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DOLORES HAZE Y UN SEÑOR DE PARIS





“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”

Así comienza la inmortal obra de Vladimir Nabokov en la que se basa una de tantas obras maestras del señor Stanley Kubrick. Casi dos horas y media de película que pasan en un suspiro, acompañando al desdichado Humbert Humbert (James Mason) al proceso de autodestrucción al que es transportado por la “nymphette” Dolores Haze (Sue Lyon) ; el final del cual se nos presenta nada más iniciarse el film, cuando Humbert, fuera de sí, irrumpe en la mansión de un Clare Quilty (Peter Sellers) en el cénit de la decadencia, decidido a hacer justicia con un revólver (el cual tiene su historia: es el revólver del marido fallecido de Charlotte Haze, mamá-Lolita, interpretada por Shelley Winters). A partir de esa escena, mitad operística mitad esperpento, Kubrick, a través de la voz del propio Humbert, nos muestra cómo hemos llegado hasta este final: HH disparando a Quilty a través de un cuadro que representa a una jovencita…

Lolita” resulta ser una película extraordinaria, en mi opinión (que como todo el mundo sabe es La Opinión), tanto por el desarrollo de la historia como por la multitud de pequeños detalles maestros con que la salpica Kubrick. Además de las escenas más conocidas del film (el inicio ya comentado, la primera vez que HH ve a Lolita en el jardín de la sra. Haze), hay otros detalles y escenas interesantes, en las que me gustaría pararme; ya que de la relación de la película con el libro o de el subtexto de las escenas que definen la relación entre el duque de F… digo, Humbert Humbert y Lolita se ha hablado ya mucho (y yo he de dármelas de original, a ver si consigo que la jefa me suba el sueldo). Hay alguna pincelada de crítica al racismo aún imperante cuando Charlotte habla de la criada, a la que no llama “criada”: le basta con decir “la chica de color” para que se sobreentienda que es la sirvienta. Hay también, una crítica menos soterrada a la vida burguesa en la mirada despectiva de Humbert a Charlotte y a sus aburridos amigos; soporta con estoicismo los vanos intentos de la mujer de parecer profunda e intelectualmente interesante (su emperramiento en soltar una gabachada cada veinte palabras aproximadamente) (en aquella época a los yanquis la fecha 11-S no les decía nada y todavía no habían quitado las “french fries” del McDonald´s de la esquina). Bueno, de hecho, hay que decir que se ríe de ella. Es extraordinariamente despectivo, incluso en su manera de parecer amable. Hay una escena genial que podría ser el resumen perfecto de la historia: el día que Lolita se va al campamento, y después de una romántica despedida entre ellos, Humbert se va a lloriquear a la habitación de la niña. Allí la “chica de color” le entrega una nota de Charlotte en la que esta declara su arrebatado amor. Mientras la lee, Humbert… literalmente, se deshueva de la risa; al acabar de leer la nota, la cámara se aparta de él para llevarnos a… un póster de Clare Quilty. Se puede decir que en esa escena está todo.

Es curioso observar que “Lolita” resulta un ensayo para “Dr. Strangelove” en lo que se refiere al desarrollo del sentido del humor de Stanley Kubrick; el cual, hay que decirlo, no siempre se manifiesta sutil. Como ejemplo, la escena del montaje de la cama plegable en la habitación de hotel. O, por supuesto, algunos de los nombres utilizados: el Campamento Climax al que es desterrada Lolita por su madre, o el Capitán Love al que hace referencia Clare Quilty en la terraza del hotel. Esto lo llevará Kubrick al límite en “Dr. Strangelove” (Jack D. Ripper, el embajador ruso Alexi de Sadeski, el general Turgidson… vamos, el Ozores británico).

Capítulo aparte para los intérpretes. Mucho se ha hablado sobre las circunstancias de la elección de Sue Lyon, la necesidad de aumentar la edad del personaje respecto del libro, etc. Su interpretación es buena, con un punto de pícara desvergüenza muy atractivo; pero a nadie le importa. Es la imagen de la película, y punto. Así le fue su carrera posterior. Hizo “La noche de la iguana”, y luego… Mejor os miráis su trayectoria profesional en el enlace. Premio para el que haya visto dos películas de esa lista. La grandeza actoral se encuentra en otros lares. En primer lugar, James Mason. Encantador, educadísimo, atormentado, sin personalidad, mentiroso; no es una persona, es un fardo arrastrado por la fuerza del erotismo esclavizante de la nínfula. Mason está perfecto. Al igual que Shelley Winters en el desagradecido papel de la estúpida viuda burguesa Charlotte Haze; cargante, histérica, gritona, vulgar, consigue oler a perfume barato a través de la pantalla. Y, “last but not least”, el genial Peter Sellers, que consiguió que Kubrick le diera más importancia a su manipulador y decadente personaje del que tiene en el libro. Y absoluta libertad: la escena del ping-pong del inicio, y sus impostaciones como policía o psicólogo alemán dan buena cuenta de ello. De todo esto deducimos que, en definitiva, no se salva ni un solo personaje en esta película. A base de ponerle al lado personajes incluso más despreciables que él, y a través de un preciso dibujo del desgraciado, Kubrick muestra cierta compasión por el sr. Humbert. Sin justificarle, por supuesto (cierren esas bocas).

Años después, llegó Adrian Lyne y perpetró un remake deleznable, del que se pueden destacar: a) las carreritas de Frank Langella (Quilty) por su casa con el miembro colgando, quizás el punto más bajo de su carrera (y no me refiero al tamaño de dicho miembro), y b) es curioso, pero es más fiel al libro que la primera versión. Lo cual desmonta muchas teorías sobre la relación idónea entre las novelas y las películas que se basan en ellas. Pero eso hoy no toca.
 
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