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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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JUEGOS DE AMOR PARA BURGUESES


¿Alguien se acuerda de las convivencias en el colegio? Aquellas bonitas salidas grupales a casas en lejanos pueblos de la bucolía catalana (en mi caso), acompañados de algunos profesores y tutores, en las que nos dedicábamos a reforzar lazos con nuestro prójimo. Definición de “reforzar lazos con etcétera”: beber alcohol caliente a mansalva en petacas, fumarse cualquier hierba disponible a discreción, correr por los pasillos como si nos persiguiera el Yeti en gallumbos, cambiar las reglas de todos los juegos propuestos por los tutores, ir a la desesperada búsqueda de cualquier tipo de relación sexual (infructuosamente, off course), y, si era un colegio religioso, esquivar en la medida de lo posible los manoseos de los curas... Ah, qué entrañables vivencias-snif... Sin duda, nuestro sentido de la sociabilidad salía vigorosamente reforzado de semejante experiencia. Bien, el caso es que la primera vez que vi “La regla del juego”, el clásico de Jean Renoir de 1939, alguna de sus escenas me retrotrajo a aquellos maravillosos años. En esta excelsa película, sus personajes se mueven con la frivolidad de un adolescente, a pesar de su supuesta sofisticación; supongo que de ahí viene la asociación de ideas. Este es un blog con tendencias elitistas, así que no puede faltar una película europea que se incluye, sin ir más lejos, en todas las listas top-ten que publica la prestigiosa revista de cine británica “Sight & Sound” desde 1952 (Alice la Directrice estaba en plena adolescencia; imaginaros si hace ya años...). Es un referente esencial del cine europeo universal: bienvenido a La Linterna, señor Renoir.

“La regla del juego” fue un estrepitoso fracaso. Sin paliativos. En puertas de la invasión nazi, ni había dinero suficiente para hacer lo que Renoir quería, ni ganas por parte del público de ver nada que no fuese evasión a toda costa. Renoir presentó una descarnada sátira costumbrista de la sociedad burguesa francesa, y nadie estaba dispuesto a tragar con eso. Hasta tal punto que, tanto el gobierno de la República Francesa como el colaboracionista de Vichy (instaurado a rebufo de la invasión) prohibieron el largometraje, a pesar de que Renoir llegó a recortar media hora de su metraje (aprende, Angelopoulos) inútilmente. Además, parte del negativo se quemó, y no fue hasta 1959 que se pudo reconstruir una versión casi completa y decente de la película. Merece, por tanto, de sobras el aire malditista que transmite. ¿Por qué fue tan maltratada y perseguida? Pues porque Renoir, como hemos comentado antes, ataca sin piedad a la burguesía francesa de la época. A través de una reunión de sociedad en la casa de campo de unos marqueses, en la que las infidelidades, las frivolidades y la hipocresía campan a sus anchas, el maestro francés satiriza sin piedad la superficialidad de los ricos... pero también de los pobres, en este caso los sirvientes. Después de unos veinte primeros minutos complicados de asimilar para el espectador, debido a que Renoir no se molesta en presentar a los diversos personajes que van a representar su relato (o “fantasía dramática”, como él mismo la llama en su presentación, en un bonito eufemismo), aunque sí sus actitudes. Vemos al héroe nacional de corazón roto (un piloto, André Jurieux, remedo de Charles Lindbergh), a la marquesa de la Cheyniest y a su criada Lisette dejando claro que no aman a sus maridos, y al marqués de etc. (quien llega a reconocer que su amor platónico es... su propia mujer) y a su amante manejando su situación con la corrección exigida a su posición social: todos respetan las reglas del juego, como si representaran los últimos vestigios de las maneras versallescas. Después de esta inusual presentación, la película se desplaza a la casa de campo para ya no salir de ella. Renoir retrata las relaciones entre los ricachos de manera implacable: desde las conversaciones de apertura (“estás más delgada”, “dame el número de tu peluquero”, “¿jugaremos al bridge?”), pasando por demostraciones de incultura supina (brutal la escena en que una señorona le pregunta a otra sobre la civilización precolombina, y, al saber que se refiere a la América antes de Colón, la relaciona inmediatamente con... Buffalo Bill), hasta pequeñas pero muy significativas confesiones (“me aburre la gente sincera”). Pero no sólo de la alta sociedad vive “La regla del juego”: como si fuese una precuela de “Arriba y abajo” o “Gosford Park”, el director galo nos muestra a unos sirvientes deseosos de emular a sus amos, enfrascados en similares solaces: por desgracia, las derrotas del populacho son mucho más dolorosas, y traen consigo mayores desgracias... Los juegos de infidelidades se suceden entre los invitados, hasta llegar a situaciones divertidamente vodevilescas; Renoir se mueve con soltura entre la comedia, el melodrama y la tragedia final, sin aridez, con fina elegancia, a lo que colabora sin duda el manejo de la cámara, sin estridencias y con especial singularidad en los planos cortos.

