellas nuevas corrientes artísticas provenientes, esencialmente, de la inquieta Francia: la Nouvelle Vague y la Rive Gauche. Gracias a un extra francés homosexual, Valèry Lamotte, que había aparecido en “Glen or Glenda”, y que se había vuelto a París, Ed consiguió alojamiento y contactos en la capital francesa. Allí nadie le conocía, y su entusiasmo sin límites por las vanguardias cinematográficas lideradas por gente como Resnais, Godard o Truffaut arrastró a algunos soñadores de Pigalle a la vera del bueno de Wood. Los suficientes como para echar hacia adelante lo que sería conocido, con perspectiva histórica, como “la película francesa de Ed Wood”.
Wood no se anduvo con medias tintas. Aprovechó cinta de un documental comercial sobre hoteles checoslovacos, y de allí sacó, no sólo buena parte del metraje de su película (básicamente, del espacio dedicado al Hotel Esplanade de Praga), sino la idea que dio sustento al disparatado, por surrealista, argumento (“argumento” por utilizar una expresión inteligible) del filme. No había tiempo (la fecha del billete de vuelta era fija, y no se permitían cambios por ser una tarifa reducida) ni, para qué nos vamos a engañar, ideas; así que Wood decidió tirar por la calle del medio e improvisar. Recordó una anécdota sucedida hacía unos años en una fiesta (una jubilada desdentada, empeñada en que le había conocido en otro guateque un año antes, le estuvo dando la vara toda la noche) y decidió que ese iba a ser el hilo argumental. Consiguió la complicidad de unos amigos de Valèry que pretendían ser actores (como media París en aquellos tiempos), y el dinero suficiente como para rodar unas escenas en el lujoso Hotel de Crillon, en el que uno de los futuros actores (en concreto, un tal Sacha Pitoëff) era conserje nocturno. El dinero era para vestuario y cámaras, claro; todo se rodó de noche y a espaldas de los directivos del hotel... hasta que algún trabajador del mismo, con ganas de tocarle los güefs a Sacha -¿alguna ex-novia corneada?-, se fue de la lengua... y allí se acabó el rodaje. Daba lo mismo: Wood iba a explotar en la sala de montaje el campo abierto que ese nuevo surrealismo le ofrecía. Entre el documental y lo rodado en el Crillon había 90 buenos minutos de cine. Perdón. ¿He dicho buenos? Por supuesto que no: era Ed Wood.
Véase el fotograma de arriba: si se fijan, las personas desprenden sombra, pero los árboles no. Eso es porque dichos árboles no existen en la imagen real; pero a Wood se le ocurrió que quedarían muy bien en ese plano, y los dibujó en el mismo celuloide. Hombre, cucos quedaron, aunque más que árboles son triángulos isósceles perfectos; pero se le olvidó añadirles, ni que sea, una sombrita-que-hace-caló. Es el error más sutil de la inclasificable película “El año pasado en Marienbad”, de la que muchos freaks se han hecho, cuarenta años después, fervientes admiradores, incluso por encima de “Plan 9”. La cinta empieza con cinco minutos de una voz en off de la que buena parte no se entiende nada (los micros no eran precisamente de calidad 5.1); voz en off que describe la mansión en la que se van a desarrollar los hechos, y en la que, con las prisas del montaje, se repetían varias veces pasajes enteros. Todo esto bajo una música chirriante, insufrible, abominable, que parece sacada de una mezcla aleatoria de un funeral y una sesión de cine mudo. Desde luego, Wood no era Tarantino eligiendo banda sonora... No es hasta los veinte minutos de película, aproximadamente, que encontramos un mínimo hilo argumental. Un tipo llamado X (ponerle nombre no quedaba vanguardista) va persiguiendo durante todo el filme a A (otra que tal) durante una reunión social, asegurándole que se conocieron hace un año en una fiesta en la ciudad de... ¡Franzensbad! Sí, lo sé. No es la del título de la película. Marienbad aparecía en alguno de los descacharrantes diálogos del filme, y Wood, a causa de las prisas y su absoluto desconocimiento de la geografía checa, confundió las ciudades. No se dio cuenta hasta el día del estreno, y luego el Registro de Propiedad Americano no le permitió hacer el cambio de título. Años después, un periodista le preguntó por qué coñios, a pesar de no saber nada de ella, quiso ambientar la película en Checoslovaquia: “pretendía rendir un homenaje al lugar de origen de mi amigo Bela Lugosi, que también era el de Drácula”. La había confundido con Transilvania.
Wood no sabía como seguir la historia, y, como ha quedado dicho, el tiempo apremiaba. Así pues, decidió que su meta artística prioritaria en este filme era “atrapar el tiempo a través de fotografías oníricas en movimiento”. Nadie entendió lo que quería decir, pero ni cristo replicó, tal era su poder de sugestión. Cada escena, cada diálogo, era repetido en diferentes secuencias, a veces en distintos lugares (y a veces no), a veces con distintas ropas (a veces no). Los actores principales (un vendedor ambulante de lupas italiano llamado Giorgio Albertazzi y una estudiante de banjo de nombre Delphine Seyrig) se dedican a recitar sus tremebundos diálogos de manera inopinadamente engolada, tan expresivos como una tabla de planchar; aún así, son puro Jim Carrey en comparación con el citado Sacha Pitoëff (se supone que es el marido de A, aunque también podría ser su apoderado, o su chulo, o su panadero, dependiendo de la escena). La voz en off se extiende durante todo el metraje, a veces coincidiendo con lo que vemos, y a veces no, en parte debido al casi total desconocimiento de Wood de la lengua francesa. Es la única explicación (eso, y el abuso de absenta) para diálogos como: “- ¿Cómo te llamas? - Sabes que no importa. - No, no importa. - Eres como una sombra esperando para acercarse.” Todo para llevarnos a un final abrupto e igualmente ininteligible, que en realidad podría ser un flashback de lo sucedido (o no) (“o no” es la expresión que mejor le pega al argumento de este sindiós), pero que, en cualquier caso, deja al espectador con la mandíbula tan abierta que podría entrar en ella un tren de cercanías. Con revisor y todo.
El film no se llegó a estrenar en salas comerciales, a pesar del empeño de Wood a su vuelta a los Yuesei; apenas en unas proyecciones privadas en un garito de Montmartre, donde fue recibida, en general, con carcajadas impunes, aunque algún loco le otorgaba unos valores artísticos absolutamente abyectos. Ed Wood se tomó este fracaso mucho peor que los demás, quizás consciente de que, ni siquiera en aquella corriente artística tan abierta, tan revolucionaria, su visión tenía cabida. Se apartó de cualquier ambición artística y decidió tratar de ganarse la vida como fuese. Su siguiente película fue “Orgy of the dead”, un blandiporno de terror tan malo como soseras. La necesidad le había ganado la partida al sueño.
ALON IN DE DARC (DE MUVI)

Vamos a ver, pero qué cojones pasa aquí.
Uséase, que me marcho unos días de asueto, para descansar del ritmo frenético de publicación y de onerosa creatividad a la que me obliga este santo blog (por cierto, hemos cumplido ya tres años) (ni un puñetero euro. Ni uno. Es un simple dato), y un poco también del trabajo, por qué no decirlo; y me encuentro con este sindios. A la que me giro, la Directrice aprovecha para colar el chorrocientosexto homenaje a san Kenny de sus Humedades Nocturnas; y no sólo eso, sino que tengo que tragarme, sin guarnición, lo de “ahora que está Marcbranches de vacaciones, es una buena ocasión para subir un poco el nivel cultural del blog”.
