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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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ESTO. ES. ESPARTA.





Eludo la línea argumental elegante y pelín gafapasta del blog para colgar este fastuoso trailer de una de las películas que van a implosionar en este 2007. “300”, otra adaptación de un cómic de Frank Miller, en este caso un relato basado en la batalla de las Termópilas, en la que 300 (off course) espartanos a las órdenes del rey Leónidas se enfrentan a un millón de persas. Pelea igualada-oyes. Un Gerard Butler desatado (sin cuerdas vocales que está el mastuerzo), cientos de extras hasta las cejas de clembuterol, factura visual deslumbrante, elefantes gigantes, repugnantes bichardos; en definitiva, hondonadas de hostias que dejarán cierto abismo de Helm en una reyerta de barrio a lo Bud Spencer. Todo bajo la dirección del prometedor Zack Snyder, el responsable de esa pequeña maravilla del terror zombi llamada “El amanecer de los muertos”. Vendo baberos baratos.

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UNA ROSA ES UNA ROSA



Tu vida es un desastre. Eres torpe, tienes que mantener a un marido que te maltrata y engaña, y se gasta el dinero en el juego pero aún así no puedes quejarte (tiene narices.... esto no es el post de Cyrano, ¿verdad?, me he equivocado), ya que son tiempos difíciles los de la Gran Depresión, y mucha gente vive en la calle. Afortunadamente el cine permite que durante unas horas escapes de todo ello: gente guapa, elegante, ingeniosa, viviendo aventuras exóticas, románticas... mientras tomas unas palomitas no paras de pensar lo maravilloso que sería vivir allí, cuando de repente uno de los personajes de la película se gira, te mira y dice “Señorita, creo que le encanta esta película”, y como la cosa mas normal del mundo, sale de la pantalla y se dirige hacia ti.
Tomando elementos de El jeque blanco de Fellini, Pennies from heaven (una pequeña joya ignorada), o El joven Sherlock de Keaton, e incluso de Seis personajes en busca de autor de Pirandello, Allen consiguió una de sus películas mas deliciosas.
Cualquiera se puede identificar con Cecilia en La rosa púrpura de El Cairo, el cine nos sirve de evasión de una realidad no siempre a nuestro gusto, pero si Cecilia (Mia Farrow) está harta de la realidad,Tom (Jeff Daniels ), uno de los protagonistas de La rosa púrpura de El Cairo, también lo está de vivir en la ficción, de repetir siempre las mismas escenas, de que los besos acaben en fundidos en negro, que el champán sea gaseosa. Ninguno de los dos es feliz en su mundo.
Una de las escenas más delirantes es cuando actor y personaje se encuentran; no son iguales, el primero está obsesionado con su carrera y es muy propenso a los halagos, mientras que el segundo es romántico e idealista; el choque con la realidad le hará tener inquietudes filosóficas en las que nunca había soñado. Como dice Cecilia, sería un hombre perfecto si fuera real, pero los dos comparten la opinión que son mas que “un personaje secundario”.
El resto de personajes de la película se verán atrapados en la pantalla, sin saber que hacer, con lo que de repente ésta se convierte en una especie de Gran hermano, al que algunos espectadores contemplarán con renovado interés, y de hecho es mucho mas entretenido que el programa de televisión, ya que los personajes pueden hablar con el público .Totalmente desconcertados al faltar uno de ellos, no saben que hacer. ¿Que habría sucedido si Rick hubiera salido de la pantalla en Casablanca, diciéndoles a Ilsa y Viktor: “Queréis salvar el mundo y no sois capaces de salvaros a vosotros mismos. Ahí os quedáis. Yo me vuelvo a París con Sam y Renault”.
Mia Farrow es la frágil y soñadora Cecilia, que tendría su versión pija en Alice, Jeff Daniels en su doble papel está magnífico, muy lejos de su Dumb & dumber, y actores de la competencia de Danny Aiello y Dianne Wiest son siempre una apuesta segura.. Como es habitual en Allen, los diálogos son brillantes, inteligentes y divertidos, la música de jazz perfecta.
La preciosa escena final nos resume todo: Cecilia, llorando, se refugia de nuevo en el cine, en la pantalla Fred y Ginger cantan y bailan Chic to chic; poco a poco, las lágrimas van desapareciendo y se dibuja una ligera sonrisa, mientras sus ojos cada vez contemplan mas fascinados a la pantalla, a NOSOTROS.
Yo, por si acaso, voy a ver unas cuantas veces mas Inteligencia Artificial a ver si de una vez Gigoló Joe sale de la pantalla.
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LLOVIENDO RANAS


