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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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LA VENUS ¿RUBIA?




Hay modas para todos los gustos. En los años 70 hubo como una especie de renacimiento del fetichismo nazi, y contribuyeron a ello películas como Cabaret o El portero de noche. Un poco anterior a ellas, La caída de los dioses de Luchino Visconti, también se dejó llevar por la fascinación de los uniformes de la SS. En una de las escenas más famosas de la película del maestro milanés, una adinerada familia alemana, los Essenbeck, están celebrando el cumpleaños del patriarca, y los más jóvenes de la familia le ofrecen una función de esas destinadas a que a los mayores se les caiga la baba viendo a los niños. Todo funciona con normalidad: unos recitan poesía, otros tocan música clásica…hasta que la oveja negra, Martin (Helmunt Berger) rompe el encanto y la armonía de la velada, imitando a la Marlene Dietrich de El ángel azul y cantando Kinder, heute abend. Lo cierto es que cualidades no le faltan y las piernas de Berger casi se pueden comparar con las de Marlene, pero una noticia hace que tenga que interrumpir su actuación: acaban de incendiar el Reichstag. Mítica.
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EL SR. LOBO



Mire señora, pues a veces sí que sirve para algo esto de escribir articulillos en la interné sin ánimo de lucro (corrección: sin ánimo de lucro de la Directrice. Yo ando loco por el lucro. Y si viene acompañado de Monica Bellucci, mejor). Ha sido iniciar mi arduo trabajo de investigación sobre Harvey Keitel, y descubrir, para mi sorpresa, que aparece, no acreditado, en los “Malditos bastardos” de su amiguete Tarantino. ¿Cómorrrrlll? Bueno, más que aparecer, se le oye. Es el oficial americano que habla por teléfono con el coronel Hans Landa en una de las escenas finales de la película. Ni se me ocurrió que podía ser él mientras veía el largometraje, ni leí nada al respecto a posteriori. Es, con total seguridad, el trofeo más prestigioso de su palmarés cinematográfico del último lustro, en el que parece que los estudios han empezado a olvidarse de él. Ni siquiera la televisión, ese reducto cada vez más prestigioso (ojo, me refiero a las series), le ha dejado estabilizar la silla, y, como en su día nos recordó Alicia, “Life in Mars” no tuvo éxito de audiencia. Tiene ya setenta años, aunque nadie podría verle interpretando a un vejete entrañable. Sus facciones rotundas, que en alguna época le hicieron parecer mayor y que ahora le rejuvenecen, lo impiden. A mi generación, Harvey Keitel fue descubierto por Quentin Tarantino (aunque también podría decirse al revés) y en los noventa alcanzó una edad dorada, a nivel de prestigio y popularidad, edificada sobre su valiente arrojo a favor del cine independiente, y un criterio algo errático a la hora de elegir papeles alimenticios. Pero lo cierto es que el señor Keitel nació, artísticamente, con Martin Scorsese; fue su primer compinche, antes incluso que Bobby De Niro. Y ser compinche de Marty cuenta, y cómo, para el C.V.


Como la mitad de los actores de su generación, Harvey Keitel mamó interpretación en el Actor's Studio, desde donde saltó al teatro y, respondiendo a un anuncio de prensa, fue enrolado como protagonista en la primera película de cierto italoamericano cejijunto: “Who's knocking at my door”. Emergió la química entre ambos, y el tándem siguió pedaleando en “Malas calles”, “Alicia ya no vive aquí” y “Taxi Driver”, realizando protagonistas o secundarios de peso, y cultivando una imagen macarrona que décadas después se sofisticaría considerablemente. Aunque he de decir que el gran hito de Harvey en esta época no es ningún filme de Marty, sino el haber participado en una cinta con un título tan maravilloso como “El madre, la melones y el ruedas”, de la que hay que desmentir urgentemente dos cosas: a) NO, no es una película porno de carretera; y b) NO, la culpa no es, por una vez, de los traductores españoles: ese es el título original. “El madre, la melones y el ruedas”. Es TAN genial.


Me disperso. Cuando parecía que su carrera se disparaba (recuerden “Los duelistas”), llegó tito Francis con el mazo, y le dio un golpe de tal contundencia que estuvo a punto de arrojar por la borda su carrera. Había sido contratado por Coppola para interpretar al coronel Willard en “Apocalypse now”, y pocos días antes del comienzo del rodaje, fue despedido y sustituido por Martin Sheen. En lugar de abandonar, el actor neoyorquino se autoexilia laboralmente, paseándose por varias cinematografías europeas, y combinando experiencias de prestigio con Ettore Scola o Bertrand Tavernier, con hitos algo menos insignes, como haber compartido cartel con Miguel Bosé en la incalificable “El caballero del dragón”. Probablemente de estas experiencias emergen inquietudes independientes que más tarde, al alcanzar cierto poder industrial, pudo desarrollar por sí mismo. Así que, en cierto modo, se podría decir que gracias a Miguel Bosé existe Quentin Tarantino.


Y es que después de que la carrera de Harvey renaciese ligeramente, entre otras cosas, gracias a alguna que otra manita de Marty, nuestro héroe de hoy conoce a cierto ex-empleado de videoclub que que parece que tiene algo que decir sobre el cine negro. Keitel se lanza a la piscina, y coproduce y protagoniza una de las películas clave a la hora de entender la historia del cine en los últimos veinticinco años: “Reservoir dogs”. A estas alturas, a Harvey ya se le ha puesto cara de matón impenitente, o de poli de escrúpulos olvidadizos; sin embargo, su Mr. White de “Reservoir dogs” es el único que transmite un mínimo de humanidad en la película, y el actor se reivindica como un intérprete rico en registros y de buen olfato para el talento. A partir de aquí, Keitel consigue aunar, de manera insólita, prestigio crítico, popularidad, y una imagen muy asociada al cine independiente. Se podría decir que Harvey se divide en tres: el Keitel selectamente indy (“Pulp Fiction”, “El piano”, “Smoke”, “Blue in the face”, “Abierto hasta el amanecer”, “Copland”); el Keitel alternata radical (“La mirada de Ulises”, “Holy smoke”, “Tres estaciones”); y el Keitel alimenticio y algo metepatas (“Sister Act”, “La asesina”, “Juego peligroso”, “U-571”, “Little Nicky”). Seguramente, su interpretación más estremecedora es la de “Bad lieutenant”, el desgarrador film de Abel Ferrara, en el que Harvey, literalmente, se vacía. Muchos podrán discutir la película, pero su interpretación es realmente aterradora, en el mejor sentido de la palabra. Aún así, yo me quedo con el humano, bien humorado y muy neoyorquino Auggie Wren de “Smoke”, tan aparentemente alejado de su arquetipo, y que borda con un festival de matices, gestos y miradas, una interpretación muy alejada de algunos de los cánones que, teóricamente, había mamado de joven.