De acuerdo. No me queda otra que recortar mis vacaciones, porque el público pide justicia. Y no justicia de la de Perry Mason, no. Justicia de la de verdad, la de reajustarse el equilibrio del paquete con las dos manos mientras con la boca se sujeta el bate de beisbol. La de Steven Seagal. Nenes, I'M BACK.
Estooo... ¿por dónde íbamos? ¿Subir el nivel cultural del blog? Muy bien. Envido. ¿Cómo se puede superar culturalmente a Kenny?
Uwe Boll, director (o así) alemán que se caracteriza por tener cara de chusco-delantero centro alemán, es, sin duda, el director trash más afamado, vilipendiado, insultado y reconocido por todo buen amante del mal cine. Por tanto, no podía quedarse sin su reconocimiento público linternero. Se “dio a conocer” internacionalmente con la esperpéntica, hedionda y felizmente ridícula “House of the dead”, que, entre otras muchísimas virtudes, alberga el honor de contar con el que muchos consideran el peor tiroteo de la historia del cine. Algún día escribiré sobre ella, pero hoy no. Hoy toca “Alone in the dark”, la siguiente hez de Uba (se pronuncia asín), también basada en un videojuego, al igual que la que la siguió, “Bloodrayne”. Se ve que no era capaz de pasarse las pantallas y se dijo, “pues hago la película y así gano seguro”. No pretendo engañar a nadie: “Alone in the dark” es mejor que “House of the dead”. Esta última es churrusquera y patizamba a decir basta, parece todavía más barata de lo que es, sus desconocidos actores transmiten la misma intensidad emocional que un paragüero, y su sentido del humor se resume en que el prota es un capitán de barco que se llama Kirk, juas-juas. “Alone in the dark” tiene más presupuesto, técnicamente no es tan horrenda (por lo menos no se ven los trampolines que usan los extras para saltar), y hay actores conocidos. Pretende ser una película seria, cine de acción bien hecho. Y esto es lo que, precisamente, remonta hacia la cúspide el cutrónomo aplicado a esta pústula cinematográfica: quiere ser seria, con un argumento elaborado y unos actores de cierto rango, y acaba por ser un mojón del tamaño de Arkansas.
Lo peor de “Alone in the dark” no es que sea mala; ya tenemos una edad, y nos hemos encontrado con suficiente morralla como para que nos coja desprevenidos. Lo peor de este injerto de rata de cloaca es su toxicidad de grado 9'8 en la escala Marcbranches: la absoluta, inevitable imposibilidad de comprensión de su argumento puede producir, no sólo migrañas de tamaño rinoceronte, edemas cerebrales y luxaciones de omóplato; sino que dicha incapacidad puede acabar con el espectador no prevenido en posición fetal y salivando por las comisuras de los labios. Varios politólogos afirman que un cine-fórum posterior a la visión de esta película podría desencadenar una guerra nuclear. ¿Que exagero? El filme comienza con un texto introductorio tal que así. Diez párrafos, 1:57 de duración, el cual obnubila de tal manera la mente que se hace imposible entender una palabra de nada de lo que sucede a continuación. Diría que la cosa va así: hubo una civilización ancestral (o incluso más antigua) llamada abkani, que un día abrió una puerta dimensional a la oscuridad, no le gustó el jardín de los vecinos, cerró otra vez la puerta y escondió la llave, llave que encuentra, sabecristodonde, Christian Slater. Pero esto lo deduje después de ver la película; al principio, a pesar del texto bíblico del inicio y de una cochambrosa voz en off del propio Slater, sólo comprendemos que hay un calvo malo que le quiere quitar un pedrusco, lo que nos lleva a una pésima persecución automovilística en la que no puede faltar el típico arramble con los puestos de fruta: no hay una buena persecución de coches sin unos tomates saltando por los aires.
La ¿narración? sigue su curso mientras el sudor frío impregna las jetas de los pobres espectadores, que, ya que no entienden un carajo de lo que está pasando en pantalla, aprovechan para descojonarse de la pinta de chulopo resacoso de Slater, con barba de tres días (y cuatro pelos), y una combinación abrigo de cuero-camiseta imperio negra que, suponemos, se pondrá de moda en algún momento del año 2027. El nivel de su actuación oscila entre el de un ornitorrinco macho y una caja de zapatos vacía. Mucho mejor, en cualquier caso, que el de Tara Reid, la típica científica rubia, que hace honor a su nombre ejercitando una verdadero arsenal de expresiones bovinas durante las escenas cumbre del largometraje. Una de las cuales, sin duda, es el polvete de rigor entre ambos protagonistas: observen, queridos amigos (entónese con voz de Rodríguez de la Fuente), cómo la jaca común se acerca, libidinosa, al mastuerzo silvestre, sin previo aviso, y se aparea con pasión de funcionario, mientras suena el tema “Seven seconds”. Sí, “Seven seconds”, esa canción de Neneh Cherry y Youssou N'Dour que denuncia el racismo... ¿Uba, quieres explicarme qué leches pinta en una escena de folleteo? Lo único que se me ocurre es que se refiera al aguante del amigo Slater...
Luego sale otro actor reconocible, Stephen Dorff, cuyo personaje es el jefe de una cuadrilla militar que alberga el honor de protagonizar esta escena no recomendada a epilépticos. No, señora, la banda sonora del resto de la película no es mejor; algunos momentos de hard-casio ochentero son inolvidables, si se consigue sobrevivir a la operación de tímpano. Lo cual tampoco ayuda a seguir la trama, que incluye unos zombies que sólo sirven para molestar un poco, unos bichos que no asustarían ni a Piolín, y el mad doctor de turno, emperrado, como todos, en explicar su siniestro plan treinta segundos antes de palmarla. Como Uba es un cinéfilo de pro, esparce homenajes más o menos indisimulados a filmes que le han marcado (no se puede decir “influido", porque no ha asimilado absolutamente nada): “Alien”, “Star Wars”, “Posesión infernal”... aunque mi homenaje preferido es el nombre de uno de los personajes, Feenstra, que sin lugar a dudas es un guiño a Chiquito de la Calzada.
En este blog tenemos la norma tácita de no destripar los finales de las películas. “Alone in the dark” no se puede considerar una película, así que lo voy a espoilear sin escrúpulos, porque tiene telita. Los dos protas, luego de sobrevivir a la pelea definitiva, vuelven a la ciudad (no me preguntéis dónde carajos estaban), la cual se encuentran absolutamente vacía, al estilo “Abre los ojos”, coches abandonados incluidos. Aparece un rótulo en el que dice “8:45: ciudad evacuada” (¿por quién? ¿por qué? He dicho que no preguntéis). De repente, se escucha a Christian en off, explicando que “La puerta se volvió a cerrar pero tal y como descubrieron los Abkani, sacar la oscuridad a la luz, tiene un precio. El pueblo Abkani fue borrado de la faz de la Tierra. Y ahora, parece como si todo volviera a ocurrir”. Uséase, que a la humanidad se la han pelado. ¿Pero no acabas de decir que han evacuado la ciudad? Necesito un neurólogo, por el amor de Woody.
En resumen, un guión sólo explicable desde el coma toxicológico, cuya única virtud es que consigue tapar el calamitoso montaje, los planos absurdos, las interpretaciones de rambla o las peleas coreografiadas por Fernando Romay. Una auténtica maravilla trash que bien merece las casi dos páginas de Word que le he dedicado. Toma nivel cultural.
