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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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TERMÓPILAS CON CLEMBUTEROL


Los departamentos de marketing. Sin duda, su cuota de poder ha aumentado de manera exponencial en las últimas tres décadas, y no sólo en el mundo del cine (y si no, explíquenselo a Florentino Pérez). Desde que tito Lucas inventara el concepto del merchandising con “Star Wars”, gracias al cual desde entonces forra las alfombrillas del baño con billetes de cien dólares, los llamados departamentos creativos han ido tomando un papel primordial en la pre/postproducción cinematográfica, hasta, en algunos casos, tomarle la delantera a la mismísima obra de arte (si entendemos por obra de arte, pongamos por caso, “Serpientes en un avión”). Dentro de estos parámetros, ha tomado capital importancia el avance en modo-goteo de los filmes venideros: teaser, teaser trailer, trailer uno, trailer tv, trailer definitivo, trailer internacional… Montados a velocidad sincopada, su intención es ponerte los dientes largos y las uñas carcomidas. Por desgracia, cada vez más a menudo se tiende, no sólo a destripar la película en esos escasos dos minutos (ver los de Spider-man 2 y 3), sino a gastar todas sus mejores balas en ese trailer: así, cuando vas al cine, te encuentras con que lo mejor del film… ya lo habías visto. Puede que sea injusto aplicar esta generalización a “300”, pero lo cierto es que la sensación final es que el trailer (en el que, en el colmo de los colmos de los anteriormente expuesto, nos han colado un fotograma de la próxima película de su director, “Watchmen”, que apenas está en preproducción...) es mucho mejor que la película, en la que ni siquiera podemos disfrutar del tema de Nine Inch Nails que lo preside…

Como todo el mundo sabe, “300”, de Zach Snyder (autor de la extraordinaria “El amanecer de los muertos”), se basa en el cómic de Frank Miller, uno de los “guionistas” más prolíficos de Hollywood en los últimos años. El film, al igual que “Sin City”, es una especie de fotocopia del cómic; el problema, como de costumbre, es que un cómic no se puede fotocopiar en celuloide (o en digital, que para el caso es lo mismo), los latidos de su esencia no son los mismos: el celuloide se agrieta, se vence. Antes de que la Comunidad Frikimiller me arranque los pezoncillos con cutter y sin anestesia, pueda dar fe (y la doy) de que la película es entretenida y fastuosamente espectacular. Buena parte de las imágenes son extraordinariamente bellas, la fotografía (si es que se le puede llamar así, habiéndose filmado toda en pantalla verde) es abrumadora, y las batallas, aunque pelín reiterativas, conllevan la necesaria heroica. El argumento, en esencia, es simple como el mecanismo de un cortaúñas, y las escenas de entreguerra (que no se encuentran en el cómic), en particular las que ocurren en Esparta con la reina mientras Leónidas y su chusma aguantan los envites de los persas, carecen absolutamente de interés. Particularmente (abro la minisección de autor “Marcbranches a corazón abierto”), la épica bélica milleriana (muy oriental, en realidad: y si no, pásense por “Cartas de Iwo Jima”) me la refanfinfla, me es imposible identificarme con ella, lo que hace que, bajo mi punto de vista, Leónidas & friends no sean más que una sarta de tarados que, si viviesen en el siglo XXI, se dedicarían a vestir cazadoras cargadas de C4 en los autobuses… (cierro la minisección de autor “Marcbranches-etc.”). En cuanto a las interpretaciones, poco hay que decir; si acaso, que Gerard Butler, aparte de mostrar un trabajo de gimnasio impecable, se deja las cuerdas vocales berreando una y otra vez las arengas “bigger-than-life” a sus hombres; los demás, aparte de la pobre Lena Headey, esa delicada flor rodeada de mastuerzos, se limitan a poner cara de estreñimiento, tensar sus anabolizados músculos y repartir fostiones a todo bichardo que se les cruza por delante (de Rodrigo Santoro poniéndole percha a ese Jerjes locaza-piercing recién salido del Love Parade mejor no hablo…).

