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EL PESO DEL HUMO (CUÉNTAME UN CUENTO, AUGGIE WREN)


Todo aquel que haya visto “21 gramos”, el mexicanísimamente desaforado (y pelín tramposillo) melodrama de Alejandro González-Iñárritu (y su ex-compa Guillermo Arriaga), conocerá la teoría por la cual el peso del alma es de 21 etcéteras. Todo aquel que haya visto “Smoke” sabrá pesar el humo de tabaco (utilísimo, sin duda...). Según explica Paul Benjamin (William Hurt), uno de los protagonistas del filme, el marino y político inglés del s. XVI sir Walter Raleigh tenía una teoría por la cual era posible pesar el humo: se pesa el cigarrillo antes de encenderlo, se fuma, y se pesan las cenizas junto a la colilla; la diferencia será el peso del humo (yo tengo una teoría sobre el peso de los L-caseitas inmunitas... que no voy a explicar para no romper con el elegante tono de este blog) (ejem). Desde nuestro cinéfilo punto de vista (este es un blog de más de cien metros cuadrados, con lo cual hay zona de fumadores. Para acceder a ella, Ctrl+F4), lo más relevante de la escena no es el monólogo del escritor, ni el ingenioso experimento en sí. Lo que debemos guardar en la memoria, porque al final de la película se va a cerrar un círculo, es la sonrisa pícara de William Hurt, que no preserva sino la satisfacción de haber contado una buena historia, de haber mantenido la atención del interlocutor durante su narración, y de poder leer en sus ojos la chispa que salta de la muda complicidad de dos seres humanos inteligentes. Algo de eso hay en la excelente película del hoy en día venido a menos Wayne Wang, “Smoke”, basada en el relato corto de Paul AusterEl cuento de Navidad de Auggie Wren”. ¿He dicho Navidad?

“Smoke” está rodada con un estilo austero, de raigambre casi neorrealista, administrando el tiempo (el mundo parece que tiende a pararse alrededor de un cigarrillo; de eso Jim Jarmusch sabe mucho), con una fotografía más bien sucia y apagada (le valdría el adjetivo “urbana”), y, en definitiva, con tal asepsia formal que a veces lastra la capacidad de emocionar de la película. En ocasiones uno tiene la sensación de que la película descansa en demasía sobre los hombros del universo austeriano y la (monumental) capacidad de los actores para recrearlo. Film coral pero de pocos personajes, todos los cuales tienen su instante de lucimiento, “Smoke” es un melodrama que posee la incuestionable virtud de no parecerlo a pesar de las lágrimas, desencuentros, miserias y desventuras que acompañan a los habitantes de este microcosmos llamado Brooklyn; el humor, los diálogos inteligentes y la liviandad de la perecedera humareda que es la existencia despresurizan las tragedias que envuelven a los personajes. Algunas de las cuales quedan memorablemente retratadas en escenas que se apoyan en unos soberbios actores: me refiero, en particular, a la breve pero impactante aparición de la hermosísima Ashley Judd como hija yonqui de Ruby (Stockard Channing), o al desangramiento de Cyrus Cole (el gran, en todos los sentidos, Forest Whitaker) a través de un desgarrador monólogo sobre los planes de Dios para él... y para su brazo. Sin embargo, los protagonistas del cuento son el propio Auster, en este caso representado en su alter ego Paul Benjamin (es curioso comprobar cómo se retrata a sí mismo como un escritor maniático, solitario y algo obsesivo), y ese estanquero de apariencia rudamente urbana pero de sensibilidad superior a la media llamado Auggie Wren (Harvey Keitel). Muestra de esto último es su proyecto artístico, un gigantesco álbum en el que durante años ha sacado una foto a diario del mismo lugar a la misma hora (una esquina de Brooklyn). Más de cuatro mil fotos que conforman una obra (por mor de la cual nunca ha hecho vacaciones: el sueño de cualquier empresario es contratar un Auggie Wren) que, después del desconcierto inicial tanto de Paul (“sólo lo entenderás si las miras más despacio”) como nuestro, se nos abre a su significado: una mirada particular, la del estanquero, a la trascendencia de la cotidianeidad, en la que los cambios de estación, de tiempo, las personas que se repiten, las nuevas, las que desaparecen (una de ellas, en un oportuno añadido de Wayne Wang al cuento original, es la fallecida esposa de Benjamin), el cambio de ángulo de la luz del sol... Este proyecto refuerza la amistad de ambos protagonistas. Al final, en una escena gloriosa, plena de genio interpretativo y de complicidad por parte de unos descollantes Harvey Keitel y William Hurt, Auggie le explica, alrededor de un pitillo, el cuento navideño que el New York Times le ha solicitado a Paul. Cuento navideño cargado de piedad, mentira, altruismo y soledad, cuya narración finaliza con esa sonrisa pícara de la que hablaba al comienzo del post, esta vez a cargo de Auggie, la cual comparte con un escritor que decide que nunca le preguntará a su amigo si esa inverosímil historia (que se nos muestra durante los créditos, en una escena extraordinaria, en blanco y negro y acompañada de un Tom Waits más resacoso que nunca: la única escena que rompe con la asepsia formal antes apuntada), es real o una ingeniosa invención.

Y qué importa si ocurrió en realidad o no, Auggie. Lo importante es que le entregaste a Paul Auster un cuento para su periódico. Y, de paso, me diste a mí un post navideño. Y sin necesidad de tirar de Frank Capra ni del zampabollos barbudo-ho-ho-ho... Gracias, tío.

3 comentarios:

Viena dijo...

Precioso el ritual de la foto diaria. Siempre lo mismo, pero siempre distinto.

Saludos.

alicia dijo...

Feliz Navidad, Viena, y a todos nuestros lectores !

marcbranches dijo...

Hola Viena, y feliz... bueno, todo eso. Qué bien interpretada está esa escena, en la que Paul pasa del desconcierto a la admiración ante el proyecto de su amigo Auggie. Sin William Hurt y Harvey Keitel, esta película sería otra muy diferente.

 
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