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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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PROYECTOS SESIONES DOBLES: WONG KAR-WAI



Os invitamos a un proyecto muy especial. Se trata de Sesiones dobles, surgido a partir de The observer y Nataliabook, como podeís ver aquí; consiste en que varios y excelentes blogs cinéfilos (a los que nos hemos unido, humildemente) se ponen de acuerdo en fomentar el visionado y posterior comentario de dos películas de un director determinado.
Tanto el director como las películas serán de un interés indudable; para quien no las haya visto, puede ser todo un descubrimiento, y quien las haya visto servirá para recordarlas. Más adelante, se podrán ver las opiniones que sobre ellas tienen los diferentes bloggers: ¿acaso todos pensamos como uno, como Fuenteovejuna? ¿O quizás haya mas diferencias de las que nos pensábamos? ¿Con que opinión estarán mas de acuerdo los lectores y se sentirán mas identificados? Tal vez encuentren el comentarista que coincide totalmente con su criterio; ¿será el de su blog habitual? Más suspense que en una película de Hitchcock.
Para inaugurar este proyecto se ha elegido al director nacido en Shangai pero criado en Hong Kong Wong Kar-Wai, un habitual en los festivales de cine y uno de los mas prestigiosos de la actualidad.
Las películas elegidas son Deseando amar y 2046.
Ya podéis ir sacando vuestras agendas. Tenéis una cita:
Fecha de visionado: del 30 de marzo al 15 de abril
Fecha de comentarios: del 16 al 20 de abril
Blogs participantes: Books&Films, ¿Y si esta vez te quedaras?, Cineahora, Cinematic World, El día del cazador, El séptimo arte, El diario de Mr. Macguffin, Marco Velez, Himnem, Fabrica de ilusiones, Padded Room: Chronics floor, El lamento de Portnoy, La mujer justa, Bogotá 35MM, Ojo de buey, Viaje a Itaca, Sesión Doble, Ekilore, Rulemanes para Telémaco, Arteyliteratura, La linterna mágica, Rodando, The Observer, El trono de Hatti, Palabras ocultas, Mitte
Esperamos que os guste la idea. Intercambiemos opiniones. Aquí sólo hay un ganador: vosotros.
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RESIGNACIÓN, PUNTO DE ENCUENTRO



Después del dedicado al cine oriental, vamos a por otro díptico sobre cine exótico; en este caso, el español...

¿”En la ciudad”? Esta es una de las preguntas, quizás la más superficial, que se puede hacer uno a sí mismo inmediatamente después de haber presenciado el excelente filme de Cesc Gay. ¿Por qué se titula así? No parece, a primera vista, un retrato de la vida barcelonesa, o de su gente, o de sus costumbres, o una oda a las bonanzas de la Ciudad Condal (vamos, que no es “Manhattan”). En una entrevista promocional al grandioso Eduard Fernández, un tipo que siempre tiene algo que decir, catalán y barcelonés él, comentaba el actor que las maneras, los comportamientos, las conductas de los seres que pululan por la coralidad de la cinta tienen algo que ver con Barcelona: “Todos los personajes somos algo Barcelona, que se diferencia de, por ejemplo, Madrid, en algunos aspectos. “¿Barcelona? Sí, muy bien, muy bonita, todo bien. Es fantástico vivir aquí, el MACBA, el Parque Güell, qué bonito han dejado el puerto, todo muy bien. Vale, pero ¿dónde están las putas? Porque las hay, aunque no nos guste; bueno, por allá, apartadas, que no se vean mucho...” Esto es Barcelona, y esto son los personajes de la película”. Una reflexión tan escasamente sutil como vivazmente certera: estos individuos se esmeran en mantener las formas y guardar sus excrecencias (sus miedos) debajo de las alfombras. De cualquier manera, es difícil pertenecer a esta generación reflejada por Gay, entre los treinta y los cuarenta, sin sentirse mínimamente identificado. Chicos, chicas, sonreid: hemos salido en la foto.