MININO
Prueba nº 27.957 de que, efectivamente, time passes by (o lo que es lo mismo, que me hago viejuno): ayer Harvey Keitel cumplió 70 años. ¡70 fuckwxklswrsxs años! ¡Mr. White, el señor Lobo, el jodido Bad Lieutenant! ¡70 castañas! Joder, es que dentro de poco le va a quitar los papeles de abuelo cachondón a Eli Wallach... Prueba nº 27.958 de etcétera: me estoy convirtiendo en un gruñón intolerante. Años ha, el hecho de que una película tuviera una mínima capacidad para entretener, por mala que fuera, me permitía olvidarme de ella a la salida del cine, sin más perjuicio para mi humor. Ahora tiendo a cabrearme cual Joe Pesci en... bueno, en cualquiera de sus películas. Y eso no es bueno para la tensión arterial.También reconozco que me lo busco. La semana pasada me tragué, en apenas un par de días, “X-Men orígenes: Lobezno” en el cine, y “The Spirit” en DVD. El paso lógico subsiguiente hubiese sido arreglarme las cejas con un soplete, embadurnarme de Varon Dandy y pegarme fuego a lo bonzo para acabar arrojándome por la ventana al grito de “Cowabunga”, en un cinéfilo homenaje a “Batman & Robin”. Pero así como “The Spirit”, a partir de un descomunal error en la elección del tono del film, resulta divertidamente lisérgica, “Lobezno” es un ejemplo de lo peor que puede ofrecernos la insigne productora Fox y, por extensión, Jolibud. “Lobezno”, o cómo pervertir a un director independiente, capítulo 365.457 (sí, hoy me ha dado por los números. Eso no significa que sea John Nash) (¿Quién es ese señor con gabardina?).
Recapitulation. Las dos primeras películas de la saga “X-Men”, pergeñadas por el hoy-echao-a-perder Bryan Singer, son un excelente ejemplo de que se puede hacer una película de superhéroes con dignidad, talento, respeto por los personajes e incluso mensaje (el racismo) sin perjuicio del sentido entertainment y unas buenas acojoescenas de acción (ver apertura de “X-Men 2”). Hay división de opiniones respecto a la tercera; personalmente, aunque resulta inferior a sus predecesoras, la considero una más que digna secuela. Con ella se dio carpetazo a la saga mutante como tal, y empezaron a volar los braimstormings con ejecutivos marca Fox maquinando ideas OHMYGODTHEYREGONNACUMEVERYWHERE. Como ahora a todo el mundo le ha dado por las precuelas, pues vamos a hacer un saco de precuelas, bajo el epígrafe “X-Men: orígenes”. La primera iba a ser “Magneto”; pero supongo que consideraron que debían arrancar a tiro fijo (o quizás es que Ian McKellen huyó despavorido a las montañas de Nanda Devi para hacerse monje cisterciense), y han empezado con el superhéroe más atrabiliario y salvaje de la Marvel, Lobezno. Madre de dios, no lo han podido hacer peor.
No me voy a extender mucho, que tengo un jabalí en el horno que necesita de mi atención. “Lobezno” es un ñordo de consideración. Ni siquiera la salva el hecho de que sea corta; precisamente eso va en su contra, puesto que en todo momento da la impresión de que le falta algo. Y, desde luego, es así: le falta Lobezno. No hay apenas rastro del personaje bosquejado por Singer en sus dos filmes, y no se puede culpar a Hugh “camiseta imperio” Jackman de ello (en todo caso, de haberse creído este embolado); en esta precuela, Lobezno es un héroe como otro cualquiera: el hecho de que berree ferozmente de vez en cuando no significa que transmita la rabia interior. Tampoco ayuda la absurda, átona y absolutamente carente de química relación amorosa con Kayla (Lynn Collins). Da grima ver al Lobito derretirse mientras habla con su pareja del mar, las estrellas y la luna-lunera: sólo les falta llamarse “pichoncito” mientras suena de fondo una hermosa balada de Michael Bolton. Por no hablar del giro argumental que atañe a la chica, de absoluta vergüenza ajena; no voy a destriparlo porque es espoilerazo, pero vamos a dejarlo en que las habilidades intuitivas de Lobito quedan en deshonroso entredicho (vamos, que huele una ventosidad de abejorro a diez kilómetros de distancia y, en cambio...).
El resto de los personajes poco tiene que hacer con lo que les dan. Se está hablando bien del trabajo de Liev Schreiber, pero su Dientes de Sable tampoco tiene nada que ofrecer; su personaje está tan tristemente desaprovechado como el Stryker de Danny Huston. Tampoco el director, Gavin Hood (recordemos, “Tsotsi” y “Expediente Anwar”: ¿qué coñios hace dirigiendo esto?) se salva de la quema. Las escenas de acción no son ni malas ni buenas, ni impresionan ni dejan nada perdurable en la retina, son mecánicas e impersonales; aparte de que contienen alguna idea absolutamente descojonable, como hacer que Stryker le dicte las órdenes a su bichardo lacayo... ¡por escrito! Mientras Masacre se va dando hostias con Lobito, Stryker le escribe en un ordenador: DECAPITALO. Ya de paso, podría haberle añadido unos emoticonos, o escribirle en lenguaje SMS: KRTLE LS HVOS CN SPADA LGO KDMOS CNTRO KMRCIAL. K PASOTE TRON! Por no hablar de la acumulación de mutantes para que sean reconocidos por los fans, o algún que otro cameo gratuito que, además, confirma que los FX de este film cantan de manera inadmisible para un proyecto de 130 kilos de presupuesto.
PURPURINA TRASH
Mariah Carey, ya de por sí, es REALMENTE divertida. Alguien capaz de decir cosas como “siempre que veo la tele y veo esos pobres niños hambrientos en todo el mundo, no puedo evitar llorar. Quiero decir, me encantaría ser así de flaquita, pero no con todas esas moscas y muerte y esas cosas” tiene ganado el cielo eterno y nuestra perenne admiración. Sus videoclips son realmente inmundos, todos exactamente iguales (pequeñas películas en las que Mariah, embutida en ropa para bebé, es la heroína de las ídem), y malgasta continuamente su indudable talento vocal con canciones infumables y un extraño empeño en entonar imitando a un delfín. Nada comparado con su incursión en el mundo del cine, que, milagrosamente, ha sobrevivido a semejante cataclismo. “Glitter” es una descomunal majadería, un ñordo purulento evacuado por el pobre Vondie Curtis-Hall, que después de esta experiencia, lógicamente, dejó el cine y se pasó a la televisión. Vamos al lío, que esto me está quedando largo:
- La película es la historia del ascenso de una chica a la que su madre, cantante de cabaret, abandona de pequeña, por culpa del alcohol, y entonczzzzzzzzzzzzzzzzz... Lo reconozco, me dormí a los 5'36” (lo sé porque puse la pausa). El inicio de la película es lo mejor de la misma, y por tanto, lo peor, por aburrida.
- Maraya (se pronuncia así) hace de corista de una cantante, junto con dos amigas suyas que pretenden ser el contrapunto humorístico del film, sin darse cuenta de que la Carey es un filón de carcajadas en sí misma. El productor de la tal cantante (Terrence Howard), un listillo, obliga a Maraya a suplantarle la voz, al más puro estilo Milli Vanilli. Lo mejor es que ella ¡acepta sin problemas! porque, total, “me lo paso muy bien”. Esta línea de diálogo, de corte costumbrista, refleja a la perfección el cociente intelectual de la Carey: tiene más ceros que las notas escolares de Sofía Mazagatos. Por supuesto, la descubre un DJ cazatalentos, en una escena memorablemente estúpida reforzada por la vestimenta extraterrestre de Maraya, rematada por una gorra de equipo ciclista español (ver foto). Ahora lo entiendo: Mariah Carey se metía EPO.
