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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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SÍRVAME LO MISMO QUE A ELLA





La escena más caliente que jamás se ha visto y se verá de la más bien mojigata Meg Ryan (sí, no me olvido de “In the cut”, esa boñiga lerdoerótica que resultó ser la prueba definitiva de que Jane Campion es una farsa), en esa excelente comedia romántica llamada “Cuando Harry encontró a Sally”, la cual, viendo el estado catatónico en el que se encuentra el género, sigue ganando puntos a medida que pasa el tiempo. El speech de arranque de Billy Cristal es muy reconociblemente masculino (“yo LO NOTO”), y decir que la réplica de Meg es contundente es quedarse muy corto. El careto de Harry durante el fingido abrazo al orgasmatrón de Sally es todo un poema (asonante). El remate al fondo de la red, la última línea de diálogo de la asombrada (y esperanzada...) comensal de al lado, es apoteósico, y fue idea del propio Billy Cristal. Apenas dos minutos que le obligan a uno a reflexionar sobre toda una vida sexual. Glups.
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TOMA EL DINERO Y CORRE



Hacía bastante tiempo que no nos paseábamos por la obra de Stanley Kubrick, uno de los preferidos de La Linterna Mágica. Stan the Man es un director de esos al que uno se acerca con enorme respeto, lo más sigilosamente posible, con la convicción de nuestra propia insignificancia, dando pasos muy cortos y cuidadosos, con el temor de despertar a la bestia muy presente. Kubrick se empeñó en hacer de cada film una revolución, de cada propuesta la definitiva. Quiso desmontar, reinventar y finiquitar todos y cada uno de los géneros que abrazó, siempre obsesionado con decir la última palabra, con trascender más allá del cine. Sus armas para defender todo esto fueron la puntillosidad, un carácter de mil demonios y un talento desmesurado, hasta tal punto que esa abrumadora grandilocuencia, en algunos casos, resulta un lastre (menor, en cualquier caso) para algunas de sus películas, y para la mirada del espectador poco exigente. No ocurre esto, sin embargo, con sus primeras películas. “El beso del asesino”, cine-negro-con-boxeador apuntaba pero no disparaba, y fracasó en taquilla. Esto convenció a Stanley de que los caminos del Señor no le habían llevado por la senda de la escritura original, y descubrió que adaptar un buen libro pudiera ser una buena solución (once de cada diez guionistas del Hollywood actual opinan lo mismo, intercalando “libro” con “cómic”, “serie de TV” o “videojuego”). “La jungla de asfalto”, de John Huston, había retocado los parámetros clásicos del cine negro (Godard aún no se ha repuesto del cabreo), y a Kubrick eso de rehacer géneros empezó a hacerle gracia. Pero era joven, y su ego aún no se había situado a la altura de un dios griego, así que su adaptación de la novela “Clean break”, de Lionel White, albergaba las intenciones de una vuelta de tuerca narrativa a golpe de deconstrucción temporal que, muchas años después, se ha convertido en referente de cineastas supuestamente innovadores que, en realidad, se han dedicado a homenajearle. Ejemplo: la escena del centro comercial de “Jackie Brown”, de un tal Quentin nosecuántos...