Aunque sigue apoyando activamente el cine indy desde su productora The Goatsingers, y a veces aparece por cinematografías muy alejadas de la americana, últimamente se le ve poco a Harvey Keitel. Donde más, haciendo de palmero de Nicolas Cage en las dos entregas de “La búsqueda”; y se viene una participación en otra secuela, la tercera de “Los padres de ella” (hacer del diablo en “Little Nicky” no podía traer nada bueno, Harv). Es lo de menos. Ya se nos ha quedado grabada la imagen de un actor de filo duro, enorme credibilidad y un aura de respeto muy difícil de conseguir. Al fin y al cabo, todos quisiéramos tener el teléfono del sr. Lobo para que nos arregle los desaguisados que vamos montando por ahí. Yo, por lo menos.
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AUTOS LOCOS



Bien, parece que la historieta de “se me estropeó el motor gráfico del enhebrador web del ordenador, y no puedo calibrar el procesador v2501HB a 250 gigatrones. Tengo que cambiar el disco gráfico taquionómetro. Mínimo cinco días, m'han dicho. ¿No recibiste el SMS? ¿Otra vez no te va el móvil?” ha funcionado y me he podido tomar unas vacaciones tranquilito. Vale que ahora me tendré que cascar dos posts seguidos, pero oyes, que me quiten lo bailado, que dijo Fernando Romay. Bueno-va, a currar, que hay que levantar SSSSSSSSSSSSSSSPAÑA.

El amigo Adrián Massanet, en Blogdecine, se ha ciscado en los hermanos Wachowski al respecto de las dos secuelas de “Matrix”, tachándolas, directamente, de “anticine”. Yo no llegaría a tanto: sólo me atrevo a afirmar que son dos pestilentes bostas de rinoceronte diarreico. Había cierta expectación por su siguiente proyecto como directores, la adaptación de unos dibujos animados que aquí se llamaron “Meteoro”; a muchos de los que crecieron con esos cartoons dicho anuncio les provocó el mismo efecto que una caja de Viagra. Cuando el filme llegó a España precedido de un inesperado fracaso de taquilla y público en los Yuesei, nuestro eterno espíritu de contradicción apareció una vez más, y no faltaron analistas y blogueros que defendían la película, apelando a su derroche visual jamás visto en una pantalla (sic) (y en varios textos diferentes), a la inventiva narrativa de algunos de sus pasajes (sic, etcétera) y al espíritu naif de la propuesta (al peo). Se ha tratado de justificar la falta de apoyo del pueblo pagador en el hecho de no saber enfocar un “target” determinado; en latín moderno, no han sabido dirigir la película hacia un público concreto, y acabó por no gustar ni a niños ni a adultos.


El “target”, sí.



Pero a mí se me ocurre otra razón, de aspecto algo más filosófico, más profundo.



Speed Racer” es, esencialmente, una auténtica mierda.



Y con esto podría cerrar el ordenador e ir a ver el partido. Pero como son las doce de la mañana y falta un porrón de horas para cualquier partido que justifique esa afirmación, me explayaré un poquito más. Mire señora, reconozco que, no sólo mi infancia no presenció un solo fotograma de “Meteoro”, sino que ni siquiera conocía su existencia hasta que anunciaron la película. Así que el argumento arquetípico “es-taaaaaaaaaaaaaan-fiel-al-original” (defensores de “Watchmen”, os estoy mirando a vosotros) no funciona conmigo. La mejor carta de este porro lisérgico de los hermanitos Andy & Larry (o Laura, o como se haga llamar ahora) es su apabullante carrocería estética, que probablemente deviene de la siguiente fórmula matemática: manga+serie original+Fast & el jodido furious+Crash Bandicoot+Spy Kids+Oliver y Benji +toda la producción americana de LSD de los últimos 35 años. Con tanto colorín, tantos planos superpuestos, tanta carrera alocada agolpados en la retina, uno corre serio peligro de sufrir un ataque epiléptico si ve la película del tirón; supongo que, precisamente por eso, por recomendación de los doctores, los W. decidieron hacerla mortalmente aburrida.

¿Acaso no habían visto “Sky Captain y el zzzzz...”? ¿No se dieron cuenta de que un largometraje no se aguanta sólo por la propuesta visual, si el resto de factores involucrados – esas minucias, ya saben, el guión, el dibujo de personajes, el ritmo interno – no aporta los mínimos imprescindibles? Vale que no me gustan los coches, que las carreras de F-1 me aburren soberanamente (aunque me encanta el putiferio que hay alrededor: ningún motero de piernas arqueadas tendrá la clase de, por ejemplo, Kimi Raikonnen, capaz de piñarse en en el circuito urbano de Mónaco y, tal como sale del coche, irse al yate a celebrarlo con unas “amigas”, Lástima de la expulsión de Flavio, ese HOMBRE) y que para mí una junta de culata es una reunión de empresa. No me emociona ese subgénero automovilístico basado en el axioma “mi cambio de marchas es más largo que el tuyo”, al que pertenecen joyas como “Días de trueno” o “Death Race”. Pero, coño, es que me provocan.