Sólo al término del filme se caen las máscaras y salen a la luz los demonios, las confesiones en penumbra y las debilidades de los jugadores del equipo de la Alta Alcurnia, representada a la perfección esta caída en Octave (el propio Renoir), ese gran personaje que durante el relato se nos ha mostrado como el pegamento que intenta mantenerlos a todos unidos y en armonía, y del que al final sospechamos la razón de su voluntarista actitud: no tiene dónde caerse muerto. El súmmum, el retrato definitivo de la sátira burguesa de Jean Renoir, una película histórica que, vista hoy en día, no pierde un ápice de su acidez y capacidad para desmenuzar el bestiario humano. Sigan la regla.
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NIDO DE SERPIENTES


Pocas veces la presentación de un personaje de película que no es el protagonista ha sido tan buena y espectacular como la de Elle Driver en Kill Bill, comparable a la del Jesús de John Turturro en El gran Lebowski. Con una música totalmente pegadiza, y la pantalla dividida en un magnífico homenaje a Brian de Palma, Darryl Hanna, la DIVA Elle, (la serpiente de la montaña de California), se viste para matar a la Novia, Uma Thurman, (la mamba negra); aunque no podrá hacerlo, en el último momento, ya que Quentin no iba a perder la oportunidad de hacer realidad uno de sus sueños eróticos: dos mujeres guapas, rubias, de metro ochenta, liándose a golpes de katana o de todo lo que pillen por enmedio... claro que para eso tendríamos que esperar al volumen 2, pero valió la pena.

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SPANISH ZOMBIES


Hace unos días, poco después del estreno de la infame, absurda y en demasiados momentos ridícula “Spiderman 3”, pudimos leer en buena parte de los medios de comunicación patrios una noticia tal que así: “Un director español le pisa los talones en taquilla a Spiderman el fin de semana de su estreno”. Falso como una licencia de obras de Marbella: a menos que quedarse a unos 50 millones de dólares pueda considerarse “pisar los talones”... Independientemente de esto, lo cierto es que “28 semanas después”, la segunda película de Juan Carlos Fresnadillo después de la curiosona “Intacto”, rodada en la industria americana, ha tenido buna aceptación y excelentes críticas. Como su propio título hace sospechar, es la secuela de aquella “28 días después” del ecléctico Danny Boyle, a quien, en otro más de sus extraños bandazos, le dio por hacer una de zombies; eso sí, con el imprescindible toque moden-no de la cámara digital, aún novedoso en aquella época. En el reparto, el nombre más destacable es un Robert Carlyle que hace pinta de correr más durante la peli que Daniel Day-Lewis en “El último mohicano”. Con que el film se acerque a la estupenda “El amanecer de los muertos” de Zack Snyder (¡si es que salía hasta Sarah Polley!), a mí ya me vale.


