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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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CREO VS. MUERTE


Hay una extraña tendencia al apocalipsis a la hora de referirse a Darren Aronofski y a su último y abigarrado filme, “The fountain”, por parte del mundillo cinefilio, tanto por parte de la crítica “sesuda” como de la blogosfera, a tenor de lo que he estado investigando por esas güebs de Dios, con la venia de Ono. Leo con asombro de cínico profesional cómo algunos, incluso, hablan de una posible liquidación de la carrera de Aronofski debido a esta ambiciosa película y a su fracaso en taquilla. Paparruchas. Siempre habrá un “Réquiem por un sueño” por cuatro chavos esperando a la vuelta de la esquina; y, de todas maneras, no parece, después de contemplar “The fountain”, que el amigo Darren tuviese demasiado interés en llegar al gran público. Otra cosa era el primer proyecto, con más del doble de presupuesto y con Brad Pitt y Cate Blanchett en los roles principales; nunca sabremos qué hubiera hecho el señor Aronofski con tanta pasta (yo sí: correr como un condenado hasta la frontera más próxima)... Pero sí sabemos lo que ha hecho con la que le han dado: una película con ínfulas, que pretende (y a ratos lo consigue) ser fastuosa, y que rebusca en los entresijos de la esencia de “2001 para soltarnos un apresurado y algo confuso discurso sobre la muerte, el amor y la reencarnación, que a veces, y en particular al final, no parece sino una ametralladora de ideas disparando al aire sin objetivo. Bebamos, pues, de la fuente.

“The fountain” no es, ni mucho menos, una mala película. Al contrario. Es de agradecer la valentía de tito Darren a la hora de encara este complejo relato a ¿dos? ¿tres? bandas, en el que uno podría perderse muy fácilmente; además, Aronofski confirma que no es un autor de un solo trazo, volviendo a cambiar de registro por completo respecto a sus dos anteriores filmes, “Pi” y “Réquiem por un sueño” (de la que ya os hablamos aquí). La sinopsis oficial nos cuenta que “The fountain” nos cuenta cómo un hombre, en tres épocas (siglos XVI, XXI y XXVI) distintas, se arroja a la búsqueda de una cura para, nada más y nada menos, que la muerte: toma proyecto de fin de carrera... Aunque el largometraje comienza con una escena maya deudora de, pongamos por caso, Werner Herzog, enseguida comprobamos que el núcleo central de la historia se encuentra en nuestro presente. El dr. Tommy Creo (Hugh Jackman), enfrascado en unos experimentos con primates que buscan la cura del cáncer que afecta a su mujer Izzi (Rachel Weisz), se angustia ante la aparente falta de resultados, mientras su esposa se sumerge en la paz interior del que acepta su destino, a la vez que escribe un libro (en el que relata la historia, situada en el s. XVI, de un conquistador español que a las órdenes de la Reina Isabel se embarca en la búsqueda del mito maya del Árbol de la Vida) (sí, he dicho Reina Isabel) voluntariamente inconcluso. Mientras, se nos va rociando con las imágenes de un Tommy calvorota y con dejes zen que viaja en el interior de una burbuja junto a un árbol que parece tener la clave de todo. Se hace complicado resumir la trama de esta película, irregular, ambiciosa, brillante a ratos, cuyo mayor desatino es tratar de jugar a Dios con cuatro trazos. Aronofski arroja ideas obtenidas de diferentes filosofías, pensamientos y religiones como si fuese un fusil repetidor, hasta llegar a un final grandilocuente y pomposo que, en ocasiones, sobrepasa la línea del ridículo (véase la escena del conquistador Tomás y el efecto que le produce la ingestión de la savia del árbol de la vida, una excelente metáfora alrededor de la cadena biológica mal traducida a una escena que bordea lo risible; o ese viajero espacial Tom, heredero volador de Neo y emperrado en sentarse “a la budista”). Nos queda un núcleo central (la historia de Tom e Izzi) muy bien rodado, en una atmósfera intimista y apagada, con un Jackman en el mejor trabajo (todo un festival de matices y registros) de su cada vez más sólida carrera, y una Rachel Weisz adorable, y adecuadamente envuelta en tonos blanquecinos, reflejando ambos la dualidad de sus opuestas posturas ante la muerte: la negación angustiada y enrabietada de él, la aceptación pacífica y casi omnisciente de ella. Todo esto aderezado por la perenne presencia de la extraordinaria partitura de Clint Mansell, en perfecta simbiosis con la maravillosa cuerda del “Kronos Quartet”, que consigue alcanzar la épica que, por momentos, le falta a la película; en este sentido, me atrevería a sugerir (maldita sea mi desvergonzada ignorancia) que quizás un formato panorámico le habría sentado mejor a este filme ansioso de grandieur, que rebusca impúdicamente entre conceptos ancestrales y la interacción naturaleza-hombre para buscar una respuesta a las preguntas que ha movido filosofías y religiones a través de los siglos de los siglos (y más aún): ¿qué hay después de la muerte? ¿Podemos ser inmortales?