“Speed Racer” empieza con una interminable carrera de quince minutos en la que se intercalan innumerables flash-backs que nos presentan el terrible drama del campeón automovilístico Speed Racer, cuyo hermano, también piloto-que-te-cagas, desapareció trágicamente hace unos cuantos años. Luego un poderoso y malévolo industrial intenta que Speed y su adorable, oigs, familia se unan a su gigantesca estructura. A estas alturas, la primera vez que la intenté ver acabé desmayado, en posición de cúbito supino y sacando un extraño líquido blanco por la comisura de la boca. Aunque hay varios sospechosos, creo que el principal culpable de ese estado era el hermano pequeño de Speed y su... ¡chimpancé!, que pretenden ser el culmen cómico del filme y que sólo consiguen despertar instintos infanticidas. A partir de aquí, la película es un sin sentido continuo, con unos socavones de ritmo espectaculares, un guión predecible hasta por la bruja Lola, un moralismo disney pro-familiar que asusta, y un par de carreras supuestamente multiorgásmicas montadas con tal nivel de confusión que uno es incapaz de saber, en ningún momento, en qué posición está cada participante, a pesar de los tradicionales locutores logorreicos de este tipo de filmes.

¿Querían los W. que “Speed Racer” fuera el “Dick Tracy” del siglo XXI? Por lo menos en esa salía Al Pacino... Aquí ponen el cazo, por orden de dignidad, Susan Sarandon (que a veces, válgame Woody, parece incluso que se cree el personaje), Matthew Fox (que parece un poco “perdido", juasjuas) (dioses del Olimpo, cuánto ingenio le habéis otorgado a un solo blogger), Christina Ricci (que parece, directamente, una de las Supernenas), Emile Hirsch (el supuesto y sosísimo héroe, que se dejó el carisma en el camerino) y John Goodman, tierno, adelgazado e insoportable padre de familia. Ninguno de ellos salva este desaguisado que convierte al acto de visionarla en pura coprofagia. El único que sale indemne es el gran Michael Giacchino, el pobre, que supongo que debió componer la banda sonora con los ojos vendados. Si hubiera visto la película, habría dejado la música inmediatamente, y se hubiese dedicado a presentar programas de cocina en Kirgistán.
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MIS CONVERSACIONES CON EL GRANJERO



Señoras y señores: Dios existe, y nada más cierto que la venganza es un plato que debe tomarse frio. Tanto reirse Marcbranches de los problemas de mi ordenador, y ahora resulta que el suyo ha sido invadido por un ejército de troyanos con faldita corta al grito de “¡Esto no es Esparta!”. Pero en fin, no hagamos más bromas que el asunto es bastante serio(juas, juas, juas). Cambiemos de tema.

Por lo visto hay un cierto dicho de que si uno quiere ganarse el Oscar, una de las maneras más seguras de conseguirlo es haciendo una película que trate sobre el nazismo. Parte de razón tienen, no hay nada como ver el sufrimiento de esa época para conmover a los miembros de la Academia, pero no siempre funciona.

El niño con el pijama de rayas fue un enorme éxito editorial, de tal modo que era de esperar que tarde o temprano (cada vez se hace más temprano) tuviera una adaptación cinematográfica.La originalidad y el gran acierto del libro era explicar la historia desde el punto de vista de un niño.

Bruno (Assa Butterfield) es un niño de ocho años, hijo de un oficial alemán. Su padre acaba de ser ascendido, y tienen que cambiar de casa; pero su nuevo hogar resulta estar muy aislado, en medio del campo, y Bruno se aburre muchísimo porque no tiene con quien jugar. Pronto descubre que cerca de su casa hay una granja, aunque algo peculiar: sus habitantes siempre van en pijama. Sus padres enseguida le dicen que no debe acercarse nunca allí, pero el aburrimiento y las ganas de explorar hacen que vaya a ella, y allí se encuentra con un niño de su misma edad, Shmuel(Jack Scanlon).

Toda la historia pasa rápido, con lo que no se hace aburrida, a lo que contribuye también su corta duración, pero aunque está bien hecha resulta algo fría, habría necesitado algo más de cámara subjetiva, o incluso algo de voz en off, para acentuar que se trata del punto de vista de un niño. Mi escena favorita es la de una cena, en la que el padre de Bruno(David Thewis) muestra su carácter maléfico Los actores están muy correctos, el padre que poco a poco va mostrando su auténtica personalidad, la madre que se niega a creer las maldades que hacen en el campo de concentración, la hermana mayor de Bruno, que cambia las muñecas por las esvásticas, empujada por la atracción que siente por un joven oficial… , pero habría hecho falta un director capaz de pasar en un instante de las sonrisas a las lágrimas; alguien como Spielberg, quizás, aunque comprendo que después de La lista de Schindler no quiera volver a tratar el tema. Aún así, hay que tener unas entrañas muy duras para que no se te revuelvan cuando Bruno se pone el “pijama”. Por lo tanto el resultado es bueno, pero en manos de otro podría haber sido una maravilla.

El hecho de que detalles que no parecen demasiado lógicos como el que los encuentros de Bruno y Shmuel pasen totalmente inadvertidos a los vigilantes, o que un niño consiga fácilmente colarse en “la granja” no le quitan efectividad a la historia, que sigue siendo válida para mostrar uno de los episodios más horribles y vergonzosos de la Humanidad.
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EL LUCHADOR CANTANTE




Hay películas que ya huelen a Oscar antes de estrenarse. Este es el caso de Crazy heart. A la Academia le encantan las historias de antiguos perdedores que están de vuelta de todo, hacen repaso de su vida, y encima si cantan mejor que mejor. Si añadimos que el susodicho personaje lo interpreta ni más ni menos que Jeff Bridges, un actor que ya hace tiempo que debía haberse llevado la estatuilla y no tiene ninguna, pese a sus cuatro nominaciones, la cosa promete; a Su Majestad el Nota le acompañan Robert Duvall y Colin Farrell, aparte de Maggie Gyllehnaal (por lo que lo raro es que Marcbranches no se me haya adelantado con este trailer). Lo más curioso es que la comparan con The wrestler en versión country, esperemos que tenga más suerte que Mickey Rourke.
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EL MOTÍN DE MALAMADRE




