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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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EL MEJOR TRUCO DEL DIABLO



Un hombre herido, tumbado en el suelo, enciende trabajosamente unas cerillas y las arroja a un chorro de gasolina, que empieza a arder; el fuego avanza hacia una escalera, pero otro hombre lo detiene, orinando. A la que acaba, desciende por la escalera e intercambia unas palabras con el herido, aunque su voz es casi audible. Finalmente se aleja, arrojando su cigarrillo antes de desaparecer, mientras se produce una explosión.
Con un comienzo tan bueno, ya era de pensar que Sospechosos habituales nos tendría enganchados a la butaca de principio a fin. Eran los años de plena fiebre de Tarantino y Seven, y ésta película supo utilizar lo mejor de cada uno de ellos, aunque consiguiendo tener una personalidad propia.
Como si hubieran obedecido al mítico comisario Renault de Casablanca, la policía detiene a “los sospechosos habituales” de un atraco. Pero esa detención hace que coincidan un grupo de delincuentes: McManus, Keaton, Verbal, Fenster y Hockney, que deciden organizar un golpe juntos.
Espléndido reparto compuesto por Gabriel Bryne, Kevin Spacey, Benicio del Toro, Chazz Palminteri, Stephen Baldwin y Pete Postlethwaite, un guión sólido que va mezclando los sucesivos flash backs con el presente y sorpresas cuidadosamente repartidas, todo ello dirigido expertamente por Bryan Singer, antes de dedicarse a los superhombres.
El mayor acierto de la película es el personaje de Keyzer Soze, al que se presenta como una especie de demonio a quien nadie ha visto nunca la cara y llega a adquirir una dimensión casi sobrenatural; es la pura esencia del mal y por lo tanto ni podemos sentir simpatía por él ni (por supuesto) se puede vencer a su satánica majestad; todo ello resaltado por la famosa frase de Verbal “El mejor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía”, sin embargo la escena fundamental de la película es una que pasa prácticamente desapercibida Kevin Spacey sólo en el despacho de la policía, tomando una taza de café, mirando fijamente a la pared que hay frente suyo.
Totalmente merecido el Oscar de Kevin Spacey por su Verbal Kint, que en algunos momentos consigue ser totalmente conmovedor como “imbecil inválido” (según sus propias palabras). Spacey superó la maldición que suele estar ligada a los Oscars a los actores secundarios y su carrera desde entonces no paró, demostrando que es un auténtico todo terreno: actúa, canta, baila, sabe hacer imitaciones, dirige. No hay absolutamente nada que no sepa hacer.
Y llegamos al final. Vale, nos han engañado ¿y qué importa? ¿qué mas da que no sepamos cual es la verdad, cuando la mentira está tan bien montada? Tan sólo sirve para confirmarnos la habilidad de Keyzer Soze; ya dicen que mas sabe el diablo por viejo...
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EL JUEGO DE HOLLYWOOD



DIARIO DE UN DIRECTOR ESTRELLA

26 de Noviembre de 2008

Querido diario:

Mi psicólogo de guardia (hace guardia, en concreto, en una caseta habilitada especialmente para él en el cuarto de las lavadoras), un freudiano de la escuela de Gestalt (en la que suspendía Plastilina Aplicada repetidamente), me ha recomendado que escriba un diario con el fin de reequilibrar el ying con los chakras, o viceversa. Empiezo, pues:

Hoy me he levantado a las 6:00 de la mañana. Mi asistente (en casa tratamos de evitar la palabra mayordomo, por mucho que le obliguemos a vestir un comodísimo frac de aire victoriano) me trae, en bandeja de plata con revestimientos de franela, el habitual (en mis épocas de dieta militar, como es el caso) desayuno ligero: zumo de naranja, raviolis chinos de cerdo teriyaki, quesadillas de langosta granier, rosbif a la mostaza con arándanos “a le matinè”, y tarta de milhojas con salsa tártara (baja en calorías, por supuesto), acompañado todo con un vinito medio, un Latour Chard Gran Ardeche de 1945, envasado por el mismísimo Charles de Gaulle, según dice la etiqueta (en la que, como curiosidad cultural, se puede leer “Made in Taiwan”). No es que me haga falta, pero, por mantener, me he machacado la pelvis, el sacro y algún que otro músculo fusiforme en mi gimnasio particular, del que alguno de los camareros dice que es tan extenso que tiene hasta capital federal. Obviamente, exagera. A las 7:30, recién salido de mi baño de espuma diamantina con extracto de aloe vera recién traído de Curazao, me he dispuesto a leer la selección de prensa que habitualmente me sirve mi mayordomo mi asistente cada mañana mientras me iba poniendo cuatro dedos de Johnnie Walker (le dejé el pulgar). El preestreno de ayer fue un éxito de dimensiones siderales, y las críticas a mi trabajo, como no podía ser de otra manera, van de “sublime” a “deiforme”. Me congratulan especialmente las de las revistas especializadas “Mundo vinícola” y “Mi ornitorrinco y yo”, pero quisiera dejar constancia aquí, querido diario, de la reseña publicada en “Cantimplorama”, ese magnífico magazine sobre senderismo que, habida cuenta del legendario nivel cultural de los profesionales del bien caminar, de vez en cuando publica críticas cinematográficas. Textual: “Nueva y abrumadora victoria artística del director C.J. Mitchplie gracias a su milagroso y definitivo filme “¿Cuánto vale una barra de cuarto?”, que, en su búsqueda elemental de la esencia del alma humana, no sólo se adentra por los vericuetos del carácter vivencial existencialista de Kierkegaard, o reconfigura con pasmosa lucidez la Teoría de la Caverna de Platón, sino que además rediseña de manera lozana e innovadora la receta de los macarrones con tomate. Sin ir más lejos, resulta aterrador, descomunal, el sencillo plano-secuencia de tres horas y diecisiete minutos que narra, con una sencillez expositiva sólo al alcance de los iluminados, el desgarrador caminar del pato pecoso hacia su bebedero, tan sólo interrumpido por el brillante y nada pretencioso anacronismo del aterrizaje de una nave extraterrestre a la búsqueda de cánticos tiroleses. Mitchplie, que ya nos asombró con esa obra maestra, reinventora del arte llamado cine tal como hoy lo conocemos, llamada “La respuesta es la c): luz de gálibo”, y de quién cavilábamos que se había tomado un bien merecido descanso artístico con la comedia ligera “En la cabeza no”, vuelve a desafiar las leyes del género, de todos los géneros, de hecho; así, “¿Cuánto vale una barra de cuarto?” torna a musical durante su tramo central, con canciones compuestas, en un alarde de renacentismo, por el mismísimo Mitchplie. De los veintisiete temas, la mayoría de una brillantez desconocida desde un tal Ludwig Van, se hace necesario quedarse con la emotividad del himno sacro “Habeas petirrojum”, la alegre melodía semicountry “Sillines plegables de Kentucky” y el furibundo metal-rap “Mi chandal no tiene etiqueta, Yo!”. Una euforia perceptual de la que se hace imposible evadirse. Por último, no puedo finalizar la emocionada crónica sin recordar, con lágrimas en los zapatos, el desconsolador final del filme, en el que, sin ánimo de destripar la película, el gurú Ardemaroth (interpretado por la siempre solvente Amanda Groenlöhen) instiga a sus seguidores a lanzarse por las Rocosas al grito de “¡Parasitológico!” en ordenada cola, mientras levita en posición decúbito prono; esta impactante secuencia la cierra Mitchplie de manera magistral en un fundido a amarillo macilento de doce minutos, acompañado del armonioso (aunque levemente distorsionado) canto de un grajo pastinator macho. Inolvidable. Especialmente, para aquellos que, debido a su escaso aguante ante el fundido final, tuvieron que ser ingresados de urgencia por irritaciones en la córnea. Daños colaterales e irrisorios ante la excelsitud de la opera magna que acabábamos de disfrutar. Gracias, una vez más, hossanna, maestro, C.J. Mitchplie.”

