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RATAS



“Tú sabes quién soy”.

Esa frase, en boca de Billy Costigan (Leo DiCaprio), ya en los estertores finales de la película, define al punto (de cocción) a su personaje y, en parte, al extraordinario thriller “The departed” (“Infiltrados” en España, pero voy a referirme a ella por su título original, puesto que este no me gusta nada: parece el título de una de John Woo), la penúltima aportación al cine del maestro Scorsese. Sí, con este van ya tres posts dedicados al cejijunto director neoyorquino en este nuestro blog. Así que si no os gusta Marty ya podéis ir saliendo por esa puerta de ahí atrás: a vosotros os gusta el macramé, el cricket, el punto de cruz, la apicultura, la oceanografía, el bobsleigh o la etnobotánica. El cine no. Porque Scorsese, amigos, es cine en estado puro, tridimensional, aconfesional y adrenalínico (con lo cual mantengo mi teoría de que en “Kundun” fue secuestrado y torturado a golpe de Tranquimazín por Theo Angelopoulos). Sus filmes pueden ser mejores o peores, pero su estilo avasallador se mantiene firme, al margen de modas y de géneros (“After hours” es una comedia DE Scorsese, “La edad de la inocencia” es un melodrama de época DE Scorsese), tan moderno y latente como el primer día. El paso del tiempo y la perspectiva crítica darán a “The departed” el lugar que merezca en el inventario de filmes de Marty. No sé si llega a la altura de “Uno de los nuestros”, recientemente comentada aquí abajo por Alice la Directrice, e incluso me siento en posición de asegurar que no tiene el calado en profundidad ni la ambición elefantiásica de “Gangs of New York”; pero probablemente sea el film más redondo en varios años del genio de Queens. Y lo consigue pergeñando un simple (pongan comillas hasta salirse de la página) thriller de acción y suspense, sin intención de contar una Gran Historia (sea de chorizos de clase media, de una ascensión + caída a los infiernos, o del origen ensangrentado de una gran ciudad); tan solo quiere entretenernos y mantenernos pegados a la butaca (uséase, cine-Logtite). Lo consigue, jóvenes padawanes, vaya si lo consigue.

Película-remake de “Internal affairs”, un film hong-konés de 2002 que algunos dicen que es un referente del cine de suspense oriental (yo no lo he visto, lo cual, a la hora de enjuiciar “The departed” pienso que es una ventaja: se acaba de estrenar y ya estoy exhausto de leer comparaciones) (y para aquellos que gustan de este tipo de cine, ahí va ese gancho de izquierda: “Memories of murder” es un ladrillo con aluminosis), el film de Scorsese es el relato de un infiltrado de la policía en una banda de traficantes asesinos cuyo máximo riesgo se encuentra en que... esa banda tiene un infiltrado en la propia policía (en inglés a este tipo chivatos se les llama específicamente “rats”, de ahí la continua referencia a las ratas en el film; y de ahí el plano final...). Desde el principio del film, agilísimo como no podía ser de otra manera, observamos cómo la vida del primero (Billy Costigan, un entonado Leo) se va embruteciendo progresivamente, a medida que se acerca al objetivo de ser de confianza para el jefe de la banda (y perdiendo su propia identidad); en cambio, la de su némesis (Colin Sullivan, un Matt Damon a rebufo de Tom Ripley) es un ascenso imparable hacia el Gran Sueño Americano: sueldazo, carisma, casa, esposa-maciza-rubia-con-carrera y niños. Esto condicionará, y de qué manera, sus posicionamientos al final de la historia, y algunas decisiones clave. En general, la primera media hora del film es de presentación de situación y personajes, y de un desarrollo firme pero pausado de la narración. Podría decirse que es de notable, porque tío Martin tira del baúl de recursos para forjar una narración espléndidamente fluida, sin altibajos y sin presentar problemas de comprensión: los juegos de espejos son tan sencillos para él como el mecanismo de un cortauñas. Diseña personajes sin demasiadas aristas, con excepción de Costigan (del cual se molesta en mostrarnos sus temores, en particular el de perder su identidad, y me remito a la frase de inicio de post), como los que interpretan con solvencia Martin Sheen o Alec Baldwin (mención especial para Mark Wahlberg, que hubiese bordado su malhablado, cachondón y chulesco sargento si no fuera por su empeño en ponerse con los brazos en jarra), aunque con la fuerza suficiente como para no manifestarse como marionetas parlantes. La última hora del film se puede situar casi a la altura de “Goodfellas”, si no fuera porque nos sorprende menos. La tensión crece en progresión aritmética, al mismo ritmo que las vueltas de tuerca de la narración, los cadáveres y los litros de sangre derramados en cada asesinato, sin solución de continuidad, en un popurrí de violencia y corrupción que apenas encuentra un tiempo muerto en una conversación entre Billy y la psiquiatra Madolyn (Vera Farmiga, formando parte de un triángulo amoroso cogido por pelos que es de lo más endeble de la cinta). Confieso que los títulos de crédito me sorprendieron agarrado a la butaca. Con las dos manos.

Uno de los puntos de desencuentro de la crítica ha sido, como no podía ser de otra manera, JACK. Que si histriónico, que si pasado de rosca, que si ni Marty puede con él... Otros creen que es su mejor papel en varios años. En mi opinión (la única que vale) (con humildad, eso sí), es un papel que sabe manufacturar con la gorra y que, fuera de algún exceso gestual marca de fábrica, está excelente: tan carismático como sanguinario, tan hortera (esa pasión por las rayas de leopardo...) como bastardo, tan desalmado como decadente.

Y además, ¿qué esperaban? Es JACK. Y punto.
 
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