RSS
Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
11

NO TAN INTOCABLES


Hablaba en mi anterior post de la saturación de versiones de cómics que se está produciendo en la industria cinematográfica en los últimos años. La causa, claro, es la alarmante carencia de ideas. Prueba número 2 del jurado: aparte de los cómics –y otro día hablaremos de los videojuegos-, proliferan cada vez más las adaptaciones de series de televisión, casi todas con resultados artísticos definibles entre las expresiones “innecesaria mediocridad” y “vómito purulento de ostras podridas mezclado con hedionda bosta de ornitorrinco con gastroenteritis vírica”: “Starsky & Hutch”, “Los hombres de Harrelson”, “Los vengadores”, “Los ángeles de Charlie”, “Perdidos en el espacio”... todas cúlmenes artísticos del medio audiovisual. Sí, hay algunas que se salvan, e incluso algo más que eso: “Maverick”, “La familia Addams: la tradición continúa”, “El fugitivo” o, si me apuran, “La tribu de los Brady”, aunque sólo sea por atomizar de manera inclemente el azucaradísimo original, entre otras. Dos de las más destacables están dirigidas por el mismo director, Brian de Palma, dato que concuerda a la perfección con su espíritu equilibrista entre los proyectos “voy-a-hacer-cash-como-sea” y los más personalistas: “Misión imposible”, excelente por otra parte, abrió la veda cine-televisiva de los noventa; pero el viejo Brian ya sabía cómo hacer algo así. “Los intocables” fue una serie muy popular en su momento, principios de los sesenta, en la que Robert Stack interpretaba al mítico agente de la ley. En 1987, Paramount Pictures le ofreció a De Palma la posibilidad de realizar una adaptación de la serie, convencidos de que rompería taquillas, y De Palma no defraudó: además de ganar pasta a destajo, se llevó 9 nominaciones a tito Oscar, de las cuales sólo ganó una, la de Sean Connery, pero daba igual. Los bolsillos estaban llenos, y De Palma ya podía hacer su peli de Vietnam. Pero esa es otra historia...

Los intocables de Eliott Ness” es una superproducción de corte masivo-veraniego, y huele a tal desde casi todos sus fotogramas. Aunque la mano manierista de De Palma está presente, claro (ojo al plano de apertura, cámara en techo encima de un Capone estirado en la silla del barbero), el director norteamericano embrida su tendencia a la sobreactuación, y ofrece una de sus performances más clásicas y funcionales a través de una más o menos velada estructura de western. Lo que no significa que renuncie a sí mismo: hay un par de planos-secuencia de nota, y cierta escena con un carrito de bebé, homenaje a la de las escaleras de Odessa en “El acorazado Potemkin”, que se convirtió por derecho propio en una de las secuencias más famosas, y angustiosas, de la historia del cine. La magnífica partitura de Ennio Morricone acompaña con maestría, y le ofrece el tono épico que el filme requiere. Así que formalmente no podemos encontrarle ninguna pega. Sin embargo, a partir de aquí comienzan los peros.

La historia es sencilla, demasiado sencilla, de hecho, y esto es algo que uno no podría esperarse de un guión de David Mamet, por mucho que se encontrara aún en sus inicios (pero ya llevaba en el fardo “Veredicto final” y “El cartero siempre llama dos veces”). Había una necesidad perentoria de atar unos tres mil cabos, de encajar distintas piezas sin conexión histórica, y de resolver todas las situaciones en las apenas dos horas de película, y esta se resiente de ello. Resumen a velocidad 25 megas: presentación de Ness-encuentra a contable-encuentra a policía viejo-recluta a ambos-recluta tirador letal-ponen emboscada-Capone se venga-Ness se venga. Aunque parezca mentira, no hay mucho más. Cierto es que esa trivialidad manifiesta se sofoca con algunos excelentes diálogos, en los que se percibe de primeras la mano de Mamet, y con un ritmo trepidante tan sólo lacrado por las escenas familiares de Ness (y bien que lo siento por la gran Patricia Clarkson) y por alguna solución inverosímil (el intercambio de jurados A MITAD DE JUICIO). El halo de inanidad del relato en sí se complementa con la visión absolutamente icónica que se hace de Al Capone (tito Bobby, en una de las suyas), al que sólo vemos hablar en público delante de coros de borregos hipnotizados por su carisma; De Niro, a falta de profundidad, le aplica al personaje el histrionismo requerido, y deja para el libro una disertación sobre el béisbol, bate en mano, que acaba de la única manera que podía acabar: con un buen batazo –con varios, de hecho-. Lo mismo podríamos decir de Eliot Ness, interpretado por un sosísimo Kevin Costner, que aporta poco más que una buena percha. Del resto de “intocables” (que en la película, de hecho, son bastante “tocables”, al revés de la vida real, en la que no consiguieron matar a ninguno de los nueve, y no tres, ayudantes de Ness), destaca por encima de todos el viejo poli irlandés Jimmy Malone, interpretado con soberbia maestría por Sean Connery, a quien Mamet, con buen ojo, le da las mejores líneas de diálogo; Charles Martin Smith y un joven Andy Garcia completan con sobriedad el elenco.