A los que sacamos los perros en defensa del cine español, en esas animadas tertulias laborales o de taberna (que en muchos casos vienen a ser lo mismo), cuando el ciudadanito de a pie conecta el percutor automático de sus diatribas contra la cinematografía patria (siempre están con la Guerra Civil, todo son comedias chorras, no salen más que tacos y tetas, no saben vocalizar), a veces, nos lo ponen muy difícil. Hay que reconocer una cosa: nos puede el costumbrismo. Curiosamente, a pesar de esa tendencia, se haría muy complicado entender la historia de España a través de nuestro cine en las últimas tres décadas, porque, por muy diversas razones, nunca ha tenido demasiado sentido de la coyunturalidad; siempre ha tenido tendencia a escapar de lo que ocurre aquí, hoy y ahora. Pero bueno, ese es otro tema y ya estoy divagando al más puro estilo marcbranchesiano. Lo que quería decir es que ha habido, desde tiempos inmemoriales, un exagerado miedo al cine de género en España. Como si, por una parte, no tengamos capacidad para hacer verosímiles un tipo de historias con unos códigos muy determinados con los que nos han bombardeado desde Jolibud; por otra, a veces da la impresión de que tirar de género significa rebajarse un peldaño, como si tratar de hacer un buen thriller, o una buena película de terror, o una buena cinta carcelaria, no sea digno del prestigioso, culto y refinado cine europeo. Es cierto que, desde el punto de vista del espectador hispano, ocurre tres cuartos y mitad de lo mismo: nos quejamos amargamente de que siempre nos dan el mismo plato, pero luego nos negamos a creernos a, pongamos por caso hipotético, Alejo Sauras interpretando a un detective de oscuro pasado y gatillo fácil. Por fortuna, cada vez más hay directores que se atreven con los géneros sin necesidad de parodiarlos o retorcerlos, e incluso, de vez en cuando, alguno da con la diana de la taquilla. E incluso, de vez en cuando, no es Amenábar.


Por ejemplo, Daniel Monzón con su “Celda 211". No he visto “Ágora” (ni ganas: el trailer despertó en mí una pereza solo comparable a la de un oso ártico después de comer), pero dudo mucho que lo que se estrene de aquí al 31 de diciembre cambie mi sensación de que es la película española del año, además de una de las más potentes que he presenciado este 2009. Sinopsis-telegrama: un funcionario de prisiones que visita su lugar de trabajo un día antes de incorporarse se ve envuelto en una rebelión de presos liderada por el Malamadre, y se ve obligado a hacerse pasar por uno de ellos para sobrevivir. A partir de esta premisa, y de una escena inicial brutal (un preso cortándose las venas, sin ahorrar detalles, que están por las nubes) que nos viene a decir “nenes, esto no es lo que os esperabais”, Daniel Monzón nos introduce en un subgénero, el carcelario, que da grandes réditos cuando está bien tratado (pregúntenle a Frank Darabont), y lo hace respetando sus códigos, sin recrearse en la “españolización” de los mismos, y basándose en criterios de verosimilitud en pantalla. Sin necesidad de tics videocliperos ni montajes atómicos, pero con la suficiente energía visual: ver, sin ir más lejos, la presentación de Malamadre, en su nervioso paseo por el patio, visto desde detrás; sin ni siquiera verle la cara, acojona. Por otra parte, Monzón acierta al no permitirnos un segundo de respiro, dándole continuas vueltas de tuerca al guión y al desarrollo de los personajes y la asfixiante situación en la que se encuentran. Ese ritmo sostenido, in crescendo, de thriller (otro género), además de mantener al espectador en constante ebullición, le permite orillar algunas trampillas de guión por las que de vez en cuando se escapa, y de las cuales pienso que es plenamente consciente y que, sinceramente, no molestan. Bueno, los flashbacks “cómo-quiero-a-mi-mujé”, un poco sí.


El guión es denso y nada superficial: hay una visión muy poco agradecida de los mecanismos del Estado, que se presentan cambalacheros y de movilidad paquidérmica, en los personajes de Antonio Resines o Manolo Solo. También nos encontramos con una subtrama política que complica considerablemente el motín y que, en dos trazos, nos dibuja la situación particular en la que se encuentran los presos de ETA, un asunto al que la cinematografía española siempre se ha acercado con pies de plomo. Aunque quizás lo que se atranque más en el subconsciente del espectador sea esa creíble certeza de que todos estamos a un solo paso, a un solo mal día, de cruzar fronteras morales que siempre habíamos tenido pintadas de rojo prohibición (Sugerencia del chef: enlazar reflexión con la jokeriana Cita del Mes adherida a la barra lateral del blog) (ahí a la derecha, señora) (la OTRA derecha).


Cuando enaltezco la verosimilitud con la que está realizado el filme, es obvio que buena parte de ella reside en el trabajo interpretativo. Se ha hablado mucho de Luis Tosar, así que no me queda más que refrendar la sensibilidad general: es un trabajo extraordinario, pleno de intensidad y matices, que además consigue la virtud de no fagocitar la película. La mayoría de los secundarios están a la altura, de tal guisa que los presos parecen presos, y no actores haciendo de presos. Aunque la palma se la lleva Luis Zahera, que da vida a un yonkarro de dentadura imposible y un arrastre en el hablar que me hizo pensar, ignorante televisivo de mí, que era un preso heroinómano de verdad. Si hasta Carlos Bardem parece colombiano. Sólo el debutante Alberto Amman, el funcionario protagonista de la película, flojea las piernas de vez en cuando, sobre todo al principio. Pecado venial.


