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PROTESTO, AMOR MÍO




Vamos a darnos el gustazo de un buen vino añejo, cosecha 1949. Sólo para ocasiones especiales, uno de esos que se saca a las visitas que realmente te hacen ilusión. Bueno, que los sacan la gente de posibles; yo lo más añejo que tengo es un cartón de leche caducado oficialmente el 04-06-2003 y unas Páginas Amarillas de hace doce años que realmente hacen honor a su nombre. “La costilla de Adán”, la comedia que devolvió a la pareja Spencer Tracy-Katharine Hepburn a los primeros puestos de las taquillas y la atención de los medios, después de algunos años de fracasos de público y crítica. De hecho, hay que decir que la Hepburn (si no lo digo reviento: ¿Cate Blanchett como Kathy Hepburn? ¿Qué te metiste el día del casting, Marty? ¿Y en qué cantidades? ¿Y, quizás lo más importante, por dónde?), hasta que llegó “Una historia de Filadelfia”, era considerada veneno para la taquilla. Una comedia-con-pareja-glamourosa alrededor de la tan cacareada guerra de sexos que tanto mal cine y pésima literatura nos ha traído. Película, más que nada, de extraordinarios diálogos, muy punzantes en algunos momentos. Como ejemplo, este extraído de la primera conversación entre Amanda (Hepburn) y Doris Attinger (Judy Holliday):

-¿Cuándo empezó a notar que perdía el afecto de su marido?
-Cuando empezó a pegarme.

O este otro entre, again, Amanda, y Kip (David Wayne), el amigo-buitre de turno:

- Está usted comportándose como... como... odio decirlo, pero...como un hombre.
- ¡Amanda, por favor, cuide su lenguaje!

La dirección de George Cukor, gran amigo y confidente (hasta les dejaba su pisito para... bueno... leer a Kierkegaard) de la parejita Kathyspencer (¿Qué pasa? ¿No se les llama Brangelina a unos que yo me sé?), es elegante a la par de sencilla (como las infantas de España), siendo consciente de quiénes son los reyes de la fiesta. Hay dos escenas en particular por las que siento especial debilidad. Una es la noche posterior a su primer enfrentamiento en el juzgado, eligiendo al jurado, al volver a casa. Cukor nos muestra más de cinco minutos de carantoñas, arrumacos y frases cariñosas entre la pareja, como si no hubiera pasado nada por la mañana, pero ofreciéndonos la sensación de que la bomba está más cerca de estallar de lo que parece. En el cine americano de hoy en día una escena así es absolutamente imposible (en ese lapso de tiempo, Michael Bay ya ha destruido tres planetas y ha exterminado dos razas diferentes). La otra escena de la que hablo es la que sigue al veredicto. Al finalizar el juicio, los Attinger son fotografiados por la prensa con los niños, juntos y alegres, como si nada hubiese ocurrido. Los dos abogados, sin embargo, apenas pueden aguantarse la mirada. Las secuelas de la guerra han causado más mella en ellos que en los implicados del caso.

Hay, por supuesto, en el film un amago de crítica a la desigualdad de sexos; no podía ser de otra manera en una cinta al servicio, no nos engañemos, de la pareja protagonista, y en especial de la Hepburn, conocida activista pro-derechos de las mujeres. Sin embargo, al final nos deja la sensación de empate técnico, ni que sea tan sólo por las triquiñuelas de Adam, el personaje de Spencer Tracy. Por otro lado, ese cierto servilismo al aura de la pareja protagonista, y la propia ligereza de la película, que en ocasiones parece que depende exclusivamente de la química de los actores, me produce la sensación de film ligeramente sobrevalorado, inferior a otras comedias de la época. Quizás es que, simplemente, me gusta más Cary Grant... Curiosamente, a pesar de ese servilismo del que hablo, hay dos secundarios que salen claramente victoriosos de la batalla: victoria que, desde luego, no es ajena a Cukor ni a los guionistas Ruth Gordon y Garson Kanin. Hablo de Judy Holliday, que está espléndida en sus apenas dos escenas de lucimiento que aprovecha a la perfección; y de David Wayne, al que le dieron la consigna de ser tan gracioso como irritantemente plasta en muy poco tiempo, y lo consigue. Entre otras cosas, gracias a la inaguantable canción “Farewell, Amanda”, escrita expresamente por Cole Porter para el film, y que con toda probabilidad compuso con la cabeza metida en un cubo de Jack Daniel´s. Finalizo el artículo con una frase precisamente de este personaje, que viene a ser la Madre de todos los Chistes de Abogados que tanto se usan en las series de ídem, y que nos viene al pelo: “Los abogados no deberían casarse con abogados. Es endogamia, y hace que salgan hijos idiotas. Y luego se hacen abogados.”

Chúpate esa, Ally McBeal.
 
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