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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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YO NO SOY UNA CHICA ALMODOVAR



Este post va a ser un poco más corto de lo habitual (no se desmaye, señora). La culpa de ello no la tiene ni el catarrazo que me tiene cogido por las gónadas, ni una repentina rampa en los metacarpios de los dedos, ni que Dios exista y haya atendido a las plegarias de la Directrice. La culpa es del cine español, así, en general, que a veces parece que sólo tiene ojos para los mismos siete u ocho nombres de siempre, y se empeña en rezagar, con contumaz injusticia, algunos de sus valores más sólidos. No sé si en el caso que nos ocupa, la razón de su ostracismo se encuentra en algo tan inane como su apellido, Ozores, cuyo aroma retrotrae a un cine de salero grueso, exabrupto coyuntural y sujetador resbaladizo, absolutamente ajeno al extraordinario talento de Adriana, hija de Jose Luis, sobrina de Mariano y de Antonio, prima de Emma, y refractaria al llamado "ozorismo", a pesar de haber sido partícipe del mismo en sus inicios. Valga este pequeño artículo como homenaje, recordatorio y reivindicación de una de las mejores actrices de esta Hispania nuestra. Adriana Ozores.

A principios de los 80, apellidarse Ozores significaba formar parte del clan Ozores-Pajares-Esteso, grandes hacedores de aquel cine ochentero-pajillero que lubricó los desmanes mentales del españolito de a pie (o de a Supermiriafiori): "El liguero mágico", "Los chulos", "Brujas mágicas" o "Cristóbal Colón, de oficio descubridor", fueron grandes hitos del post-landismo en los que Adriana, fiel sobrina, participó más o menos vestida, aunque, habitualmente, en papeles muy secundarios de corte cómico, al estilo de su prima Emma. Visto que por aquel camino no había salida, tuvo la habilidad de intercalar pequeños papeles alimenticios en televisión con su vocación teatral, y, mientras entresacaba la cara en "Turno de oficio", se convertía en primera actriz de la Compañía de Teatro Clásico de Adolfo Marsillach. Allí se hizo un nombre, se forjó un talento y se aparcó el ozorismo de su apellido.

El cartero, por mucho que diga JACK, casi nunca llama dos veces, pero en este caso el cine volvió a picar a la puerta de Adriana. Fue Joaquín Oristrell quien la llamó para su ópera prima, "¿De qué se ríen las mujeres?", y aquí la Ozores empezó a demostrar que su capacidad para dar verosimilitud a un personaje también tenía cabida en nuestro séptimo arte. Enseguida se manifestó, no sólo su talento natural y su versatilidad para afrontar cualquier género, sino su buen ojo para elegir proyectos. Acertó al arriesgar con otro primerizo, Miguel Albaladejo, y participó en su excelente y coral opera prima, "La primera noche de mi vida", iniciando una fructuosa relación profesional. Cuando le otorgaron el Goya a la Mejor Actriz de Reparto por "La hora de los valientes", estaba claro que los finales de los noventa eran suyos. En pocas películas había demostrado que era capaz de insuflar vida y carácter a personajes de todo tipo de pelaje, y que se movía tan naturalmente entre las olas de la comedia como del drama más desaforado.

En 1999 se hartó de trabajar: además de ponerse a las órdenes de Gracia Querejeta en "Cuando vuelvas a mi lado", duplicó con Albaladejo en uno de los episodios de "Ataque verbal" y en una de las mejores comedias españolas de los 90, "Manolito Gafotas", en la que la Ozores, literalmente, se salía como ama de casa carabanchelera, chillona, y, ella sí, mujer profundamente desesperada (por las tropelías de sus abominables hijos). Incluso le daba tiempo a pasarse, de vez en cuando, por la serie "Periodistas", tocándole la moral a Jose Coronado. A partir de entonces deceleró su ritmo, pero siempre participando en películas de buen trazo, destacando sus interpretaciones en "La suerte dormida" (un inusual policíaco), "Héctor" (otra vez con Gracia Querejeta) y, especialmente, "Heroína", un tour de force interpretativo que acabó de encasillarla en el perfil de madre coraje y que le valió nominaciones y premios de todo tipo, aunque se le negó el Goya. Quizás para evitar ese encasillamiento, cambió de registro y pasó a fría ejecutiva en "El método". Pero ya era tarde: la cárcel televisiva la había aprisionado con la versión cajatontera de "Manolito Gafotas", y "Los hombres de Paco" ha terminado de absorberla.

Así pues, el teatro ha vuelto a convertirse en su refugio artístico, triunfando el año pasado con "Lady Macbeth", y recién estrenada una comedia de infidelidades llamada "Sexos", ambas en los Madriles, a la espera de que llegue a las pantallas su última colaboración con Miguel Albaladejo, "Nacidas para sufrir", y podamos de nuevo admirar el talento natural, la verosimilitud y versatilidad de una de las mejores actrices que ha pisado las pantallas españolas estos últimos años, y a la que ha perjudicado, quizás, no haber entrado en determinados circuitos del glamour. Puede que no seas una chica Almodóvar, pero que sepas, Adriana, que eres una chica linternera. Que oyes, algo ya es.
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EL SÍNDROME DEL GENIO INCOMPRENDIDO



Gilliam el fantástico, el genio maldito, el visionario… los adjetivos pequeños no le van a este personalísimo director. Formó parte del genial grupo de los Monty Python, y eso le tuvo que marcar. Con ellos, aparte de su trabajo como actor, hizo las animaciones que aparecían en el espectáculo de Monty Python’s flying circus y dirigió Los caballeros de la mesa cuadrada y La bestia del reino, donde ya se empezaba a notar que Gilliam estaba en otra onda. Tenía el sentido de humor de sus colegas, eso sí (aunque fuera el único yanki en la corte de los Python), pero una fantasía desmesurada. Aún así, The crimson permanent assurance, el corto que dirigió para El sentido de la vida, es uno de los sketchs más recordados del grupo.

Una vez separados empezó su carrera en solitario con Los héroes del tiempo fue un éxito, lo que dio pie a su siguiente película, Brazil, con la que la crítica ya empezó a fijarse en él como en un autor totalmente personal y de delirante tratamiento visual, y que pese a no ser una adaptación al pie de la letra de 1984 de Orwell, es la que mejor ha captado el espíritu de la novela. Sus siguientes proyectos fueron El barón de Munchausen, El rey pescador y 12 monos. Todos ellos tenían algo en común: todas hablaban del enfrentamiento de fantasía y realidad, que lleva obligatoriamente a la locura; la imaginación no es lugar tan agradable como pensamos, ya que también se ha acabado contagiando de nuestros demonios personales, pero aún así la seguimos prefiriendo a la realidad. El rey pescador fue una de sus películas más encantadoras y accesibles, con unos estupendos Jeff Bridges y Robin Williams, y 12 monos fue una magnífica adaptación de La jetée con toques de Vértigo con otra magnífica pareja protagonista: Bruce Willis y Brad Pitt.