“En la ciudad”, el tercer largo de Cesc Gay, nos dibuja a una serie de treintañeros pertenecientes a una ligeramente acomodada burguesía metropolitana (la excepción, y no debe de ser casualidad vista su elección final, es Tomás, el personaje interpretado por Alex Brendemühl, bastante tirado económicamente), todos ejerciendo profesiones liberales, todos en el meridiano de unas vidas, hasta el momento, confortables y carentes de obstáculos. Aunque la película es coral (aunque con trampa: son todos amigos), quizás el epicentro son los dos matrimonios, Irene/Manu y Mario/Sara, alrededor de los cuales sobrevuelan tanto las insatisfacciones de los demás como las propias: imbuidos, invadidos todos, por el desconcierto de la madurez. Personajes que se callan sus pequeñas miserias, que no se sinceran con nadie, y cuya soledad resulta ser su único espacio acogedor; un grupo de amigos que no hablan (el reverso oscuro de “Friends”: a ninguno de ellos se le ocurriría decir algo como “¡Nos estábamos tomando un descanso!”), y que sobreviven a las convenciones sociales a base de fingimientos, silencios calculados y pequeñas (o no tanto: Sofía, uséase María Pujalte, no dice una verdad ni entrenándose, no sé a quién me recuerda) mentiras. El filme se pasea discretamente por las situaciones, las contrariedades, los engaños, las miradas, los artificios de este grupo de conformistas que parecen resignados al microuniverso que les ha tocado vivir, aunque cada vez la angustia vital sea mayor. Quizás el mejor referente sea Mario (inmenso Eduard Fernández, quizás el mejor actor español de su generación), un personaje que soporta la infidelidad de su mujer sin pestañear, en silencio (con la excepción de una pequeña explosión en el restaurante), tratando de no internvenir y dejar que las cosas sean como antes a través de su propio peso; eso sí, después de tropezarse con un ideal de mujer (Leonor Watling), un poco al estilo de la Antera de “Beautiful girls”. Es imprescindible apuntar, a estas alturas, que todos los intérpretes están sobresalientes: empezando (además de los mencionados) con la gran Mónica López, y acabando con la sorpresa de disfrutar de un Jordi Sánchez que refleja a la perfección la insipidez de su anodino, aunque honesto, personaje. Hay hasta un cameo de Jaume Figueras, saliendo de un cine, por supuesto...

La escena final, la comida grupal en casa de Manu e Irene, nos ofrece la única decisión radical tomada por alguno de los personajes, la de Tomás respecto a su dieciseisañera amiguita (si es que, Jacko, las visten como...), tan valiente como inmadura; el clímax que supone la llantina de Irene se adorna con un ensordecedor silencio, derivado de la comprensión por parte de los amigos: saben que pasa algo, y que a ellos también les pasa algo, pero acto seguido se sumergirán en la comida como si nada hubiese sucedido. Contra la resignación, buenas maneras y fideuá.
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LOS TIMADORES




Hoy se estrena en los Yuesei el delirante proyecto en común de los musos del postmodernismo cinéfilo-gamberroide, Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, “Grindhouse”. Dos películas (“Planet Terror” y “Death Proof”) en una misma proyección, de asumida y concienzuda estética de serie Z setentera, separadas tan sólo por algunos falsos trailers de supuestos filmes más desvergonzados todavía, y emulando la arcaica costumbre de dos películas (habitualmente, a cual peor) por el precio de una. Puede hacer más o menos gracia, pero la idea es exactamente esa. Sin embargo, los hermanos Weinstein (con la incomprensible aquiescencia de los dos directores) (váyase, señor Rodríguez) han decidido que, excepto en USA, Reino Unido y Australia, se van a estrenar los films por separado ($$$, clink-clink). Eso sí, van a aprovechar para mostrarnos las versiones extendidas: y a mí qué. Por supuesto, todo Dios se la va a bajar de la mula en cuanto pueda, y los que defendemos ardorosamente el visionado en pantalla grande nos vamos quedando sin argumentos ante tamaña gansada.

Y, bueno, las películas van de Rose McGowan con una pata de metralleta y... bah, qué más da.
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EL GARROTE NO ES TAN VIL



Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, la de los 600, la de las turistas suecas en Mallorca, la de las bodas de penalty, la de los domingueros, la de la tortilla de patata, la de los funcionarios de “falta una póliza”, la del “vente a Alemania, Pepe”, la de los recomendados, la de los pluriempleos... ¿de verdad todo eso fue ayer?
Berlanga con El verdugo dirigió una de las mejores películas del cine español, con un guión perfecto de Rafael Azcona, que mezcla tanto humor negro como crítica social, usando su habitual estilo coral y planos secuencia.
Jose Luis Rodríguez (no, no es El Puma, es Nino Manfredi) es un enterrador y su profesión le hace tener muy poco éxito con las mujeres. Por motivos de trabajo conoce a un verdugo, Amadeo (Pepe Isbert), y a su hija Carmen (Emma Penella), que tiene el mismo problema que él, ya que ningún chico se acerca a ella por el empleo de su padre, de modo que deciden consolarse mutuamente; una cosa lleva a la otra, y sin comerlo ni beberlo, Jose Luis se ve presentando una solicitud de empleo como verdugo, para sustituir a su suegro. Piensa que es un chollo, ya que son muy escasos los condenados a muerte que llegan a ejecutarse: conceden un indulto, o el reo muere de forma natural... O al menos eso es lo que le han hecho creer. Mucho mejor que emigrar a Alemania, que era su mayor ilusión.
Escenas como la de la boda, mientras van quitando todos los adornos de la boda anterior son una buena muestra de por donde van los tiros: a los protagonistas siempre les tocan las sobras de la sociedad, nadie los acepta, aunque les necesiten. Quieren que haya pena de muerte, pero miran mal a los que hacen que las penas se cumplan. Pero la mejor sin duda es la del final, en la que se muestra a víctima y verdugo arrastrados por las “fuerzas vivas” hacia su destino.
El reparto es espectacular, Nino Manfredi y Emma Penella están estupendos; él un buenazo que se deja arrastrar por las circunstancias, incapaz de matar a una mosca y ella derrochando una carnalidad muy “mediterránea”; hay cameos de Jose Luis López Vazquez, Alfredo Landa, Agustín Gonzalez, Chus Lampreave, Lola Gaos, o el recientemente fallecido Jose Luis Coll, pero el mas entrañable de todos es el gran Pepe Isbert, que compone a un Amadeo totalmente humano, hablando de las diferencias entre la guillotina, la silla eléctrica o el garrote vil y qué sistema es más cruel (¿has oido, Schwarzenegger?); todo un profesional que no puede menos que decir, con toda la sabiduría del mundo a sus espaldas, al oír a su yerno: “No lo volveré a hacer nunca mas”. -“ Si, claro; lo mismo dije yo la primera vez” .
Abajo la pena de muerte, sí , pero... al paredón quien no la haya visto (ahora no vayáis a chivaros a Amnistía Internacional).
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POSTS CON CALZADOR: TRES BODAS Y UN FUNERAL



Estimado Joel Schumacher:

Como verás, he decidido inaugurar una nueva sección, “Posts con calzador”, con una película tuya. Es muy probable que sea la primera y última de dicha sección, puesto que estoy seguro que Alice la Directrice, después de esta, me va a despedir ipso-facto, vía SMS (en cuanto aprenda cómo se envían) y sin derecho a paro, Seguridad Social ni descuentos en el zoo. ¿De qué va la sección? Pues de películas que, desde un punto de vista fríamente analítico, no pasarían el corte de calidad necesario para aparecer en este elitista blog, pero que, por una u otra razón, nos han marcado, o simplemente nos apetece ver cada vez que las pasan por televisión. Si te leyeras el blog de vez en cuando, Joelito, sabrías que ya hablamos de esto en alguna ocasión. Por supuesto, ninguna de tus películas merecería ser destacada por acá, aún reconociendo, muy a mi pesar, que “Un día de furia” o “Última llamada” superan el calificativo de salvables. O esta que hoy nos ocupa, “Un toque de infidelidad”, una agradable comedia de ciencia-ficción (no he cruzado las dos neuronas, luego te lo explico) que tuvo el honor, al final de mi adolescencia, de evitarme la irreparable pérdida de una tarde cinematográfica. Sí, queridos niños. Un pueblo de la España profunda, un cine con sala doble, unos amigos de criterio artístico “impreciso”, dos opciones culturales: una, la que elegí yo, sugestionado por el carisma de Ted Danson (“Cheers” era, y es, una de mis series de cabecera) y la belleza de Isabella Rossellini, era “Un toque de infidelidad”; la otra, la que eligieron EL RESTO de mis amigos, fue “Loca academia de policía 6”. A esas alturas, yo ya era un cinéfilo de tomo y lomo (y un irredento sociópata); sólo que aún lo desconocía.

