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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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EL VIDEO MATÓ A LA VIAGRA STAR



¡Hay que ver lo que puede un título! La gente lee Sexo, mentiras y cintas de video, se piensan que es una versión yanki del Kamasutra, y allí que van, como locos, porque si se hubiera llamado "El cultivo del champiñón en el bajo Egipto" la cosa habría cambiado. Pues ni hablar del peluquín, en la película no se ve ni una escena de sexo... Pero no se puede negar que la película ofrece todo lo que dice el título: se habla sobre el sexo (o la falta de él), se miente mucho y las cintas de video son los mudos testigos de todo ello.
Soderbergh, con su primera película, de bajo presupuesto, consiguió un éxito de crítica que lo calificó como una gran promesa.
Nos explica la historia de una pareja, John (Peter Gallagher) y Ann (Andie MacDowell); él es un abogado de éxito, y ella la esposa perfecta, que tiene una hermana, Cynthia (Laura San Giacomo) muy “extrovertida” (según las palabras de su hermana, aunque sólo si está de buen humor). Un antiguo amigo de John, Graham (James Spader) va a hacerles una visita, y a partir de aquí sus vidas cambiarán, sobre todo a la que descubran el pasatiempo de Graham. No deja de ser revelador que la primera vez que aparece Graham, John critique su aspecto, diciendo que parece un enterrador, y cuando Ann descubre la verdad y va a hablar con el amigo de su marido, vista también como él.
He de reconocer que me cae mucho mejor la parejita “sexy” (Gallagher y San Giacomo), que la formada por Spader y MacDowell; ella y sus rizos es tan reprimida que no me gusta, es tan sólo al final, en la escena en que por fin habla de sus sentimientos y convierte a Graham en cazador-cazado, cuando su personaje gana en interés. Esa escena es la mejor de la película, una especie de juego de ratón y el gato en el que se van cambiando de papeles y (por fin) salen muchas verdades. La relación entre las dos hermanas es la mas interesante. Las dos se odian, y han radicalizado su comportamiento tan sólo para ser diferente a la otra. Pero un personaje secundario, el eterno ocupante del bar donde trabaja Cynthia, es el mas simpático de todos, con sus “parece un mantel pero es bonito” o “Yo voy de azul, tu vas de azul. No puede ser una coincidencia”.
De haberse rodado ahora, probablemente se habría llamado "Cibersexo, mentiras e internet", pero tened cuidado, porque nunca se sabe quien puede estar al otro lado del ordenador.... ¿Y vosotros, cuanto necesitarías? ¿Tres minutos o tres horas de cinta?
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EL GRAN HÉROE AMERICANO



Querido Oliverio Piedra:

Sé que no me diriges la palabra, que me tienes en tu lista negra, y puedo llegar a entenderlo. Eres un tipo orgulloso, soberbio y con no demasiada capacidad de autocrítica, y el palo que le pegué en su momento a esa hedionda bosta de elefante que perpetraste llamada “World Trade Center” te hizo mucha mella. Aunque no fui ni mucho menos el único, mi despiadada pero justa crítica te erosionó especialmente, siendo como soy un crítico de reconocidísimo prestigio, prestancia y prestaciones; tal es así, que desde entonces no tienes un mal proyecto que llevarte a la boca, algo que te permita superar la depresión que, sin pretenderlo, te he provocado. A lo mejor, Oliverio, es que ya ha pasado tu momento: ¿has reflexionado sobre ello? Puede que la gente esté cansada de tus paranoias, de tus tendencias grandilocuentes, de tu ansia de protagonismo. Puede que te hayas cansado, en realidad, de ti mismo. Fuiste uno de los grandes; uno de aquellos que salía a puñado de nominaciones por película, después de hacer saltar la banca con “Platoon”. Pero cuando acabaste tu trilogía vietnamita con “El cielo y la tierra” empezaste a dar peligrosos bandazos, entre ínfulas de autor, e igual te daba por destrozar un guión de Tarantino como hacer de Cameron Diaz una Florentina Pérez cualquiera. “World Trade Center” fue tan sólo, y perdonarás que hurgue en la herida de esta manera, la cagada definitiva. ¿Por qué me cabreaste tanto, te habrás preguntado durante todo este tiempo? Pues por “JFK”. Por supuesto.