Atraco perfecto” tiene el aspecto de serie B al que obliga tanto el género negro como su referente literario, y Kubrick aún no es lo suficientemente pretencioso como para saltarse a la torera dicha premisa. Explicada en modo Tradicional “on”, este relato de un atraco frustrado (sí, el título español era para despistar: lástima que la sorpresa se vaya al carajo nada más comenzar el film) (lo que refuerza mi teoría que los que retitulan los films extranjeros ni se los miran) aguantaría envites críticos con mucha compañeras de género, pero posiblemente no pasaría de ahí. Una banda de respetables ciudadanos reunida por Johnny Clay (Sterling Hayden) que planean y llevan a cabo el atraco a la caja de un hipódromo, y cuyo plan se complica de manera trágica debido a la aparición de ciertos factores externos. Factor externo alfa: la esposa de uno de los atracadores, Sherry (Marie Windsor), un verdadero zorrón desorejado. O sea, las mujeres adoptando el papel habitual del cine negro. En este caso, un análisis algo malévolo (o no tanto, conociendo a Stan) nos llevaría a una misoginia evidente en “Atraco perfecto”: aparte de la esposa que lo estropea todo, las otras dos mujeres que aparecen en el filme son meros floreros; la mujer/novia/amante de Johnny, sumisa y obediente como ella sola, y la esposa de Mike O’Reilly (Joe Sawyer), cuya enfermedad le obliga a participar en el atraco. De hecho, la presentación de Sherry no es sino la actuación de una metralleta de frases sarcásticas y despectivas hacia su marido George (Elisha Cook), sin duda obra del gurú de la novela negra Jim Thompson, dialoguista de la película, que llega a resultar excesiva; de hecho, se puede afirmar que Kubrick no se molesta en ser demasiado sutil en el dibujo de los personajes. Formalmente, la película alberga esos juegos de luces y sombras que sólo el blanco y negro nos puede ofrecer, y ciertos apuntes de la minuciosidad marca Kubrick en travellings y encuadres.

Por supuesto, todo esto queda algo relegado al hablar de la narrativa propiamente dicha, alejada de la linealidad standard para mostrarnos el relato desde los diferentes puntos de vista, permitiendo que las motivaciones de unos y las debilidades de otros resulten dramáticamente más acusadas. Para facilitar la comprensión de la historia, Kubrick se ayuda de la voz en off, que va situando al espectador en cada momento temporal, cual señalero de un avión (más a la derecha, un poquito a la izquierda). Una opción arriesgadísima en aquella época, pero que le otorgó a Stanley el prestigio suficiente como para que Kirk Douglas se fijase en él y... bueno, eso ya es otra historia. Es inútil remarcar que “Atraco perfecto” bebe directamente de las fuentes de “La jungla de asfalto”, aunque para muchos la supera (no para mí), incluido el gran Sterling Hayden. El cine negro fue, pues, el primer género dinamitado por Kubrick, su primer paso, tímido, respetuoso aún, hacia la Historia del cine.

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WORKING CLASS HEROES


Hay una especie de género que está muy arraigado en Gran Bretaña: el que trata de la clase obrera, que tuvo su mejor caldo de cultivo durante el mandato de Margaret Thatcher (¿porqué será?). Gente como Jim Sheridan, Stephen Frears o Neil Jordan se dedicaron a él, pero el que parece mas apegado a él es Ken Loach.
Riff Raff es una de sus primeras películas y con la que empezó a ser conocido. Trata de un grupo de obreros de la construcción, que a pesar de ser ingleses están mucho mas cerca de Pepe Gotera y Otilio que lo que nos pensábamos. No puede hablarse de una historia concreta o un guión, todo vienen a ser escenas aisladas que nos muestran la vida cotidiana de todos ellos, la manera en que dejan de trabajar cuando los jefes no están delante, los trapicheos para poder seguir cobrando el paro, los constantes robos de material de la obra, los recortes de medidas de seguridad por parte de los patronos para ahorrar dinero... Todo nos resulta familiar y cercano, y para que la identificación sea mayor, lo mejor es usar a actores desconocidos que no parezca que interpreten, sino que podrían ser perfectamente una de las personas con las que te encuentras en el metro cada día. Está bien que el cine de vez en cuando se acuerde de los olvidados, de los que nunca pintamos nada e intentamos sobrevivir cada día, los que no somos ni guapos ni feos, ni demasiado ingeniosos o aburridos, gente del montón.
Robert Carlyle es Steve, un escocés que acaba de llegar a la ciudad y se mete de okupa en un piso, aunque tiene sus sueños, ya que cree que lo de trabajar en las obras será algo temporal: quiere abrir una tienda de calzoncillos. Además, conoce a una chica, Susan (Emer McCourt), aficionada a los horóscopos y que es una desastrosa cantante. Escenas tan divertidas como la del baño de uno de los obreros en el piso de muestra de la obra o la de un entierro en el mas puro estilo el Nota se combinan con otras mas dramáticas, como las del diálogo entre Steve y Susan sobre las drogas o el accidente de uno de los compañeros.
Carlyle todavía no era conocido, pero era perfecto para interpretar a un obrero, no desprovisto de encanto, como en Full Monty
Unas ratas que pululan entre la obra abren y cierran la película, y mira por donde aquí es donde coinciden dos cineastas tan distintos como Loach y Scorsese. Mardito roeore.
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ASESINATO DE ESTADO