El caso es que venías de hacerte un huequecito entre la modernidad tardo-ochentista en base a cosas como “St. Elmo, punto de encuentro” y “Jóvenes ocultos” cuando te ofrecieron tu primer film mainstream, “Un toque de infidelidad” (“Cousins”, en V.O.), que seguía la incipiente manía yanqui de versionar éxitos franceses (si podía ser, con Ted Danson: “3 hombres y un bebé”), en este caso recocinando, al punto de merengue, “Cousin, cousine”, un film gabacho de 1975 que incluso tuvo 3 nominaciones al Oscar y que narra con gustillo agridulce cómo dos primos lejanos (¿alguien ha dicho Mipos?) que descubren que sus cónyuges respectivos tienen una aventura se van enamorando poco a poco. Como te diagnostiqué al principio, “Un toque de etc.” es una comedia romántica de ciencia-ficción. El concepto y el desarrollo de la problemática derivada del adulterio que nos muestras, Joel, tío, es sencillamente imposible. La escena en que, por primera vez, los protagonistas hablan del problema, caminando reposadamente en un mercado y bromeando con pescados, es insostenible. La música de Badalamenti es buena, pero a veces se torna demasiado presencial. El buen rollete que se desprende, la “joie de vivre” que salpica casi cada fotograma, desde la boda que abre la película, roza la agresión intelectual (agresión que sí alcanza la banda sonora de las distintas ceremonias: desde “La bamba”... en inglés, hasta las versiones-Orquesta Cascorro de “With or without you” o la melodía de “El Padrino”). El color pastel-ochentero domina la función, así como el maniqueísmo adúlteros buenos/adúlteros malos. Sin embargo, la película funciona, Joel, he de reconocerlo; y funciona por una serie de factores que, arrejuntados y en armonía, la salvan de la quema. En primer lugar, cierto buen gusto en la dirección, sobria, ponderada y elegante, sin excesos de blandenguería; domina un sentido del humor blanco pero socarrón, con algunas gotas de vinagre (“Has hecho feliz a un viejo. –Oh, no eres tan viejo. –Lo sé; ni tan feliz”). En segundo lugar, el reparto está en su sitio, empezando por la extraordinaria química de la pareja protagonista: Ted Danson, reformulando su Sam Malone televisivo en un personaje más soñador, menos canalla e igual de simpático; e Isabella Rossellini, tan patizamba como irresistiblemente tímida y encantadora, una actriz sin el éxito que merecería si hacemos un análisis pormenorizado de su parca carrera (“Corazón salvaje”, “Blue velvet”, “Fearless” o “El funeral”). Tuviste el buen criterio, además, de rodearles de un plantel de secundarios de nivel: Sean Young (¿ande andará?), William Petersen (haciendo de chulopo pre-CSI), Norma Aleandro y Lloyd Bridges, que se lleva el título de robaescenas oficial de la película.

Ni se te ocurra pensar que este post, esta carta abierta sirve para que te perdone tus dos pecados capitales, esos que te van a llevar a quemarte los pelillos de la entrepierna en el infierno: “Batman forever” y, por encima de todo, “Batman & Robin”. Lo de la bat-tarjeta de crédito no te lo pienso perdonar en la vida, Joel...

Tuyo (más quisieras, pirata),

Marcbranches
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VOLARE (NEL BLU, DIPINTO DI BLU)



Pues por lo visto ha llegado el Extremo Oriente a El Corte Inglés, ya que seguimos con el cine asiático (Scors, por si acaso nos hubieras leído últimamente, no seas demasiado duro con nosotros). Estamos en China, en el año 859 a.C.; gobierna la dinastía Tang, que está en decadencia y tiene al pueblo muy descontento, lo que ha originado que aparezca una sociedad secreta, las dagas voladoras, una especie de proscritos de Sherwood que se dedican a robar a los ricos para darlo a los pobres. Intentando descubrir al jefe de esa organización, dos militares, Leo (Andy Lau Tak Wah) y Jin (Takeshi Kaneshiro), se dedican a investigar a una joven bailarina ciega, Mei (Zhang Ziyi), pues sospechan que puede ser la hija del fallecido jefe de la banda, por lo que uno de ellos se hace pasar por un guerrero solitario para ganarse su confianza .
Si Hero era un auténtico banquete para los sentidos, La casa de las dagas voladoras no se queda atrás, y junto con La maldición de la flor dorada, pendiente de estreno, formaría una trilogía de Yimou sobre el género de el wuxia, o cine de arte marciales de espadachines y caballería (dicho de otra manera: saltos increíbles desafiando la ley de la gravedad, espada en mano).
La sombra de Zatoichi es alargada (películas, dibujos animados, cómics...), y aquí tenemos a una muchacha ciega que es una experta en artes marciales y además sabe bailar, algo que le habría gustado a Kitano, a la vista de la escena final de su versión del personaje.
En Tigre y dragón una de las escenas mas memorables era una lucha entre dos oponentes saltando de árbol en árbol de bambú, aquí la bella Zhang Ziyi se enfrenta a todo un ejército, como si tal cosa, porque las chicas son guerreras, o si no que se lo digan a la Novia (lo se, ya salió mi vena feminista, no lo puedo evitar).
La belleza de las imágenes es tan grande que uno no puede menos que olvidarse de todo y dejarse llevar, disfrutando del colorido, la música... que no sólo el cerebro se ha de alimentar, mis queridos gafapastas, sino también los demás sentidos, y aquí no nos hemos de poner a dieta, sino que nos damos un hartón de comer. ¿Que la película en el fondo esté vacía como un buñuelo de viento? ¿Qué importa, si es sabroso?
Es muy difícil elegir alguna escena, pero destacan entre el resto el baile de Ziyi, el ataque en el bosque y el final, con el único sonido del ruido del viento. Son de una perfección técnica impresionante.
Tal vez hay quien prefiera Hero, ya que que se podría considerar más épica, y La casa de las dagas voladoras es más romántica; aquí se centra sobre todo en tres personajes que se mienten entre sí, pero no pueden evitar sus propios sentimientos, lo que les llevará irremediablemente a la tragedia.
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EL LÁNGUIDO VALS DE LA SRA. CHAN Y EL SR. CHOW





