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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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PADRE DE FAMILIA (CENSURADO)


La escena de hoy tiene carácter absolutamente friki-mítico. Es una de las grandes sorpresas que jamás se haya llevado el espectador en una sala de cine, en una época en la que estábamos a años luz de poder destripar una película y expandirlo por todo internet. Sin duda, los efectos colaterales de la globalización nos han impedido, en buena parte, disfrutar como se merece de finales sorpresa y giros inesperados de guión; si quiere usted mantener su inocencia, ponga una etiqueta de SPOILER en su vida. Sólo Irvin Keshner, tito George y el gran James Earl Jones conocían la apoteósica revelación que contiene esta escena de "El imperio contraataca", a tal punto que Mark Hamill, cuando la vio por primera vez en una preview, no podía creérselo: él había rodado con David Prowse dándole una réplica absolutamente distinta, e incluso el propio Earl Jones había grabado una línea alternativa, que podéis ver y oir un poco más abajo. Hamill pensó que tito George le tomaba el pelo. Exactamente lo mismo que pensé yo al ver a Jar-Jar Binks y los jodidos midiclorianos en el Episodio I... Véase "línea alternativa":

Cómo cambia la cosa, ¿eh? ¿Os imagináis los tres primeros episodios con Obi-Wan de malo-maloso? Mmmmmm...

P.D.: disculpen sus vuecencias la mala calidad de la primera escena, y el tener que tragarse las tollinas que se dan papi e hijo antes de la susodicha. Youtube está lleno de estúpidas parodias caseras, “versiones alternativas” y remontajes varios, a cual más cafre, de la escena en cuestión, pero es casi imposible encontrar la original. Cosa que no ocurría hace unos meses. Me da que Luquitasfilms tiene algo que ver...

Actualización: pues eso. Decía que era casi imposible encontrar el original. Ahora ya es imposible del todo. Pero me da igual: ¡TITO LUCAS ME HA CENSURADO! ¡A MÍ! ¡HOSSANNA! ¡HOSSANNA! ¡GRACIAS, ALÁ, YAHVEH, CRISTO, O QUIEN COÑIOS SEAS! En fins. Valga el valor curioso-histórico del segundo vídeo para mantenerlo publicado, aún con el "This video is no longer avalaible" presidiendo el post...

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SILBANDO AL TRABAJAR




He de reconocer que el género bélico no es mi favorito, pero aún así tiene películas muy buenas, encabezadas por Apocalypse now. En esa selección no podría faltar El puente sobre el rio Kwai.
David Lean fue único, ya que nadie ha sabido mezclar como él las superproducciones con un toque intimista y profundidad psicológica de sus personajes. Escenas de miles de extras, si, maravillosamente coordinados, pero combinadas con otras donde lo que importan son los sentimientos de los protagonistas.
En El puente sobre el rio Kwai nos encontramos ante un duelo de dos personajes, que aunque no están constantemente en la pantalla, son los que mas atrapan al espectador. Por un lado el coronel Nicholson (Alec Guinness), y por otro el coronel Saito (Sessue Hayakama). Los dos viven entregados totalmente al ejército, pero su mentalidad es muy distinta. Para Saito los prisioneros son despreciables, ya que es una deshonra para un soldado ser detenido, y en el caso del regimiento de Nicholson, que se ha entregado voluntáriamente cumpliendo órdenes, aún valen menos. Saito tiene la mentalidad del samurai.
Nicholson vive para cumplir las normas, su primer enfrentamiento con Saito será cuando le recuerde que el Tratado de Ginebra prohíbe que los oficiales detenidos hagan trabajos, pero Saito se pasa el tratado por la funda de la katana, ya que lo considera una cosa de nenazas comparado con el bushido.Pero la voluntad de Nicholson hace que consiga su propósito, lo que provoca lágrimas de rabia de su rival al oir los gritos de entusiasmo de los compañeros del coronel británico al salir de su celda de castigo.
A partir de aquí Nicholson se obsesionará con una cosa: ha de demostrar a los japoneses que los británicos son superiores a ellos, y quiere conseguirlo construyendo el puente que tenían que hacer, pero de una manera perfecta. Para ello no dudará en decir donde digo digo digo diego y emplear a los oficiales en el trabajo, así como a los enfermos.
Lo que no sabe el coronel es que los británicos tienen pensado volar el puente. El colmo de los absurdos: los mismos que se empeñan en construirlo quieren destruirlo.
Tan sólo hay un momento de paz entre los dos rivales, cuando se ha acabado de construir el puente y por fin se hablan el uno al otro de igual a igual, ya que han conseguido ganarse el respeto del contrario.
Sólo hay dos personas que mantienen la cordura, Shears, (William Holden), un soldado americano (“demasiado excéntrico, hasta para un americano “ según Nicholson), todo un cínico y vividor como demuestra en su sarcástico discurso ante una tumba rematado con un contundente "descanse en paz, ya que poca paz tuvo en vida ", y el doctor del campamento, que prefiere ver todo desde la distancia porque lo encuentra incomprensible, y es el encargado de decir el epitafio final “ ¡Qué locura! ¡Qué horror!”. Si, Kurtz, tu también estuviste allí.
Alec Guinness, el actor fetiche de Lean, uno de los mejores y mayores camaleones que ha habido, consiguió una de sus interpretaciones mas recordadas, aparte de Obi Wan Kenobi, nuestra única esperanza , ¿y quien no ha silbado alguna vez la famosa marcha?
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REBELDE CON CAUSA


