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SINFONÍA EN EL PALACIO DE HIELO



¿Qué piensa la gente, en general, del cine francés? No hablo de la Insigne Comunidad Cinéfila, esa a la que pertenecemos unos cuantos de los que participamos y leemos en este blog, y que nos permite observar a la ignorante plebe por encima de nuestro gafapastoso hombro. Me refiero, precisamente, a ese vulgo. Preguntadle a alguno de esos amigos que sólo van al cine para ver el blockbuster de turno qué opina del cine que hacen nuestros adorables vecinos. Muy probablemente utilizarán adjetivos y expresiones como “lentas”, “nunca pasa nada”, “las francesas están muy buenas”, “aburridas”, “se me hacen larguísimas”, “no tienen argumento”, “son muy raras”, “esos gabachos de m...”, etc. Puesto que me apetece provocarles un poquito, vamos a hablar de una película que cumple con muchos de esos requisitos. O no.

Un corazón en invierno” es una película de 1992 dirigida por Claude Sautet e interpretada extraordinariamente por Daniel Auteuil y Emmanuelle Béart, en la que el ya casi setentón, en aquella época, director francés da una lección magistral de cómo transmitir emociones, sentimientos, luces y sombras a través de nimios detalles y miradas. La historia casi minimalista (“no tienen argumento”) de un minusválido sentimental, Stephane, incapaz de reconocer un mínimo sentimiento por algo o alguien que no sea la música. El film se inicia con unos primeros cinco minutos en los que una voz en off, la de Stephane, explica la rutina habitual de su trabajo (restaurador de instrumentos musicales) y su relación con su jefe Maxime (un adecuadísimo André Dussollier), un tipo seguro de sí mismo, triunfador, elegante, al cual Stephane admira. Incluso le deja ganar en sus amistosos partidos de squash, cautivado por la competitividad de su compañero. Luego de esos cinco minutos, deja de haber voz en off y se pasa a la historia en sí: Sautet se pasa por el forro de sus vergüenzas los estándares narrativos (“son muy raras”) y, como es un maestro venerable, la voz en off la pone donde a él le va bien, y punto-pelota-de-basket-tamaño-gasol. Entra en liza el desencadenante del melodrama, Camille, la nueva novia de Maxime, una hermosísima (“las francesas están muy buenas”) violinista que hechiza a nuestro hierático Stephane... aunque no nos da ni una sola pista de ello. A partir de aquí, la historia es extremadamente simple (“nunca pasa nada”): hay un sutil flirteo entre los dos, Stephane no se atreve a mostrar sus sentimientos y rechaza a Camille, Maxime se da cuenta pero se comporta con la elegancia que le caracteriza, y al final... las vidas de todos se agitan y se resitúan. Hasta aquí el argumento del film. Hay muy poco más. Excepto.

Excepto que hay mucho más. Sautet da un curso acelerado de cómo se construye una película de personajes (“aburrida”). Podríamos enumerar la catarata de miradas, gestos, silencios y minúsculos detalles que expresan todos los sentimientos, dudas y contradicciones de dichos personajes. En particular de uno: Stephane. El título y el leit motiv del filme están dedicados a él. Un tipo más que introvertido, estoico; ha resistido durante su vida los envites de esas debilidades llamadas emociones (ojo a la manera que tiene de definir sus relaciones con las personas, en sus distintas conversaciones: Stephane las “aprecia”, “se entiende” con ellas, “se complementa” con ellas. Llega a negar una amistad con Maxime... Encima que te da trabajo y te deja perder al squash, desagradecido...). Alguien que reafirma su convencimiento de la inutilidad del amor cada vez que ve a su antiguo profesor peleándose con su mujer de continuo. Que sólo se permite emocionarse con la música porque la música, dice, “es un sueño”. Alguien que, de repente, ve trastocados sus esquemas por una mujer, aunque jamás permitirá que nadie lo perciba. Claro que Maxime es lo suficientemente inteligente para darse cuenta de lo que pasa, atando un par de cabos. Daniel Auteuil no mueve un músculo de su cara en toda la película (Edward James Olmos fue descartado en el casting por histriónico), ni falta que le hace: los diálogos transmiten perfectamente su sociopatía. La gran ganadora es, sin embargo, la que luego fue su mujer durante dos años (suertudo), Emmanuelle Béart. La colección de exiguas miradas de la actriz francesa durante esta película es asombrosa, la mayoría coqueteando o retando a Stephane; así como la escena en la que Camille revienta y le monta un número como Dios manda en el restaurante (tacos e invectivas incluidos, las buenas maneras y la contención al carajo, y nunca mejor dicho). Finalmente el infeliz restaurador iniciará un cambio de ruta profesional, pero no sentimental: la última escena, con Stephan solo en la cafetería, es definitiva.

Bueno, lo de “gabachos de m...” no sé dónde encajarlo... pero estoy seguro de que cualquier francófobo que me esté leyendo sabrá dónde aplicarla. Au revoir.

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