Como de costumbre, es Woody Allen quien tiene las mejores respuestas: “No creo en una vida más allá, pero, por si acaso, me he cambiado de ropa interior”. Piensa en ello, Darren.

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¿GUSTAREMOS?



Se abre la sección de recogida de firmas para pedir que se estrene en España la última versión de Kenneth Branagh de una obra de Shakespeare, Como gustéis. La película tiene muy buena pinta, mezcla la época victoriana con el Japón de los samurais, una mezcla que puede ser explosiva; esperemos que sirva para confirmar el magnífico momento que está atravesando Bryce Dallas Howard en uno de los papeles femeninos mas golosos de Shakespeare, además cuenta con Kevin Kline, Alfred Molina, Romola Garai y parece transmitir la alegría de Mucho ruido y pocas nueces, así que.... que la estrenen YA!
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CUANDO ALVY ENCONTRÓ A ANNIE




Ayer volví a ver a Annie. Ya saben, Annie Hall, de Winsconsin. Sigue tan guapa como siempre, vistiendo ropa de su abuela, diciendo “chachi” y sonriendo como sólo ella ha sabido hacerlo... bueno, ella y Diane Keaton.
¿Porqué rompimos? Sé que no voy a encontrar otra mujer como ella, aunque la verdad es que nuestro primer encuentro no fue demasiado bueno. Dos matrimonios rotos hacen que le tenga un poquito de rechazo a vivir en pareja, lo que ha hecho que suba considerablemente el recibo del agua por las duchas frías.
Además, la familia de Annie es encantadora, la típica familia americana de aspecto perfecto y saludable (aunque su hermano Duane tiene una cara de loco como la de Christopher Walken), mientras que la mía es ruidosa y vulgar... me callo lo de judía porque sé que la abuela de Annie me mirará mal.
¿Quién la animó a cantar sino yo? ¿Se pueden creer que gracias a mí empezó a ir al psicoanalista? Y para el colmo ya en la primera sesión llegó a descubrir la “envidia del pene”, recordó cuando encontró a sus padres haciendo el amor y se puso a llorar, ¡todo eso la primera vez, cuando a mi me costó quince años conseguirlo!
A Annie no le gusta Nueva York, dice que es una ciudad moribunda, como Muerte en Venecia (ese libro se lo compré yo) y ahora prefiere vivir en Los Angeles, donde no hay basura en las calles porque la convierten en programas de televisión, al lado de un cantante que se parece a Paul Simon y aún es mas bajito que yo. ¡Pues claro que Nueva York se está muriendo, por eso me gusta! La muerte es uno de mis temas favoritos, junto con el sexo. No se vayan a creer que soy necrófilo, de hecho es uno de los pocos –filo que no soy.
También la enseñé a ver el cine, la llevé a ver el documental La pena y la piedad tan sólo ocho veces y alguna película de Woody Allen, ya que me gusta ver si ha cambiado la pesentación de sus títulos de crédito; ¿se imaginan qué me dijo? “Alvy, ¿porqué piensas siempre en ti mismo?”. Eso no es verdad, les aseguro que cuando duermo pienso en Scarlett Johansson. Sin embargo, ahora arrastra a su novio a ver ese documental al que llamó ¿cual fue la palabra? ¡ah, si, "muermo"!
Espero que me siga llamando, aunque sólo sea para matar arañas, por muy grandes que sean, y aunque dije que no querría pertenecer a ningún club que me aceptara como socio, la verdad es que fue un placer pertenecer a su club, señorita Hall.
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LOOKING FOR PACINO


Ñoras, ñores, hoy día 1 de mayo de 2007, Día de los Trabajadores (con lo que no me doy por aludido), “La linterna mágica” tiene el honor de publicar una entrevista realizada en rigurosísima exclusiva con el legendario y carismático actor americano Alfredo James Pacino, que ha tenido a bien hacer un hueco en su apretada agenda para atender a este humilde articulista del ciberespacio (uséase, bloggerodemierda) en su mansión del condado de Rockland, New Jersey. Por razones que se me escapan, declinó venir a hacer la entrevista en mi holgado piso de protección oficial de 23 metros cuadrados, pero Alice la Directrice no repara en gastos, y me consiguió un lujoso billete de barco con hermosas vistas al mar desde la ventana de la cocina. Sólo tuve que lavar unos 16000 platos. Pero valió la pena... Esta es la crónica de la histórica cita.