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GARY CAMALEON



Hay una rara especie de actor que es capaz de convertirse en cualquier personaje, consiguiendo unas transformaciones increíbles, haciendo que sea prácticamente imposible reconocerle de una película a otra. Son los llamados “camaleones”. Alec Guiness fue uno, también en cierta medida lo fue en sus comienzos Robert de Niro o en la actualidad Daniel Day-Lewis o Javier Bardem, pero uno de los mejores de todos ellos es sin la menor duda Gary Oldman.
Éste actor londinense debutó en la pantalla haciendo del cantante punk Sid Vicious en Sid and Nancy; su interpretación fue tan convincente que le abrió las puertas del cine y desde entonces ha hecho de todo tipo de papeles: desde el chulo rastafari de Amor a quemarropa, a dos Dráculas por el precio de uno: el viejo de estilo japonés y el joven romántico, al músico Beethoven (he dicho el músico, no el perro, aunque seguro que habría sido capaz de interpretarlo también), al asesino de Kennedy o al único superviviente de Hannibal el canibal.
Su capacidad de convertirse en otra persona es asombrosa, modificando tanto su forma de caminar, la voz ... algunos diréis que en gran parte es mérito de los maquilladores; en parte si es cierto, especialmente en el caso de Hannibal, pero él supera todo eso haciendo que olvidemos que le vemos a él, viendo al personaje.
Aún así se han de destacar algunas interpretaciones en las que no ha necesitado ningún accesorio para demostrar su talento: Ábrete las orejas, El clan de los irlandeses, Homicidio en primer grado o León el profesional; quisieron aprovechar su tirón romántico de Dracula con La letra escarlata, pero sin demasiado éxito; reconozcámoslo: a Gary lo que le van son los personajes ambiguos, complicados, no los típicos galanes.
Ha participado en la saga del niño mago Harry con uno de los personajes mas interesantes: Sirius Black, o en la del Batman realista y sombrío de Nolan, y gracias a éstas superproducciones comerciales ha podido hacer películas mas sencillas, ya sea como productor, en Candidata al poder, donde consigue la que para mi es una de sus mejores interpretaciones de los últimos tiempos, con un personaje que recuerda a otro de otro gran cameleón: Charles Laugthon, en Tempestad sobre Washington, o dirigir en Nil by mouth.
Ver cual será su próxima transformación es todo un regalo para los cinéfilos. ¿Estará en extinción la raza de camaleones? ¿Habremos de llamar a ADENA? Esperemos que no; al menos Edward Norton o Christian Bale han hecho algún que otro mérito para que se les tenga en cuenta como posibles sucesores. Ojalá no nos decepcionen.
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HABLA, MUDITA





Imperfecta obra maestra. Así definieron algunos críticos, en poco menos que innoble coincidencia, la película de Pedro AlmodóvarHable con ella”, mi preferida del universalísimo y aclamadísimo (y miles de ísimos más) director manchego. Este es, si mis cuentas no van erradas ya que soy más bien de letras, el cuarto post que le dedicamos a Pedrito, así que no es necesario que nos paseemos de nuevo por su carrera. Pero sí resulta conveniente (más que nada, para echarle relleno al pavo, digo, al post), situar “Hable con ella” en su contexto, porque tiene su trascendencia. Cual Hiro Nakamura en “Héroes”, viajemos en el tiempo para retrotraernos al momento en el que “Todo sobre mi madre” corona un año de superávit de premios y críticas superlativas con el archifamoso “¡Pedroooooooooo!” de Pe en el Kodak Theatre. Un Almodóvar más melodramáticamente sobrio que nunca, a pesar de no abandonar las constantes vitales de su cine, ha conseguido triunfar definitivamente a este y al otro lado del charco. De repente, todo Hollywood aprende a pronunciar “Almodoubarr”, y todo actor yanqui de prestigio que se precie aprovecha la oportunidad que le dan los micrófonos para confesar que darían lo que fuese con tal de trabajar con él. Su evolución artística, extraordinariamente coherente vista su trayectoria en perspectiva, había sobrevivido a aquel punto de inflexión (por abajo) llamado “Kika”, y se encontraba en la cresta de la ola. Lejos de dormirse en los laureles, Pedrito decide dar una vuelta de turca más a su ambición y alejarse del camino fácil y adocenado, y pergeña “Hable con ella”, un proyecto que, a priori, albergaba muchos números para sobrepasar varias líneas de ridículo si no era tratado con el esmero preciso...