Porque con “JFK” demostraste definitivamente que detrás del maniático político-conspirativo que llevas dentro había un director de cine extraordinario. Es tu mejor película y lo sabes. Posiblemente es en la que más jirones de piel te has dejado, en la que más te has volcado, y se nota. Sigue siendo, 16 años después, una cita obligatoria en cualquier escuela de cine, por muchas cosas, pero en particular por su montaje, que combina frenetismo e información en dosis perfectas, siempre manteniendo al espectador al borde del la saturación, sin llegar a alcanzarla en ningún momento. Nos metes por los ojos una combinación (mezclada, no agitada) de imágenes reales, falsos documentales, dramatizaciones que encajan milagrosamente como guantes en Gildas, y que contribuyen a hacernos tragar con tu plan. Oliver Plan: ni más ni menos que la sacralización del gran héroe americano del título del post. ¿Kennedy? Le pintas como poco menos que un santo, pero no. Tu gran héroe es Jim Garrison; como tú (o eso te crees), un luchador, un surfista contra la gran marea, un San Jorge contra el Dragón. De ahí tu elección para el papel, un Kevin Costner que de aquella era la gran estrella jolibudiense, y del que conseguiste sacar, quizás, la mejor de sus interpretaciones (aunque a veces no puedas evitar la sensación que quien actúa son sus gafas...): Costner hace de Garrison un personaje honesto, incisivo hasta la obsesión (en este aspecto la película entronca con la reciente “Zodiac”) y carismático, que va perdiendo, al igual que el pueblo americano (porque Garrison ES el pueblo americano) la inocencia virginal del comienzo. Costner, en paralelo a la película, encuentra su cenit en el juicio final, un crescendo de datos y discursos abrochado con un inolvidable speech que se cierra con ese “It’s up to you” que pronuncia Garrison a la cámara. Pero es que el resto del reparto es, y está, sobresaliente: desde esos Jack Lemmon y Walter Matthau que quisiste que aparecieran separados para evitar cualquier reacción cómica equivocada por parte del público, pasando por Tommy Lee Jones, Joe Pesci (inenarrable pelucón), Laurie Metcalf (¡qué gran actriz tan mal aprovechada!), Sissy Spacek, Michael Rooker, Kevin Bacon (su breve aparición es, sencillamente, descomunal) o el gran Donald Sutherland, hasta llegar a ese Lee Harvey Oswald redivivo en el que se convirtió cierto camaleón llamado Gary Oldman. Todo esto con el objetivo de sacudir los cimientos del stablishment, y demostrar que la mejor manera de ejercer la democracia es pateando gobiernos. Lo de menos en “JFK” para ti, Oliverio, era determinar quién apretó el gatillo, o señalar con el dedo los componentes de la conspiración que, finalizado el filme, todos los espectadores estamos convencidos que existió. Lo importante era demostrar que alguien mintió (y no sólo la comisión encabezada por Earl Warren, que con muy mala leche hiciste que interpretara el propio Garrison), que todo estaba encaminado a barrer la porquería debajo de la alfombra, y que desde los mecanismos de poder se estaba dispuesto a hacer lo necesario para mantener un orden (los 60, recordemos, fueron años de magnicidio: JFK, Luther King, Malcolm X, Bobby Kennedy). Y lo conseguiste, Oliverio, a base de crear una suerte de subgénero, llamémoslo dramadocumental (toma palabro), que encandiló a medio mundo. Y precisamente por eso, sr. Piedra, porque has demostrado albergar auténtico talento de cineasta, que no te perdono “World Trade Center”. Espero que algún día reencuentres tu camino y te redimas. Aunque no lo creas, yo estaré aquí para celebrarlo. Un cordial saludo,

Marcbranches

P.D.: hay una escena en la que el fiscal del distrito de Texas dice algo así como “Tengo la convicción moral de que Lee Harvey Oswald es el asesino de Kennedy”. Esto de la “convicción moral” me suena de algo...
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MALA SUERTE, JAKE