No se puede decir que no sea una crítica objetiva, querido diario. Así da gusto tener talento, cuando la gente lo reconoce. Son las 8:00 y en media hora tengo una reunión con la productora “35,62th Sifilis Limited” para comenzar a sentar las bases de mi nuevo proyecto en una recatada y en absoluto ostentosa silla Luis XIV. Luego te cuento.
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STAND BY THE RIVER




Como si una especie de Doctor Jekyll y Mr. Hyde se tratara, Stephen King ha alternado las novelas de terror, tipo Carrie, El resplandor, etc..., con otras mucho más sensibles como Corazones en la Atlántida, Cadena perpetua o La milla verde... De todas las de este segundo grupo, una que se recuerda con especial agrado es Cuenta conmigo, en la que un grupo de niños se iban de excursión para descubrir un cadáver. Los niños estaban interpretados por algunos de los jovencitos mas prometedores de aquél momento de Hollywood: Corey Felman, Kiefer Sutherland y –sobre todo- un River Phoenix que ya pasó a formar parte de nuestra mitología con su imagen de rebelde y sus cigarrillos guardados en la manga de la camiseta. Como los caminos del Señor –y los míos- son inexcrutables, os estaréis preguntando adonde quiero llegar. Pues bien, que este video de una canción de las de toda la vida, Stand by me, cantada por el gran Ben E. King, sirva de recordatorio para todos esos actores que se tomaron demasiado al pie de la letra la frase de James Dean “vive joven, muere joven y harás un bonito cadáver”, y no se quedaron con nosotros, como pide la canción, sino que nos abandonaron demasiado pronto, a pesar de que tenían una carrera de lo mas prometedora por delante, dejándonos con la tremenda duda de hasta dónde podrían haber llegado. Fueron como una estrella fugaz que se consume con rapidez pero nos deja la intensidad de su belleza. River Phoenix, Brad Renfro, Heath Ledger, va por vosotros. Demasiado pronto, demasiado pronto... La última broma de Joker ha sido demasiado perversa.
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BYE- BYE, DARLING



Ahora que todavía está coleando la ley de la memoria histórica, es un buen momento para hablar de una película como Salvador Puig Antich, aunque la película no resultó del agrado de sus antiguos compañeros, que publicaron un manifiesto en contra de la misma.
Aviso que este post no me va a salir nada divertido, ya que el ver esta película me produjo el nudo en el estómago mas fuerte que he tenido desde hace mucho tiempo, y la sensación tardó en marcharse, una vez acabada la película.
Salvador tuvo el dudoso “honor” de ser la última víctima oficial ejecutada durante la dictadura franquista.
Salva (Daniel Brühl) es un chico normal, que adora a sus hermanas, está enamorado de una chica, Cuca (Leonor Watling) pero se acuesta con otra (Ingrid Rubio), que se implica en un grupo radical, el Movimiento Ibérico de Liberación(M.I.L.).Es un chico idealista y cree que lo que hace servirá para construir un mundo mejor. Por supuesto que podemos plantearnos si estaba equivocado o no, pero sobre todo hace falta comprender el entorno de la época, y eso se consigue con canciones como Suzanne, Knocking on heaven’s door, una fugaz visita a la divina Zeleste en la que actúa Pau Riba (convenientemente oscurecido por los focos, para camuflar su edad),los informativos de televisión...
El tratamiento visual está mucho mas trabajado que habitualmente en este tipo de películas española: la manifestación que acaba con los estudiantes marchando en un fondo en blanco, la incorporación de dibujos, las escenas superpuestas... todo ello demuestra que se han esforzado, aunque a veces no hayan conseguido sus propósitos.
Pero es a partir de la parte central donde se encuentran los mayores aciertos: ese frasco en la nevera con el letrero “No tocar. Es para Salvador”, esa relación entre Salva y su carcelero (Leonardo Sbaraglia), que cambia del odio inicial desde el momento en que éste último lee una carta que había escrito el preso a su padre, y sobre todo la escena larga, dura, sin concesiones ni lágrimas o sentimentalismos innecesarios, del lento proceso de la ejecución de Salvador al garrote vil, dejando claro una vez mas que la pena de muerte es el asesinato mas cruel, frío e inhumano que hay. Tan sólo me faltó ver por ahí al entrañable Pepe Isbert, poniendo las cosas a punto.
Una última mención para Daniel Bhrül, con un cierto aire a Ewan McGregor, que tiene la juventud, inocencia y ternura necesaria para el personaje. Este chico parece que va muy bien encaminado.
La película no es redonda, e incluso puede pecar de ingenua, pero por el mal rato que me hizo pasar se merece este comentario.
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BANDERAS DE NUESTROS PADRES AL REVÉS