Me tiemblan hasta los pelos de la perilla al hacer sonar el chiriante timbre de la Mansión Wayn... digo, de la lujosa casa del sr. Pacino. El mayordomo de la mansión, italiano por supuesto, me saluda con cierto desdén (y sin dejar de mirar las zapatillas de mercadillo que ornamentan mis pies) y me acerca a la sala de invitados de la casa, donde Pacino, estirado por completo en un modesto sofá equipado con mando de TV, mini-bar, secador de pelo, cortauñas eléctrico y microondas con grill, me recibe con un amabilísimo gruñido de bienvenida. Parece estar de resaca, y pienso que en las bolsas de sus ojos se podría meter mi compra de un mes en el Condis. Me mira de arriba abajo, casi despectivamente, se pasa la mano por encima del pelo, mira hacia atrás como si esperase que le atacase alguien, vuelve a clavarme su escrutadora mirada (mirada que no puedo aguantarle); llegados a este punto, he querido salir corriendo de allí unas setenta y ocho veces, pero tengo una misión y he de cumplirla. Decido ser abrumadoramente original y preguntarle por sus inicios en el mundo del cine. Al chasquea los dientes, aburrido, y entrecierra los ojos, rebuscando entre su memoria. Se remueve inquieto, y el ruido del sofá al aguantar las embestidas de Al me estremece. El Pacinómetro está en modo “Intensidad baja”:
-Pues, bueno, hijo, estudié con el jodido Lee Strasberg en el Actor’s Studio, un buen tipo, algo aburridote... ¿Alguien puede traerme un cappucino? Recuerdo el primer papel medio importante que hice, “Pánico en Needle Park”, en el que hacía de heroinómano; me lo pasé jodidamente bien. Recuerdo una anécdota con el director de fotografía que...
Me cuenta una historia sin puñetera gracia como si fuese la Madre de Todos los Chistes. De repente, cambia bruscamente la expresión de la cara: sus ojos se salen de las cuencas como si fuese la Máscara, abre los brazos como si quisiera abarcar con ellos el Partenón, esboza una aterradora sonrisa, y grita a todo pulmón algo así como “¡¡¡Huuuhaaargh!!!”. Se produce un pequeño temblor de tierra de 6.2 en la escala de Richter. Finaliza el relato con una carcajada apocalíptica. Me mira como pidiéndome otra inteligente pregunta a la que contestará lo que le venga en gana. Le pregunto por lo que significó la saga de “El Padrino” para él, al convertirle en una estrella de la noche a la mañana, y para la historia del cine.
-Hijo, aquello estuvo... bien... jodidamente bien...
Arrastra con esa voz rugosa, áspera, cada una de las seis palabras, como si cada una de ellas contuviera una sexta parte del secreto de la humanidad. Pero no me dice nada más: su media sonrisa de pícaro sabelotodo me dice que todo lo que hay que saber se encuentra en esa frase. Pos fale. Me decido a sacarle un poco de punta a la entrevista, ahora que parece que hay cierta química entre los dos, y que ha puesto el interruptor en “Intensidad media”: le pregunto por su decadencia en los años ochenta, en los que, excepto “Scarface”, no tuvo éxitos de relumbrón y sí críticas bastante duras. “GO TO HELL THE FUCKIN’ EIGHTIES!!!!” (el traductor ha ido a por tabaco, lo siento) es su respuesta, mientras observo asombrado un fenómeno meteorológico insólito: una tormenta eléctrica, con truenos incluidos, en un salón de té. Cambio perspicazmente de tercio, y dialogamos sobre los noventa: “Melodía de seducción”, “Frankie & Johnny”, “Glengarry Glenn Ross”, “Atrapado por su pasado”, “Heat” (cuando le inquiero por la famosa leyenda que cuenta que De Niro y él jamás compartieron plano en la escena de la cafetería, adopta la expresión comúnmente denominada “Tony Montana con los huevos hinchados”, torciendo salvajemente los labios. Mamá-miedo), “El abogado del diablo”, “El dilema”... Asiente con la cabeza, complacido, cuando le digo que esa es una gran época para él, trufada de buenas películas, proyectos moderadamente arriesgados y solventes interpretaciones coronadas con el Oscar por la que, sinceramente, creo que es la peor película de ese período: “Esencia de mujer”. Ay, la cagué.
-Guarda tu impertinencia para otro, hijo... Quizás tengas razón, pero, después de ocho nominaciones...¡¡¡necesitaba ese jodido Oscar!!! (se rompen tres ventanales debido a la vibración).
El interruptor está en “Intensidad jodida”, así que estoy a punto de llamar a un taxi para salir pitando, pero súbitamente aparece uno de los camareros para traerle el cappucino y todos los músculos de su rostro se destensan. Buen momento para hablar sobre la excelente película que dirigió, “Looking for Richard”, todo un tratado sobre Shakespeare y las obsesiones de los actores ante el llamado “mejor guionista de Hollywood”. Divagamos hacia los 2000, y conversamos sobre su tendencia a poner el Pacino Automático en posición “on” cuando la película que está rodando es alimenticia o no despierta su interés (“La prueba”, “Un domingo cualquiera”); creo que cuando le comento que “Relaciones confidenciales” es uno de sus papeles más injustamente desconocidos, me gano una brizna de su respeto: me regala un par de carcajadas de oso pardo. Una mirada inquisidora de uno de sus gorilas me insinúa que debería ir acabando. ¿Cómo te fue en “Ocean’s thirteen”, Al?
-Esos tipos son jodidamente divertidos, hijo. ¡¡¡UH-AH-UH!!! ¿Te acuerdas, L-Ron? (dirigiéndose a otro de los guardaespaldas. El cual no mueve ni un puñetero músculo).
Percibo un hálito de buen rollo, así que decido continuar con las coñitas, y le pregunto desenfadadamente: “Por cierto, Al, pescao, ¿cómo se te ocurrió meterte en una hedionda bosta de orangután como “Gigli”, juasjuasjuas?”
Lo siguiente que recuerdo es levantarme del contenedor de basuras de un McDonald’s, mientras veo alejarse, sacudiéndose las manos, a cuatro de los gorilones de Pacino. Me queda un largo viaje de vuelta y 16000 platos por delante. No importa: esta vez me lo he currado, y Alice la Directrice no tendrá más remedio que pagarme un extra. O sea, pagarme...
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DE NIÑA A MUJER



