
“El show de Truman” es un relato, excelsamente dirigido por Peter Weir, de lo que se podría venir a llamar ciencia-ficción social, alrededor de la falsa vida de Truman Burbank (un “hierático” Jim Carrey) , el único personaje del programa que no sabe que lo es. La narración de Peter Weir es extraordinariamente fluida, y parte de la simulada realización televisiva (de hecho, el film se inicia con los títulos de crédito... del programa), con cámaras en todos los lugares imaginables, siempre alrededor de un Truman feliz (a la “american way”) y conformista; para poco a poco ir desgranando el proceso en el que Truman, detalle a detalle (un faro que cae del cielo, una lluvia juguetona), se va encontrando con que las cosas no son lo que parecen. Así, la cadena de inextricables engaños (véase la publicidad anti-aviación) (¿Air Madrid volaba a Seahaven?), tácticas aislatorias (una oportuna aversión al agua) y hábiles manipulaciones sentimentales (el machacón mensaje pro-familiar, como si en esa ciudad idílica fuera Navidad permanentemente) mantienen a Truman en un estado de hibernación conformista envuelto en un diseño de producción cuidadosamente sesentero, a imagen y semejanza del tipo de cine y series catódicas que recreaban a la familia feliz americana de dicha época (ver “Pleasantville”). Hasta que, en una escena prodigiosamente estructurada y musicalizada, después de que la radio de su coche interceptara la frecuencia de la realización, Truman Burbank se da cuenta de que ALGO PASA. Su mujer (actriz, por supuesto, que, en este caso, se acuesta con Truman por dinero, puesto que ella es una profesional. Diría que eso tiene un nombre), desde luego, no le hace ni puñetero caso, y acude a su mejor amigo (Noah Emmerich). Durante su conversación, descubrimos en todo su esplendor al verdadero gran personaje de la película, que no es otro que Christof, el padre putativo del elefantiásico proyecto; él es la mano detrás del muñeco. Christof, encarnado de manera portentosa por Ed Harris con medidísima avaricia de gestos y cuidadas maneras mesiánicas, se nos aparece como una especie de dios omnímodo y algo cansado, que se mueve con cierta dificultad por la base lunar en la que vive su absoluta obsesión (como muestra el botón de la escena en la que Christof acaricia una pantalla gigantesca en la que Truman duerme plácidamente), “The Truman show”. La búsqueda del verdadero amor de su juventud (Natasha McElhone) lleva a Truman a desafiar sus miedos y fobias y embarcarse en una regata contra el pairo televisivo del todopoderoso Christof (“¡encended el sol!”. Eso es un Dios. Mejora eso, Mel), para acabar encontrándose con la hueca pared de la verdad. En la escena más emocionante del film, Truman golpea desesperado el decorado que le acaba de confirmar que su vida tan sólo era una jaula de oro, incienso y mirra en la que los Reyes Magos eran de pega. La conversación final entre Truman y un Christof que pontifica desde el cielo (parábola muy poco sutil) delinea a la perfección las características de su relación padre-hijo, en la que el hijo acaba por liberarse de las cadenas paternales y emanciparse.
Dejo para el final el papel de los telespectadores en la película, una multitud de borregos que tragan con todas las manipulaciones emocionales a las que les somete el listillo de Christof, para al final sintonizar (nunca mejor dicho) con la búsqueda de libertad de su héroe; luego, al finalizar definitivamente el programa, obvian la más mínima reflexión y hacen lo más cómodo: olvidar y cambiar de canal. Es posible que Andrew Niccol y Peter Weir quisiesen decirnos que, en realidad, el verdadero villano de la película no es Christof, sino todos y cada uno de los telespectadores. Reflexionen.
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