- Su ascenso es meteórico, a manos del susodicho DJ, que, por cierto, se llama... Dados (“Dice” en inglés). Y la verdad es que tiene sentido: dan ganas de colgarlo del retrovisor delantero del coche. Cuando suena por primera vez el single de la chica, mientras ambos están en un taxi (sí, amigos, crece el amor entre ellos, qué extraordinario giro argumental), paran el taxi, y de paso el tráfico, para bailar en la calle y llamar a sus amigas. Y los conductores, claro, encantados. Haz eso en mitad de la Gran Vía de Madrid en hora punta, si tienes güevos, bonita.
- En medio del rodaje de su primer videoclip, Dados (lo siento, no puedo escribir su nombre sin reirme) se queja, iracundo, de que la están utilizando como reclamo sexual (la foto de arriba es del supuesto clip), con la frase “la visten como a una pornostar”. Joder, daditos, hijo mío... ¿es que no has visto ningún video de Maraya? Es que no hay ninguno en el que NO se vista como una estrella barata del porno...
- Hay que dedicar un apartado al nivel interpretativo de la protagonista. En el 90% del film se limita a decir sus frases sin atropellarse, lo cual ya es un logro. Pero hay un par de escenas de cierto calado emocional, en las que, sin duda, Maraya da la vuelta a las convenciones de la actuación (ella es una revolucionaria), y consigue una perfecta expresión bovina, acompañada por unos supuestos lloriqueos que más bien parecen una risa floja, mandando así a Stanislavski a tomar por culo.
- Y para muestra, el último botón. Y ojo que voy a espoilear salvajemente la película, pero la ocasión lo merece (y la película, de puro mala, también). SPOILER Mariah, después de triunfar en el Madison Square Garden, se va directa en la limousina hacia el lugar donde le han dicho, en un lugar de acogida donde vivió, que se encuentra su desparecida madre. Ese lugar resulta ser UNA PEDAZO CASA DEL COPÓN BENDITO en mitad del bosque. Ella lleva todavía el larguísimo y ceñidísimo vestido del concierto, así que se acerca dando pasos de medio centímetro (apenas puede andar) a la mama, y se funden en un emotivo abrazo mientras Maraya da su do de pecho expresivo: más que llorar de felicidad, parece que estornuda. FIN SPOILER.
La película es rica en matices y pequeños detalles para gourmets, pero eso lo dejo para los lectores, que seguro que estarán deseando descarg..., qué leches, alqui... qué coño, comprarse este recóndita obra maestra del trash que nos dejó la simpar Carey. Cuantos más la veamos, más fuerza podremos hacer para conseguir que se ruede “Glitter 2”, que es lo que la industria cinematográfica, y la crisis mundial, necesita.
LA MEMORIA HISTÓRICA
La culpa es mía. A medida que pasan los años me voy alejando de los blockbusters masivos como si fuesen herpes purulentas, y ni siquiera el voluntarismo cinéfilo es capaz de sentarme en las multisalas aver, siquiera, la última de Bond. Aún así, en ocasiones, y por pura necesidad de autolavado (de cerebro) me traslado cansinamente al último megaestreno jolibudiense, con el contador de expectativas a cero para evitar decepciones y enfurruñamientos innecesarios. Eso es lo que traté de hacer el lunes pasado con “Ultimátum a la Tierra”. Ya tengo hora para el psiquiatra, gracias.El problema no es si “Ultimátum a la Tierra” es mejor o peor que, pongamos por caso, “Bangkok Dangerous”. Aquí de lo que realmente es del respeto a nuestros antepasados, a la memoria histórica (tranqui, Mariano, que no va contigo), al legado cultural, en definitiva, a la Historia del Arte. Mire, señora, yo puedo llegar a entender la sobreexposición de remakes; al fin y al cabo, hace muchos años que Jolibud se quedó sin guionistas (la cantera está en la tele, y cada vez se mueven menos de allí), y se dedican a reversionar libros, cómics, videojuegos, obras de teatro, musicales, series de televisión... fagocitan el resto de medios audiovisuales y artísticos. Por tanto, tiene sentido que uno de los que más regurgiten sea el propio cine, que ya tiene unos años. No se me enciendan los cinéfilos de manual, que a veces de los remakes salen cosas aprovechables: ¿cuántas buenas versiones se han hecho de “Luna nueva”? Sin embargo, si por algo se caracteriza la industria americana es por su falta de contención, y aquí es donde patinamos, y de qué manera. Una cosa es reversionar una olvidada película taiwanesa, o un pequeño éxito italiano de hace algunos años; al fin y al cabo, pueden ayudar a que esos largometrajes originales sean vistos por más público, ni que sea por curiosidad. Pero hay películas que deberían ser más intocables que Elliot Ness, no sólo por su valor artístico, sino por la trascendencia de su connotación histórica. ¿Qué os parecería, jóvenes padawanes, un remake de “Ladrón de bicicletas” ubicado en un barrio bajo de Los Angeles, con Harrison Ford y Abigail Breslin en los papeles principales, y dándole calado a una historia romántica del protagonista enchufando a Beyoncé en el reparto? Sí, sí, mucha risa. “Ultimátum a la Tierra” es exactamente eso. Y no hace ni puta gracia.
Como digo, el problema no es que la película sea un mojón del quince, que lo es. El guión es un sinsentido desde la primera escena (pero la primera, primera: que alguien de la platea me la explique, please), la dirección plana y mortecina de Scott Derrickson no da para más que sobrellevar con moderado aburrimiento durante la primera hora, para acabar despilfarrando dinero, recursos y paciencias en toda su recta final, un rijoso esperpento que supera el delirio argumental y que hace sentir al espectador mínimamente avezado algo parecido a una violación moral, aparte de unas incontenibles ganas de arrancarse las encías con un cascanueces. Jennifer Connelly, tan guapa como escuchimizada, se pasea con un indigno piloto automático por el filme, aparte de que como científica resulta tan creíble como Denise Richards en la bondiana “El mundo nunca es suficiente”. Diría que trata de darle empaque al estúpido conflicto materno-filial que se han sacado de la manga los guionistas, pero lo cierto es que se limita a poner el cazo. El hijo de Will Smith es insoportable, y te obliga a rogarle a Gort desesperadamente que se le escape un rayo de esos en la dirección del niñoloscojones. Pero lo verdaderamente grande de este melonazo de película está a cargo de Keanu Reeves, que alcanza un hito histórico en el campo de la interpretación: se muestra absolutamente incapaz de expresar inexpresividad. Uséase, no sólo no sabe actuar, sino que ni siquiera sabe no actuar. Lo cual, de hecho, le otorga un mérito indiscutible como actor de altísimo caché.
Pero lo peor de todo esto no son las múltiples e irritantes carencias del truñometraje, sino la existencia misma de este proyecto. “Ultimátum a la Tierra”, el original, es un absoluto hijo de su tiempo. En pleno brote de continuos productos de ciencia-ficción basados en el axioma marciano invasor=comunista invasor, la película de Robert Wise planta sus reales en un punto de partida radicalmente distinto, trasladando el epicentro coyuntural al peligro nuclear (recordemos, año 1951: Hiroshima, como quien dice, acaba de ocurrir), mostrando a los extraterrestres como una especie de cascos azules intergalácticos, y dejando caer alguna que otra referencia religiosa. Sí, puede que hoy en día la película esté desactualizada, el mensaje desfasado, y Gort parezca sacado de una obra de teatro infantil de fin de curso. Pero “Ultimátum a la Tierra” es hija de su tiempo, una película imprescindible en un contexto cinematográfico e histórico que optimiza su relevancia, una referencia para estudiantes de cine y para aficionados de todo pelaje. Un remake, hoy en día, no sirve para nada, excepto para que nos molestemos en volver a ver el original con una mezcolanza de admiración y profunda mala leche. Bueno, para nada no: para liderar las taquillas Yuesei y española, por ejemplo, y para que idiotas redomados como yo le paguemos el bótox facial a Keanu.