El cine negro ,junto con el western, es el género con mas genuino sabor americano, el que mejor ha sabido retratar la realidad del momento, el que mayor cantidad de mitos ha dado. Por eso no es de extrañar que de vez en cuando se haya querido volver a él; algunas veces con una reconstrucción milimétrica de la época y otras actualizándolo. Chinatown está dentro del primer tipo.
Jake (Jack Nicholson) es un detective, y no lleva una mala vida: viste bien, se puede permitir el lujo de compadecer a sus clientes o decir a la secretaria que se vaya a empolvar la nariz cuando quiere explicar un chiste verde... Todo va bien hasta que una mujer adinerada le contrata para que averigue si su marido le es infiel. Un caso habitual... en principio.
Pronto descubre que todo ha sido un engaño, la auténtica esposa aparece, el investigado fallece en extrañas circunstancias... Además, la mujer es una rubia (Faye Dunaway) que miente mas que habla, muy en la línea de la Mary Astor de El halcón maltés.
La música de Jerry Goldsmith es como debe ser el buen cine negro: elegante, sensual, envolvente, atmosférica... En esta ocasión no estamos en oscuras callejuelas, sino en la soleada Los Angeles, cerca del mar, con campos de naranjos.
Dos escenas son famosas por su violencia, aunque ahora nos pueden parecer cosa de niños, pero siguen aguantando el paso del tiempo: cuando un matón interpretado por el propio Polanski le corta la nariz a Jake, y la serie de bofetadas que le da Nicholson a Faye Dunaway.
Polanski seguro que se lo pasó en grande, sobre todo con John Huston, los dos zorros se tuvieron que reír de lo lindo con el final y con el personaje de Huston, Noah, una especie de cacique todopoderoso, amoral, seductor y perverso.
Y todavía no hemos hablado de Chinatown, o lo que significa en la película; Jake se fue de allí escarmentado por una historia que acabó mal, y desde entonces el Barrio Chino se ha convertido para él en sinónimo de mala suerte. Por cosas del destino tiene que volver a él, al final de la película. Hay una ligera discusión, alguien saca un arma y sube a un coche, huye y empiezan a disparar mientras vemos como el coche desaparece en la oscuridad, hacia el fondo de la pantalla. Sin que sepamos porqué, se detiene y se oye un cláxon, instantes después se oye un grito desgarrador. La cámara sigue a los personajes que se dirigen corriendo al coche y vemos lo sucedido. Desconcierto general, un muy ladino Noah queriéndose aprovechar de la situación y un Jake destrozado al que intentan consolar sus amigos: ”Es Chinatown, Jake”. No se puede pedir más. Nuevo travelling alejándose, mientras suena la música y “Fin".
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DINASTÍA (EPISODIO UNO)






El Padrino”. El puto “Padrino”.

Podría acabar el post sólo con esta procacidad, y la puñetera banda sonora. ¿Qué puede añadir este humilde cronista a toda la literatura crítica y cinematográfica que se ha desparramado acerca de esta supermegacalifragilístico-mítica película? Un pequeño dato de actualidad: con motivo de su sesenta aniversario, el American Film Institute (también llamado AFI, vaya usted a saber por qué) (espera…) ha renovado su lista de las cien mejores películas de la historia. La lista hace gala de auténticas barbaridades que en algún caso rozan el frikismo (el 10º puesto de “El mago de Oz” o el 24º de “E.T.” por exceso, y el ¡30º! de “Apocalypse now” por defecto), pero mantiene las constantes vitales de toda lista histórico-cinéfila que se precie: “Ciudadano Kane” en el número 1, y “El padrino” en el 2. Es el recurso más fácil y políticamente correcto, puesto que nadie osará discutirlas. Una vez le preguntaron al iconoclasta y con ínfulas de ex-crápula Carlos Boyero si no le parecía que Coppola había descendido de nivel alarmantemente desde “Drácula”: Boyero no pudo estar más atinado al responderle que, después de “La ley de la calle”, “Apocalypse now” y “El padrino”, Coppola tiene todo el derecho del mundo a dedicarse al onanismo el resto de su vida (en realidad, su expresión fue pelín más procaz, pero no procede). Hace ya unos meses mi socia capitalista Alicia publicó un post generalizando sobre la trilogía padrinística, pero tamaña(s) obra(s) maestra(s) merecen un tratamiento específico, personalizado y supermineralizado.

