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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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LA PUERTA TRASERA DEL INFIERNO


Al final pudimos.

Hablemos de cine. Y de achaques.

Y es que escribir en este blog, por otra parte un proceso gratificante por la interacción con mis lectores y blablabla (y qué más), en ocasiones es como mirarse al espejo y comprobar, estupefacto, que nuestro cuero cabelludo TAMBIÉN está sujeto a las leyes de la física. Como decía un amigo mío, un gran filósofo espontáneo, “todo lo que crece, cae”. Aunque, ahora que pienso, él se refería a otras partes del cuerpo. En cualquier caso, lo que trato de expresar es que hay películas que a uno le hacen viejo. Y no me refiero a aquellas que han protagonizado nuestra infancia: escribir sobre “La guerra de las galaxias”, “Blade Runner”, “Los Goonies” o “Los fabulosos Baker Boys” no me hacen sentir mayor; siempre he percibido la distancia temporal con ellas. Fueron protagonistas de mi infancia, de mi adolescencia, soy consciente del largo camino andado. Pero hay otras que juraría que las vi antes de ayer, que implosionaron en mi subconsciente adulto, y por las que ha pasado mucho más tiempo del que me gustaría admitir. Cuando leo en Imdb que “Se7en” tiene ya 13 años, es como si descubriese una pequeña arruga novata en mi frente, una cana más para la colección. Es como ver a Guardiola de entrenador del Barça. ¿Cómo es posible? Pero si recuerdo perfectamente cuando debutó en 1ª División. Joder, tiene casi mi edad. ¿Tengo la edad de un entrenador del Barça? ¿Dónde hay un psicoanalista de guardia cuando se le necesita?

Estooooo, sí, “Se7en”. Permítanme que escriba el título a la manera original, con el "7" en lugar de la “v”. Es sólo el primer rasgo distintivo apreciable en este film que, a rebufo del paso en el sistema evolutivo del thriller que significó “El silencio de los corderos”, revolucionó el género de tal manera que cientos, miles de filmes se adscribieron a ese subapartado llamado “thriller psicológico con psicópata”, por desgracia fagocitando los salientes más superficiales, facilones y procaces de la propuesta. Hasta hoy, con éxito indiscriminado: último ejemplo, cualquiera de las partes de ese excremento, más que tramposo, traidor, llamado “Saw”. El segundo rasgo distintivo son los títulos de crédito de Kyle Cooper, espeluznantes, embridados por un tema de Nine Inch Nails que suena cual tiza en pizarra. El tercero es David Fincher, un director proveniente de la ILM y popular en el mundillo del videoclip, al que los productores de la saga “Alien” habían tenido la osadía de ofrecerle la dirección de su tercer capítulo. La crítica y el público le giraron la cara, pero ahí había algo: un sentido de la atmósfera opresiva, una sequedad rugosa. Con “Se7en”, Fincher da el campanazo y lleva una aparente película menor a la estratosfera del imaginario cinéfilo, gracias al cuarto rasgo distintivo del film, el guión de un tipo llamado Andrew Kevin Walker. A pesar de algunos tics efectistas, domina la atmósfera rugosa, el hedor de una ciudad sucia y húmeda, y Fincher se permite no mostrarnos nunca las acciones de su villano redentor, sino que se conforma con enseñarnos sus contundentes resultados. Así, al espectador le invade el horror del hecho consumado, de la aterradora infalibilidad del mal.

“Se7en” es un descenso a los infiernos por una escalera de servicio, visto a través de los ojos del quinto elemento distintivo, el lúcido, desbravado, sombrío detective Somerset (un imperial Morgan Freeman), un voyeur de la inmundicia humana que no puede dejar de mirar a pesar de la sartriana náusea que le invade; necesita un metrónomo para dormir, y quizás necesitaría otro para vivir en esa hosca, lluviosa y áspera ciudad sin nombre en la que sobrevive. El sexto rasgo distintivo es David Mills (Brad Pitt, manteniendo el tipo), nuevo detective en la ciudad, impulsivo, dominado por la juventud de sus emociones, impaciente, optimista, siempre a dos pasos de su compañero y a tres de un tipo llamado John Doe. Su interacción con Somerset fortalece y enriquece el film, y consigue que el personaje de su mujer (Gwyneth Paltrow), supere, aunque sea por poco, el mero elemento decorativo. Claro que a eso ayuda mucho el séptimo y definitivo rasgo distintivo.