P.D.: si no quieres caldo-etcétera. Está en marcha el remake de “Planeta prohibido”. ¿Alguien tiene un cascanueces a mano?
MEJOR CALLAR

Vale que una película sea mala por la falta de medios o de talento de los que participan, pero cuando se nos pretende colar como una superproducción con estrellas y el resultado es tan bajo, la verdad es que creo que Dante inventaría un nuevo círculo en el Infierno dedicado a ellos, porque es algo que no tiene perdón.
Concretando, que es gerundio. El tema de Ciudad de silencio es tan indignante y vergonzoso que se merecía algo mucho mejor: la impresionante cantidad de mujeres violadas y asesinadas en Juarez, crímenes que aún no han sido aclarados en la actualidad y que por lo visto tienen demasiadas implicaciones como para que se solucione nunca, merecía como mínimo un digno telefilm de los que pasan por la tarde en Antena 3. ¿Y qué nos encontramos?
Para empezar el asesino u asesinos, se nos muestran como alguien diabólico, sobrenatural ¿Estamos ante una película denuncia o ante un expediente X? Habría faltado un chamán, pero a falta de ello, tenemos los indígenas mejicanos, que supongo que al caso en hollywood pensarían que vendría a ser lo mismo.
Actores como Martin Sheen o Juan Diego Botto pasan por allí, sin más, sin saber exactamente qué pintan en toda esta historia. Jennifer López, una actriz famosa por las dotes interpretativas de su trasero, encarna a la protagonista, Lauren Adrian, una periodista nortemericana que, en contra de sus deseos, va a Méjico para investigar la noticia. El principal efecto del viaje es que sufra una serie de pésimos flash backs que no pegan ni con cola. En Juarez se reencuentra con el director del periódico, Alfonso Díaz (Antonio Banderas) que fue un antiguo amor suyo. Los que se esperaban que habría escenas de pasión entre los dos sex symbols están muy equivocados, ya que tan sólo hay un casto abrazo. De hecho, tan sólo hay una escena de sexo, un poco cogida por el pelo, entre Jennifer y Juan Diego Botto, supongo que para cubrir la cuota de pantalla Por supuesto la periodista fria y ambiciosa que era Lauren al principio cambiará su forma de ser implicándose totalmente en la investigación.
Para terminar de redondearlo, cuelan una publicidad de Juanes que da vergüenza ajena por lo descarada e inapropiada, en plan “y ahora un momento para la publicidad, volvemos enseguida” .Soy una feminista convencida, pero me cuesta ver la relación entre las muertes y los empresarios y el gobierno de los EEUU, porque una cosa es la explotación laboral (que la hay, y mucha), y otra es que se les acuse de cómplices de asesinato. Quizás es que formaba parte de la letra pequeña del contrato, o en la película no lo han sabido explicar. Cada uno puede elegir la opción que quiera.
Pero la auténtica joya, el “gran momento” es una impagable escena, en la que JLo por fin confiesa el gran secreto que había guardado toda su vida y que le atormenta (¡aleluya! ahora se explican los dichosos flashbacks), dejando al respetable de piedra. Se trata ni más ni menos que:¡ELLA ES MEJICANA! ¡Oh, Dios mío! ¡Con la pinta de tener certificado de origen de ser descendiente de los peregrinos del Mayflower que tiene!
Resumiendo, que aún está pendiente una película sobre los crímenes de Juarez.
EL PRIMO CUTRE DE SUPERLÓPEZ
“Supersonic man” es, básicamente, un refrito inclasificable del “Superman” de Donner, con salpicaduras de “Star Wars” (también estábamos en plena época) y de “Plan 9 from outer space”, aunque este último homenaje es menos intencionado. De disfrute perverso, esta pavorosa obra magna de la caspa hispana, hito indiscutible, alberga tantos detalles, tantas sutilezas para paladares refinados, que temo ocupar toda la página del navegador sólo con este post. Gocemos, púberes padawanes:
- La primera escena promete: en una nave espacial vemos a un tipo al que llaman Kronos, en bañador “Speedo” de los chinos, como si fuera un chulazo cani tomando rayos uva. Está en animación suspendida, pero una potente voz le dice que la Tierra está en peligro y le da superpoderes (luego los detallaremos, que no tienen desperdicio). El tío se larga volando, literalmente, hacia la tierra, con su supertraje entalladito y listo para salir de parranda. En esa escena, precisamente, nos encontramos con el primer superpoder característico de Supersonic: cada vez que vuela, invariablemente suena la infame canción de ahí arriba, un ritmo discotequero infumable que te hace pensar que en cualquier momento va a aparecer Nacho Dogan.
- Luego vemos que el tal Kronos, en un plis, se ha transformado en un hombre normal y corriente llamado Paul, con casa, tele (¡con mando a distancia! ¡1979!), pantalones campana, bigotón y trabajo fijo (en concreto, investigador privado). El artistazo que lo interpreta es un tal Antonio Cantafora, cuya aspecto se acerca más al de actor porno setentero que al de un superhéroe. De ahí que cuando se convierte en Supersonic sea sustituido por un mastuerzo llamado Richard Yesteran, quien sospecho que procedía del teatro experimental, a juzgar por las poses y movimientos absurdos que realiza enfundado en el cutre-traje (un peacho pijama con capucha y capa llenitas de purpurina). Un adelantado a su tiempo. ¿Cómo se convierte Paul a Supersonic? Diciéndole a su reloj-calculadora del “Todo a 0'60” de la esquina: “que la fuerza de las galaxias sea conmigo”. No, a mí tampoco me suena de nada.
- Narrativamente, “Supersonic man” es un clarividente y perspicaz homenaje al Deus ex machina: todo, absolutamente TODO, ocurre porque sí. La máxima expresión de ello-oyes son los superpowers del gachó. ¿Hay que levantar un tractor marca ACME (ver foto allá arriba)? Toma superfuerza (por cierto, el tractor está parado en mitad de una carretera. ¿El campesino estaba apretado de vientre y tuvo que pararse allí mismo? ¡Deus ex machina!). ¿Que hay unas cámaras que me vigilan de manera harto incómoda mientras busco... no sé qué coño busco... pues las hago desaparecer con un grácil ademán; por lo visto en el resto del film, no puede hacer desaparecer nada más. ¿Que unos malosos pretenden freírte a balazos? Convierto las pistolas en plátanos. Parece que las ametralladoras le dan más problemas, quizás porque no encontraron ninguna fruta que se le parezca. ¡Deus ex machina! Me imagino al tipo que le dio los superpoderes, chequeando: "veamos... superfuerza, correcto; capacidad de vuelo, OK; desaparición de cámaras de vigilancia, sí: platanización de pistolas, correcto... Cojonudo, ya estás listo. Venga, dale p'a la Tierra, que ya es tarde."