Hecho: “El padrino” es una película de encargo. Dicho en pocas palabras, Francis Ford Coppola necesitaba pasta y la adaptación de la exitosa novela de Mario Puzo era una oportunidad para abandonar el lúgubre mundo del RAI-cobrador del frac. El resultado de dicho encargo ha sido una de las mejores películas de la historia, que además supera por la derecha a su referente literario, en confrontación con el manido cliché de “¡hombre, es mucho mejor el libro, donde va a parar!”. “El padrino” es un film elefantiásico, pero sin caer en ningún momento en la desmesura; intimista en algunos momentos, operístico en otros, seco y sangriento casi siempre. Una combinación de elementos y profesionales (mención honorífica para la fotografía de Gordon Willis y la legendaria BSO de Nino Rota, protagonista de mi móvil desde hace muchos años) (envíe un SMS con la palabra Politono Corleone al 666) en estado de iluminada gracia que ha resultado alma, guía y religión de multitud de filmes, cineastas, escritores, cansautores… y del mejor personaje de la historia de la televisión: Tony Soprano, off course. “El padrino” es un pedazo de historia americana, bañada en sangre, inmigración, catolicismo malcurado e instinto de supervivencia. Un rotundo “así eran las cosas por aquí, y por eso somos como somos” encarnado en la brutal metamorfosis inversa (de mariposa a capullo) a la que se ve arrastrado el personaje de Michael Corleone, excelsamente interpretado por un Al Pacino en el que nadie creía y que borda un complicadísimo papel. Desde la celebérrima escena del bodorrio inicial, en la que Coppola nos hace creer, falsamente, que el centro neurálgico de su relato va a ser Vito Corleone (Marlon Brando + algodones en la boca = personaje más imitado de la historia del cine), y en la que se nos muestra a un Michael casi virginal (ojo al maquillaje), inocente y desapegado de las actividades criminales de la familia, Coppola nos va colando sutilmente, casi sin darnos cuenta, que el verdadero protagonista va a ser Anakin Skyw… digo, Mikey Corleone. A medida que su familia es atacada por las rivales, la “oveja blanca” de la familia se va asomando como el más adecuado descendiente de su padre, muy por encima del bulldog descerebrado de su hermano Sonny (James Caan), demostrando así que es el destino el que te escoge y nunca al revés. Coppola consigue que nos identifiquemos, a pesar de su sanguinolencia, con los códigos de honor tradicionalistas de la familia Corleone, en la que se incluye al leguleyo Tom Hagen (el gran Robert Duvall), y el roqueño espíritu de lealtad hacia los suyos del núcleo familiar de Don Vito. Para la anécdota quedan el sospechoso airecillo del personaje Johnny Fontane, un cantante famoso con oscuros lazos con el submundo criminal (cuentan que Sinatra se puso de muy mal café al leer la novela, y presionó para reducir el protagonismo del personaje), el “olvido” voluntario de Coppola y Puzo de la palabra “mafia” en todo el relato, o el papel premonitorio pre-mortem de las naranjas durante toda la saga que se inicia con el tiroteo en la parada de frutas a Vito. Queda en el recuerdo de la iconografía popular ese imperial Vito Corleone, un Marlon Brando deliciosamente histriónico, árido y apabullante en el negocio, cálido y protector en el refugio familiar; él nunca quiso esa clase de vida para su más prometedor vástago, pero no habría podido evitar una mueca de orgullo al ver cómo su hijo, en la escena final, miente sin apartar la mirada a su mujer, y recibe con cadenciosa solemnidad los respetos de sus subordinados. La puerta se cierra, el círculo también: habemus Padrino.
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UN PEZ LLAMADO CLEESE