John Doe nos sermonea”. Es la conclusión a la que llegan los detectives, lo más cerca que pueden llegar del obsesivo autoproclamado Mesías interpretado con implacable ceremoniosidad (su cadencia de voz recuerda a HAL 9000) por Kevin Spacey. John Doe es, efectivamente, un Juan Nadie cualquiera que pretende inmortalizarse, no a través de su grandeza, si no a través de sus actos, que dan un nuevo significado a la expresión “justicia divina”. Invoca a Jesús, pero más bien pareciese un mártir de Satán enviado para certificar la quiebra técnica de la Humanidad conocida como tal. John Doe, el sermoneador, es la guinda de una película que aterró las plateas e hizo correr ríos de tinta entre la dividida crítica, aunque, como suele pasar con las películas de Fincher, el tiempo le hace ganar espacio en nuestras cinéfilas miradas. “Se7en” nos hizo mirar de frente al rostro del mal, a través de los ojos de Chaucer, Milton o Dante, y no nos hizo ni puñetera gracia.
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UN DÍA EN EL MUSEO




No me cansaré de repetirlo: puede que a veces a Brian de Palma se le vaya la olla de mala manera, pero cuando sabe controlarse y se pone en serio, es insuperable. Una muestra: en Vestida para matar De Palma homenajeaba (una vez más) a su admiradísimo Hitchcock, tomando como referencia una escena de Vértigo, en la que James Stewart seguía a Kim Novak en un museo, sintiéndose fascinado por cada pequeño detalle que observaba de ella. Aquí, una madurita de buen ver como Angie Dickinson, que está pasando una crisis de inseguridad sexual está tranquilamente en un museo, hasta que se siente atraída por un desconocido y empieza una persecución en la que los papeles de ratón y gato se cambian cada dos por tres. Suntuosos travellings, con el uso de la pantalla dividida típica de De Palma y la música de Pino Donaggio hicieron el resto, convirtiéndola en un deslumbrante ejercicio de puro cine, en el que no se necesita ni una línea de diálogo... Si es lo que he dicho siempre: se ha de ir más a los museos, leches!
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POSTS CON CALZADOR: HALCÓN MILENARIO 2.0



“FIREFLY”, O LA RESURRECCIÓN DE LOS CASACAS MARRONES

Joss Whedon tiene pinta de friki. No de esos que se disfrazan o se pasan el día con las pestañas y el prepucio delante del ordenador, sino de los del estilo Kevin Smith: grandes connaiseurs de la cultura popular, activistas del cómic y la TV, fans irredentos que, casualmente, han conseguido meter su camiseta temática en el mundillo. Whedon es el creador de tres series americanas con vocación de títulos de culto y hordas de seguidores indesmayables. Dos de ellas están interrelacionadas (“Buffy” y “Angel”). La otra es, quizás, su gran triunfo, precisamente por ser su gran fracaso: “Firefly”. ¿Paradoja?

“Firefly”, que trataba las aventuras de un grupo de contrabandistas espaciales a bordo de una nave llamada “Serenity”, era una serie que combinaba la ciencia-ficción de segunda mano al estilo “Star Wars” con elementos propios del western (hay algún episodio con clarísimas reminiscencias de “Sin perdón”), un humor tan blanco como acerado, unos diálogos ingeniosos y unos personajes de caracteres muy diferenciados que destilaban una gran química. Sus aventuras fronterizas no consiguieron fidelizar, aparentemente, a los espectadores, y la FOX liquidó la serie en el capítulo 11, sin dejar que se emitiesen los tres capítulos restantes que se habían rodado, justo cuando empezaba a tejerse una trama mayor. Otra serie más al limbo. Sin embargo, Whedon & company descubrieron que quizás sí que había pocos seguidores, pero muy entregados. El DVD de la serie fue un récord de ventas (hasta hace muy poco aún estaba entre los 5 más vendidos en Amazon.com), e internet puso en marcha su capacidad para el bocinazo ensordecedor de los fans (llamados “browncoats”, o “casacas marrones”; si queréis saber por qué, cojan el primer autobús a la Wiki). A Whedon, que de tonto no tiene un pelo, se le iluminó la meninge, y, contra todo pronóstico, consiguió algo así como que España pase unos cuartos de final: hacer una película de una serie fracasada. ¿Es Whedon Iker Casillas?