“Celda 211” es una película potente, hábil, vigorosa, muy bien realizada, que atrapa al espectador a puñetazos, a pesar de que hay mucha menos acción de la que uno pueda pensar. Eso sí; aunque he utilizado varias veces el término “verosimilitud”, hay que reconocer que la premisa en la que se basa no hay quien se la crea. Un tipo que va a su nuevo lugar de trabajo un día antes para familiarizarse con su entorno laboral. Venga, hombre. Que esto es España, coño.
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¡QUE LE CORTEN LA CABEZA!



(Lástima, podía haber sido un post perfecto para Halloween).
Reconozco que me encanta Tim Burton, ese cineasta genial, eterno adolescente (de 51 tacos) y joven atormentado como lo definen en La hora chanante. No me importa que digan que se ha encasillado en un género (también lo hicieron Hitchcock y John Ford, y no pasó nada) o que últimamente se crea tan superior a sus obras que ya ni siquiera siente cariño por sus personajes, retratándoles de una manera cada vez más negra (lo que me preocuparía es que fuera de una manera más blanca). Eso no puede decirse de Sleepy Hollow, que sencillamente es deliciosa.

Donde más a gusto se siente Burton es el mundo de los cuentos, y nadie como él para devolvernos a la infancia. A partir de una historia de Washinghon Irving, ofrece un precioso homenaje a las películas de terror, especialmente las de la Hammer; aunque es en color la tonalidad recuerda a las películas en blanco y negro, un recurso que volvió a utilizar en Sweeney Todd.

Icabod Crane (Johnny Depp) es un joven detective que es mandado a Sleepy Hollow para investigar unas misteriosas muertes. Estamos a punto de acabar el siglo XVIII, y Icabod ya es en realidad del siglo XIX. Cree en la ciencia sobre todas las cosas, y le gusta usar nuevos aparatos que sabe que dejan boquiabiertos a los demás. Es una especie de Grissom victoriano. Pero su llegada a Sleepy Hollow hace que se tambaleen todas sus creencias, ya que debe aceptar algo que siempre había rechazado, debido a un trauma infantil: la magia; y no sólo eso, sino descubrir que ésta no siempre es mala.

La leyenda del Jinete sin cabeza es muy famosa en los Estados Unidos, y entre sus versiones se encuentra una de Disney , que también homenajea Burton con las calabazas incendiarias. La ambientación es sencillamente perfecta, siendo lo mejor de la película, como era de esperar, y el árbol que aparece merece entrar en la historia del cine, junto con el de El laberinto del fauno, el que preside la plantación de Tara y el de la vida de Aronfsky . Es cierto que el guión podría haber sido más elaborado, pero cada una de las apariciones del jinete sin cabeza, especialmente una dentro de una casa, persiguiendo a una familia, o una persecución a una carreta, son memorables; y no nos engañemos ¿acaso creéis que a Burton le importa demasiado Icabod?. Sin duda sus preferencias están del lado del jinete. Pero aún así no es que le caiga mal el personaje, al acabar aceptando la magia, y su tratamiento es más bien cómico, aunque eficaz.

Johnny Depp está estupendamente acompañado de actores como Christopher Lee, Martin Landau, Jeffrey Jones o Michael Gambon, y por lo que a mujeres se refiere, ahí están Miranda Richardson y Christina Ricci. Sin olvidar a Christopher Walken, que no necesita decir ninguna frase para resultar inquietante. No busquemos más complicaciones, y limitémonos a disfrutar de un cuento, como cuando éramos niños.
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EL MEJOR MOMENTO PARA QUEDARSE SIN SALDO




Nadie se lo planteó en su momento, pero la aparición del teléfono móvil supuso una verdadera tragedia para los guionistas de películas de terror. ¿Y ahora cómo dejamos incomunicados a esa pandilla de adolescentes granulientos y calentorros que se han ido a esa cabaña forestal a beberse el río Miño y a intercambiar fluidos, para que el mastuerzo de la chaqueta a jirones y la máscara de Tinky Winky pueda destriparles con la adecuada calma? Ah, amigos, el ingenio humano. Ahí arriba, vía Las Horas Perdidas, tenéis unas cuentas decenas de pruebas de por qué los guionistas están tan mal pagados. Por supuesto, este post está enteramente dedicado a la Directrice y a su móvil, que seguro tiene que ser precioso.



Porque útil, lo que se dice útil...
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ÉRASE UNA VEZ EN EL OESTE



No podía dejar de hablar del resurgimiento del western sin comentar una magnífica serie, otra joya más de la corona de la HBO: Deadwood. Podría considerarse prima hermana de Roma, ya que tiene varios puntos en común con ella: realismo casi obsesivo en todos los aspectos (esas calles que son barrizales, esa porqueriza que sirve para deshacerse de los muertos incómodos…), sexualidad y violencia sucia y directa sin el más mínimo adorno, tacos constantes, y mezcla de personajes reales con ficticios.

No hay nada más fascinante en la Historia que el nacimiento de una nación, ver cómo de la nada un grupo de personas sin importancia consiguen levantar una ciudad poco a poco. Sus nombres no pasarán a los libros de Historia, pero sin ellos no habríamos llegado a donde estamos. Y Deadwood trata de todo ello. Deadwood es un lugar cercano a Dakota, rodeado de montañas. Nadie se detendría allí si no fuera por el oro que dicen que hay en el terreno, y eso ha hecho que llegue gente sin cesar, esperando hacer fortuna.

La serie tiene un reparto coral, ya que no hay un protagonista concreto, aunque podría decirse que Seth Bullock (Timothy Olyphant) es lo más cercano a un héroe, sus ataques de ira impiden que sea perfecto, y además acaba totalmente eclipsado por el “lado oscuro”. Porque no nos engañemos, es lo que más abundaba en el lejano Oeste, donde imperaba la ley del revólver. Y aquí es donde aparece Al Swearengen (Ian McShane)

Swearengen es el amo y señor de Deadwood. Aunque en apariencia tan sólo dirige el local The Gem Saloon, no hay nada que ocurra en la ciudad de lo que no se entere. De una inteligencia y visión de futuro privilegiada, está dispuesto por todos los medios a conseguir la anexión de Deadwood a Dakota. Por su propio interés, por supuesto. Es duro ser un chulo, pero Al es mucho más que eso y elimina sin pestañear cualquier obstáculo que se cruce en su camino. McShane es un actor que nunca me había llamado la atención, pero aquí puede decirse que ha encontrado el personaje de su vida y está sencillamente espléndido.

