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EL PADRE DEL HIJO DE LA NOVIA


Curioso el caso de Juan José Campanella. Un director de cine argentino que ha ido saltimbanqueando de su Buenos Aires natal a los Yuesei, con varios saltos a nuestra España, de la que alcanzó incluso la doble nacionalidad (qué menos, después del arrasador éxito de “El hijo de la novia”); pero también desde el cine a la televisión y viceversa. Un caso realmente insólito: normalmente, cuando se hace el salto del cine a la tele, ya no se vuelve. Campanella compagina con enorme naturalidad y éxito el cine argentino con la televisión americana, aunque fue en los Yuesei donde se arrancó con el séptimo arte, a través de “El niño que gritó puta” y “...Y llegó el amor”; después atacaría su primera experiencia televisiva, un fracaso como otro cualquiera. Visto que en Dreamland no le hicieron mucho caso, volvió a la Argentina para asociarse con el guionista Fernando Castets y, más importante, con los actores Ricardo Darín y Eduardo Blanco, con los que ha conseguido construir una pequeña historia, gracias a “El mismo amor, la misma lluvia”, “El hijo de la novia” - uno de los sleepers de la década - y “Luna de avellaneda”. Nadie podría pensar que a alguien le podría apetecer volver a la caja tonta, pero nos encontramos en la época dorada de las series americanas. Dirige un episodio de “30 Rock” (sí, la de los Emmys. Veo que leemos los periódicos para algo más que el sudoku), pero a los seguidores de “House, M.D.” nos ha quedado grabado en la memoria su paso por la serie del médico cabrón. Su episodio “Un día, una habitación” confirmó su capacidad para desarrollar un extraño humanismo, sentimental pero no sensiblero, que consiguió hacer encajar a la perfección con la vicodina. Luego grabaría dos capítulos más, también destacables, antes de pasarse también por “Ley y orden” y dirigir su siguiente película, “El secreto de sus ojos”, que se estrena en unos días, y que ha pasado por San Sebastián entre pálpitos de que Campanella lo ha vuelto a hacer. Se podría decir que todo empezó con “El mismo amor, la misma lluvia”. Pero no en España.

En España la explosión termonuclear de “El hijo de la novia” y del cine argentino, a rebufo de “Nueve reinas” en particular, y de Ricardo Darín en general, permitió que llegara a las pantallas españolas el filme anterior de Campanella, “El mismo amor, la misma lluvia”, y proliferaran, con el habitual reduccionismo del que se suele hacer gala, las comparaciones entre cintas. I pass. Tan sólo diré, al respecto, que “El mismo amor...” presenta, en toda su extensión, las virtudes y líneas maestras que Campanella ha ido desarrollando en su cine y su manera de ver la vida a través del arte; por tanto, es una película tremendamente significativa, muy lejos del bosquejo o del amago. Es Campanella en toda su extensión. En cierto sentido, además, es su obra más ambiciosa; sus largometrajes narran una serie de historias personales ambientadas, e influidas, por una coyuntura histórica argentina determinada. En el caso que hoy nos ocupa, la coyuntura etcétera abarca veinte años. Veinte años de argentinismo puro: de vaivenes políticos, de utopías pisoteadas, de esperanzas ensordecidas, de complejos de inferioridad y de superioridad al mismo tiempo, de caos dignificado, y de mucha, mucha, resignación. Argentina, ese psicoanálisis eterno: “Y se vino la democracia, una democracia joven, linda, virgen... y si es joven, linda y virgen, con nosotros mejor que se cuide”.