Miedo y asco en Las Vegas fue, mucho antes de que se pusiera de moda la palabrita, toda una experiencia lisérgica, y ya empezó a hablarse de que en él lo que importaba más era el continente que el contenido, y siguieron dos fracasos: Los hermanos Grimm, que al menos tenía el aliciente de ver a la Bellucci haciendo de bruja diciendo lo de “espejo, espejito mágico” (lo que no es poco), y la desaparición de cada uno de los niños estaba muy bien rodada. Tideland fue una amarga visión de Alicia en el país de las Maravillas; como él mismo reconoció, El laberinto del fauno trataba un tema muy parecido y prácticamente coincidieron en el tiempo, pero la película de Guillermo de El Toro gustó mucho más.

Y ha llegado el momento de hablar de sus proyectos fallidos. Desde Orson Welles no había habido ningún director con tantos proyectos sin acabar o que no haya podido realizar: el más emblemático es The man who killed Don Quixote, que dió lugar al documental Lost in La Mancha, donde se dejaba claro su entusiasmo y poco sentido práctico ( y tal vez algo de gafe, quien sabe). Entre los que no pudo dirigir están Historia de dos ciudades, Un yanki en la corte del rey Arturo o Watchmen. El imaginario del doctor Parnassus parecía que iba a unirse a esa lista debido a la prematura muerte de Ledger, pero el apoyo de Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell hizo que pudiera terminarse y se convirtiera antes de estrenarse en una película de culto por razones extracinematográficas.

No hay duda de que Gilliam es Munchaussen, Don Quijote o el doctor Parnassus, un mentiroso charlatán que se enfrenta a molinos de viento, pero aún así tiene la extraña cualidad de que al menos algunas de las escenas de sus películas valgan más la pena que algunas películas enteras y su imaginario parece inagotable... Quien sabe. Tal vez su suerte haya cambiado, porque parece que el proyecto de acabar Don Quijote sigue adelante
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APOSTADORES DE ALMAS


Visto lo visto (y, en especial, lo no visto), poder presenciar en una pantalla de cine comercial una película de Terry Gilliam es un hito cada vez más insólito. Al ex-Monty Python parece haberle mirado un batallón de tuertos con un gato negro cada uno, porque las historias de las filmaciones de sus películas (o de sus no-películas) son ya legendarias. Con “El imaginario del dr. Parnassus” no fue ni un exceso de presupuesto (loor a los baratísimos efectos digitales), ni problemas con las localizaciones, ni dificultades de casting de última hora. Simplemente, se murió uno de los actores principales a mitad de rodaje. Sin embargo, por una vez, y sin que sirva de precedente, los hados le han echado una mano, y la expectación provocada por ver la última interpretación de Heath Ledger, y la ingeniosa idea aplicada para sustituirle durante el resto del rodaje, han conseguido llevar la película hasta el puerto que se merecía: el estreno. Tal es así, que en los créditos del film la película no es de Gilliam sino de “Heath Ledger y sus amigos”, un bonito y discreto homenaje al que podía haber sido uno de los grandes actores de su generación.

¿Y la peli, qué tal, marcbranches? Pues algo sí queda claro, y es que, desde luego, es una película de Terry Gilliam. Tiene su marchamo desde el primer minuto hasta el último. Él comenta que es su proyecto más personal, e incluso más autobiográfico, aunque me cuesta reconocer este último aspecto. “Parnassus” cuenta la historia de un hombre (Christopher Plummer), un actor con una mísera compañía teatral, que había alcanzado la inmortalidad gracias a un pacto con el diablo (que tiene la pinta y la voz de coñac de Tom Waits), otorgándole además un poder proyectado a través de un espejo mágico, que sobredimensiona, haciéndolas realidad, las imaginaciones del que entra en el espejo. Por supuesto, el diablo siempre juega con las cartas marcadas, y eso tiene un precio: se llevará a todos los hijos del viejo Parnassus cuando cumplan los dieciséis, cosa que está apunto de suceder con su hija Valentina (Lily Cole). Mientras la fecha del cumpleaños se acerca, la andrajosa compañía teatral se encuentra con un extraño tipo, Tony (Ledger), al que salvan de un seguro ahorcamiento, y que se les une en su viaje, aunque parece que tenga su propia agenda.

Como decía, es una película con el sello Gilliam, en lo bueno y en lo malo. A estas alturas, a mí ya me queda claro que Gilliam necesita que alguien le escriba un guión lo suficientemente férreo para que le permita salirse por peteneras sin que la verosimilitud y la comprensión de la historia se resientan. A Gilliam le puede, en demasiadas ocasiones, su universo, sus monstruos, sus grandes angulares, sus parajes imposibles, olvidándose de explicar de manera mínimamente elaborada por qué están ahí. En este sentido, tiene el concepto de autoría muy asentado; rueda SUS películas, lo que a él le fascina, convencido que los de detrás de la cuarta pared van a seguirle sin problemas y con pleitesía. Lo cual, a estas alturas, y teniendo en cuenta su historial de fracasos, es asombroso. En “Parnassus” nos encontramos con una película a la que, una vez más en nuestro adorado geniecillo, le falla esplendorosamente la narrativa. El desarrollo del film es confuso, nunca queda demasiado claro, cuando apuestan almas Parnassus y el diablo, por qué se llevan cada uno las suyas, ni qué provoca exactamente lo que vemos al otro lado del espejo, ni las motivaciones reales de Tony. Todo es un embrollado batiburrillo del que da la sensación que a Gilliam no le interesa salir, puesto que lo que realmente le importa es el dibujo de las realidades que presenta en el filme. Una es la terrenal, la representada por el astroso teatro de feria ambulante al que nadie quiere ir, hasta que Tony, con su carisma lenguaraz, consigue atraer a la gente necesaria para que Parnassus gane su apuesta; la otra es la que se encuentra detrás del espejo, en la que Gilliam se puede solazar gracias a los efectos digitales, y que nos retrotrae a los tiempos de “Las aventuras del barón Munchausen” o “Los héroes del tiempo”. Aunque, en mi nada modesta opinión, carece de la magia de aquellas.

La solución al problema de Heath Ledger es brillante, sin duda. Cuando Ledger cruza el espejo y cruza el universo de la imaginación, se convierte en Johnny Depp, Jude Law o Colin Farrell. El actor australiano, sin embargo, se las arregla para dejar constancia de su brillantez en el resto de escenas “reales”, improvisando la mitad de los diálogos de su charlatán de feria (que, según Gilliam, es un trashunto de Tony Blair) e irradiando el carisma juguetón que requería su personaje. Él ha acabado siendo el alfa y el omega de este proyecto ciento por ciento Gilliam que, paradójicamente, sin el fallecimiento de su protagonista es probable que nunca hubiese visto la luz. Disfrutemos, a pesar de sus irregularidades, con este imaginario, antes de que Terry se ponga manos a la obra con su eternamente postpuesta “The man who killed Don Quixote”. Si es que consigue acabarla, claro.

