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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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ESTO (NO) ES UN ATRACO



¿Qué hace que una película se convierta en un clásico? Es un poco difícil de responder, pero a veces es, sencillamente, por una afortunada reunión de coincidencias. Y ya que el cine español no está sobrado de clásicos, precisamente, recordemos uno de ellos.

La premisa de Atraco a las tres es bien sencilla: los empleados de un banco planean atracarlo, movidos en parte por la enemistad que sienten al nuevo director, parte por la escasez económica (si, ya había crisis entonces), y parte por salir un poco de la rutina de sus vidas, más bien grises.

La mezcla de comedia costumbrista y cine policíaco funciona a la perfección, siendo deudora de Rufufú, especialmente, con unos personajes bien trazados, a quien les viene grandes lo de convertirse en ladrones, pero ilusionados con su nueva misión. Y es que consiguió adelantarse ligeramente a la llamada “tercera vía” del cine español, mostrando un producto de calidad, con un transfondo realista, pero que pudiera conectar con el gran público, un poco en la línea del primer Berlanga.

Sin duda, el principal acierto de la película es su reparto, excepcional y acertadísimo,que puede competir perfectamente con el de los "soliti ignoti" de su equivalente italiano, compuesto por José Luís López Vázquez, Gracita Morales, Alfredo Landa, Agustín González, Manuel Alexandre y Cassen como los patosos cacos. De hecho, la frase “Fernando Galindo. Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo” quedó unida definitivamente a López Vázquez desde entonces, lo que demuestra el calado popular de la película.

El gag recurrente de las lesiones de los empleados de banco, la parodia de Gracita como femme fatale (atracadora, según ella)… todos los recursos humorísticos se hacen sin perder el cariño que se siente por los personajes, que acaban siendo entrañables.

Ni el director, Jose Mª Forqué, ni Pedro Masó como guionista volvieron a estar más acertados, y hasta el único elemento de modernidad de la película (estamos hablando de los años 60), un número musical, de ligeras influencias jazzisticas, no molesta, con lo que finalmente la película ha quedado como lo que es: una magnífica comedia atemporal… ¿acaso no son eso los clásicos?
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ALGUIEN VOLÓ SOBRE LA ISLA DEL CUCO



Me gusta que directores consagrados de vez en cuando cambien su estilo y se dediquen al llamado cine de “genero”, ya que siempre he pensado que no existen géneros menores, sino buenas y malas películas, sencillamente. Y nuestro viejo amigo Marty nos sorprende convirtiéndose en el Shyamalan de turno con Shutter island, aunque ya hizo algo parecido con El cabo del miedo (al que por cierto el cartel se parece sospechosamente).

Basada en una novela de Dennis Lehane, éste no abandona su amada Boston para adentrarnos en una isla de difícil acceso, habitada tan sólo por un centro psiquiátrico, viene a ser un homenaje a las novelas góticas, y cine de terror de la serie B, aunque también podría considerarse como un cruce entre Alguien voló sobre el nido del cuco y El resplandor, lo que no está nada mal.

Al hospital Ashecliffe llegan dos detectives, Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) y Chuck Aule (Mark Ruffalo), para investigar la desaparición de una paciente, Rachel Solando. Las enormes medidas de seguridad, y –especialmente- el uso de la música al mostrarnos por primera vez el hospital, nos indican que se trata de un sitio muy inquietante .

Daniels vive atormentado por una serie de demonios interiores (su participación en la II Guerra Mundial como un maldito bastardo, su alcoholismo y la muerte de su mujer); una vez dentro del hospital todos esos demonios parecen aumentar considerablemente, de manera que es incapaz de distinguir qué es realidad y ficción. Una idea le empieza a obsesionar: en el centro están haciéndose experimientos bastante raros.