Atenta la tropa, porque vais a leer una de las mayores tonterías que he escrito en el más de año y medio de blog que llevamos, y esto es decir mucho: tengo un somero problemilla con la película que hoy me presto a comentar. Una martilleante nimiedad. Cada vez que leo, pienso o digo en voz alta el título del film, automáticamente me viene a la cabeza, por razones cacofónicas, cierta martirizante y cochambrosa pseudocanción de pop lluvioso que nos ha estado devorando las neuronas del paladar musical durante el año pasado. Es leer algo sobre “El valle de Elah” (ela-ela-ela-eh-eh-eh) (¡¡¡AAAARRRRRRRGGGGHHHH!!! ¡¡¡OTRA VEEEEEEZ!!!) y... bueno, ya lo veis. No, no se ría, señora, porque no tiene ni pajolera gracia; qué ganas de que la saquen de la cartelera de una puñetera vez... Así que, si me disculpáis, a partir de este momento esta película pasa a llamarse “En el valle”. Y punto. Vamos al lío, dijo el nudo.

Paul Haggis, 54 añitos ya, lleva casi un lustro en el candelabro cinematográfico gracias a su asociación artística e ideológica con Clint Eastwood, después de una carrera televisiva cuyo hito artístico indiscutible es haber ostentado el honor de escribir un capítulo de “Walker, Texas Ranger” (esa serie). 2004 fue el año de su consagración, a través de su impactante guión “Million dollar baby”, para tito Clint; y la dirección de su controvertido primer largo, “Crash”, cuyo mayor defecto fue rebañarle algún que otro Oscar a la favorita de la plebe (no la mía, que conste en acta) “Brokeback mountain”. “Crash” fue una de las películas más debatidas entre la criticalia amateur y profesional, tal que hoy en día Haggis tiene un número de seguidores y detractores que no se corresponde con la brevedad de su, hasta ahora, escasa trayectoria cinematográfica, que se complementa con los guiones del díptico eastwoodiano “Banderas de nuestros padres”-“Cartas desde Iwo Jima” y el libreto de la bondiana (pero menos) “Casino Royale”. “En el valle”, en opinión del escribano aquí presente, significa un paso adelante en su carrera artística, aunque la gelidez de taquilla y público estadounidense reflejen lo contrario, frialdad seguramente debida al hartazgo que hay en los Yuesei sobre el asunto, hasta tal punto que incluso las elecciones primarias están pasando de soslayo sobre la ocupación iraquí. Vendida a la retentiva del vulgo como “otra película sobre Irak”, dista semanas-luz de serlo; la misma lejanía le separa del panfletismo del que propuestas anteriores han cojeado. “En el valle” cuenta la búsqueda de un padre ex-militar de su hijo desaparecido a la vuelta de Irak, y su evolución a medida que ciertas verdades respecto al ejército y a su vástago se revelan ante sus cansados ojos. La primera hora del filme engatusa con habilidad al espectador avezado: no parece que sea más que una película de misterio castrense, en la que tarde o temprano se abrirá ante nosotros un entramado militar de voluminosa enjundia y escasa moral, para así darles un nuevo y más que merecido estacazo a la institución, y, por ende, a la administración Bush. Pues no. Haggis sortea con destreza y escritura enhiesta la tentadora manzana del antibelicismo gruñón, para focalizar el porqué de las cosas en las consecuencias intrínsecas de la experiencia militar, y de cómo cambia definitivamente a las personas que la viven. Y lo hace a través del personaje interpretado por Tommy Lee Jones (excelente, en un papel pensado para... Clint Eastwood), Hank Deerfield, un ex militar testarudo, patriota, chapado a la antigua, encallado en los viejos códigos de honor castrenses, que poco a poco va descubriendo, a su pesar, que el ejército no es como él lo vivió en su época (quizás no lo fue nunca, simplemente es que ahora es más sabio), y que esa otra dimensión que significa la guerra puede cambiar a una persona hasta matarla por dentro. Las capas de la cebolla van cayendo gracias a Emily Sanders (Charlize Theron, con un peinado inspirado en la madre de “Psicosis”), una detective algo huraña y desabrida, en parte debido a que sus sexistas compañeros de trabajo (dibujados con trazo excesivamente grueso, siendo una de las grandes fallas del filme) la denigran dándole los casos más ridículos, quien, al principio obligada y posteriormente a golpe de convicción, ayuda a Hank a desenredar la madeja. Entre los dos llevan el peso de esta narración extendida en modo “sostenuto ma cantabile” plena de metáforas, algunas menos sutiles (la de la bandera al revés, el cuento sobre David y Goliat) que otras (los videos sesgados del móvil como imagen de los medios de comunicación), cargada de diálogos precisos y contundentes y con escenas que sitúan el punto de emotividad en la gradación precisa; en este sentido, es necesario destacar el momento en el que Hank revela a su mujer Joan el fatal destino de su hijo (el mayor también había fallecido en el ejército), concluido con el amargo reproche de la madre: “¿no podías haberme dejado por lo menos a uno de los dos?”. Arrasador.

