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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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OTRA SANGRE, OTRO POETA




Seguimos rescatando piezas del baúl de los recuerdos (uh, uuuuh, uh), y de paso destrozando algún que otro mito. Porque ¿verdad que era bonito pensar que Orson Welles, a pesar de su corta edad y falta de experiencia en el cine, hubiera sido capaz de hacer una ópera prima como Ciudadano Kane? Pues ahora resulta que no. Cuando tenía 19 añitos y estudiaba en la Todd School for Boys, él y su amigo William Vance dirigieron The hearts of ages, aunque se nota quien llevó la voz cantante. Orson nunca la consideró en serio, y según sus propias palabras en el libro-entrevista de Bogdanovich(una de las Biblias de cualqier cinéfilo) “No es nada. Absolutamente nada. Era una broma. Quería hacer una parodia de la primera película de Jean Cocteau. Eso es todo. La hicimos en dos horas, por diversión, una tarde de domingo. No tenía ninguna clase de significado".

En ella, la primera esposa de Orson, Virginia Nicholson, interpreta a una anciana sureña al estilo de miss Daisy y él se reservó el papel de la Muerte. Aunque su autor la despreciara, ya puede apreciarse su gusto por los encuadres insólitos y los juegos de luces y sombras. Grotesca, surrealista, exagerada…la mesura es algo que nunca fue con Welles. Por si queréis ver imágenes de la película que intentó parodiar, La sangre de un poeta, aquí tenéis unas imágenes, para comparar
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EL DIABLO GANA. FUNDIDO A NEGRO.




"... And may you be in heaven half an hour before the devil knows you’re dead."

Esta sonora y contundente frase proviene de un antiguo brindis irlandés (por cierto, más largo que una ceremonia de los Goya presentada por Jesús Quintero: comprobar aquí), y es la penúltima ironía de una película, “Antes de que el diablo sepa que has muerto”, que ha devuelto, inopinadamente, al veteranazo Sydney Lumet a un nivel artístico que no se le recordaba desde ¿”Network”? -que tiene ya MÁS DE 30 AÑOS-, después de una larga travesía en el desierto de la mediocridad (“Gloria”), o, incluso, en el fangal de la putrefacción más hedionda. “El abogado del diablo”, dios. Nadie creía ya en Lumet, y la prueba es la inanidad de la recepción a esa curiosidad más que destacable que precede al film hoy comentado, ese “¡Declaradme culpable!” en el que el abuelo consigue que Vin Diesel se parezca a un actor de verdad. Inciso: sé que muchos de vosotros, jóvenes padawanes, habéis huido de ella al ver el careto XXX del gañán de Diesel junto al deleznable título (fiel, por desgracia, al original, excepto esas admiraciones que lo único que hacen es darle un toque Ozores que no necesitaba); revocad vuestros prejuicios y dadle una oportunidad. No es una maravilla, pero funciona mejor de lo que pudiera pensarse; y, además, es una peli de juicios. Y las pelis de juicios MOLAN. Fin del inciso. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Que a Sydney Lumet lo habíamos ninguneado entre toda la cinefilia más o menos curiosa, y muy poco esperábamos de su última película, más cuando parecía que su mejor gancho publicitario era ver a Marisa Tomei en paño menor, y que su estreno celtíbero se retrasaba una vez detrás de otra. El cinéfilo olfato de nuestro compañero Carles (el guardián de la Puerta de Cinempatía) nos dio una primera pista hace unos meses, y e interés marcbránchico se puso al nivel del barril de Brent. Era mi película de cabecera para este fin de semana, en el que los de La Linterna hemos demostrado que también vamos al cine, aunque a veces con tanto clásico no lo parezca...

“Antes de etc.” es una de las películas más desesperanzadas que uno ha visto en mucho tiempo. Empieza con un polvo doggy-style, más sucio que apasionado, en el que los michelines de Phillip Seymour Hoffman dominan la escena: es, junto al cigarrillo postcoital, el punto máximo de felicidad que vamos a presenciar en todo el largometraje. La casilla de salida del filme tiene ciertas similitudes con “El sueño de Cassandra” alleniano (todo, hijos míos, conduce a Woody): dos hermanos con distintos problemas económicos que planean un atraco a la joyería de sus padres, confiando en que el seguro cubra los gastos para no perjudicarles. Un par de cielos. El cerebro de la operación es el hermano mayor, Andy (Hoffman), un tipo bien colocado (en su empresa y en el lujoso ático de su camello de diseño preferido), al que le vencen sus vicios y la rutina de su matrimonio con Gina (Marisa Tomei). Hank (Ethan Hawke) es el hermano menor, solitario, dubitativo, perdido, apocado, sin iniciativa excepto para tirarse cada jueves a su cuñada; y, además, metepatas oficial del robo, que acaba (mal) con un disparo que nadie deseaba... y el que menos, su padre, Charles (Albert Finney). La película está, literalmente, agarrada por las gónadas por Lumet. Una historia aparentemente convencional, que gracias a una desfragmentación narrativa que, por una vez, no molesta, nos va contando a través de saltos atrás y adelante en el tiempo, la paulatina autodestrucción de ambos hermanos. Los problemas se van sucediendo en progresión geométrica, hasta desembocar en una tragedia tan extrema como inevitable. El artero profesor Lumet se toma con calma la filmación de detalles, gestos, silencios, pausa, miradas furtivas, todo en un tono desabrido y adusto, desazonante, sin espacio para una mínima brizna de optimismo, un lugar fresco en el que sentarse y descansar. Aire, por favor.

Vale. La dirección es implacable, el guión es férreo, la fotografía ajustada y la música adecuada. Pero un melodrama criminal es menos melodrama, y mucho menos criminal, sin unos intérpretes de músculo pétreo que aguanten el peso. Marisa Tomei es la que peor sale parada, no por su trabajo, que es bueno, sino por la falta de entidad de su personaje, claramente uno de los debes del film; su esplendor físico, sin embargo, ha epatado al género masculino de la platea: está mejor que nunca, la tía. Albert Finney lidia con un personaje que crece en importancia a medida que avanza la trama; es un grande, y lo demuestra, a pesar de algún exceso disculpable. Excepto lo de “es un grande”, vale lo mismo para Ethan Hawke, que aguanta el tipo con enorme dignidad. Lo de P.S. Hoffman es otra cosa. Ojo a la galería de personajes que lleva concatenados, porque acabará apareciendo en el Diccionario de Antónimos como término opuesto a “Encasillamiento”. Vuelve a comerse una película, y van ya varias, con una actuación plena de matices, carisma y verosimilitud, que pone la guinda a una película despiadada, inclemente, descorazonadora, sin lugar a la concesión, en la que Lumet (que, a pesar del título del post, se permite un malévolo golpe de cinismo al acabar la película con un fundido en blanco celestial) nos cuenta que el diablo ha ganado la batalla; que, por ende, el ser humano la ha perdido; y que lo único que nos queda es aspirar a que Lucifer no nos pille tratando de echar una canita al aire en el cielo.
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PAREN EL 2008, QUE ME BAJO