Anuncio de servicio público: no lean este post sin haberle dado al "play" aquí arriba...

Parece ser que el 16 de mayo el festival de Cannes abrirá sus puertas con “My blueberry nights”, la última película del director Wong Kar-Wai, uno de los fenómenos orientales procedentes del encopetado universo festivaloide que más ha calado entre crítica y público en los últimos años. Algún sector de la crítica (en concreto, el sector perezoso) se ha abandonado a la comparación con Almodóvar, apoyándose en ciertas similitudes formales (el colorismo, el uso de la música), una analogía que no comparto. Aunque en sus inicios cierto apadrinamiento por parte de un tal Quentin hizo que se le colgara la etiqueta de tarantinista, lo innegable es que el hongkonés nunca se ha refugiado en un género determinado, habiendo, eso sí, evolucionado de un cine epidérmico y casi epiléptico a una mayor pausa, a la obsesión por el detalle hasta el minimalismo: siempre sugerir, nunca mostrar. Eso sí, el manierismo y su predilección por el esteticismo (catarata de “ismos”, oyes) siempre ha estado presente en su obra, desde la policíaca “Chunking Express” hasta la obra maestra que hoy nos ocupa, “In the mood for love”, sugerente título que aquí, por supuesto, se substituyó por uno de telefilme vespertino protagonizado por, pongamos por caso, Connie Selleca y Michael Paré: “Deseando amar”.