Hay varias críticas que se la han hecho al filme que parten directamente del cómic, y de las que por tanto habría (y utilizo el condicional) que hacer responsable a Frank Miller, la más polémica (en Irán han prohibido la película) es la que se refiere a su rigor histórico, y al maniqueísmo de mostrar a los persas como los malos/malosos de la historia, y a los griegos como los güenecitos. Lo cierto es que Miller (de quien no se puede negar cierta ideología “difusa” en su obra) nunca ha tenido la más mínima intención de ser riguroso: se saltó, entre otras cosas, la “moda” de la época porque no le parecía acorde con el tono del cómic, y de ahí la mínima vestimenta de los soldados, que le da a la película un tono (¿in?)voluntariamente homoerótico; supongo que, por otra parte, nadie habrá creído que los persas tenían gigantes desdentados de tres metros, elefantes tamaño XXL o cabras flautistas (no he fumado nada, las hay) en nómina… Hay que tomarse la historia (la de Miller, no la de Herodoto) como lo que es: una leyenda, hiperbolizada por el boca a boca entre generaciones, contada a un niño de cinco años… Quizás el problema estribe en que nos tratan a los espectadores como tales. Las cifras de taquilla demuestran que nos lo merecemos.
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SIN LA MENOR DUDA



Efectivamente, por mucho que diga "Lo dudo" Antonio Banderas, ésta es sin duda una de las mejores escenas de Almodóvar, de las que te hacen poner los pelos de punta, la de La ley del deseo con Banderas (que nunca estuvo mejor) cantándole a Eusebio Poncela la canción de Los Panchos, sabiendo que esa será su última noche, mientras en la calle la policía y Tina (Carmen Maura) esperan, temiendo el peor de los desenlaces. Pasión a flor de piel, llevada hasta sus últimas consecuencias. Como dice otro bolero, ¡Ay, amor, no me quieras tanto!, pero la ley del deseo es así: o todo o nada.

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EL VALS DEL CAMBIO


“Fuimos los leopardos, los leones; los que ocuparán nuestro lugar serán chacales y ovejas, y todos ellos –leopardos, leones, chacales y ovejas- seguirán creyéndose la sal de la tierra”
Ya estaba tardando en hablar de ella. Poquísimas veces un director se ha identificado tanto con una novela como Visconti con El gatopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa. El aristócrata milanés conocía a la perfección el mundo que retrata el escritor, y mantenía una relación de amor/odio con él; debido a sus gustos y su ideología comunista.
El principe de Fabrizio de Salina (Burt Lancaster) es un tanto “peculiar”, sabe que está viviendo un momento de cambios y que su clase va a desaparecer, hasta es capaz de verlo con una cierta ironía y se permite el lujo de dar dinero a los que luchan contra los suyos, porque sabe que el cambio es irremediable. El ama su mundo, ir de cacería, hablar de sus infidelidades con su sacerdote fuera del confesionario; a su mujer y a sus hijos (a su manera), aunque le gustaría que tuvieran algo mas de espíritu y empuje, como su sobrino Tancredi. Pero sabe que ese mundo ya ha perdido su sentido, tan sólo se ha quedado en las formas; ahora viene otra clase, mucho mas vulgar, pero capaz de hacer fortuna con sus propias manos (algo que ellos habrían considerado una ordinariez) y con tremendas ganas de poder. No pudo haber mejor elección que la de Burt Lancaster para hacer de príncipe (no, ciertos hombres no tuvieron razón), consiguiendo una de sus interpretaciones mas recordadas; si de joven había sido un acróbata de sonrisa imperturbable y cuerpo espectacular, la madurez le dio la majestuosidad de una escultura de Miguel Angel.
Tancredi (Alain Delon) es el ojo derecho de su tío; sinverguenza, mujeriego, capaz de estar siempre al lado de los vencedores, saldrá de la guerra tan sólo con una favorecedora cicatriz que le permitirá presumir de héroe, pero no dudará en dejar enseguida a los garibaldinos a la primera oportunidad. Se siente atraído por Angélica (Claudia Cardinale), aunque no menos por su dinero; además, ¿a quien le amarga un dulce?, Claudia nunca estuvo mas terrenal. Para que luego digan que en Europa no había parejas capaces de competir con el glamour de las americanas.
La lujosísima ambientación, cuidada hasta el mas mínimo detalle (como no podía ser de otra manera con Visconti) nos muestran la belleza de ese mundo que está acabando, en la que los Salina eran auténticos dioses: es muy reveladora la llegada de la familia a Donnafugata, cuando están en la iglesia sentados, cubiertos de polvo, como si fueran estatuas. Lo mismo puede decirse del impresionante vestuario de Piero Tosi o de la banda sonora de Nino Rotta.
La escena del baile, de 45 minutos, es una auténtica maravilla y sirve para mostrar el cambio de poder de una clase a otra. Mientras el príncipe observa un cuadro que refleja a un moribundo, presintiendo su propia muerte, la multitud baila despreocupadamente, ajena al fuerte olor de los orinales que proviene de otra habitación. Es el momento de hacer el cambio, para que todo siga igual, y no puede haber mejor símbolo de ello que el vals que bailan el príncipe y Angélica: vejez y juventud, decadencia y belleza, aristocracia y burguesía, durante unos minutos se deslizan armoniosamente ante la mirada de todos. ¿Conformismo? No, un tremendo pesimismo. Aún así, el príncipe todavía es capaz de arrodillarse y rezar ante las estrellas, al igual que nosotros no podemos menos que arrodillarnos ante esta obra maestra. Grazie mile, maestro.
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SI ME TOCAS, TE MATO