Ha fallecido, a los 73 años, el director-actor-productor norteamericano Sydney Pollack, víctima de un cáncer, acompañando en este necrófilo año cinematográfico a gente como Heath Ledger, Richard Widmark, Charlton Heston, Rafael Azcona, Paul Scofield o Anthony Minghella, con quien Pollack tenía una relación profesional muy cercana. De carrera no demasiado prolífica, su eclosión artística se produjo durante los setenta y principios de los ochenta, aunque su estrella siempre estuvo eclipsada por los grandes nombres de la época, algunos de los cuales, al igual que él, procedían del emergente mundo de la televisión: Coppola, Spielberg, Scorsese, Lucas... Arrancó en 1969 con "Danzad, danzad, malditos", y las posteriores "Las aventuras de Jeremiah Johnson", "Tal como éramos", "Los tres días del Cóndor" y "Yakuza" le confirman como un buen artesano con necesidad de tocar todas las teclas posibles y con querencia por los personajes individualistas y románticos, aparte de cierta tendencia izquierdosa. La primera película de Pollack que vi en el cine fue la extraña "El jinete eléctrico", que me confirmó que, ya desde mi tierna infancia, el western no iba a ser de mis géneros preferidos. Pollack comenzó los 80 con sus dos mayores éxitos, "Tootsie" y "Memorias de África" (imperdible en cualquier imaginario femenino) (comentario políticamente incorrecto patrocinado por Pilar Rahola's Entertainment), a partir de las cuales llegó su ocaso como director, pergeñando películas entre olvidables ("La tapadera", "Caprichos del destino") y directamente mediocres ("Havana" o el absurdo remake de "Sabrina"). Su último film, "La intérprete", encajaría en el primer nivel. Su faceta como actor no es nada desdeñable, destacando, en mi opinión, su magnífica actuación en la woodyalleniana "Maridos y mujeres". Sydney Pollack fue un director honesto, brillante en contadas ocasiones, tosco y excesivamente televisivo en otras, que se convirtió en un peso pesado de la industria a través de su multifacetismo y su amor por el cine. Descanse en paz, y no se aprieten demasiado allí arriba.
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QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA



Bueno, no son veinte sino diecinueve, pero viene a ser lo mismo. Prácticamente toda una generación ha pasado desde que vimos la última aventura del famoso arqueólogo del látigo. Crecimos con ellas, disfrutando cada instante de esas auténticas montañas rusa que suponían sus aventuras. Y ahora…

Como si se tratara de un ritual, todos los niños de entonces acuden en masa no a ver una película, sino a algo mucho más especial: el poder retroceder durante un par de horas a su infancia, sin necesidad de botox ni nada por el estilo. Lo único que hace falta es un cargamento de palomitas, y a disfrutar, con los ojos abiertos como platos, reencontrándonos de nuevo con un viejo amigo. Es cierto que está más mayor, pero sigue dominando el látigo como nadie.¿Qué mas da si la película es buena o mala?

Todos sabemos lo que vamos a ver: sabor de la aventura por la aventura, espectacularidad, millones de insectos, reptiles o similares, pasadizos secretos u ocultos, sentido de humor básico, objetos antiguos con poderes sobrenaturales…. Estamos hablando del equipo Spielberg-Lucas, que es como si fueran de la familia, y por lo tanto conocemos todas sus debilidades.

Y, efectivamente, en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal hay de todo eso y mucho más. Los tiempos y el mundo ha cambiado, de modo que Indy ya no tiene a sus archienemigos favoritos ("¡odio a los nazis!"), de modo que tiene que contentarse con los rusos de la guerra fría, que tampoco están mal.

Como dijo Hitchcock, una película es buena cuanto mejor es el villano, y aquí han tenido el buen gusto de buscar a una todaterreno como Cate Blanchett para interpretar a la pérfida Irina; para mi gusto me habría gustado que fuera un poco mas dominátrix, pero ya me vale.

Nuestro héroe sigue odiando las serpientes, tiene que aguantar bromitas sobre su edad (“¿Cuántos años tienes? ¿ochenta?"), tiene que dejar parte de las escenas de acción a las nuevas generaciones… pero no importa, sigue siendo Indy, desde el primer momento en que vemos la sombra de su sombrero reflejada en un coche, sabemos que es él, y no puede haber otro.

La chica de turno es una de sus viejas conocidas, Marion, (Karen Allen), la más parecida a él de todas sus compañeras. Para los que creen que Ford es mal actor, no hay mas que ver cómo se le ilumina la cara a la que la ve aparecer, y como el tiempo no perdona, hasta se permite decirle la frase mas romántica de toda al saga “- ¿Habrá habido otras mujeres, verdad? . – Si, pero todas tenían el mismo defecto: no eran tú”

Pero también hay sorpresas, tiene que cargar con un hijo inesperado, imitador de Marlon Brando y tan preocupado por su peinado como el George Clooney de O brother!. Es otra química que la que existía entre Sean Connery y Harrison Ford, pero funciona.

Los niños que han acompañado a sus padres ala proyección les miran extrañados por esa sonrisa de oreja a oreja. Prefieren a Lara Croft, que sabe hacer más cosas…. Al final va a ser verdad que los años sí han pasado.
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LAS PROPIEDADES ALIMENTICIAS DEL OSOBUCO



Ya que estamos en España, pues pa qué movernos. Cada cierto tiempo nuestra cinematografía pare una comedia de más o menos inesperado éxito que contribuye a que los balances patriotaquilleros de final de año sean un poco menos catastróficos de lo que suelen ser. En 2003, este papel lo jugó “Días de fútbol”, ópera prima de David Serrano, quien ya se había presentado como caja de risas hispánica con el guión de “El otro lado de la cama”, con el cual “Días de fútbol” comparte trazo y buena parte del elenco. De esta resultona comedia destacan la optimización de las vises cómicas de Ernesto Alterio y Alberto San Juan, y la certeza de que Pilar Castro, aparte de una debilidad personal (esos ojos...) es una actriz de comedia incontestable a la que el cine ibérico, por desgracia, todavía no le ha hecho justicia. El punto álgido del film es esta desollante escena en la que San Juan, literalmente, se sale (y nunca mejor dicho). Vale más un osobuco que mil palabras...

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LA ESTRELLA DEL SUR



Os estaréis diciendo: mucho hablar del sur, que si Missisippi, que si Alabama, que si Nueva Orleáns… pero ¿y nuestro sur?. Pues sí, tenéis razón, ahí voy. El sur, de Victor Erice. Se la quiso comparar con su película anterior (a ver si me acuerdo cual es, porque como tiene una filmografía tan extensa… ), El espíritu de la colmena. Lo único que tienen en común es que la historia se ve a través de los ojos de una niña, aunque en este caso no sean tan mágicos como los de Ana Torrent, y que se intuye mas que se habla el resultado de una guerra civil, pero nada mas.