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PIENSA MAL Y ACERTARÁS




Lo sé, direis que es un recurso muy fácil usar las escenas de Hitchcock, y es cierto, pero cuando hay tanta maestría en cada toma es imposible no admirarte una y otra vez, y deberían ser de visión obligada para todos los que quieren aprender a hacer cine. Porque no deberíamos olvidar que el cine es el arte de explicar historias mediante imágenes, y eso el tio Alfred lo sabía mejor que nadie. De modo, que una nueva muestra de su saber hacer. En 39 escalones, Richard Hannay( Robert Donat) huye acusado de un crimen que no ha cometido. En su escapada, llega a una granja en la que vive un matrimonio de campesinos. Con dos pinceladas, Hitch nos dibuja perfectamente estos personajes, tremendamente unidos a la tierra. Él es un hombre avaricioso y desconfiado, y ella se deja deslumbrar fácilmente por las cosas desconocidas. Hannay acaba de darse cuenta de que han publicado la noticia de su fuga en el periódico; sin tener tiempo de terminar de leer la noticia, se sientan todos a comer. Él sigue inquieto, con la vista fija en el periódico, ella distraída sigue su mirada y repara en la noticia, asustándose por si es un asesino, aunque él intenta calmarla con la mirada. Lo que no saben es que el marido los está observando, y se imagina que el desconocido está seduciendo a su mujer. No pueden decirse más cosas sin una sola palabra. Maestro.
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LOS CARNICEROS NO QUIEREN CONEJOS MUERTOS


Ah, la pasión, ese demoníaco invento.

Hay veces en que la pasión te permite llegar hasta los límites más insospechados: artísticamente, eso significa, en pocas palabras, alcanzar la genialidad. Pero en otras, te ofusca, te bloquea y te impide ser tú mismo: artísticaetc., eso significa no estar a la altura de las expectativas. En clave de Martin Scorsese, podríamos decir que un gran ejemplo de lo primero fue “Uno de los nuestros” (aunque entre esas comillas se podrían situar varios títulos más), mientras que como prueba de lo segundo nos vendría que ni pintada “Gangs of New York”. Y, sin embargo, uno sigue sospechando, aún hoy en día, que, más que de la pasión, de quien fue realmente víctima el tío Marty fue de las imperativas y celebérrimas tijeras de los hermanos Weinstein, que le tenían, contractualmente, agarrado por sus italianos güevos. Nunca habrá pruebas periciales determinantes, porque Scorsese está radicalmente en contra de los Director's Cut a posteriori – para él, el “montaje del director” es el que se muestra en los cines -; pero espectadores que presenciaron un primer montaje de trabajo que se alargaba a más de tres horas (el filme original dura 167 minutos) confirman que aquella versión era más satisfactoria. Sea lo que sea, “Gangs of New York” ha quedado dibujada en la historia como una película poco menos que fallida, y como el inicio de una leve decadencia artística de Martin Scorsese, del que se teme que no vuelva a sus niveles magistrales de la anteriores tres décadas.

Y el caso es que solemos relacionar “fallida” con “mala” o “mediocre”. Sin embargo, “Gangs of New York” no es, a juicio de Mi Majestad, ni una cosa ni otra. Si es aplicable el adjetivo “fallida” es, exclusivamente, porque no termina de cumplir las desmesuradas expectativas que que todos, incluido el mismo Scorsese, habían puesto en ella. El material de partida era muy goloso: un libro documental de 1928 escrito por Herbert Ashbury, “Gangs of New York”, que relata la proliferación, supervivencia y extrema violencia de las múltiples bandas callejeras que poblaban las calles de la Gran Manzana durante las décadas de mitad del XIX. New York + violencia callejera = Scorsese. Después de treinta años de dimes y diretes alrededor de este proyecto, finalmente Marty pudo rodarlo a principios del 2001, en medio de exorbitantes erecciones cinéfilas, a la espera de, como poco, la película definitiva del maestro italoamericano. No fue así.

Pero “Gangs of New York”, con sus irregularidades, con sus arritmias, con sus jirones, es una excelente película. El inicio de la misma, al son de un poderoso tema de corte celta (crédito para Howard Shore), con la cámara acompañando al Reverendo Vallon (Liam Neeson), cabecilla de la banda “Los Conejos Muertos”, en su camino a través de la fábrica de cerveza, es impresionante, y acaba en una pelea masiva a la que le sobra algún efectismo, pero que traslada, ya de arranque, el nivel de violencia al que nos enfrentamos. Por bárbaro que parezca, ese salvajismo primario existió, y reinó en New York en aquella época, en la que la Guerra de Secesión no había llegado a la Big Apple. Scorsese se vale de la historia de Amsterdam Vallon (Leo DiCaprio), un neoyorquino de sangre irlandesa que vuelve a la ciudad a vengarse de quien asesinó a su padre en la reseñada reyerta, el líder de la banda rival “Los Nativos Americanos”, William Cutting “El Carnicero” (Daniel Day Lewis); ocultando su identidad, consigue la confianza del salvaje Cutting, quien le considera poco menos que el hijo que nunca tuvo, pero la aparición de una mujer en el meollo, la carterista Jenny (Cameron Diaz) complica las cosas. Esta última frase, de hecho, se puede aplicar, tanto a la sinopsis del largometraje, como al desarrollo del guión.

La descripción meticulosa de la atmósfera de la ciudad, con los conflictos raciales, las guerras de bandas, la masificación inmigrante, la corrupción política, la inutilidad de los cuerpos de seguridad, y la supervivencia criminal, funciona a la perfección. Cuando nos adentramos en la historia central, el asunto chirría, mayoritariamente de un lado: el amoroso. El personaje de Jenny, absolutamente innecesario, no sólo banaliza el conflicto principal entre Amsterdam y el Carnicero, sino que resta simbolismo a la evidente metáfora que significa la relación entre los antagonistas: el Nativo Cutting, que rechaza violentamente todo lo que viene de fuera, y el inmigrante Vallon, un superviviente que trata de abrirse camino, si es necesario, a navajazos. Hay, en este sentido, un descomunal plano-secuencia muy explicativo que va desde la llegada de centenares de inmigrantes en un barco, que son reclutados inmediatamente en el ejército, hasta la descarga de varios ataúdes con olor a trébol. A pesar de Jenny, de todas formas, la película avanza con paso firme, ritmo adecuado y con la suficiente grandilocuencia, hasta un punto álgido que coincide con la celebración del aniversario de la victoria de los Nativos en un garito chino. A partir de ahí, inopinadamente, la historia se acelera a trompicones (hay algún tijeretazo vergonzoso), y Marty no da con la tecla. Ni siquiera las escenas de masas del final, que cuentan la descerrajada insurrección ciudadana contra los reclutamientos obligatorios en 1863, se salvan del todo, creando cierta confusión en el espectador sobre lo que realmente está pasando.