Sister I won’t ask for forgiveness/ My sins are all I have

Un ripio del tema de tito Bruce (el OTRO tito Bruce) que resulta muy definitorio de la personalidad de Matthew Poncelet, el chulesco y condenado amago de James Dean al que interpreta Sean Penn en la película “Pena de muerte”, de Tim Robbins (título español más evidente y menos contundente que el original “Dead man walking”), un extraordinario ejercicio de reflexión objetiva del sr. Sarandon sobre un tema tan espinoso como la pena capital. Tim Robbins, todo un icono de la cultu-izquierda americana (uséase, universal) del cual poco podía hubiera esperado uno en sus inicios si se atenía a la expresión bovina de su personaje en “Los búfalos de Durham”, había dado arranque a su carrera como director con el falso documental político “Ciudadano Bob Roberts” (reseña linterniana aquí), toda una demostración de nervio formal e ideológico que debería formar parte del índice del temario de cualquier escuela de cine que se precie; Robbins se posicionó políticamente desde una mirada propia en un espejo cóncavo, sin ahorrar munición en su afán ametrallador, del que no se libraron los (supuestamente) más afines a sus ideas. Con “Pena de muerte”, un film muy diferente, en todos los sentidos, a su antecesor, Robbins reafirma su voluntad de alejarse de maniqueísmos, sin que eso determine una falta de posicionamiento o una confusa y calculada ambigüedad; una cosa es tomar postura y otra muy diferente ser maniqueo: abajo el prejuicio, viva el postjuicio. En “Pena de muerte”, Tim Robbins trata de tomar partido desde el mismísimo entresijo del conflicto, y nunca antes de entrevistarse con todos los agentes del mismo para hacerse con el mayor número de piezas del puzzle posibles, y a partir de ahí edificar el teorema que, en cualquier caso, nunca será enunciado explícitamente, puesto que su intención es que el espectador saque sus propias conclusiones. Aunque con trampa, eso sí... Voy a por unos Cheetos y una Mirinda limón.

Marcbranches returns. Hablemos de cine: “Pena de muerte” es una extraordinaria película. No hay mucho que explicar sobre el argumento, supongo: reo conoce a monja, reo es condenado a muerte, monja conoce a padres asesinados por reo, madre de reo... vale, está bien, es un poco más complicado que eso. Pero no mucho más. Basada en la experiencia personal de Helen Prejean, nos muestra como dicha monja (la sra. Robbins, merecidísimo Oscar, qué mirada) se enfrenta a los demonios personales del condenado a muerte Matthew Poncelet (soberbio Sean Penn), a los fríos recovecos legales de la pena capital, y a los padres de las dos víctimas de Poncelet (aunque él niega la mayor: de hecho, la duda sobre si fue el verdadero autor de los crímenes es el mcguffin de la cinta), plenos de rabia, dolor e incomprensión. Helen Prejean se ve envuelta sin pretenderlo (“me siento atrapada, más que impulsada” contesta a su madre cuando le requiere, preocupada, por la causa de sus desvelos por Poncelet) en una vorágine de sinsentido inopinadamente surrealista (los toques de humor con los que Robbins salpica la primera mitad del film dan buena cuenta de ello) a la que la buena mujer opone su mirada limpia e inocente de católica convencida. Entre los múltiples obstáculos que se encuentra (política, la propia postura de la iglesia), el mayor es el propio Poncelet, un arrogante y paleto chulito de pueblo que acude a ella en busca de redención gratuita-pasepernocta, sin darse cuenta de que esa redención sólo la puede obtener desde la asunción de sus pecados (Prejean dixit) (a mí no me miren, que soy ateo). Robbins se preocupa en mostrarnos las caras del dolor de las víctimas, una más radical encarnada en los Percy, y otra que intenta sobrepasar la rabia irracional de la pérdida, representada por el sr. Delacroix. “Pena de muerte” se empeña en mostrarnos hasta los más nimios detalles del gélido proceso administrativo de la ejecución de estado, para que compartamos el espanto de Helen Prejean ante la frialdad del procedimiento, hasta llegar al clímax final, en el que Robbins no se ahorra ningún detalle de la ejecución (y eso que eligió, con toda la intención, la inyección letal, la más “humana”...) sin valerse de efectismos: así, consigue que nuestro espanto sea auténtico, y no prefabricado. Aunque...