“SERENITY”, THE RIVER TAM CHRONICLES

Pasado el año 2500, la hoy llamada “Tierra-que-fue” es casi un mito para el ser humano. El hombre, una vez la Tierra agotó sus recursos naturales, se expandió a diferentes lunas y sistemas solares que “terraformó”, uséase, adaptó a sus condiciones de vida (aire, agua, casas de citas, etc.). China y los Estados Unidos quedaron como únicas potencias, y se fusionaron para crear una sola estructura de dominación interestelar, la Alianza. A pesar de los avances, a medida que los planetas se alejan más de la zona central, las condiciones de vida y las costumbres son más ancestrales y fronterizas. Este es el punto de partida atmosférico de la serie “Firefly” y de la película “Serenity”, y en la que se incrusta la pintoresca tripulación de la susodicha nave, comandada por un ex-combatiente llamado Malcolm Reynolds (Nathan Fillion), y en la que está, entre otros, River Tam (Summer Glau), una chica hipersensible, plañidera, ingenua, intuitiva, esquizofrénica, y con poderes mentales. Excepto por esto último, una adolescente cualquiera. Que en la película demuestra tener alguna clave para hacer tambalear a la poderosa Alianza, aparte de, inopinadamente, dar una leches que ni Jackie Chan enfarlopado. Hasta aquí, más mal que bien, la sinopsis.

¿Y qué es en realidad “Serenity”? Después de haber visto esta película desde los dos prismas (esto es, antes de conocer la serie y después de verla), la considero una de las mejores películas del género de los últimos años. Se la ha comparado extenuantemente en los Yuesei con “Star Wars”, no por su grandeza, claro, sino más bien por el inevitable dejá vu que desprende. Mal Reynolds apesta a Han Solo, indumentaria incluida; la estética de futurismo usado, naves que se caen a pedazos, uniformes sucios, espacios desérticos; el aroma de “space opera” (hay un imperio interestelar, y una guerra que marca el pasado), en definitiva. Eso sí, no hay extraterrestres ni robots, para no entorpecer el otro gran referente estético, que, como ya se ha apuntado, es el western. Algo que en la película queda más difuso, al permitirse un mayor número de localizaciones. “Serenity” es algo así como “Star Wars” 2.0, o lo que el “Episodio I” pudo ser y no fue: una actualización del género hacia los tiempos modernos. Es un film enérgico, divertido, entretenido, sin alardes de CGI, bien dialogado (Kaylee: “hace un año que no tengo entre las piernas nada que no funcione con pilas”), que al espectador no familiarizado con el entorno “Firefly” le deja un buen e inesperado sabor de boca. No se puede decir que Whedon tenga un estilo propio con la cámara (queda claro que su fuerte está en la escritura), pero sale lo suficientemente airoso de la prueba.

La mayor debilidad del film proviene, como era de esperar, de su dependencia de la serie. Son nueve personajes principales, y en una serie se pueden desarrollar adecuadamente, pero en una película no. A pesar del (falso) plano-secuencia del inicio, que pretende presentar a los personajes uno a uno, lo cierto es que Whedon se ve obligado a detenerse en los tres personajes principales, dejando a los demás bastante difuminados. Uno de estos tres es de nuevo cuño, el Operativo, excelente villano interpretado de manera ceremoniosa, casi religiosa, por el gran Chiwetel Ejiofor. Otro es el ya mencionado Mal Reynolds, antihéroe a la vieja usanza, de réplica y gatillo fácil, corteza coriácea y savia dulce, al que la percha de Nathan Fillion le sienta como un guante. El último es River Tam, el verdadero centro neurálgico de la serie (según Whedon, “Serenity” es “la historia de Malcolm Reynolds contada por River”) y de la película, que tiene la virtud de aparecer poco pero dejando huella, un personaje al que la etérea Summer Glau aporta una convincente fragilidad y una formación como bailarina ideal para las coreografías de acción, y si alguien la ha visto hacer de Terminator bueno en la serie “La crónicas de Sarah Connor” sabrá a qué me refiero.

Lejos de ser una obra maestra, o siquiera un referente del género, “Serenity”, de éxito moderado en USA y nulo en España, es una excelente muestra de que se puede hacer buena ciencia-ficción con las mismas reglas de hace treinta años, sólo poniéndole corazón, algo de ingenio y unos diálogos con algo más de garra que “misa no gusta lo naboo”. ¿Se me oye por allá en el rancho Skywalker?