Curiosamente, parece que hay cierta unanimidad en desdeñar el personaje de Susan Sarandon, la madre del soldado desparecido, por anecdótico e innecesario. No puedo estar más en desacuerdo. ¿Qué más imprescindible puede haber en una historia sobre un hijo desparecido que la figura de la madre? Haga lo que haga, diga lo que diga, su dolor ha de estar presente. Y si posee la mirada profunda, punzante, agrietada, de la Sarandon, mejor que mejor.
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CHITTY CHITTY BANG BANG



Ahora que estamos en plena cuesta de enero (para que luego digáis que no me rompo la cabeza buscando temas apropiados), seguro que no hay nada mejor para subirla que un coche; y no me refiero a un ecológico último modelo, sino que ni mas ni menos a uno volador. Kevin Smith en El coche volador (si, habéis adivinado el título) demuestra que no necesita el mas mínimo movimiento de cámara para contar una historia: dos de sus personajes habituales, Dante (Brian O’Hallaran) y Randall (Jeff Anderson), están enmedio de un atasco de tráfico y se ponen a imaginar cómo sería su vida si existiera un coche volador y qué serían capaces de hacer por ese coche. Diálogos al mas puro estilo Smith en lo que podría formar parte perfectamente de Clerks, aunque encuentre a faltar a Jay y Silent Bob. Y si éste coche no os ha ayudado a subir la dichosa cuesta, esperemos que al menos os haya arrancado una sonrisa. Menos da una piedra, ¿no?
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EL HOMBRE CORRIENTE DE LA HABITACIÓN DE AL LADO



¿Hay alguien a estas alturas que no se haya enterado de la huelga de los guionistas en yanquilandia?. Valga este post como humilde muestra de apoyo a estos profesionales tan poco reconocidos.
Una de las constantes de esos adorables locuelos que son los hermanos Coen es la de homenajear constantemente géneros o directores, aunque al final siempre tienen su propio estilo, pero esas referencias hacen que sean un aliciente mas de sus películas. El cine negro es el que se lleva la palma, con diferencia, ya que lo han tratado desde un montón de puntos de vista distintos, y los maestros de la gran comedia americana, pero también le tocó el turno a David Lynch(aunque con unas gotitas de El quimérico inquilino de Polanski)
Barton Fink es un escritor de teatro, que acaba de conseguir un gran éxito con su última obra. Hollywood, siempre falta de ideas (parece que la cosa ya va de largo), decide contratarle, y aquí empieza la historia.
Barton (John Turturro) está obsesionado con el “hombre corriente”, quiere que sus obras sean un reflejo de la realidad, pero no tarda mucho en convencerse de que en la Meca del cine conseguirá mucha mas repercusión que en el teatro.
El hotel en que se hospeda es uno de los principales aciertos de la película. Desde el primer momento en que el botones que interpreta Steve Buschemi, Chet, sale de las profundidades no tenemos la menor duda: estamos en la antesala del infierno. Pasadizos claustrofóbicos, el pegajoso papel pintado de las paredes impregnado en cola, las voces y sonidos extraños o la indicación 666 del ascensor. No sabemos si Barton va enloqueciendo debido a su entorno o si éste lo que hace es reflejar su lento deterioro mental.
La fijación que tiene Barton por el “ciudadano medio” no deja de ser una pose, ya que es incapaz de escuchar a su vecino Charlie (un excelso John Goodman) y siempre que éste le quiere empezar a explicar una de sus historias le interrumpe. Del mismo modo, la imagen del escritor sentado frente a la terrible página en blanco contrasta con las de la secretaria del estudio escribiendo frenéticamente.
El personaje que interpreta Michael Lerner tiene referencias de los grandes productores de la época dorada de Hollywood como O’Selznick o Louis B. Mayer, y el del escritor W.P Mayhew (John Mahoney) podría ser una mezcla de Scott Fitzgerald, Hammett o Faulkner.
Un magnífico puñado de actores, habituales de las películas de los Coen, como Turturro, Goodman, Polito o Buschemi dan lo mejor de si mismos
No está nada mal para ser el resultado del bloqueo mental de los hermanos mientras escribían Muerte entre las flores. De hecho, el personaje de John Turturro en Muerte entre las flores se alojaba en el hotel Barton’s arms, y una de las bromas de los hermanos a la que les preguntaban qué contenía la misteriosa caja de Barton Fink (uno de los McGuffin mas sabrosos de los últimos años) era responder que se trataba de “El sombrero de Miller’s crossing”.
Un magnífico homenaje a una de las épocas mas interesantes de la historia del cine, con un tratamiento de lo mas original e inquietante, que la convierten en imprescindible.
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EL PATIO TRASERO DE LA PASIÓN




El humor inglés. Es curioso: si ud., estimado padawan, hace gala en las reuniones sociales, en las charletas de trabajo o en las torturas familiares, de un sentido del humor irónico, puntiagudo, sarcástico y de cierta finezza en el mandoble, instantáneamente será etiquetado de “humor inglés”. Eso, a pesar de que vocativos como Benny Hill, Rowan Atkinson, Peter Sellers, Spitting Image o Little Britain desmienten la fortaleza de esa relación automática; pero, por lo visto, pesan demasiado en el magín popular los floretes de Chesterton, Wilde y Thackeray... El escribano aquí presente ha portado en sus hombros el peso de dicha etiqueta durante muchos años, lo cual me ha hecho dudar seriamente de la masculinidad de mis maneras; sin embargo, a estas alturas, acopio hecho ya de un grado constatable de madurez, asumo con resignada dignidad mi incapacidad para expulsar esputos con varonil saña, silbar en la mayor con el acompañamiento de dos dedos, o azorar mujeres a golpe de exabrupto levemente rimado. Eso sí, lo del humor británico sigo discutiéndolo. El ejemplo mayestático del concepto es ese glorioso grupo de armadores del absurdo, genios desparramados del humor surrealista, llamado Monty Python. Nacidos y arrojados al estrellato desde el medio televisivo en los setenta, se introdujeron como cachalote en cacharrería en el mundo del cine, un destino tan obvio como peligroso, y triunfaron a lo grande con cosas como “Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores”, “La vida de Brian” o “El sentido de la vida”. Aunque luego esparcieron su sello y su espíritu en filmes como la inolvidable “Un pez llamado Wanda”, después de “El sentido de la vida” no volvieron a trabajar en compacto grupo. Su filme más aclamado, polémico y brillante es “La vida de Brian”, un proyecto extraordinariamente resbaladizo desde muchos frentes (no sólo el artístico) del que salieron con summa cum laude.