Yumeji” es una desconocida película japonesa de fantasmas, realizada en 1991, alrededor de un personaje real, el artista plástico y poeta Yumeji Takehisa (no, no me he dado con nada en la cabeza, y no me he equivocado de película). Su tema principal, “Yumeji’s theme” (no se desollaron el cerebro con el título), creado por Shigeru Umebayashi, fue recuperado por Wong Kar-Wai para su “In the mood for love”, que lo convierte en auténtico leitmotiv de su film. El tema es fascinante, agónicamente hermoso; desprende hálitos de misterio, romanticismo, melancolía: es ese baile al que siempre aspiran pero que nunca alcanzan sus protagonistas, Su Li-zhen (una Maggie Cheung con un ensoñador aire a Audrey Hepburn) y Chow Mo-wan (un Tony Leung algo repeinado), dos personas, casadas, que coinciden en un pequeño bloque de habitaciones de alquiler del Hong-Kong de 1962. A medida que pasa el tiempo, van descubriendo que sus cónyuges (enfrascados en largos viajes profesionales) tienen un romance, y comienzan una extraña y subyugadora relación de fingida amistad, en la que ninguno de los dos se permite, por diversas razones (entre otras, las convenciones sociales: obsérvese cómo ella, cuando le preguntan por su nombre, siempre responde “señora de Chan”. Ella no es ella, es la mujer de su marido), dar rienda suelta a ese amor que se desboca pero que su raciocinio no permite salir a la luz. La originalidad del film no estriba en el “qué”, sino en el “cómo”. Wong Kar-Wai se deja de alharacas y se centra en los dos personajes principales, hasta tal punto que jamás vemos el rostro de sus adúlteros consortes; filma, en varias ocasiones, a sus protagonistas desde tomas furtivas, casi a escondidas (incluso situando la cámara en un armario, con ropa molestando el plano), mostrando la clandestinidad de su relación; nos engatusa en varias ocasiones, encadenando planos que parecen pertenecientes a la misma escena, pero que los múltiples vestidos de Maggie Cheung demuestran en diferentes tiempos (y así fotografía, a través de la bellísima paleta de colores de Christopher Doyle, la rutina de los tortolitos); las escenas breves, apagadas por continuos fundidos en negro (maravillosa aquella en la que se perciben las lágrimas de ella a través de un espejo sucio y envahecido) y salpicadas de sutiles elipsis; y, sobre todo, esa melodía de vals que acompaña cualquier momento entre los dos, desde sus subrepticios encontronazos por las noches a la búsqueda de la cena, hasta la escritura de la novela del sr. Chow (aún estando separados, en una maravillosa y poética escena). Wong Kar-Wai se concentra en las miradas, en los nimios gestos, en ese cigarrillo melancólico de Chow, en la mirada perdida de Su; obsesionado con exponer la absoluta imposibilidad de la relación entre estos dos seres solitarios, abandonados a la necesidad de amar una vez más, quizás por última ocasión, pero resignados a las convenciones sociales de la época y a un instinto de dignidad que les impide ponerse a la altura de sus cónyuges. Siendo así, se han de conformar con los fugaces momentos que pasan juntos, tratando de construir una historia diferente, que perdure al paso del tiempo. Por ese motivo, Chow, años después, encierra su gran secreto en un agujero del templo budista de Angkor Vat: quiere que el recuerdo se eternice, a pesar de la última cita del filme, que nos evoca la idea de que “los recuerdos se pueden ver, pero no tocar, y todo lo que pasa es inmaterial e indiferente”. Quizás, por tanto, todo lo expuesto anteriormente no sean más que vagos recuerdos, ideas inasibles de lo que dos personas quisieron que fuera, pero no podía ser. Memorias del apartamento 2046...
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EN SUEÑOS CON LYNCH


“ Un payaso con caramelos de colores a quien llaman el Hombre del saco se desliza en mi habitación cada noche, para echarme polvo de estrellas y susurrar: “Duérmete; todo está bien”.
Roy Orbison. In dreams.
David Lynch es el Hombre del saco que se introduce en nuestros sueños, busca nuestros deseos y miedos mas escondidos y los lleva a la pantalla. Fascinado por el mundo onírico, como los surrealistas, la importancia que tienen los sueños en sus películas es enorme. Veámoslo.
Eraserhead, su primer largo, es muy parecido a una pesadilla. Su atmósfera inquietante hizo que pronto se convirtiera en una película culto de las de los circuitos de medianoche.
Su siguiente película, El hombre elefante, en apariencia fue muy distinta, aunque también en blanco y negro y dejando bien clara su amor por los “monstruos”.
Terciopelo azul muestra perfectamente ya en su comienzo el estilo de Lynch: colores vivos, gente guapa, música absorbente... pero en la parte de atrás de ese mundo está una oreja siendo devorada por los insectos. Toda esa apariencia hermosa y perfecta esconde todo tipo de perversiones. Un desquiciado y perverso Dennis Hooper escucha embobado como Dean Stockwell hace un memorable play-back de In dreams (ojo al dato).
Corazón salvaje fue un paso mas en ese aspecto, mostrando personajes cada vez mas extravagantes, en una peculiar versión de El mago de Oz (me parece que esto no es Kansas, Dorothy).
Dune es lo mas cercano a la ciencia ficción que ha rodado Lynch: gusanos gigantes, drogas, obesos flotantes...contó con un gran presupuesto, pero fue un fracaso, tal vez porque la gente se esperaba un nuevo Star wars.
Twin peaks fue uno de sus primeros trabajos para televisión y uno de sus mayores éxitos. El inolvidable teniente Cooper (Kyle MacLachlan, uno de sus actores fetiche) en una memorable escena, soñaba con una habitación roja en la que están el enano saltarín y Laura Palmer y le susurran al oído quien mató a Laura... pero no lo recuerda al despertar (mecachis, ¿qué habría dicho Freud al respecto?).
Llegó Carretera perdida, y las opiniones empezaron a dividirse ¿se le estaba yendo la olla a Lynch? Sus historias cada vez eran más incomprensibles y rebuscadas. Mullholland drive volvió a confirmar lo anterior, aunque gustó mas; en ella, en un inquietante teatro, se escucha una impresionante versión de Crying de Orbison (again, y no es de extrañar) que sirve para dividir a la película en dos: una habría sido un sueño y la otra realidad, ¿pero en realidad es tan simple?, y su último estreno Inland Empire parece que aún va más lejos en ese sentido. Pero para demostrar que era capaz de explicar a la manera tradicional, sencilla y emotiva, está Una historia verdadera. Yo creo que una cosa está clara: Lynch no es el tipo de director que se lo dé todo masticado al espectador ni tampoco le importa demasiado el guión. Lo que realmente le importan son las sensaciones que pueden provocar sus imágenes, el color, la música... Eso en otros tiempos se habría llamado artista.
Su uso de la música es magnífico, y para ello ha contado con la inapreciable ayuda de Angelo Badamalenti para crear atmósferas tan inquietantes como fascinantes, así como con su turbador uso de canciones conocidas, que en sus películas adquieren otra dimensión.
¿Te atreves a soñar despierto?
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VIENA, UNA CÍTARA Y LA SOMBRA DE HARRY LIME