- Estilísticamente, la película es una abrumadora catarata de hallazgos estéticos, desde la querencia de Juan P. Simón por el neón rojo a los ralentís festivamente gratuitos de la pelea en el bar, pasando por los cambios de formato (lo juro). Pero lo mejor son los F/X. Mejor dicho, los efeequis. Los disparos láser dibujados sobre el celuloide con Plastidecor amarillo, los helicópteros de Famobil, los fondos del espacio dibujados por un niño de parvulario, el madelman que utilizan para los maravillosos efectos de vuelo (hay una escena, por cierto, en la que vuela con una botella de champan y un abridor. Lo juro again) de nuestro héroe... Eso sí, para demostrar que no reparan en gastos, a la que pueden cuelan una explosión: como todos sabéis, si un coche se pasa de frenada, o un barco se hunde, la reacción biofísica lógica es la detonación inmediata. La joya de la corona, sin embargo, es el robot del villano, un indisimulado homenaje al Robby de “Planeta prohibido”, fabricado con las cacerolas sobrantes de la vajilla de la abuela y un par de Zippos que hacían las veces de lanzallamas. De aspecto tan amenazador como el de una muñeca de Famosa, tiene además una movilidad similar: su velocidad es de unos 3 metros y medio por hora.
- Poca broma: la película está hecha en inglés, y en Niu Llorc. No, en New York no. Hay un par de escenas en una calle llena de puticlubs americanos en los que se puede leer "Pussy", y vemos a Supersonic volando (es un decir) sobre una diapositiva de New York. Pero no es New York.
- El villano es digno de tamaña obra maestra. Un “mad doctor” que atiende al nombre de Dr. Gulik (Cameron Mitchell), cuyo plan es secuestrar a un científico, para luego intentar secuestrar a su hija, para así obligarle a... nada, porque ya tiene todas las armas para destruir el mundo. Así pues, la única utilidad del científico (Jose María Caffarel) es darle conversación al maloso, y que este le insulte con gracejo y donosura -“No hay peor tonto que un tonto ciego. Idiota. (pausa para trago de orujo). Idiota”-, y le suelte unas citas de Julio César y Chespir, porque es muy culto. Mitchell interpreta al doctor con la habitual ración de carcajadas bwa-ha-ha, añadiéndole un inquietante tic (se toca la nariz continuamente), que hace pensar en que, efectivamente, la cocaína era la única manera de enfocar tamaño personaje.
Me dejo un trillón de cosas en el tintero, pero es tarde y es largo (el post). A pesar de todo lo dicho, el truñometraje se vendió fuera de España, tuvo un moderado éxito que provocó que hasta se hicieran cómics sobre ella (aún más infectos que la película), y reconózcolo, de pequeño a mí me gustaba más que “Superman”. Por Dios, convertía las pistolas en plátanos. Iguala eso, jodido paleto de Smallville.
MONDO CANI
Paseaba Mi Majestad por una amplia avenida barcelonesa, absorto en la sempiterna profundidad existencial de sus reflexiones (uséase, pensando en las musarañas), cuando mi antena parabólica cinéfila, siempre al tanto, recibió una conversación que se mantenía unos pasos detrás mío. Era un grupo de chavales/as de unos 15-16 años, disfrazados con chándales tres tallas superiores a las aconsejables, tangas de hilo, pelados cenicero y pendientes que parecen aros de gimnasia rítmica, que comentaban, en su lenguaje propio -similar al castellano, pero restringido a unas 150 palabras, más o menos-, su lamentable experiencia en unas multisalas en las que, debido al espartano empeño de uno de sus amigos (ausente del grupo en aquel momento, imagino que pagando la purga correspondiente), habían tenido que tragarse entera “Pequeña Miss Sunshine”, ese bodrio, en lugar de “Yo soy la Juani”, que “esa sí que mola ketekagas”. A ese público en concreto (básicamente, el mismo que lee la revista “Maxi Tuning”) iba dirigido el, hasta ahora, último largometraje de Bigas Luna, aunque no estoy seguro de que esa fuera su intención. Bigas, un director con fieles seguidores que a mí, personalmente, nunca me ha llegado, se hizo mayor con esta película, dicho en el peor sentido de la palabra. El “animus provocandi” de su primera etapa (desde “Bilbao” hasta “Huevos de oro” pasando por “Angustia” y, quizás su film más popular, aunque sea por sus descubrimientos de casting: “Jamón, jamón”) encontraba poso con naturalidad, no exenta de cierta poesía de la vulgaridad y del españolismo rancio y mal cauterizado, que en aquella época sonaba a moderno, quizás porque, en realidad, todo vuelve. Con el hedor de un bodrio llamado “Bámbola” llegó al punto más bajo de su filmografía; cuando poca gente esperaba ya algo de él, Bigas sorprendió con un largometraje destinado a retratar los sueños y costumbres de una tribu suburbana muy característica. “Yo soy la Juani” no es su peor película (“Bámbola” es insuperable), pero sí la más plana, la más edulcorada, la más desganada y, para el que esto escribe (que no soy yo, sino el “negro” al que tengo contratado para las vacaciones) la más irritante.El gran inconveniente de “Yo soy la Juani” es que es un canto de respeto a un personaje por el que, en realidad, no se muestra dicho respeto. El viaje emancipador de Juani (una estupenda, por otra parte, Verónica Echegui, a pesar de ser una trampa de casting) hacia su sueño es extraordinariamente hueco, descafeinado, anodino; no hay drama ni apenas conflicto, sólo superficialidad; sólo el padre de la Juani muestra desgarros verdaderos, y supongo que por eso tiene muy poco papel. Es Bigas diciendo “chicos, esto es lo que hay, pero que conste que yo a la Juani la quiero mucho”, con lo cual el paso evolutivo de la protagonista nos importa un carajo, y uno acaba regocijándose con los aspectos más lúdicos e involuntariamente humorísticos del filme, porque no da para más. Vamos con los highlights:
-Los créditos del film se muestran al principio, como temerosos de que el público no vaya a quedarse hasta el final. Se entremezclan con imágenes del acto social seminal de los canis: presentación al público de coche tuneado hasta las tuercas, con jamonorra en pantalón minúsculo, y nunca mejor empleada la palabra, meneando el bullarengue. Efectivamente, esta es una película feminista. Mientras, el pesao de Haze canta (perdón por el eufemismo) “Gasolina, sangre y fuego”, y uno desea que el primer y el tercer elemento se mezclen allí mismo y acaben con mi sufrimiento.
-Vuelven los noventa: oímos a Chimo Bayo y vemos a jóvenes bailando breakdance. Sólo me falta ver muñequitos “toi” (“toi fumao, toi triste”) y que vuelvan los New Kids On The Block. Espera...
-“Me vi a hacer un supermoldeao de la hostia”. La Vane, 21/05/2006. Sin embargo, el moldeao se lo acaba haciendo la Juani, que cuando sale de la peluquería presenta un inquietante parecido con el cantante de Spandau Ballet en su buena época mullet.
-El gran sueño de la Juani es ser actriz, razón por la cual se va a Madrid. El gran sueño de la Vane es operarse las tetas (el de cualquiera, vamos. Yo estoy ahorrando), cosa que consigue en un brevísimo espacio de tiempo. La pregunta obligada es: ¿cómo consigue tan rápido el dinero? Como no se haya puesto a trabajar de comercial (de su cuerpo)... Bigas, creo que hay algo que no nos enseñaste.
-La escena del productor. Es tan absurda como coherente con el tono del relato, absolutamente inane. Uséase, que la invita a su despacho, ordena que no pasen llamadas, la repasa con la mirada, la sienta a su lado, le pone música “relajante” mientras le habla de las posibilidades de posar para un calendario. Y SE DUERME. Esto es tan verosímil como una adaptación zarzuela-rock del “Ulises” de Joyce dirigida por Uwe Boll.