Antes hablé de una pequeña trampa de tito Tim. Aviso que destripo el final: no quiero reclamaciones ni querellas, que los abogados están por las nubes. La trampa es el arrepentimiento final de Poncelet, que reconoce su culpabilidad y suplica perdón, en su último discurso (ya atado y en postura de crucifixión, nada menos); con este golpe, el actor-director americano facilita nuestra identificación final con el condenado a muerte. Un pecadillo venial, como mucho, que no perjudica la valentía de la propuesta. Como detalles a destacar, no puedo pasar por alto ni la gran banda sonora (el Boss, Peter Gabriel, Nusrat Fateh Ali Khan, Eddie Veder...) ni la nueva aparición de un jovencísimo y deshinchadísimo Jack Black, el actor fetiche de Robbins, aunque parezca mentira: ha estado en sus tres películas como director. El único que ha repetido en las tres, junto a... cómo se llama esa actriz... bueno, ya me saldrá.

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IMITACIÓN AL MELODRAMA



Ver esta película es como entrar en el túnel del tiempo. Todo en ella recuerda a los melodramas de Douglas Sirk: el uso del color, la música... hasta los títulos de crédito parecen de esa época. De hecho, además tiene en común con Sólo el cielo lo sabe la relación mal vista por todos de un jardinero y la mujer para la que trabaja, por no hablar de la coincidencia con los títulos originales.
Lejos del cielo explica la historia de un matrimonio, los Whitaker, formado por Cathy (Julianne Moore) y Frank (Dennis Quaid). Todo es perfecto: la casa, los niños, el pueblo. No es de extrañar que la mujer perfecta salga en una revista perfecta al mas puro estilo Life... Pero algo podrido huele en Hartford.
El marido se siente desgraciado sin saber porqué y bebe para olvidarlo, hasta que encuentra la causa, aunque sabe que no es la que gustaría a todo el mundo.
El racismo también hace de las suyas en ese precioso pueblecito, la única relación que se permite entre dos personas de raza diferente es la de amo-criado, cualquier otra es vista como una amenaza, por cualquiera de los dos lados.
Breves pero precisas pinceladas nos muestran la intolerancia de la gente del pueblo. Cualquier cosa que se salga de lo establecido es apartada y criticada, ya sea la homosexualidad, el arte moderno, razas o clases distintas. No se puede romper la armonía del cuadro, los colores han de combinar y todo ha de estar en su sitio. Lo demás no importa.
Sorprende un poco que el director haya sido Todd Haynes, ya que su anterior película fue la irresistiblemente glam Velvet Goldmine, pero las dos reflejan dos tipos de sociedad muy determinadas y cómo influye ésta en la vida de los personajes.
Uno de los detalles que pueden chocar mas ahora es la forma en que se quiere asumir que la homosexualidad es una enfermedad: «Estoy seguro de que esto es una enfermedad, porque me hace sentir despreciable», dice el muy respetable Sr. Whitaker, pero por supuesto el tratamiento médico resultará un fracaso.
El hecho que esté situada en una época muy concreta no hace que nos sintamos menos identificados con los protagonistas: ¿en realidad hemos cambiado tanto? ¿Seguro que todavía no existen buena parte de los prejuicios que muestra ? Vale, se han conseguido algunos...
Julianne Moore está estupenda en su papel, seguida por el generalmente desaprovechado Dennis Quaid y Patricia Clarkson. La única pega que encuentro es que Dennis Haybert recuerda físicamente a Denzel Washington pero carece de su sex appeal, y eso habría añadido tensión erótica a la historia (el mismo defecto que le encontré a Por encima de todo, también protagonizada por él, con la que tiene algún punto de contacto). Aunque eso es una apreciación muy personal mia, por supuesto.
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LA MALDICIÓN DE LA PANTERA ROSA