El gran eje sobre el que acaba girando el film es Daniel Day Lewis, quizás el actor con más presencia de los últimos veinte años. Su Bill el Carnicero es una creación asombrosa, desde el mismo acento (una voz nasal que habla a escupitajos): racista, xenófobo, salvaje, primario, sucio, arrogante, manipulador. El yerno perfecto. Sin embargo, alberga un atractivo animal, y proviene de su sentido del honor, que le permite admirar sinceramente a su antiguo enemigo el Reverendo, y de ciertos jirones de humanidad, resueltos en un maravilloso monólogo envuelto en una bandera americana. La película crece con Day Lewis, y decae sin él. A su lado, los esfuerzos de DiCaprio palidecen (ya no digo de la ex-ángel de Charlie. Animalico), a pesar de su aproximación a un acento irish. Bill el Carnicero será lo que perdure de esta irregular pero enérgica y notable película, rematada con un plano del skyline neoyorkino en el que, polémicamente, se incluyeron las Torres Gemelas que había barrido Bin Laden un año antes. Como dijo Marty, “este es un film para quienes construyeron América, no para quienes intentaron destruirla”.


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DONDE HAY PATRÓN...



¡Salve al gurú de las series de la nueva televisión! J.J. Abrams está demostrando que da un sello propio a sus proyectos, y que entiende mejor que nadie a los frikies de la televisión, dándoles generosamente carnaza para que vean sus episodios una y otra vez, buscando claves ocultas, mensajes subliminales, extrañas coincidencias que se nos podrían haber pasado por alto en el primer visionado… todo eso y mucho más.

Una de las características de Abrams es que no le importa mezclar géneros y referencias de cosas que le gustan. En Fringe era muy evidente: agente del FBI y científico investigando casos extraños que siguen lo que denominan el “patrón” recordaba demasiado poderosamente a Expediente X, y es evidente que Abrams ha querido hacer el equivalente de una de sus series favoritas, a su manera. Nada de conspiraciones gubernamentales ni abducciones alienígenas, (aquí son más políticamente correctos en ese aspecto), sino una empresa científica y tecnológica llamada Massive Dynamics, que tiene muchas cosas que ocultar. Cierto que la pareja protagonista no tiene la química de Mulder y Scully, pero a cambio está Walter Bishop (John Noble), dentro de la tradición de científicos locos (y con una larga estancia en el manicomio para acreditarlo), que es un personaje tan excéntrico como todos los pistoleros solitarios juntos y se convierte en la estrella de la función. Sus años de reclusión le han vuelto bastante antisocial, le encantan las drogas y no sabe cómo comportarse en público (¿no recuerda a alguien?), para desespero de su hijo Peter (Joshua Jackson)

Se ha de reconocer que el programa piloto fue un tanto decepcionante, (con claras referencias a uno de los episodios más famosos de Expediente X,Tempus fugit, de nuevo), pero poco a poco fueron ganando en interés y a partir del momento en que apareció el Observador, la cosa cambió: un hombre sin cabello, de extraños gustos alimenticios, que siempre aparece en medio de cualquier investigación. Este tipo de personaje, 100% Abrams, sumamente enigmático, aparece en todos los episodios, aunque a veces cueste de encontrar, añadía un aliciente más para los seguidores frikies, que podían jugar a “¿Dónde esta Wally?" con él.

De sobras es sabido lo mucho que le gustan las paradojas espacio-temporales a Abrams, y la serie empezó a coger ese rumbo hasta llegar a un espectacular final de temporada, que abría un montón de posibilidades e incluía un guiño particular a Star treck. La segunda temporada no ha podido empezar mejor, cogiendo la opción que parece más acertada y aumentando el suspense; los guionistas parecen haberle cogido el gusto al argumento y saber atrapar a los espectadores como pocos, de modo que da la impresión de que tenemos una nueva serie de culto al canto.
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ALIEN SOWETO



Una de las revelaciones del verano ha sido “District 9”, la película de ciencia-ficción del sudafricano Neill Blomkamp, la cual ha encantado a nuestro amigo Josep, y al que, por tanto, va dedicado este post. “Alive in Joburg” es el corto del propio Blomkamp en el que se basa la película, en la que se establecen los parámetros principales de la misma: unos alienígenas que acaban viviendo en un ghetto sudafricano, apartados y en creciente conflicto “racial” con los humanos. La idea del corto es potente y está muy bien plasmada, utilizando, incluso, declaraciones reales de sudafricanos que, en aquella época (ojo a la fecha datada: 1990, aún en los estertores del apartheid), se quejaban de los refugiados zimbabweses de la zona. “Distrito 9”, posteriormente, demostraría que, quizás, la idea no daba más que para un mediometraje; o puede que a quien no le diera más de sí fuera al propio director, que, a la hora de película, se le acaba la cuerda y decide rellenar lo que le queda a base de hondonadas de hostias. El corto no sorprenderá a los que ya han visto el film ulterior; pero, para los que no hayan ido al cine, vale la pena que le echen un vistazo a estos 6 minutos de apartheid alienígena. Mulder, tenías que haber buscado en Johannesburgo.
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ALEJANDRO DE ALEJANDRIA



He de reconocer que no soy Terenci Moix; me encantan las historias del Antiguo Egipto, pero me repatean las de romanos y cristianos tipo Ben Hur o Quo Vadis, en las que generalmente un esclavo cristiano acaba convirtiendo por amor a su señor pagano. Pues bien, Agora parecía que iba a dar una ligera vuelta de tuerca al tema, y en ese aspecto es así, y no decepciona, pero en otros…

Amenábar nos presenta su película más ambiciosa y espectacular hasta el momento, lejos del intimismo de Mar adentro, pero también (desgraciadamente) de su habilidad para el suspense de Tesis, Abre los ojos o Los otros.

El mensaje de la película no puede ser más correcto y actual: rechazo de cualquier forma de fundamentalismo religioso, tolerancia hacia las diferentes culturas y religiones, un imperio que se está desmoronando…, pero por desgracia el contenido está por encima del continente, pese a la meticulosa reconstrucción de los decorados o las escenas de masas en el más puro estilo de las superproducciones de Hollywood.

El personaje de Hipatia es muy interesante, y sin duda fue una mujer extraordinaria, adelantada a su tiempo, porque ¿Cuántas filósofas de la antigüedad conocéis?. No es de extrañar que pueda provocar fascinación, a la que Rachel Weisz añade su belleza cálida y natural, lejana de las inexpresivas maniquíes de botox que abundan en la actualidad, pero algo falla en la película. En parte frialdad, debido al tratamiento siempre intentando distanciarse de los personajes, mostrándonos nuestra insignificancia comparados con el universo (un recurso que usa demasiadas veces), o tal vez por una elección no demasiado adecuada de los actores protagonistas,(Max Minghella y Oscar Isaac están correctos, sin más). De acuerdo que no está de más contrastar la frialdad con el fanatismo que mueve a las masas, pero no por eso los personajes deberían estar faltos de vida.

