
En su momento proclamé públicamente mi debilidad por una de las series más influyentes de los años 90, “
Expediente X”. No era necesario ser
Jessica Fletcher para deducir que iba a tragarme su, hasta ahora, último coletazo en forma de largometraje, “
X-Files: I want to believe” (sí, ya sé que el título en castellano es otro. Estoy intentando olvidarlo. Con bourbon), así se estrenara. Confieso, eso sí, cabizbajo y con la culpa enhiesta, que me acerqué a esta película, virgen de críticas previas, embutido en una armadura de escepticismo. A veces, los fans somos así: nos distanciamos inconscientemente del aún desconocido objeto de nuestro amor, probablemente por el miedo al desengaño sentimental. Desde luego, el amor es ciego. Además, dirigía el propio
Chris Carter, y eso me multiplicaba el repelús; siempre preferí a
Rob Bowman o
Kim Manners en la dirección de episodios. Sin embargo, salí del cine embriagado de entusiasmo; la película había superado mis expectativas, me había llegado al punto al que siempre desee que llegara esta serie, y no me había sentido insultado ni timado por Carter, sino todo lo contrario. Al llegar a casa, me zambullo en la internetería para comprobar cuánta gente compartía mi algarabío, y compruebo, desolado, que Carter podría hacerse una ensalada XXL con la de tomatazos que ha recibido. En particular, curiosamente, de los fans de la serie: quien bien te quiere-etcétera. ¿Cómo es posible? ¿Es “
X-Files: I want to believe” la primera película anti-fan?
En absoluto. Percibo, sin embargo, que los aficionados a la serie no han entendido la propuesta de Chris Carter. “X-Files: I want to believe” no es sino una demostración pública de cariño hacia los personajes de su autor. La película gira en torno a Fox Mulder y Dana Scully, a lo que son en el momento temporal de la película, y, probablemente, lo que son hoy en día en el corazón de Carter. No son ya los veinteañeros tardíos del inicio de la serie; están ya más cerca de los cuarenta que de otra cosa, y, por mucho que el fanático pretenda, no pueden estar de nuevo dándole vueltas a los hombrecillos verdes sin que, por lo menos, salten a la palestra varias preguntas de calado existencial. Así pues, la que de inicio, y según la lógica habitual de la serie, pudiera parecer la trama predominante pasa a ser un enorme
mcguffin a través del cual el pare paridor del legendario show televisivo pretende explicar otras cosas. Debido a esa menor atención del director, esta trama se convierte en la debilidad más palpable del filme. Un grupo de mujeres desaparecen en Virginia, y el FBI es guiado por un sacerdote con extrañas capacidades “visionarias” a una serie de fosas con restos humanos congelados; para apoyar la investigación, contactan con Mulder y Scully, aún fugitivos, para que les ayuden en la investigación, a cambio de eliminar todos los cargos. Concedamos que esta subtrama argumental no es todo lo sólida que debería: a veces la investigación adelanta porque sí, sin que el papel de Mulder en ella quede muy claro -independientemente de su renacida obsesión-, y a veces parece que la aleatoriedad está demasiado presente. Tampoco ayuda el hecho de que
Amanda Peet y
Xzibit interpreten a unos agentes del FBI en modo “estoyaquíparaponerelcazo” ON. Eso sí,
Billy Connolly está impecable de sacerdote visionario y ex-pedófilo. Lo más destacable, de hecho, y por lo que más hostias le han caído a Carter desde el fandom, es que el aspecto paranormal del episodio es bastante tangencial. Lo cual, queridos niños, no deja de ser una metáfora, y nos lleva al centro de gravedad de la cuestión.
Como decía, Chris Carter le ha dedicado un humilde homenaje a dos personajes que, sin duda, le han cambiado la vida. Y, por tanto, se muestra especialmente respetuoso y delicado con ellos, mostrando de manera apenas perceptible el estado de su relación actual, fortaleciendo su evidente química, y desarrollando con calma las interioridades de ambos sujetos. En el caso de Fox Mulder (David Duchovny, muy cómodo en lo de siempre) es más fácil: nos lo encontramos por primera vez en una habitación empapelada en artículos de diario y lápices clavados en el techo, comiendo pipas y atusándose una barba de seis años. Su evolución es lineal y acorde con el personaje: brillante, egocéntrico, inmaduro, obsesivo, sarcástico, parece incapaz de llevar hasta el final nada que no sea el siguiente caso. La de Dana Scully (Gillian Anderson, espléndida y, por mucho que diga la Directrice, esa envidiosa, muy guapa) es más requebrada y, por tanto, más interesante, y es aquí donde Chris Carter demuestra que “X-Files: I want to believe” es, en realidad, su particular carta de amor a un personaje que siempre ha vivido, y sufrido (ojo a la lista: familiares asesinados, un cáncer, un aborto... y sigue siendo creyente. Hay que ver qué bien venden el producto), a la sombra de las heroicidades e intuiciones de su compañero. Scully, que ahora trabaja en un hospital católico (perfecta metáfora de su propia dicotomía filosófica fe/ciencia) se debate, durante la narración, entre la lealtad a su compañero y la necesidad de realización personal, entre los límites de su capacidad cristiana para el perdón y redención y su sentido de la justicia. En realidad, su desesperada búsqueda de una cura para un niño aquejado de una enfermedad terminal se asemeja, más de lo que ella quisiera, a la cetrería paranormal de Mulder; de ahí que, al final, las dos aparentemente inconexas subtramas acaben convergiendo entre sí, por mucho que sea de manera algo abrupta y azarosa, a través del cameo de uno de los clásicos personajes de la serie. El plano final de la narración (que no de la película) es lo suficientemente expresivo de lo que estoy diciendo.
La dirección de Carter es más atinada de lo que uno esperaría -cfr. por ejemplo, la escena de la persecución que finaliza con un agente del FBI en caída libre-, y hay un gag humorístico al respecto de Bush que hará las delicias de Michael Moore. La pequeña escena que cierra el film después de los créditos es exactamente lo que parece, y define ejemplarmente el filme: no es más que un saludo, un guiño cariñoso a los aficionados a la serie, y, en particular, a los aficionados a unos personajes llamados Fox Mulder y Dana Scully que, en definitiva, fueron los que tiraron de ese mítico carro llamado “Expediente X”.