"Así lo hizo Aáron, y salieron tantas ranas que cubrieron todo el país de Egipto"
Éxodo 8:2

Paul Thomas Anderson es menos sutil de lo que uno, en un principio, pudiera pensar: se pasó toda la película “Magnolia” avisando de lo que iba a suceder en ese apocalíptico final. Fijaos, jóvenes padawanes, en la cantidad de veces que el número 82 aparece de alguna manera u otra: la chaqueta de los ahorcados del comienzo, las cuerdas que forman el número mientras el suicida intenta estrangularse, la humedad relativa del primer episodio... ¿Casualidad? ¿Onanismo mental marcbranchesiano? Es probable (a 38 de fiebre... pues eso... peras, olmos, etc.). En cualquier caso, lo que sí queda meridianamente claro es que, por mucho que el señor Anderson (¿señor Anderson? Parezco el agente Smith hablando de Neo...) germinase el film como “una película pequeña que se pudiese realizar en treinta días”, el resultado final pergeñado es el antónimo de esa idea. El realizador californiano, que ha dado ya suficientes muestras de cargar un buen fardo de ínfulas de geniecillo autoconsciente, trató con esta película de enseñarnos todo un abanico de miserias humanas entrelazadas por el azar en el lapso de un día aproximadamente, que es el tiempo real de lo relatado en la cinta. La Tragedia de la vida, nada menos, basada, como el mismo Anderson reconoció, en las canciones de Aimeé Mann que acabaron siendo banda sonora activa del larguísimometraje (2h 54’... ¿recordáis lo que os decía de las ínfulas?).

“Magnolia” fue la tercera película de P.T. Anderson, y la que le encumbró como el sucesor de ¿Robert Altman? ¿Eric Rohmer? ¿Stanley Kubrick?, manteniendo las constantes vitales de su anterior film, “Boogie nights”, esencialmente en lo que se refiere, en cuanto a estilo, al montaje sincopado y al uso y abuso del zoom; y, en cuanto a temática, una cierta coralidad (mucho más acentuada en “Magnolia”) y la insistencia en temas como la relación paterno-filial. A destacar el comienzo a ritmo asfixiante, desde los tres episodios rodados en falso documental que ilustran la influencia del azar en “las cosas que pasan”, a la presentación de los protagonistas; tal aceleración repercute en la identificación de los personajes y sus interrelaciones, uno de los reproches más comunes que se le han arrojado a la película. De todos modos, hay que decir que la narración no es ni mucho menos incomprensible, solamente hay una exigencia de atención un poco superior al habitual. El filme derrocha una fortísima carga de violencia sentimental, generando en el espectador una incómoda sensación de opresión, de ahogo, a medida que se nos van presentando los conflictos motores de los diferentes relatos. La banda sonora es un hilo conductor clave, no tan sólo por las canciones de Aimeé Mann, sino porque ensambla escenas de los diferentes relatos en unidades, en perfecta sintonía con el montaje; este procedimiento colabora a mantener una percepción de asfixia in crescendo, a medida que las tragedias avanzan hasta los dos momentos más epifánicos a la vez que discutidos del largo de Anderson. El primero es el tema musical (el soberbio “Wise up” de Mann, por supuesto) a conjunto que cantan todos los protagonistas, y que puede parecer grotesco pero no deja de poseer una hipnótica belleza, además de ser coherente el momento vital de los personajes con la letra de la canción. El segundo es, por descontado, la apocalíptica lluvia de ranas que parece limpiar la porquería que el pasado (“puede que dejemos el pasado, pero el pasado no nos dejará nunca”) se ha encargado de dejar bajo nuestra alfombra: como poco, una opción extravagante (ya puestos, ¿qué tal una lluvia de ornitorrincos comunes pintados de verde limón? Eso sí que sería chocante), aunque hay que reconocer la valentía del director al tirar adelante con sus ideas. Los personajes están bien dibujados, aunque tanto el enfermero como el policía parecen más arquetípicos que el resto. El reparto, no hay ni que decirlo, es sublime: Julianne Moore (su histerismo llega a exasperar), Phillip Seymour Hoffman, William H. Macy, John C. Reilly, Phillip Baker Hall, Jason Robards... Y no, no me olvido de tito Tom.