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Esa es la cantidad exacta de veces que se dice la palabra “fuck” (incluyendo derivados) que, según un “sesudo” estudio (que debe de hacerse en el mismo laboratorio en el que se cuentan los “millones” de L-casei immunitas que se encuentran en un Actimel), se puede disfrutar en “El último boy scout”, quizás el gran referente del cine de acción de los 90, por encima de “Arma letal” o “La jungla de cristal”, filmes con más taquillaje pero, desde luego, menos desvergüenza. En su momento, el guión del cachondón y cotizadísimo Shane Black (que venía de escribir las dos primeras partes de “Arma letal”) se convirtió en el más caro de la historia. Posteriormente, aparte de acreditarse en los guiones de las otras dos secuelas, Black escribió cosas como “El último gran héroe” o “Memoria letal” (“The long kiss goodnight” en inglés...zdjrfydhzxs traductores... ¿dónde hay una policía o algo?), en las que dejó clara su tendencia al diálogo socarrón y macarrosexual, y al héroe pendenciero-pero-de-buen-corazón; en 2005 por fin se decidió a dirigir, y sorprendió al respetable con una excelente pieza de cine negro, “Kiss kiss bang bang” (niños, al videoclub a cogerla pero ya). Si combinamos a este guionista con un director del calibre de Tony Scott, con truños del calibre de “Top gun” y “Días de trueno” a sus espaldas, pero también la reivindicable “Revenge”, con su fascinación por el ralentí y las cortinas; y con el gran referente del cine de acción chulopo, tito Bruce, la única combinación posible era “El último boy scout”.

Que quede claro: “El último boy scout” no es una buena película. Por lo menos en el sentido fría y meramente artístico de la definición. El guión pisotea los lugares comunes del género (detective duro y bueno, colega-chistecitos, jefe cabreado), es previsible y fascistoide como ella sola, los personajes no se aguantan de pie (ojo a la inenarrable escena en la que Jim Dix lloriquea delante de la foto de Halle Berry...), los flashbacks son tan abundantes como innecesarios, y las escenas de reposo abrigan los tics habituales del peor Tony Scott, quien, sabe Dios por qué, no puede vivir sin una cama con cortina transparente, un plano angulado, un ralentí inoportuno y un ventilador colgante a velocidad media. Además de albergar una fetichista pasión por el color “azul difuminado”... Sin embargo, la película es endemoniadamente entretenida: apenas hay respiro para el espectador, las escenas de acción son desopilantemente inverosímiles (el partido inicial, con disparos y suicidios en pleno campo; el coche en la piscina; toda la escena final, con Damon Wayans a caballo y el bailecito de tito Bruce. Puro cine costumbrista), y es imposible no encariñarse de los malhablados y rudos personajes que pueblan la cinta. Joe Hallembeck, el protagonista, es un John McLane alcoholizado, un detective áspero como lija del quince, malcasado y con una hija casi tan malhablada como él, al que interpreta un Bruce Willis, digamos, ahorrativo en gestos y que se limita a mantener durante toda la cinta cara de estar oliendo una boñiga de vaca; su gran performance es la de “si me tocas, te mato”, ya en los anales de la historia del cine de arte y ensayo. Jim Dix (Damon Wayans) es la horma de su zapato, futbolista (americano, nada de porterías con redes) acabado y cocainómano en proceso de redención, que ya en la primera escena demuestra lo buena persona que es, rompiéndole la nariz a un compañero de un balonazo. Ambos forman una buddy-pareja en los límites de la convención del subgénero, exhalando celestiales niveles de química, que en yuxtaposición con el resto de personajes dejan varias líneas de diálogo para la historia:

-“¿A dónde vas?” –“Al baño, ¿quieres venir? El médico me ha dicho que no levante cosas pesadas.”
-“La dejas maquillarse tanto que parece una puta cebra” (Hallembeck hablando con embriagadora ternura de su hija).
-“Por una vez me gustaría oirte gritar” –“Pues ponme un rap”.
-“O te rindes, o le demuestro a tu hija lo hombre que soy”. La niña tiene trece años...
-“Que te follen”. Con esta conmovedora y romántica frase, al final del film, la mujer de Hallembeck (quien, como tiene un corazón de oro, le ha perdonado que se acostara con su mejor amigo) se lanza llorosa y emocionada a sus brazos. No es para menos.

Y dejo para el final, precisamente, la última sentencia justo antes de los créditos, que denota a las claras el carácter autoparódico del largometraje de Scott, y que define a la perfección la época fílmica en la que nos encontrábamos: “Esto son los 90, tío, tienes que decir algo chulo antes de matar a un tío”. Amén.
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LOCURA CABALGANDO EN FAMILIA



Que si Capra es blandengue, patriotero, capaz de hacernos soltar la lagrimilla (como si eso fuera malo)..., pero también demostró que podía hacer una comedia negra, perfecta para ver el día de Halloween, del mismo modo que ¡Que bello es vivir! nos indica que ya estamos en Navidad.
Arsénico por compasión es una deliciosa comedia, en la que unas adorables ancianitas resultan ser unas asesinas que ríete tu de Hannibal Lecter (¿os suena el nombre?), doce muertos ni mas ni menos tienen escondidos, como quien colecciona teteras de porcelana que se venden en los quioscos; afortunadamente tienen la ayuda de un sobrino que se cree el presidente Theodore Roosvelt y entierra todos sus muertos en “el canal de Panamá”, el problema viene cuando otro sobrino, Mortimer (Cary Grant), un escritor famoso por estar en contra del matrimonio, descubra todo. Él no comprende que sus encantadoras tías lo han hecho con la mejor intención del mundo (es un chico raro, la oveja negra de la familia, por eso no ha conseguido casarse... claro que con esa cara ¿como iba a encontrar novia?).
Las cosas se complican mas todavía cuando el hermano de Mortimer, Johny, un peligroso asesino, vuelva a casa, sin ser Navidad, acompañado de un siniestro doctor y con otro muerto de regalo.
Las maravillosas ancianitas Abby y Martha (Josephine Hull y Jean Adair), de aspecto victoriano, que disfrutan tanto asesinando como con los preparativos de los funerales y son un tanto exigentes a la hora de elegir sus víctimas, son irresistibles. Propongo una partida de canasta con ellas, la Sra. Wilberforce de El quinteto de la muerte y la madre y tía de Marcelino de Maribel y la extraña familia, todas se entenderían a la perfección alrededor de una mesa tomando una taza de te.
Johny (Raymond Massey), a pesar de ser uno de los criminales mas buscados y tener la cara de Boris Karloff, tiene el mismo número de víctimas que sus tías. ¡Ay, si James Dean levantara la cabeza y viera como ha acabado su papi!
El siempre inquietante Peter Lorre interpreta al doctor Einstein, compañero y cirujano plástico particular de Johny, aunque de gustos un poco dudosos a la hora de elegir modelos para las caras. No hay problema, siempre le queda el remedio de trabajar para Michael Jackson.
Y, por supuesto, está Cary. Es cierto que su interpretación puede parecer exagerada, pero resulta totalmente efectiva; salta, relincha y sus ojos se le salen de las órbitas con todo el entusiasmo del mundo. No hay mas que ver toda la escena en que es atado y amordazado a una silla para apreciar que sus caras no tienen precio.
Detalles como el taxista eternamente esperando son los que distinguen a la comedia de la época dorada y su frase final es el remate perfecto a la historia.
Siendo una comedia, no puede acabar mal, de modo que Mortimer se irá a las cataratas del Niagara con su esposa, Johny pagará por sus crímenes (¿qué mas da si doce o veinticuatro? tampoco hay que ser tiquismiquis), y las hermanas Brewster se marcharán con Teddy a Happy day, donde hay muchas escaleras para que Teddy pueda entonar su “caaaarguen!”... Aunque ahora que lo pienso, ¿todo esto es un final feliz?
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¿TRIPAS DENTRO O TRIPAS FUERA?


Déjame que lo piense unos momentos, Hannibal, tío... tanta prisa-tanta prisa...