Opera prima (Episodio 2.0: Live Free or Nouvelle Vague)

Si en el episodio anterior nos referíamos al pistoletazo de salida de un director reciente, hoy nos tiramos de cabeza, no sólo al debut de un afamado director, sino, por ende, al movimiento de apertura de una de las corrientes cinematográficas más influyentes de la historia del cine: la francesísima “Nouvelle vague”. Junto a “À bout de souffle”, de Jean-Luc Godard, e “Hiroshima mon amour”, de Alain Resnais, todas realizadas en pelotón en 1959, “Los cuatrocientos golpes” de François Truffaut dio puso en el disparadero a uno de los movimientos artísticos más prestigiosos del siglo XX (ojo que viene momento pedagógico-Libro Gordo de Marcbranches), envuelto en una coyuntura de renovación del cine europeo que ya había dado señales de vitalidad en Inglaterra e Italia, con el Free Cinema y el Neorrealismo. Le Gabachè Republique no podía ser menos, y, amparados por unas férreas políticas de proteccionismo estatal (la llamada Ley de Desarrollo del Cine), el apoyo de sus festivales (Cannes, por supuesto, a la cabeza) y del empuje de la revista “Cahiers du Cinéma”, reconceptualizaron el cine de autor desde unas fuertes posiciones teóricas desarrolladas, entre otros sitios, en dicha revista, y, en definitiva, hicieron historia. ¿A que parece que sé de lo que hablo? Pues nada, para no echar a perder esa impresión, os remito al enlace de la Wiki de la dichosa NV, que para eso los pongo, leche... Y a todo eso, ¿a qué había venido yo hoy aquí? Me hago mayor...

