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VOTA ROBERTS. COMPRA SU DISCO.



Bob Roberts” (sabe Dios por qué en España le añadieron lo de “Ciudadano…”. ¿Alguien pudiera/pudiese explicarme qué es lo que cambia ese añadido? ¿Que tengamos claro que pertenece a una ciudad? Si es que me provocan…), la primera película como director de Tim Robbins, es del año 1992. Han pasado, pues, 14 años. Vista hoy de nuevo, resulta tan actual que asusta. Realizada al albor de la Guerra de Irak versión 1.0, y justo cuando acaban de elegir a Bill Clinton presidente de los Estados Unidos de etcétera, Tim Robbins se desmelena con un excepcional falso documental sobre el personaje público llamado Bob Roberts. Un cantante de folk, rico, famoso, católico hiperpracticante, conservador (más que conservador, frigorífico), derechón como él solo, vamos, que, con el apoyo económico de un poderoso lobby que nunca llega a asomar el hocico, y su fortuna personal, decide presentarse a las elecciones a senador por Pensilvania, contra el actual poseedor del escaño y máximo favorito, Brickley Paiste (muy bien interpretado por Gore Vidal, en una decisión de casting muy significativa; de hecho, Gore Vidal improvisó la mayoría de sus diálogos); un político a la antigua, algo idealista, que poco a poco se ve desbordado por las maniobras de Bob Roberts y su equipo. Empezando por colgarle, así como quien no quiere la cosa, un asuntillo con una menor a través de una oportuna foto fuera de contexto. Hay que decir, sin más dilación, que la realización de Robbins es excepcional. El aire, como hemos dicho, semidocumental, que no abandona en ningún momento, con nerviosas cámaras en mano siguiendo la enfebrecida campaña del candidato folk (¿alguien se imagina al Fary presentándose a presidente de España-nación-de-naciones-oasí? Pues eso), es ideal. Por otra parte, se luce extraordinariamente en escenas como la de la canción que toca en silla de ruedas delante de un amplio grupo de gente, trasladando la cámara a través el recinto con limpieza y acabando, discretamente, en un pie con “exceso” de ritmo de Roberts que aclara muchas cosas…. O los videoclips de Roberts que van salpicando el documental; el mejor, sin duda, el del “Wall Street rap”, en el que fusila, literalmente, el de “Subterranean homesick blues” (sí, ese en el que Bob Dylan va tirando carteles con frases de la canción escritas). De hecho, el título del supuesto segundo álbum de Bob Roberts es “The Times are Changing´Back”; y el del primero es “The freewheelin´ Bob Roberts” en respuesta a un álbum del cantautor llamado “The freewheelin´ Bob Dylan”. Vamos, que el pelanas de Dylan no es su favorito precisamente. Pero vamos a pararnos un momento en el asunto musical de la película, porque tiene su miga…

Aún no lo he dicho, pero, para los que aún no han visto la cinta, hay que señalar que Bob Roberts no sólo no abandona su carrera de cantante para presentarse a senador, sino que la potencia; de hecho, ambas trayectorias se retroalimentan. La fama del cantante le sirve al candidato para aumentar su popularidad; la cual, a su vez, le facilita vender más y más discos. Los temas fueron compuestos por Tim y David Robbins (pues claro, su hermano) , y son todos demoledores. Pero quisiera destacar “Complain”, un pegadizo tema contra las ayudas sociales (“Some people will work/ Some people will not/ But they´ll complain and complain and complain) ; “My land”, ejercicio patriotero llamado a encender millones de mecheros en los estadios; y, en particular, la brutal “What did the teacher tell you”, cantada por Roberts en un colegio de críos no mayores de diez años, en la que arremete contra los profesores rojillos que llevan a los niños por los pérfidos caminos del comunismo, el sexo fuera del matrimonio y el ateísmo… Por desgracia, Tim Robbins (con buen criterio) decidió no editar la B.S.O. con estas canciones para que no pudieran ser utilizadas fuera de contexto.

Hay varios personajes clave en esta película, que representan perfectamente su papel en la sátira pergeñada por Robbins. Quizás el que más chirría, en buena parte debido a su en exceso histriónica interpretación, es el de Alan Rickman, una especie de mano derecha-guardaespaldas de oscuro y conflictivo pasado (en cualquier caso, no más que su presente…); Rickman se pasa tanto de vueltas que parece el primo torpe del Dr. Strangelove. Casi igualmente histriónico, pero mucho más ajustado, está Giancarlo Esposito en el papel de “Bugs” Raplin, periodista de una revistilla política de tres al cuarto que persigue a Roberts con afán con el propósito de hundirle. Él SABE lo que está pasando, y, lo más importante, es el único con la independencia suficiente para contarlo. Este personaje es el uppercut de derecha de Robbins a los grandes mazacotes mediáticos yanquis. Como anédotas del reparto, destacar que aquí asistimos al primer trabajo de Jack Black, como fan enajenado del candidato Roberts, que le sigue a todas partes con expresión bovina y la misma gabardina (además de este papel, Black hizo coros en algunos de los temas). Anotemos igualmente la cantidad de cameos que hay en la película, al estilo Santiago Segura (pero con actores de verdad: nada de Gutis y Cañitas Bravas) , la mayoría interpretando a locutores de TV (y tampoco creo que sea casualidad). Ojo a la lista: James Spader, Pamela Reed, Helen Hunt, Peter Gallagher, Fisher Stevens, Fred Ward, Susan Sarandon, David Strathairn, John Cusack

El final del film es catedralicio. Roberts, a pesar de un supuesto intento de asesinato (en realidad, en parte gracias a él), gana las elecciones. El periodista Raplin es asesinado por unos fanáticos de Roberts. El conductor del documental lo cierra en el Capitolio, delante de una estatua de Thomas Jefferson, principal autor de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos y firme defensor de la democracia. Después de los créditos, una sola palabra: “VOTE”. En definitiva, Robbins dispara, no sólo contra la derecha reaccionaria americana ( a fin de cuentas, él es un izquierdista radical, no podíamos esperar otra cosa), sino contra el sistema político estadounidense, que permite la manipulación a gusto del consumidor de los resortes de dicho sistema. Y se quedó a gusto, el hombre.
 
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