“La vida de Brian”, no descubro la Biblia (ups) con esto, concibió dolor de cabeza y malestar general en el catolicismo más o menos inmovilista. Pero los Monty Python se habían puesto a resguardo desde el principio: Brian no es una parodia de Jesús, puesto que Jesús aparece en la película. En concreto, recitando a la multitud el Sermón del Monte, mientras Brian (Graham Chapman) y su madre (Terry Jones) asisten desde la cola de la masa sin enterarse de un pijo. “La vida de Brian”, contra lo que pudiera hacer pensar un superficial y somero análisis, no sacude el cristianismo ni la religión católica. La onda expansiva de la sátira pythoniana es más humanista y profunda, y ahí alberga parte de su inmenso valor: “La vida de Brian” es un ataque frontal contra la idiocia asociativa humana, contra el integrismo ideológico, contra la estúpida figura del líder salvador. Y, afilando más el hacha, nos encontramos con referencias muy concretas hacia la absurda atomización de la izquierda inglesa a finales de los setenta (que los Python representan con el Frente Popular de Judea y sus variantes), la enfermiza enseñanza de las lenguas muertas o, incluso, el cine-espectáculo que en aquella época atestaba las salas -el tema musical de inicio, un calco de los de la saga “007”, o la escena de los extraterrestres, una parodia de “Star Wars” que chirría estrepitosamente-. El grupo británico desmenuza a los revolucionarios y a los antirrevolucionarios, al poder y a la oposición, con la misma precisión quirúrgica; no es casualidad, empero, que el único personaje que aporta algo de sentido común entre tanta barrabasada (ups) sea el propio Brian, que conmina sin éxito a la plebe a seguir sus propios caminos, en una escena que me recuerda mucho a otra de “El club de la lucha”.

Pero es que, además, la película funciona desde la vertiente puramente cinematográfica. Aunque oficialmente está dirigida por Terry Jones, es inevitable vislumbrar la mano del otro Terry (Gilliam) en alguna de las escenas, y no me refiero sólo a los magníficos créditos de arranque, aunque no hay pruebas que me sostengan ante un jurado. El diseño de producción nos lleva a una Judea creíble, zarrapastrosa, ambientada desde los mismos escenarios en los que se rodó el “Jesús de Nazareth” de Zefirelli. La dirección es ágil, menos televisiva que en otros films del grupo, aunque con algún que otro corte abrupto que incide, aunque poco, en la calidad del largometraje. Es una película de sketches, por supuesto, pero hilvanados los suficientemente como para que en ningún momento se olvide que se nos está contando una historia; los gags van del notable a la matrícula de honor: por elegir una, toda la secuencia de la “matinée infantil” gladiadoresca en el coliseum es descacharrante. Aunque quizás la más recordada y polémica es la escena final, en la que John Cleese, Michael Palin y cía. se lanzan al río sin flotador ni bañador Speedo, mostrándonos una crucifixión multitudinaria de lo más indecorosa (“¡crucificádmelo bien!”), cantando todos a coro, bajo el liderato de Eric Idle, el tema musical arriba insertado.

En febrero del 2007, la Iglesia de Santo Tomás Beckett, en Newcastle, organizó una proyección de “La vida de Brian”, con acompañamiento de órgano, libretos, y actrices entre el público disfrazadas con barbas. Fue un exitazo rotundo. Ante las críticas de los grupos ultraconservadores, el reverendo Jonathan Adams, uno de los impulsores de la idea, defendió a ultranza el film, destacando el hecho de que mostrara “cómo la hipocresía y la estupidez podían también afectar a la religión”. Amén (ups).

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¡CÓMO HA CAMBIADO EL CUENTO!



¡Abuelita, qué ojos mas grandes tienes!” “ Son para ver la película mejor, pesada”.
Cuéntame un cuento. Pero que sea distinto a los que he oído, que sea un tanto perverso y adulto; que sea En compañía de lobos.
La película de Neil Jordan trata del paso de la niñez a la adolescencia, del despertar al sexo, y todo ello lo hace usando el personaje de Caperucita roja a través de una serie de cuentos que son soñados por la protagonista, Rosaleen (Sarah Patterson), que muy reveladoramente se ha quedado dormida pintarrajeada como una pepona.
En su sueño, sus juguetes toman vida propia, su cargante hermana es eliminada a la primera oportunidad y vive en lo que podría llamarse la tierra de los cuentos: un lugar irreal, tan acogedor como inquietante. Sus padres siguen siendo los mismos, y una muñeca de porcelana se ha convertido en su abuela (Angela Lansbury). Rosaleen se siente fascinada por su abuela, que siempre le está contando cuentos sobre hombres lobo y no para de repetirle prohibiciones: “Nunca te apartes del camino, nunca comas una manzana caída del árbol y nunca confíes en los hombres que tienen una sola ceja”. Como cualquier niño, Rosaleen no puede evitar sentir una cierta atracción por lo prohibido, mezclado con rechazo. Su madre es la que intenta que vea las cosas como son en realidad, pero la influencia de la abuelita es demasiado grande.
Al tratarse de varios cuentos, el nivel es desigual, ya que unos son mejores que otros, siendo por ejemplo uno cortísimo protagonizado por Terence Stamp casi una anécdota, sin mas, aunque me recordó a otro cuento, de Pere Calders.
Lo mejor es, sin duda, la perversa adaptación de Caperucita roja, cuando Rosaleen conoce a un misterioso personaje (Micha Bergese), en el que los famosos diálogos del cuento adquieren un nuevo significado. Los “lobos peludos por dentro” – como diría la abuelita- se nos muestran como seres solitarios, divididos entre dos mundos y capaces de llorar.
Estábamos en plena época de algunas de las mas famosas transformaciones de hombre-lobo: “Un hombre lobo americano en Londres”, el video Thriller de Michael Jackson, y En compañía de lobos añadió su granito de arena a la lista.
Por último no puedo olvidar mencionar a Angela Lansbury, experta robaescenas donde las haya, que compone una irresistible abuelita. Sin ella la película no habría sido lo mismo. Por ella sí que desearíamos tener unos ojos y unas orejas mas grandes para verla y oírla mejor.
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UN TEQUILA DE UN SOLO TRAGO