Estrella es hija de un doctor, Agustín (Omero Antonutti), y una maestra, Julia (Lola Cardona) que tuvieron que marcharse de donde vivían porque no encontraban trabajo y emigraron al norte. Aunque la niña está siempre con su madre, quien ocupa todos sus pensamientos es su padre: cada cosa que descubre de él hace que tenga una dimensión mas misteriosa y fascinante para ella Es un zahorí, fue perseguido por sus ideas, tuvo una fuerte pelea con su padre, estuvo enamorado de una actriz… todo lo que está relacionado con el pasado de su padre está bañado con la luz y la calidez del sur, que contrastan con el frío del norte, como muestran esas fotografías coloreadas mientras suena de fondo música de Enrique Granados.

Por fin, por su comunión, Estrella conoce a su abuela y a la que fue la niñera de su padre, Milagros (Rafaela Aparicio). Esta última le hace ver que las cosas no son tan simples como pensaba y tal vez Agustín no fuera el héroe que ella se pensaba. En una enternecedora y breve aparición, Rafaela Aparicio trae consigo toda la ternura y alegría del sur y explica maravillosamente en qué consiste una guerra civil. A partir de entonces Estrella empezará a ver a su padre de otra manera, estrechándose aún más ese entendimiento entre los dos, sin necesidad de dirigirse media palabra. Sólo ella comprende los motivos de sus frecuentes crisis depresivas, sus intentos frustrados de huida, su cobardía….Hasta que un día, sin mas (unos cuantos años después) los dos se van a comer juntos; en la sala del lado suena un pasodoble y el padre recuerda cuando bailaron en su comunión. La nostalgia les invade y es el momento de intercambiar algunas confidencias. Estrella se va, dejando a su padre sólo, sin saber lo decisiva que ha sido su conversación. Ha llegado el momento de ir al Sur.

Erice se lamentó de que El Sur era una película incompleta, ya que la tuvo que acabar mucho antes de tiempo, pero aún así la historia no se resiente, ya que eso hace que se mantenga el aire mítico de el Sur, algo que Estrella nunca ha llegado a ver por sus propios ojos, sino por lo que le habían contado los demás.

La fotografía, como es habitual en Erice, es espléndida, con abundantes escenas interiores de tonalidades oscuras. Se trata de una película de imágenes y sensaciones más que de palabras, con montajes tan deslumbrantes como la escena en que se ve a la Estrella niña montada en bicicleta recorriendo un camino y la vemos a continuación de vuelta, pero ya convertida en una mujer, o toda la de la comunión, el momento en que estuvieron mas unidos padre e hija, rematado por un pasodoble.

¿Veis lo que son las cosas de este mundo? Palabras y nada más que palabras… y El Sur es cine y nada mas que cine.
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VIVA EL VINO


No le veo el qué, la verdad.

Al vino, digo. Es una obligación ritual en cualquier ágape de medio calado, y no digamos en celebraciones multitudinarias de etiqueta (bodasbautizoscomuniones), acompañar la comida de turno con lo que vulgarmente se dice “un buen vino”. A medida que el festín es de mayor enjundia (enjundia=restaurante caro de cojones), el protocolo es más estricto, y se inicia con un camarero insoportable con camisa blanca dando a probar a uno de los hombres de la mesa (deje machista que le encantaría a la Directrice) un sorbo del maravilloso vino (tinto, por supuesto) que se ha elegido. El susodicho lo cata con la convicción del elegido, y se pronuncia favorablemente con ignorante lasitud: “es bueno”. Qué impresionante disección, qué delicado y sensible análisis, qué paladar refinado, qué explosión de sensaciones tan bien definidas. Así, los que sufrimos picor de papilas con el vino, y en cualquier comida tenderíamos a pedir agua, algún tipo de zumo, o (levanten armas) un buen Kas Naranja, nos vemos obligados a tragar –y nunca mejor dicho- con el jugo de uva de marras, so pena de lapidación con botellas de Rioja. Encima, luego viene Alexander Payne, realiza una película como “Entre copas”, y salen de debajo de las piedras los únicos seres cuya conversación puede ser más aburrida que la de los informáticos: los enólogos. Cagüenlauvacabernetylaspasasenlatadas.

Leído el desahogo anterior, sorprenderá mi siguiente confesión: he visto “Entre copas” varias veces. Lo cual significa: a) aún no me he recuperado de aquel remate de cabeza contra el palo (literal: cabeza contra palo, sin pelota de por medio) en cierto partido de fútbol siete; b) mis tendencias sadomasoquistas me llevarán, en breve, a quemarme los pezones con encendedores Bic; c) me encanta la película. “Entre copas”, desafortunado título español de “Sideways”, fue la sensación independiente del 2004, acaparó extenuantemente premios y parabienes hasta la glotonería, confirmó a Alexander Payne como realizador a tener en cuenta, y sentó en los reales de la excelencia a ese pedazo de actor descomunal que es Paul Giamatti. Su personaje, Miles, un antihéroe cuarentón, depresivo, lúcido, autodestructivo, ceñudo, miserable en ocasiones –capaz de robarle unos dólares a su madre-, sensible, es el gran protagonista del film, y su razón de ser. Miles, que aún no ha digerido su divorcio a pesar de los dos años transcurridos, se embarca en un anticonvencional road trip a través de una ruta vinícola con su amigo Jack (Thomas Haden Church, un magnífico descubrimiento), que está a una semana de casarse. Les esperan siete días de enotecas, golf y comidas caras, diversiones tranquilas para gente madura, con las que Jack no está dispuesto a conformarse: quiere un último polvo de libertad, que conseguirá, junto con otros cuantos más, entre las piernas de Stephanie (Sandra Oh). Justo lo que menos necesita el ajado ego de Miles, quien, además, es incapaz de embridar una relación con esa mujer ideal que se cruza en forma de camarera divorciada llamada Maya (Virginia Madsen). Así, entre cata y cata, los dos amigos van tropezándose con sus debilidades y con las del otro. Mientras las oquedades de Jack son más previsibles y carnales bajo los parámetros de la llamada “crisis de los cuarenta”, las llagas de Miles son mucho más complejas. Sus frustraciones, encarnadas en ese libro que espera impacientemente su publicación, se desparraman y multiplican durante el viaje, sin que Jack, más preocupado por su pene, haga gran cosa por ayudarle. Maya, y una inoportuna boda, son lo único que pueden devolverle a un punto de equilibrio.

“Entre copas” es una película inteligentemente amable, en la que Alexander Payne se dedica a hurgar con cariño en las heridas de sus personajes masculinos, y consiguiendo identificarnos con ellos (lo cual dice muy poco de nosotros, viendo todas sus taras). Esta virtud torna a carencia por defecto, puesto que las féminas quedan definidas de manera algo estereotipada. Maya encarna la mujer ideal con la que jamás podría soñar Miles, tan aficionada al vino como él, tierna, sensible, inteligente; la escena en la que explica por qué le gusta el pinot es su gran momento, y la Madsen lo borda. Sandra Oh asume con competencia su algo desdibujado personaje, poco más que un calefactor de Jack. Es “Entre copas” una comedia con apenas un par de momentos de rotunda comedia (uno, el del anillo perdido, magistral), con alguna caída de ritmo y una música discutible y demasiado presente, pero que pasa por la retina y la epidermis del espectador con suavidad, sin estridencias, y que, sin ser una obra maestra, deja un magnífico sabor de boca. Su influencia en el mundillo vinícola fue tal que en pocos meses ya se habían repartido cuarenta mil mapas de la ruta ejercida por los protagonistas, y las fobias y filias enológicas de Miles tuvieron repercusión directa en las ventas: durante los meses posteriores al estreno, el Pinot (preferido de Miles) subió un 16% en los mercados americano y británico, mientras que el Merlot, al que Miles detestaba cordialmente, descendió un 2%. Fíjense si llega a ser grande el cine. Bon appetit.
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RUISEÑORES EN EL ATTICUS



Nuevo repaso a una película de juicios, que junto con Testigo de cargo y Anatomía de un asesinato (de las que ya he hablado ¿se nota que me gusta el género?) formarían el trío de ases del mismo.