Ah, eso, “Los cuatrocientos golpes” de Truffaut. El reverso adulto, intelectualizado y desapasionado del “Rebelde sin causa” de Nicholas Ray. El primer acto de las andanzas de Antoine Doiniel, un personaje al que seguirá Truffaut durante toda su filmografía, siempre interpretado por Jean-Pierre Léaud, en un insólito ejercicio de identificación entre director, actor y personaje. Los “cuatrocientos golpes” del título es una expresión francesa que viene a significar “hacer las mil y una”, en referencia a las trastadas que va haciendo el niño Antoine, aunque probablemente pueda referirse también a los golpes que la vida le va asestando. La historia de un niño que va de bronca en bronca de clase a casa y viceversa, con un padre pelín bobalicón y una madre castradora que le ignora y le maltrata en perfecto equilibrio, y con un amigote, René, que le acompaña en todas y cada una de sus inocentes fechorías. Un día descubre casualmente en la calle a su madre dándose el lote con un señor de bigote (ojo-pareado), y explota su maternofobia, hasta tal punto que llega a decir en el colegio, como justificación a una “campana”, que su madre ha muerto (eso es una excusa, con dos cojones). La inquietud, la rebeldía y la manifiesta soledad del púber Antoine van provocando que las cosas vayan a peor hasta el punto de acabar en un correccional, abandonado a la mano de Dios, hasta un final que se permite el lirismo que había estado sorteando durante el resto del film, con excepción de algún pasaje puntual (esas lágrimas de Antoine mientras el coche de la policía le transporta al correccional). Formalmente, la película es elegante y sin alharacas, extremadamente sobria; en ese sentido, se aleja considerablemente de sus coetáneas de la “Nueva ola”. Un bien aprovechado formato panorámico, una cámara precisa y serena, y una hermosa fotografía en blanco y negro que permite a Truffaut mostrarnos, durante los vagabundeos de Antoine y René, toda la belleza de la Ciudad de la Luz, que es mucha... Como señalábamos al principio, el tono del filme es voluntariamente desapasionado, distante. Truffaut, a pesar del indudable componente autobiográfico de la película, no denota interés en cargar las tintas melodramáticas sobre la angustia vital del crío, ni sobre los penares que arrastra durante la película, hasta tal punto que la escena en la que averiguamos por qué su madre le odia (y, lo más importante, descubrimos que él conoce esa causa), se nos presenta en un formato documental, a través de una entrevista que le realizan los responsables del correccional, con cortes entre respuesta y respuesta, y con un Léaud de gestualidad inquietantemente adulta. La misma interpretación del niño está absolutamente carente de mohines o muestras de sentimiento alguno: James Dean en el congelador. Sin embargo, la escena final, cargada de lírica simbología, en la que Antoine descubre, al final de su huída, un inmenso e inacabable mar en el que perderse y abrir nuevos horizontes, barniza de nostalgia y bucolía el extraordinario film, cerrado por un plano fijo de Antoine, entre expectante y desafiante, que deja abierto el relato a las futuras inquietudes del sr. Truffaut. “Los cuatrocientos golpes” es una película más fácil de entender que de asimilar, una propuesta a contracorriente de los dientes de sierra narrativos habituales del cine americano, y una referencia obligada en cualquier historia del cine que se precie. Así que, niños, chúpense “Los cuatrocientos golpes” en el canal de cable correspondiente y, luego sí, llámense a sí mismos cinéfilos.

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LOS VERANOS DEL SUR



Ya hacía algún tiempo que no hablaba de una película de las que me gustan porque sí, aunque no aparezcan en las listas de las mejores de la historia, y que no me cansaré de ver una y otra vez; con esto no estoy diciendo que sea una mala película, todo lo contrario, ya que como veréis tiene alicientes de sobra.
El largo y cálido verano fue una de las primeras películas dirigidas por Martin Ritt, un director que nunca se ha considerado de los grandes, pero solidísimo y con una trayectoria de lo mas coherente, algo muy poco habitual en Hollywood, y menos de alguien que nunca ha ocultado sus tendencias izquierdistas.
Basada en unos relatos cortos de William Faulkner, nos traslada al Sur soñado y añorado por los americanos: el de los caciques todopoderosos que viven en enormes mansiones, el de las sensuales damiselas y el del calor insoportable que hace que hagamos locuras, porque ya lo dijo Rafaella Carrá, “hay que venir al Sur”. Es como una historia de Tenesse Williams, solo que sin pluma.
A una de esas poblaciones pequeñas de la América Profunda, donde todo el mundo se conoce, llega Ben Quick (Paul Newman), un joven semental que tiene fama de incendiario, lo que provoca el automático rechazo de la gente, ya que la principal fuente de ingresos del lugar es la agricultura. Eso hace que el patriarca del lugar, Will Varner (Orson Welles, muy a gusto en su majestuoso papel), le tenga vigilado desde el primer momento, aunque le gusta el descaro de Ben.
Ahora hemos de detenernos un poco para explicar el entorno de Varner: él es un viejo zorro, acostumbrado a salirse siempre con la suya y que es el primero el hablar de moralidad, cuando todo el mundo sabe que tiene una amante (Angela Lansbury)
Su hijo, Jody (Tony Franciosa) está acomplejado por la arrolladora personalidad de su padre, aunque piensa que ha ganado puntos casándose con la chica mas popular del pueblo, Eula (Lee Remick).
Su hija, Clara (Joanne Woodward) sabe que no es espectacular como su cuñada, pero tiene una gran inteligencia y sentido de humor.
Ben , en lugar de babear como hacen todos con Eula (“No necesitan verla, Pueden olerla”.- dice Will sobre ella), se siente atraído desde el primer momento por Clara. Las escenas entre los dos están cargadas de tensión erótica, con frases del tipo “Muy bien, huye, escapa, y sigue corriendo. Cómprate un billete y desaparece. Cámbiate el nombre, tíñete el pelo, piérdete y entonces -sólo entonces- escaparás de mi”, o diálogos así:
“- Te pareces demasiado a mi padre para convenirme, y yo soy un experta sobre él.
- Es un viejo maravilloso
- Un lobo reconoce a otro
- Dómanos, tu podrías.
Fue la primera vez que trabajaron juntos Paul y Joanne y todos sabéis como acabaron, convirtiéndose en la pareja mas duradera y estable de Hollywood. Los dos están estupendos y consiguen que dos robaescenas consumados como Welles y Lansbury no les quiten el protagonismo. Nada, que me voy al Sur.
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PRÓXIMA ESTACIÓN: ESPERANZA