Aún en una película de género como ésta, pueden apreciarse dos de los principales temas de las películas de Scorsese: el sentimiento de culpa y su reflexión sobre la violencia (que sólo se refleja en una conversación, pero resulta sumamente reveladora). No hay efectismos, aunque sí un buen tratamiento de la ambientación y fotografía, así como de la banda sonora o el silencio, para remarcar la sensación de algo extraño y amenazador, que sin embargo contrastan con la belleza de las escenas de las “alucinaciones” o “sueños” de Daniels, muy cuidadas artísticamente.

Es muy acertada la elección de la época en la que ocurre la historia, después de la II Guerra Mundial, en plena guerra fría y durante la caza de brujas. La paranoia tenía un campo de cultivo perfecto, ante el miedo de una bomba atómica o de que el prójimo fuera un comunista, o un delator. Por eso no es de extrañar que los pacientes prefieran no salir del hospital, ya que ahí se sienten seguros del mundo exterior. “He oído que en la televisión se oyen voces. Como si no tuviera bastantes con las que escucho en mi cabeza”.- dice una de las enfermas.

Ninguna objeción se puede poner al magnífico reparto, encabezado por el actor fetiche de Marty desde que cambió a De por Di, y la verdad es que está muy bien, en un personaje que le permite mostrar una gran variedad de emociones. Aparte de Ruffalo y Patricia Clarkson le acompañan Ben Kingsley y Max Von Sydow (aunque la verdad es que a este último se le podría haber sacado más provecho).

Nunca me ha importado que me engañen cuando lo hacen bien, y el sorprendente giro final al principio te pilla tan descolocado que no sabes si es verdad o mentira, pero finalmente todo encaja, aunque sea de una manera descorazonadora. Y es que a algunos demonios interiores no hay exorcismos que les valgan.
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¡MÁTAME DE UNA VEZ!




Un nuevo ejemplo de que no hace falta tener muchos medios, sino imaginación y talento, para hacer una buena película. El asesino horriblemente lento con un arma extremadamente ineficiente, de Richard Gale, es un corto multipremiado y que ha tenido mucho éxito. Cuando lo veáis comprenderéis porqué. Bajo la apariencia de un fake trailer, se hace una parodia de las películas de terror, especialmente las basadas en los psycho killers. Nos cuenta la historia de un asesino que tiene un cierto parecido a Ghostface, pero es más pesado que las llamadas para ofrecerte una compañía telefónica, y dura más que el conejito de Duracell. Me viene a recordar la leyenda del agua que acaba rompiendo la roca a base de ir erosionándola lentamente (y si no existe, me la acabo de inventar). Para pasar un buen rato ( y otra vez, y otra vez…)
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LA MANO DE DIOS



Desgraciadamente no abundan demasiadas películas de terror que no estén basadas en la sangre o el susto, que vayan más allá. Por eso, cuando aparece una casi es una celebración, hasta el punto que perdonamos sus posibles defectos, ya que en comparación con las otras siempre salen beneficiadas. Esto pasó con Escalofrío. Aunque no tuvo demasiado éxito, poco a poco empezó a correr el rumor que valía la pena. Y así es.

Bill Paxton, probablemente conocido sobre todo por Big Love, debutó como director con ésta película, que también protagonizó. Narra la historia de una familia, los Meiks, compuesta por un padre (Paxton) y sus dos hijos pequeños, Fenton (Matt O’Leary) y Adam (Jeremy Sumpter). El padre es un hombre cariñoso y atento, hasta que una noche despierta a sus hijos para decirles que, como los Blues Brothers, “tienen una misión de Dios”, consistente en eliminar demonios que se encuentran escondidos en la Tierra, con apariencia humana; un ángel les dará una lista con el nombre de todos ellos y les avisará cuando deben hacerlo.

El tratamiento de la película recuerda a El otro (una película que ya he comentado en más de una ocasión, y ya estáis tardando en ver), o La piel que brilla por presentarnos una América rural y una infancia que no es tan inocente como creemos. Lo más perverso del plan del padre de los niños es su insistencia en que éstos participen en él. El mayor tiene sus reparos, pero el pequeño es más influenciable y cree totalmente en su padre, considerándolo todo como una aventura o un juego.