Lo que diferencia Matar a un ruiseñor del resto es que la historia está contada desde los ojos de un niño y nos lleva al pasado reciente del Sur de los Estados Unidos. Por lo tanto, está teñida de nostalgia: gente amable, hombres vestidos de lino blanco abanicándose con el sombrero sentados en el porche bebiendo limonada…Poco a poco, la historia se va convirtiendo en el proceso de aprendizaje de los hermanos Scout (Mary Badham) y Jem (Philip Alford), junto con su amiguito Dill, en el que descubren la capacidad de los adultos de mentir, su crueldad, sus perjuicios… al mismo tiempo que va aumentando la admiración que sienten por su padre, alguien que consideraban totalmente gris en un principio.

Las fantasías de los niños respecto a un vecino a quien no pueden ver, que pronto se convierte para ellos en su imaginación en una especie de monstruo fantástico por el que sienten tanto miedo como fascinación, da a la película un cierto aire de malsano cuento de hadas que recuerda a La noche del cazador o incluso a El espíritu de la colmena (bueno, igual me he pasado un poco… o no), convirtiéndola en algo especial.

El padre, Atticus Finch, es el otro gran personaje de la película. El perfecto héroe anónimo, que nunca pasará a los libros de historia, pero con una dignidad inquebrantable y un sentido del valor que no tiene nada que ver con la bravuconería. La única muestra de respeto que recibe es el espontáneo ponerse en pie todo el público del juicio que ocupa los palcos del tribunal (por lo tanto, los menos favorecidos), cuando abandona la sala. Si, lo sé, recordará a lo de “Señor, hay un oficial en la sala” de Algunos hombres buenos… pero ésta fue primero.

A pesar de la fama del libro, escrito por Harper Lee, gran amiga de Truman Capote, en el que se inspiró para el personaje de Dill, los estudios eran reacios a hacer la película: ¿un abogado maduro, viudo, con hijos y sin romance ni violencia? No funcionaría. Pero Mulligan, autor de esa pequeña maravilla de un aterrador niño sureño que es El otro, y Pakula estaban entusiasmados con el proyecto y encontraron en Gregory Peck un perfecto aliado, ya que se enamoró del papel nada más leerlo, y como recompensa consiguió un Oscar y uno de sus personajes más recordados.

Una preciosa película con un final ligeramente agridulce pero que deja un magnífico sabor de boca en el espectador. Todos desearíamos tener un padre como Atticus ¿ o no?.
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LLÁMAME COMO QUIERAS



Sé que la ligazón del post con el cine es demasiado tenue, señorita Directrice. Sé que quizás no era exactamente esto lo que habíamos hablado cuando sacamos a relucir la posibilidad de ir incluyendo videos musicales en el blog. Sabe ud. bien que no suelo hacerle demasiado caso, recomendaciones de los doctores, no es nada personal. A las malas, tengo los abogados de mi parte: Chevy Chase, aunque hoy en día no lo parezca, fue un actor cómico que tuvo su momento en los 80 (“Tres amigos”, “Fletch”, “Espías como nosotros”); y Paul Simon tuvo su momento de gloria cinematográfico (si dejamos de lado su indudable influencia en “El graduado”) gracias al “Annie Hall” de Woody Allen, que confesó que escogió a Paul porque quería que le quitara la chica un tipo más bajito que él. Típica flagelación judía. Sabe ud., Madame la Directrice, que considero “Graceland” el mejor disco de mi musicoteca, y este casi improvisado videoclip (a Simon no le gustaba el que grabaron en primer lugar, una actuación en directo) de uno de sus temas más populares, “You can call me Al”, tenía que caer más temprano que tarde... La letra es un batiburrillo aparentemente surrealista que habla del desconcierto de Simon durante su estancia en Sudáfrica, aunque algunos la han interpretado como una alegoría de su antiguo alcoholismo (“Al” provendría de “alcohólico”, y “Betty” del centro de rehabilitación Betty Ford); además, hay algún verso que se refiere, sutilmente, a las disfunciones eréctiles, así que seguro que le gusta, señorita Directrice. No es, en mi opinión, la mejor canción del disco, pero sí la que más se ajusta a nuestra cinéfila razón de ser. Dadle al play y disfrutad del Dúo Sacap... de Paul & Chevy.

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EL RASHOMON DEL MUSICAL



Aunque sé que estoy en minoría respecto a los musicales, voy a hablar de uno que se distingue –curiosamente- por su guión, más que por sus canciones o bailes. Se trata de Les girls, que usa el estilo de Rashomon de explicar una historia a partir de distintos puntos de vista; algo que recientemente parece que se ha vuelto a poner de moda, ahí tenemos sin ir mas lejos La noche de los girasoles o En el punto de mira.

La historia en principio es muy simple: Una artista retirada, Cybill, ha publicado un libro sobre sus memorias, y una antigua amiga la ha demandado ya que en él explica que intentó suicidarse por un hombre y ahora es una respetable mujer casada (¿qué tiene que ver la velocidad con el tocino?). Estamos en el tribunal y cada una de ellas explicará su versión, totalmente contradictoria con la anterior, por lo que será necesario un testigo sorpresa para que diga cual de las dos es cierta. Pero resulta que su historia es también distinta. Como dice el cartel que aparece en diferentes momentos de la película “¿Cuál es la verdad?”. Al contar la historia desde los puntos de vista de las tres chicas, como es normal cada una de ellas en su versión sale mejor parada que en las demás. Lo que era jarabe para la tos para otras es ginebra, la descarada es recatada y así sucesivamente. La donna è móbile.

Estábamos en la era dorada de los musicales de la Metro, de modo que ya se sabe que contamos con una elegancia y un lujo exquisito (esos rojos que casi parecen de Minnelli…). Las canciones son de Cole Porter; aunque me gustan mucho mas y son mas conocidas las de Kiss me, Kate, por ejemplo, siguen teniendo su encanto habitual y se ajustan perfectamente a la personalidad de cada una de las protagonistas.