Esta es, en mi opinión, la mejor interpretación de la carrera de Tom Cruise. Un personaje teatral, telepredicador, controlador, manipulador, de fondo extremadamente frágil cuyas aristas externas Anderson sabe delimitar muy bien debido al pasado televisivo de parte de su familia. Desde su impactante aparición al son de “Así habló Zaratustra” (¡”respetar la polla!”) (a lo que Katie dijo: “bueno, pues vale”) hasta el lloriqueo final, Cruise consigue, por fin, que sus mohínes queden al servicio del personaje y no al revés. Uséase, un milagro. Sólo por eso: P.T. Anderson, canonización-ya.
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HABLE CON PEDRO



En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre si quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un muchacho de imaginación en astillero, inquietud artística, y galgo corredor.
Y de Calzada de Calatrava se fue a Madrid, donde se encontró con la movida, de la que pronto se convertiría en uno de sus símbolos, con el grupo Almódovar y McNamara y canciones como “Voy a ser mamá”. Mientras trabajaba en Telefónica, con su super ocho al hombro, participaba en el teatro y haciendo cortos; así conoció a una de sus principales musas: Carmen Maura.
Por fin dió el salto al largo con Pepi, Luci Bom y otras chicas del montón, que ahora sirve de testimonio de la movida, pero se ha de reconocer que era mala. Sus siguientes películas fueron un buen avance y ya empezó a mostrar lo que sería su estilo: una mezcla de lo mas variada que abarcaba desde el melodrama a lo Douglas Sirk, a lo más underground y casposo, con un uso totalmente rompedor de las canciones, haciendo que clásicos como "La bien pagá"o "Espérame en el cielo, corazón" tomaran un nuevo significado...
Almodóvar cambió por completo la estética del cine español; hasta que llegó él, era mas bien gris y apagado, con él fue una explosión de colorido, de lo mas kistch. Le gusta provocar y no deja indiferente, con él no se valen las medias tintas. Más reconocido en el extranjero que en España, su lista de premios es interminable, aunque este año se ha quedado sin Oscar, qué le vamos a hacer, pero parece que la Academia española ha querido reconciliarse por fin con él, tras ignorarle durante varios años, aunque las heridas parecen profundas. Paso de las comparaciones entre Almodóvar y Del Toro, pese a tener unos estilos totalmente distintos, son grandes amigos y El deseo S.A. produjo El espinazo del diablo, sin la que dudo que hubiera existido El laberinto del fauno.
Sabe sacar el partido a los actores como nadie, y aunque las llamadas “chicas Almodóvar” sean las más famosas, lo cierto es que también ha dirigido estupendamente a actores como Antonio Banderas, Javier Bardem, Eusebio Poncela,Javier Cámara o Gael García Bernal.
Showman, conversador incansable (me encantaría ver un encuentro entre él y Tarantino para ver quien habla mas), mucho más inteligente y culto de lo que la mayoría de la gente cree, en sus películas hay montones de referencias a obras como La voz humana, Bus stop, Johnny Guitar, Eva al desnudo.... , e incluso a su propia obra: la escena del confesionario de La ley del deseo es la base de la injustamente incomprendida La mala educación. Por su manera de entender el mundo femenino se le ha llamado el nuevo George Cukor (aunque mucho mas malhablado, por supuesto). Si hay algo que reprocharle (desde mi punto de vista) es que, aunque ha ganado mucho en perfección técnica y en profundidad de los personajes, ha perdido algo de la pasión que tenían películas como La ley del deseo o Matador. Volver ha significado un retorno en muchos aspectos: a su Mancha natal (con esas mujeres limpiando las lápidas al son de La flor del azafrán), y –sobre todo para sus seguidores- el reencuentro con Carmen Maura, tras muchos años... y sin embargo parece que fue ayer. Porque Pedro también es como una vaca sin cencerro, que finalmente ha decidido volver a su casa.
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CON SOLO UNA MIRADA




El skin head interpretado por Norton en American History X sirvió para confirmar que es uno de los mejores actores de su generación. El mejor momento de la película es la mirada que echa a su hermano, Edward Furlong, después de dar una brutal paliza a un ladrón,mientras llega la policía, que es de esas miradas que te dejan totalmente clavado a la butaca y se quedan grabadas en la retina. Edward, hijo mio, ¿de donde sacaste esos biceps, triceps... en fin, TODO eso?