Opera prima (Episodio I: El ataque de los trenes)

Desconvocada por mi parte la huelga de teclas caídas, después de llegar a un amistoso acuerdo con la dirección del blog (pasado mañana me quitan el collarín), reinicio mi actividad escribana con un díptico patillero (ampliable a trilogía) sin sentido de esos que tanto nos gustan en La Linterna, en este caso sobre debuts cinematográficos, comúnmente llamados “operas primas”, que suelen marcar el trazo y el estilo de sus autores y que, en más casos de los que nos gustaría, acaban siendo sus mejores obras. La primera en la que nos vamos a parar es bastante reciente, de 2003, y es nada más y nada menos que “The station agent”, aquí inoportunamente rebautizada como “Vías cruzadas” (título que nos hace pensar, en un primer instante, en un film de, pongamos por caso, Ralph Macchio), el primer y hasta ahora único largometraje del irrelevante actor Tom McCarthy, que sin embargo consiguió con esta película el reconocimiento crítico en el circuito festivalero (entre muchos otros, los Premios del Jurado de Sundance y San Sebastián) y el buen recuerdo de los pocos que la han visto. Una cinta con lo mejor de la tradición del cine independiente americano y sin algunos de sus peores tics (la verborrea discursiva, la modernez de usar y tirar). Y que habla de trenes, lo cual refuerza a este medio de transporte como el más cinematográfico de la historia, como ya hemos comentado otras veces...