Tratándose de una película de Cukor no es de extrañar que las que salen mejor paradas son las mujeres; las tres están estupendas Mitzi Gaynor, Kay Kendall y Taina Elg, lo mejor que se puede decir de ellas es que no puedes imaginarte a otras haciendo su papel, eclipsando prácticamente a Gene Kelly. Aún así, la auténtica reina de la función es la maravillosa Kay Kendall, toda una perla gris; ha habido muy pocas como ella o Carole Lombard: mujeres bellísimas y elegantísimas pero especialmente dotadas para hacer de cómicas alocadas sin perder ni un ápice de su encanto. Totalmente memorable su borrachera cantando el aria de Carmen, la cigarrera, así como sus sollozos o su conversación con Gene Nelly, con frases tan geniales como “¡Pues claro que sé cantar ópera, tonto! ¡Por eso soy bailarina!

El número que mas llama la atención es una parodia de la película Salvaje de Marlon Brando,(y muchísmo antes que lo hiciera Spielberg en la última entrega de Indiana) Why am I so gone about that gal de preciosas tonalidades rojas y negras, que viene a ser una historia completa totalmente independiente de la película, y el mas simpático es Ladies in waiting, que vemos en diferentes ocasiones y con meteduras de pata en cada una de ellas (no es de extrañar que la compañía acabara hundiéndose).

¿Cuál es la verdad? ¿Acaso importa? Ya lo dijeron hace tiempo “En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira”.
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SHINY HAPPY PEOPLE


“Soy una mujer apasionada.”

Kristina está gorda. Mejor dicho, es gorda. Y arrastra ese complejo junto con el peso de las tartas de chocolate y helados de frambuesa que dominan su compra diaria. Pesan tanto que, a veces, necesita la ayuda de un portero hispano que la alivie a base de descargarla de algunas bolsas y no reírse de ella. Él no quiere propina, sólo una cucharada de tarta y un poco de sexo fugaz. A Kristina le da asco tan solo imaginar un pedazo de carne dentro de ella, no soporta el sexo (así justifica el no tenerlo) así que le mata, y le corta en trocitos. Es una mujer apasionada. Tiene un vecino en el que cree que podría confiar; si llama a su puerta las suficientes veces, podría llegar a ser su amigo. Está un poco gordo, y se llama Allen.

“¿Puedo oler tus bragas?”

Allen es una persona esencialmente aburrida. A nadie le interesa lo que dice, ni siquiera a su psiquiatra, que repasa mentalmente la lista de la compra mientras Allen vomita sus miserias en la consulta. Hay una, sin embargo, que aún no ha tenido el valor de confesarle: le encanta llamar por teléfono a desconocidas, soltarles barbaridades mientras se masturba compulsivamente, utilizar las salpicaduras de semen en la pared como pegamento para postales. Está enamorado en secreto de una vecina suya, morena, espigada, sensual, altiva, que jamás se molestará en mirarle a la cara. Le ha hecho una llamada obscena de las suyas, pero ella ha apretado el botón de rellamada. Él ha colgado el teléfono, sobresaltado, y ha arrancado el cable. Ella, con voz sensualmente arrastrada, le ha dicho que quiere verle. Se llama Helen.

“Si tan sólo hubiera sido violada de pequeña. ¡Así sabría lo que es autenticidad!”

Helen Jordan es una escritora de éxito masivo. Siempre viste de negro sofisticado, y se ha comprado un pack de afectación gestual para parecer más profunda. Es la estrella de su familia, y a ella acuden sus hermanas y sus padres para contarle sus confidencias, esperando que su capacidad para la lectura de las almas les encuentre una solución, o un novio. Le gusta torturarse de vez en cuando, vejarse a sí misma, para mantener la tradición del artista. Le hubiera gustado haber sido violada para escribir con más propiedad sobre ello, y Allen le ofrece una oportunidad, pero se ha rajado. Tiene dos hermanas, y una se llama Joy.

“Dices que te ríes conmigo, no de de mí. Pero yo no me estoy riendo.”

Joy Jordan está en los treinta, no tiene novio, ni casa, ni carrera profesional, ni autoestima. Es teleoperadora y profesora de inglés para extranjeros, y no apoya la huelga porque tiene sus motivos. Rompió con su novio Andy, un tipo algo pintoresco, que decidió suicidarse después de la ruptura, aunque a Joy no parece que le afecte demasiado, y a sus compañeros de trabajo tampoco. Compone canciones, pero no es cantante profesional, aunque quizás algún día, o puede que no. No es una mujer demasiado atractiva, así que si un taxista ruso, alumno suyo, también toca la guitarra y quiere acostarse con ella, pues accede (qué bonito es sentirse querida, aunque sea durante un rato). Si Vlad le roba el equipo de música y la guitarra, no pasa nada: Joy, que se está pensando lo de hacer huelga, le prestará quinientos dólares y le pedirá perdón a la mujer de Vlad. No se lo contará a su hermana Trish.

“Nuestros hijos son el futuro.”

Trish Maplewood es la América que no existe. Esposa y madre abnegada, elegantemente vulgar, su sonrisa es tan abierta como falsa. Es, de las tres hermanas, la hija responsable oficial; le gustaría ser la confidente de la familia, aquella en la que desahogar las penas, pero no alcanza la gestualidad de Helen. No permitirá que se note la molestia que resulta para ella el que sus padres también le hayan confesado a su hermana que se están separando, o algo parecido. Al fin y al cabo, es una mujer feliz y realizada al dictado de la religión burguesa: tiene un marido maravilloso, dos hijos estupendos, una cocina completa, un collar de perlas y una hermana de la que compadecerse. Cuando anima, sonriente, a Joy, que vive con ella, procura no esbozar una sonrisa victoriosa que a veces la traiciona por la comisura de los labios. Su esposo, con el cual su relación es tan perfecta que no necesitan el sexo, es un yerno ideal llamado Bill.

“¿Quieres que me mida el pene, hijo?”

Bill Mapelwood, psicólogo, marido y padre de familia ejemplar, tarda medio minuto en correrse en el coche mirando una revista infantil recién adquirida. Es tan profesional con sus pacientes (Allen el aburrido, por ejemplo) como con su hijo, en estado de depresión preadolescente debido a su imposibilidad para ejercer su primera eyaculación. Bill siempre lleva narcóticos en polvo en los bolsillos, por si algún amigo de su hijo Billy viene a casa a dormir, como Johnny Grasso, o por si hay alguna oportunidad imprevista, como la de Ronald Farber, otro amigo de Billy al que fue a hacer una visita porque sabía que sus padres se habían ido de viaje dejándole solo. Claro, esta vez se le fue la mano. Lo peor no fue la visita de la policía, ni la pintada en la fachada de casa; lo peor fue reconocer la pederastia a su propio vástago. Pero Bill es un padre ejemplar, y jamás se follaría a su hijo: en vez de eso, se masturbaría. El pequeño Billy lloró mucho al oír eso de boca de su padre. Pero seis meses después, se corrió.