Pocos éxitos tan seguros como “Hannibal” ha habido en la historia del cine. Desde que se publicitó que Thomas Harris estaba preparando la secuela de “El silencio de los corderos”, la marea de expectación y baba que inundó las comisuras de las boquillas cinéfilas daba para crear otro Mediterráneo. Ni siquiera las decepciones que resultaron las bajas de Jonathan Demme y, muy especialmente, Jodie Foster, consiguieron apagar el entusiasmo. Anthony Hopkins seguía dentro, él era el único irreemplazable, así que, a llorar las bajas y a buscar sustitutos en el banquillo. Para el sr. Demme, una apuesta segura que complació incluso a los frikis más prosélitos: Ridley Scott, recién resurgido de las cenizas-fénix con “Gladiator”. Para Jodie Foster el asunto era mucho más arduo, y después de barajar a medio Hollywood (lo reconozco, mi favorita era Gillian Anderson: estaba en pleno enganche “Expediente X”), la elegida fue Julianne Moore, con un prestigio a prueba de fundamentalistas. La película tuvo una entrada triunfal en taquilla, pero dejó regustos agridulces entre la crítica y el público. Echémosle un vistazo al menú.

Es indudable que “Hannibal” es una película con voz propia, muy alejada formalmente de “El silencio de los corderos”. Allí donde la primera es áspera, arrebatada y vibrante, incluso en sus pausas, su secuela adopta desde los títulos de crédito (excelentes) el papel de espectadora de liceo, tomándose su tiempo para cada escena, cada diálogo, muy consciente de su propia minuciosidad. No es para menos: el equipo médico está formado por cirujanos de solvencia tales como David Mamet y Steven Zaillian al guión (que sacan el mejor partido posible de la mediocre novela de Harris) o Hans Zimmer a la partitura (con colaboraciones de Patrick Cassidy y la constante presencia de unos muchachuelos llamados Bach y Strauss). La dirección de Ridley Scott es fría y elegante, destacando sobremanera el episodio florentino por la belleza de su fotografía, y la brillantez de algunas escenas: véase el discreto asesinato de Gnocco (Enrico lo Verso) en plena calle, o la escena plena de tensión en la que Pazzi (Giancarlo Gianini) va a la biblioteca a buscar las maletas, donde todos nos tememos lo peor al ver al doctor calzándose unos guantes... Las interpretaciones van desde el “muy bien” hasta el “extraordinario”. ¿Qué es, por tanto, lo que falla? En primer lugar, la base literaria, como ya ha quedado dicho. La novela no es buena, es excesivamente autorreferencial, y cae en el ridículo más espantoso en algunas ocasiones (¿cerdos gigantes? amos-anda...); convierte a Hannibal en una especie de superhéroe cultural capaz de hablar italiano medieval sin acento; el villano, Mason Verger (en el film un Gary Oldman primo de "El hombre elefante") (interpretado, precisamente, por... dos gallifantes para el que acierte), es casi de opereta, y se refocila en un final esperpéntico que, por fortuna, se altera radicalmente en el film. Curiosamente, una de sus virtudes, la profundización en la evolución del carácter de Clarisse (arisca, violenta, escéptica, descreída) se ve recortada en su versión cinematográfica, en favor de su obsesión por Hannibal y por hacer lo correcto. Por otro lado, aunque Julianne Moore realiza una notable interpretación (nada nuevo bajo el sol), la química con Hopkins no es la misma, por fuerza, y eso repercute en la credibilidad del filme: a veces, la química son sólo matemáticas, y Hopkins + Foster = infinito... De todas maneras, si despojamos la cinta de todo el peso muerto de sus condicionantes, resulta una muy estimable pieza de cámara, con un aire refinado y aristocrático, incluso en las escenas más sangrientas, muy adecuado, y en la que se nos muestra a un Hannibal más urbano y hedonista, disfrutando de los pequeños placeres de la vida, que incluyen el retorno a la compañía de Bin Laden en la lista de los 10 más buscados por el FBI, o la lectura precisa y quirúrgica de las flaquezas de la innoble chusma: de inmediato detecta que la debilidad de Pazzi es su mujer, o que la de Cornell es la esclavitud a la que le somete Mason Verger. En cuanto a la polémica y psicotrópica “última cena”, sólo decir que es una de las escenas más atrevidas que jamás se hayan mostrado en una película mainstream; y que la resolución de la relación Hannibal-Clarisse me parece mucho más coherente que la propuesta por el libro. El epílogo en el avión, con Hannibal (quien, a fin de cuentas, no es más que otra reencarnación del Diablo, ofreciendo su manzana de seducción a Clarisse y a los espectadores) instruyendo divertido a un futuro acólito, no hace más que (aparte de mostrar el sacrificio realizado) apuntalar el espíritu libre y desprejuiciado del monstruo, listo para esparcir la semilla del mal allá donde la comida sea más apetecible.