La escena de hoy no necesita presentación... o quizás sí. La que para muchos es la mejor película de Orson Welles, “Sed de mal” (incluído servidor), que en su edición original de 1958 había sufrido la injerencia tijeretil de los productores de Universal, fue remontada en 1998 en base a un memorándum de tito Orson enviado a la compañía, de “apenas” 58 páginas, en las que describía con minucioso detalle cuáles eran los cambios a los que, a su juicio, debía someterse aquella versión. Uno de ellos se refería, ni más ni menos, que al glorioso plano-secuencia que abre el filme, que en el original incluía los créditos y la sugerente melodía de Henry Mancini. En esta definitiva versión, los créditos se trasladan al final, y la banda sonora deja paso a los sonidos naturales de la escena, con una ligera música de fondo proveniente de la calle. La que aquí os enseño, jóvenes padawanes, es esta última, que, por lo visto, concuerda con los deseos de Welles. En este enlace está la primera (en italiano, lo siento, pero vale igual), y me voy a permitir discrepar del criterio del maestro: a mí me gusta más la original. ¿Y a vosotros?
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EN BUSCA DE LA PUREZA



Todo el que haya seguido mínimamente este blog sabe de mi predilección por el cine negro, y en especial el gangsteril, ese microcosmos que sirve de perfecto campo de cultivo para mostrar potenciadas al máximo todas las grandezas y miserias del ser humano: traiciones, ambición, fidelidad, honor.... Pues bien, resultaría un poco difícil encuadrar American gangster en esta categoría, aunque participe en ella, ya que sería una mezcla de El padrino, Serpico o El principe de la ciudad y French connection.
Para empezar he de reconocer que, aunque pretende imitar a grandes clásicos del género como El padrino o Uno de los nuestros, no llega a estar a su nivel, y el querer compararla con ellas es prácticamente una blasfemia, pero si que es de lo mejor que ha hecho Ridley Scott de unos años a esta parte, que ya tocaba desde Alien o Blade runner, aunque sé que una vez mas voy a estar en desacuerdo con Josep (¡qué aburrido sería si todos pensáramos siempre igual ¡)
Con una cuidadísima estética sesentera (y con ésta ya van... ¿qué tienen las películas de los setenta para querer imitarlas tanto últimamente?), se nos explica un hecho real (no, no es una de esas películas de Antena 3 del mediodía)
Frank Lucas (Denzel Washington) es el chofer de un gangster; a la que éste fallece decide ocuparse de sus negocios. Lo tiene un poco crudo: no pertenece a ninguna de las familias mafiosas y es de color, pero admira enormemente a los gangsters italianos, representados por Armand Assante. Se le ocurre una idea: aprovechando la guerra de Vietnam, puede conseguir droga de primera calidad y venderla más barata que sus competidores; nada ni nadie le convencerá para que rebaje su pureza, aunque conseguiría todavía mayores beneficios. Como es lógico, usando el “busque, compare, y si encuentra algo mejor cómprelo”, Lucas consigue un éxito enorme, convirtiéndose en uno de los traficantes mas poderosos de los Estados Unidos.
Richie Roberts (Russell Crowe) es un policía cuya vida es todo un desastre: su mujer le ha abandonado debido a sus constantes infidelidades, pero es un “intocable” como Elliot Ness, y eso hacen de él una “rara avis” del Departamento.
Por lo tanto, tenemos dos personas que resultan molestas a su entorno y que finalmente encontrarán la ayuda que necesitan en la otra, la última persona que habrían pensado.
Los dos protagonistas están muy bien; aunque Russell resulta ganador, Denzel dando consejos de imagen a su hermano o diciendo “amigo” vale la pena. La presencia de un secundario como Jon Polito no deja de ser un agradable guiño para los cinéfilos, pero desgraciadamente no pasa de ahí. Mejor fortuna corre Josh Brolin, que últimamente lleva una meteórica carrera como secundario de lujo.
Una escena creo que resume perfectamente el mensaje de la película: vemos a Frank Lucas con su familia sentados alrededor de una fastuosa mesa para el día de Acción de Gracias, a continuación vemos a Richie sólo preparándose de pie un bocadillo con lo primero que se encuentra en la nevera, y finalmente vemos unos cuantos drogadictos tumbados en el suelo. Todo forma parte de la misma moneda.
La frase final de “Buen trabajo, Lucas ¿Quieres tomar algo para celebrarlo? “ “¿Tienes agua bendita?” vuelve a recordar inevitablemente de nuevo a Los intocables con su antológica “¿Qué va a hacer ahora que ha acabado la Ley Seca, Ness?Tomarme una copa
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LA FLOR DE HARRISON


Un buen amigo mío, durante una copiosa tertulia rodeada de café (el nuestro) y cigarrillos (los de los demás), envalentonado por el agua de vichy y el flan con nata, enarboló una curiosa teoría paracinéfila que se me quedó grabada en el magín, quizás a la espera de un día plasmarla, por ejemplo, en un elitista blog de cine. A colación del más o menos manido tema de la fortuna de Harrison Ford en la elección de proyectos a finales de los setenta-principios de los ochenta, mi amigo no sólo veía la apuesta sino que la superaba: para él, la suerte de Ford se llevaba consigo la de los actores que trabajaban con él, de tal manera que luego de esa experiencia no salían a flote, o les costaba horrores sacar adelante una carrera digna. Lo que al principio parecía poco menos que un chiste derivado de cierta maldición alrededor de la saga de “Star Wars”, se convertía en una inquietante certeza a medida que salían nombres a colación. Aún si dejamos aparte a Mark Hamill y Carrie Fisher (cuyo malditismo es indudable) (verJay y Silent Bob contraatacan”), o la renuncia de Tom Selleck al papel de Indiana Jones por culpa de “Magnum”, lo cierto es que podemos encontrar varios ejemplos de carreras embarrancadas después de pasar por las manos de Harrison “el gafe” Ford. Actor de poco registro pero con pátina de credibilidad, tito Harrison ha hecho de la escasez virtud, y ha sacado petróleo de su sonrisa pícara y torcida. Repasemos la curiosa trayectoria de este ejemplar puro del star system hollywoodiense cuyo ojo clínico (o el de su agente) a la hora de elegir proyectos ha permitido que su carrera esté bastante por encima de sus limitaciones interpretativas.