Happiness”, o la deconstrucción de la clase media-alta americana desde el estrábico prisma de Todd Solondz.
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UNA SERIE FUERA DE SERIE




Hubo un tiempo en que las series británicas de televisión eran el summum de la perfección: ambientaciones milimétricas de novelas de prestigio, con interpretaciones pluscuamperfectas, hechas con un estilo reposado y elegante que estaba a años luz de las series americanas. Y entre todas ellas, la principal joya de la corona fue Retorno a Brideshead, basada en una novela de Evelyn Waugh, que trataba la ambigua relación entre dos jóvenes de clases distintas: el aristocrático y decadente Sebastian Flyte y Charles Ryder, un burgués totalmente fascinado por el mundo de los nobles. Unos jovencísimos y modélicos Jeremy Irons y Anthony Andrews fueron la pareja protagonista, acompañados ni más ni menos que de John Gielgud y Laurence Olivier. Hace tiempo que se hablaba de que iban a hacer una película sobre la serie y temblé al oírlo, pero los rumores de que Jude Law iba a hacer de Sebastian me tranquilizó, ya que era perfecto para él. Paul Bettany habría sido una buena opción para hacer de su amigo. Finalmente se ha hecho la película, aunque desgraciadamente sin Jude. Crucemos los dedos. Al menos contamos con Emma Thompson y Michael Gambon en el reparto, que no es poco.

Y como no hay dos sin tres, tenemos el tercer premio de esta semana. Josep nos ha galardonado con la estrella de la fama de Hollywood. Muchísimas gracias, de nuevo. No, si al final nos lo vamos a creer y todo. El auténtico premio es tener lectores como vosotros.
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I'VE GOT YOU BABE. OTRA VEZ.





Bienvenidos, queridos padawanes, al maravilloso y bucólico pueblecito de Punxsutawney, Pennsylvania, donde cada 2 de febrero se festeja una de las celebraciones más distinguidas e incrustadas en la fraseología popular de los últimos quince años-oasín: “the Groundhog Day”, o, en albaceteño coloquial, el “Día de la marmota”. Quién iba a pensar que esta absurda conmemoración de aldea, en la que la marmota Phil, al salir de su hibernación, “predice” la duración del invierno dependiendo si ve su sombra en un día soleado o no (según un estudio de “National Geographic”, su porcentaje de éxito es del 28% en los últimos 60 años, que viene a ser el mismo que el de las velas negras de la bruja Lola), iba a enriquecer tantas confesiones en el sofá de los psicoanalistas: “me siento en el trabajo como si cada día fuera el Día de la Marmota”, “mi matrimonio es tan rutinario que parece que cada mañana empieza el Día de la Marmota”... Y, siempre, siempre, el interlocutor recibe la referencia irónica con una apenas esbozada sonrisa de complicidad, sabiendo perfectamente a lo que se refiere. Todos sabemos lo que significa, porque todos hemos disfrutado esa extraordinaria comedia llamada “Atrapado en el tiempo”. Bienvenidos, excursionistas.

Si nos ponemos a enumerar las bondades de “Atrapado en el tiempo”, película de Harold Ramis (sí, uno de los “Cazafantamas”) realizada en 1993, es casi una convencionalidad comenzar por el guión, uno de los más aplaudidos y celebrados de la comedia moderna, escrito por Danny Rubin (del que nunca más se ha sabido) y el propio Ramis. Después de una entradilla con una música que recuerda poderosamente a Nino Rota, un hombre del tiempo cínico, desarraigado, amoral y orgulloso de su amargura, Phil Connors (Bill Murray, estratosférico) se ve obligado a cubrir la festividad arriba descrita junto a un cámara algo alelado (Chris Elliott) y a Rita (Andie McDowell), la hermosa productora. Una nevada les impide el retorno a casa, y Phil se despierta a la mañana siguiente en un hotel de Punxsetcétera... para descubrir que está viviendo, de nuevo, el mismo día. El Día de la Marmota. Como innumerables comedias, el punto de partida de la película es ocurrente y prometedor; pero, sin embargo, como muy pocas han sabido hacer, exprime las posibilidades de su premisa hasta el límite del ingenio. Phil Connors pasa por diferentes estadios durante su cautiverio del 2 de febrero, hilvanados con una inteligentísima aguja de coser comedia. Después del aterrado shock inicial, Phil (que, no por casualidad, se llama igual que la jodida marmota) le coge gusto a las posibilidades que le ofrece que sus actos no tengan consecuencias perdurables, para romper reglas y divertirse a conciencia. Posteriormente, se impone su líbido, y decide ligarse a Rita a través del estudio de su personalidad, aprendiendo día a día gustos y debilidades de su productora para llegar hasta ella a golpe de fingida empatía; sin embargo, nunca llega hasta el final, siempre hay una oportuna bofetada que rompe la magia. La desesperación le lleva a intentar el suicidio repetidamente, sin éxito: a cada muerte le sucede una canción de la familia Cher... Será su progresivo desapego por sí mismo, su esfuerzo por colaborar en la felicidad de los demás, y el enamoramiento sincero de Rita, los que le hagan, y nunca mejor dicho, pasar página. Aunque a algunos (entre los que me incluyo), el final les pueda parecer algo moralista, el mensaje filosófico del film caló de tal manera que Harold Ramis tenía barra libre (póngame un cubata de espiritualidad bien cargado con doble de mística) en cualquier antro religioso, fuese católico, judío, protestante, musulmán o Hare Krishna.

Tanto la suprema calidad del guión como la soberbia interpretación de Bill Murray (y de un secundario robaplanos como el gran Stephen Tobolowsky) eclipsan la sutil dirección de Ramis, que se luce sobremanera, particularmente en la edición. Cada etapa de Phil presenta un tipo de montaje diferente, distinguiendo las tipologías psicológicas de cada etapa por la que pasa el protagonista, y centrándose en diferentes aspectos de cada “Día de la marmota”; en algunos, sólo nos muestra una escena clave (aquella en que Phil demuestra a Rita que conoce los secretos de todos los ciudadanos del pueblo); en otros, se nos ofrecen celéricas repeticiones; en otros, da la impresión de que Phil está repitiendo tomas. Ramis demuestra conocer bien la matemática de la comedia, consiguiendo que el ritmo interno del film funcione como un reloj, y que algunos momentos y sensaciones de la película pasen a nuestro subconsciente: el terror que desprende ese reloj gigantesco cambiando de las 5:59 a las 6:00 a cámara lenta, la sensación de angustia que acompaña a cada despertar al son de “I’ve got you babe”... En definitiva, una extraordinaria comedia que nos reconcilia con un género repetidamente maltratado durante los últimos lustros. Me voy a dormir, que mañana será otro día.

O no...
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SI VOLTAIRE LEVANTARA LA CABEZA



Se podría decir que Cándida es nuestra Amelie, pero mucho mas castiza, sin el chic de la rive gauche, más entradita en años y quilos, pero sobre todo muchísimo más entrañable. A mi personalmente me emocionó e hizo reír mucho mas que la gabacha.

Guillermo Fesser, el 50% de Gomaespuma, debutó como director con esta película, aunque ya anteriormente hubiera participado como guionista de las películas de su hermano, y lo ha hecho explicando una historia que conoce muy bien, la de su asistenta Cándida Villar, que se interpreta a sí misma.