¿Vías cruzadas? Más bien soledades yuxtapuestas. Las de los tres personajes, Fin, Joe y Olivia, que protagonizan la historia (porque los tres son igual de trascendentes, aunque el centro neurálgico sea el primero) de un enamorado de los trenes afectado de enanismo, Finbar McBride (Peter Dinklage), que hereda de su jefe en una tienda de maquetas, fallecido nada más dar comienzo la película, una estación de tren abandonada, más o menos, allá por el culo del mundo a mano derecha. Fin, hastiado de las miradas condescendientes, amabilidades falsarias, risitas subrepticias y cachondeíto más o menos disimulado, ve la oportunidad de aislarse convenientemente del mundo rodeado de lo único que le importa del mismo: el tren y su circunstancia. No cuenta Fin con que se va a tener que dar de bruces con Joe (Bobby Cannavale), un vendedor ambulante cubano y pesado hasta la extenuación, y con Olivia (Patricia Clarkson), una mujer tan generosa como torpona, y con la carga de un drama personal que remontar. Los tres inician una extraña relación de amistad, a caballo de la monotonía reinante alrededor de la estación de Newfoundland (New Jersey). “The station agent” es un film pequeño, de presupuesto, de rodaje (veinte días) y de narración, pero que sabe desarrollar con un cariño y un cuidado admirables a los tres personajes protagonistas, sus miserias y grandezas, y la humanidad que desprenden en todos y cada uno de los planos del film. Finbar, espléndidamente interpretado por Peter Dinklage, misántropo, hosco, ermitaño, adusto, sin fe ya en las personas, al que solamente su pasión (los trenes) le permite levantarse cada día. Joe, quizás en el que menos profundiza McCarthy, alegre, pleno de una “joie de vivre” que no puede compartir con nadie, el típico pelmazo del colegio empeñado en ser tu amigo y sentarse en el pupitre de al lado, al que no perturban tus continuos desdenes; es, sin embargo, el maquinista de la relación de amistad entre los tres, el que, a fuerza de insistencia y de cafés con leche, consigue el pequeño milagro de que apoyen sus cabezas el uno en el otro y el otro en el de más allá, a pesar de su falta de afinidad y las reticencias de Fin respecto a Olivia y de estos dos respecto al plasta de Joe. Finalmente, Olivia, una mujer de mediana edad, aún atractiva, que trata de simular que ha superado el doble trauma de la muerte de su hijo y la separación de su marido a golpe de soledad y pintura; Patricia Clarkson, una actriz estupenda por la que aquí su seguro servidor siente una especial debilidad, y que últimamente ha solidificado su carrera para bien de todos, da un recital interpretativo de envergadura, desprendiendo una ternura arrebatadora en su relación casi fraternal con Fin, muy alejada de cualquier estertor sexual (parece que los hombres y las mujeres sí pueden ser amigos, Harry). Una bibliotecaria recién embarazada (otra enferma de solitud) y una niña de color y muy entrada en kilos (dos características que la convierten en carne de cañón), completan el ínfimo reparto de esta pequeña maravilla rodada con enorme tacto, discreción y liviandad, que no monotonía, en el que Tom McCarthy consigue que las frustrantes soledades de estos marginados desprendan halos de esperanza al encontrarse y complementarse, a pesar de la evidente falta de puntos de contacto. O quizás precisamente por ello, se complementan, se entienden y se buscan, movidos por la falta de cariño que ha presidido sus vidas. Un sentimiento tan humano como la vida misma, y por cuyas vías todos hemos transitado alguna vez. Todos queremos que nos quieran, por muy esquivos que nos mostremos; todos, en definitiva, somos un poco Joe. Un poco Olivia. Un poco Finbar McBride.
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ANOCHE SOÑÉ QUE VOLVÍA A MARTE





No sólo de cine de arte y ensayo en V.O. vive el cinéfilo, a veces va bien ver alguna película palomitera, de acción trepidante, que no haga pensar, que las neuronas agradecen un descanso. La época dorada de los action men fue la de los 80-90, y estuvo centrada en tres nombres: Stallone, Schwarzenegger y Willis (o lo que es lo mismo, Planet Hollywood). De éste trio, el austríaco de músculos imposibles, aficionado a las camisas hawaianas y a los puros, es quien destacó más por la espectacularidad de sus películas, y de todas ellas la mejor sin duda, en mi opinión, es Desafio total.
Estamos en un futuro impreciso aunque no muy lejano, donde la gente va de vacaciones a otros planetas como quien va ahora a Benidorm; el sueño de Doug Quaid (Schwarzenegger) es ir a Marte, a pesar de que las noticias dicen que allí la situación es agitada y no batida; como su esposa (Sharon Stone, antes de cruzar las piernas) no quiere ir ya que no le gusta el cielo rojo, finalmente encuentra una solución intermedia: una empresa vende la posibilidad de implantar los recuerdos que uno quiera, de modo que va allí para que le implanten una estancia en Marte.... pero las cosas se complican ¿o tal vez todo forma parte del sueño que está viviendo Doug? Porque uno de los alicientes de la película es que no deja claro del todo si se trata de la realidad o del sueño implantado por Memory Call, ya que todo coincide con las peticiones de Doug: ser un agente secreto, tener un romance con la chica de sus sueños (y nunca mejor dicho) y salvar al planeta, como buen héroe de rigor.
Basada en un relato de Philip K Dick, We can remember you it for the wholesale, Paul Verhoeven encontró una ocasión más para dar rienda a su peculiar sentido de humor, políticamente incorrecto, gamberro y directo, como un buen puñetazo de Chuache: cadáveres que son usados como escudos, robots taxistas, peleas de mujeres, mutantes...todo ello aderezado con unos efectos especiales totalmente deslumbrantes, que sin embargo sirven perfectamente a la historia, no como en la mayoría de los casos en que ocurre al revés. Por no hablar del detalle extra para los catalanes del enorme parecido del lider de la resistencia de los mutantes con cierta persona molt honorable.
Como detalle personal, uno de los villanos es Michael Ironside, el duro-durísimo de V, así da gusto (una debilidad es una debilidad).
Claro que tratándose de una película de Arnie, no pueden faltar peleas, tiros, persecuciones, o muestras de su refinado sentido de humor (“considéralo un divorcio”), aunque también se ha de reconocer que nunca le habían dado tantas patadas en los genitales como en esta cinta, y eso debe doler hasta a los action men como él.
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KEVIN "EMPANADILLA DE MÓSTOLES" SPACEY