Ya hemos hablado en otras ocasiones de lo dura y difícil que es la adolescencia, sobre todo cuando se trata del típico “patito feo” del que todo el mundo se ríe.
Carrie es una chica normalita, que tiende a pasar desapercibida por su timidez, vive con su madre, que es una fanática religiosa, y sus sueños son los mismos que los de cualquier jovencita norteamericana:tener amigas, gustar al chico mas guapo del instituto (una cosa es no ser guapa y otra ser tonta), ser la reina del baile.... La primera menstruación le provocará un trauma, ya que cree que se está desangrando y sus compañeras se burlan de ella de una manera muy cruel.
Con estos elementos Brian de Palma dirigió una de sus películas mas conocidas, todo un éxito de taquilla, que puso de moda los finales tipo “susto-sopresa” y además sirvió para dar a conocer a un joven escritor, un tal Stephen King.
Desde luego hacía falta alguien capaz de ser sumamente frágil y vulnerable, pero al mismo tiempo terrorífica y vengativa para encarnar al personaje, y De Palma encontró a su Carrie ideal en Sissy Spaceck, que pasa por los estados de “patito feo”, “ Cenicienta en el baile” y “Bruja vengadora”, con toda la naturalidad del mundo. Es muy fácil identificarse con ella, todos nos hemos sentido desplazados e incomprendidos en nuestra juventud, y por eso nos alegramos cuando se venga de todos los que se han reído de ella... aunque se pase tres pueblos.
El personaje mas terrorífico es la madre de Carrie, una desquiciada Piper Laurie que sería capaz de encontrar párrafos pecaminosos en la misma Biblia (¿aunque los hay, no?) Su final la convierten en una versión en carne y hueso de un Cristo muy peculiar a quien rezaba Carrie.
Unos jovencísimos John Travolta y Nancy Allen (que repetirían con De Palma, en la infravalorada Blow out), una pareja totalmente egoista, de mucho sexo y poco seso, son los que, sin saberlo, provocarán la tragedia.
La mejor escena es la de la coronación, De Palma la rueda premeditadamente a cámara lenta, mostrándonos la alegría de Carrie, que parece estar viviendo un sueño y quiere disfrutar de cada segundo; sin cambiar el ritmo, la música es la que nos indica que algo va a pasar, tomando poco a poco tintes hitchockianos, hasta que llega el estallido de hemoglobina y la pantalla dividida made in De Palma para mostrarnos lo que sucede desde todos los ángulos. La imagen de Carrie totalmente ensangrentada y la expresión de sus enormes ojos, pasando de la sorpresa a la humillación y la ira son de las que hacen época.
La próxima vez tened cuidado con los patitos feos, ya que tal vez no se acaben transformando en cisne... ¿o no habéis visto Los pájaros?
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PIEL DE GORRIÓN