Por fortuna, Almodóvar tuvo la osadía de caminar por los límites sin llegar a pisarlos. En primer lugar, es necesario señalar que “Hable con ella” es su película visualmente más sofisticada: el Almodóvar más esteta. Muy alejado de sus toscos inicios, hace ya tiempo que el cineasta manchego se preocupa por la cámara (quizás desde “Matador”), pero aquí es donde se vuelve casi enfermizamente preciosista. La planificación de escenas es elegante (véase el paralelismo trazado entre Lydia vistiéndose de luces y Alicia siendo cambiada en el hospital) y detallista. Apoyado en el soberbio Javier Aguirresarobe, cada plano, cada fotograma es un pequeño lienzo delineado minuciosamente con la paleta de colores almodovarienses habitual; cada encuadre optimiza el formato panorámico. La banda sonora de Alberto Iglesias es magistral, exquisita y emocionante. El film es un continuo deleite visual, sobre el que se apoya un guión rayano en lo estrambótico, contenido en su excesividad, o excesivo en su contenimiento. Se abre la película desde dos historias en un principio inconexas que luego se entrelazan poco a poco entre saltos temporales, una desestructuración narrativa que no dificulta en absoluto su comprensión: por un lado se conocen una torera, Lydia (Rosario Flores) y un periodista llorón, Marco (Darío Grandinetti); por otro, un afable enfermero llamado, vayapordios, Benigno (Javier Cámara), cuida cariñosamente a una bailarina en estado vegetativo desde hace cuatro años, Alicia (Leonor Watling). Una cogida deja a Lydia en coma irreversible y la lleva al hospital de Benigno, y allí se “conocen” los cuatro. El enfermero está secretamente enamorado de su paciente, hasta el punto de cruzar, digámoslo así, el confín de lo ético... El punto de inflexión de la cinta se encuentra en el cortometraje mudo que ve Benigno en la Filmoteca, “El amante menguante”, en el que Paz Vega y Fele Martínez dan vida a un delirante y desenfrenado relato que despierta al enfermero sus más trastornadamente románticas pasiones. “Hable con ella” bucea en la imperfección de las pasiones humanas, se niega a juzgarlas; por primera vez en el cine almodovariano, los hombres son los protagonistas, encumbrando la lágrima masculina como signo de honestidad. Su hondura narrativa y melodramática es indudable, aunque no se priva de salpicar el filme con las típicas briznas humorísticas marca Almodóvar (el programa de TV de Loles León, la sempiterna Chus Lampreave, la artista-coñazo que borda Geraldine Chaplin). En cuanto a los intérpretes, es obvio que el papel de Javier Cámara es el más agradecido, ese tipo bonachón con un punto inquietante al que, a pesar de sus pecados, aprendemos a querer. Aún así, me quedo con el trabajo de Darío Grandinetti, excelente, contenido a pesar de estar llorando cada dos por tres. Las féminas, insólitamente, reducen su protagonismo: la sorpresa es Rosario Flores, cuya interpretación es más convincente en los registros en los que ha mostrar intensidad y viceversa (eso sí, da el pego de torera: se parece más a Manolete que el propio Adrien Brody); en cuanto a Leonor Watling, a pesar de no poder mover ni un músculo en casi toda la película, nos ofrece una escena magnífica a través de su emocionada expresión al asistir a una clase de danza después de muchos años... En el debe de la película, cierta tardanza en coger el ritmo adecuado, alguna escena gratuitamente “amiguetil” (la de Caetano Veloso) y alguna que otra salida de pata de banco, casi inevitable en una película como esta. El plano final, un hermoso encuadre en el teatro que nos muestra a Marco y Alicia separados por un asiento vacío, en vertical, nos insinúa el principio de una nueva historia que ya no es nuestra, impulsada por el desaparecido ocupante del mismo. ¿Qué es el amor, quizá, sino un tumor Benigno?
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MEMORIAS DE AFRICA





Mira por donde, sin proponérmelo me ha tocado hablar de dos películas románticas seguidas. Pero mi sentido del romanticismo digamos que es un poquito peculiar, no tiene nada que ver ni con Corín Tellado ni con Barbara Cartland, se basa mas en los pequeños gestos, en las miradas, en cómo afecta a nuestro comportamiento.
De las favelas de su Brasil de Ciudad de Dios, Fernando Meirelles dió el salto a Hollywood, pero en lugar de ir a cualquier estudio de Los Angeles se fue a rodar a Kenia, basándose en una novela de John Le Carré.
Africa es la verguenza del mundo civilizado; mientras queremos presumir de los adelantos tecnológicos, preferimos cerrar los ojos e ignorar que una gran parte del planeta se está muriendo de hambre, sed, enfermedades que para nosotros ya no existen o interminables guerras. Africa podía haber sido un paraíso, pero una vez el hombre blanco explotó al máximo sus recursos naturales y una vez los agotó, la dejó abandonada, la dividió a su conveniencia, provocando enfrentamientos, y no sólo eso, sino que además usa a la población como cobaya para probar los nuevos productos farmacéuticos.
Todo esto no es desconocido por todos, pero vergonzosamente seguimos dejando que suceda, aunque hagamos algún gesto patético para tranquilizar nuestras conciencias, y por eso es conveniente que haya películas como ésta, que intenten abrir los ojos a la gente.
El jardinero fiel trata algunos de estos temas, pero además es una hermosa historia de amor. Justin (Ralph Fiennes) conoce a Tessa (Rachel Weisz), una joven sumamente idealista y luchadora. Los dos se van a vivir a Africa y muy pronto ella se va interesando por lo que hacen las industrias farmacéuticas, ya que hay algo que no entiende; eso la convierten en alguien incómodo para las autoridades, hasta que muere.
A partir de ese momento Justin empieza a investigar, ya que no se cree la versión oficial de los hechos y poco a poco sus convicciones van cambiando. Hay una frase que se repite, pero dicha por Justin en cada uno de los lados distintos, que muestra perfectamente su evolución: “Hay miles de personas así, no podemos hacer nada para ayudarles”; “Pero a ésta persona podemos ayudarla nosotros”. Con eso acepta haberse convertido en Tessa y seguir luchando por lo mismo que ella.
Ralph Fienness tiene la habilidad de encarnar a la maldad en el estado mas puro (La lista de Schindler, El dragón rojo, Harry Potter), y al galán mas romántico, apasionado y atormentado (Cumbres borrascosas, El paciente inglés, El fin del romance), y se desenvuelve perfectamente bien tanto en unos personajes como en otros. Rachel Weisz le da una tremenda calidez y humanidad al personaje que hacen que no caiga en un estereotipo; les acompañan Billy Nighy y Pete Postlelthwhaite, que no suelen defraudar.
Aunque no es superior a Ciudad de Dios, debería ser de visión obligada por su contenido.
La próxima os aseguro que será.... veamos ¿una gore? se admiten apuestas.
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EZEQUIEL 25:17. ESTÁS MUERTO.