Hace unos días la web amiga "Blog de cine" colgó un divertido video que aquí reproducimos hoy para deleite del personal (y descanso mío, que así tengo que escribir poco) (estoy en huelga de teclas caídas) (viva la revolución). Kevin Spacey, un extraordinario actor que siempre ha deslizado un airecillo sarcástico y socarrón, se plega a las solicitudes del presentador del programa yanqui "Inside the Actor's Studio", el inclasificable y hierático James Lipton, para imitar con ingenio y cinefilia a gente como James Stewart, Clint Eastwood, Marlon Brando, John Gielgud, Christopher Walken, Al Pacino, su mentor Jack Lemmon o... ¡Katharine Hepburn! Incluso aunque en vuestra infancia pasarais olímpicamente del "Follow me" (hello, Rick), se puede reconocer a dichos monstruos cinematográficos en los amables homenajes del cachondón Spacey. Aunque si sois de los que ven las películas en V.O., lo disfrutareis mucho más. ¿Cuál es vuestra imitación preferida?

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EL CHICO OSTRA




El pequeño Timmy no era un niño como los demás. Amaba a los monstruos, prefería vestir de negro y tenía una imaginación desbordante. Le encantaba dibujar, escribir o ver antiguas películas de terror... lo que llamamos un friki.
Su calidad como dibujante hizo posible que entrara a trabajar en los estudios de la Disney, pero él no estaba demasiado a gusto allí, su forma de ver las cosas era demasiado “oscura” para la casa del tio Walt; aún así, le permitió hace dos cortos en los que se podía apreciar su peculiar estilo: Frankenweenie, una parodia sobre Frankenstein, y Vincent, inspirado en los poemas de Poe y en uno de sus ídolos: Vincent Price, que se encargó de poner la voz.
Dió el salto a los largos con La gran aventura de Pee Wee y Beetlejuice, en las que el principal aliciente era su estética, aunque se notaba que aún le faltaba rodaje.
Su siguiente película, Batman, fue un enorme taquillazo, que contentó a los seguidores del comic, tanto que le pusieron en bandeja rodar la continuación, Batman returns, que puso en evidencia algo que ya se apreciaba en la anterior: le interesaba mas esa Gotham oscura, barroca, con sus villanos, tipo Pinguino, Joker o Catwoman, que el caballero murciélago en sí.
Eduardo manostijeras fue otro gran éxito, tanto de crítica como de público, una peculiar versión de el mito de Frankenstein, que le permitió trabajar con su gran ídolo Vincent Price en su última interpretación, sirvió para que la gente empezara a hablar de la “poesía” de Burton, y significó el primer trabajo de un trío de ases que ha resultado totalmente invencible: Burton, el actor Johnny Depp y el músico Danny Elfman. Johnny era un jovencito casi recién salido de una serie de televisión que le había convertido en un ídolo de quinceañeras, pero en Tim encontró una especie de alma gemela que le permitió hacer toda una serie de personajes excéntricos en los que se sentía muy a gusto, pudiendo ser, aparte de Eduardo manostijeras, un pésimo director de cine al que le gusta travestirse en Ed Wood (toda una declaración de amor de Burton a la serie Z), un extraño investigador en Sleepy Hollow (el homenaje más claro de Burton a la casa Disney) o un genial chocolatero en Willy Wonka y la fábrica de chocolate, estando a la espera de ver su barbero asesino de Sweeney Todd.
A Timmy también le gusta desmadrarse de vez en cuando y hacer el gamberro; aprovechó la oportunidad en Mars attaks!, divertidísima y llena de mala idea, pero sin duda la mejor invasión alienígena que ha habido, y también quiso hacer toda una superproducción con el remake de El planeta de los simios, que aunque tenía buenas ideas, sobre todo en el planteamiento de la forma de vida de los simios, contaba con un final flojo, cuando en la original el final era básico.
La muerte de su padre le afectó mucho (las relaciones padres/hijos nunca han sido demasiado buenas en sus películas), y eso hizo que rodara Big fish, la que se puede considerar una de sus filmes mas personales, sensibles y emotivos.
Su inquietud artística ha hecho que no deje de dibujar o escribir, uno de sus cuentos mas conocidos, La pesadilla de antes de Navidad (su propia versión de un clásico americano de la literatura infantil, El Grinch y como robó la Navidad), se convirtió en una película que supuso todo un avance en el cine de animación, revolucionando el sistema de stop-motion, aunque no estuviera dirigida por Burton, era 100% Burton por su espíritu. Años mas tarde volvió a retomar el sistema con La novia cadáver, basada en una antigua leyenda rusa, con resultados igual de fascinantes.Como escritor, ha publicado además La melancólica muerte del chico ostra. Aquí teneis una pequeña muestra:
Cabeza de melón
Había un niño taciturno,
de hombre y melón un injerto.
tenía el ánimo nocturno
por desear tanto estar muerto.
Pero hay que tener cuidado
con lo que se desea.
Pues él acabó en jalea
tras un pisotón bien dado.
No cambies, Tim, el mundo está llenos de chicos ostras como tú.
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NO VUELVAS A PISARME LAS JORDAN






