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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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TODO EL MUNDO ES JAPONÉS


-¿Tengo que preocuparme por ti?

-Sólo si tú quieres.

Lost in translation”, 2003

Me llamo Bob Harris y dicen que soy un actor famoso. Estoy en Tokyo. No he estado nunca en Japón, y, a mis cincuenta y alguno, por alguna razón será. No me apetecía nada, pero me pagan un pastón por publicitar un whisky, y mi carrera cinematográfica se está estancando. No entiendo a los japoneses, siempre sonriendo, pasmados de mi unonoventa, gorgoteando su idioma. Creo que la traductora que me han asignado me torea, orientalmente hablando: el director del anuncio, que sólo habla nipón, me da instrucciones durante tres minutos, sin parar de gesticular y vociferar, y la tipa sólo me dice: “más intensidad”. El fotógrafo sí habla inglés, pero casi preferiría que no lo hiciera: que si Frank “Sinatara”, que si el “Lat Pack”, que si 007 (¡Roger Moore! ¡Ni siquiera Sean Connery! ¡El puto “Logel Mool”!). Mientras voy en el taxi, me sorprendo a mí mismo mirando por la ventanilla con cara de turista. Mi vida, durante los primeros días, se redujo al trayecto desde la habitación del hotel al mismo asiento del bar. Qué ásperos son los silencios de habitación de hotel: el sonido ambiente del aire acondicionado, los pasos de los huéspedes sobre el pasillo, tus pies agitándose entre las sábanas... El hastío me envuelve, me invade, me devora. Mi mujer (veinticinco años de casados + niños) me llama de vez en cuando para concederme el excelso honor (me gustaría agradecer a la Academia...) de elegir el color de la moqueta del salón... sin dejar de apuntar que el borgoña (¿qué color es ese?) es el más adecuado; habéis acertado, elegí el borgoña. Ni siquiera mi agente se ha dignado a acompañarme. Los pocos americanos que me he encontrado por aquí son idiotas (“¿Eres Bob Harris?”. No, soy María Magdalena en smoking...), y les entiendo menos aún que a los japoneses, por mucho que me haya tirado a la cantante del bar. Todos son idiotas menos una: Charlotte. Creo que tiene la mitad de mi edad, y el doble de mi melancolía. Es extraordinariamente inteligente, perspicaz, hermosísima, muy carnal. Le cuesta sonreír, y es una pena, porque cada vez que lo hace se ilumina Tokyo (más aún). Hemos salido un par de veces con sus amigos tokyanos (¿se dice así?), hemos cantado en un karaoke (cómo no), hemos hablado hasta dormirnos, y hemos conectado de una manera inexplicable. Ella es todo lo que tengo aquí. Nunca volveré a Tokyo, porque nunca volverán esos maravillosos momentos. He de irme, me espera mi resignación. Otros le llaman madurez...

Me llamo Charlotte. Tengo veintiséis años. Vine a Tokyo acompañando a mi marido, John, con el cual me casé hace dos veranos, un fotógrafo de moda que ha venido a Tokyo a realizar unos encargos. No me gusta su trabajo, ni el ambiente superficial y vacuo en el que se mueve; nos hemos encontrado con la mema esa que dice que es actriz, Kelly no-sé-qué, riéndose a cada instante y charloteando de asuntos tan trascendentales como las lavativas intestinales (pero claro, ella NO es anoréxica). Insólitamente, John parece que babea con ella. Dios, si debe comprar la ropa en la sección infantil... A veces no sé con quién me he casado, y me aturde esta reflexión, pero no tengo a quién explicárselo. Además, estoy en paro, y no sé qué hacer con mi vida; he sobrevolado mi etapa de fotógrafa, y he sido lo suficientemente lúcida como para evidenciar que no soy escritora. Así que me planteé este viaje como una manera de reencontrarme a mí misma, apreciar una cultura distinta, leer entre las líneas de la profundidad oriental. Me paseo por templos nipones, trato de imbuirme de su espiritualidad (como tantos otros que vinieron de allí y me contaron maravillas), pero no hay manera. No siento nada. No siento nada y eso me hace llorar, sola, en la habitación. Sin embargo, he conocido a alguien. Bob Harris, el actor ese. He visto alguna de sus películas, aunque no me gustan demasiado. Prefiero films del tipo “Las vírgenes suicidas” (¿de qué me suena?)... Me gusta hablar con él. Su sentido del humor es socarrón, ligeramente ácido, sin excesos, como una buena salsa; parece un urbanita de vuelta de todo, su estoicismo ante la vida me impacta, me obnubila. Saca lo mejor de mí, y creo que yo consigo lo mismo de él. No me hubiera importado tenerle de padre. Hemos salido juntos por Tokyo, le he escuchado destrozar “More than this” en el karaoke, hemos compartido el desconcierto ante esta ciudad-enjambre de luces de neón (me recuerda a una peli que vi en la tele... ¿”Blade runner”?) y máquinas recreativas... Pero él se ha tenido que marchar esta mañana. Le esperan su esposa e hijos. Nos hemos despedido tres veces. La última cuando ya no le esperaba; me ha encontrado paseando por la ciudad, de camino al aeropuerto, y nos hemos abandonado a un abrazo eterno, mientras me decía unas preciosas palabras al oído que me guardaré para mí (aunque algunos españoles creen que le oyeron...). Luego nos besamos. Nadie me podrá quitar ese momento. Nadie.