Aún así no puede decirse categóricamente que sea una mala película, Amenábar es un buen director, y lo sabe, pero tal vez para una película así debería de haber tenido más rodaje previo. Pero consolémonos pensando que podría haber sido peor; si se hubiera hecho en Hollywood se habría centrado más en la historia de amor y hasta según cómo habrían sido capaces de cambiar el final, y Hipatia no se merecía eso. De todas maneras estoy convencida de que Amenábar nos volverá a sorprender de nuevo con otros proyectos, y eso ahora no pueden decirlo todos.
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EL PADRE DE "MOU"


Es curioso, pero parece que los deportes de masas no se llevan demasiado bien con el cine, en líneas generales. ¿Alguien recuerda una buena película de, pongamos por caso, tenis? De hecho, ¿alguien recuerda una película de tenis (aparte de “Wimbledon”, que en realidad es una comedia romántica ambientada en el tenis, como podía estar ambientada en la petanca indoor)? Sigamos. ¿Baloncesto? “Hoosiers”, y vas que te matas. ¿Fútbol americano? Llámenme ignorante, pero sólo se me ocurre “Un domingo cualquiera”, y tengo bastantes dudas de que pueda ser considerada una gran película. ¿Hockey? “El castañazo”, ¿y cuántas más? El béisbol es más afortunado, y tiene algunas buenas muestras: “El orgullo de los yanquis”, “El mejor”, “Ellas dan el golpe” (sí, a mí me gusta, qué pacha). El deporte que se lleva la palma es, como no podía ser de otra manera, el denostado, sórdido, épico y malparado boxeo, que da, y seguirá dando, para parar un tren; no las enumero para no acaparar post, pero podéis ir pinchando y babear. ¿Y el fútbol? “Evasión o victoria”, sí, pero no es nada del otro mundo, y no va de fútbol, en realidad. “Quiero ser como Beckham” no está mal, pero no es tanto una película futbolística como un cuento moral interculturalista (palabra que, con el desahogo que me caracteriza, acabo de inventarme). ¿Y luego qué?

Pues luego, o mejor, dicho, muy por encima, va “The damned United”.

“The damned United” (gracias, Señor, por permitirnos disfrutar del título original) cuenta la historia real de Brian Clough, un celebérrimo entrenador británico que, después de llevar al humilde Derby County desde la que sería 2ª División inglesa hasta ganar dos ligas y llegar a semifinales de la Copa de Europa, fichó por el Leeds United, el equipo más odiado en Inglaterra por la suciedad de su juego; allí sustituyó a Don Revie, toda una institución en el Leeds, que había pasado a ser seleccionador nacional, y con el que Clough mantuvo durante años una rivalidad enfermiza. Duró apenas 44 días, asfixiado por el peso del recuerdo de Revie; la película cuenta esos 44 días de 1974, y cómo Clough llegó hasta ellos desde Derby. Brian Clough, que después de ese rato en el Leeds hizo auténtica historia en el Nottingham Forest (dos Copas de Europa seguidas, Pep, échale un ojo) no es cualquier cosa: elegante, comunicador, megalómano, gran motivador, y un impenitente bocazas que daba constantes titulares a la prensa, lo cual colaboró decisivamente a que haya sido considerado el mejor entrenador inglés que jamás fue seleccionador. Se dice que José Mourinho, otra boquita de piñón, ha recogido su testigo, aunque también se podría haber dicho que Clough lo recogió de Helenio Herrera. “The damned United” es una (que no “la”) historia de Brian Clough, pero, esencialmente, es un retrato magnífico de lo que es el fútbol en las Islas.

Y la magnificencia de dicho retrato, obra del debutante Tom Hooper, llega ya desde la fotografía, que capta a la perfección tanto la frescura de la campiña británica como la escarcha de su perenne neblina, o el chapoteo del calzado obrero sobre el húmedo pavés del extrarradio industrial inglés. A partir de ahí, Hooper (desde el guión de Peter Morgan: “Frost/Nixon” y “The Queen”, chavales) desarrolla su historia en flashbacks desde el desolador presente de Clough (Michael Sheen) en el Leeds, hasta su exitosa carrera en el Derby County. Y lo hace empapándonos de la filosofía con la que los ingleses, en aquella época más que ahora, se acercaban al fútbol. Clubs grandes de estructuras poco menos que familiares, campos de fútbol andrajosos, relaciones cercanas entre jugadores, entrenadores y aficionados, hasta el punto de estar absolutamente integrados en las dinámicas de las ciudades en las que juegan; en general, una atmósfera amateur, tradicionalista y muy “working class” que choca extraordinariamente con la percepción del fútbol de élite que tenemos hoy en día. Tenemos la sensación de que nos muestran equipos de divisiones inferiores, de barrio incluso; pero lo cierto es que son de primera, ganan ligas y juegan finales de Copa de Europa. Sin Florentinos ni Messis.

Y en esta biosfera, el perfil de Brian Clough, un hombre demasiado ambicioso, acomplejado por su rivalidad con Dan Revie (Colm Meaney), capaz de dejar en la estacada a su colaborador de toda la vida, Peter Taylor (Timothy Spall) con tal de pisotear la sombra de Revie en el Leeds; la primera frase que les soltó a sus nuevos jugadores es historia del fútbol inglés: “Hasta donde yo sé, podéis tirar todas esas medallas que habéis ganado a la basura, porque las ganasteis todas robando”. Así, se manejan con soltura conceptos tan simples como amistad, lealtad, envidia, orgullo, dignidad. Y a ello colabora de manera decisiva Michael Sheen, quien, no sólo vuelve a parecerse (el tío es un Spitting Image andante) a un personaje histórico, sino que ejecuta una interpretación extraordinaria, firme, convencida, mucho más allá de la evidente semejanza física. Aunque, claro, este es un largometraje británico, así que todos los actores están perfectos. Con deciros que me he dejado a Jim Broadbent...

“The damned United” no es una obra maestra, ni pretende serlo. Le falta bisturí, quizás por falta de ambición temática; y a veces se nota el bajo presupuesto. Pero contiene algunas excelentes escenas, algunas derivadas de algo que también se le achaca (que le faltan escenas, curiosamente, de fútbol), como la de Clough viviendo un partido contra su odiado Leeds en su oficina, deduciendo el resultado por los sonidos y las sombras de su ventana. En cualquier caso, si ud., aficionado futbolero (pero del de verdad, no del que escribe en los foros del Marca), echaba de menos una película sobre su pasión, aquí la tiene. Eso sí, “The damned United” es más recomendable todavía si se visiona justo después de haber leído “Fever pitch”, el extraordinario libro de Nick Hornby. Orgasmatrón para futboleros.