Como ha quedado dicho, una película sobria, de excelente factura, que cumple con sus pretensiones de entretener sin insultar a la inteligencia, aunque se queda lejos de las ambiciones de nuevo “Padrino” que algún slogan perturbado derramaba por ahí. Actualmente, De Palma anda enfrascado, ya desde hace algún tiempo, en una precuela titulada “The untouchables: Capone rising”, que parece que no acaba de arrancar. Un momento, llaman a la puerta... otra vez esos plastas de Testigos de Jehová... me parece que voy a coger mi bate de béisbol y les voy a explicar las ventajas de jugar en equipo...
13

SKINHEAD HISTORY X



Por una vez voy a crear mi propio programa doble,una especie de grindhouse particular, con dos películas que se complementan perfectamente, homenajeando a esas salas de repertorio que tanto han hecho por los cinéfilos.

Sala 1: American History X, o la confirmación para quien todavía lo dudara de que Edward Norton es uno de los mejores actores de la actualidad. La historia de dos hermanos, Derek (Norton) y Danny (Edward Furlong -por cierto ¿quien sabe ande?-). La admiración que el pequeño siente por el mayor hace que éste esté a punto de convertirse en un skinhead, como él. Su hermano mayor no se volvió así por casualidad: el entorno, las situaciones, y sobre todo su relación con un maquiavélico organizador nazi, Cameron Alexander (Stacy Keach) que le usa para reclutar gente nueva, han hecho de él lo que es. Sus discursos son sumamente reveladores, porque podemos comprenderlos, aunque no compartamos sus ideas, y eso hace que sean inquietantes.

Una noche en que intentan robar su coche, Derek reacciona de una manera sumamente violenta, matando brutalmente a los ladrones ante los ojos de su hermano, en la escena mas recordada de la película, especialmente por la diabólica sonrisa y mirada de Norton a la que es detenido. Pero su estancia en la cárcel le hace ver las cosas de otra manera. A partir de entonces su objetivo será que su hermano no cometa los mismos errores.

Los trozos del pasado, en blanco y negro, con los del presente, en color, se van mezclando para conseguir un producto tan efectivo como mas bien efectista ¿en realidad ¿es suficiente poner a alguien como Derek al lado del típico negro chistoso y que sufra una violación un tanto cogida por los pelos para que cambie su forma de pensar? No, pero si la película se salva es por las actuaciones, sobre todo por un Edward Norton que, al igual que en su primera actuación ante las cámaras, Las dos caras de la verdad, es capaz de interpretar a dos personalidades distintas del mismo papel, y no dudó en lo más mínimo en ganar quince kilos de masa muscular que nunca se habría imaginado capaz de tener. Su interpretación es tan absorvente que robó el protagonismo a Danny, que debía de haber sido el protagonista desde un principio.

Visite nuestro servicio de bar.


Y pasemos a la otra cara de lo mismo. Sala 2: The believer. De un racista a un xenófobo. Explica la historia real de Danny Balint (Ryan Gosling), que no tarda en convertirse en un auténtico líder de un grupo neonazi por su inteligencia y profundo conocimiento de la historia judía… lo que nadie sabe es que él es judío. Su personalidad esquizofrénica se va haciendo cada vez más radical. Son memorables la escena en que se encuentra por la calle con un judío ortodoxo y sin el menor motivo empieza a agredirle, o el mimo con que trata los rollos de la Torá después de haber profanado una sinagoga, o la de la conversación con un periodista en un bar, en la que explica que todos los grandes males de la sociedad actual provienen de judíos como Marx, Freud y Einstein, que trajeron el comunismo (recordad que son estadounidenses y por lo tanto comunistas = demonios), la sexualidad infantil y la bomba atómica. Odia a los judíos; tal vez porque se odia a sí mismo. Como no para de decir frecuentemente “Mataré a un judio”… y al final lo consigue, de una manera sorprendente, en un final enigmático y lleno de simbolismo ¿la escalera de Jacob?