El cine, como todo lo demás, va por modas. Estas, como todas las demás, son efímeras. ¿Alguien se acuerda del “boom revitalizador del western” que hace unos 10-15 años significó “Bostez... bailando con lobos”? Nos permitió disfrutar de obras maestras del calibre de, por ejemplo, “Cuatro mujeres y un destino”. ¿Y los musicales? Después de “Moulin Rouge” y “Chicago”, cienes y cienes de proyectos de musicales salieron a la luz, se iba a filmar media producción de Broadway... ¿Alguien en su sano juicio ha visto “Los productores”? Y, en caso afirmativo, ¿ha mantenido dicho sano juicio después de verla? Ahora estamos en época de superhéroes comiqueros (NECESITÁBAMOS una película sobre “El motorista fantasma”) y biopics de músicos y cantantes populares. “Ray”, “En la cuerda floja”, “Beyond the sea”, “De-lovely” (personalmente, el proyecto que más simpático me ha resultado de todos)... Incluso en España nos ha atacado este virus, con cositas como “Camarón” o “Lola, la película” (protagonizada por una de las Papá Levante. Adoro este país). El denominador común de este tipo de proyectos es la fórmula de la historia tratada (inicios-ascenso-decadencia + pecados veniales – redención a través de la música) y el destacado trabajo de mimetismo de su protagonista principal, que suele ser extraordinariamente agradecido por las Academias del Mundo Mundial (¿akesí, Jamie?). Le gabachè cinèma no podía ser menos, y han tirado de grandieur: nada más y nada menos que Edith Piaf, el mayor mito musical de Francia. Casi nada. Eso sí, no se les ocurrió otra cosa que dejar tan solemne proyecto en manos de Olivier Dahan, el reciente perpetrador de semejante bosta vacuna titulada “Ríos de color púrpura 2: los ángeles del apocalipsis”. Para salir corriendo. Sin embargo...

Sin embargo, el tal Dahan ha conseguido realizar un más que decente trabajo con el incendiario material que tenía entre manos. “La vida en rosa” es la melodramática historia de una mujer definida y consagrada por su don. 140 minutos que pasan en un suspiro, con una excelente parte inicial, la cruda infancia de Edith Giovanna Gassion, pordiosera y criada en una “casa de mujeres que fuman”, en la que Dahan trata con agilidad y energía los primeros latigazos que la vida le asestó a Edith, combinados con una cierta felicidad al lado de Titine (sorprendente Emmanuelle Seigner), la puta-buen-corazón de turno. Abandonada y vuelta a recoger por su borracho y titiritero padre, el capítulo de la infancia de Edith finaliza con una asombrosa interpretación de “La marsellesa” a cargo de la niña Pauline Burlet en plena calle. Vuelan las monedas: Piaf Begins. A partir de aquí Dahan, a través de una estructura disgregada marca Iñárritu-Arriaga S.A. (se supone que al pairo de la volátil memoria de la Piaf en sus últimos momentos) no siempre bien manejada, va intercalando diversos highlights de la vida de Edith Piaf. Sus inicios con el gerente de cabaret Louis Leplée (un tal Depardieu), el asesinato del mismo, que revela sus oscuros tejemanejes y pone a Edith al pie de los caballos mediáticos, su aprendizaje con Raymond Asso (Marc Barbé), su primer éxito en el music-hall... Curiosamente, Dahan se salta la 2º Guerra Mundial, época en la que la Piaf se consagró definitivamente al convertirse en una especie de símbolo, “La vie en rose” incluida. Prefiere trasladarla a su aventura americana, y a la relación amorosa que más dramáticamente la marcó, la que mantuvo con el boxeador Marcel Cerdan; la onírica escena en la que descubre que Marcel ha fallecido al estrellarse el avión que los iba a reunir de nuevo en Nueva York es extraordinaria; aún así, a esas alturas a la película le falta fuelle, sin duda lastrada por los excesivos y en buena parte gratuitos saltos en el tiempo: la idea es buena, pero Dahan abusa de ella. Además, no se le ocurre otra cosa que esconder un aspecto importante de la vida personal de la Piaf hasta las postrimerías del film, sin explicación aparente. Sin embargo, al final vuelve a levantar el vuelo en un desenlace apoteósico, con una Edith Piaf que apenas puede contenerse en pie, lastrada por la enfermedad y los múltiples excesos, cantando en el Olympia de París la canción que resume a la perfección su vida y personalidad, “Non je ne regrette rien”. Me costó deshacer el nudo de mi garganta.