La pobre Cándida es mas buena que el pescado congelado, y a pesar de que lleva treinta años pagando la hipotenusa del banco, todavía tiene que trabajar en cualquier cosa que le salga, para mantener a sus hijos: un drogadicto, un esquizofrénico que se metió a bombero porque está como una regadera y una pilingui a la que casi no le vemos asomar el pelo. A pesar de que su vida es miserable, no pierde ni un solo minuto la alegría, siendo su única válvula de escape la televisión y su sueño ir a vivir al campo, como la Chus Lampreave de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?. La casualidad hace que conozca a un presentador de televisión, Pablo (Jorge Bosch), y entre ambos se establece una relación basada en un principio en sentimiento de culpa por parte de él, pero que se va transformando en cariño a medida que se van conociendo.

Podría pasarme todo el post escribiendo los “candidismos”, que no tienen desperdicio “ Para ver este cuadro hace falta la tarjeta del Plus”, “No todo el monte es orgasmo” “Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, pero si el hombre no gira la cabeza no cae en la cuenta”, "No entiendo como mi hijo prefiere estar en la calle, si dónde más protegido está es en casa, ya que vivimos en una casa de Protección Oficial”... y no pararía, pero esta heroína que prefiere morir de golpe que un poquito cada día es capaz de hacer que pasemos de la sonrisa a la lágrima en un segundo, como cuando explica un aborto que tuvo, pero hasta en la escena mas conmovedora siempre da un giro a la que menos te lo esperas para reír de nuevo.

Realmente bonita la relación de Cándida con su hijo drogadicto, Javi, estupendamente interpretado por Raúl Peña, que es el personaje que tiene las mejores frases de la película después de Cándida, y la versión de Gwendolyn que canta en la cárcel (con la voz de Pitingo) le da cien vueltas a la de Julio Iglesias, poniendo la carne de gallina.

Un estremecedor detalle de hasta dónde llegó la mezcla de realidad y ficción en la película es que durante el rodaje falleció uno de los hijos de Cándida, y en la escena de la incineración de Javi el ataúd es el del auténtico hijo de la protagonista.

Habrá películas mejores, sin la menor duda, y peores también (muchas mas), pero desde ahora Cándida ocupa un lugar en mi corazón, que creo que va a ocupar mucho tiempo; al fin y al cabo no necesita mucho espacio para ella y tres gallinas.

Cambiando de tema, quisiera agradecer a Möbius y a Manuel por habernos premiado con Brillante weblog y Dardo, respectivamente. Aunque son totalmente inmerecidos, como a nosotros sólo nos mueve nuestro amor por el cine y somos como una ONG, el mejor premio es saber que nos leéis y si encima os gusta es el no va mas. Va por ustedes.
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EL LÁTIGO DEL REY MIDAS




Ya falta poco. En apenas un par de semanas se estrenará la cuarta parte de las aventuras de Indiana Jones, “Indiana Jones y el reino de la Calavera de Cristal” (a la que, si no os importa, llamaremos Indy IV, para abreviar, en los próximos 516 años), y millones de uñas están desolladas ante la impaciencia por la espera. Es, posiblemente, la película más esperada del año, y la expectación y la cobertura mediática me recuerdan los meses anteriores al estreno de otra película esperadísima: “Episodio I: La amenaza fantasma” (ay). ¿Cuál es el mínimo común múltiplo de estas dos películas de expectación elevada al infinito? Luquitas, claro. El hombre que todo lo que toca lo convierte en porcentaje vuelve a dominar el cotarro este del cine, con la inexcusable colaboración del otro Rey Midas de la industria, tito Steven, y del (como ya dijimos en su momento), el tipo con más suerte de la historia del séptimo arte, tito Harrison. Y, sí, podréis hacer todos los chistes que queráis sobre la edad de Ford (que si se le caen los pantalones, que si necesita un doble hasta para levantar el látigo, que si el sombrero sólo sirve para que no veamos lo calvo que está), pero TODOS vamos a ir a ver la película con un cubo así de grande de palomitas y un babero tamaño XXL. Yo también, off course, aunque más por obligación cinéfila que por convicción; nunca he sido un fan de Indiana, más allá del impacto infantil de la primera parte, y, a riesgo de que el blog se me llene de trolls indianistas con piras crematorias virtuales, diré tranquilamente que podría vivir perfectamente sin una nueva entrega de sus aventuras. Uyloquehadicho.

Todo esto empezó en el castillo de Mauna Kea, en Maui. Allí, durante unas vacaciones, Steven Spielberg le explicaba a George Lucas su idea de realizar una película de James Bond. Luquitas llevó el asunto a su terreno (como siempre) y le habló de un guión que tenía escrito, “Las aventuras de Indiana Smith”, que se podría considerar “un James Bond sin tecnología”. Todo lo demás es historia, pero empiezo a hablar de “En busca del arca perdida” con esta anécdota porque, desde luego, se podría hablar de esta película, y de toda la saga, en clave bondiana. De hecho, los tres largos empiezan a la manera 007, con una miniaventura de diez minutos que ya obliga al espectador a levitar de emoción en la butaca. En el caso que nos ocupa, dicha aventura se produce en un templo peruano, y nos trae una de las escenas más paradigmáticas de la trilogía, e incluso del cine en general, esa bola rodante que persigue a nuestro héroe. Y a partir de aquí, up, up and away. “En busca del arca perdida” es una gran montaña rusa en la que Steven Spielberg apenas deja tiempo para la recuperación de alientos; tito Steven demuestra, una vez más, que sería un extraordinario entrenador de baloncesto: maneja y dosifica los tiempos muertos como nadie. El ritmo es veloz pero nunca atropellado, las escenas de acción se suceden sin solución de continuidad, sacrificando el dibujo de personajes por el compás frenético, al son de la inmortal partitura de John Williams –que, en algunos temas de transición, recuerda mucho a la de “Star Wars”, todo hay que decirlo-; Spielberg sabe siempre dónde colocar la cámara, y además se permite el lujo de recordar a Orson Welles en algunos planos en los que juega hábilmente con las sombras (su aparición en el bar de Marion). Aunque, claro, el jefe de todo esto lleva el nombre del perro de Lucas.

“En busca del arca perdida” es un retroceso a las películas de aventuras de los años 30 y 40, un paso dado hacia atrás para dar dos hacia delante, con un héroe tan guapo, arrojado y perfecto como lo podían ser aquellos errolflynnianos, pero con el toque de cinismo y dispersión moral al que obligaban los ochenta. Indiana Jones responde a un ideal heroico de George Lucas que ya había representado con singular éxito en Han Solo, un personaje valiente, arrojado, cínico, algo pendenciero; eso sí, con una característica que podríamos llamar superheroica, una especie de identidad secreta (el profesor de arquelología) que lleva gafas, enamora sin pretenderlo a las chicas y se muestra algo torpón: ¿el Superman de Lucas? Esta similitud con Han Solo impedía, a ojos de tito Georgie, que Indy fuera interpretado por el mismo actor. Sin embargo, Tom Selleck, el elegido, escogió finalmente seguir con “Magnum” (jamás haré una Primitiva contigo, Tom), y tuvieron que encomendarse a Harrison “flor anal” Ford, que como de costumbre, fagocitó y anuló las carreras de sus compañeros: Karen Allen, Paul Freeman, Ronald Lacey, John Rhys-Davies... Sólo Alfred Molina (que dura apenas cinco minutos en el film) (quizás fue por eso) y Delholm Elliot, que era ya un grande, sobrevivieron a la “maldición Ford”.