Poco a poco nos vamos enterando de todo, ya que la historia comienza varios años después, cuando un desconocido (Matthew McConaughey, en uno de sus papeles más interesantes, aunque no puede evitar quitarse la camiseta en alguna escena) entra en una comisaría para denunciar a un asesino en serie llamado “la mano de Dios”, y mediante flash blacks se va desvelando el misterio.

Patxon hace un buen trabajo como director, aunque tal vez habría necesitado ser un poco más oscuro en algunas ocasiones, y las breves escenas de las “apariciones” son algo flojas, pero eso no impide que el resultado total de la película sea más que apreciable, manteniendo el interés de principio a fin. Mucho mejor es su actuación como el padre, de firmes convecciones religiosas y muy lejos de lo que nos imaginamos como un asesino en serie, así como su relación con sus hijos, que constituye lo mejor de la película.

Cuando nos creíamos que se trataba de una denuncia del fanatismo religioso, de repente el guión da un giro que hace que todo lo veamos desde un nuevo enfoque, que no por eso es más tranquilizador, aunque así lo parezca a simple vista. ¿Seguro que Dios no es el Demonio, como parecía que iba a explicar Lars Von Trier, pero al final se quedó en el intento?
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MY VALENTINE




Odio las celebraciones sacadas de la manga para que los grandes almacenes vendan más, y una de las peores, sin duda, es San Valentín, que más que nada sirve para que la pareja venga con lo de “Cariño ¿recuerdas que día es hoy?”. Al menos Sant Jordi tiene el añadido de un cierto pretexto cultural que hace que lo prefiera al stupid Cupid. Pero como no podemos ignorar la avalancha de anuncios que nos caen por estar fechas, no os dejéis engañar: el mejor regalo no es el más caro. Las mujeres somos tan tontas que con que nos digan unas frases tan bonitas y bien dichas como las que escribió Charles Aznavour estaríamos más que contentas. Una película que pertenecería a la categoría de “comedias románticas con Hugh Grant” como Notting Hill prácticamente no tuvo nada de especial ni memorable, a no ser por el deslumbrante cover que Elvis Costello hacía de She, ante el que hasta la bocazas de la Roberts habría caído rendida. Lo dicho: somos unas tontas. Para que luego digan que los diamantes son los mejores amigos de una chica.
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COMMENT TE DIRE ADIEU



Pero bueno, por intentarlo que no quede...

“The long goodbye”. O “This is it”. O “Esto esto-estoesto-estoestodo amigos”. O “Buenas noches y buena suerte”. O cualquiera de los diecisiete títulos para este post que se me han ocurrido durante las últimas horas, a cual menos original/más lamentable. Mira, al final me ha dado por una canción gabacha, vaya usted a saber por qué.

Jóvenes padawanes, class dismissed. Mi participación en la Linterna Mágica finaliza con este último tocho. Prometo intentar que esto no parezca un discurso de aceptación de un Goya, pero que conste que no aseguro nada. Supongo que una minoría de vosotros se preguntará las razones de mi abandono (porque la mayoría debe de estar, ahora mismo, dirigiéndose a la fuente de Canaletas), y esa curiosidad es justa y necesaria. No hay razones externas de fuerza mayor; nada en mi vida ha cambiado como para que me impida seguir escribiendo. Tan sólo una cosa: se ha agotado mi talento, si es que alguna vez he tenido alguno. O, más apropiadamente expresado, lo que se ha agotado ha sido mi discurso. Tengo la sensación de que me he quedado sin cosas que decir, sin motivaciones nuevas que me empujen a exprimir mi vocabulario y mi teclado. Toda mi cinefilia, en esencia, está ahí, en las más de 350 entradas que llevan mi nombre asociado, desde aquel día de verano del 2006 en el que me desvirgué poniendo a caldo el “Superman” de Bryan Singer. Si queda algo más, yo no lo encuentro. No tengo espíritu de crítico, y no me apetece estar colgado de la cartelera para encontrar ese resoplido de inspiración que te remueva las entrañas lo suficiente como para pulir un nuevo texto. Mi legendaria inconstancia, esa cabrona perezosa, ha vencido una vez más. Pero por lo menos puedo decir que soy coherente: desde un principio dejé claro que cuando escribir se convirtiese en una obligación, más que una devoción, lo dejaría. Y es exactamente lo que ha pasado.