-El Jonah merece un amplio apartado propio. El novio de la Juani es un auténtico descerebrado sin más luces que las de su coche, con la capacidad intelectual de un escobero, e incapaz de ver más allá de las suspensiones de su carro tuneao y de pasarse la siguiente pantalla del GTA4. En definitiva, un cigoto mental a la altura cerebral del mono Amedio, con lo que la elección de Dani Martín para el papel es perfecta. Todas sus apariciones son estelares, pero yo destacaría su capacidad resolutiva cuando la Juani le encuentra en el garaje con el putón verbenero de turno, en un típico momento “cariño-esto-no-es-lo-que-parece”; el Jonah, en un alarde de recursos y solvencia, comienza un sofisticado ritual de reconciliación basado en el formulismo “¡que te quiero hostias/coño/joder!” (es fundamental repetirlo varias veces, alternando el vocativo final). Inexplicablemente, la sutilísima estrategia no acaba de funcionar del todo. Esta Juani, que tiene una maceta por corazón...
Que conste que por cuestiones de espacio me dejo la “innovación” cinematográfica de Bigas consistente en escribir a toda pantalla los mensajes SMS que se cruzan los novios (k tl hoy n pdo slr t kro xxx) (¿alguien sabe de un bazooka que esté bien de precio?), o las versadas conversaciones sobre “tiempo recomendado para realizar primera felación a compañero sentimental”. Con todo, lo peor de “Yo soy la Juani” es que recaudó más de dos millones de euros, con lo que Bigas Luna se ha visto autorizado moralmente para hacer realidad el vergonzante clip final de la película. Parece que en septiembre se inicia el rodaje de “La Juani en Hollywood”, que, sinceramente, a mí me suena a “Torrente en Nueva York”.
CAMPO DE BATALLA: EL ESTERCOLERO
Hace un par de días se han entregado los premios más prestigiosos del mundo del cine, esos que todo profesional del ramo, secretamente, en sus fantasías más húmedas, sueña con ganar alguna vez. Por supuesto, como todos estabais imaginando, me refiero a los Golden Rapsberry Awards, más conocidos entre los colegas como Razzies. ¿Cómo? ¿Oscar? ¿Esa no es una película de Sylvester Stallone? No sé de qué me habla, señora. Bien, como todos mis jóvenes padawanes saben, este año los premios se han plegado a la brutal (y poco imaginativa, hay que decir) dictadura de “Norbit” y “I know who killed me”, la película de Lindsay “me meto por la nariz hasta la sacarina del descafeinado” Lohan. Estos galardones se otorgaron por primera vez en 1980, con ilustres y variopintos premiados como Brooke Shields, Neil Diamond, Laurence Olivier o Ronald Reagan. En 2005, al cumplirse los primeros 25 años de Razzies, decidieron conceder uno especial a la peor película de este primer cuarto de siglo de vida de los premios. El filme agasajado con semejante honor fue “Campo de batalla: la Tierra”, el purulento y descacharrante ñordo que el bueno de John Travolta tuvo la brillante idea (seguramente en estado de coma etílico, si no no se entiende) de producir. Basada en un libro del gurú de la Cienciología L. Ron Hubbard, es la prueba palpable de que Travolta era un infiltrado ortodoxo o algo así, y que su verdadero objetivo era cargarse la secta desde dentro. Otra explicación no le encuentro. “Campo de batalla: la Tierra” es un despropósito kitsch de alta alcurnia humorística, cuyos lamentables diálogos, psicotrópico diseño de producción y descerrajado argumento (no pienso explicarlo, hay que verlo para creerlo; sólo adelanto que el grupo de los humanos oprimidos, en un momento del filme, se encuentran, por casualidad y en un breve espacio de tiempo, un montón de lingotes de auténtico oro de Fort Knox, un SIMULADOR DE VUELO y una BOMBA TERMONUCLEAR. Yo el otro día me encontré una moneda de dos euros) merecen una revisión cinéfila inmediata desde la sección “Ed Wood” hoy y ahora. Todavía, si tenéis un buen videoclub cerca, podéis disfrutar de esta entrañable boñiga perpetrada por un tal Roger Christian, a quien, con un excelente criterio, la industria le sigue permitiendo hacer películas: hay que darle alas al talento. Como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes:- Dato fundamental: el título original de la película es “Battlefield earth: a saga of the year 3000”. Efectivamente, pretendía ser una saga (de ahí el final abierto); de hecho, adapta sólo la primera parte del libro. No entiendo a qué esperan a rodar la segunda, con Dennis Hopper, Kevin Sorbo, Michael Paré y Bob Saget, por ejemplo.
- Como toda buena obra maestra, “Campo de batalla: la tierra” no reniega de sus referentes, aunque quizás no sean los que ellos pretendan. Así, aunque se pueden adivinar patizambos intentos de “homenajear” a films como “Star Wars” (el texto explicativo de inicio), “Blade runner” o “El planeta de los simios”, las influencias reales se acercan más a maravillas como “Fortaleza infernal”, “Escape de Absolom” o “Ator 2”.
- “¿Pero qué coñios hago yo aquí?”: eso se debieron preguntar gente como Forest Whitaker (en el discurso del Oscar del año pasado se le olvidó dedicárselo a Travolta... vaya marronazo...) o Barry Pepper, buenos actores que se notan más perdidos que Britney Spears en una biblioteca. Por “fortuna”, salvan su dignidad el maquillaje y el vestuario. Pepper parece salido de una mezcla entre “Mad Max: la cúpula del trueno” y “Pippi Calzaslargas” (ver foto), y sus intentos de expresar liderazgo carismático son infructuosos: como diría Joey en “Friends”, pone cara de dividir mentalmente 32547 entre 724; el personaje de Whitaker, aparte de sus pintas, es impagable de puro idiota, como ejemplifica esta perla que suelta después de que Terl (Travolta), el maloso de la peli, le diga que le ha grabado en video sin él saberlo: “pero usted me dijo que las cámaras de video eran para grabar a todo el mundo menos a mí”. ¿No le dijo algo así Pedro J. a Exuperancia?
- La dirección del tal Christian es de traca, y es sólo justificable desde la politoxicomanía. Casi toda la película está rodada en planos inclinados, vaya usted a saber por qué. La fotografía es caprichosa (el color dominante pasa de verde a azul en algunos momentos, sin motivo alguno), el slow-motion campa a sus anchas de manera majestuosamente gratuita, la banda sonora produce irritaciones en el tímpano (¡esos coros!) y el maquillaje es... es... no tengo palabras. Necesitaría otro post entero para describir con el merecido detalle esos respiradores en forma de moco colgante, esos alienígenas que parecen malformaciones de la Bruja Avería, esas dentaduras piorreicas, esas extremidades peludas y purulentas, esas mujeres alopécicas, ese bareto chungo del planeta Psychlo...
- Los diálogos de “Campo de batalla: la Tierra” convierten las conversaciones entre Espinete y Chema el panadero en las “Cartas a Sartre” de Simone de Beauvoir. Para no deslumbrar demasiado al lector, me quedaré con dos líneas de diálogo, una de tono épico (“¡Si saltas no vivirás! ¡Si saltas no vivirás! ¡Johnny, si saltas no vivirás!”), y la otra de arrebatado corte lírico erótico-festivo (“voy a hacerte más feliz que a un bebé psychlo con una dieta de kerbango”). No lloréis.
- John Travolta. A partir de este glorioso papel mereció el calificativo de tito John. Su Terl, jefe de seguridad del planeta Psychlo en la Tierra, es un doctor Maligno en cutre, con risitas bwa-ha-ha cada tres palabras y coeficiente intelectual de cero coma (ojo a la escena en la que deduce que a los hombres les gusta comer ratas, no tiene desperdicio). Ni “Pulp fiction” ni Tarantino ni leches: su gran performance de retorno, sin duda, fue esta obra maestra.