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HABLEMOS



Winchester 73 nos explicaba la historia de un rifle a través de sus diferentes dueños, los títulos de crédito de El señor de la guerra (prácticamente lo mejor de la película) … ¿adivináis de qué va Babel?

Babel muestra todas las virtudes y defectos de la asociación de González Iñárritu y Guillermo Arriaga; la fórmula de historias desordenadas y aparentemente sin relación parecía mostrar síntomas de agotamiento, aunque sea mas sencilla de comprender el orden cronológico de los sucesos que en 21 gramos,y de hecho acabaron de mala manera su relación al acabar la película. En realidad, la película podría definirse por un prólogo, en el que un pastor marroquí compra un rifle y desde el momento en que sus hijos disparan por accidente empezaría la historia, en forma circular, con las consecuencias del disparo, siguiendo la ley de Murphy, perfectamente unidas por la conversación telefónica de Richard y su asistenta, que se nos muestra de uno y otro lado al principio y al fin.

El título, de resonancias bíblicas, no es casual, ya que si los constructores y obreros de la torre se vieron castigados a no entenderse, aquí los personajes sufren la incomunicación de diferentes maneras.

Susan y Richard son un matrimonio americano en crisis desde que falleció uno de sus hijos, ya que él no supo expresar su dolor, lo que ella interpretó como una huida. Para intentar solucionar los problemas se van de viaje a un país exótico (“para estar solos” dice él), aunque a ella no le guste la comida y desconfía de la bebida, pero a pesar de su resistencia a que la trate, no es su todopoderoso gobierno el que la salva, sino un sucio veterinario. El hecho de encontrarse en un país extraño les da otra sensación de incomunicación, al no entender su idioma.

Chieko se siente tremendamente sola desde que murió su madre, pero tampoco consigue expresarlo, ya que es sordomuda, y busca el contacto sexual como su única válvula de escape. El de ella es el mundo del silencio, aunque esté en una discoteca.

La mezcla de superestrellas como Brad Pitt y Cate Blanchett con actores no profesionales funcionó sin problemas, todos están a muy buen nivel. Uno no puede evitar preguntarse qué habría pasado si en lugar de a una turista norteamericana le hubiera sucedido a otra persona, probablemente no se habría armado tanto revuelo, aunque por otro lado funciona esa obsesión norteamericana actual por encontrar terroristas detrás de cualquier cosa, aunque en realidad se trate de dos niños. La relación de la historia de Chieko con las demás puede parecer cogida un poco por los pelos, pero como historia independiente funciona muy bien, siendo uno de los episodios más turbadores.

Si se habla de la necesidad de ver películas en v.o., en esta ocasión es más que necesario, ya que la mezcla de idiomas es fundamental para comprenderla.
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CÍCLOPE EMBADURNADO EN LACA


Por última vez: no me gustan los musicales. Que no. Pero la puerta de mi cerrazón tiene llave, y eso significa que se puede abrir. No se puede decir que el género esté viviendo un revival, pero sí es cierto que cada cierto tiempo aparece un nuevo proyecto que mantiene al musical con las constantes estables. Penúltimo ejemplo: “Hairspray”, esa reinvención del film de John Waters que, admitámoslo, en su génesis nadie confiaba en que saliera algo con la más mínima dignidad. ¿Tony Manero haciendo de Divine? Sí, claro. Sin embargo, hay que reconocer que Adam Shankman se sacó de la ancha manga una película con ritmo, en todos los sentidos, que alegra la vista, electrifica los pies y fotografía la sonrisa de los rostros de los espectadores, aunque, en realidad, estructuralmente no sea más que otra película de Disney. Gran parte del mérito es achacable al reparto: el premio revelación fue para Nikki Blonsky, John Travolta consiguió que su esfuerzo no rompiera la barrera del ridículo, y veteranos como Christopher Walken y Michelle Pfeiffer confirmaron cosas que ya sabíamos. La sorpresa, sin embargo, fue, en mi opinión, James Marsden, el soseras Cíclope de la saga “X-Men”, que se desmelena en este film con una actuación plena de carisma robaplanos y de espíritu “sixteen in the sixties”, a base de voz, percha y sonrisa profident. Para muestra, un botón. El del “play”.

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QUIEN ROBA A UN LADRÓN...