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UNA HISTORIA SUECA DE FANTASMAS



Creo que ya iba siendo hora que Ingmar Bergman se pasara por aquí, así que hoy le toca al director favorito de Woody Allen , y a una de sus películas mas conocidas , personales y premiadas: Fanny y Alexander.
Alexander (Bertil Guve) es un niño imaginativo, sensible, amante del teatro y de la linterna mágica (¡por fin un poco de autopublicidad gratis!). Sus padres son actores y su vida es muy feliz. Durante la primera parte se nos muestra como celebran la Navidad, y se hace con un estilo casi viscontiano por el gusto del detalle: decorados lujosos, mesas suntuosas... El color rojo abunda en esa parte, y la vida de la compañía de actores está llena de alegría y sensualidad: infidelidades consentidas, juegos escatológicos, el disfrute de la comida y la bebida....La muerte de Oscar (Allan Edwall), el padre de Alexander, cambiará todo esto.
Démosle al stop del mando y detengámonos en esa escena. Estamos en el teatro, y Alexander observa fascinado a su padre interpretando al fantasma del padre de Hamlet; de repente, el ensayo se tiene que interrumpir porque Oscar no se encuentra bien y se lo llevan a casa; una vez allí quiere ver a sus hijos, pero Alexander no se atreve, ya que está todavía muy impresionado y cree que Oscar realmente se ha convertido en un fantasma; éste le convence de lo contrario, le da la mano y a la que se la estrecha su hijo, Oscar fallece, haciendo que Alexander corra aterrorizado a esconderse en una esquina de la habitación.
Aquí el negro invade momentáneamente la pantalla, con el entierro del padre de Alexander, en el que el muchacho avanza murmurando tacos, en un esfuerzo desesperado de negar la muerte.
Nuevo cambio de tonalidad y de forma de ser. La madre de los niños, Emilie (Ewa Fröling), se casa de nuevo con un obispo (Jan Mamsjö), y se van a vivir a su casa, con su madre y hermana. Todo en la casa es sobrio y austero, los colores son blanco y negro y no hay la mas mínima decoración en las habitaciones. Muy pronto el nuevo padrastro se enfrentará con Alexander, maltratándole, hasta llegar a un punto insoportable, por mucho que su madre le intente convencer de que no es Hamlet.La alegría de vivir del comienzo desaparece, convirtiéndose la historia en un cuento de terror, con fantasmas incorporados.
Cuando finalmente los niños consigan escapar eso significará otro cambio de colorido y decorado. Esta vez es en la casa de un judío amigo de su abuela, una casa llena de marionetas y secretos, donde la fantasía se mezcla inquietantemente con la realidad, pero aún así es mucho mas apetecible que la casa del obispo.
Teatro frente a religión, libertad frente a opresión, sexo frente a muerte... todo se nos muestra en la historia, sin que por ello los personajes se conviertan en símbolos; los fantasmas se mezclan con toda la naturalidad del mundo con los humanos, para bien y para mal, y nunca se separarán de ellos.
Como es habitual en Bergman, todas las interpretaciones son impecables, siendo difícil destacar a alguien por encima de los otros, pero puestos a quedarme con alguien, mi preferido es el tío de Alexander, totalmente entregado a los placeres de la vida, y es quien da el discurso final, hablando de lo orgulloso que está de su “pequeño mundo” formado por su familia y la gente del teatro. Ya lo dijo Shakespeare (¿acaso hay algo que no dijera?) “ El mundo es un escenario lleno de sonido y furia y los hombres y las mujeres no son mas que actores”.
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MIENTRAS NIEVA SOBRE LOS MUERTOS


“Qué pequeño papel he representado en tu vida”.

