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LA INDISCRETA VENTANA DE MONSIEUR HIRE



Y un día se empezó a hablar de “El marido de la peluquera”. Me refiero a nivel de periódicos, televisiones, etc. Llevaba más de un año en cartelera, y la gente seguía yendo en peregrinación gafapasta a verla en, pongamos por caso, el cine Verdi. Todo un acontecimiento que no pasó desapercibido a mis incipientes ojos de cinéfilo. Así que la cogí en vídeo (frase que dicha por un argentino tendría unas connotaciones absolutamente diferentes) , y he de decir que me gustó el aire onírico que impregnaba la cinta, ese romanticismo demodé. Claro que de aquella seguramente no sabía explicar qué leches es “un aire onírico”; mis sesudas críticas de cine se podían resumir en dos corrientes fundamentales: “ah, pues está bien”, y “qué coñazo peli”. Poco después me empecé a interesar de verdad por el cine, a reconocer a los directores de las películas, y una madrugada me dio por ver “Monsieur Hire” en la tele, al rebufo de la curiosidad despertada por el “Marido de etc”. Y me impresionó de tal manera que, aún hoy, cuando pienso en soledad y perdedores, pienso en el desdichado Monsieur Hire. Interpretado de manera catedralicia por Michel Blanc, El sr. Hire es un tipo ceñudo, hosco, bajito, feo, calvo, envuelto en miles de capas de color gris transparente. No tiene ni nombre. Para todo el mundo, también para nosotros, es, tan sólo, Monsieur Hire. Vive en una pequeña casa oscura, sin electricidad, como un ermitaño profesional. Colecciona hamsters. Cuando uno muere, lo envuelve en una tela y lo entierra con dignidad. No se relaciona con sus vecinos, de tal manera que estos no dudan en colgarle el asesinato del principio del film (la película se abre como un film noir, con un crimen y la voz en off del detective asignado al caso; enseguida nos daremos cuenta de que es una impresión en falso). Es, eso sí, un extraordinario jugador de bolos, lo que le da sus únicos momentos de popularidad en la bolera. Está enfermo de solitud (que no es lo mismo que soledad; Víctor Catalá dixit) . Sólo le quedan, por tanto, dos opciones: o se engancha a los juegos de rol y asiste regularmente a clases de élfico, o se convierte en un voyeur. Por fortuna, toma la segunda calle. Su voyeurismo no es de tipo sexual; de hecho, apaga sus necesidades de ese tipo en una casa de masajes. Es otra cosa, es la necesidad de alimentarse de las experiencias, de los pequeños momentos de la gente. Esto lo demuestra en la conversación que mantiene con Alice (Sandrinne Bonnaire) en un almuerzo, en el que él desvela que pasa las horas allá sentado, junto a la estación de tren, imaginando las vidas de los viajeros, de los transeúntes de las vías (es curiosa la melancolía que desprenden los trenes y las estaciones; parece que siempre transmiten olor a despedida…) . Este voyeurismo es el que hace que se ponga a observar a Alice por la ventana (la cual, vayapordios, está siempre abierta o sin cortina: si esto ocurriese ahora la tal Alice saldría en varios videos de una pila de páginas web de nombre “Pornoyoutube” o algo así…). Crece en él, sin embargo, otro sentimiento, expresado en la sinfonía de Brahms que invariablemente pone en su tocadiscos (sí, de aquella había tocadiscos, esclavos del iPode). ¿Amor? Es posible. También pudiera ser, sin embargo, un sentimiento de posesión desesperado, mal conjugado con el solitarismo al que Hire se ha autocondenado. El caso es que ella le descubre, y empieza a mostrar interés, a pesar de que tiene novio y se acaban de prometer. Tiene una cita, almuerzo-paseo (que acaba en… la casa de masajes que frecuenta Hire… es obvio que el tipo no sabe a dónde hay que llevar a una mujer a una cita…) .Vemos el juego a dos bandas de Alice, y creemos que está vacilando entre su novio terrenal, vulgar y con un secreto que esconder; y el extraño, enamorado y, oh sorpresa, extremadamente sensible Monsieur Hire, capaz de hacer cualquier cosa por ella. Incluso no desvelar a la policía ese secreto que sólo él conoce. A costa, incluso, de que el detective sospeche de él como autor del crimen que da inicio al film. Él cree que está enamorado, y se siente capaz de todo por ella, aún a riesgo de que Alice le esté engañando para salvar a su prometido. El final no puede ser otro que la tragedia: Monsieur Hire no puede salir triunfante de esta historia; eso sí, se permite cerrar los ojos definitivamente con la última visión de su Alice, en un precioso plano ralentizado (para que vea Tony Scott que los ralentís sirven para algo) en medio de la definitiva caída. El final es perfecto, incluyendo los títulos de crédito sin música, que hace que la sensación de vacío en el espectador sea más profunda.

Una de las mejores películas del prolijo e irregular Patrice Leconte, basada en una novela de Georges Simenon; y desde luego la que más me ha impactado. Retrato de un inadaptado, un perdedor, un personaje en una dimensión diferente a la del mundo en que vive, asocial, con buen corazón a pesar de su fachada hierática y adusta. Como le dije una vez a alguien, los chicos buenos no ganan nunca. Sólo en las películas; pero Patrice Leconte se encarga de recordarnos que ni siquiera eso.
 
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