Hagan sus apuestas, señores, que la carrera está a punto de empezar. Los tres favoritos están desafiantes en la línea de salida, dispuestos a comerse el mundo:
Lilly: no os engañéis por la edad, ésta yegua de pelo bayo tarda en arrancar, pero está atenta al mas mínimo error de sus contrincantes para pasarles por delante.
Roy: este joven caballo negro, casi un potrillo todavía, tiene todo el entusiasmo de la juventud y un tremendo afán de superación. De casta le viene al galgo.
Myra: fogosa yegua castaña que no se deja adelantar fácilmente.
Pero sólo uno de ellos llegará a la línea de meta ¿Cuál será?

Tras Las amistades peligrosas, Stephen Frears nos trajo a un nuevo triángulo diabólico, aunque en esta ocasión con el genuino sabor americano del cine negro, pero con estilo europeo. Con producción de Martin Scorsese y basado en una novela de Jim Thompson, The grifters casi era una apuesta sobre seguro.

La escena inicial con la pantalla dividida en tres mostrando a los protagonistas con gafas de sol mirando con chulería a la cámara, mientras suena la pegadiza música de Elmer Bernstein, ya es toda una declaración de principios: nos encontramos en una carrera.

John Cusack pasó de las comedias románticas adolescentes a papeles mas ambiciosos interpretando a Roy Dillon y se desenvolvió muy bien haciendo de estafador de poca monta; tiene la ingenuidad necesaria del personaje para ser el cebo perfecto para sus víctimas. Atrapado entre dos mujeres minifalderas de toma y rasga, lo va a tener crudo y el que aguantara el tipo dignamente frente a ellas ya es toda una victoria.

Annette Bennig fue la revelación de la película haciendo de Myra Langtry. Es todo un espectáculo verla caminar, sumamente sexy, creyéndose el centro del universo, o riendo como una descosida, desbordando esa alegre sexualidad al estilo Marilyn Monroe. Sabe sacar el máximo provecho de su cuerpo y con Roy quiere revivir sus buenos tiempos cuando daba grandes golpes.

A Anjelica le sienta bien el cine negro, aunque vista de blanco; tal vez porque le viene de herencia de su padre (por cierto, si juntamos el apellido del personaje de Annette Benning y el nombre del de Anjelica tenemos Lilly Langtry ¿un guiño a John Huston?) Su Lilly Dillon , con su inseparable cigarrillo colgando de los labios y lengua mordaz es una luchadora que no retrocede ante nada ni nadie para conseguir lo que quiere, manipuladora al máximo. Ella es la que no ha podido evitar a la eterna tentación de los timadores de engañar a sus jefes. Siempre ha sido una perdedora, aunque se niega a aceptarlo.

Aunque son muy pocas las escenas en que las dos leonas se encuentran son perfectas, lanzándose indirectas a cada cual más directa

Es impresionante ver lo poco que ha cambiado Pat Hingle desde Esplendor en la hierba, mostrándonos que las naranjas sirven para algo más que hacer zumo (nunca te acostarás...). Pero el final hace que nos olvidemos del cine negro y la película tome tintes de tragedia griega, por más de un aspecto; que levante la mano quien sea capaz de olvidar a Anjelica sollozando y temblando mientras recoge el dinero. Lo dicho, a Anjelica le sienta bien el negro.

No puedo acabar sin hacer por lo menos una mención a la desaparición de Cyd Charisse, las piernas mas hermosas de la historia del cine, y de un artista como Stan Wilson. Descansen en paz.
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NÁUFRAGO


Y de la nada, surgió Manoj para agitar el adormecido pulso crítico de la blogosfera y el oficialismo escrito. Hasta ahora, el cruce de posturas y la división de opiniones al respecto de los trabajos de Shyamalan eran algo que observábamos desde lejos, con la suficiencia propia del europeo de rancio abolengo que acoge, una vez más, a un desdeñado y reivindicable autor americano (ya lo hemos hecho con Jerry Lewis, Woody Allen y tantos otros). Nosotros ENTENDEMOS a Shyamalan. Hands up: con “El incidente”, esto se ha acabado. En los Yuesei, directamente, se han cargado la frontera y se han arrejuntado todo en el mismo bando: en el de los de “fostiemos a Manoj”. Pásense, sin ir más lejos, estimados padawanes, por Rotten Tomatoes, y den pábulo a ese ofensivo 21% de su Tomatómetro, y a críticas que se inician con sentencias (en el más amplio sentido de la palabra) como “nothing’s happening here”. En la Confederación Ibérica aún no llegamos a tanto (eh, que semos europeos), pero, como diría ese gran pensador llamado Pazos, aquí están habiendo hondonadas de hostias. Toda España (Essssssssssspañññacojonesya) está esperando con indisimulada agitación la crítica marcbranchesiana. Mi Graciosa Majestad, en un nuevo acto de filantropía intelectual sin límites, se dispondrá, sin solución de continuidad, a ofreceros este luminoso regalo. Que se inicia con la inquietante frase “es, posiblemente, la peor película de Shyamalan”.