Frente a la ambición de American history X, The believer es mucho mas sencilla de forma, aunque el personaje de Danny es mucho mas complejo que el de Derek, y Gosling consigue estar tan brillante como Norton; el resultado final de la película es regular, pero una vez mas salvado por una interpretación excepcional.
5

L'ÉTOILE DE MA PERSE VIE


Más que un hecho, comienza a ser una plaga bíblica. Las adaptaciones de cómics al cine están de moda, se multiplican como virus, y no parece que nadie pueda pararlas. Los superhéroes son un filón blockbuster, y a ello se aplica la industria americana, que donde pone el ojo pone el dólar. Pero también se ha abierto la veda, en algunos casos algo más modesta, de un abanico más amplio del género, desde los autores mainstream estilo Alan Moore o Frank Miller (“La liga de los hombres extraordinarios”, “Sin City”) al underground de prestigio minoritario (“Ghost world”) e incluso al europeo (las sagas de Astérix y Mortadelo). En el año 2000, un cómic autobiográfico en blanco y negro llamado “Persépolis”, realizado por una exiliada iraní llamada Marjane Satrapi, se ganó a pulso la coletilla “de culto” a base de premios y boca-a-boca, y la cinematografía francesa decidió que no podía dejar pasar la ocasión de arrimar el cómic a su sardina. Con la ayuda de un señor de París llamado Vincent Paronnaud, cineasta e historietista según tarjeta de presentación, trasladó aquel voluminoso cómic de cuatro tomos en un film de hora y media que consiguió, entre otras cosas, un premio Especial del Jurado en Cannes 2007, y que su país la eligiera, en una decisión sin precedentes, como representante francesa en la carrera europea hacia los Oscars. Dicholocualo, se hace inevitable señalar que “Persépolis” es la prueba palpable de que estamos a años luz de nuestros vecinos en cuanto a capacidad de riesgo y empuje cultural: aquí, para siquiera plantearnos la posibilidad de llevar a la pantalla un cómic, nos hemos de dirigir al populismo común múltiplo (Mortadelo y adláteres), por miedo a que la reacción del público español sea la habitual, uséase, girar la espalda y mirar hacia Jolibú. Y tampoco es garantía de éxito. Dos palabras: Capitán Trueno.

Imagino que la primera decisión que los autores debieron de tomar a la hora de llevar “Persépolis” al formato animado fue estilística: ¿cómo ser fiel al dibujo estático y naif del cómic sin morir en el intento? La opción es extraordinariamente satisfactoria. Aunque la esencia sigue ahí, el montaje y la música, preciosa, adquieren un papel preponderante, y ofrecen una agilidad y un dinamismo a la narración que la diferencian, desde un primer momento, del estatismo propio del cómic, pero sin perder su espíritu; es un gigantesco flash-back en un blanco y negro expresionista, sin demasiados tonos, simple, que funciona a la perfección. La historia propiamente dicha, como se ha comentado antes, es autobiográfica. Satrapi (voz de Chiara Matroianni) parte desde su infancia en 1979, cuando es derrocado el sha de Persia debido a una revolución que da paso a una república islámica. De familia progresista, la dibujante iraní nos transmite los cambios políticos y sociológicos del país mientras la penuria, la represión y la intolerancia campan por sus respetos en todo el territorio, gracias, en buena parte, a la guerra que se inicia contra Irak. Marjane, que ha adoptado la conciencia progresista de su familia pero con un tono de voz algo más alto, es enviada al Liceo francés de Viena, donde descubre que Europa no es el Dorado, y que sentirse sola y extranjera es sentirse sola al cuadrado.

Aunque esta sinopsis pueda hacer pensar otra cosa, “Persépolis” no es una película amarga ni trágica. El sentido del humor está presente a través de toda la obra, no permitiendo al espectador que la lágrima sensible se seque sin haber arrancado antes una sonrisa, demostrando un punto de vista algo distanciador y adulto, y evitando, con éxito, el sobrepeso de gazmoñería. Por supuesto, el peso de la historia lo acarrea la propia Marjane, que consigue definir un personaje entrañable y adorablemente atractivo desde su primera aparición infantil emulando a Bruce Lee (son continuas las referencias a la influencia de la cultura occidental: desde su etapa “Iron Maiden” hasta un tronchante momento “Eye of the tiger”...), y al que tiene el acierto de retratar como una superviviente, más que como una heroína. Marjane es idealista y contestona –más que contestataria-, pero comete errores, toma decisiones equivocadas, y ahí está siempre su abuela (personaje al que entroniza como su verdadero espejo vital, por encima incluso de su madre, a la que por cierto da voz Catherine Deneuve) para hacérselas ver. Satrapi consigue transmitir sus dificultades y vaivenes existenciales a través de la guerra, la adolescencia, los primeros amores y la presión de los Guardianes de la Revolución, siempre al acecho de un velo mal puesto o unos pantalones demasiado apretados, siempre custodios de la moral integrista (como diría Groucho Marx, conceptos contrapuestos).