La aparición de Shelton Jackson Lee, alias “Spike”, a finales de los ochenta, en la escenografía cinematográfica resultó, no sólo un soplo de aire fresco que dio aire al fenómeno del cine independiente americano, sino un contundente puñetazo en la boca del estómago de ciertas conciencias. Un director de cine negro, combativo y al cual no le temblaban las piernas a la hora de reflejar sus inquietudes políticas y sociales en sus obras. Alguien que hablaba de racismo vocalizando detenidamente cada sílaba, y que a la vez mostraba dotes de auteur en su manera de dirigir, hasta tal punto que, hoy en día, una película de Spike Lee es absolutamente reconocible sin necesidad de un sólo título de crédito. Desde su primer incipiente éxito, “Nola darling” (gracias al cual fundó su propia productora, “40 acres & a mule”), hasta el último, “Plan oculto”, el cine de Lee apenas se ha salido de una línea aguerrida aunque reflexiva en su discurso, e inequívocamente manierista y sofisticada en lo formal. Fue figura clave del independiente en los primeros 90 (“Mo’ better blues”, “Jungle fever”), hasta que le entró un ataque de elefantiasis con la macrobiografía “Malcolm X”, después de la cual se sumió en el semiolvido del público (lo cual no le impedía salir prácticamente a película por año) y, poco a poco, fue aparcando en su obra la dinamo del racismo (sin abandonarla, por descontado: véase “Bamboozled”) para abrirse a otras posibilidades, incluyendo el cine de género y, oh-cielos, las películas de encargo. “Plan oculto”, su primer film no guionizado por él (y se nota; apenas hay nada del Spike Lee original), ha resultado ser su primer éxito de taquilla en bastante tiempo, hasta tal punto que se habla de una posible secuela. Spike Lee haciendo secuelas... esto se hunde...