Si hay algo de importancia en el western es el rostro de los personajes: personas con el rostro curtido que se las han visto de todos los colores y por eso no necesitan hablar demasiado, son más gente de acción que otra cosa. La elección de Keith Carradine como Wild Bill Hicok no pudo ser más acertada, aunque desaparezca demasiado rápido su presencia se sigue notando en los capítulos siguientes. La Calamity Jane de Robin Weigert, sin embargo, es más bruta que un arado y roza la caricatura.

Uno de los mayores aciertos de la serie, aparte de los brillantes diálogos, es el mimo con que se trata a todos los personajes secundarios. Desde el médico que interpreta ese robaescenas consumado que es Brad Dourif pasando por el relamido dueño del hotel hasta el señor Wu (no se puede sacar más provecho de un personaje que sólo sabe decir cuatro palabras en inglés), todos están magníficos. Desgraciadamente, como suele pasar con otras series, tras la tercera temporada acabó de una manera totalmente brusca, ya que no se trataba de un final, ni mucho menos… o quizás, tal vez, como la ciudad, nunca llegaría a estar acabada del todo.
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EL MURO DE COCA COLA




Mil dominós simbólicos, pintados por 15000 niños de todo el mundo, cayeron derribados, uno por uno, en las celebraciones por el 20 aniversario de la caída del muro de Berlín”. (nota del autor: véase cómo Lech Walesa, al empujar la primera ficha, está a punto de estamparse en el suelo por la energía con la que la tira, imagen que, en opinión del ignorante y susodicho autor, no deja de albergar cierto simbolismo histórico)


No sé qué pensaría Billy Wilder de este acto de celebración del, quizás, hito histórico más relevante del último cuarto de siglo, en el que se reduce toda una filosofía, todo un orden socioeconómico que derivó en poco menos que una religión, a un paripé con fichas de un juego de jubilados. Probablemente diría que es absolutamente coherente, y un resumen perfecto del estado de la cosa geopolítica. Se han cumplido 20 años de la caída del muro de Berlín, ese cuadro histórico que tantas cosas representa: el toque de corneta a un pensamiento social y económico, el tratado de paz de la Guerra Fría, la libertad de millones de ciudadanos supraeuropeos, y el arranque del chollo para todo aquello que tenga que ver con el concepto “corporación multinacional”. Muchos lo recibieron con esperanza, y otros, más de los que lo admiten, con un confuso sentimiento de resignación. A muchos jóvenes les sonará a chino siglas como RFA, RDA, URSS, y cosas como “Pacto de Varsovia”, pero en mi adolescencia formaban parte del paisaje habitual del telediario. Hoy en día, curiosamente, cuando la República Democrática de Alemania sólo es símbolo de corredoras de 400 metros vallas con más pelo que un oso hormiguero, crece entre sus antiguos habitantes la nostalgia por aquella época, y cada vez un porcentaje más alto querría volver a aquella separación. Qué lástima que Billy Wilder no esté vivo y coleando, porque haría una película deliciosa sobre todo esto. Coño, espera.


Uno, dos, tres” fue la siguiente película wilderiana después del hito artístico que significó “El apartamento”, y se rodó durante, mireustépordonde, la construcción del dichoso muro. Imaginen los blogespectadores las connotaciones melodramáticas del hecho sociopolítico, y adviertan la aparente inoportunidad de realizar una comedia disparatada y vodevilesca sobre la Guerra Fría y el choque de culturas. “Inoportunidad” que aprovechó buena parte de la crítica (y también del público) para lanzarse a la austríaca yugular de Wilder, incapaces de comprender, no sólo que los análisis políticos más afilados siempre se hacen desde la comedia (y hay varios ejemplos de ello), sino que tito Billy, aparte de ser un enorme cineasta, era un politólogo visionario.


El caso es que “Uno, dos, tres” es una de las comedias más frenéticas, veloces, implacables y asfixiantes que uno recuerda haber presenciado. Al ritmo de los chasquidos digitales de James Cagney, se suceden sin perdón situaciones, juegos de palabras, diálogos acerados, entradas, salidas, réplicas, gritos, tropiezos y carreras, sin dar un sólo instante de descanso al espectador. No es una escalera con descansillos, es una rampa que sube y sube, inescrutable, a través del bolígrafo inescrutable de Wilder, que dispara contra ambos lados del muro sin margen para el árnica. La historia no es complicada: un arribista director de la sucursal de Coca Cola en Alemania, C.R. McNamara, se encuentra con que la hija adolescente (Pamela Tiffin) de su jefe ha aprovechado una visita vacacional a Berlín para casarse en clandestinidad con un obrero alemán (Horst Bucholz) más comunista que la hoz y el martillo juntos; el jefe viene de visita, así que hay que hacer pasar al beligerante obrero por un aristócrata de buena familia. La comedia funciona con precisión (germano)suiza gracias, sobre todo, al enérgico trabajo de Cagney, protagonista plenipotenciario de la película, que encarna a un sujeto de valores dudosos – y plenamente capitalistas: quiero dinero, quiero ascender, quiero tener más que tú -, pero por el que es imposible no sentir empatía. Ni que sea porque consiga de una puñetera vez su objetivo y nos deje descansar. Como toda buena comedia, “Uno, dos tres” disfruta de unos secundarios excelentes, dibujados con trazos muy simples y unívocos, que representan distintos arquetipos de las sociedades a las que Wilder desmenuza sin piedad. Destaca el ayudante de McNamara, Schlemmer (Hanns Lothar), un ex-sirviente de los nazis abandonado al capitalismo, pero incapaz de revertir sus tics de servilismo y marcialidad, aunque, eso sí, dice que ha olvidado quién era ese Adolf. Contrapunto delicioso es también la sarcástica mujer de McNamara, dándole hilo a la punta cada vez que habla. Quizás me chirría la excesiva interpretación de Bucholz, el cual siempre me parece con una vuelta de tuerca de más. Pero, en general, todo aquel que aparece (ese médico que siempre está tarareando las Walkirias) aporta su grano de comicidad no exenta de crítica social. Los diálogos son lo que se acostumbra en Wilder, es decir, geniales (“Atlanta es como Siberia pero con discriminación racial”), pero esta vez están por quintuplicado, y si apagas un momento el oído te pierdes algo.


