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PETER WEIR: UNA ATMÓSFERA PROPIA




¿Es Peter Weir un grande del cine de hoy en día?

¿Votaciones entre los que estén escribiendo algún artículo en La linterna mágica en este momento? (por desgracia, ahora mismo Alicia se encuentra indispuesta debido a la ingestión de una Mirinda Limón en mal estado. Si Grissom encuentra unos polvos en el vaso, yo no tengo nada que ver). Vaya, parece que hay unanimidad… Qué bonita es la democracia. Pues sí, Peter Weir es un grande. Quizás le falten unos grados de genialidad, o una película definitiva que le eleve al Olimpo del Reconocimiento Generalizado (de algunos de los cuales hemos hablado más abajo) ; pero su, por otra parte, poco prolija carrera está siendo una de las más interesantes del cine anglosajón contemporáneo. Después de algunas películas que no salen de su país de origen, Australia, Peter Weir comienza a ser conocido internacionalmente con “Gallipoli”, alegato antibelicista en el que, además, salta a la fama Mel “ponme-otra-copa” Gibson. Quien también protagoniza, junto a Sigourney Weaver, “El año que vivimos peligrosamente”, en la que Weir ya pone de manifiesto su peculiar manera de crear una atmósfera propia, algo que se verá reforzado en films posteriores. Es a partir de aquí cuando, para mi gusto, su filmografía comienza a ser más que interesante…

No sabría decir por qué me gustaba tanto “Único testigo”. Y, ojo, me refiero al libro de William Kelley. Yo era un adolescente granuliento que aún no sabía que lo que de verdad le gustaba era el cine y la literatura; así que, cuando me puse a leer el libro por primera vez, ni había visto la peli ni sabía quién era Peter Weir. Me enganchó desde el primer momento, en particular por los contrastes entre el rudo y malhablado John Book (Harrison Ford en el film) y el educado, retrógrado, vetusto y sencillo universo de Rachel Lapp (que tendrá el rostro de Kelly McGillis). Lo leí dos o tres veces antes de ver la película, extraordinaria. Casi documental en el retrato de la cotidianeidad amish, retrata con precisión el choque cultural y el desconcierto de unos por el modo de vida de los otros. Anotar que el niño (el testigo al que se refiere el título de la película) es Lukas Haas, del que se pueden destacar dos cosas: a) de mayor sólo se le recuerda por ser uno de los protagonistas de la descacharrante “Mars attacks!”, y b) si algún día se decide llevar las aventuras del ratón de dibujos animados Fievel, él será el principal candidato a interpretar ese papel.

Después de “Único testigo”, a Weir le da un ataque de profundidad experimental, y sobre la base de un guión del indiscutido Paul Schrader, dirige “El señor de los mosquitos”. Aquí lleva la guerra de mundos (con permiso de Spielberg) al límite, con el personaje de Harrison Ford arrastrando a su familia casi a la autodestrucción tratando de cambiar el mundo en una apartada selva americana, y empeñado en huir de una vida vacía de sentido en la civilización occidental. Podemos calificarla de fallida, puesto que no le acaba de encontrar el pulso de la credibilidad a la aventura. Llega entonces el gran bombazo, el culpable de que a montones de adolescentes les diera por subirse a los pupitres para gritar “¡Oh, capitán, mi capitán!”, y de que la expresión “carpe diem” se generalizase en nuestras conversaciones. Efectivamente, “El club de los poetas muertos”. Ethan Hawke, el dr. Wils… digo, Robert Sean Leonard, y Robin Williams inaugurando el modelo profe-chupiguay-que-enseña-la-vida-misma (con, digamos, menor suerte, siguieron su estela gente como Kevin Kline, Michelle Pfeiffer, Julia Roberts y, el mejor de los últimos años, el Jack Black de “School of Rock”). Igualmente alimenticia, pero mucho más fútil, es la, por otra parte agradable, comedia “Matrimonio de conveniencia”, que llevó a la fama americana (o sea, internacional) a Gérard Depardieu. Seguimos con otra que creó gran división entre la crítica: “Sin miedo a la vida”, en la que ese ser superior de la interpretación llamado Jeff Bridges nos muestra a un colgado (o un visionario) que, después de sobrevivir a un accidente de avión, se cree poco menos que un Enviado; película casi sin guión, más preocupada de transmitir sensaciones que de contar una historia. A mí me gustó mucho el aire onírico, irreal, que se respira durante la película, muy acorde con la experiencia del personaje. Y el final de la peli es una de las grandes acojoescenas de la historia del cine contemporáneo: la vida de Bridges dependiendo de una fresa mientras suena, de fondo, el conmovedor crescendo de la Sinfonía nº 3 de Henryk Gorecki. Los pelos como escarpias, oyes…

La gran obra maestra de Weir, para aquí su seguro servidor, es “El show de Truman”. No voy a extenderme, puesto que más adelante publicaré, si mi jefa no me ha despedido todavía, un post exclusivo sobre este sublime film. Desde las interpretaciones, con un Jim Carrey que por primera vez prueba las delicias de lo que significa componer un personaje hasta un Ed Harris absolutamente excepcional en la piel del realizador televisivo con ínfulas de semidios; la banda sonora, que eleva, más si cabe, las mejores escenas del film; el guión de Andrew Niccol , una oda al derecho de ser uno mismo, a la identidad; la realización, obviamente, de Weir, “inventando” un programa de TV y adaptándolo a su peculiar sentido de la atmósfera cinematográfica.

El último film de Weir, hasta el momento, es “Master & Commander”. No me gustan las películas de piratas; siempre me ha parecido un subgénero que, en general, ofrece poco juego; y el mundo marino nunca me ha atraído demasiado. Así que, a pesar de mi interés por Peter Weir, me acerqué a esta película con recelo. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa: no volveré a perder la fe, Peter. Inmensa película de aventuras, en la que los barcos sufren achaques debido a su antigüedad y los capitanes de los navíos van hechos unos zorros, puesto que es imposible que vayan de otra manera después de chorrocientos días en la mar. Film con voluntad de análisis casi costumbrista de la vida a bordo, se esmera en explicarnos las relaciones entre los tripulantes, con particular atención a la figura del personaje de Paul Bettany (espléndido) , contrapunto naturalista al héroe clásico interpretado por Russell Crowe. Todo esto no significa, ni mucho menos, que las escenas de acción y batalla no tengan cabida, sino todo lo contrario; en ellas, Weir se centra más en los efectos sonoros que en la música para que nos ahoguemos en la sala de cine… En definitiva, una obra casi redonda.

Quizás Weir no sea un genio, pero no andamos sobrados de talento por Hollywood para despreciarlo. Hasta ahora se ha demostrado como un cineasta solvente en los muchos géneros que ya ha tocado, y con más personalidad de la que pueda parecer en un primer vistazo; creador de una atmósfera propia. No todos pueden decirlo.

 
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