He dejado para el final a Marion Cotillard. Muy pocas veces he visto un recital interpretativo, a tantos niveles, de este calibre. Independientemente del esfuerzo de mimetismo con la mítica cantante, su escala de matices es interminable, la energía que desprende en cada plano, cada palabra, cada gesto, es prodigiosa; Marion es capaz de jugar con los registros, según la edad o la condición física de su personaje, hasta hacernos creer que la actriz que representa a la Edith veinteañera no es la misma que se arrastra a los cuarentaypico como si fuera una anciana ochentona. Absolutamente espectacular. Aunque hay que reconocer el gran trabajo de los maquilladores de la película: compárese, si ir más lejos, con la visualización del paso del tiempo en esos Matt Damon (basado en... los cambios de gafas) y Angelina Jolie (basado en... en...) de “El buen pastor”... En definitiva, Marion Cotillard, junto a la inquebrantable voz de la Piaf, conforma la pared maestra que sostiene este irregular pero estimulante film. Non, je ne regrette rien.

P.D.: ¿para cuándo un spanish biopic sobre una AUTÉNTICA estrella de aquí, tipo Pablo Abraira, Luixy Toledo, el Príncipe Gitano o Luis Aguilé?
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TRES ERAN TRES...



... como las hijas de Elena, pero eso de que ninguna era buena.... De este trío tan inesperado como distinto, lo que sí se puede decir es que cada uno era muy bueno en lo suyo, ya fuera actuando, cantando o dirigiendo. Señoras y señores, ni mas ni menos que James Stewart, Dean Martin y Orson Welles, demostrando que fueron unos adelantados a su época convirtiéndose en los primeros hombres metrosexuales de la historia. Vamos, ¿a quien queréis engañar? Mucho criticar a las mujeres cuando estamos en la peluquería pero vosotros sois iguales, revistas y rulos incluidos. Sin duda quien parece estar pasándoselo mejor de todos es Dino, aunque ya tenía que estar acostumbrando a las juergas de la rat pack... Claro que esas serían cosas de hombres ¿no?
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ENCAJE DE TELA DE ARAÑA



Veamos.... ya he hecho la cadeneta, ahora hago un punto alto, luego medio punto alto, un punto falso.... ¿Donde estábamos? ¡Ah si la película! No me imaginaba que el ganchillo fuera tan apasionante. En fin, dejaremos las labores para otro momento.
Somesert Maugham fue un escritor muy popular en su época y se llevaron al cine versiones de sus relatos como Lluvia, El filo de la navaja o La carta, que fueron grandes éxitos. En todas sus novelas siempre hay un enfrentamiento moral de unos personajes y un final sorprendente. Pasó al olvido, pero ahora se le ha rescatado (y con buena fortuna) en El velo pintado.
La carta fue una de las colaboraciones de William Wyler con Bette Davis, con tan buenos resultados como de costumbre.
No sé que les pasa a los occidentales cuando van a lugar exóticos que pierden la cabeza, sudan muchísimo y caen rendidos ante la sensualidad del mundo de los nativos (ya tengo idea de donde iré éste verano). Aquí tenemos a Leslie (Bette Davis) que vive en la plantación de su marido Robert (Herbert Marshall) en Malasia. Una noche de luna llena, Leslie sale de su casa disparando a un hombre, un amigo de su marido, Geoffrey. Cuando venga la policía ella explicará que fue en legítima defensa, ya que él intentó violarla.
Su abogado defensor, Howard (James Stephenson) se encuentra un grave problema cuando aparece una carta que indica que Leslie había invitado al fallecido, con lo que toda la versión se desmorona.
La película es una auténtica filigrana, toda una pieza de artesanía difícil de encontrar en la actualidad: las deslumbrantes escenas del principio y el final se complementan perfectamente, con la luna llena como testigo, ensombrecida en los momentos oportunos. Soberbia fotografía.
Todos los actores están muy bien, tanto Stephenson como Marshall (experto en hacer de marido sufrido de Bette),y Gale Sondargaard, en el papel de la viuda asiática del difunto, a pesar de no pronunciar ni una sola palabra con su presencia está imponente.
Y ahora pasemos a Bette, auténtico motor de la película sobre la que gira todo. Compone un personaje de una variedad de matices increíbles: del mismo modo que se pasa todo el tiempo haciendo febrilmente ganchillo, vamos viendo que ella está viviendo en una telaraña de mentiras, pero parece estar perfectamente acostumbrada a vivir con ellas, ocultando la verdad a todo el mundo, aunque no sabemos sus motivos hasta el final. ¿Qué es lo mas sorprendente, que su marido la perdone o que ella no quiera olvidar a su amante? Cuando la luna llena vuelva a aparecer, la cámara vuelve al interior de la casa para mostrarnos el chal de encaje de ganchillo, movido por el viento. THE END. Lo dicho, artesanía de la buena, a años luz de las películas de pantalla verde de la actualidad. Es como querer comparar la buena cocina con el fast food.
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¿MÁS CAFÉ?