He prometido no hacer que este artículo parezca un discurso-etc., pero hay un par de agradecimientos que son imprescindibles. El primero, para los que se han encontrado con un post mío y han sido lo suficientemente irresponsables como para seguir leyendo; algunos, en el colmo del arrojo, han tomado dos tazas, e incluso más. Gracias por vuestra falta de criterio, que me ha valido para alimentar un poco mi ajado ego. El segundo, último y especial agradecimiento es para Alicia (a.k.a. La Directrice), por embarcarme en esta magnífica aventura que me ha hecho disfrutar y realizarme como muy pocas cosas en mi vida; igualmente, por soportar con sano estoicismo y elegante retranca todas las barbaridades que me han pasado por la cabeza con el objetivo de utilizarla como resorte humorístico (en otras palabras, para hacerme el gracioso). El verdadero sentido del humor es un lujo al alcance sólo de las personas inteligentes, y la ya ex-jefa es una prueba viviente. Merci mademoiselle.

Y ya. Por una vez, puedo afirmar que no me he extendido demasiado. Seguiré pasándome por aquí a comentar los posts de la farera titular, ni que sea para dar un poco de caña, que tenéis la mala costumbre de hacerle mucho la pelota, y luego no hay quien la soporte. Y además, qué coño, el séptimo arte sigue siendo mi pasión. Así que, buenas noches, buena suerte, y nos vemos en los cines. Y no estéis tan serios... 

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HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE



Me cae bien Danny de Vito. Más de una vez he visto que le llamaban “el enano gruñón”, y la verdad es que creo que le va bien el nombrecito, ya que de los personajes que van cantando el “Heigh Ho”, el que más le encajaría sería ese, debido a su especialidad por ver el lado oscuro de las cosas.

Poco se puede decir de su carrera como actor, casi siempre en la categoría de “secundario de lujo”, siendo su papel más destacado su memorable Pingüino de Batman returns, pero como director puede considerarse como más que aceptable, siendo su primera película una ingeniosa variante de Extraños en un tren, Tira a mamá del tren, con una madre que deja pequeña a la de Psicosis.

Su siguiente película, La guerra de los Rose, aprovechó el tirón del trío protagonista de Tras el corazón verde, y siguió con los mismos derroteos de humor negro que la primera. Katleen Turner y Michael Douglas ya habían demostrado anteriormente su química, que aquí volvió a funcionar de nuevo.

El comienzo no puede ser mejor, Danny de Vito le dice a un cliente “Amigo, cuando un abogado que cuesta cien dólares la hora le explica gratis una historia es mejor que escuche” y aparece un precioso cielo de tonalidades rojas, no podemos engañarnos: nos van a explicar un cuento… aunque ésta vez esté envenenado.

Es premonitorio que Oliver y Barbara se conozcan en una subasta y ambos pujen por la misma pieza. Los dos forman una pareja perfecta y todo parece sonreírles en la vida: él está triunfando como abogado, tienen una casa preciosa, dos hijos muy guapos... Pero Barbara de repente decide divorciarse de su marido ¿acaso ha sido una decisión tomada de la noche a la mañana? No. Ella cometió el error de dedicar toda su vida a su familia y no pensar en sí misma. Ahora, con los hijos ya crecidos y un marido volcado en su trabajo, su vida está vacía y la casa se le cae encima, y por eso empieza a odiar a la persona a quien considera responsable de ésta situación: Oliver, ya que del amor al odio hay sólo un paso, sólo que el odio es un sentimiento mucho más fuerte y duradero.