El canto del cisne de ese gran director llamado John Huston, con justificada etiqueta de irregular, pero que nos ha dejado un buen puñado de obras para el museo de la posteridad, se llamó “Dublineses”. Basada en el relato corto “The dead”, el último y más denso de los que componen el libro “Dublineses” de James Joyce (algunos de sus personajes formaron parte, en pequeñas dosis, de “Ulises”. No, yo tampoco he tenido los santos güitos de leerlo entero), esta película resultó ser el canto del cisne de este ex-boxeador (y ex-muchísimas cosas más) de origen irlandés. Huston la rodó gravemente enfermo, en silla de ruedas y con máscara de oxígeno, y no llegó a presenciar el estreno del film: un enfisema se lo impidió, aunque tuvo el buen gusto de permitirle acabar una de sus mejores obras (junto a “La jungla de asfalto”, en mi opinión), y una de las películas más sutiles que uno ha tenido ocasión de contemplar. Demostrando una vez más (va por ti, Peter Jackson) (no sé quien tiene la culpa de que no haga “The hobbitt”, pero gracias de parte de las neuronas de marcbranches) (de ambas dos) que no es imprescindible que una película dure más de dos horas para considerarse largometraje, John Huston se toma apenas 75 minutos para abrirnos de manera casi imperceptible el cascarón de los sentimientos, sin que nos demos cuenta, con precisión quirúrgica-House, para acabar erizándonos hasta los pelos de los nudillos en un hermosísimo plano final.

El argumento de “Dublineses” se puede explicar en muy pocas palabras. Una fiesta de Epifanía de principios de siglo XX, ofrecida como es tradición por las hermanas Molkan, que transcurre apaciblemente y bajo las costumbres de la época, y a la que acude el matrimonio Conray; a la vuelta de ella, y por culpa de una canción, una anécdota del pasado agita sus almas y su percepción del pasado, presente y futuro. Las podéis contar, son 67 palabras. Por supuesto, como de costumbre, la clave de la maestría del filme está en el cómo, más que en el qué. Sí, la base literaria es innegable, y Huston fue fiel a su espíritu, pero hay mucho más. Es una fiesta que podríamos denominar típica de principios de siglo, las cuales, por lo visto, se asemejaban, de alguna manera, al típico festival de fin de curso de 3º de EGB: los asistentes iban con su numerito preparado para mostrarles sus habilidades y recibir el correspondiente lisonjeo (aún sabiendo perfectamente que los halagos eran pura educación. Lo mismo pasa con los de las madres a los hijos de los otros: “qué bien ha estado tu hijo, sí... muy bien disfrazado de pera limonera, ahí detrás, sin moverse ni un poco... en los siete segundos que ha salido, ha sido el mejor con diferencia...”. Arpías). Uno canta, otro recita, otro toca el piano, el otro se bebe hasta el agua de los floreros (un borrachuzo-con-madre ejemplarmente interpretado por Donald Donnelly)... Imperan las buenas maneras, el cotilleo de baja intensidad, las lenguas de afilado medio, la charleta intrascendente, el humor inofensivo, la inanidad... La conversación entre los caballeros y las señoras es toda una ley social de comportamiento, y se supone de mal gusto sacar a colación asuntos políticos o temas personales que lleven consigo el peligro de incomodar a algún invitado. La hospitalidad es un valor moral muy enraizado. Las formas están por encima de los sentimientos, el significante por encima del significado; este es uno de los temas recurrentes de la literatura de finales del XIX y comienzos del XX. Todo esto nos es expuesto desde el principio del film, la entrada y presentación de los invitados; poco a poco, entre charla y charla, una vez nos hemos imbuido de la relajación que nos produce tanta aparente intrascendencia, reforzada por una fotografía de iluminación tenue, Huston, imperceptiblemente, nos va colando pequeñas señales, diminutos dientes de sierra (un guiño malicioso, un asomo de valoración política del conflicto anglo-irlandés, una mirada condescendiente) que desembocan, cuando ya los invitados se están marchando y el espectador se pregunta cuáles son las reglas del juego, en una canción antigua. El tema se llama “The lass of Aughrim”, y provoca que la coralidad de la película se abandone y se centre el foco en Gretta Conroy (una soberbia Angelica Huston), quien asiste ensoñadora y melancólica a la interpretación de la balada. Desde entonces, el director nos obliga a estar atentos a los pequeños detalles entre el matrimonio Conray, ya descubierto como protagonista del relato, hasta llegar a la confesión final de Gretta, entre sollozos, del suceso del pasado que le ha recordado aquella melodía. Su marido, Gabriel (Donald McCann, igualmente excelso), cierra el relato con un conmovedor monólogo al albor de la nevada que se convierte en el definitivo canto del cisne, artístico y vital, de un artista consciente de encontrarse ya en la orilla de su existencia.