Dijo un día Paul Schrader, ese exegeta de la interacción culpa-redención, y notable cinéfilo (todo coleguilla de Marty ha de llevar la cinefilia en la sangre y el pasaporte), que el cine negro falleció con “Sed de mal”, el ampuloso ejercicio de estilo de Orson Welles. Por supuesto, Schrader pecó de apocalíptico (“El silencio de un hombre”, “Chinatown”, “Doble cuerpo”, “Muerte entre las flores”, “Kiss kiss bang bang”, por citar una de cada década), pero estaba en lo cierto, si lo que quería señalar era que la gran época del cine negro finalizó con esa película. No se podía imaginar un personaje más retorcido y ambiguo que Hank Quinlan, no se podía jugar más con las sombras, los encuadres y las maldades. Welles, una vez más, había dicho la última palabra, y el género se plegó a las nuevas vanguardias, los realizadores procedentes de la TV y el flower-power, entre otras cosas. Pero sus constantes vitales nunca mueren, y miles de películas de distintas texturas han chapoteado, más o menos aplicadamente, en sus principios morales (¿o qué es, si no, “Blade Runner”, más que puro cine negro trasladado al futuro?). Curiosamente, siendo como era un género recalcitrantemente americano, uno de sus máximos exponentes fue el alemán Fritz Lang, que había llegado a los Yuesei después de haber recibido una irrechazable (no se podía rechazar. La opción B era hacer de cobaya del profesor Franz de Auswichtz, o algo así...) oferta de Goebbels (que debía estar de muy mal humor después de la huída de Pe) para dirigir los estudios alemanes UFA. La industria yanqui le “conminó amablemente” a ir abandonando esas ínfulas de autor que había mostrado en su periplo germano (“Metrópolis”, “M”), para integrarse en la maquinaria hollywoodiense que, en aquella época, exigía tiros, mujeres-fatal y polis adecuadamente corruptos, siempre alrededor de la frase que, seguramente, más se ha repetido en la historia de este imperecedero género cinematográfico: “¿quieres más whisky?”

Los sobornados” no es ni la peor ni la mejor película del sr. Lang circunscrita al género negro. Mi preferida es “La mujer del cuadro”, pero “Los sobornados” tiene algo de lo que carece esta: una escena clásica, una de esas que aparecen en cualquier documental-Canal-Historia que se precie, una de esas que pasan a los anales (espacio de texto libre para insertar chiste facilón y soez al respecto de “anales”) del cine. Hasta Almodóvar ha reconocido haber homenajeado esa escena en “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”... me refiero, claro está, a la escena en la que Vic Stone (Lee Marvin, el ídolo del sr. Rubio, supongo que por delicatessen como estas) le arroja sin miramientos una jarra de café hirviendo al rostro de Debby Marsh (Gloria Grahame: ¿alguien más le ve un parecido razonable con Annette Bening?), deviniendo esta acción en un punto de inflexión fundamental en el film. Hasta entonces, “Los sobornados” era la empedrada pugna del sargento de policía Dave Bannion (Glenn Ford) por vengar la muerte de su esposa tras iniciar una investigación que promete con destapar la corrupción enquistada en su departamento (y un poco más allá); una muerte, por cierto, filmada con enorme exquisitez: después de marear la perdiz con una agradable y repleta de merengue escena papá+mamá+adorable hijita, nos petrifica con una explosión fuera de plano que le borra a tito Glenn (y al espectador) la sonrisilla displicente que hasta entonces llevaba dibujada en el rictus... A partir de que Lee demuestra que no vale para camarero, el centro neurálgico de la narración se desdobla, siendo Debby y su propia venganza tan protagonista o más que Dave, hasta apropiarse de los aplausos y corazones del respetable al final del film. La dirección de Fritz Lang, en general, es extremadamente discreta, y apenas hay nada del contumaz expresionista de sus inicios alemanes, rémoras del cual se habían paseado por alguno de sus anteriores acercamientos al género (“Perversidad”, “La mujer del cuadro”). A excepción de alguna escena puntual (ese plano con la Grahame agarrada de las rodillas, en penumbra, al albor de la tenue luz que permiten las rendijas de una persiana), Lang se pasea de puntillas, de manera impecable (esas sombras inigualables del blanco y negro) por la cinta; su intención, según reconoció él mismo, era identificar al espectador con el sargento, por encima de otra cosa. Lang va ennegreciendo el relato progresivamente, casi sin que nos demos cuenta, entregándolo en manos de sus personajes. En este sentido, como ha quedado dicho, la triunfadora es Gloria Grahame, excelente actriz de extraña carrera, que recibe su merecido en forma de hiriente sentencia de tito Ford (lo siento, cada vez que le veo resuena en mi cabeza el “Put the blame on mame”), cuando trata de seducirle en una habitación de hotel: “Jamás tocaría nada de Vic Stone ni con una vara de diez metros” (espacio de texto libre para insertar chiste facilón y soez al respecto de la “vara de diez metros”). Vamos a ver, Glenn, tío... esto... tú tienes un problemilla con las mujeres, ¿no?
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EL MUNDO A SUS PIES