Camaleón:
1) m. reptil escamoso de unos 30 cm. de longitud, cola prensil y ojos de movimiento independiente. Animal mimético, su piel cambia de color para adaptarse al de los objetos que le rodean.
2) col. Peter Sellers.

Aunque no podría asegurarlo, puesto que no he vivido épocas pasadas (no soy ni H. G. Wells ni Rip Hunter), estoy absolutamente convencido de que la primera vez que se asoció el término “camaleón” a un actor fue gracias a él. Y si no fue así, lo habría merecido. Peter Sellers difícilmente formará parte de una lista de mejores actores, poca gente lo incluirá entre sus actores favoritos; pero aquí su seguro servidor no tiene ninguna duda de que el actor-showman-genio británico ha sido uno de los talentos más indiscutibles que ha parido madre en la historia del cine. O quizás habría que especificar que ha sido uno de los mayores talentos ARTÍSTICOS, y que se plasmó en la cinematografía como podía haber sido en cualquier otro ámbito. Por desgracia, el cine no supo exprimir todo el jugo que Sellers llevaba dentro, y su carrera se hubiera quedado a la altura de un Martin Lawrence cualquiera si no hubiese sido por Blake Edwards (quien le dio la celebridad) y, en particular, Stanley Kubrick (quien le regaló prestigio a borbotones, luego mal aprovechado). Su filmografía está trufada de filmes fallidos, de fracasos en taquilla y de frustraciones, aunque su popularidad se mantuvo muy cerca de las nubes durante los cincuenta y sesenta, tanto en la Pérfida Albión como en los Yuesei. Era un personaje a la búsqueda permanente de sí mismo, una personalidad difuminada entre imitaciones, impostaciones, parodias e interpretaciones; una entrega tan absoluta a la investigación de las debilidades y los tics ajenos que se olvidó de los suyos, hasta tal punto que llegó a olvidar quién y qué era Peter Sellers.