Un chute de adrenalina.

Ese es el protagonista de una de las escenas más impactantes de “Pulp fiction” (y que llegó a provocar algún que otro infarto en alguna que otra sala), y una de las mejores definiciones que podrían aplicársele a este irreverente, revolucionario y trasgresor film, que desde su irrupción elefante-cacharrería en Cannes (Palma de Oro con peineta incluida) agitó conciencias, lapidó convenciones y, ayayay, demostró a la industria de Jolibú (uséase, los hermanos Weinstein) que también se podían romper las taquillas a pesar de (e incluso gracias a) portar el hasta entonces pesado sello de “cine independiente”, el cual jamás volvió a ser el mismo. Miles de páginas, críticos voraces a un lado y a otro del ring, más apariciones en TV que la Pantoja, sesudos análisis en las universidades... Quentin Tarantino fue el rey del mundo durante un buen rato. Con la perspectiva que da el tiempo, el juez más sabio e impenitente de todos, se puede afirmar que buena parte de las predicciones que se hicieron en medio del terremoto Tarantino no se han cumplido (aviso para los que me conocen, que me tomaban por tarantiniano: marcbranches no se casa con nadie) (y así le va). Eso sí, le han surgido trillones de imitadores, la mayoría de los cuales se han quedado en pésimos rascadores de superficie. Las comparaciones con Scorsese o Welles (que sí, que sí, Welles), que tanto postularon sus defensores de la época, de momento, le siguen quedando extraordinariamente holgadas al bueno de Quentin. “Jackie Brown”, su siguiente película y único fracaso hasta ahora pero que va ganando poso con el tiempo, parecía, a pesar de todo, un paso hacia delante en su carrera. Las dos partes de “Kill Bill”, todo un ejercicio referencial hacia el tipo de producción de serie Z que su insaciable cinefagia había devorado en sus años mozos, parecían un punto y aparte, un excelente divertimento con sesgo de no ser más que parada y fonda. Sin embargo, llega “Death proof”, su aportación al frikiproyecto “Grindhouse” (presentada hace nada en, por supuesto, Cannes), y, a pesar de que estoy bastante seguro de que, cuando la estrenen, me divertiré horrores viéndola, no puedo evitar cierto regusto de insatisfacción por la pereza intelectual de Tarantino, o por su conformismo, o por lo que sea. Tiene en sus manos todos los ingredientes necesarios para hacer historia en el cine (amor por el mismo, un inacabable background, talento técnico y visual inigualable, una escritura magistral, ojo clínico para el casting y la dirección de actores...), y corre el peligro de echarlo por la borda a golpe de amiguetismo, de nostalgia serie Z y de querer ser el más gracioso de la panda. Está más que a tiempo de recuperar la senda de una carrera trascendente (¿con “Inglorious bastards”, quizás?), pero debe exigirse más a sí mismo. Hostias, marcbranches, que este era un post sobre “Pulp fiction”... tómate la medicina contra el onanismo mental...