Oliver no comprende nada de todo eso, ya que sigue enamorado de su mujer, y por eso se niega a cederle la casa, que es lo único que ella le pide (Tiger Woods lloraría de felicidad por una oferta así). De hecho, sus diferencias siempre han estado allí: si uno quería un perro, el otro un gato; si uno se compraba un coche deportivo, el otro un todo terreno, y por eso acaban originando una auténtica batalla campal, con escenas tan delirantes como una cena con invitados que no pasaría una inspección de Sanidad.

Katleen Turner está estupenda, sobre todo a medida que va avanzando la película, pues estaba en su mejor momento, antes de enfermar, y no le resulta difícil comerse con patatas a Michael Douglas, como siempre que trabajaron juntos, y sacando provecho de cualquier frase del estilo “alguien que hace un paté como éste no puede ser mala persona”, a lo que Barbara responde: “eso depende de qué esté hecho el paté”.

Uno de sus aciertos es que no le importa llegar hasta el final de sus propuestas, por muy exageradas que puedan parecer, y cuando al final Oliver coge la mano a Barbara ella la aparta sin dudarlo, siendo coherente hasta el último suspiro. Aquí no hay happy end que valga. Al contrario; ¿porqué nos engañaron tanto con lo de que “y fueron felices y comieron perdices”? La auténtica película empieza justo entonces.
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EXPLOSIONES DE ADRENALINA



No se lo digáis a nadie, pero he conseguido sacarle a la Directrice un extra al presupuesto para entradas de cine de la Linterna. ¿Cómo? Tan sencillo como el valeroso, digno, sofisticado y extremadamente arriesgado procedimiento de sisarle las vueltas del dinero para las cremas antiarrugas (sí, lo he dicho en plural). Así pues, he podido pasarme el fin de semana en el cine calentando motores para la próxima ceremonia de los Oscars, una nueva edición de los apasionantes premios de la Academia que... Nah, no engaño a nadie. Menudo coñazo de oscars nos esperan este año. Como no salga Quentin a alegrar la ceremonia haciendo el helicóptero con Brad Pitt (y quien haya visto “Brüno” sabe perfectamente a qué tipo de “proeza” me estoy refiriendo), las cosa va a estar de lo más desaborida. Joder, es que va a ganar Sandra Bullock y no va a haber una policía o algo para detener el apocalipsis...

En esta línea de planicie que ha representado a la producción cinematográfica de este año, mucho menos interesante que la del anterior, nos encontramos con que “En tierra hostil”, la última película de la ya veterana Kathryn Bigelow, es una de las películas más premiadas de la carrera pro-oscar, y una de las grandes favoritas para dichos galardones, aunque hasta ella sabe que va a arrasar su monárquico ex-marido. Y uno sale de ver “En tierra hostil”, le da por reflexionar (sí, yo a veces reflexiono, Alicia, no te desmayes), y después de tan ímprobo esfuerzo intelectual, acaba concluyendo que esa película, disfrutable pero imperfecta y alejada de la grandeza, es un buen resumen de la temporada cinematográfica.

“En tierra hostil” es algo así como “La chaqueta metálica” sobre la guerra de Irak, sólo que no se le parece prácticamente en nada, excepto en una estructura episódica, por lo demás, mucho más acusada en el caso que nos ocupa. El largometraje nos presenta varias vicisitudes de un equipo artificiero americano en Bagdad, ya en la época posterior a la guerra, al frente del cual está una especie de perro de la guerra llamado William James (Jeremy Renner, que está bien, pero tampoco es para tanto reguero seminal como he llegado a leer), el gran protagonista de la historia. James es un extraordinario especialista en la desactivación de explosivos: arrojado, temerario, algo rebelde, sin aparente temor a la muerte; parece nacido para esa tarea, lo cual se podría afirmar en más de un sentido. Su devenir, y el de sus compañeros, está explicado en clave de convivencia y supervivencia, sin que haya tiempo ni ganas, ni por parte de los personajes ni por parte de la directora, de hurgar en los motivos de la situación creada. No hay, por tanto, apenas evolución dramática a través de los distintos episodios -excepto en el desarrollo final-, sino una certeza que ya queda clara desde el primer instante, con un texto innecesario que nos viene a decir que la guerra es una droga y provoca adicción. Y aquí el yonqui de la película es el sargento James, y, en ese sentido, no hay mucho más. Si acaso, alguna escena que muestra la enorme incapacidad para la comunicación que a veces tenemos los homo sapiens machos: cuanta más adrenalina a soltar, más primitivo es nuestro lenguaje. Para prueba empírica de dicho axioma, acérquese a un campo de fútbol cualquiera.