Richard Henry Sellers comenzó a hacerse famoso en Gran Bretaña a raíz de un programa de radio llamado “The Goon Show” en la BBC, junto a unos coleguitas comediantes, que acabó siendo trasladado a la TV (¿alguien ha dicho “Monty Python”?). De aquí al cine tan sólo había un paso, y Sellers, ávido de éxito y reconocimiento, no dudó en darlo. Sus comienzos en la comedia británica son irregulares artísticamente (aunque hay buenas películas como “El quinteto de la muerte”), pero su fama crece imparablemente, hasta llegar a compartir cartel con la divissima Sofia Loren en la mediocre “La millonaria” (interpretando a un psicólogo hindú: su carrera está plena de orientales...). Y entonces llega cierto director barnizado de grandilocuencia hasta en la barba, un tal Kubrick, que está preparando una bomba de relojería llamada “Lolita”, y se le ocurre que Sellers podría dar vida al esquivo y perverso Clare Quilty. Stan, que de tonto no tenía ni un pelo, le dio plena libertad a Peter, hasta tal punto que permitió que su personaje creciera en importancia y presencia. Peter Sellers borda un Clare Quilty elegante, snob, retorcido y decadente, en un trabajo para la historia. Así que Kubrick le recluta para su primera comedia oficial, “Dr. Strangelove”, y le ofrece, en un primer momento, cuatro papeles, que finalmente se convierten en tres, siendo el más recordado el propio Dr. Strangelove, ese científico germanoide de brazo saltarín y gafitas marca Auschwitz. Kubrick y Sellers no volverían a repetir juntos (dos personalidades demasiado difíciles para permitir una convivencia artística duradera), pero ya habían hecho historia. Entre medias, un director, Blake Edwards, que decide quedarse a mitad de camino entre el hieratismo británico y el slapstick, pergeñando lo que sería el ying y el yang de la carrera de Sellers: “La pantera rosa”. Aunque más bien habría que personificar en el disparatado, torpe, absurdo y mezquino inspector Closeau, un secundario de lujo en esta primera entrega, y que fagocitaría la secuela, “El nuevo caso del inspector Closeau”, apenas un año después. Mientras “Casino Royale” o “What’s new, pussycat?” acrecientan su cuenta corriente, de la mano de Blake Edwards, de nuevo, llega su gran momento protagonista, la que se podría considerar película definitiva del rey de la comedia Sellers: “El guateque”. Edwards y Sellers, sin más apoyo que unas pocas páginas de guión, y embriagados de todo el poder de improvisación que les han entregado los dioses, bordan un slapstick disparatado rebosante de las situaciones más esperpénticas a un ritmo insólitamente pausado. Los setenta no son buena época para Sellers, ni en lo personal ni en lo artístico, como prueba el hecho de que acepte a regañadientes volver al personaje que le instaló en la leyenda, a pesar de sus diferencias con mr. Edwards. Y por triplicado: tres “panteras” en poco más de tres años... Sin embargo, aún habría tiempo de un último gran papel, el jardinero discapacitado de “Bienvenido, Mr. Chance”, interpretado con enorme delicadeza y recato por Sellers, quien perdió su última oportunidad de ganar un Oscar a manos del Dustin Hoffman de ese telefilme con ínfulas llamado “Kramer contra Kramer”. Peter Sellers nos dejó a los 54 años, presa de su casquivano ritmo de vida (vida que mereció un curioso biopic hace poco, “Life and death of Peter Sellers”), dejando un aura de incomprensión e irritable genialidad, y una carrera en dientes de sierra pero salpicada de retazos de historia cinéfila.

Siempre nos quedará Hrundi V. Bakshi...
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PAÍS DE LOS COEN


Los hermanos Joel y Ethan tienen un estilo muy peculiar, reinterpretando los géneros a su manera (comedias a lo Capra, a lo Hawks, pesadillas de Lynch...) pero donde parecen estar mas a gusto es en el cine negro, que es al que han recurrido en mas ocasiones, y la verdad es que con muy buenos resultados. Esperemos que los Coen hayan superado el bajón por el que habían pasado últimamente, y con esta No country for old men nos vuelvan a entusiasmar tanto como lo consiguieron por ejemplo con Muerte entre las flores o Fargo. Al menos las críticas de Cannes fueron muy positivas, y nuestro Javier Bardem estuvo bastante cerca de llevarse un premio. Con un reparto completado con gente como Tommy Lee Jones o Woody Harrelson parece que esta vez no nos van a decepcionar.
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PERO SIGO SIENDO EL REY