“Uno, dos, tres”, incomprendida en su momento, reflejó a la perfección tanto la actitud invasora capitalistamericana, como la irreal ingenuidad del este pro-soviético, como el sentimiento de culpa y el espíritu de supervivencia germánico. Con esta irrefrenable comedia, Billy Wilder demostró que no sólo era un referente cinematográfico, sino que era un magnífico analista político; por lo cual, seguramente, hoy en día no tendría cabida en ninguna tertulia radiofónica.
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NO DESEARÁS (MATAR) AL PERRO DEL VECINO



A veces el tener nuestras propias filias o fobias puede ser una ventaja. Reconozco que no me habría enterado de la existencia de Cómo matar al perro de tu vecino si el protagonista no hubiera sido Kenneth Branagh, pero había leído que había tenido buenas críticas y había ganado premios, pese a no haberse estrenado comercialmente en nuestro país, de modo que finalmente la vi. Y no me arrepiento en absoluto.

Si dijera que el argumento va de escritor cínico a quien no le gustan los niños y conoce a la hija pequeña de unos vecinos, sobreprotegida debido a su minusvalía, seguro que pensaréis que se trata de un rollo sentimentaloide y lacrimógeno. Nada más lejos de la realidad.

Peter McGowen (Branagh) es un escritor famoso. De joven se ganó la reputación de genio con su primera novela y desde entonces no ha conseguido repetir el mismo éxito. Tiene una lengua de víbora, es un fumador compulsivo y no soporta a nadie, además hace noches que no puede dormir debido a los ladridos del perro del vecino, lo que ha aumentado su habitual malhumor. Su mujer, Melanie( Robin Wright Penn) es un auténtico ángel, pero últimamente el reloj biológico la está empezando a preocupar, ya que a su marido no parece entusiasmarle la idea de ser padre, como parece indicar la hilarante visita al ginecólogo.

A partir de estos elementos Michael Kalesniko construye una comedia ágil e ingeniosa. Hay escenas tan divertidas y bien montadas como las de la entrevista del programa de televisión, alternando las imágenes de dentro del estudio y las del helicóptero, o la de la su conversación con su doble , y afortunadamente no cae en la tentación de centrarse tan sólo en un personaje tan egocéntrico como McGowen, pese a lo mucho que se presta a ello, los secundarios también están bien dibujados, como el asesor de McGowen (“¿Estás borracho?” –“ Qué hora es? “ – “Las cuatro” – “Si.”), o el policía que no conoce más obras de teatro que los musicales de Lloyd Webber.

Branagh está estupendo en su papel, de hecho creo que es una de sus mejores interpretaciones no Shakespearianas en la pantalla, claro que los mal pensados podrán decir que lo tenía fácil para hacer de egocéntrico, y su relación con la niña no es para nada empalagosa, de hecho es el único que la trata como una persona totalmente normal y adulta.

Una película totalmente recomendable, de las que dejan buen sabor de boca… (y ¡qué bien le queda la barbita a mi Kenny!)
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BANANA SPLIT



Esta es de cuando a Tim Burton le salía la magia por las orejas, y no tenía que hacer esfuerzos de estreñido para ejercer sus encantamientos; opino que, desde la jodida “El planeta de los simios” Burton no ha vuelto a ser el mismo, y su perroverdismo exhuma aromilla de fuego de artificio. En “Bitelchús” todavía era un adorable tarado que, no obstante, consiguió el suficiente favor del público como para que le permitieran hacer “Batman”. Una de sus escenas clásicas es esta cena embrujada por Michael Keaton en la sombra, en la que grandes de la comedia como Catherine O'Hara o Jeffrey Jones se ven forzados a moverse (a)rrítmicamente al son de Harry Belafonte. Mientras, Winona, con pinta de EMO fundacional, se lo mira con cara de no haber roto un plato, ni robado en una tienda de ropa.


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CENICIENTO Y LA CALABAZA



Cualquiera que me conozca un poco y sepa de mi gusto por el cine negro, sabrá que si en una película de ese género encima se le añadía una perversa versión de un cuento de hadas, adivinará que me lanzaría directa a verla de inmediato. Y eso es lo que ocurrió con Cara de ángel.

Aunque no aparezca en las listas de las mejores películas de cine negro, eso no quita que sea deliciosa y fascinante, una historia que ha mejorado con el tiempo, convirtiéndola en visión obligatoria de cualquier cinéfilo.

Una ambulancia se dirige apresuradamente a una lujosa mansión, donde la esposa del propietario ha estado a punto de morir asfixiada, en lo que no se sabe seguro si ha sido un intento de suicidio, un accidente... o quien sabe si algo peor. De todas maneras, la mujer está fuera de peligro y uno de los enfermeros, Frank Jessup (Robert Mitchum) descubre a la hijastra de la paciente, Diane Tremayne (Jean Simmons), tocando tranquilamente el piano.

Diane es una muchacha mimada y caprichosa, siente fijación por su padre y desprecia a su madrastra. Tiene una cara angelical, y desde el primer momento decide ir a la busca y captura de Frank, aunque él no parezca demasiado interesado en ella, ya que es muy feliz con su novia; pero Diane sabe cómo conseguir la cosas, y aprovecha la fascinación que siente Frank por su coche para atraparle como una araña.