Como no podía ser de otra manera, había que estirar el chicle, y se hizo uno con inane sabor a “Dragón rojo” (innecesario remake de la deliciosamente ochentera “Manhunter”, en la que el doctor se apellidaba Lektor); la precuela que ahora puebla nuestras pantallas, “Hannibal, el origen del mal”, es igualmente fútil y sacacuartos, pero nos ayuda a recordar a Hannibal “el caníbal” Lecter como uno de los villanos cinematográficos más icónicos de la historia, quizás a la vera de cierto enmascarado con pinta de enterrador y respirador incorporado... Me apetece un buen hígado con alubias y chianti. ¿Dónde hay un McLecter?
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LA MADRE DE LOS CORDEROS



Aprovechando el estreno de Hannibal, el origen del mal, vamos a hablar de uno de los personajes mas carismáticos y fascinantes que ha dado el cine de los últimos años: el doctor Hannibal Lecter.
Con El silencio de los corderos se puso de moda el psycho killer inteligente y retorcido que se ha repetido hasta la saciedad, ya que ahora parece que es imposible que no haya mas que asesinos en serie con un coeficiente intelectual superior a 200 (Caín, eres un pringao), aunque también se ha parodiado infinidad de veces, como en la escena que comentó mi compañero de Clerks 2. Ninguna película de terror había conseguido un Oscar a la mejor película, y no sólo eso, también los de mejor actor y actriz, todo un trío de ases totalmente inusual, teniendo en cuenta su ambientación morbosa y enfermiza, cercana al gore (aunque tenga cierta inquietante belleza como la del cadáver colgado como un ángel), pero que supo poner de acuerdo a crítica y público.
Con la idea de que “hace falta a un loco para atrapar a un loco”, el FBI manda a la agente especial Clarice Sterling (Jodie Foster) a una cárcel de alta seguridad para ver si consigue sacar información a Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) acerca de un antiguo paciente suyo, un asesino llamado Buffalo Bill.
La relación entre la policía y el preso será muy especial; hay una especie de atracción mutua, amor/ odio, que se refleja perfectamente en la escena en que el doctor le roza con un dedo, terrorífica y erótica a partes iguales; él sabe encontrar perfectamente los puntos débiles de ella: su inseguridad, sus temores... La interpretación de Anthony Hopkins es tan hipnótica, con esos primerísimos planos de su penetrante mirada sin parpadear nunca, que nos hacen olvidar que apenas aparece un cuarto de hora en toda la película; su presencia es tan poderosa que perdura mientras no está. Hopkins dice que se inspiró en los reptiles para su manera de moverse y mirar, y en Truman Capote y Katharine Hepburn para la voz. Explosiva mezcla. Hannibal es capaz de conocer hasta los mas íntimos detalles de cualquier persona tan sólo por su olor, sabe que tiene una inteligencia privilegiada y por eso desprecia al resto de la gente, pero tiene un refinadísimo gusto estético y un retorcido sentido de humor que le hacen muy atractivo... y por supuesto, es todo un gourmet. Para un actorazo como Hopkins interpretar a un papel así fue coser y cantar y consiguió no encasillarse en el personaje, que tuvo consecuencias como que durante bastante tiempo los camareros le gastaran la bromita de servirle hígado crudo.
Jodie Foster consigue estar al nivel de Hopkins; la química entre los dos es excelente, creando tensión como en la memorable escena de su primera entrevista.. Demme nos la muestra constantemente rodeada de hombres, mucho mas altos que ella, para destacar lo desplazada que se siente en un mundo masculino. Pero Clarice es lista, y ese es uno de los motivos por los que le gusta al doctor, por fin tiene un rival que no es un insulto para su superioridad.
Quid pro quo, hay un asesino dentro y otro fuera ¿justicia poética?
Como curiosidad, tanto Melanie Griffith, como Michelle Pfeiffer y Jodie Foster tuvieron que oscurecerse el pelo al trabajar con Demme. Por lo visto a él le gustan morenas, y el rodaje no fue tan angustioso como podría parecer al ver la película, aquí podéis ver unas cuantas tomas falsas.
Me voy que tengo cena con un amigo, y espero ser el postre.
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CICLISMO DE POSTGUERRA