“Cae la nieve, cae sobre ese solitario cementerio en el que Michael Fury yace enterrado. Cae lánguidamente en todo el universo y lánguidamente cae, como en el descenso de su último final, sobre todos los vivos y los muertos."
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SIN TRAMPA NI CARTÓN




Desde que leí las primeras notícias sobre The prestige (no me gusta nada la traducción española de El truco final), he de reconocer que me tenía totalmente cautivada: ¿Un duelo de magos? ¿Sería al estilo de Gandalf vs. Saruman? ¿O tal vez del estilo de David Copperfield vs. Juan Tamariz? Aún así la idea me atraía mucho. En la época victoriana: mejor que mejor. Si añadimos que los protagonistas son dos macizos... digo, actores como Christian Bale y Hugh Jackman, ya ni te cuento; si al reparto le añadimos Michael Caine, David Bowie (bueno, y también Scarlett Johansson, para que todo el mundo esté contento) el interés ya se estaba convirtiendo en ansiedad, y si quien lo dirige es uno de los directores mas interesantes de la actualidad, Cristopher Nolan... resumiendo, que me he pasado contando los días hasta el estreno.
“Quiero que prestes mucha atención”
Con estas palabras, pronunciadas por el gran Caine, empezamos la película.
Todo truco se compone de tres partes:
- la presentación: Se nos muestra algo ordinario (¿vulgares mis niños? ¡Amos, anda!). Dos jóvenes Alfred Borden (Bale) y Robert Angier (Jackman) están empezando en el mundo de la magia. Tienen una visión muy distinta de como debe ser un espectáculo; el primero es mas innovador y arriesgado, mientras que el segundo es mas tradicional y prefiere “no ensuciarse las manos”, pero los dos quieren conseguir lo mismo: encontrar un truco definitivo, que les haga famosos, y para ello cuentan con la inestimable ayuda del ingeniero de magia Cutter (Caine) (¡Aleluya! ¡Ya sé que quiero ser de mayor! ¿Dónde se estudia? ¿En Hogwarts? ¿Hay becas? Vale, ya lo dejo)
-la actuación: Una cosa ordinaria se convierte en extraordinaria. Tras un desafortunado accidente, las diferencias entre los dos magos son irreconciliables y su rivalidad irá en aumento; cada vez que uno de ellos vaya a triunfar, aparecerá el otro para hacerle fracasar. Angler ha decidido que no le importa ensuciarse las manos.
-el prestigio: Lo que ha desaparecido debe volver a aparecer, provocando el aplauso del público. Ha habido una muerte (¿asesinato? ¿accidente? ¿negligencia?) y alguien ha de pagar por ello.
Toda la película en sí es un truco, que Nolan maneja como un mago experto, y para ello da saltos en el tiempo como en Memento, cambia de narrador de uno a otro, da giros de guión ... pero no se esconde ningún as en la manga; todos los elementos están allí, desde el primer momento, tan sólo es cuestión de haber estado atentos, ya que la historia no se basa en la sorpresa final, sino en cómo se realiza el truco. La obsesión de los dos magos por conseguir la fama, a coste de lo que sea (sacrificando su propia vida personal o la de su familia), hará que su vida esté llena de mentiras, secretos, disfraces y nombres falsos, no distinguiendo cuando están dentro y fuera del escenario. Son unos canarios más en el espectáculo. Nosotros, los espectadores, preferimos no saber que detrás de cada truco se puede ocultar una desagradable realidad o una gran decepción, queremos ser engañados; tan sólo queremos que el truco sea bueno. Un buen mago no oculta nada, tan sólo desvía la atención hacia otro lado. Dos conversaciones nos dan la clave de la película: una entre Borden y Angier, tras ver la actuación de un mago chino, y otra entre Angier y Tesla (Bowie) sobre la obsesión y el precio de la fama. La sensación de Angier al notar que otro recibe sus aplausos, la mágica aparición de Tesla, la rivalidad de los magos con su contrapunto con la de Edison y Tesla, ese “hoy no” de Borden... hacen que el prestigio de Nolan aumente.
¿Últimas palabras de Angier? No podían ser otras : Abracadabra.
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LA OREJA DE MARVIN