Y sin embargo, Campanella jamás permite que el significante trascienda el significado, y en “El mismo amor...” lo demuestra más que nunca. Aunque la historia está ambientada en una revista de cariz político, los vaivenes de la nación (empieza en el año 1980, con Videla aún al frente) no se imponen a las cuitas de sus personajes, sino que se mantienen en un segundo plano, marcando el ritmo de las ilusiones y las oportunidades, asomando el morro (esos noventa de yuppies barbilampiños y dinero fácil y falso) para marcar el paso, pero sin pátina de documental. Lo que importa a Campanella, por fortuna, son sus humanísimos personajes, que son tratados con el cariño que merecen. La historia principal es la de Jorge (Ricardo Darín), un escritor de cuentos que trabaja para la revista “Cosas” y que consigue empatizar con el espectador sin que este apenas se dé cuenta de que, no sólo es un perezoso acobardado por su falta de confianza en sí mismo, sino que es algo peor: un traidor. Un traidor a su amigo Mastronardi (Alfonso de Grazia), al que deja en la tacada al principio del film y cuya sombra le acompaña durante todo el trayecto vital; a Laura (Soledad Villamil), su relación sentimental interruptus, a la que engaña en el peor momento posible, y, en particular, a sí mismo, incapaz de creerse su propio potencial, y llegando a rebozarse, como tantos otros, en el barro de la corrupción, en su caso artística, después de hacerse crítico de cine y teatro; una vuelta de tuerca de guión mal explicada, por cierto, y que resulta una de las escasas debilidades de un libreto que sabe desarrollar con naturalidad el espacio temporal de dos décadas, que abre el campo para el lucimiento de su secundarios (el inevitable Eduardo Blanco, que da las primeras muestras de su descomunal química con Darín, o el gran Ulises Dumont, entre otros) y cuyos diálogos son pequeñas maravillas criollas. Una historia, en definitiva, que combina la amarga melancolía tanguera con un humor resignado y pelín neurótico que no por ello deja de rezumar vitalismo y un romanticismo mágico pero nunca dulzón.

No sé si Ricardo Darín, como dicen algunos, es el mejor actor hispanoparlante vivo. Probablemente sea una exageración. Es tanta la admiración que se le profesa aquí en España, que extenderme sobre su trabajo en esta película me suena a cliché. Hay, sin embargo, una escena que demuestra su talento con precisión de barómetro. Jorge coge un teléfono en la redacción de la revista, indiferente, preocupado por otras cosas; a medida que le van desarrollando una noticia al otro lado del aparato, y mientras un lento pero sostenido zoom se acerca a su rostro, vemos pasar, casi como si fuera una muestra de diapositivas, los diferentes estados de ánimo por los que pasa el personaje: sorpresa, desolación, rabia, y, finalmente, y ya en primerísimo plano, culpabilidad. Una muestra catedralicia de un actor dándolo todo sin un sólo gesto de más; y de un director que sabe lo que tiene entre manos y lo exprime. Lo mismo que George Lucas con Hayden Christensen, pero al revés.


5 comentarios:

ANRO dijo...

Como amante, que soy, de todo lo argentino (lease tambien Mafalda)no me voy a perder esta nueva peli de Campanella
El DArin es un actorazo del copón y si fuera americano del norte estaría en todos los altares actorales.
Un abrazote

Pabela dijo...

El mismo amor la misma... qué delicia de film!, a mí me encantó. He visto El secreto de sus ojos y es un nuevo Campanella, dentro del género al menos, pero que es máxima expresión de su talento y grandeza. No se la pierrrrrdan!!!

marcbranches dijo...

Pues mira, Anro, yo nunca he sido mafaldista, aunque reconozco el talento de Quino. Como ves, Pabela confirma que ese "Secreto de sus ojos" hace pinta sabrosa. Y además, son los "ojos" de Soledad Villamil...

Manuel Márquez dijo...

C..., compa Marc, que éstas las he visto todas, y sin que les haya hecho Alicia la reseña (por cierto, que requerido hace unos días a tal efecto por mi mujer, intenté explicarle, tan torpemente como de costumbre, que se trataba de una compañera de bloguerío; en fin, qué te voy a contar a tí...). A mí Campanella, aunque no pueda negársele ese puntito sensiblero, me parece un director magnífico, un tipo capaz de manufacturar un cine de comercialidad bestial no exento de calidad. Y eso es muy difícil, ese punto medio -entre el palomiteo vergonzante y el gafapastismo marmótico...- en el que está una virtud al alcance de contados. Él tiene la varita, y sabe usarla. Y nosotros, a disfrutar...

Un fuerte abrazo y hasta pronto.

marcbranches dijo...

Qué decepción, compa, qué decepción... y yo que pensaba que te ibas a mantener fiel a tus principios...

Es cierto que hay un tono sentimental indudable en la mirada de Campanella. Pero casi siempre consigue no sobrepasar la frontera con la sensiblería, que es algo muy facilón. Saludos.

 
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