En los años 30, en plena Depresión y en tiempos de guerra, ¿qué mejor que sentir terror de algo totalmente irreal para olvidar la realidad del momento?. Se estrenó una pequeña película que sin saberlo acabó convirtiéndose en un mito, al que se ha homenajeado en infinidad de ocasiones, desafiando el paso del tiempo. Años después, un niño neozelandés, bajito y gordito, quedó fascinado por esa película. El niño creció, se convirtió en director de cine, pero la película seguía obsesionándole. Y vete aquí que dirigió una trilogía sobre no-se-que-de-los-anillos que desbordó todos los éxitos de taquilla, y le puso en condiciones de hacer lo que quisiera. ¿Cual iba a ser su siguiente proyecto tras el exitazo? Muy fácil, su propia versión de King Kong. Reconozco que le envidio, muy pocas personas han podido ver sus sueños hechos realidad.
Contando con un presupuesto superior al de todas las películas que se rodaron en el año del original, unos medios que nunca habrían soñado en esos tiempos y con una duración de casi el doble de la primera, no podemos decir que haya copiado plano a plano como han hecho otros que me callo. Jakson ha contado el King Kong que le habría gustado ver de niño.
El principio se centra en la presentación de los personajes y en la Depresión; mas a menos a todos les afecta, por eso, cuando un director de cine bajito y gordito (fíjate que cosas), que interpreta Jack Black, enreda a un equipo para rodar en una isla misteriosa, acaban cediendo.
Pero desde que llegamos a la isla todo es otra historia. Criaturas extrañas, acción sin descanso (que agotador debía de ser vivir en la prehistoria, intentando sobrevivir a cada momento), que hace que nos hagamos la pregunta del millón: ¿a quien queremos mas , a mamá o a papa? ¿quien es mejor el Spielberg de Parque jurásico o el Peter Jackson de King Kong? ; y -por supuesto- está Kong...
Nuestro grandullón favorito consigue aquí una expresividad y humanidad increíbles, aunque sin dejar de ser un animal, y hasta muestra su sentido de humor, pero sus ojos normalmente son muy tristes. El rey está triste ¿qué tendrá el rey? Dichosas rubias.
La principal obsesión es la del personaje del director, Carl Derham, a quien no le importa poner en peligro la vida de las personas que haga falta con tal de rodar su película; siempre tiene a mano la excusa de que lo hará en recuerdo de los fallecidos y les dedicará la recaudación;. mas que director parece un político. Jack Black está mucho mas contenido de lo que nos esperábamos, y eso es de agradecer.
La chica, Ann Darrow, (Naomi Watts) es la bella que hará sucumbir a la bestia. Le gustan los intelectuales de ojos tristes como Jack Driscoll (Adrien Brody). Los tiempos han cambiado, Kong es la estrella y ya se puede sugerir una atracción mútua.
La frase final es la misma en las dos películas: “No, no fueron los aviones. La belleza mató a la bestia.”, pero las dos son distintas, la primera era magia y la segunda es espectáculo; al fin y al cabo ¿qué tiene que ver la velocidad con el tocino?.
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MUMFORD, COMO LA CIUDAD



Hoy toca película potita-potita de verdá. Alice la Directrice, en su lúcida e inabordable sabiduría (regada por años y años de experiencia) (y años y años), suele apelar a cierto lado sensiblón que, por lo visto, dejo traslucir de tanto en cuanto. Aprovecho, pues, este post para desmentir dicha afirmación por completo en presencia de cualquier juez que esté leyendo esto: en mi condición de ser plenamente masculino, puedo proclamar y proclamo que no bajo la tapa del lavabo, que mi faringe tiene una hormonal tendencia al eructo destemplado y traicionero, que no puedo acostarme sin realizar ocho perfectas burillas con cualquier elemento de la tabla periódica que me encuentre entre los dedos de los pies, que padezco de priapismo mental crónico y que, por supuesto, estoy firmemente convencido de que ninguna camiseta es lo suficientemente vieja como para tener que tirarla. No sólo eso, si no que además soy universalmente conocido por mi cinismo, mi mordaz sarcasmo ante cualquier conato de ñoñería, la sonrisilla vorazmente desdeñosa que preside mi gesto ante cualquier atisbo de optimismo desmesurado o de canto pasado de merengue al amó-arcoiris-disisagüonderfulaif. Yo soy un TIPO DURO: me hice un hombre en los noventa, y mis profesores de la vida fueron HOMBRES DE VERDAD como John McLane, Joe Hallenbeck o Sarah Connor. Así que ni una sola tontería, y pasarme otro Ducados, que ya me enciendo yo la cerilla con el jeto...