En resumen, “En busca del arca perdida” es una película inexcusablemente mítica, que ha servido de referencia para diferentes medios audiovisuales (aparte de miles de películas y clones de combate, pienso especialmente en los videojuegos, y en esa Lara Croft que, posteriormente, y cerrando el círculo, fue adaptada al cine), un inmenso parque de atracciones de argumento lineal y maniqueísmo inofensivo, que cumplió la premisa fundamental del entretenimiento a raudales y que dio pie a una de las sagas más alborozadamente seguidas de la historia del cine. Y el 22 de mayo, más.

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CEREMONIA DE GALA



Uno de los comentarios mas generalizados sobre la última ceremonia de los Oscars fue sobre lo aburrida que resultó la gala, en la que se notaba la huelga de los guionistas. Pues bien, llamadme carroza todo lo que queráis, pero a la que se ven a mitos como Marlon Brando, Humphrey Bogart o Cary Grant en otra gala de hace años, derrochando ingenio que da la impresión de ser totalmente espontáneo (y si no lo es, demuestra lo bien que saben actuar), una no puede menos que pensar que se ha perdido bastante. Bogart muestra un sentido de humor que hizo que fuera uno de los originales rat pack. Además, ¡qué bien les sentaba el smoking o el frac, no como ahora que parece que vayan disfrazados! Siento la calidad de la imagen, pero su valor como documento histórico, como dice el anuncio, no tiene precio.
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MARTÍN NADIE


Uno de los aspectos esenciales del por qué la ficción narrada, sea en forma de teatro, literatura o cine, nos subyuga, nos hipnotiza, nos enjaula en sus trampas y nos hace buscar otra y otra y otra con angustia de adicto, es nuestra tendencia a identificarnos con los personajes. Si nos referimos al cine, esa identificación es más directa que en otros ámbitos, debido a su carácter visual y su alcance masivo. Muchas veces, la gran mayoría, es a través de la cómoda dicotomía moral (siempre estamos de parte de los buenos en su confrontación con el mal); pero otras veces, cuando la temática de la película no transita los trillados caminos del maniqueísmo, esta identificación personal se establece a través de otros factores: un parecido físico, una situación emocional, una característica personal concreta... En mi caso (ojo momento “confesiones”: no os vayáis, que será corto y poco intenso), mentiría si dijese que hay algún personaje cinematográfico determinado con el que me identifique con plenitud (no, con ese quiróptero tampoco), pero hay muchos en los que reconozco una parte de mí, como supongo que os ocurre a todos. Hoy (y con esto cierro el delirio introductorio) me gustaría hablar de una película en la que aparece uno de esos personajes en los que observo, en este caso con curiosa desazón, un “algo” marcbranchesiano. O un “algo” que pudiera llegar a ser. ¿Críptico? No pienso hacer más declaraciones. Cine, Luis Eduardo.

“Martín (Hache)”, uno de los films más celebrados de Adolfo Aristarain, nos dice muchísimas cosas en diferentes códigos, ya desde el mismísimo título. La hache nunca ha sido una letra menos muda que en este caso: los protagonistas de esta extraordinaria película hablan, y hablan, y hablan sin medida y sin receta médica antilogorreica; en este sentido, la argentinidad de la película es pura y sin cortar. Sin embargo, los silencios calculados, las cosas que no se dicen, son tan trascendentes como las palabras expresadas. “Martín (Hache)” nos cuenta la historia de un chico bonaerense de 19 años, Hache -pocas veces un nombre ha resultado tan definitorio de un personaje- que malmezcla drogas y alcohol en plena crisis postadolescente y se ve obligado a vivir en Madrid con su padre, Martín Echenique, un director de cine de cierto prestigio que, después de una larga inactividad, parece que puede volver al primer plano con una nueva película. La convivencia de padre e hijo, salpicada por las fuertes personalidades de la novia y el mejor amigo de Martín, es la excusa de Aristarain para desparramar miserias, inquietudes, hipocresías, mentiras, semiverdades, anhelos, flaquezas: el mapa del sentimiento humano. Lo de menos en esta película, sin más banda sonora que alguna pincelada de Fito Paez y las voces de sus protagonistas, es la factura algo morosa y televisiva de la dirección de Aristarain. Lo que trasciende, lo que llega, son las interrelaciones entre los protagonistas, todos apoyados en unos intérpretes en estado de gracia que convierten a “Martín (Hache)” en un tratado actoral.

Aunque el hilo conductor de la narración es Martín, los cuatro personajes principales tienen manga ancha para airear sus arrugas psicológicas. Dante (Eusebio Poncela) es un actor de talento embriagado en su malditismo, drogadicto profesional, homosexual polipracticante, integrista del nomadismo (vive en hoteles), demagogo convencido, orador barroco y extremista sentimental; disfruta de su condición de Pepito Grillo de su amigo, y, en el fondo, está encantado de conocerse. Alicia (ups) (Cecilia Roth) es la novia insatisfecha de Martín, perdida en su romanticismo utópico (y, lógicamente, enamorada del hombre más inadecuado), ahogada por su alma adolescente que la impide aceptar la madurez como un paso natural, ciega de amor y de estupefacientes, una personalidad que lucha por emerger bajo el yugo de la anulación permanente a la que es sometida por su hombre; la serena aceptación de su derrota, en una piscina envuelta en el silencio de la mañana, alberga tanta tragedia como belleza. Hache (Juan Diego Botto) no sabe qué hacer, no sabe qué pensar, no sabe qué elegir; tiene diecinueve años y aún no ha escogido vida, y se agobia al comprobar que todo el mundo tiene algo que decir al respecto; a pesar de esto, es, quizás, el personaje con más sentido común de este microcosmos, y, coherentemente con ello, apenas evoluciona a lo largo del film: bastante tiene con aguantar. Finalmente, Martín (Federico Luppi), la luna de todos estos satélites, un cincuentón exiliado que se cambió de la acera del mayo del 68 viendo que aquella no le llevaba a ningún lado, hosco, machistoide, hermético, de retórica definitiva, torturantemente cruel, rebelde de su propia nostalgia tanguera, solitarista homérico, hedonista de manual, guardián impenitente de su espacio vital; dice tantas verdades a los demás como mentiras a sí mismo, y es incapaz de asumir la derrota de su coherencia ante su condición humana. Hay ocasiones en los que su patetismo despierta más lástima que otra cosa; en otras, su destructora sequedad resulta irritante a la epidermis del espectador. Al final, es el único que muestra cierta evolución característica, posiblemente porque era el que partía desde más atrás. Película para ver, pero sobre todo escuchar, con calma, varias veces, “Martín (Hache)” es un soplo de verdad profundamente humana pasada por el túrmix cambalachero de la verborrea argentina. Hay que follarse a las mentes.
 
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