Preminger nunca tuvo fama de ser demasiado amable con sus actores, precisamente, y una vez más lo demostró durante el rodaje de la escena en la que Robert Mitchum abofetea a Jean Simmons. Preminger insistía en que cada vez le diera más fuerte, una y otra vez, hasta que Mitchum se hartó, le cogió de la pechera de la camisa y le dio una sonora bofetada mientras decía “¿Así te parece bien?

Detalles aparte, consiguió una estupenda pareja protagonista. La sola idea de considerar a Mitchum como un “Ceniciento” ya es adorable, y está perfecto como el típico hombre duro y cínico (o al menos se piensa que lo es), pero que se deja enredar por una cara bonita, soltando las típicas frases cortantes de cualquier cine negro que se precie, como por ejemplo: “Te quiero a mi manera, pero… ¿Qué hombre estaría a salvo con una mujer como tú?”, y Jean Simmons, con su preciosa cara, era la compañera ideal de chicos malo como Mitchum o Brando. Como dice uno de los personajes, “Estás jugando con fuego y te lo aconsejo en una habitación llena de gas.”, así de explosiva era la relación de la pareja. La guinda que termina de adornar el pastel es el excelente y sorprendente final, cuando Frank se ha dado cuenta del auténtico carácter de Diane (o dicho de otra manera, el coche se ha vuelto a convertir en calabaza)… pero no había pensado en el carácter caprichoso y egoista de ella, y para ella no hay campanadas que valgan.
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PATRIMONIO NACIONAL


Este lunes nos ha dejado, a la edad de 87 años, el actor José Luis López Vázquez.

Ni esta noticia de agencias, ni ninguna hagiografía póstuma que se escriba sobre él (ni mucho menos esta), harán justicia al peso específico de este nombre en el imaginario histórico del cine español. Si fuera americano, algún que otro premio de cine, más de un estudio cinematográfico y varias fundaciones sin aparente ánimo de lucro llevarían, a partir de hoy, su nombre. Ha dicho Alex de la Iglesia, presi de la Academia de Cine, que se ha marchado “una de las patas de la mesa del gran cine español, junto a Pepe Isbert y Fernando Fernán-Gómez”, y no le falta razón. Ha sido uno de los iconos más reconocibles de nuestra historia cinematográfica, y también uno de los más imitados, gracias a su personalísima gestualidad y deje parlanchín, con esa manera de hablar tan empeñada en marcar eternamente cada sílaba como si todas fuesen acentuadas. En buena parte de la sociedad española quedará su imagen asociada al cine parrandero, pícaro pero ingenuo, castizo y bullanguero, asociado al aperturismo de los setenta, antes y después de la muerte del tío Paco. En películas marca “opio para el pueblo” tales como “Operación Mata-Hari”, “Cómo está el servicio”, “Por qué pecamos a los cuarenta”, “Lo verde empieza en los Pirineos” o “El señor está servido”. Taquillazos hispanos que ayudaron a inmortalizar su personaje cascarrabias, perseguidor de bikinis suecos y buenazo-pero-con-un-punto-de-mezquindad. Pero, intercalado entre este capazo de filmes coyunturalmente inevitables, López Vázquez fue un actor versátil y sensible cuyo talento no pasaba desapercibido para los grandes de nuestro cine ya desde sus inicios. Esencialmente, su gran descubridor y cómplice vitalicio fue Luis García Berlanga, que seguro que hoy se puesto unos cuantos años encima. Desde su primera colaboración, “Los jueves, milagro”, entre ambos han escrito buena parte de la historia del cine español de las últimas cuatro décadas: “Plácido”, “El verdugo”, “La escopeta nacional” y posteriores, entre otras, para acabar con “Todos a la cárcel”.

Pero su carrera artística no sólo es Berlanga, y ojo que vienen curvas. Marco Ferreri le empujó un poquito más hacia la historia de nuestro cine con la dupla “El pisito”/”El cochecito”; rompió taquillas con José María Forqué gracias a “Atraco a las tres”; quebró moldes y demostró su sensibilidad interpertativa y su capacidad de riesgo haciendo de mujer en “Mi querida señorita”; aterró a media España con el legendario corto de Antonio MerceroLa cabina”... su currículum es inacabable. A finales de los ochenta la industria cinematográfica empezó a aparcarle, y fue encontrando acomodo en la televisión, con múltiples apariciones plenas de profesionalidad y entrega. Su último papel reconocible se lo dio Juan José Campanella en “Luna de Avellaneda”, donde daba vida al entrañable propietario de un viejo club deportivo. La escena de su muerte me produjo una extraña emoción, como si asistiera al fallecimiento del verdadero López Vázquez, y me estremeció. Así como Fernando Fernán-Gómez era ese abuelo sabio al que visitas ávido de su lucidez pero temeroso de sus cambios de humor, José Luis López Vázquez era ese con el que vivirías toda la vida, inofensivamente gruñón, verborreico y vivaracho, sin el cual una casa es un poco más apagada, y un poco más silenciosa. Así se queda, hoy, el cine español, tras la muerte de López Vázquez: silencioso y un poco más apagado.


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ÚNETE A LA FAMILIA




¡Dichoso Halloween! Por si no tuvieran poco, los norteamericanos tienen que acabar imponiendo sus tradiciones por todo el mundo. Con lo bonito y divertido que eran esas tradiciones tan nuestras como Don Juan, o los panellets con moscatel… en fin. Ahora lo que cuenta es la calabaza y el “truco o trato”. Para al menos no desentonar con la ocasión, y mientras busco un disfraz para pedir caramelos, os propongo disfrutar de la jornada en familia, y ninguna mejor para ello que los Addams. Gómez y Mortícia (o Raúl Juliá y Anjelica Huston, si lo preferís) nos deleitan con un tango (o tal vez deberíamos dejarlo en "baile latino") en el que dan rienda suelta a su pasión. La verdad es que da gusto ver a una pareja tan enamorada ¿no me habré equivocado y es San Valentín?.
 
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