Queda establecido, por tanto, el escaso alcance transmisor de la propuesta (y que quede claro que no es una crítica, sólo es una apreciación; no hay obligación de ser antibélico en todas las películas bélicas). Estéticamente, la película es muy golosa. Aunque no inventa nada, y los perfumes de “Jarhead” o “Blawk Hawk derribado” se perciben en la atmósfera, las escenas de acción, o, mejor dicho, de suspense, están excelentemente rodadas, con un manejo de los tempos narrativos excelentemente utilizado. La Bigelow ha demostrado ser una directora con reaños que ha hecho lo que le ha dado la real gana, y ha dejado, por fin, su impronta en un film, después de demasiados intentos de manejarse entre géneros sin acabar de explotar su evidente nervio artístico. Aparte de algún hachazo demasiado brusco en transiciones entre episodios, poco se le puede reprochar; las escenas de las desactivaciones de bombas permiten oler el sudor de los soldados, y la persecución nocturna por las andrajosas calles de una Bagdad fantasmagórica provoca verdadero mal café.

En resumiendo, que es gerundio y me estoy yendo. “En tierra hostil” es un excelente ejemplo de género bélico, del cual, si no te rebozas demasiado en el evidente y necesario maniqueísmo (los yanquis son todos buenos, y cualquier ciudadano iraquí es un terrorista en potencia) y en la falta de vuelo de una propuesta que podría haber dado mucho más de sí, uno puede sacar una buena tarde de cine y adrenalina. Nada menos, pero tampoco nada más.
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EL DIFUNTO PROTESTA




Hay que estar al loro, mis pequeños hobbits. El que prefiera las películas clásicas, en blanco y negro y todo lo demás, no significa que no esté al tanto de lo que se cuece en el mundo del celuloide. Cuando en Sundance un director español crea sensación con su película (aunque curiosamente no se llevara ningún premio) y en Variety lo eligen como uno de los directores a seguir el 2010, significa que hemos de seguir la pista de este gallego, que ya en Concursante demostró tener un buen dominio de la técnica. En Buried Rodrigo Cortés relata una historia bien simple: Paul Conroy (Ryan Reynols –si, no es broma-) es un contratista en Irak que se despierta encerrado en un ataúd de madera, con el único recurso de un móvil casi sin cobertura ni batería (algo que me suena tremendamente familiar). Claustrofóbicos abstenerse, pero no absteneros de apuntaros en la lista el nombre de éste director, que por lo visto va a dar mucho qué hablar.
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HAMMETT EN EL INSTITUTO




O algo así. Parece que se pueden inventar nuevas formas de mirar el cine, o, por lo menos, nuevos envoltorios para lo mismo de siempre. Y no me refiero al 3D precisamente. Al respecto de lo cualo, empero, quisiera abrir un pequeño paréntesis para introducir un anuncio de interés público:

Amigos, conocidos, familiares, compañeros de trabajo, padawanes todos.

No quiero oír más la palabra av... esa. Sí, soy consciente de que seguís haciendo colas para verla. Sí, las gafas son un poco coñazo. Sí, al 99,99% os ha gustado mucho más que a mí; he explicado el porqué unas 99,99 veces. No, no me importa que me señaléis con el dedo por ello. Sí, soy consciente de todos los oscars que va a ganar; y no, precisamente por eso, no pienso ver la ceremonia este año.

Y ya. No quiero una sola palabra sobre el tema, ni que nadie murmure la jodida palabreja delante mío. Averquelechespasacojonescansinezya. Que entre los pitufos azules, el chándal de la Esteban y el sacrosanto codo de Cristiano, voy a acabar pidiéndome el traslado a Raticulín.