“En Italia, durante 30 años de dominación de los Borgia, hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad y 500 años de democracia y paz. ¿Y qué nos ofrecieron?: el reloj de cuco.”

En esta gloriosa línea de diálogo se encuentra toda la filosofía de vida, el perfil y la postura moral de Harry Lime, el personaje principal, el alfa y el omega, el guardián de la puerta, el puto amo, en definitiva, de “El tercer hombre”, probablemente una de las mejores películas de la historia del cine. Y todo eso en apenas quince minutos de aparición real en pantalla... Ahora podría decir que, pongamos por caso y sin acritud, Tom Cruise inunda el 95% de los planos de sus películas, y jamás podrá llenarlas de esta manera; pero no lo voy a decir, porque luego dirán que le tengo manía a tito Tom. Quede claro, pues, que no he dicho lo anteriormente expuesto... Ejem. Así como la sombra de Harry Lime planea sobre el relato de punta a rabo, la de Orson Welles se proyecta hasta la ósmosis con la planificación, dirección y prisma del largometraje, acreditado en su dirección por el competente Carol Reed, quien jamás se quitará de encima el papel de “subdirector” del filme. Compilación de escenas-cátedra, “El tercer hombre” es una universidad de cine en sí misma, desde el primer hasta el último plano, y la comunión de talentos a todos los niveles, la armonía entre sus eminentes artesanos, hacen de ella poco menos que el clásico definitivo.

Desde luego, no fue por casualidad. El productor Alexander Korda envió a Graham Greene a Viena en búsqueda de inspiración para una gran historia negra, un guión fílmico escrito en forma de novela (o sea, al revés que el ochenta por ciento de las películas actuales: novelas escritas con ínfulas cinematográficas). Y a fe que consiguió el objetivo: el relato de un discreto y retraído escritor americano de noveluchas del oeste (ojo a la escena del coloquio literario, en el que queda como un auténtico ignorante: diría que a Greene no le place dicho género en demasía...), Holly Martins (Joseph Cotten), llegado a Viena en respuesta a la llamada de su amigo Harry Lime, y que recibe la noticia de la muerte de este último, en extrañas circunstancias. Todos los personajes con los que se encuentra Holly parecen tener algo que esconderle, y la paranoia empieza a invadirle, en medio de una Viena de postguerra hostil y huraña; tan sólo la novia de Harry, Anna (Alida Valli), parece aportar unos gramos de honestidad; quizás debido a eso, se enamora de ella. Mientras los cabos parecen cada vez menos anudables, pasada la hora de metraje surge, en una de las escenas más representativas de la historia del cine, el iluminado y pícaro rostro de Harry Lime (tito Orson, claro), para dejar a Martins, y al espectador, boquiabierto (cuidado con las moscas). El envoltorio de este relato tan negro como amoral es absolutamente superlativo, y se hace difícil hablar de ello en pocas líneas sin ser injusto por defecto. Desde los títulos de crédito, con ese primer plano de la cítara que invade la persistente y pegadiza banda sonora de Anton Karas, el recuento de perlas del filme es incalculable. El ritmo de la narración es firme y sostenido, sin arritmias; la dirección es brillante, barroca, plena de contrapicados, planos inclinados, juegos de sombras (en este aspecto es donde más se nota la mano que mece la cuna: la de Orson), y recursos visuales esplendorosos, como el de la marcha del tren de Anna (una luz intermitente a través de la neblina, vista desde una ventana, nos lo dice todo); la fotografía, del maestro Robert Krasker, excelsa, nos presenta una Viena hermosa y distante, desde sus calles embaldosadas hasta el Prater, culminando en la inolvidable persecución por sus sumideros. Las interpretaciones son sobresalientes: dejando a un lado la omnímoda representación de Welles (extraordinario actor, aunque esta faceta quedó oscurecida por su genio creador), hay que resaltar ese Holly Martins de Cotten, ese personaje gris, algo adusto, que a pesar de su terquedad no deja de ser una marioneta a caballo de sus sentimientos por Anna y la presión del Mayor Callaway (otro inmenso actor británico, Trevor Howard, inolvidable en “Breve encuentro”).