Es, posiblemente, etcétera. Sin embargo, en mi ranking shyamalaniano “El incidente” está por delante de “Señales”, la cual, por razones desconocidas, nunca me ha entrado por las gafas. “El incidente”, que tiene fallas de considerable calado, funciona. Sé que es una apreciación personal que no comparte buena parte de la crítica. Les envidio: no es saludable tener siempre la razón. Por encima de todo, es un film adscrito al subgénero que podríamos llamar “suspense apocalíptico”, del que es deudor buena parte del cine de serie B que tanto ha hecho por Night Shyamalan, y en el que más claramente se perciben sus influencias. Nadie discute el arrollador comienzo, que nos eriza los cabellos en solfa a los dos minutos a golpe de suicidio indiscriminado en Central Park, con magna cum laude para la lluvia de paletas (perdón, quería decir “auxiliares asistentes de construcción en campo”) desde un edificio. El director de origen hindú, más explícitamente sanguinolento que nunca, consigue mantener una tensión soterrada durante prácticamente todo el metraje a pesar de jugar en campo contrario, esto es, toda la trama se desarrolla de día, y, además, nos da la explicación del extraño fenómeno a mitad de película. Su sentido de la planificación del encuadre es brillante, como de costumbre, y acierta al introducir el viento como un protagonista más, ya desde casi el inicio, a pesar de que el espectador poco avezado no lo perciba. La historia, simple en esencia, se desarrolla sin bajones agudos de ritmo, y los pequeños descansos humorísticos ayudan a descansar la tensión y son eficientes, aunque sé que en este tema también estoy en franca minoría, leído lo leído; incluyo aquí a la vieja del último cuarto del filme, todo un guiño hitchcockiano (toda la película lo es, de alguna manera). Admirable y emocionante el desenlace, acompañado por una preciosa música de James Newton Howard, y rematado por un simple dato, una hora exacta, que nos explica sintética y admirablemente lo que ha ocurrido. Y sin embargo.

“El incidente” observa varias debilidades. En las películas de Shyamalan siempre hay un factor añadido en forma de conflicto familiar/personal/social encajado matemáticamente en la historia, y a la que nuestro Manoj siempre ha sabido darle una carga de profundidad y verismo encomiable. Los personajes solitarios, minoristas, a contracorriente, de Shyamalan, se han hecho paso en nuestros cinéfilos corazones. No es el caso de los de “El incidente”. Parte de culpa es a repartir con los actores principales: ni Mark Whalberg, ni, sobre todo, Zooey Deschanel y la niña Ashlyn Sanchez, son capaces de trascender sus personajes (John Leguizamo, que sí destaca, nos deja con ganas de más en una extraordinaria secuencia) y transmitirnos la película a través de ellos, quedando esta al desabrigado pairo de la narrativa. La cual nos lleva a un conflicto sentimental entre la pareja protagonista simplón, poco trabajado y sorprendentemente inocuo, que nos despega de la necesaria identificación. Quedó ya dicho que la banda sonora es magnífica; sin embargo, está demasiado presente, y en alguna escena se hubiese agradecido la sequedad del silencio. El ecomensaje es bienintencionado y coherente con el marchamo de serie B que tiene la película, pero dejar su explicación en la voz de un científico radical en un canal de TV resulta chabacano; y es una lástima, porque el final parisino del film es brutalmente coherente.

