
Ahora estamos viviendo una especie de revolución dentro del mundo del cine debido a las 3D, pero no es a primera vez que ha habido avances así. La competencia del cine con la televisión hizo (hace) que los estudios intentaran ofrecer opciones que no podía dar la pequeña pantalla. Una de ellas fue el Cinemascope: aumentar el campo de visión hasta límites antes no conocidos, ganando en espectacularidad, aunque eso requería llenar los espacios que se creaban en la pantalla; uno de los remedios más fáciles era rellenarlo a base de multitud de extras o de abundantes panorámicas del paisaje. Pero unos pocos directores supieron sacar provecho artístico de estos nuevos recursos, y entre ellos el que probablemente lo entendió mejor fue David Lean.
Nadie como él supo unir espectacularidad con intimismo, comprendiendo que no es suficiente imágenes deslumbrantes si no hay un mínimo de historia debajo y los personajes no quedan sepultados bajo los miles de extras, sino que han de tener una cierta complejidad psicológica. Una lección que no parecen haber aprendido del todo sus sucesores.
Anteriormente había conseguido un gran éxito con El puente sobre el río Kwai y su siguiente película, Lawrence de Arabia, fue un paso más en esa dirección. La historia de T.E. Lawrence, un oficial británico que consiguió unir las tribus árabes y enfrentarlas a los turcos. Puede decirse que por primera vez se nos muestra un héroe moderno en la pantalla. Lawrence es neurótico, exhibicionista, ha descubierto que disfruta matando y se siente fascinado por el desierto, ya que según él “es limpio”, algo que no comprenden sus compañeros árabes, para los que es algo que sólo gusta a los beduinos y los dioses, ya que no tiene nada.
Y así llegamos al auténtico protagonista de la película, que no es Lawrence, sino el desierto. Pocas veces se ha retratado así, haciéndonos sentir el sol abrasador, las tormentas de arena o la belleza de las dunas, todo ello tan cambiante como si fuera un ser vivo. Hablando del sol, la única escena rodada en estudio fue precisamente un primer plano del sol, ya que siempre que intentaba filmarlo se quemaba la película. La proverbial sabiduría del montaje de Lean se demuestra en numerosas escenas, como la de una cerilla que se convierte en un ardiente sol.
Peter O’Toole hizo una brillante composición, sabiendo reflejar perfectamente los lados oscuros del personaje: su inadaptación social que le convierte en un beduino (o al menos es lo que quiere), el temor y fascinación que le producen descubrir su crueldad, su exhibicionismo… El resto del reparto es de lujo, con un Omar Sharif que nunca estuvo mejor, Alec Guinness habitual en las películas de Lean, que una vez más demuestra sus cualidades camaleónicas, un pletórico Anthony Quinn, José Ferrer, Arthur Kennedy y muchos más. La música de Maurice Jarre, de sonidos tan ondulados como las dunas del desierto, se ajustaba perfectamente a la narración. Toda una deslumbrante demostración de un tipo de cine que desgraciadamente ha desaparecido.
Nadie como él supo unir espectacularidad con intimismo, comprendiendo que no es suficiente imágenes deslumbrantes si no hay un mínimo de historia debajo y los personajes no quedan sepultados bajo los miles de extras, sino que han de tener una cierta complejidad psicológica. Una lección que no parecen haber aprendido del todo sus sucesores.
Anteriormente había conseguido un gran éxito con El puente sobre el río Kwai y su siguiente película, Lawrence de Arabia, fue un paso más en esa dirección. La historia de T.E. Lawrence, un oficial británico que consiguió unir las tribus árabes y enfrentarlas a los turcos. Puede decirse que por primera vez se nos muestra un héroe moderno en la pantalla. Lawrence es neurótico, exhibicionista, ha descubierto que disfruta matando y se siente fascinado por el desierto, ya que según él “es limpio”, algo que no comprenden sus compañeros árabes, para los que es algo que sólo gusta a los beduinos y los dioses, ya que no tiene nada.
Y así llegamos al auténtico protagonista de la película, que no es Lawrence, sino el desierto. Pocas veces se ha retratado así, haciéndonos sentir el sol abrasador, las tormentas de arena o la belleza de las dunas, todo ello tan cambiante como si fuera un ser vivo. Hablando del sol, la única escena rodada en estudio fue precisamente un primer plano del sol, ya que siempre que intentaba filmarlo se quemaba la película. La proverbial sabiduría del montaje de Lean se demuestra en numerosas escenas, como la de una cerilla que se convierte en un ardiente sol.
Peter O’Toole hizo una brillante composición, sabiendo reflejar perfectamente los lados oscuros del personaje: su inadaptación social que le convierte en un beduino (o al menos es lo que quiere), el temor y fascinación que le producen descubrir su crueldad, su exhibicionismo… El resto del reparto es de lujo, con un Omar Sharif que nunca estuvo mejor, Alec Guinness habitual en las películas de Lean, que una vez más demuestra sus cualidades camaleónicas, un pletórico Anthony Quinn, José Ferrer, Arthur Kennedy y muchos más. La música de Maurice Jarre, de sonidos tan ondulados como las dunas del desierto, se ajustaba perfectamente a la narración. Toda una deslumbrante demostración de un tipo de cine que desgraciadamente ha desaparecido.