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GARY COOPER QUE ESTÁS EN LOS CIELOS



Ya he comentado en otras ocasiones cómo el cine de género a veces permite tratar otros temas de una manera indirecta, que de otra manera casi sería impensable, o con ese tratamiento resultan mucho más interesantes. Con Sólo ante el peligro tenemos una película con todas las características del western, pero se convierte en una ingeniosa alegoría sobre la caza de brujas. ¿Puede resultar extraño? No, ni mucho menos.Fred Zinneman tuvo que declarar ante el Comité de Actividades Anteamericanas durante el rodaje, y se sentía totalmente identificado con el personaje, ya que se sentía tan sólo y abandonado por los demás como él.

Es el último día de trabajo del sheriff Will Kane (Gary Cooper), se acaba de casar con Amy (Grace Kelly) y van a irse del pueblo para empezar una nueva vida juntos, pero la noticia de que en el tren de las doce (la high noon del título original) llega un criminal al que Kane había detenido, Frank Miller, que había prometido vengarse de él, hace que cambien todos los planes.

El ritmo cinematográfico se ajusta al tiempo real, lo que nos hace sentir el paso de cada minuto que se acerca a la llegada del tren como una amenaza cada vez mayor. Los relojes prácticamente se convierten en unos protagonistas más de la película, y la canción es una de las más famosas de los westerns, probablemente junto con la de Johnny Guitar. No deja de ser irónico, por cierto, que la canción diga “no me abandones, cariño” cuando todo el mundo abandona al sheriff.

Aunque Kane en un principio piensa huir, su sentido de la dignidad y el deber le hacen volver, pero se encuentra con la incomprensión del pueblo, que le da la espalda, temerosos de Miller y sus secuaces. Ese es uno de los mayores aciertos de la película, el retrato de un pueblo cobarde y atemorizado. El otro, por supuesto, es Gary Cooper, que compone uno de sus personajes más recordados. Es uno de los héroes más antihéroes que hemos visto: cansado y desencantado, abandonado por todos. Él siempre fue más una presencia que llenaba la pantalla antes que actor, y por eso precisamente en las escenas en las que está mejor es cuando no habla: caminando sólo por un pueblo que de la noche a la mañana parece haberse vuelto desierto. El único defecto que le veo es lo inapropiada que me parece Grace Kelly, en su primera película, como su mujer; alguien como Kane necesita a una mujer de verdad a su lado, no a una muñequita de porcelana, aunque al final se espabile un poco. Kathy Jurado le pegaba mucho más.

El clímax de tensión estalla minutos antes de la llegada del tren, mostrándonos la reacción de cada uno de los habitantes del pueblo. Howard Hawks y John Wayne echaron pestes de la película, tachándola de antiamericana, y se vengaron a su manera haciendo su peculiar versión con Río Bravo. Y no hablemos de ese remake traspasando la historia a la ciencia ficción que fue Atmósfera cero, que ni siquiera Sean Connery consiguió salvar.
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NO MI PRIMERA OPCIÓN



Hace unos días se ha estrenado, en los Yuesei y en Uayomini, la película “The invention of lying”, dirigida, escrita y protagonizada por el reputado (y admirado por Mi Majestad, lo cual puntúa triple) Ricky Gervais. Ha sido recibida con división de opiniones en la crítica, pero con gancho en la taquilla, en especial la británica, off course-my darling. Gervais ha compartido los aspectos creativos del filme con un tal Matthew Robinson; eso quiere decir que su compañero de travesuras en las series “The office” y “Extras”, Stephen Merchant (o el asombroso hombre-garza), sólo aparece como actor. Lo cual, para mí, es quitarle el punto a la i. O, teniendo en cuanta la diferencia de altura entre ambos, viceversa.

Pero esto tendrá pronta solución. En abril del 2010, se estrenará, esta vez sí, la primera película proveniente de las enfermizas y punzantes mentes de ambos comediantes. Se llamará “Cemetery junction”, estará ambientada en los setenta, y contará en el reparto con Emily Watson, Matthew Goode y Ralph Fiennes, quien se presta encantado a esta pequeña humillación pública que supone el primer teaser de la película. Para quien no haya cursado primero de Chespir, aquí tienen la traducción aproximada del clip. ¿Cómo que Ralphie no tiene sentido del humor?

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ALL WE NEED IS LOVE



No sé si será el signo de los tiempos, pero cada vez hay menos cosas que no se exploten si está el poderoso caballero don dinero por en medio. Quien iba a decirlo, pero Los Beatles se han acabado convirtiendo en una especie de franquicia. Si hubo montajes basados en las canciones de Queen, Abba o hasta incluso Mecano ¿cómo no iba a haber uno sobre los cuatro chicos de Liverpool? Ahí está Across the universe, pero la cosa no se queda ahí, se ha sacado un videojuego al estilo Guitar Hero sobre su música y Le cirque du soleil creó el espectáculo Love apoyado en sus canciones. ¿Qué será lo próximo?

La cosa empezó por la buena amistad que existía entre George Harrison y Guy Labirté, uno de los creadores de Le cirque du soleil y lo mucho que les apetecía hacer algo juntos. Tras tres años de negociaciones, consiguieron que el resto de los componentes del grupo estuvieran de acuerdo. Desgraciadamente, cuando la cosa ya iba adelante, George falleció.

All together now trata sobre el montaje del espectáculo hasta su estreno en Las Vegas (aunque yo diría que no parece el lugar más adecuado para ello, entre tantos dobles de Elvis pululando por allí). Vemos cómo van preparando cada uno de los números, bajo la atenta mirada de las viudas de George y John. Yoko es la que se muestra más como una mosca cojonera, poniendo pegas a la mayoría de las cosas, aunque eso no sorprenderá a ningún fan del grupo que se precie. Con la ayuda de George Martin para los arreglos musicales, como en los viejos tiempos, aunque esta vez con la ayuda de su hijo; posteriormente fue Paul McCartney a los ensayos, hasta la noche del estreno, con la asistencia de Paul, Ringo, Yoko, Olivia Harrison, los hijos de John y George( por cierto, éste último es un clon de su padre).