A lo que iba. “Brick” fue una de las sorpresas del año 2005, aunque me temo que poca gente se dio cuenta. Premiada en Sundance y en Sitges, entre otros festivales de más o menos prestigio, es la opera prima de un tal Rian Johnson, un estudiante de cine que se obsesionó con la literatura de Dashiell Hammett de tal manera que decidió que su primera película sería un film noir en toda regla. Es muy difícil, sin embargo, realizar una primera película sin la necesidad de un sello personal, de ser diferente. Johnson quería algo más, y decidió, cual productor altmaniano de “El juego de Hollywood”, parir un cóctel absurdo, explosivo y sin aparente nexo entre los ingredientes. Cine negro en el instituto, o, dicho de otra manera, “El halcón maltés” + “Sensación de vivir”. Suena a la estúpida idea de novato, o de ejecutivo puesto de cristal hasta el lobulillo de la oreja.; imposible parir algo así sin rebozarse en el ridículo más excremental. Pues imposible no era.

“Brick” es una película realizada con cuatro dólares mal contados y editada en un ordenador casero. Hombre, no voy a decir que no se nota; pero todo el mundo sabe que el hambre azuza el ingenio, y en este caso las carencias dignifican el producto. La dirección de Johnson es agilísima, se las apaña para lucirse con algunos planos y secuencias de montaje realmente logrados, y consigue transmitir una atmósfera personal a través de su ojo. El aire que se respira es ligeramente opresivo, incluso irreal (hay ecos de “Escuela de jóvenes asesinos”, e incluso de “Twin Peaks”), impresión reforzada por la intemporalidad de la producción, que, aunque la historia está situada en la actualidad, no pretende dar ninguna señal de modernidad, ni siquiera en las ropas de los protagonistas. Si no fuera porque vemos un móvil, la historia podría pertenecer a los ochenta. Y la historia es la de un joven, Brendan (Joseph Gordon-Levitt), el típico bichorraro solitario de instituto americano, al que una ex-novia solicita ayuda para salir de un problema que tiene que ver, no sabemos por qué, con un ladrillo (el “brick” del título). Poco después, dicha ex aparece muerta, y Brendan, que aparte de raro es muy listo, quiere saber quién y por qué. Para ello, se introduce en una red de tráfico de droga local dirigida por un tipo que se hace llamar The Pin (Lukas Haas), con femme fatale incorporada, Laura (Nora Zehetner).

La película sigue los enfebrecidos pasos de Brendan, yendo de un lado a otro de su reducida área vital (el colegio y sus instalaciones, un teléfono público, un par de calles del pueblacho angelino en el que vive, y poco más) mientras entrecruza datos e información con su colega The Brain. Y los sigue con el mismo ritmo admirable, desde un primer momento, sin perderse en vericuetos ni excesos de discursividad, con unos personajes que ayudan a ello al encajar en los arquetipos noir; no es necesario, por tanto, conocerles a fondo, o saber algo más de su pasado. Johnson hace encajar dichos stándares en el mundillo preuniversitario americano sin pestañear, con un convencimiento desahogado que no puede sino admirarse. Ayuda poderosamente la gran actuación de Gordon-Levitt, un actor hoy en día en celérica alza gracias a “(500) días juntos”, y cuyo parecido con Heath Ledger resulta inquietante.

“Brick” es una opera prima, ergo no es perfecta. Hacia el final parece que la trama se le escapa un poco de las manos al neófito director americano, aunque mantiene el brío narrativo. Es lo de menos. Las sensaciones son positivas, y Rian Johnson se convierte en un director a seguir, por mucho que la distribución española nos lo ponga difícil, manteniendo en el limbo su siguiente película, “The brothers Bloom”, ya con un presupuesto un poco más apañado (y se nota en el reparto: Adrian Brody, Rachel Weisz y Rinko Kikuchi), cuyo trailer prometía cosas interesantes. O quizás no, pero películas como “Brick” me ayudan a mantener la curiosidad por las nuevas generaciones, que ya es algo.
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MAGNIFICIENCIA EN DECLIVE



Ya hace algún tiempo que no mencionábamos a uno de los dioses favoritos de la linterna, el inimitable Orson. Repasemos una más de sus maravillas: The magnificent Ambersons, que aquí tuvo el católico, apostólico y romano título de El cuarto mandamiento.