Mi primer contacto con el neorrealismo italiano, como el de la mayoría de conciudadanos de generación ochentista, fue... Marco. No, no le he puesto orujo al Cola-Cao. Aparte de la perenne sucesión de chistecitos que tuve la oportunidad de sufrir por culpa de la serie (“¿dónde te has dejado a Amedio?” fue uno de los más exitosos, aparte de que me han cantado el hit “No te vayas mamá/ no te vayas de aquí” unas chorrocientas veces), “Marco” fue una de las series de dibujos animados que, como a todos, se nos ha quedado grabada a fuego en nuestra memoria infantil. Como suele ocurrir, cuando conocemos la noticia de su reposición en algún canal de TV de media-baja estofa, convencemos a nuestro sentido del ridículo y, aunque sea a escondidas, nos ponemos a verla, arriesgando el más que seguro sentimiento de decepción que nos acecha, al descubrir que ya no somos unos niños. Eso me pasó con “Marco”, pero curiosamente me di cuenta que lo que más había perdurado en mi memoria fueron los episodios iniciales genoveses, con las penurias económicas de la familia Rossi, los esfuerzos laborales de la familia, incluido el pequeño Marco, el retrato de una ciudad empobrecida y el drama del paro y la emigración. ¿A alguien le suena la temática? En el neorrealismo italiano, movimiento cinematográfico surgido en la segunda postguerra que se caracterizó por situar el foco en la problemática social de los sectores desfavorecidos y por la austeridad expositiva y de medios, la mirada infantil fue repetidamente utilizada por los directores (Rossellini, Visconti, de Sica) para oponer un punto de vista inocente y con perspectiva de inclemente futuro a la realidad que nos presentaban. Bruno, el hijo del protagonista de “El ladrón de bicicletas”, fue uno de esos niños.

“El ladrón de bicicletas” es uno de los indiscutibles referentes del neorrealismo italiano, parido por dos de sus ideólogos, el director Vittorio de Sica y su guionista de cámara Cesare Zavattini, y nos cuenta la nimia (pero tan grande como la misma vida) historia de un padre de familia, junto a su hijo, a la búsqueda de una bicicleta robada que necesita para mantener el empleo que por fin ha conseguido después de mucho esfuerzo. Ya la primera escena del film nos sitúa sin alharacas ni ornamentos en el meollo de la cuestión: una densa cola (de Sica nos muestra colas en las casa de empeños, en los autobuses, en las iglesias, en la casa de la vidente; la gente ha de salir a la calle a buscar lo que no tiene en casa: comida, dinero, fe y esperanza) en la oficina del paro, de la que se destaca Antonio Ricci, que consigue un trabajo de pegador de carteles (de cine: el primero que pega es de “Gilda”, todo un guiño malévolo a la ampulosidad del cine hollywoodiense) con la condición de poseer una bicicleta. Como el hombre la había empeñado, su mujer ha de vender las sábanas de las camas para desempeñarla. A la salida de la casa de empeños, Antonio, ilusionado, levanta a su mujer en hombros para que vea por la ventana, desde fuera, las oficinas de su nuevo trabajo; pero las ventanas se cierran. Toda una metáfora. A pesar del fresco que de Sica plasma de la Roma postfascista, a través de una estética plagada de barracones, desconchados en la pared, chaquetas roídas y barro en los zapatos, el tono inicial del largometraje es amable, casi de cuento, de familia feliz y unida, esperanzada por el bosquejo de tiempos mejores que significa tener un trabajo. A partir del robo de la bicicleta, poco a poco la atmósfera se va tornando más opresiva, a medida que la búsqueda de Antonio (siempre con su hijo a la vera) se va tornando infructuosa y desesperanzada. Así, mientras el director va dejando continuas pinceladas de la realidad italiana del momento (la escena del restaurante dibuja a la perfección la profunda diferencia de clases, algo que Antonio quiere que presencie su hijo), el relato se despoja de su disfraz moral para así dejar desnuda la problemática realidad del momento, que obliga a Antonio a romper sus principios y a poner en peligro el mito paternal que hasta el momento era para su hijo Bruno. La escena final, con padre e hijo sumergiéndose, apesadumbrados, en la muchedumbre romana, cierra de manera sublime un film capital para entender la historia, no sólo del cine, sino de la propia Italia. Es necesario destacar el trabajo actoral de los actores del filme, ninguno profesional, que materializan a la perfección lo que necesita el maestro de Sica: en concreto, la química de miradas entre Antonio (Lamberto Maggiorani, obrero en la vida real) y Bruno (Enzo Staiola, al que escogieron por... su manera de caminar) es extraordinaria, hay mucho más verismo en ellos que en muchos robots salidos de la escuela Strasberg.