Quizás “Persépolis” nos deja como tema principal la sensación de desarraigo de la protagonista allá donde va, tanto en su exilio vienés, en el que jamás es capaz de adaptarse al entorno debido a su “origen exótico”, como en su vuelta a Teherán, una vez terminada la guerra, en la que se siente tan extranjera de sí misma como en Europa. Una película, en definitiva, que consigue completar con éxito la transición entre cómic y celuloide, que transmite con humor y delicadeza, pero sin sensiblería, sentimientos humanos tan esenciales como el amor, el odio y la tolerancia, así como la dificultad de ser mujer entre una pléyade de radicales religiosos con barba capaces de prohibirles correr porque el movimiento de sus glúteos al hacer ejercicio se puede considerar impuro y provocador. Ellos sí que son provocadores.
2

OTRA SANGRE, OTRO POETA




Seguimos rescatando piezas del baúl de los recuerdos (uh, uuuuh, uh), y de paso destrozando algún que otro mito. Porque ¿verdad que era bonito pensar que Orson Welles, a pesar de su corta edad y falta de experiencia en el cine, hubiera sido capaz de hacer una ópera prima como Ciudadano Kane? Pues ahora resulta que no. Cuando tenía 19 añitos y estudiaba en la Todd School for Boys, él y su amigo William Vance dirigieron The hearts of ages, aunque se nota quien llevó la voz cantante. Orson nunca la consideró en serio, y según sus propias palabras en el libro-entrevista de Bogdanovich(una de las Biblias de cualqier cinéfilo) “No es nada. Absolutamente nada. Era una broma. Quería hacer una parodia de la primera película de Jean Cocteau. Eso es todo. La hicimos en dos horas, por diversión, una tarde de domingo. No tenía ninguna clase de significado".

En ella, la primera esposa de Orson, Virginia Nicholson, interpreta a una anciana sureña al estilo de miss Daisy y él se reservó el papel de la Muerte. Aunque su autor la despreciara, ya puede apreciarse su gusto por los encuadres insólitos y los juegos de luces y sombras. Grotesca, surrealista, exagerada…la mesura es algo que nunca fue con Welles. Por si queréis ver imágenes de la película que intentó parodiar, La sangre de un poeta, aquí tenéis unas imágenes, para comparar
7

EL DIABLO GANA. FUNDIDO A NEGRO.




"... And may you be in heaven half an hour before the devil knows you’re dead."

Esta sonora y contundente frase proviene de un antiguo brindis irlandés (por cierto, más largo que una ceremonia de los Goya presentada por Jesús Quintero: comprobar aquí), y es la penúltima ironía de una película, “Antes de que el diablo sepa que has muerto”, que ha devuelto, inopinadamente, al veteranazo Sydney Lumet a un nivel artístico que no se le recordaba desde ¿”Network”? -que tiene ya MÁS DE 30 AÑOS-, después de una larga travesía en el desierto de la mediocridad (“Gloria”), o, incluso, en el fangal de la putrefacción más hedionda. “El abogado del diablo”, dios. Nadie creía ya en Lumet, y la prueba es la inanidad de la recepción a esa curiosidad más que destacable que precede al film hoy comentado, ese “¡Declaradme culpable!” en el que el abuelo consigue que Vin Diesel se parezca a un actor de verdad. Inciso: sé que muchos de vosotros, jóvenes padawanes, habéis huido de ella al ver el careto XXX del gañán de Diesel junto al deleznable título (fiel, por desgracia, al original, excepto esas admiraciones que lo único que hacen es darle un toque Ozores que no necesitaba); revocad vuestros prejuicios y dadle una oportunidad. No es una maravilla, pero funciona mejor de lo que pudiera pensarse; y, además, es una peli de juicios. Y las pelis de juicios MOLAN. Fin del inciso. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Que a Sydney Lumet lo habíamos ninguneado entre toda la cinefilia más o menos curiosa, y muy poco esperábamos de su última película, más cuando parecía que su mejor gancho publicitario era ver a Marisa Tomei en paño menor, y que su estreno celtíbero se retrasaba una vez detrás de otra. El cinéfilo olfato de nuestro compañero Carles (el guardián de la Puerta de Cinempatía) nos dio una primera pista hace unos meses, y e interés marcbránchico se puso al nivel del barril de Brent. Era mi película de cabecera para este fin de semana, en el que los de La Linterna hemos demostrado que también vamos al cine, aunque a veces con tanto clásico no lo parezca...