Pero... ¿Y qué voy a decir yo de “Pulp fiction” que no se haya dicho ya? Personalmente, una experiencia casi irrepetible en una sala de cine (recuerdo como si fuera ayer el silencio sepulcral, incorruptiblemente cinéfilo, que invadió las butacas del cine Capsa en cuanto se asomó la primera escena) una amalgama de sensaciones que muy pocas veces se ha repetido luego: admiración, carcajada, asco, irritación, incomodidad, rendición. Tres historias entrelazadas a través de un guión férreo, diálogos tan mundanos como descacharrantes, el mundillo del chorizo de bajo fondo pintado como nunca lo habíamos visto antes, una banda sonora tan protagonista de la historia como sus personajes, una intensidad desatada que rasga el aire seco y cargado que desprende la cinta... He comentado anteriormente que “Pulp fiction” se analiza y desmenuza en cualquier asignatura de cine que se precie de serlo, y no es para menos. Uno de los aspectos que me sigue impresionando, después de haber visto la cinta unas chorrocientas veces, es la calidad del trabajo actoral de todos y cada uno de los intérpretes. Las líneas de diálogo parecen espontáneas, pero un análisis mínimamente profuso nos permite concluir que todo está medido y ensayado hasta el extremo. Desde Eric Stolz hasta Ving Rhames, desde Amanda Plummer hasta Maria de Medeiros, desde Christopher Walken hasta Tim Roth, todos y cada uno de los secundarios parecen estar en el mismo tono solfeístico del compositor Tarantino. No digamos los protagonistas, con mención cum laude para John Travolta: Resurrection (toda la comunidad cinéfila se frotaba los ojos mientras veía a Tony Manero pasado de Phoskitos bordar al sicario heroinómano Vincent Vega), Bruce Willis (uno de sus primeros chutes de prestigio después de sus “Junglas”), Uma Thurman (quién fuese punto rojo...) y, en particular, Samuel L. Jackson, que se ganó el cielo y la tierra con su inolvidable Jules Winnfield. Todo el mundo recuerda su primer Ezequiel 25:17, con el que se carga a Frank Whaley; pero yo me quedo con el segundo, en el que verbaliza su propósito de redención delante de un acojonado y apabullado Tim Roth. Un momento de puro CINE, sin colorantes ni conservantes.

Los Oscars, claro, se los llevó “Forrest Gump”.
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PAROLE, PAROLE, PAROLE




Convertida en una de las reinas del gafapastismo, todo el mundo estaba pendiente de cómo sería la siguiente película de Isabel Coixet tras Mi vida sin mi. Al Cesar lo que es del Cesar, y se ha de reconocer que La vida secreta de las palabras es muy buena, aunque tal vez no tanto como la anterior.
Hanna (Sarah Polley) trabaja en una fábrica de plásticos, y es el sueño de todo empresario: nunca coge vacaciones, ni se pone enferma, además como tiene problemas de oído, debido al ruido de las máquinas desconecta su audífono, así que el contacto con el resto de sus compañeros es mínimo. Todo esto ha hecho que el jefe se vea obligado a darle unas vacaciones para evitar enfrentamientos.
Pero Hanna no sabe que hacer; lo suyo no es estar tumbada en una hamaca tomando el sol con una piña colada (inocente, que uno a lo bueno se acostumbra enseguida) y a la que por casualidad oye de una vacante de enfermera en una plataforma petrolífera se ofrece enseguida para el puesto.
Y allí vamos; la plataforma se nos muestra como un lugar totalmente apartado del mundo, solitario, en el que la gente como el cocinero (Javier Cámara) dedica cada día la cocina a un país determinado para no volverse loco.
El enfermo que ha de tratar Hanna, Josef (Tim Robbins) es una especie de Paciente inglés; con varias quemaduras por el cuerpo, que le han provocado una ceguera temporal, aunque consigue soportarlo gracias a su sentido de humor. No, no nos encontramos con una versión de No me chilles que no te veo ¿cómo se os ocurre? ¡con lo serio que es Robbins!.
Hanna desde un primer momento se muestra muy reservada, pero poco a poco él se va ganando su confianza, y en una sobrecogedora escena ella acaba contándole su pasado. Tal vez por el hecho que él no pueda verla o porque sea el primero que realmente la escucha, hace que ella se muestre tal como es, demostrando que las peores cicatrices no son las del cuerpo, como es el caso de Josef, sino las del alma. Dos personas en una habitación hablando, callándose cosas y compartiendo silencios, eso es lo que es la película, por lo que casi se podría decir que es puro teatro; de hecho el resto de personajes están muy poco dibujados y carecen de interés, hasta la oca es desaprovechada, y se nota la procedencia de la publicidad de Coixet, aunque sepa aprovechar muy bien las canciones, pero todas y cada una de las escenas de Polley con Robbins son una maravilla, los dos están espléndidos y su declaración de amor forma desde ya parte de mis favoritas, junto con la de El rey pescador y Cuando Harry encontró a Sally. “Aprenderé a nadar, Hanna. Juro que aprenderé a nadar”. No puedo evitarlo, soy una romántica.
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REFUTAR LA GRAVEDAD (EL TEOREMA DE WERTHAM)