Ahora me ha dado por las operas primas. Pero esta no es una cualquiera: “Reservoir dogs” es, quizás, la más impactante de los últimos quince años, así que atentos al pajarito. Ni su estreno ni su carrera comercial hicieron mucho ruido en España, pero el tiempo y el VHS hicieron enseguida de ella una cult-movie que, le pese a quien le pese, pasará a la historia del cine. Como del plasta logorreico de Quentin Tarantino ya disertó en su momento Alice la Directrice, me centraré en el susodicho film, el cual he de confesar que me produjo unas sensaciones difícilmente repetibles en una sala de cine (en la que, dicho sea de paso, éramos cuatro personas aquella noche. No, no es una frase hecha: una-dos-tres-y conmigo cuatro). “Reservoir dogs” supuso una convulsión en el mundo del cine, una novedad desde conceptos de lo más clásico, y un verdadero terremoto en la industria cinematográfica, que empezó a considerar seriamente que el cine independiente (ay) también podía dar dinero. O sea: llegaron los Weinstein... Por otro lado, trajo consigo la sempiterna polémica sobre la cosa de la violencia en el cine (cosa hoy en día superada ampliamente por, pongamos por caso, el telediario de Antena 3), creada por los habituales provocadores de tormentas...

Las claves de “Reservoir dogs”, curiosamente, puede que nos las esté dando Tarantino en el descomunal y celebradísimo desayuno prólogo (tanto de la película como del atraco) que, entre Madonna y propinas, reúne a la banda de chorizos que protagoniza el film. La definición de los diferentes personajes está ahí, en esa apertura, pero sólo después de un visionado completo, como mínimo, nos damos cuenta. Inventario gangsteril: a) señor Blanco (Harvey Keitel), defensor de causas perdidas (camareras), honesto (sí, vale, aparte de que atraca bancos y joyerías...), le planta cara, aunque sea amistosamente, al jefe de la banda; b) señor Rosa (Steve Buscemi), egocéntrico, escéptico, cobardón (todo el discurso de “yo no creo en las propinas”, para al final soltar el dólar al primer bufido del big boss... cagao), nervioso y algo paranoico; c) señor Naranja (Tim Roth), discreto y, ojo al dato, acusica: es el que le dice a Joe “¡el sr. Rosa!” cuándo este pregunta quién no ha puesto propina; d) señor Rubio (Michael Madsen), transmite un amenazante carácter detrás de su aparente calma, y queda claro que es el matón del grupo; e) “Nice guy" Eddie (Chris Penn), un mastuerzo no demasiado listo (se acaba de enterar del significado real de una canción), cuya querencia por el chándal marca Nitefijes augura malos presagios; f) Joe (Lawrence Tierney), el viejo capo tan autoritario como despistado; y g) señor Marrón (Quentin himself), idiota redomado. Los chorizos se dedican a charlotear de insensateces y nimiedades para evitar hablar de cuestiones personales que corran el peligro de ser desveladas a la policía en caso de captura; en algunos momentos se comportan como críos en el recreo, que luego tendrán que volver a la rutina de la clase, en su caso, el trabajo (“Let’s go to work”). En definitiva, en una sola escena antes de los créditos iniciales, el listillo de Quentin nos ha delimitado las pautas que determinan a los personajes y sus comportamientos durante el resto del film. Y nosotros, sin saberlo, puesto que durante la primera hora de la película siempre estamos por detrás de los personajes en cuanto a conocimiento de los hechos: no sabemos qué ha pasado, ni cómo ha sido el atraco, ni quién es el chivato (si lo hay), ni qué papel ha jugado cada uno. Al final del film, el juego de omnisciencia se revertirá a nuestro favor. Pero hay mucho más.

La lista de dechados de la película es innumerable: un guión férreo (aunque con alguna fallita, claro...); una fotografía cristalina e impoluta; un extraordinario uso del scope; una ristra de recursos cinematográficos adecuados a la causa (profundidad de campo, el fuera de plano, la cámara en mano, el ralentí: todo en su sitio); la narrativa no lineal, que recuerda a “Atraco perfecto” (no sólo de “City on fire” vive “Reservoir dogs”), especialmente brillante en el capítulo del señor Naranja; las interpretaciones, todas sublimes, con especial significación para Madsen, que compone un psicópata excepcional, rematado con la celebérrima escena de la oreja, (el nombre del poli al que se la rebana es Marvin... y como mr. Rubio es fan de Lee Marvin... de ahí el título del post... ingenioso, ¿eh?) (¿eh?) (¿hay alguien ahí?) que hizo huir de la sala al mismísimo Wes Craven; y, claro, la B.S.O., que de tanto comercializada y exprimida (mecagüenlasrebajasdeotoñonelcortinglés) casi nos hace olvidar que es un motor decisivo para la narración, y que le sienta como un guante de Gilda al filme.