El documental mezcla apropiadamente entrevistas con escenas del montaje del espectáculo y grabaciones de archivo de los Beatles, lo que permite hacerse una idea de lo complicado que es un montaje de esa envergadura, en el que puede haber de todo; desde escenas las que rozan el esteticismo pretencioso a ideas logradas como la del coche que vuela en pedazos en A day in the life. Si tuviera que elegir alguno de los trozos del documental sería la entrevista en la que George Martin habla de lo perfeccionista que era John Lennon, y de que la última vez que hablaron éste le comentó que quería rehacer alguna de sus viejas canciones, a lo que Martín le comentó, alarmado “¿No habrás pensado en Strawberry fields forever?”, y John, como la Victoria Abril de Amantes, se bajó las gafas de la nariz, le miró fijamente y respondió “Especialmente Strawberry fields forever”. Me habría gustado saber qué le habría parecido el espectáculo.
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UNA CIERTA MIRADA


A veces temo que, de tanta película que he visto (y olvidado), me acabe convirtiendo en uno de esos viejos críticos refunfuñones, eternamente soliviantados contra todo tipo de cine estrenado en los anteriores dos o tres lustros, y que tienden a ir al cine de modo funcionarial, con el chip analítico encendido, y con el del disfrute apagado. No por lo de “crítico”, que ni lo soy ni lo seré, sino por todo lo demás, cinéfilamente hablando. A veces, uno se olvida de que va al cine, simplemente, a disfrutar de una buena historia bien filmada; nada más, y también nada menos. Quizás, en ocasiones, son los propios cineastas los que se olvidan de esa perogrullada, y se acaban perdiendo en el fondo de sus egos, de los bolsillos de sus productores, de la mercadotecnia, o de la madre que trajo a los Weinstein (y les compró las tijeras). Pero no quisiera perder la ilusión por salir fascinado de una sala de cine, satisfecho por una experiencia cultural, convencido de haber mejorado como ser humano intelectualmente complejo al disfrutar del arte. A veces, por fortuna, uno consigue evadirse de cierta mecanicidad cinéfila, y vuelve, elementalmente, a sumergirse en una pantalla de cine. A mí me ha pasado con “El secreto de sus ojos”.

El otro día le comentaba a la Directrice que estaba siendo este 2009 un año sin películas memorables, o esa era mi sensación. Mis tripas sólo se han revuelto este año con “Revolutionary Road” y, especialmente, con “Déjame entrar” (vale, y con unos huevos revueltos más caducados que un disco de Albano y Romina Power). Hoy puedo añadir la última película de Juan José Campanella, “El secreto de sus ojos”, y eso justifica que me repita con el director argentino en tan breve espacio de tiempo. Puede que este extraordinario filme sea su proyecto más ambicioso, más elaborado, con más aristas. Supone un cambio de registro considerable, aparentemente, desde su habitual sentimentalismo más o menos agridulce; y sin embargo, el largometraje es fiel a sus principios vitales. La historia de amor está ahí, más soterrada y reprimida que nunca, refractaria al primer plano, pero está. Está el sentido del humor resignado y resultón que emerge de sus extraordinarios diálogos. Está el fresco histórico colgado en la pared trasera de la narración, en este caso la época pregolpe militar de 1976. Está Ricardo Darín, omnipresente en la filmografía de Campanella, SIENDO, más que interpretando, un personaje. Y a rebufo, está esa extraordinaria, casi milagrosa, capacidad de Campanella para sacar lo mejor de sí de todos sus actores y actrices, consiguiendo dibujar unos secundarios entrañables y de irresistible capacidad empática en dos trazos. Pero están unas cuantas cosas más.

Porque Campanella se zambulle en una historia de claro corte de suspense, y eso ya es, de por sí, una novedad. Un empleado de Juzgado Penal recién jubilado, Benjamín Expósito (Darín), decide escribir una novela basada en una experiencia personal ocurrida 25 años antes, un caso de violación y asesinato y sus dificultades para moverse entre el barrizal de corrupción, desidia y pesimismo vital de la época. Ese viaje al pasado acaba por dejar de ser un pasatiempo, y se convierte en una necesidad de cicatrizar heridas, y en más de un sentido; en este proceso es clave la que fue su jefa durante aquella época, Irene (Soledad Villamil), a quien acude Benjamín para revivir aquellos momentos. El inicio de la película (Benjamín escribiendo, y descartando, relamidos arranques de su novela) es una declaración de intenciones de Campanella: ché, esto no es “El hijo de la novia”. La estética del film lo corrobora: hay cámara en mano, hay una fotografía apagada, de tonos ocres, marrones, que en ocasiones recuerda a la enfermiza y majestuosa “Zodiac”. Eso no significa que no haya humor: el amigo de Benjamín, Sandoval (excelso, descomunal, Guillermo Francella), es un contrapunto perfecto, además de un robaplanos del carajo (ojo a sus contestaciones al teléfono en la oficina del juzgado, como esta: “Banco de esperma, buenos días. No, aquí no recolectamos, aquí repartimos. ¿Ud. qué quiere, dar o recibir?”. Pero ni él ni la relación sucintamente platónica entre Benjamín e Irene toman el mando de la narración, sino que complementan, a través de un guión fluido y envolvente, la historia principal de la búsqueda del asesino.

Hasta que llega el punto de inflexión del filme: un brutal, escandaloso, sorpresivo plano secuencia de nosécuantos minutos, que nos traslada desde una toma aérea de un campo de fútbol hasta la grada, para guiarnos hacia una persecución desaforada por los pasillos del estadio, para concluir con la cámara, en la mismísima hierba del campo, pegada al rostro de uno de los personajes. Todo un alarde técnico (por cierto, antes de que venga algún listillo: por supuesto que es falso. Por supuesto que habrá cortes. Da igual. ES CINE) absolutamente insólito en una película de habla hispana, y mucho más en Campanella, que nunca ha parecido mostrar demasiado interés por este tipo de pavoneo. Lo que pasa es que, al igual que en otras escenas de este tipo (pienso en la de “Snake eyes”, o la de “Hijos de los hombres”) le viene bien a la historia, no es gratuita, no es una secuencia “miraquélargalatengo”. Es, queda dicho, un punto de inflexión, a partir del cual las cosas, lejos de solucionarse, se complican. Quizás incluso demasiado: el único gran “pero” de la película es el final, o mejor dicho, los varios finales, que alcanzan la sensación de que no acaba de echar el cierre a la historia principal, por mucho que me guste la idea escogida. Se podría haber resuelto quince minutos antes de la misma manera. Y no digo más.

Por lo demás, una película muy por encima de la media, que permite al espectador entrar en ella y en sus personajes como Pedro por su casa, bien dirigida, dialogada, fotografiada e interpertada. Y, en cuanto a esto último, no puedo echar el candado sin referirme a Soledad Villamil, una actriz de ojos cautivadores y enorme naturalidad, que se prodiga demasiado poco por el cine (en parte, por estar desarrollando intereses musicales), y que está estupenda en “El secreto de sus ojos”. Un título que podría ser, perfectamente, un homenaje a Soledad.