Opera prima (Episodio III: Revenge of the Smokers)

Be coyuntural, my friend. Hace unos días apareció en la prensa una de esas noticias que a uno le despiertan las hormigas del estómago, entre tanto aburrimiento producido por elecciones, dejuanas y sarkozys varios. Resulta, para no extenderme en demasía, que en los Yuesei tienen la intención de clasificar R las películas en las que se muestre a alguno de los personajes fumando, situando el tabaquismo a la misma altura (o bajura) moral que, pongamos por caso, el asesinato en serie, o, ohdiosmío, el sexo... Si os molestáis en leer la noticia, comprobaréis que, por lo visto, hay una serie de estudios que certifican que bla, bla, bla. Todo esto me suena a Fredric Wertham. ¿Ein? Diréis algunos. Este tipo, psicólogo de profesión, escribió, en 1954, un libro llamado “La seducción del inocente”. En él, este señor, basándose en “estudios” de similar calaña, acusaba tácitamente a los cómics de superhéroes de hacer germinar en los críos que los leían conductas potencialmente criminales o desviadas. Wonder Woman acuñaba una imagen oculta de sumisión y lesbianismo, Superman era una representación preclara del fascismo, y Batman y Robin... pues eso: homosexualidad y pederastia en un solo pack, y con descuento. Este chalado llegó a testificar delante del Senado, y la conmoción social fue tal que las editoriales de cómics crearon un sistema de autocensura, la Comics Code Authority, para evitarse problemas. Esto derivó, artísticamente, en unos años de historietas deleznables y ridículas de las que el mundillo del cómic tardó en recuperarse (aunque hoy en día más de uno respira gracias a esta época). Espero que el cine no llegue a estos niveles: yo, que jamás he sido fumador, no puedo entender que se pretenda equiparar esto con esto. Hablando de cigarrillos. Es curioso, pero, ¿a que nadie imagina qué película, ópera prima para más señas (y que me viene al peo para cerrar la trilogía), no necesitaría esa clasificación R?

Lo juro por la katana de la Novia. No se ve ni un sólo cigarrillo encendido en “Gracias por fumar”, la estupenda y primeriza comedia de Jason Reitman (hijo, por cierto, de Ivan Reitman, perpetrador de “Cazafantasmas” y obras de alto calado intelectual como “Alto, o mi madre dispara”, “Un lío padre”, “Road Trip” o “Beethoven 2, la familia crece”). Puede que ese dato nos dé una pista sobre el punto de vista del director respecto al conflicto; la película, desde luego, no nos da ninguna. Es una acidísima comedia sobre el (in)noble arte de la manipulación de masas, del que los medios de comunicación son parte primordial; un ataque a la yugular de todos los agentes sociales y políticos que participan en los grandes debates americanos, en este caso focalizados en el espinoso asunto del tabaquismo. Reitman se atreve a invertir los términos naturales de una película como esta, y convierte al charlatán de traje y corbata Nick Naylor (un impecable y carismático Aaron Eckhart), que en cualquier otro contexto sería el malo de la historia, en un personaje con el que no queda más remedio que identificarse, ni que sea por la honestidad con la que afronta su “flexibilidad moral”, como él mismo la llama. Su talento es el razonamiento, la argumentación: “sería capaz de rebatir la gravedad”; con este personaje de espectador privilegiado, vamos viendo cómo el resto de agentes (entre los cuales reconocemos secundarios de inmensa talla como Robert Duvall, Maria Bello, J.K. Simmons, Sam Elliot, William H. Macy o el mismísimo Rob Lowe) (y entre los secundarias de poca o ninguna talla, Katie Holmes) van siendo descuartizados progresivamente por el inmisericorde y afiladísimo hacha de Reitman, desde la prensa hasta el gobierno, pasando por la escuela y las ONG. Nadie está a salvo de Jason, que acompaña los hachazos con una realización deliciosa, especialmente en su primera media hora, de manual: con un ritmo vertiginoso van cayendo los diálogos puntillosos (-“Papá, ¿por qué nuestro gobierno es el mejor?” –“Por su inagotable sistema de apelaciones”); los gags visuales a golpe de efectismo (ralentís, aceleraciones, imágenes superpuestas, rótulos) que aquí, por una vez, encajan a la perfección; los guiños cargados de ingenio (el Instituto ¡San Eutanasio!, el avión “Tobbacco One” del Capitán, el gran capo de la industria interpretado por Duvall)... En la segunda parte del filme, Reitman recorre caminos más trillados de descenso y redención, pero siempre pervirtiendo los lugares comunes del tradicional maniqueísmo hollywoodiense (ejemplo: ese hijo que, en vez de llevar por el camino de la decencia moral a su padre, respalda por completo las acciones “moralmente flexibles” de papi), hasta regalarnos una escena final en la que Nick suelta su gran discurso victorioso en el Senado... sin que ni un puñetero aplauso le acompañe en su triunfal salida.