Trailer: dícese del arte de destripar películas en unos minutos, que a veces resulta muy superior a la película en sí.
Pero a veces se les ocurre algo original, como en este caso. De la mente retorcidas del ex componente de esos adorables locos que fueron los Monty Python, John Cleese, seguro que tenía que salir algo bueno, y aquí lo demuestra, limitándose a explicar de que va Un pez llamado Wanda y porqué será un auténtico “bombazo”. Lástima que la voz que le han puesto no le pegue demasiado, pero por lo demás el video es divertidísimo. Atentos a los detalles: la corbata de Cleese, las patatas fritas con ketchup y la pecera. Eso se llaman pistas.

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UNDER MY SKIN




Razones para ver El detective cantante:
- número uno: Robert Downey Jr. interpretando a Dan Dark
- número dos: Robert Downey Jr. haciendo de Detective Cantante
- número tres: Robert Downey Jr. cantando
¿Tengo razón o tengo razón?
Dennis Potter es un guionista que escribió unas series de televisión totalmente rompedoras. Mezclaba realidad con ficción, mostrando como la gente intentaba huir de una vida miserable a través de la fantasía, ya fuera a través de canciones o novelas policíacas baratas. Era muy difícil llevar a la pantalla unas series tan complejas y duras, pero se consiguió con éxito en esa pequeña joya que es Peniques del cielo. El detective cantante no está a ese nivel, pero aún así es totalmente recomendable para alguien que quiera ver algo distinto, aunque no sea redonda, ni sea para todo tipo de público.
Un escritor, Dan Dark (Downey), tiene una enfermedad en la piel tremendamente dolorosa; la medicación le hace sufrir alucinaciones y ante él aparecen los personajes de su novela, así como recuerdos del pasado, que para terminar de redondear las cosas, en el momento mas inesperado se pueden poner a cantar antiguas canciones, pero todo se mezcla de tal manera que nunca sabe cual es el límite, donde está la realidad o su imaginación.
Está obsesionado con el sexo y lleno de ira, cree que su mujer le engaña, pero su manera de evadirse es creyendo que es el Detective cantante, uno de sus personajes de novela, muy en la línea de Marlowe, aunque capaz de entonar canciones tan irresistibles como It’s only to make believe o atreverse con una que ha sido versionada por sus satánicas majestades. ¿Que su mujer le engaña? Muy fácil, se la carga en la novela, aunque también habrá elementos de la infancia de Dan que se mezclen en la novela. (Este Freud...)
Robert tenía que competir con el recuerdo del excelente trabajo de Michael Gambon , pero pasa la prueba con nota: su enorme talento y carisma son el pilar sobre el que se sustenta la película, y no puede ser mas sólido.
Pero el resto del reparto no es moco de pavo: un irreconocible Mel Gibson, Robin Wright Penn, un Adrien Brody pre-Pataky, Jeremy Northam, Alfree Woodward, un Jon Polito que rememora sus tiempos de Muerte entre las flores, o hasta (¡oh, cielos!) Katie Holmes, en un papel que problablemente ahora no le habría dejado hacer Tom Cruise.
La mezcla de escenas sórdidas con canciones de los años 50-60 resulta sorprendente, y se ajusta muy bien a las escenas, como por ejemplo cuando el doctor que interpreta Mel Gibson intenta convencer a Dan para que de unos pasos ¿título de la canción? Three steps to heaven, por supuesto.
Un final muy abierto, con referencias a Seis personajes en busca de autor, y la forma de ponerse el sombrero Downey, cantando, nos hacen dudar si quien está ahí es realmente Dan Dark o si el Detective cantante se ha apoderado de él. Os recomiendo que no os vayáis antes de ver los títulos de crédito , ya que Robert sale cantando con su propia voz. Yo al menos no pude levantarme hasta que terminó de cantar.
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ROSAS AMARILLAS PARA LA CONDESA OLENSKA




“La verdadera soledad es vivir entre toda esta gente que sólo quiere que finjas”.