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EL ARTISTA DE LA THOMPSON




Antes de ser demasiado viejos para su país, y hacer la crueldad intolerable de quemar después de leer su discurso en la entrega de los Oscars, ya que tenían la sangre fácil, los Coen fueron los hombres que nunca estuvieron allí, huyendo del Gran Lebowski, que dieron el gran salto con Muerte entre las flores, peliculón donde los haya. Y de esta maravilla, aunque hay muchas escenas memorables, la del asalto a la casa de Leo (Albert Finney) es un prodigio de montaje, un auténtico ballet de balas al ritmo del inefable Oh Danny boy!. Si señor, como dice uno de los personajes “El viejo todavía es un artista con una Thompson” Y que lo digas, amigo,y ellos con la cámara.
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(BAT)SIGN O' THE TIMES


Ya podéis correr, que llega el yayo marcbranches con otra de murciélagos.

Sí, es cierto que el “Superman” de Richard Donner fue el pionero de las adaptaciones de superhéroes a la gran pantalla (adaptaciones “serias”, quiero decir). Pero no fue el pistoletazo de salida, ni fue un revulsivo para la industria, a pesar de su éxito, y el de sus continuaciones. Más bien se veía como un hecho aislado, difícil de repetir con otro de esos pijameros del cómic. Así, un proyecto sobre llevar a Batman al séptimo arte vagó de mano en mano durante diez años, desde aquel 1979, hasta que se encontró con un tal Tim Burton. Un tarado de pelambrera abigarrada que dio con la tecla adecuada para hacer posible lo imposible: alejar a Batman de la pesada losa del estilo campy-Adam West, y convertirlo en un proyecto verosímil y respetuoso con el personaje, el cual estaba pasando por su época más fértil y adulta gracias a Alan Moore y Frank Miller. El éxito de “Bitelchús” le otorgó luz verde definitiva a Burton, quien, sin ningún tipo de experiencia en el mainstream, iba a cursar todo un máster.

A pesar de rodar en Inglaterra para alejarse de las presiones jolibudienses (la elección de Michael Keaton para el personaje principal fue portada del Wall Street Journal. Poniendo a Warner Bros a caldo, por cierto, al igual que unos cientos de millones de frikis), Burton era demasiado desconocido y demasiado joven como para que todo el mundo le dijese “Sí, señor Burton” a todo. Cada día alguien metía la pezuña en el guión, cada día el equipo tenía que esperar a que llegase la nueva versión del mismo para ponerse a trabajar. Además, no se pudo contar con la inicialmente prevista Sean Young (que tiene toda una historia de desencuentros con esta franquicia) para el papel de Vicki Vale por un accidente ecuestre, y tuvo que llegar a toda prisa Kim Basinger para sustituirla. Visto con perspectiva, no podía salir nada bueno de todo esto; aunque, claro, peor fue en el rodaje de “Casablanca”, y mira lo que salió...

Batman” no fue “Casablanca”, pero el impacto inmediato fue muy superior. La campaña de marketing fue espeluznante; su leit motiv parecía ser “enterrémosles bajo el logotipo del murciélago”. Se acuñó y generalizó la palabra “batmanía”. Allí donde te movieras, allá que te encontrabas una taza, unos cereales, una gorra, un cenicero, una camiseta de Batman. El logotipo de ahí arriba aparecía en cualquier edificio alto, y abrumaba toda sala de cine del Sistema Solar y parte del extranjero. Las colas para el estreno duraban días. En la radio no dejaba de sonar Prince, a quien habían encargado las canciones de la película (metidas con calzador), y que aprovechó para, ya que estaba, pregeñar un álbum conceptual de los suyos. Y tenía sentido, porque “Batman”, la película, se convirtió en una especie de concepto estético. Gracias al entendimiento con Burton, el diseñador de producción Anton Furst hizo una auténtica maravilla en los estudios Pinewood londinenses, creando una Gotham opresiva, claustrofóbica, elefantiásicamente gótica, plena de humo y gárgolas, encerrada en sí misma, como si la noche fuera su hábitat natural. El trabajo de Furst fue de una brillantez tal, que marcó la línea estética a seguir (batmóvil incluido), no sólo en las siguientes películas, sino en los cómics del personaje.

Posiblemente debido a tanta injerencia (sí, te estoy mirando a ti, Jon Peters), “Batman” es un quiero y no puedo burtoniano. Se queda a medio camino entre el particular universo del geniecillo de Burbank y la necesaria ambición mainstream. Tim Burton no acaba de soltarse las riendas, y sus buenas ideas no convergen en un todo compacto y satisfactorio, a pesar de la burrada que hizo la película en taquilla. Algunas escenas son memorables, y casi todas pertenecen al Joker de Jack Nicholson, quien, a pesar de no parecerse en nada al Príncipe Payaso del cómic, está hecho para esos zapatos, y da rienda suelta a su histrionismo. Está claro que es el Joker quien más agita la mente de Burton, y quien más le interesa. Quizás con más libertad creativa le hubiese perfilado de manera algo menos infantil; el Pingüino de “Batman vuelve” sería un buen referente para esa hipótesis. Pero la película se llamaba “Batman”, y el Batman de Burton tenía la peculiar percha de Michael Keaton, quien, a pesar de los temores, encajó mejor con el papel de lo que nadie pudiera pensar. Keaton compone un Wayne taciturno, pensativo, hermético, muy alejado de sus anteriores papeles, y consigue que la gente acabe olvidando que es imposible que Batman mida 1'75. Pero el guión acaba por tomarse demasiadas licencias que acaban por estropear al personaje. Además de que la frase “te voy a matar” es imposible en Batman, hay licencias creativas imperdonables, ya no por la falta de fidelidad al original, sino porque perjudican artísticamente al filme. La decisión de involucrar al Joker en el origen de Batman es un craso error (y ojo, que esto fue idea del propio Burton), derivado de la absurda necesidad de atar todos los cabos de la película. Por no hablar de ese mayordomo Alfred que decide hacer jornadas de puertas abiertas en la batcueva (“¿Por Bruce Wayne pregunta ud.? Pase, señorita, pase ud.; vaya a la biblioteca y toque las teclas fa-sol-la, que se abrirá una puerta secreta y... verá ud. que risa cuando vea a mi señor vestido de murciélago...”), y que en cualquier otro universo hubiera significado su despido fulminante; o la pregunta del millón, que se la hizo por primera vez JACK a Burton mientras rodaba la escena: ¿para qué coñios sube el Joker a esta torre? El director contestó lo que todo hijo de vecino con sentido común: ni puñetera idea, tú sube y punto.

Idolatrada durante mucho tiempo por muchos, el “Batman” de Burton sufrió un repentino envejecimiento allá por 2005, a la vez que se estrenaba “Batman begins”. Sólo las hordas de fans burtonianos defienden a capa y espada la superioridad de esta película, que, vista hoy en día, es, más que nunca, hija de su tiempo. Sin embargo, quedará para la historia su maravillosa iconografía, y ser el caldo de cultivo de la magnífica y plenamente burtoniana, esta sí, “Batman vuelve”.

 
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