“Gracias por fumar” es, sin ningún género de dudas, una de las mejores comedias que han estrenado por estos lares en los últimos años; pero también una visionaria. En una de las últimas escenas, el senador Ortolan K. Finisterre (ojo al nombrecito) impulsa en TV una ley que obliga a retocar digitalmente las películas antiguas para hacer desaparecer los cigarrillos. Uséase, Lauren Bacall con un regaliz de colores en la mano. Váyanse a pastar.
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EL SHOW DE McCARTHY



Lo confieso. De ser hombre me gustaría ser como George Clooney. Es tan guapo, las canas y los trajes le sientan tan bien, tiene tanto sentido de humor, los hombres no ven en él a un rival, sino al perfecto compañero de juergas, políticamente es liberal; encima le da por dirigir y no lo hace mal ¿se puede pedir mas? ¿Quien quiere ser John Malkovich pudiendo ser George Clooney?
Buenas noches y buena suerte es una muestra de lo mucho que le interesa el periodismo y la televisión, dos mundos que conoce muy bien, que fue el tema de su primera película, Confesiones de una mente peligrosa, y en éste caso se centra en una de las etapas más vergonzosas de la historia de los Estados Unidos, la “caza de brujas” iniciada por el senador Joseph McCarthy. El simple hecho de que una persona pudiera tener simpatías comunistas, aunque no fuera cierto, implicaba ser juzgado, perseguido y marginado. Bien por la “tierra de las libertades”.
Lo primero que destaca de la película es su elegancia: la belleza de la fotografía en blanco y negro, la música de jazz, el humo de los cigarrillos...De la modernidad de Confesiones de una mente peligrosa, con historia del guionista gurú de la actualidad Charlie Kauffman, Clooney ha pasado al clasicismo mas puro. No sabemos nada de los personajes fuera de su trabajo, a excepción de la referencia a la relación de Robert Downey Jr. y Patricia Clarkson, ya que se centra en personas obsesionadas con su trabajo que parece que no salgan nunca del estudio de televisión, mostrando cada réplica/contraréplica de Murrow y McCarthy, y eso hace que sea deliberadamente fria.
El reparto es espléndido, con el propio Clooney, Robert Downey Jr., Frank Langella, Jeff Daniels, Patricia Clarkson y David Stanthaim, que pasa con éxito el examen de someterse a numerosos primeros planos; tal vez demasiados, pero no importa, ahí está el gesto exquisito al fumar o esa expresión después de cada vez que acaba de rodar uno de sus discursos anti-McCarthy.
Precisamente ahora que la televisión cada vez ha bajado mas su calidad hasta un punto increible, lo que dice Murrow en su discurso al final de la película creo que sigue siendo totalmente cierto y mas válido que nunca: “Este instrumento puede enseñar, puede iluminar e incluso puede inspirar. Pero sólo puede hacerlo para el propósito que los humanos hayan determinado usarlo para esos fines. De otra manera, es un simple amasijo de cables y luces”. Nosotros somos los responsables de la telebasura y parecemos haber olvidado que la llamada “caja tonta” puede servir para muchas cosas. ¿Acaso es tan malo desconectar de vez en cuando de la televisión?
Tan sólo para pensar un poco en todo ello, vale la pena ver la película.
 
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