“Antes de etc.” es una de las películas más desesperanzadas que uno ha visto en mucho tiempo. Empieza con un polvo doggy-style, más sucio que apasionado, en el que los michelines de Phillip Seymour Hoffman dominan la escena: es, junto al cigarrillo postcoital, el punto máximo de felicidad que vamos a presenciar en todo el largometraje. La casilla de salida del filme tiene ciertas similitudes con “El sueño de Cassandra” alleniano (todo, hijos míos, conduce a Woody): dos hermanos con distintos problemas económicos que planean un atraco a la joyería de sus padres, confiando en que el seguro cubra los gastos para no perjudicarles. Un par de cielos. El cerebro de la operación es el hermano mayor, Andy (Hoffman), un tipo bien colocado (en su empresa y en el lujoso ático de su camello de diseño preferido), al que le vencen sus vicios y la rutina de su matrimonio con Gina (Marisa Tomei). Hank (Ethan Hawke) es el hermano menor, solitario, dubitativo, perdido, apocado, sin iniciativa excepto para tirarse cada jueves a su cuñada; y, además, metepatas oficial del robo, que acaba (mal) con un disparo que nadie deseaba... y el que menos, su padre, Charles (Albert Finney). La película está, literalmente, agarrada por las gónadas por Lumet. Una historia aparentemente convencional, que gracias a una desfragmentación narrativa que, por una vez, no molesta, nos va contando a través de saltos atrás y adelante en el tiempo, la paulatina autodestrucción de ambos hermanos. Los problemas se van sucediendo en progresión geométrica, hasta desembocar en una tragedia tan extrema como inevitable. El artero profesor Lumet se toma con calma la filmación de detalles, gestos, silencios, pausa, miradas furtivas, todo en un tono desabrido y adusto, desazonante, sin espacio para una mínima brizna de optimismo, un lugar fresco en el que sentarse y descansar. Aire, por favor.

Vale. La dirección es implacable, el guión es férreo, la fotografía ajustada y la música adecuada. Pero un melodrama criminal es menos melodrama, y mucho menos criminal, sin unos intérpretes de músculo pétreo que aguanten el peso. Marisa Tomei es la que peor sale parada, no por su trabajo, que es bueno, sino por la falta de entidad de su personaje, claramente uno de los debes del film; su esplendor físico, sin embargo, ha epatado al género masculino de la platea: está mejor que nunca, la tía. Albert Finney lidia con un personaje que crece en importancia a medida que avanza la trama; es un grande, y lo demuestra, a pesar de algún exceso disculpable. Excepto lo de “es un grande”, vale lo mismo para Ethan Hawke, que aguanta el tipo con enorme dignidad. Lo de P.S. Hoffman es otra cosa. Ojo a la galería de personajes que lleva concatenados, porque acabará apareciendo en el Diccionario de Antónimos como término opuesto a “Encasillamiento”. Vuelve a comerse una película, y van ya varias, con una actuación plena de matices, carisma y verosimilitud, que pone la guinda a una película despiadada, inclemente, descorazonadora, sin lugar a la concesión, en la que Lumet (que, a pesar del título del post, se permite un malévolo golpe de cinismo al acabar la película con un fundido en blanco celestial) nos cuenta que el diablo ha ganado la batalla; que, por ende, el ser humano la ha perdido; y que lo único que nos queda es aspirar a que Lucifer no nos pille tratando de echar una canita al aire en el cielo.
6

PAREN EL 2008, QUE ME BAJO



Ha fallecido, a los 73 años, el director-actor-productor norteamericano Sydney Pollack, víctima de un cáncer, acompañando en este necrófilo año cinematográfico a gente como Heath Ledger, Richard Widmark, Charlton Heston, Rafael Azcona, Paul Scofield o Anthony Minghella, con quien Pollack tenía una relación profesional muy cercana. De carrera no demasiado prolífica, su eclosión artística se produjo durante los setenta y principios de los ochenta, aunque su estrella siempre estuvo eclipsada por los grandes nombres de la época, algunos de los cuales, al igual que él, procedían del emergente mundo de la televisión: Coppola, Spielberg, Scorsese, Lucas... Arrancó en 1969 con "Danzad, danzad, malditos", y las posteriores "Las aventuras de Jeremiah Johnson", "Tal como éramos", "Los tres días del Cóndor" y "Yakuza" le confirman como un buen artesano con necesidad de tocar todas las teclas posibles y con querencia por los personajes individualistas y románticos, aparte de cierta tendencia izquierdosa. La primera película de Pollack que vi en el cine fue la extraña "El jinete eléctrico", que me confirmó que, ya desde mi tierna infancia, el western no iba a ser de mis géneros preferidos. Pollack comenzó los 80 con sus dos mayores éxitos, "Tootsie" y "Memorias de África" (imperdible en cualquier imaginario femenino) (comentario políticamente incorrecto patrocinado por Pilar Rahola's Entertainment), a partir de las cuales llegó su ocaso como director, pergeñando películas entre olvidables ("La tapadera", "Caprichos del destino") y directamente mediocres ("Havana" o el absurdo remake de "Sabrina"). Su último film, "La intérprete", encajaría en el primer nivel. Su faceta como actor no es nada desdeñable, destacando, en mi opinión, su magnífica actuación en la woodyalleniana "Maridos y mujeres". Sydney Pollack fue un director honesto, brillante en contadas ocasiones, tosco y excesivamente televisivo en otras, que se convirtió en un peso pesado de la industria a través de su multifacetismo y su amor por el cine. Descanse en paz, y no se aprieten demasiado allí arriba.
11

QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA



Bueno, no son veinte sino diecinueve, pero viene a ser lo mismo. Prácticamente toda una generación ha pasado desde que vimos la última aventura del famoso arqueólogo del látigo. Crecimos con ellas, disfrutando cada instante de esas auténticas montañas rusa que suponían sus aventuras. Y ahora…

Como si se tratara de un ritual, todos los niños de entonces acuden en masa no a ver una película, sino a algo mucho más especial: el poder retroceder durante un par de horas a su infancia, sin necesidad de botox ni nada por el estilo. Lo único que hace falta es un cargamento de palomitas, y a disfrutar, con los ojos abiertos como platos, reencontrándonos de nuevo con un viejo amigo. Es cierto que está más mayor, pero sigue dominando el látigo como nadie.¿Qué mas da si la película es buena o mala?

Todos sabemos lo que vamos a ver: sabor de la aventura por la aventura, espectacularidad, millones de insectos, reptiles o similares, pasadizos secretos u ocultos, sentido de humor básico, objetos antiguos con poderes sobrenaturales…. Estamos hablando del equipo Spielberg-Lucas, que es como si fueran de la familia, y por lo tanto conocemos todas sus debilidades.

Y, efectivamente, en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal hay de todo eso y mucho más. Los tiempos y el mundo ha cambiado, de modo que Indy ya no tiene a sus archienemigos favoritos ("¡odio a los nazis!"), de modo que tiene que contentarse con los rusos de la guerra fría, que tampoco están mal.

Como dijo Hitchcock, una película es buena cuanto mejor es el villano, y aquí han tenido el buen gusto de buscar a una todaterreno como Cate Blanchett para interpretar a la pérfida Irina; para mi gusto me habría gustado que fuera un poco mas dominátrix, pero ya me vale.

Nuestro héroe sigue odiando las serpientes, tiene que aguantar bromitas sobre su edad (“¿Cuántos años tienes? ¿ochenta?"), tiene que dejar parte de las escenas de acción a las nuevas generaciones… pero no importa, sigue siendo Indy, desde el primer momento en que vemos la sombra de su sombrero reflejada en un coche, sabemos que es él, y no puede haber otro.

La chica de turno es una de sus viejas conocidas, Marion, (Karen Allen), la más parecida a él de todas sus compañeras. Para los que creen que Ford es mal actor, no hay mas que ver cómo se le ilumina la cara a la que la ve aparecer, y como el tiempo no perdona, hasta se permite decirle la frase mas romántica de toda al saga “- ¿Habrá habido otras mujeres, verdad? . – Si, pero todas tenían el mismo defecto: no eran tú”

Pero también hay sorpresas, tiene que cargar con un hijo inesperado, imitador de Marlon Brando y tan preocupado por su peinado como el George Clooney de O brother!. Es otra química que la que existía entre Sean Connery y Harrison Ford, pero funciona.

Los niños que han acompañado a sus padres ala proyección les miran extrañados por esa sonrisa de oreja a oreja. Prefieren a Lara Croft, que sabe hacer más cosas…. Al final va a ser verdad que los años sí han pasado.
7

LAS PROPIEDADES ALIMENTICIAS DEL OSOBUCO



Ya que estamos en España, pues pa qué movernos. Cada cierto tiempo nuestra cinematografía pare una comedia de más o menos inesperado éxito que contribuye a que los balances patriotaquilleros de final de año sean un poco menos catastróficos de lo que suelen ser. En 2003, este papel lo jugó “Días de fútbol”, ópera prima de David Serrano, quien ya se había presentado como caja de risas hispánica con el guión de “El otro lado de la cama”, con el cual “Días de fútbol” comparte trazo y buena parte del elenco. De esta resultona comedia destacan la optimización de las vises cómicas de Ernesto Alterio y Alberto San Juan, y la certeza de que Pilar Castro, aparte de una debilidad personal (esos ojos...) es una actriz de comedia incontestable a la que el cine ibérico, por desgracia, todavía no le ha hecho justicia. El punto álgido del film es esta desollante escena en la que San Juan, literalmente, se sale (y nunca mejor dicho). Vale más un osobuco que mil palabras...