Lo que pasa es que claro, luego viene Lawrence Kasdan, un tipo al que ya sólo por el guión de “El imperio contraataca” uno sería capaz de ofrecerle hasta su colección de cómics de Batman como ofrenda, y me trae una cosa como “Mumford”. ¿Qué es “Mumford”? Pues muchas cosas. En primer lugar, es quizás la película menos conocida de Kasdan, que venía de darse un par de buenas galletas en su prestigio cinéfilo con “Wyatt Earp” y “French Kiss”, y decidió levantar cabeza con un film aparentemente menor y sin estrellas. Por otro lado, es la demostración de que se puede hacer un cine optimista, amable y capriano en el siglo XXI sin morir en el intento. Y, last but not least, es la demostración preclara y definitiva de que Kasdan es un extraño hacedor de atmósferas propias (recuérdese esa pequeña maravilla llamada “El turista accidental”) a contracorriente, y de personajes-perro verde algo lunáticos. “Mumford” es una película no apta para “modernos”, en la que la dirección se torna casi invisible, dando paso preferencial al guión, que por supuesto es de textura férrea (no se dejen llevar por la ligereza de la historia, señores), y a las interpretaciones, que en este caso podemos determinar como extraordinarias. La narrativa es pausada, se toma su tiempo para llegar al centro neurálgico de la cuestión, y a algunos les puede descolocar la placidez de la primera parte del relato, en el que Kasdan nos muestra a un psicólogo llamado Mickey Mumford (Loren Dean, siempre competente), que trata a sus diversos pacientes en el pueblo llamado, vayapordios, Mumford, al que ha llegado hace unos cuatro meses. El tipo ha encajado perfectamente en este luminoso y acogedor pueblo, y se comporta de igual manera (esto es, de manera luminosa y acogedora...). Sus pacientes confían en él y tiene el cariño de (casi todos) los habitantes, incluido el multimillonario local, Skip Skipperton (el inmenso Jason Lee), un paleto bonachón a pesar de nadar en billetes verdes (impagable la expresión medio resignada medio bobalicona de Lee al decir “tengo tres mil millones de dólares”) con el que entabla una extraña relación de “amistad profesional” que, a mitad de la película, hará que Mickey Mumford confiese a Skip y al espectador quién es en realidad... y quién no es. Una de sus pacientes, además, Sofie Crisp (Hope Davis; como la mayoría del reparto de este film, una tan extraordinaria como poco conocida actriz), aquejada de un inexplicable cansancio físico y mental, se convertirá en el detonante sentimental del relato. “Mumford” es una película optimista, agradable, soleada, que nos transporta por un camino desprovisto de la rocosidad del habitual melodrama moderno, pero también de la simplicidad y de la estulticia del 99% de la comedia parida por yanquilandia. Kasdan se revela, una vez más, un enorme humanista, un retratista de fobias, filias y sensibilidades (convierte el reparto de periódicos en una de las actividades más románticas que uno haya tenido la ocasión de ver en un cine. Y sin un sólo morreo); el dicharachero fotógrafo de las almas de unos seres humanos que, como todos nosotros, lo único que necesitan es que, de vez en cuando, les escuchen. Larry Kasdan convierte al doctor Mumford en una especie de mesías del pueblo llamado Mumford, un contumaz salvador de almas perdidas a través del diálogo inductivo, en la desesperada búsqueda de, precisamente, su propia liberación (¿redención? ¿calvinismo? ¿Schrader? Hmmmm... Marty, espera, tengo que hacerte unas preguntas...). Un reparto secundario excepcional (Alfre Woodard, Mary McDonnell, Pruitt Taylor Vince, David Paymer, Ted Danson o la gran Jane Adams) y un final quizás demasiado reblandecido cierran esta excelente película de Lawrence Kasdan, considerada menor en su filmografía, pero que muchos otros darían su brazo porque fuese su obra maestra. Venga, todos a verla en cuanto podáis, y luego preguntaros qué hubiese hecho Woody con esta película...
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EL CLIENTE SIEMPRE TIENE RAZÓN


Y seguimos con nuestro apartado de "Cocina con fundamento". Si antes tuvimos a Paul Newman que nos enseñó a comer unos huevos duros, ahora le toca el turno a Chow Fun Fat, que nos muestra como tomar un arroz tres delicias made in Hong Kong en Un mañana mejor 2. Chow ha sido el actor fetiche de John Woo, y la verdad es que cuando trabajaban juntos conseguían los mejores resultados. Ojo a la irrupción de unos jovencitos que quieren imitar a su personaje en Un mañana mejor I ante la indiferencia de Yun Fat, que sigue siendo tan cool como siempre, porque él es el original, no la copia... Así que ya podeis coger los palillos y cuidadito con que se caiga un sólo grano de arroz.

 
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