Tras Ciudadano Kane, la RKO ya estaba un poco mosqueada con Welles y ya no gozaba de la total libertad que tuvo para su primera película. Bueno, de hecho no volvió a tenerla nunca más. Querían algo menos revolucionario, y la recreación de un pasado aristocrático parecía una buena opción de mostrar algo distinto. Efectivamente, el tratamiento técnico fue mucho menos innovador, pero aún así consiguió una película maravillosa, e incluso hay quien la considera mejor que Ciudadano Kane. Para mi las dos son espléndidas.

Casi podría decirse que The magnificent Ambersons viene a ser El gatopardo de Welles, por su retrato de un mundo lleno de lujo pero está desapareciendo, en lo que lo más importante era la forma que el contenido. Ya el comienzo (magnífico) nos muestra cómo era la vida habitual de esa época: un ritmo pausado, marcado por los cambios de estilos en la forma de vestir. En ese mundo los Amberson eran los reyes, quien no estaba invitado a sus fiestas no era nadie. La hija de la familia, Isabel (Dolores Costello), es la belleza del lugar. Uno de sus pretendientes, Eugene (Joseph Cotten), comete el imperdonable error de caer borracho delante de su casa, por lo que ella se casa con otro. Los cotilleos del lugar son profeticos: como Isabel no ama a su marido, volcará todo su cariño en su hijo, George (Tim Holt), que se convierte en una criatura insoportable y consentida.

Varios años después Eugene vuelve; ahora es viudo con una hija, Lucy (Anne Baxter). Su situación económica parece estar mejorando mucho, ya que se dedica a un nuevo e infernal invento: el automóvil. George se enamora de Lucy, pero ella no le acepta ya que él no quiere hace nada útil en su vida, ya que lo considera innecesario. Cuando Isabel pierde a su marido, Eugene vuelve a cortejarla, pero como George no le acepta deben dejar de verse.

Nada más acertado que la elección del automóvil para simbolizar un progreso que sacudirá la forma y el ritmo de vida de los Amberson, el aspecto de la ciudad… todo. Como muy bien dice Eugene, igual al cabo del tiempo puede que se arrepientan de haber inventado el automóvil, pero es imposible luchar frente a su avance. Como los Amberson no han sabido aceptar esos cambios, su declive está asegurado.

Welles volvió a usar a componentes del Mercury Theatre para la película, y todos ellos respondieron estupendamente, destacando Cotten y –sobre todo- Agnes Moorehed, como la solterona tía Fanny, amargada y con inolvidables ataques de histeria.

Stanley Cortez hizo un soberbio trabajo con la fotografía, y puestos a elegir algunas escenas, me quedaría con la del baile, una en la que va mostrando a los personajes que han contemplado una escena desde las diferentes plantas de la escalera, y otra en la que Fanny y George hablan en la cocina, pero acaba con Fanny llorando ante los asombrados ojos de su sobrino, todos ellos demostrando una total maestría de la cámara.

El final fue cambiado por los estudios, y resulta tan evidente que no era del gusto de Welles que parece que lo haya dirigido otra persona, pues carece de la garra del resto de la película, pero para la eternidad me quedará ese plano en el que la voz en off de Orson, que ha sido el narrador de la cinta, se oye mientras se muestra un micrófono con una grúa: “Yo escribí el guión y dirigí la película. Mi nombre es Orson Welles”, y la grúa se eleva hacia el infinito. Eso es saber despedirse, si señor.

P.D.: Por lo visto hay una serie de televisión del mismo título, protagonizada por Jonathan Rhys Meyers. ¿Es que no respetan nada?
 
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