Por supuesto y desgracia, para ver cine social minimalista de esta envergadura hoy en día, es necesario irse a Irán o Pakistán, o retroceder una década y acercarse al cine de Zhang Yimou. En Yuesei hablan de zapatos Manolo Blahnick, y en Europa... ¿De qué hablamos en Europa?
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HAY UN CHICO NUEVO EN LA OFICINA



A ver, que pase el siguiente.... Esto de hacer castings parecía mas divertido en Operación Triunfo. ¿Cómo dices que se llama? ¿Blando? No, hombre, no; necesitamos a alguien duro, a un rebelde sin causa; alguien capaz de interpretar a un gangster o a un militar loco. ¿Que el chico tiene estudios? Y a mí qué... Hombre, el chico es guapo y no resulta mal en la pantalla ¿pero sabrá actuar? Mejor llamamos a James Dean.
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ACÉRCATE MAS



¡Qué complicado es el amor! Crees que estás enamorado de una persona, y que es el amor de tu vida, cuando aparece otra y ¡zas! se acabó lo que se daba, si te he visto no me acuerdo, aunque no puedas evitar sentir algún que otro cosquilleo al ver a la anterior pareja. Pero ¿cuanto tiempo durará esto? ¿será realmente la relación definitiva? ¿Porqué no escriben un manual? Retiro lo dicho, que está Manuale d’amore (1 y 2).¿O tal vez es que me tocaría repetir curso?.
Closer comienza con la canción The blowers daugther, mientras Natalie Portman y Jude Law van por la calle, cada uno en sentido contrario; se ven, se miran, se sonrien... ¡flechazo!, y es que cierto lo que dice la canción “no puedo apartar los ojos de ti”, con su pelo de color, su sonrisa y sus ojos, esta chica sigue siendo una Lolita rompecorazones. Desde que Alice (Natalie) se encuentre con Dan (Jude) no podrán separarse.
Pero pasa el tiempo, Dan conoce a una fotógrafa llamada Anna (Julia Roberts), y ésta conoce a un doctor llamado Larry (Clive Owen). A partir de aquí los cambios de pareja son constantes; ahora te quiero, ahora no te quiero, ahora te vuelvo a querer.
El reparto ya es suficientemente atractivo (en todos los aspectos) como para justificar la visión de la película , y la verdad es que todos están muy bien, aunque los que roban la función son Clive Owen y Natalie Portman.
Escenas para el recuerdo:
- la charla por internet entre Owen y Law (ay, ay, ay , los riesgos del cibersexo); un tanto arrriesgado rodar una escena tan alargada sin diálogos hablados, basándose en lo que escriben en el ordenador.
- la ruptura de Owen y Roberts: dura y cruda ¿quien dice que tengan que ser civilizadas y lacrimógenas? sacan lo peor de nosotros mismos.
- y –sobre todo- toda la escena de Owen y Portman en un local de strip-tease, que tiene algunos de los mejores diálogos de la película, donde Alice desnuda su cuerpo mientras Larry desnuda su alma. Soberbios los dos e inolvidable ella con su peluca rosa y sus “gracias”. Aunque no se parece, me recordó a la escena de Paris Texas en la que Harry Dean Stanton habla a Nastassja Kinski a través de un cristal.
Se nota que se trata de una obra de teatro por los diálogos, que tal vez puedan sorprender a alguno por su contenido sexual. Mike Nichols ya retrató a parejas malhabladas, obsesionadas con el sexo y con problemas en ¿Quien teme a Virginia Woolf? y Conocimiento carnal, así que se encontraba en su salsa, a pesar de los años pasados, aunque parece que le gusta mas profundizar en las variaciones del gusto de la entrepierna de los personajes que en el resto de sus motivaciones.
El problema que encuentro es que no comprendo como son capaces dos pedazo hombres como Jude y Clive de preferir a Julia Roberts en lugar de a Natalie... pero como ya he dicho, el amor es complicado y dicen que ciego
 
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