“El incidente”, como todas las películas de Shyamalan, es un juego al que hay que tener ganas de jugar. A mí me agarró a la butaca, y, hoy en día, entre tanta sonora mediocridad, os aseguro que no es nada fácil. Manoj se ha quedado a medias, náufrago –de ahí el título del post-, entre la esperada propuesta de masas y su mirada nostálgica hacia el cine protagonista de su infancia, una mirada cada vez más presente en su cinematografía. Parafraseando a Forrest Gump, náufrago es el que naufraga. Yo, Manoj, me quedo en la isla, contigo, cual Viernes de pacotilla.
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CÓMICOS



Se habló bastante del uso que hizo Javier Bardem de la palabra “cómicos” en la ceremonia de los Oscars, reivindicando una definición que ha quedado bastante arrinconada y hasta había llegado a tener un cierto sentido despectivo. Él, que proviene de una saga de actores, lo sabe muy bien. ¿Quiénes eran los cómicos? Casi se podían considerar unos parias, errantes de un lugar a otro, pertenecientes a la tierra de nadie y sin derecho a ser enterrados en sagrado ¿y todo eso a cambio de qué? A cambio de unas sonrisas, unas lágrimas o unos aplausos.

El viaje a ninguna parte trata sobre ellos, al igual que Luces de variedades o Cómicos. Una compañía va de pueblo en pueblo con sus representaciones. Son hijos de hijos de cómicos, que nacieron por el camino. Son un grupo endogámico, ya que les cuesta crear relaciones estables con alguien de un sitio concreto, aunque a veces tienen una nueva incorporación.

Arturo (Fernando Fernán Gómez) es el patriarca, su hijo Carlos (José Sacristán) hace los papeles cómicos y ha perfeccionado su especialidad de “voz gangosa”, Son una compañía de última fila, que nunca ha estado en un auténtico teatro ni en un camerino, que elimina personajes de las obras por falta de personal sustituyéndolos por una carta o juntando dos personajes en uno, pero su mayor amenaza son los “peliculeros”, que van en furgoneta proyectando películas y cada vez están consiguiendo más público, por lo que su insulto favorito es “Me cago en el padre de los hermanos Lumière”.

Fernán Gómez habla de un mundo que amó y conoció bien. Probablemente ésta haya sido su obra mas ambiciosa, ya que está basada en un libro suyo, él hizo el guión y la dirigió, reservándose el papel de pater familias. Tal vez como película en su conjunto resulte más redonda El extraño viaje, pero el profundo cariño a los personajes y por el teatro, así como el uso que hace de la memoria la hacen totalmente indispensable, por no decir imprescindible.

Con un trío de ases como Fernan Gómez, Sacristán y Juan Diego, no es de extrañar que los personajes masculinos salgan ganadores; por goleada, además, Agustín González se reserva un pequeño pero estupendo papel de aspirante a autor teatral que escribe revistas musicales en las que en el libreto abunda la indicación de “se juntan todos y cantan”, y Gabino Diego tiene una nueva oportunidad de lucir su habilidad para imitar acentos. Pero volvamos al trío estelar; todos ellos tienen una escena que por sí sola merece pasar a la antología de nuestro cine. La de Arturo es su prueba para un papel en una película, en la que pronuncia su mítico “señorito”; la forma de interpretar teatral y cinematográfica es tan distinta que acaba en un desastre y con él llorando mientras dice “Esto del cine es una mierda. No tiene nada que ver con el teatro”. Maestro de maestros. La de Carlos es su discurso frente a unos pueblerinos explicando que los cómicos no pertenecen a ninguna parte y la de el personaje de Juan Diego, Sergio Maldonado, de lenguaje rebuscado y florido es una borrachera frente a una pareja de novios, donde da rienda libre a todo su arsenal dialéctico, para acabar con el obligado Asturias, patria querida, absolutamente para quitarse el sombrero.

Si la vida es un viaje, como dijo el poeta "arrieros somos, el camino hacemos y por el camino nos encontramos"... aunque en eso ellos nos llevan ventaja.
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EL MAYORDOMO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR


British way of life. Uséase, en íbero contemporáneo, una manera de ser británica. Educación, contención, respeto a las tradiciones, apego a la reverencialidad, el isabelismo como filosofía vital, cierta altivez insular, mis sentimientos son míos. Nadie ha reflejado mejor esta caterva de tópicos en el cine de los últimos veinte años como estos dos gigantes interpretativos, Anthony Hopkins y Emma Thompson, en “Lo que queda del día”, en la mayestática opinión de este escribano la obra cumbre del género cinematográfico llamado “Ivory & Merchant”. El duelo a florete oral entre Miss Kenton y Mr. Stevens, bajo el que se esconde un amor tan arrebatado e inexpresado como imposible, tiene su culmen en esta deliciosa escena en la que el ama de llaves de Darlington Hall cree haber encontrado un resquicio picantón en el pétreo hieratismo del mayordomo jefe. La defensa a ultranza de su privacidad de Mr. Stevens, el ilusionado acoso de Miss Kenton, el mórbido roce de sus manos; una escena sutilísima, frágil, siempre a punto de romperse, que en su brevedad es lo suficientemente elocuente como para explicarnos ambos personajes. En esta secuencia, jóvenes padawanes, está toda la película.