En definitiva, insisto en recomendar ardorosamente (cual acidez de estómago) este film de rancio (y nunca mejor dicho) abolengo; eso sí, son imperantes el sentido del humor enhiesto e ingentes cantidades de alcohol; en caso contrario, el visionado de este truño puede resultar tan perturbador como una sonda anal. Avisados estáis.
P.D.: por favor, échenle un atento ojo a la foto de apertura del post. ¿No notan cierta sobreprotección en los pantalones de Travolta y Whitaker? ¿Es una deformidad alienígena, o es que se alegraban de verse?
MISIÓN INSUFRIBLE
Con la perspicacia que me caracteriza, he podido apercibirme que en los últimos días ha habido cierta concentración de protagonismo en la figura de Tom Holmes durante mis posts y comentarios subsiguientes. Siendo Tommy el sonrisas una de mis fobias cinéfilas personales, y en perfecta armonía con mi necesidad de provocar sibilinamente, declaro noviembre como mes oficial de tito Tom a posteriori, y lo remato con una nueva entrega de la sección “Ed Wood”, ese saco de boxeo virtual en el que puedo descargar mis frustraciones y mi adrenalina mal curada. Hablaremos de “Misión Imposible 2” (sí, otra secuela), ese engendro fílmico en el que el único mensaje que se nos transmite es “I love Tom porque Tom=Dios”. Una hagiografía descomunal al servicio de la medio melena de tito Cruise que confirmó el anquilosamiento del otrora gurú de la acción oriental John Woo, quien, una vez aterrizado en la tierra de los sueños, decidió que iba a repetir hasta la náusea los mismos recursos estilísticos una y otra vez. La comparación con la eficaz y solvente “Misión imposible” de Brian De Palma produce dermatitis, gonorrea y malestar general. Sólo se salva la escena del hipódromo, bien desarrollada y resuelta, y la belleza de Thandie Newton (de ahí que cuando su personaje se pone más interesante, la desplacen a patadas de la narración: Tom es el amo, ¿o no te habías enterado, gatita?). Por lo demás... Dentro video.- La escena de inicio de la escalada. Muy maja y efectista, pero, la canción que la acompaña... ¿“Iko-Iko”? ¿Era yo el único que pensaba que en la cima de la montaña le esperaría Dustin Hoffman contando cerillas?
- Lo hemos dicho muchas veces: cuanto mejor el villano, mejor la película. Cagadalahemos. Dougray Scott (el careto que pone cuando la Newton se está cambiando de ropa es para encarcelarlo) y sus secuaces se adhieren, merecidamente, al mausoleo de malos-moñaza que, hoy en día, encabeza el Timothy Olyphant de “La Jungla 4.0”. Lo único destacable que aporta es la tirria que expresa hacia la sonrisita displicente de tito Tom. En eso estamos contigo, Doug.
- Sevilla tiene un coló especial. Sobre todo si lo pinta John Woo. Como todos sabemos, la capital andaluza se distingue por sus falleras, la quema de ángeles, sus pañuelos de San Fermín, sus bailaores de samba y sus cochazos de último modelo con matrícula de Madrid de hace 10 años (lo juro). Seguro que todo lo sacó del Centro de Documentación “George W. Bush”.
- El coito automovilístico. No lo digo yo, lo dijo el propio Woo. Esta verosímil escena pretendía simular un fogoso apareamiento entre los protagonistas. Hubiera sido más resultón si los coches se hubiesen convertido en Transformers y hubieran realizado la postura del perrito. ¿Para cuándo una actualización del Kamasutra que incluya esta variante?
- “M:I:2” es una película profundamente feminista. Ejemplo 1: - “¿Mentir a un hombre y acostarse con él? Es una mujer, tiene el entrenamiento necesario” (Anthony Hopkins, que pasaba por allí). Ejemplo 2: - “Las mujeres son como los monos: no sueltan una rama hasta que tienen agarrada la siguiente” (Dougray Scott, haciendo voto de castidad). Seguro que Cristina Almeida lloró de la emoción.
- La fotocopia y abuso de recursos del guión de la primera parte resulta grotesca. Otra entrada imposible en edificio hipervigilado, el “mortadelismo” de Ethan Hunt multiplicado por siete (resulta cansino ver cada dos por tres a un tipo quitándose la máscara)... Robert Towne debió pergeñar esta bosta en una noche de coma etílico.
- Los diálogos, en general, son variopintos, elaborados y enriquecedores, pero la palma se la lleva este: -“Tú estás muerto.” -“Muerto, desde luego. Pero la muerte es algo extremo”. Efectivamente, la muerte es algo extremo. Como el snowboard.
- La relación entre Ethan y Nya (la Newton) está dibujada al más sutil estilo Leo McCarey. Se conocen, en cinco minutos deciden que están hechos el uno para el otro y discuten como si fuesen un matrimonio. Pero cuando Nya se inyecta el virus letal, ¿qué es lo primero que hace Ethan? ¿Gritar de dolor por su posible pérdida, acudir a su regazo, jurarle amor eterno? No. Ethan es un HOMBRE: mira el reloj y ENCIENDE UN CRONÓMETRO. “Mi chica se está muriendo. ¿La hora de mi Viceroy (no soy lo que tengo) coincidirá con la del Teletexto de Antena 3?” Luego, además, después de cargarse a diecisiete tíos y dar saltos-cirquedusoleil de veintitrés metros, dice que no puede sacar a la chica del edificio (¿y por qué no puede? Pues porque no. Lo dice Tom y punto pelota) y que, en todo caso, “ya volveré a por ti”. Uséase, que se va a por tabaco.
-Las PUTAS PALOMAS. John Woo sufre de colombofilia aguda. En cada película suya han de salir unas bonitas palomas volando alrededor del héroe, y si puede ser entre llamas mucho mejor. Cómo se nota que a él no se le cagan en la ventana.
- Después de una persecución que finaliza con un duelo motociclístico (la escena siempre soñada por los Johnnys de turno que quieren impresionar a la Yeny con su Scooter tuneada) lamentable, Ethan Hunt y Sean Ambrose acaban, como es costumbre en este tipo de películas, a tollinas (es curioso: por muy tecnofílico que sea el film, por sofisticadas que sean las armas, siempre acaban a leches). La pelea es penosa, mal coreografiada, y Tom bordea el patetismo al intentar parecerse a Jackie Chan, gritos incluidos, y pasándose las leyes de la gravedad por el flequillo. Y cuando parece que ha finalizado la reyerta...
- ... Ethan se confía y permite que Ambrose le encañone por detrás, sin aparente capacidad de reacción. ¿Cuál es el mejor recurso posible si soy Tom Cruise? Sencillo: aprieto X + L1 + botón analógico derecho, y hago una virguería tipo FIFA2008 (de la Playstation 3 que me acaba de regalar mi Katie) para que la pistola que estaba enterrada en la arena acabe en mi mano en 3,6 microsegundos, y así acribillar a mi rival en un sencillo plongeon.
Alice la Directrice volverá a tocarme la cresta por lo kilométrico del post, pero valía la pena cerrar el mes con esta patada a la entrepierna del cinéfilo menos exigente. “M:I:2” recaudó chorrocientos millones, pero ofreció la peor versión de lo que significa ser Tom Cruise. Eso sí, el último tercio del film sigue provocándome irrefrenables carcajadas. Así que, con cariño y sin acritud: gracias, tito Tom.


