Esta es la desesperada confesión que Ellen Olenska le hace a Newland Archer, el único con el que puede sincerarse sin miedo, en su pequeño apartamento neoyorquino, aturdida y asfixiada por la atmósfera opresiva de formas y prejuicios que resulta ser la alta burguesía de la época, y pertenece a “La edad de la inocencia”, la película aparentemente menos scorsesiana de Martin Scorsese, basada en la extraordinaria novela de Edith Wharton del mismo título. Sí, he dicho aparentemente. Todos relacionamos a tito Martin con gangsters, chorizos de baja estofa, violencia explícita, sangre a chorros de manguera, sentimiento de culpa, urbanismo furibundo, cámara nerviosa, adrenalina por las nubes y hostias como panes. Lo más alejado de todo esto, en primera instancia, es un melodrama romántico de época, en el que los sentimientos se intuyen, las lenguas se muerden y las pasiones dicen lo contrario que los rostros. O no... A Marty le llegó la posibilidad de rodar esta película, por primera vez, alrededor de 1980, recién estrenada “Toro salvaje”. Siempre especulaba con la posibilidad de hacer una película romántica, y su amigo Jay Cocks le propuso la adaptación de “La edad de la inocencia” como una gran oportunidad. Pero Marty ya tenía en mente “El rey de la comedia”, y aún no se sentía preparado: su vida (y alguna de sus aficiones... las de tipo "nasal", por ejemplo...) aún era demasiado convulsa. En 1987, sin embargo, las cosas eran diferentes, y comenzó a poner en marcha, mientras daba a luz otros proyectos, la película en la que iba a demostrar que era capaz de rodar cualquier cosa, cualquier género, sin renunciar a su estilo.

Lo primero que tuvieron claro Scorsese y Cocks (no quiero ni un sólo chiste sobre el apellido de marras y su significado en castellano) era que había que mantenerse lo más fiel posible a la novela original. A fe que lo consiguieron; sin embargo, siendo esta una loable virtud del film, también trae consigo alguno de sus aspectos más discutibles. Hablo, por descontado, de la voz en off de Joanne Woodward (en castellano, Nuria Espert, a la que le cayeron palos por todos los lados), perenne protagonista del relato, hasta el punto de que a veces hace pensar si es una opción artística o un recurso fácil para sortear las dificultades que conlleva plasmar en imágenes las enfermizas descripciones de Edith Wharton. No desmerece, sin embargo, la película, excepcional. Desde el inicio en la ópera, en la que la presentación de la condesa Olenska (Michelle Pfeiffer, magistral) es subrayada a base de iluminación, Scorsese se afana en desmenuzar el concepto de “burguesía neoyorquina de final de siglo según Wharton”, dominado por un mundo jeroglífico en el que no se dice lo que piensa, en el que la gente se comunica por signos, el deporte nacional es el lanzamiento de puya, y en el que las reglas de la convención social están por encima de leyes y dogmas religiosos. Un mundo en el que la independiente, osada, incisiva, rebelde y vitalista (y muy separada de su millonario y europeo marido) Ellen Olenska no tiene cabida, aunque por supuesto nadie se va a acercar a decírselo. Este carácter tan distinto encandila a Newland Archer (Daniel Day-Lewis, magistral 2.0), ya prometido con la inocente, vacía y aparentemente papamoscas May Weiland (Winona “me-lo-llevo-prestado” Ryder, en un papel muy complicado del que sale airosa); la maquinaria burguesa se encargará, silenciosa y maquiavélicamente, de evitar una relación pasional inadecuada que amenaza con poner en peligro el equilibrio social que tanto les ha costado crear. Scorsese aplica a la perfección su sentido del ritmo a esta historia tan inicialmente alejada de su imaginario (aunque no deja de haber una fuerte carga de violencia, en este caso sentimental), aún bebiendo de fuentes viscontinianas o incluso wylerianas (“La heredera”), convirtiéndola en un feroz documento antropológico de las costumbres altoburguesas de la época: no es detalle baladí que entre la partida de libros londinenses que recibe Newland Archer esté (ojo momento cultureta) “La casa de la vida”, de Dante Gabriel Rossetti, un poemario de sonetos de arrebatado sentimentalismo. Marty se recrea en la insoportable contención de gestos, en esa mezcolanza de atormentado placer y sufrimiento que provoca cada caricia furtiva, en la agonía que supone estar a dos pasos de la utopía (“No puedo amarte a menos que renuncie a ti”), al son de la magnífica partitura de Elmer Bernstein y de las excelsas interpretaciones de sus protagonistas. Un final irreprochable, melancólica y dolorosamente hermoso, una visión de lo que pudo haber sido y no fue, que conduce a la ¿última? renuncia, cierra esta sublimación del talento de Scorsese, que con “La edad de la inocencia” demostró, no sólo que era capaz de atacar cualquier género y época que le echasen al ruedo, sino que, en el fondo, tito Marty también alberga una vena poética, él que acostumbra más bien a romperlas a puñetazos. Las venas, digo.
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PERDÓNALES, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN


Dedicada a Sergio y a Don”. Con esta sencilla dedicatoria a dos de sus maestros (¡y qué maestros!), Leone y Siegel, acaba Sin perdón.
Esta película sirvió para confirmar que Eastwood es un gran director, probablemente el último de los clásicos. Maravilloso homenaje al western, un género que conocía muy bien, pero al mas crepuscular y desengañado de ellos, enlazando con Raíces profundas o El hombre que mató a Liberty Vallance, por ejemplo.
El personaje del pistolero ha ido evolucionando; ya no tiene ese aire romántico y de héroe, sino que nos encontramos con personas viejas, sucias, cansadas y desengañadas. Saben cuáles son los resultados de la violencia, pero ya es demasiado tarde para escapar de ellos. Es más, la inexpresividad del jinete sin nombre ha dado paso a una gran emotividad contenida.
Con un reparto de los de ponerse de rodillas para dar gracias al cielo: Clint Eastwood, Morgan Freeman, Gene Hackman y un fantasmagórico Richard Harris, una soberbia fotografía, que abunda en escenas oscuras como acostumbra en los westerns de Eastwood, una música sencilla pero tremendamente efectiva.y un buen guión, pocas pegas se le pueden poner a esta película.
El protagonista, Bill Munny (Eastwood), es un antiguo pistolero, pendenciero y borrachín, que cambió de forma de ser al casarse con una mujer que tuvo que ser extraordinaria y ha dejado una profunda huella en él. Está arrepentido de su pasado, pero sabe que nada se le da tan bien como el manejo de las armas, aunque haya perdido vista con la edad. A la que se entere que unas prostitutas ofrecen una buena suma de dinero por acabar con quien mutiló a una de ellas, busca a su socio, Ned Logan (Freeman), pero no tarda en unirse a ellos el Chico de Schofield, que fanfarronea de su puntería y de cuanta gente ha matado. Lo que empezó siendo un simple encargo por dinero acaba convirtiéndose en una cuestión de principios para Munny. Tal vez él o Strawberry Alice sean escoria, pero tienen su dignidad y no merecen ser pisoteados.
Eastwood y Freeman demostraron lo maravillosamente que funcionaban juntos, siendo una especie de adelanto de lo que nos esperaba en Million dollar baby. Hackman como Billy Dagget, otro antiguo pistolero que se ha pasado al otro lado de la ley y hace lo que le sale de la estrella está perfecto también, y Richard Harris está especialmente brillante hablando de la diferencia entre matar a un rey y a un presidente.
El discurso final de Clint, bajo la lluvia, echando pestes contra el pueblo, mientras detrás suyo ondea una bandera, nos lleva irremediablemente a El jinete pálido o Infierno de cobardes, porque el tiempo no ha pasado por el western.
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EL REALISMO EN HOLLYWOOD SEGÚN TRAVOLTA