Un final más moralista de lo que el mismísimo Tarantino hubiese esperado, en el cual se libra de la masacre quien más desconocido nos resulta (es el único del que no sabemos nada, ni su nombre real ni cómo se sumó a la banda), cierra un catedralicio film acusado de excesivamente virulento a pesar de que la mayoría de la violencia se nos oculta fuera de plano. “Stuck in the middle with you”...
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NUESTRA ÚLTIMA CENA




Luis Buñuel fue uno de nuestros mayores directores de cine; de hecho durante bastantes años fue prácticamente el único director nuestro conocido en el extranjero, por mucho que quisieran adueñárselo tanto los franceses (monsieur Bunuel), como los mejicanos.
Viridiana fue un intento del gobierno franquista de recuperar a un director que estaba ganando prestigio internacional (¿quien dijo que los dictadores no tenían sentido de humor?), y no estaban desencaminados, pues fue la ganadora de Cannes; pero a la que en el Vaticano vieron la cinta pusieron el grito en el cielo (nunca mejor dicho, aunque al fin y al cabo, deberían estar acostumbrados, ¿no?) y el gobierno decidió prohibirla en España durante varios años.
El genial director calandrino usó de nuevo una novela de Benito Pérez Galdós, al igual que en Nazarín o Tristana, para tratar sus temas favoritos: la religión (o mejor dicho, el ateísmo, gracias a Dios, usando sus palabras), el sexo (fetichismo, necrofilia), la crítica de una sociedad hipócrita y sus dirigentes, sentido de humor cortante como una navaja, todo ello con unas gotas de surrealismo, y usó para ellos a dos de sus actores favoritos: Fernando Rey y Paco Rabal.
Viridiana (Silvia Pinal) es una joven novicia que ha pasado toda su vida en un convento; poco antes de ordenarse recibe una carta de un tío suyo, don Jaime, (Fernando Fey), pidiéndola que pase unos días con él; aunque reacia a dejar el convento, accederá ya que sus superioras así se lo aconsejan, pues es el que siempre ha pagado su estancia (quien paga manda, que decimos en Cataluña)
El sentimiento religioso de Viridiana, centrado mas en su rechazo a todo lo que tiene que ver con la vida y lo material, se nos muestra mediante su aprensión a tocar las ubres de una vaca, su afición a dormir en el suelo o a ponerse una corona de espinas... todo lo que tiene que ver con el cuerpo, según ella, es algo despreciable. Su deseo de hacer una buena obra está mas motivado por su sentimiento de culpa que por otra cosa.
La escena mas recordada es, sin duda, la de la cena de los mendigos (grandes Jose Calvo, Lola Gaos o Maria Isbert, que son conocidos, pero todos los demás están también geniales), parodiando La última cena con el Mesías de Haendel de música de fondo, en la que aprovechando la ausencia de los señores se adueñan de la casa y allí, una vez libres, dejan aflorar todos sus instintos; porque a diferencia de Viridiana, ellos son unos personajes totalmente vivos: contradictorios, con una doble moral que les permite comportarse de una manera delante de su benefactora y de otra a sus espaldas. Realmente inolvidable el mendigo vestido con el traje de novia, arrojando plumas de paloma. La lujuria y los celos (creo que no se les escapa ningún pecado capital; el asesino de Seven se habría puesto las botas) harán que la velada acabe convertida en un desastre, pero sobre todo servirá para que Viridiana replantee su comportamiento, y por fin se desmelene, aceptando la vida. Pero no son esas las únicas imágenes impactantes, también tenemos una cruz que se convierte en navaja o una corona de espinas ardiendo, entre otras muchas cosas. Y luego dicen de El código da Vinci.
La censura hizo cambiar el final, en el que Viridiana entraba en la habitación de su primo Jorge (Paco Rabal) y se cerraba la puerta tras ellos; pero por una vez esto fue positivo, ya que eso permitió a don Luis mostrar un final mucho mas irónico, sugiriendo un mènage à trois entre Viridiana, su primo y la ama de llaves (magnífico personaje y estupenda interpretación de Margarita Lozano), rematado con una frase llena de doble sentido y pronunciada con toda la socarronería del mundo de que era capaz Rabal “desde el primer momento supe que acabaría con mi primita jugando al tute”. Este final la censura lo permitió sin problemas. (Y es que no eran tan mal pensados como nosotros)
 
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