Imagina que eres un niño y un día te sacan de tu casa y te llevan a un lugar desconocido. Es un sitio enorme, lleno de soldados, mujeres de grandes pelucas lacadas, eunucos.... pero todos ellos se comportan como si fueran unos muñecos a tu disposición, dispuestos a complacer hasta en el mas mínimo de tus deseos. Estás en una gigantesca casa de juguetes. ¿No parece un sueño?
Así fue el inicio de la vida de Puyi, el último emperador de la China, con la que Bertolucci retomó de nuevo el género histórico de Novecento, aunque esta vez en lugar mucho mas exótico que su Italia natal.
Puyi vive en una jaula de oro de la que no puede escapar. La única referencia que tiene del mundo exterior es a través de su tutor, Reginald Jhonston, que le hace descubrir un montón de cosas que desconoce, haciendo que se vaya “occidentalizando” cada vez más: hoy la coleta fuera (ante los ojos aterrorizados de su corte), mañana unas gafas, pasado ya veremos. Pero aún así no tiene libertad total, y sus consejeros le imponen una esposa, un “vejestorio” de diecisiete años, cuando él habría querido alguien más joven que hablara inglés, francés y supiera bailar el charlestón (al menos no ha pedido que mida 90-60-90, ya es algo. Lo sé, lo sé, lo dejo). A propósito, alucinante la escena de la noche de bodas en la que unas manos parecen salidas de la nada para ir quitando la ropa a los recién casados; recuerda ligeramente otra escena en la que de niño el emperador jugaba en una habitación llena de gente que le tocaba a través de una tela, sin verle.
Pero los juegos no duran siempre, los japoneses le expulsan del país y tiene que vivir en el exilio; por fin puede viajar y hacer lo que le apetece, aunque esté mal visto que tenga mas de una esposa, pero está acostumbrado a hacer su voluntad, de modo que planeará para volver a ser emperador... y lo conseguirá, lo volverá a ser durante un tiempo, hasta que Mao y sus estudiantes del libro rojo le echen de nuevo, pero no al extranjero, sino a un campo de “adiestramiento” para que comprenda sus errores. “Antes te creías superior a todos y ahora te crees el peor de todos” le dice uno de los personajes.
Bertolucci en El último emperador no pudo rodearse de mejores especialistas que Vittorio Storaro para la fotografía, y Ruiyichi Sakamoto con David Byrne para la música. La mejor parte de la película es la primera, en la que se muestra la infancia del emperador y se usa el rojo para dar sensación de calidez, mientras que en la época maoista el color es un verde muy apagado y frío. La música se adapta perfectamente a cada etapa de la historia, y suena exótica y nostálgica cuando hace falta.
John Lone y Joan Chen componen una atractiva pareja, y sobre todo es impresionante el trabajo de Lone haciendo de anciano, su forma de caminar es totalmente convincente.
Peter O’Toole no tiene el mas mínimo problema de agenciarse toda escena en la que aparece, como tutor del emperador y único que comprende lo solo que se siente.
Yo fui emperador de la China” dice con nostalgia Puyi a un niño, al final de la película.
El final no puede ser mas desolador: la Ciudad Prohibida, el Palacio de la Suprema Armonía... todo ello invadido de guiris. Haber hecho una revolución para eso....
 
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