11

LA ESTRELLA DEL SUR



Os estaréis diciendo: mucho hablar del sur, que si Missisippi, que si Alabama, que si Nueva Orleáns… pero ¿y nuestro sur?. Pues sí, tenéis razón, ahí voy. El sur, de Victor Erice. Se la quiso comparar con su película anterior (a ver si me acuerdo cual es, porque como tiene una filmografía tan extensa… ), El espíritu de la colmena. Lo único que tienen en común es que la historia se ve a través de los ojos de una niña, aunque en este caso no sean tan mágicos como los de Ana Torrent, y que se intuye mas que se habla el resultado de una guerra civil, pero nada mas.

Estrella es hija de un doctor, Agustín (Omero Antonutti), y una maestra, Julia (Lola Cardona) que tuvieron que marcharse de donde vivían porque no encontraban trabajo y emigraron al norte. Aunque la niña está siempre con su madre, quien ocupa todos sus pensamientos es su padre: cada cosa que descubre de él hace que tenga una dimensión mas misteriosa y fascinante para ella Es un zahorí, fue perseguido por sus ideas, tuvo una fuerte pelea con su padre, estuvo enamorado de una actriz… todo lo que está relacionado con el pasado de su padre está bañado con la luz y la calidez del sur, que contrastan con el frío del norte, como muestran esas fotografías coloreadas mientras suena de fondo música de Enrique Granados.

Por fin, por su comunión, Estrella conoce a su abuela y a la que fue la niñera de su padre, Milagros (Rafaela Aparicio). Esta última le hace ver que las cosas no son tan simples como pensaba y tal vez Agustín no fuera el héroe que ella se pensaba. En una enternecedora y breve aparición, Rafaela Aparicio trae consigo toda la ternura y alegría del sur y explica maravillosamente en qué consiste una guerra civil. A partir de entonces Estrella empezará a ver a su padre de otra manera, estrechándose aún más ese entendimiento entre los dos, sin necesidad de dirigirse media palabra. Sólo ella comprende los motivos de sus frecuentes crisis depresivas, sus intentos frustrados de huida, su cobardía….Hasta que un día, sin mas (unos cuantos años después) los dos se van a comer juntos; en la sala del lado suena un pasodoble y el padre recuerda cuando bailaron en su comunión. La nostalgia les invade y es el momento de intercambiar algunas confidencias. Estrella se va, dejando a su padre sólo, sin saber lo decisiva que ha sido su conversación. Ha llegado el momento de ir al Sur.

Erice se lamentó de que El Sur era una película incompleta, ya que la tuvo que acabar mucho antes de tiempo, pero aún así la historia no se resiente, ya que eso hace que se mantenga el aire mítico de el Sur, algo que Estrella nunca ha llegado a ver por sus propios ojos, sino por lo que le habían contado los demás.

La fotografía, como es habitual en Erice, es espléndida, con abundantes escenas interiores de tonalidades oscuras. Se trata de una película de imágenes y sensaciones más que de palabras, con montajes tan deslumbrantes como la escena en que se ve a la Estrella niña montada en bicicleta recorriendo un camino y la vemos a continuación de vuelta, pero ya convertida en una mujer, o toda la de la comunión, el momento en que estuvieron mas unidos padre e hija, rematado por un pasodoble.

¿Veis lo que son las cosas de este mundo? Palabras y nada más que palabras… y El Sur es cine y nada mas que cine.
8

VIVA EL VINO


No le veo el qué, la verdad.

Al vino, digo. Es una obligación ritual en cualquier ágape de medio calado, y no digamos en celebraciones multitudinarias de etiqueta (bodasbautizoscomuniones), acompañar la comida de turno con lo que vulgarmente se dice “un buen vino”. A medida que el festín es de mayor enjundia (enjundia=restaurante caro de cojones), el protocolo es más estricto, y se inicia con un camarero insoportable con camisa blanca dando a probar a uno de los hombres de la mesa (deje machista que le encantaría a la Directrice) un sorbo del maravilloso vino (tinto, por supuesto) que se ha elegido. El susodicho lo cata con la convicción del elegido, y se pronuncia favorablemente con ignorante lasitud: “es bueno”. Qué impresionante disección, qué delicado y sensible análisis, qué paladar refinado, qué explosión de sensaciones tan bien definidas. Así, los que sufrimos picor de papilas con el vino, y en cualquier comida tenderíamos a pedir agua, algún tipo de zumo, o (levanten armas) un buen Kas Naranja, nos vemos obligados a tragar –y nunca mejor dicho- con el jugo de uva de marras, so pena de lapidación con botellas de Rioja. Encima, luego viene Alexander Payne, realiza una película como “Entre copas”, y salen de debajo de las piedras los únicos seres cuya conversación puede ser más aburrida que la de los informáticos: los enólogos. Cagüenlauvacabernetylaspasasenlatadas.