La película que despertó conciencias y agitó butacas de críticos de cine adormilados fue, sin ningún género de dudas, “Haz lo que debas”. Filme aparente y de trazo grueso, todo un batazo de béisbol en las costillas, este relato de un caluroso día en el barrio neoyorquino de Brooklyn convirtió a Lee en un símbolo de la combatividad racial, siendo acusado incluso de provocar disturbios en algunos cines. Aunque una lectura atenta y pausada de la película nos presenta un discurso menos radical de lo que pueda parecer, Spike Lee jamás se quitó de encima la etiqueta Black-power (y él encantado de llevarla). Desde un punto de vista meramente artístico, el film es una sobredosis de Red Bull, energético hasta la extenuación, comenzando por esos títulos de crédito con Rosie Perez bailando agresivamente el “Fight the power” del grupo activista Public Enemy, toda una declaración de principios. A partir de aquí, Lee nos muestra un proceso de cocción basado en dos ingredientes fundamentales: la intolerancia y el racismo. Una primera media hora más bien relajada, bañada en un costumbrismo distorsionado por el humor y la presentación de personajes y conflictos más o menos soterrados, nos permite enfocar la atención en el talento delineante de Spike, que se sirve de algunos recursos formales para dibujar el caldo de cultivo de la explosión de odio y violencia a la que está condenado el barrio. Es el día más caluroso del año, y Lee consigue que hasta el espectador sude, vigorizando cierta sensación de malestar a la que ayuda el colorismo graffitero del que hace uso el director neoyorquino, saturando la pantalla de rojos y derivados, que acentúan la incomodidad y el nerviosismo. El barrio está en ebullición, hay cabreo generalizado, todo el mundo se habla a gritos, y este maldito calor no ayuda en nada. El Alcalde, un borrachuzo que forma parte del mobiliario del barrio; Mister Señor Love Daddy, la voz de la radio local (un primerizo Samuel L. Jackson); Hermana Madre, la señora del quicio de la ventana; Ahmad, el retrasado deambulante; Radio Raheem, el típico negro con el “loro” a cuestas tan característico de la época; el tendero coreano de turno... Todos ellos decoran la barriada y completan el fondo del cuadro de Lee. Pero es la pizzería de Sal (magnífico Danny Aiello), un italoamericano cascarrabias con dos hijos (John Turturro y Richard Edson) de posturas muy distintas en lo que se refiere a su relación con la mayoría negra del suburbio, la que va a ser el centro neurálgico del conflicto. Buggin' out (Giancarlo Esposito), un personaje que viene a ser el resumen de la crítica de Lee a su propia raza (su sumisión a determinados clichés, cierto machismo, su estado permanente a la defensiva) inicia una cruzada contra la pizzería por no tener fotos de “hermanos” en su interior. Una nimiedad que, distorsionada por la radiactividad del entorno, hace que el día acabe con una violenta revuelta que resultó ser premonitoria, a pequeña escala, de los disturbios de Los Angeles, tres años después, por “lo” de Rodney King. El personaje que interpreta el propio Lee, Mookie, representa, con toda probabilidad, el punto de vista más cercano al del director en aquel momento, bañado en un pragmatismo alimentado por el instinto de supervivencia. El filme finaliza con dos reflexiones encontradas de Martin Luther King y Malcolm X, uno rechazando contundentemente la violencia, y el otro justificándola si se ejerce en defensa propia (o sea, justificándola), que exponen a la perfección un discurso “spikeliano” menos fundamentalista de lo que algunos, incluido él mismo, quisieron dar a entender. Si en algo es radical Spike Lee, es, sin duda, en su amor a los New York Knicks.
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CUESTION DE HUEVOS



Malpensados, que sois unos malpensados; me refiero a huevos de gallina, o sea, lo que se suele freír para acompañar a patatas fritas, para darle un poco de vidilla al colesterol. Estamos en los años 60, en plena efervescencia de los rebeldes con o sin causa, porque el mundo los hizo así, y aquí tenemos a una buena representación: Cool hand Luke, capaz de enfrentarse a Dios sin motivo alguno, o de comer 50 huevos duros, by the face. En una de las mejores películas carcelarias que ha habido, Stuart Rosenberg supo aprovechar la capacidad de Paul Newman de hinchar su barriga a voluntad, y aunque Newman consiguió una de sus mejores interpretaciones, con escenas tan memorables como ésta o cuando canta a su Jesús de plástico, fue George Kennedy quien se llevó la estatuilla como mejor actor secundario por La leyenda del indomable. Como aliciente extra, tiene a Harry Dean Stanton cantando, estupendamente, por cierto. Todo un poema la sonrisa de “ojitos azules” Paul después de su hazaña gastronómica, y es que no es para menos.
 
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