El caso es que sus inicios no ofrecían la sensación de que nos encontrábamos ante un tipo con suerte. Papelitos en “El virginiano” y “Ironside” no ayudaron a su consolidación, y se puso a trabajar de carpintero, alicatando azulejos y atornillando trócolas con compartimentos estancos, con una mano en el martillo y la otra en el manual de Strasberg. George Lucas, que en aquella época carecía de papada que le limitara el ojo clínico, lo fichó para su generacional “American Graffitti”. Su primer golpe de suerte fue que Luquitas lo escogiera para dar la réplica, recitando las líneas de Han Solo, a los actores que se presentaban a los castings para los personajes de Leia y Luke Skywalker; lo hizo tan bien (o los otros aspirantes, incluido Kurt Russell, tan mal), que Lucas acabó dándole el papel. El resto es historia del cine y de la Humanidad y no daré la barrila respecto a la Santísima Trilogía, excepto que el único actor que la aprovechó de verdad fue Harrison Ford. Poco antes de “El imperio contraataca” se permite participar de la película de guerra más descarnada, impactante y descorazonadora de la historia, la obra maestrísima “Apocalypse now”, de ese amiguete de Lucas llamado Francis Ford Coppola. Entre “El imperio...” y “El retorno del Jedi”, mientras Mark Hamill hacía “Uno rojo: división de choque”, tito Harrison cambiaba la historia con un látigo y un sombrero primero (“En busca del arca perdida”, en la que Karen Allen sucumbe a la maldición Ford: no levantó cabeza) y con un unicornio de papel (“Blade runner”). Film este último de cuyo rodaje y primera versión renegó de tal manera que nunca ha querido hablar de ella hasta hace bien poquito, en el megachachidocumental “Dangerous days”. Encima, desagradecido el tío... Cierra una trilogía ("El retorno del Jedi”), se planta en mitad de otra (“Indiana Jones y el templo maldito”), y su siguiente film, “Único testigo”, le vale su hasta ahora única nominación al Oscar, y acaba con las ilusiones de Kelly McGillis de ser alguien en el mundo del cine, a pesar de “Top Gun”. Repite con Peter Weir en “La costa de los mosquitos”, su primer fracaso desde que ha adquirido el status de galáctico, pero sobrevive (River Phoenix no) (chiste necrófilo, sí, lo sé...). Después de trabajar con Polanski & cía en “Frenético”, tito Harrison se apunta otro megahit, esta vez en el espinoso ámbito de la comedia: “Armas de mujer”. Luego de cerrar su segunda tríada histórica con “Indiana Jones y la última cruzada”, fagocita las carreras de Brian Dennehy y, ay, Greta Scacchi en la funcional “Presunto inocente”. No contento con ello, se arrejunta con la prometedora Annette Bening en la melosa e inverosímil “A propósito de Henry”; la siguiente película de la Bening fue “Bugsy”... La maldición seguía en pie. Justo entonces, a Alec Baldwin le da por pedir chorrocientos millones de dólares por participar en la siguiente andanza de Jack Ryan después de “La caza del octubre rojo”. Who you gonna call? Harrison Ford. “Juego de patriotas” y “Peligro inminente” coronan a tito Harrison como rey de la acción, también, de los noventa, junto a uno de los grandes sleepers de la década, “El fugitivo”. A partir de aquí su carrera es más irregular, aún manteniendo su tirón de taquilla, y la calidad de sus elecciones mucho más dudosa; su aspecto se torna más venerable y su sonrisa más acogedora, lo cual no mezcla bien con las heroicidades a las que es sometido. Pero aún tiene tiempo para aplicar su maléfico conjuro a Kristin Scott Thomas (¿ande andará?) en “Caprichos del destino”, a Anne Heche (repetir estribillo) en “Seis días y siete noches”, a Julia Ormond (...) en “Sabrina”, a Gary Oldman (su siguiente film fue “Perdidos en el espacio”, puro cinema-veritè) en la infame “Air Force One”... Este inicio de año vuelve a la palestra con el inminente estreno de “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal”, ya con 65 tacos y haciendo de paquete de la moto de Shia LaBeouf. Las imágenes que hasta ahora se han filtrado provocan una mezcolanza de sensaciones contrapuestas, aún para los que nunca hemos sido superfans de Indy. Eso sí: Shia, más vale que te compres un libro de conjuros, o tu carrera se irá al garete...
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¿MÁS CALOR QUE EN HEAT?




No pierdo la esperanza: De que Robert de Niro y Al Pacino nos deleiten con un duelo interpretativo de los que hagan historia, no unos simple minutos como en Heat, de que Righteous kill sea la recuperación del Bobby de siempre y deje de bailar el can can,aunque ésta vez hagan de policías, no de mafiosos (porca miseria), de volver a disfrutar con un secundario como Brian Dennehy ... Resumiendo, como la esperanza es lo último que se pierde y una es una mitómana confesa, espero disfrutar con estos dos monstruos sagrados.
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LOS CUATRO FANTÁSTICOS


El remate de las fiestas navideñas-corteinglés está dedicado enteramente a los niños, aunque los padres y sus coetáneos nos beneficiemos lo que podemos, y es la festividad de los Reyes Magos. Antes de nada: niños, los Reyes son los padres. Así que, en vez de pedir los regalitos a través del consabido método epistolar (que no vale para nada), mi consejo es que le robéis la tarjetita esa tan mona que tiene papá en la cartera, sí, esa que pone VISA Electron, os acordéis de la fecha de nacimiento de vuestro progenitor (tendréis que ponerlo en cifras en el cajero automático), y saquéis el dinero necesario para compraros todo lo que habéis escrito en la cartita de marras; y, ya de paso, una televisión de plasma para Mi Majestad, ya que os he dado la idea. De nada. ¿Cómo dice, señora? Sí, sí, esto es un blog de cine.