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SULLIVAN, EL VIAJERO



Probablemente a pocos les suene el nombre de Preston Sturges, y sin embargo fue uno de los maestros indiscutibles de la comedia americana y uno de los primeros en poder dirigir sus propios guiones.

Su película más ambiciosa fue Los viajes de Sullivan, toda una rareza en el Hollywood de la época. Un famoso director de comedias, John L Sullivan (Joel McCrea) está pasando una crisis existencial. Cree que la situación actual del mundo, con las guerras y la pobreza hacen imposible la comedia, debe mostrarse la realidad (neorrealismo made in Hollywood). En uno de los mejores diálogos de la película, los ejecutivos del estudio le convencen que no está preparado para ello, ya que nunca ha sido pobre; pero lo que suponían que sería un argumento definitivo para hacerle cambiar de idea sirve para que tenga otra mejor: quiere hacerse pasar por mendigo, vivir con ellos y así podrá rodar la gran película que sueña “O brother ¿where art thou?"... aunque acaba cediendo en lo que de tenga “un poquito de sexo

Este improvisado Gulliver descubre que todas sus aventuras acaban en Hollywood, de modo que toma una nueva decisión drástica y se va absolutamente solo… acompañado de una chica de la que nunca sabemos el nombre (Verónica Lake) harta de hacer de figurante en las películas y que sueña con trabajar con Lubistch: como dice Sullivan “Siempre hay una chica en las películas ¿Acaso no vas al cine?”.

Las aventuras que corren este inesperado par de vagabundos son de lo mas variadas: hay persecuciones del mas puro estilo del cine mudo, intervalos como el de la ansiosa viuda a la caza de nuevo marido y el retrato cambiante, abundantes referencias a los refugios donde tienen que hospedarse, y finalmente una estancia en la cárcel de Sullivan por un crimen que no recuerda. Impagables personajes secundarios como el del mayordomo, todo un filósofo que nos obsequia con frases del tipo de “ Los pobres lo saben todo sobre la pobreza y sólo los ricos morbosos encontrarían el tópico atractivo.” , o “Los ricos y lo que teorizan – que suelen ser ricos- piensan en la pobreza en negativo, como la falta de riqueza, como la enfermedad se podría llamar a la falta de salud. Pero no lo es. La pobreza no es la falta de algo, sino una plaga positiva, contagiosa como el cólera, con suciedad, criminalidad, vicio y desesperación como algunos de sus síntomas. Se ha de estar apartado de ella, incluso para estudiarla. Se ha de rehuir ". Por muy bien intencionados que seamos, la ayuda que damos es totalmente insuficiente para remediar la pobreza, por eso cuando Sullivan, una vez acabada su Odisea, está repartiendo billetes entre mendigos no se imagina que hay uno que le seguirá para robarle el dinero y sus zapatos. Cuando el ladrón se queda atrapado en la vía del tren dudará entre escapar o abandonar el dinero. La elección para los que no tienen nada es fácil, pero la avaricia rompe el saco.

Si Sturges se basó en Los viajes de Gulliver, su película ha servido de referencia especialmente a los Coen en O brother, y no sólo por el título, sino por una escena en la que un grupo de presos encadenados irrumpe en un cine, recordando uno de sus momentos más famosos: cuando Sullivan descubre el poder liberador de la risa al ver unos dibujos animados Y es que no hay nada mas hermoso que hacer reír; eso es algo que finalmente aprende Sullivan después de sus peripecias, así como que no sería capaz de rodar un drama porque en esos momentos se siente demasiado feliz y no ha sufrido lo suficiente como para hacerlo (no hay nada mejor que el autoconocimiento), de modo que volverá a dirigir sus comedias de siempre… con un poquito de sexo, claro.
 
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