
No creo que nadie me acuse de arrimar el ascua a mi sardina (¿alguien ha arrimado alguna vez un ascua a una sardina? ¿Qué incalculables y tenebrosos produce, que ha conseguido instituir una expresión popular?) al afirmar que “Cuando Harry...” es un film claramente deudor del cine de Woody Allen. Desde el mismísimo comienzo, con los títulos de crédito blancos sobre fondo negro, la música de jazz (que se convertirá en un personaje más de la película gracias a Harry Connick. Jr, Frank Sinatra o Louis Armstrong), la atmósfera neoyorkina, el protagonista judío, el diálogo acerado, la conversación sexomotriz... Todo en ella nos recuerda al autor de, pongamos por caso, “Annie Hall”. Sin embargo, la cinta consigue alzar su voz por encima de sus referencias (no sólo Allen: hay mucho de comedia clásica en ella, y sus referentes han quedado nombrados en el párrafo anterior) y transmitir un idioma propio que mantiene intacto su aroma al paso del tiempo. La historia de Harry y Sally (Rob Reiner y Nora Ephron confesaron que estaban basados en ellos mismos), decididos a mantener una amistad a prueba de sexo, con sus encuentros, desencuentros y confidencias, es quizás lo de menos: la excusa argumental para, a través de la narración principal, de los personajes secundarios y de los pequeños relatos que nos cuentan las diversas parejas que se sientan en un sofá para contar cómo se conocieron, sentenciar que los caminos del amor son inescrutables e infinitos, y que es un error dogmatizar sobre ellos; pero podemos reírnos un rato a su costa. “Cuando Harry encontró a Sally” es una de tantas pruebas fehacientes de que la comedia es, en buena parte, y a diferencia del resto de géneros, ingenio + matemáticas: muestra de ello son escenas como la de la conversación a cuatro bandas entre los protagonistas y sus amigos, y la antonomásica escena del orgasmo de Sally. Al respecto de esta última, es curioso constatar su proceso de gestación. En una comida entre Ephron, Reiner y los productores apareció la idea de incluir una escena de orgasmo fingido; fue Meg Ryan quien sugirió que fuese en público, y Billy Cristal le puso la guinda al proponer el comentario final de la clienta (“póngame lo que está tomando ella”). El mito del guionista-autor queda por los suelos, pero a cambio disfrutamos de una de las escenas más recordadas de la historia de la comedia cinematográfica (a pesar de estar totalmente fuera de personaje... ¿a quién le importa?). El motor cómico del filme son los diálogos entre unos personajes bien construidos (también los secundarios, sin los cuales no hay buena comedia; en este caso unos adecuados Bruno Kirby y Carrie Fisher), más que las situaciones; por enumerar unos cuantos, la teoría de Harry sobre la imposibilidad de que un tipo llamado Sheldon sea una bestia en la cama, el diálogo entre Harry y Jess sobre la ruptura matrimonial del primero en el béisbol (mientras hacen la ola...), o el intercambio de sueños de los protagonistas (el sueño “olímpico” de Harry es inenarrable...). A todo esto contribuyen decisivamente los intérpretes principales, una encantadora Meg Ryan cuya carrera posterior ha estado por debajo de sus posibilidades y un Billy Cristal que tiene clarísimo que, como Buster Keaton dejó meridianamente claro, en comedia muchas veces menos es más. Y, por supuesto, la elegante dirección de Rob Reiner, impregnada del “toque Lubistch”, en la que nada es gratuito, incluido el excelente y nada sensiblero final, en el que Harry, al son de la cuenta atrás de Año Nuevo (allí no tienen problemas con los cuartos y las campanadas, y poseen el buen criterio de no atragantarse con las uvas cada año) nos demuestra que, en definitiva, amar a una persona es amar sus defectos.
¿Alguien ha traído uvas peladas? ¿Eso ya son los cuartos? Cada año igual...
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