Operación Swordfish” es una curiosa y eficaz película de acción que ha conseguido que dos de sus escenas pasen a la pequeña imaginería del espectador pelín avezado. Una es el desnudo pectoral absolutamente gratuito, y sin más fundamento que el cheque correspondiente, que se marcó Halle Berry en mitad de la película. La otra es esta impactante escena inicial, en la que John Travolta, haciendo acopio de todas las ínfulas de estrella que es capaz, se marca un monólogo al respecto del realismo en Hollywood tomando como ejemplo “Tarde de perros”, de Sidney Lumet, mientras se toma un café con los amigotes... Cuando acaba su disertación, sin embargo, vemos que la situación es algo diferente. Además del juego metalingüístico cinéfilo, hay en dicho monólogo un guiño autorreferencial, que sólo se puede comprobar una vez visto el final del film. La película de Dominic Sena es correcta y resultona, pero esta escena de apertura es una pequeña perla. Akoki.
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LOS MEJORES AMIGOS DE UNA CHICA




Voy a romper una lanza a favor de un género que normalmente es de los mas despreciados: la “comedia romántica”. Soy la primera en reconocer que hay mucha basura catalogada con esa etiqueta, pero, seamos sinceros ¿cuantos de vosotros no habríais conseguido avanzar en vuestras conquistas si no hubierais llevado a la chica de turno a ver una comedia romántica para preparar el camino? Es injusto colocarlas a todas en el mismo saco, las hay que no son excesivamente pastelosas y no ofenden la inteligencia del espectador. Creo que la quinta esencia de lo mejor de ellas está en Desayuno con diamantes.
Basada en una novela de Truman Capote, a la que se le dio un final feliz que no tenía, en realidad nos muestra a dos perdedores que no quieren aceptar que lo son, engañándose a si mismos. Holly considera que es totalmente normal que le den cincuenta dólares cada vez que va al tocador, sin entender que eso la convierten en una especie de prostituta de lujo, y Paul quiere hacerse pasar por escritor, cuando en realidad es un mantenido. Los dos tienen miedo de enfrentarse a la realidad y al fracaso y se aferran al pasado: él al éxito de su primer libro y ella al recuerdo de su hermano Fred.
Blake Edwards nos retrata la “dolce vita” neoyorkina en escenas memorables como la de la fiesta del apartamento de Holly, heredera de la del camarote de los hermanos Marx, y cuenta con un irreconocible Mickey Rooney se encarga de poner las gotas de humor que ya preparaban para La pantera rosa.
¿Pero que hay en esta película de especial para que sobreviva al paso del tiempo? La razón es Holly Golightly, una de las criaturas mas deliciosas y encantadoras que han pasado por la pantalla. Tal como la define uno de los personajes “Es una farsante, pero es sincera”. Esta muchacha alocada, acostumbrada a tratar con dos tipos de hombres: los “canallas” y los “supercanallas”, cuyo único consuelo para sus “días rojos” es asomarse al escaparate de Tiffany’s para ver un mundo perfecto, que no quiere tener nada de su propiedad para no tener obligaciones y se sabe de memoria las listas de los hombres mas ricos del país, es la evolución lógica de la aventurera Lorelai Lee de Los caballeros las prefieren rubias. Pero su vida es un desastre; por muchos billetes de cincuenta dólares que le den para ir al tocador, su cuenta siempre acaba en números rojos.
Con frases como “Ese es el tipo de carta que una chica no puede leer sin tener los labios pintados”, “ Hay ciertas sombras de la iluminación que pueden destrozar el aspecto de una chica”,o “Se puede decir que tipo de persona cree un hombre que eres por los pendientes que te regala” no es de extrañar que Holly se convirtiera en todo un icono de la moda, y para eso hacía falta alguien capaz de vestir modelos de alta costura sin que pareciera que iba disfrazada. La única con esas condiciones era Audrey Hepburn, pudiendo ser con toda la naturalidad del mundo tanto la más sofisticada de las criaturas como la agradable “vecinita del lado”.
George Peppard, que por aquel entonces seguro que nunca soñó que acabaría siendo Hannibal, es el encargado de darle la réplica a Audrey, junto con una Patricia Neal en el mas puro estilo Mrs. Robinson.
La próxima vez que critiquéis la comedia romántica, no seáis tan duros ¿o es que nunca habéis tenido un “día rojo”?
 
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