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COME TO THE CABARET




Como diría la impagable Sofia de Las chicas de oro :”Imagínate: Berlín ,1931 ...”
Si, estamos en Berlín, la gente se divierte en el cabaret Kit Kat, mientras un hombrecillo con el bigote de Charlot está empezando a ascender al poder. En esta situación llega un joven inglés llamado Brian que debe compartir piso con Sally Bowles, artista americana de sofisticadas uñas verdes. Ella es alocada, impulsiva y divertida, y el es tímido y culto; siendo tan distintos no tardarán en sentirse atraídos el uno por el otro, como es obligado en estos casos; los dos serán felices hasta que aparece Max, un rico alemán que no tardará en proponerles un “menage a trois” (que se parodia en “Two ladies”). Cuando Sally se quede embarazada, Brian y ella deciden casarse; pero finalmente Sally comprenderá que no está hecha para ser una madre y una esposa; o al menos una convencional de esa época, de modo que finalmente abortará, dejará a Brian y volverá a lo que es su vida: el cabaret. ¿Pero que ha pasado? La gente ya no se ríe ni aplaude como antes. Sencillamente, el hombrecillo del bigote ya ha llegado al poder.
A grandes rasgos ésta es la historia de Cabaret, probablemente uno de los mejores y más completos musicales de la historia del cine Si los musicales eran alegres y los números musicales a veces no pegaban con el argumento, aquí todo eso pasó a la historia, y hasta el obligado “happy ending” desaparece. Los soberbios números musicales ( y es que Bob Fosse era buen director, pero como coreógrafo era genial) sirven perfectamente para explicar lo que está pasando. Como ejemplo, en “If you could see her as could my eyes”, el magnífico maestro de ceremonias del Kit Kat , Joel Grey, se lamenta cantando de como la gente le critica por estar enamorado de una adorable gorila; en la canción va nombrando las cualidades de su enamorada, para al final, comentar “ si la pudieran ver como la veo yo, no verían que es judía”
En otra escena, estamos en el campo, en lo que parece una fiesta disfrutando todos de cervezas y salchichas y un niño canta lo que parece una canción tradicional; todo va bien, hasta que vemos que poco a poco, todos se van poniendo de pie con el brazo en alto, el niño luce una esvástica y la letra de la canción es “el mañana me pertenece “, no hay vez que no vea esta escena y no se me pongan los pelos de punta .
Y así podríamos seguir con cada uno de los números musicales. Soberbios, rebosantes de estética cabaretera y con el estilo inconfundible de los bailes de Fosse : el cuerpo nunca está quieto, siempre hay una mano, un hombro, algo, en movimiento.
Y por supuesto no podemos olvidar a Liza Minelli, absolutamente prodigiosa, demostrando que la herencia genética si cuenta, al ser hija de Judy Garland y Vincente Minelli, pero desgraciadamente ya no pilló la época dorada de los musicales. Su Sally es conmovedora (¿quien no ha pensado, como ella, “maybe this time i’ll be lucky”?), y su voz sencillamente prodigiosa.
“¿Que haces sentado solo en tu habitación? Ven a oír tocar la música. La vida es un cabaret, amigo. Ven al cabaret.” Vamos, a disfrutar de la vida, no sea que venga otro como el del bigotito y nos lo eche todo a perder.
 
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