Leído el desahogo anterior, sorprenderá mi siguiente confesión: he visto “Entre copas” varias veces. Lo cual significa: a) aún no me he recuperado de aquel remate de cabeza contra el palo (literal: cabeza contra palo, sin pelota de por medio) en cierto partido de fútbol siete; b) mis tendencias sadomasoquistas me llevarán, en breve, a quemarme los pezones con encendedores Bic; c) me encanta la película. “Entre copas”, desafortunado título español de “Sideways”, fue la sensación independiente del 2004, acaparó extenuantemente premios y parabienes hasta la glotonería, confirmó a Alexander Payne como realizador a tener en cuenta, y sentó en los reales de la excelencia a ese pedazo de actor descomunal que es Paul Giamatti. Su personaje, Miles, un antihéroe cuarentón, depresivo, lúcido, autodestructivo, ceñudo, miserable en ocasiones –capaz de robarle unos dólares a su madre-, sensible, es el gran protagonista del film, y su razón de ser. Miles, que aún no ha digerido su divorcio a pesar de los dos años transcurridos, se embarca en un anticonvencional road trip a través de una ruta vinícola con su amigo Jack (Thomas Haden Church, un magnífico descubrimiento), que está a una semana de casarse. Les esperan siete días de enotecas, golf y comidas caras, diversiones tranquilas para gente madura, con las que Jack no está dispuesto a conformarse: quiere un último polvo de libertad, que conseguirá, junto con otros cuantos más, entre las piernas de Stephanie (Sandra Oh). Justo lo que menos necesita el ajado ego de Miles, quien, además, es incapaz de embridar una relación con esa mujer ideal que se cruza en forma de camarera divorciada llamada Maya (Virginia Madsen). Así, entre cata y cata, los dos amigos van tropezándose con sus debilidades y con las del otro. Mientras las oquedades de Jack son más previsibles y carnales bajo los parámetros de la llamada “crisis de los cuarenta”, las llagas de Miles son mucho más complejas. Sus frustraciones, encarnadas en ese libro que espera impacientemente su publicación, se desparraman y multiplican durante el viaje, sin que Jack, más preocupado por su pene, haga gran cosa por ayudarle. Maya, y una inoportuna boda, son lo único que pueden devolverle a un punto de equilibrio.

“Entre copas” es una película inteligentemente amable, en la que Alexander Payne se dedica a hurgar con cariño en las heridas de sus personajes masculinos, y consiguiendo identificarnos con ellos (lo cual dice muy poco de nosotros, viendo todas sus taras). Esta virtud torna a carencia por defecto, puesto que las féminas quedan definidas de manera algo estereotipada. Maya encarna la mujer ideal con la que jamás podría soñar Miles, tan aficionada al vino como él, tierna, sensible, inteligente; la escena en la que explica por qué le gusta el pinot es su gran momento, y la Madsen lo borda. Sandra Oh asume con competencia su algo desdibujado personaje, poco más que un calefactor de Jack. Es “Entre copas” una comedia con apenas un par de momentos de rotunda comedia (uno, el del anillo perdido, magistral), con alguna caída de ritmo y una música discutible y demasiado presente, pero que pasa por la retina y la epidermis del espectador con suavidad, sin estridencias, y que, sin ser una obra maestra, deja un magnífico sabor de boca. Su influencia en el mundillo vinícola fue tal que en pocos meses ya se habían repartido cuarenta mil mapas de la ruta ejercida por los protagonistas, y las fobias y filias enológicas de Miles tuvieron repercusión directa en las ventas: durante los meses posteriores al estreno, el Pinot (preferido de Miles) subió un 16% en los mercados americano y británico, mientras que el Merlot, al que Miles detestaba cordialmente, descendió un 2%. Fíjense si llega a ser grande el cine. Bon appetit.
 
Copyright 2009 LA LINTERNA MÁGICA. All rights reserved.
Free WordPress Themes Presented by EZwpthemes.
Bloggerized by Miss Dothy