Siempre nos quedará Tokyo. Gracias, Sofía.

11 comentarios:

Conejín dijo...

Wenaaassss....donde encuentras tantas peliculas??? es que te las sabes todas jolineeesss!!!
besitos y un ·<;0)

alicia dijo...

Es que marcbranches sabe mucho, conejín, de mayor quiero ser como él. Gracias.

Viena dijo...

Hola Bob. Lo primero, a poco que puedas, convence a tu mujer y quita la moqueta (total, el color tampoco te convencía), es un nido de ácaros, personalmente me da repelús. Cambiando de tema, tienes razón, qué vacías están las habitaciones de hotel cuando sólo las ocupa una persona, y qué acompañado parece todo el resto del mundo allí a lo lejos. Qué poco colaboradora se vuelve la tele y qué grande es una piscina vacía. Cuánto me alegro de que tropezases con Charlotte y de que pudiéseis crear un micro-universo tan vuestro como fugaz. Resignarse después de eso debe ser mucho más sencillo.
Qué tal Charlotte, la cosa es que tal vez hay que perderse mucho en uno mismo para volverse a encontrar o para que nos encuentren. Podemos sentarnos en el quicio de la ventana y mirar durante horas a través, pero la melancolía no atraviesa el cristal y se hace tan grande y tan insoportable que sólo entonces estamos dispuestos a olvidarla a cambio de una mirada o de una sonrisa o de un susurro...
No podéis tener queja, además de protagonizar una historia preciosa, habéis tenido una banda sonora estupenda, de las que te hacen soltar una lagrimilla si el día está medio gris. Buff!
Por favor, si tenéis ocasión, saludad de mi parte a Alicia y a Marcbranches y dadles la enhorabuena por lo “guapa” que se está poniendo la linterna.

alicia dijo...

Gracias, Viena. Charlotte me ha hecho llegar tu mensaje, es que si se lo dice a marcbranches le da un patatús. Hacemos lo que podemos.

Betote dijo...

Esta película es culpable de mi enamoramiento de Scartett Johansonn.

Una pregunta: lo que sucede al final (no lo digo por no destripársela a nadie), ¿redondea la película o la estropea? Yo soy de la primera opinión, pero conozco bastante gente que dice que es lo segundo...

marcbranches dijo...

Qué concurrido el pisito de repente. Betote, la redondea sin duda: el final es el mejor que se podía esperar de la historia que nos cuentan, no te quepa la menor duda.

Gracias, viena, por asimilar tan bien el sentido del post. Tienes razón, la banda sonora es estupenda y encaja perfectamente con el tono del film. Por sacarle un defecto a la película, se podría decir que es algo reiterativa en el mensaje, en el subrayado de las sensaciones vitales de los protagonistas. Pero es una de mis películas preferidas de los últimos años, me sentí identificado con la soledad de los personajes.

Dr. Strangelove dijo...

Grandísima e inspirada película. Quizás el hecho de rodarla en un ambiente extraño y a veces hostil para todo el elenco y equipo técnico, sea la clave para lograr el gran sentimiento de incomunicación que transmite. Claro que también ayudan sus protagonistas en estado de gracias.

Reconozco que me costó ir a ver la película, pero me llevé un grata sorpresa.

Saludos

marcbranches dijo...

Tienes razón en el apunte: Sofia Coppola se valió, en buena parte, de sus propias experiencias personales para transmitir esa confusión que tan adecuadamente impregna el filme. Es curioso, por otra parte, que en el documental del DVD, esa especie de diario filmado de Coppola, apenas aparezca Scarlett Johansson. ¿Se perdió de verdad?

JLPA dijo...

Gracias por el post!.

Más que hablar de ella, hay que verla, sentirla, contemplar los pequeños detalles y rumiarla interiormente... Creo que estamos ante una de las más bellas historias de amor que ha podido verse en un cine en muchísimo
tiempo. Es una llamita que se convierte en fuego. Es más imagen que diálogo; es más sentimiento que imagen; es más contención que acto. Yo creo que no es película para estar entre los oropeles y lentejuelas de los Oscars. Está más allá!. Posee algo que, por lo general, suele
faltar en los éxitos comerciales: sensibilidad, contención y alma.

Y una cosa más: La genialidad de esta película radica, como un buen libro, en que cada uno le da vida dentro de si mismo, no te dice como debes sentir, sino que se mete dentro y hace que busques los sentimientos dentro de ti. De lo que se halle ahí dentro dependerá la opinión que te lleves de la misma.

marcbranches dijo...

No hace falta agradecer por el post, jlpa, pero de nada... Creo que es una extraordinaria película que plasma a la perfección un determinado sentimiento de incomunicación, y que cada uno interpreta para sí mismo de diferente manera. Para unos es la soledad sentimental, para otros la existencial... Que cada uno se ponga el traje como quiera, pero ese sentimiento está ahí presente, y es de lo más humano.

Pedro Genaro dijo...

Esto resume muy bien la peli, desde el punto de vista de los personajes principales, porque al final, lo que atrapa de ella es la fascinación que se despierta uno al otro, en una ciudad extraña para ambos y separandolos unas tres décadas de vivencias.

 
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