Y esa escena final... De una bellísima carga poética y catedralicia sencillez expositiva (un plano fijo, Anna caminando parsimoniosamente hacia la cámara, soslayando a Holly), sortea hábilmente el cómodo happy-ending y sitúa al filme en su justo punto de amoralidad. Una receta muy... wellesiana.
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DOGMATIZEMOS UN POCO



¿Qué es Dogma?, preguntas mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es Dogma? ¿Y tu me lo preguntas? Dogma es Lars Von Trier. (Suspendido si dices que es una película de Kevin Smith).
Von Trier probablemente tiene un ego como una catedral, pero se ha de reconocer que al menos tiene ideas, y eso en estos tiempos escasea; entre sus ocurrencias está la de crear el movimiento Dogma, que propugna una forma de hacer el cine totalmente distinta a la que hacen los grandes estudios. Para que una película pudiera tener el certificado Dogma, ha de cumplir el llamado “voto de castidad”, que entre otras cosas establece que se ha de rodar en exteriores, sin decorados, luces ni sonidos añadidos, con cámara en mano, sin trucajes y el director no ha de aparecer en los créditos (¡oh, cielos! ). Vamos, nada que ver con las superproducciones de fondo azul. Digamos que una versión gafapasta del neorrealismo.
Mifune cuenta la historia de Kresten (Andrew W. Berthelsen, que está como un queso y tal vez podría considerarse como el “muso” del movimiento, pues también ha protagonizado Italiano para principiantes), un yuppie que acaba de casarse con la hija del dueño de la empresa cuando le llaman por teléfono para comunicarle que su padre ha muerto, lo que crea una pequeña conmoción, ya que se había hecho pasar por huerfano. De vuelta a su casa se encuentra con su hermano, Rud (Jesper Asholt), que es retrasado mental, aficionado a los cómics y cree en los extraterrestres. Decide buscar una ama de llaves para que cuide de él, y acude Liva (Iben Hjejle), una prostituta a quien acaban de expulsar de su trabajo.
Leyendo la historia, parece un cruce entre Rain man, Pretty woman y Señales (que influencias mas raras tienen estos dogmáticos).
Dirigida por Soren Kragh- Jakobsen , tuvo que confesar ciertas violaciones de las reglas, como por ejemplo que movieron algunos muebles o que llevó unos cómics suyos para incorporarlos al rodaje, pero no impidieron que le dieran el certificado(aunque supongo que después de haber rezado unos cuantos avemarias.
Y vayamos al resultado; la película es ágil, tiene situaciones divertidas, está bien interpretada y los personajes están bien definidos. Vale la pena, y puede servir de introducción para los que no hayan visto ninguna película del movimiento, aunque tal vez sea mas divertida Italiano para principiantes.
El título es un homenaje al gran actor Toshiro Mifune, sobre todo a su personaje de Los siete samurais, ya que es un campesino que se hace pasar por samurai. Kresten también miente sobre su pasado, ocultando su origen campesino, aunque se divierte imitando al actor japonés jugando con su hermano. En realidad, la mayoría de los personajes mienten sobre su vida. El director habría querido que se viera un trozo de la película de Kurosawa, pero no pudieron llegar a un acuerdo... además ¿eso no habría sido otra violación de las normas? ay,ay, ay!, que esa castidad va a acabar por los suelos.
Ahora Von Trier ha tenido unas nuevas ocurrencias, la automavisión y la lookey, que parece que le van a mantener un tanto alejado del movimiento ¿le excomulgarán?
 
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