
“The remains of the day”, basada en la espléndida novela de Kazuo Ishiguro, es, ante todo, una película de personajes y de momentos, excelentes la mayoría de ellos, en un tono costumbrista, y con (ay) excesiva presencia de una pomposa banda sonora. La excusa argumental: un mayordomo entrado en años que, mientras recorre Inglaterra en su desvencijado auto al encuentro de la ex-ama de llaves a la que su sentido del deber le impidió cortejar, rememora aquellos años, un par de décadas atrás, en casa de su señor, Lord Darlington. Porlocualo, la narración va en dos direcciones, y aunque al principio Ivory se vale de un par de momentos de, llamémosle así, voz en off epistolar (las cartas que se intercambian los tórtolos nos sirven para introducirnos en el contexto), luego ambos sentidos del relato se intercalan con naturalidad; en medio, eso sí, de un marco político pre-Segunda Guerra Mundial en el que el film se posiciona: del lado americano, claro (ese Christopher Reeve profesional y güenecito). Como he dicho, es una película de personajes; con lo cual, las interpretaciones de los actores protagonistas son la clave del funcionamiento del film. Vaya/hombre, tuvimos suerte: Anthony Hopkins y Emma Thompson bordaron unas actuaciones cerca del cenit de sus respectivas carreras. Hopkins se transmuta en un Mr. Stevens abnegado, servil, mayordomo por naturaleza (¿qué puede realizar más a un mayordomo que plancharle “The Times” a su señor? Ayyy, eso sí que es vida...), metódico, envarado, exasperante en la infranqueabilidad de su alma (para que nadie se la lea, casi nunca mira a los ojos). Por su parte, la Thompson tira de mohines para componer a una Ms. Kenton lúcida, responsable (lo cual apaga una imberbe rebeldía), dulce, infantil en ocasiones, de corazón mucho más caliente que sus palabras... Al contrario que Stevens, parece una persona. Todas estas características se van desarrollando a base de pequeños momentos, situaciones, casi piezas de cámara en las que cada uno se va definiendo. El infantilismo de Ms. Kenton en el asunto del recogedor de papá Stevens (vaya lío por un recogedor: si Stevens viene a mi jaul...a mi casa, se arranca la campanilla de la garganta con un fórceps); las confrontadas reacciones de Stevens y Kenton al despido de las dos criadas judías por parte de su pronazi amo; el momento cómico protagonizado por Stevens al tratar de explicarle, azorado, al sr. Cardinal (Hugh Grant), “las glorias de la naturaleza” (parece que Hugh las aprendió demasiado bien: tanto, que se aficionó a pagar por ellas); la exasperante frialdad con la que Stevens recibe la muerte de su padre; o la desesperada e infructuosa humillación a la que Kenton, rota de amor, intenta someter a Stevens, contándole cómo ella y su novio le imitan en sus momentos libres (pero nada: impávido, el tío. Pero claro, si lo mejor que dice de ella en la película es “oh, es una ama de llaves muy capaz”. Anthony, tío, un poco de chispa, hombrepordios...). Aunque la escena definitiva, una de las más hermosas por su contención, elegancia y zozobra emocional acumulada en nimios detalles, es la del libro. Esa en la que Ms. Kenton cree encontrar un resquicio en la coriácea armadura de Mr. Stevens al no mostrarle este el título del libro que está leyendo; ella cree que, ohdiosmío, puede ser un relato picantón, y se le acerca amenazadora y traviesa para cogérselo, mientras él recula con algo menos de convicción que la justa. En el último momento, un par de segundos interminables en los que Stevens disfruta, a su pesar, de la levísima rozadura de sus cuerpos, la ama de llaves queda decepcionada al comprobar que era, simplemente, una "tonta novela romántica". Pelos=escarpias.
El final del camino, durante el cual Stevens abre los ojos y se da cuenta de que no ha tenido vida propia, dedicado a servir a un señor del que reniega con más facilidad de la que le gustaría, nos confirma que lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Son las seis, tengo hambre y la boca pastosa. Cómo está el servicio: ya no quedan Stevens en el mundo...
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