Celebremos, por tanto, esta semana infantil con una de las mejores películas de animación (qué poco se lleva ya la expresión “dibujos animados”), no sólo de los últimos años, sino posiblemente de todas las épocas: “Los increíbles”. Pergeñada por la factoría Pixar, la compañía de animación por ordenador que ha revolucionado el género a través de filmes como “Toy story”, “Monstruos, S.A.”, “Buscando a Nemo” o la reciente “Ratatouille”, “Los increíbles” significó un paso más allá en muchos sentidos, y no sólo en el técnico. Es un homenaje no sólo a los superhéroes de cómic y cine, sino a las viejas películas de espías (sí, James Bond, pero también Flint), que en ningún momento recurre a la parodia fácil ni a la coyunturalidad (¿alguien ha dicho “Shrek”?); un tobogán aventurero con dos partes muy diferenciadas pespuntadas con enorme precisión, a través de un guión inusualmente férreo y que lleva el desarrollo de personajes en la animación infantil hacia el siguiente piso. O el siguiente planeta.

Está ya muy manido, a estas alturas, el tópico de “película que van a disfrutar los niños pero también los adultos”, pero en este caso es más aplicable que nunca. La historia es la de una familia de superpoderosos, los Parr, que son destinados por el gobierno a llevar una vida normal y al margen de toda actividad superheroica, pero que, después de quince años de anonimato y rutina, se enfrentan a un nuevo megavillano llamado Síndrome. Como decíamos, hay dos partes muy diferenciadas. La primera (después de un maravilloso prólogo sito en la edad de oro de los superhéroes, con estética de los cuarenta y abogados que, como de costumbre, lo estropean todo) se focaliza en dar forma a la forzada cotidianeidad de la vida diaria de nuestros protagonistas, y la diferente manera de enfrentarse a ella. Entre carcajada y carcajada -la escena de la cena familiar es brutal-, el director Brad Bird va perfilando con inusitada sutilidad los caracteres de los distintos personajes, algo extremadamente complicado ya que esta película trata, al contrario que la gran mayoría (animales, robots, coches...), sobre personas de carne y hueso-3D. Por una parte, Mr. Increíble, el cabeza de familia, noble, brutote y algo mostrenco, que trata de ahogar su nostalgia de sus tiempos aventureros en furtivas escapadas junto a su amigo Frozono; por otra, Elastigirl, su mujer, fuerte y determinada, que se ha adaptado a su nueva condición de simple madre de familia con la misma cadencia con la que ha engordado su trasero; por último, los hijos, Violeta (enferma de adolescencia) y Dash (suya es, quizás, la mejor frase del film: “decir que todo el mundo es especial es otra manera de decir que nadie lo es”), obligados a esconder sus poderes, o a esconderse detrás de ellos (aparte de Jack-Jack, el bebé, que también esconde algo...). La transición entre ambos segmentos narrativos la representa la efervescente Edna Moda, un secundario de irresistible personalidad que se dedica a lo que debe dedicarse un “actor de reparto”: a robar escenas como una condenada (por robo). La segunda parte, con mr. Increíble metiéndose en un engorroso lío del que sólo puede salvarle su familia, es una catarata de aventuras y acción que apenas deja respiro debido a su endiablado ritmo y a la abrumadora perfección técnica de sus acabados; Pixar se contonea cual top model enseñando sin pudor el detalle de sus paisajes tropicales o de las cabelleras de sus personajes. Eso sí, es inevitable que el espectador avezado, una vez acostumbrados los ojos al sobresaliente diseño, no se vea tan sorprendido por la resolución del film como por su extraordinaria primera mitad. Pero puede seguir entornando el ojo cinéfilo ante los múltiples homenajes encubiertos con los que juega Brad Bird; desde “007” hasta “Star Wars”, pasando por los menos aparentes de “Rocky”, “Blade runner”, “Brazil” o incluso “El apartamento”, gracias a esa oficina inacabable en la que Bob Parr se consume. Los más frikis podrán detenerse en buscar los referentes comiqueros de los superhéroes, y regocijarse con las referencias al uso de la capa o a la tendencia de los villanos al monólogo rimbombante e inútil. Y sin necesidad de tragarse una cancioncita cada diez minutos... Curiosamente, “Los increíbles” fue calificada por la MPAA americana como PG-Rated, con lo cual los niños debían ir acompañados por los padres, debido al nivel adulto de los diálogos y, supongo, a mostrar abiertamente a los personajes principales besándose (guarros...); por fortuna, eso no afectó al merecido éxito de taquilla de la película.

Como tampoco le afectó en España, por otra parte, el doblaje español del film. No entraré en detalles para no hacerme llagas en los dedos: sólo decir que pasamos de Samuel L. Jackson, Jason Lee, Wallace Shawn o Holly Hunter a Antonio Molero, Esther Arroyo y Ana Rosa Quintana... Clavaos. Emma Penella como Edna Moda, y los profesionales del asunto José Antonio Ceinos y Beatriz Berciano salvan con solvencia la papeleta. Basta de famoseo en las películas de animación, por favor.
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ÉSTE ES MI ÚLTIMO VIAJE, LO JURO



¿Qué tal si empezamos haciendo los propósitos para el año nuevo?
Elige: Tener un trabajo rutinario, aguantar al borde del jefe, pagar una hipoteca durante el resto de tu vida por un piso minúsculo como los que dice la ministra, tener hijos, cambiarles los pañales, llevarles a la escuela( y esto sólo es el principio), o... te pegas un viaje alucinante sin necesidad de salir de la habitación.
Trainspotting produce el efecto de una montaña rusa: ritmo acelerado, momentos sumamente divertidos con otros fuertes, que oscilan de los dramático a lo escatológico o surrealista, servido con un uso del color (esos rojos del cuartucho en el que se reúnen los chicos, que lo convierten en una antesala del infierno...) y de la música de una manera modélica.
Las correrías de un grupo de amigos escoceses y cómo su relación se va deteriorando poco a poco a causa de las drogas fue el mayor éxito de Danny Boyle. Ellos buscan una salida a una sociedad que no les gusta, pero sólo uno de ellos, Mark, encontrará un lugar mas allá del mar, aunque para ello tenga que traicionarlos, porque finalmente –y con una irresistible sonrisa- ha elegido: quiere ser un pringao como nosotros (aunque con dinero, claro). Cree que “el mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando; los hombres y las mujeres están cambiando. Dentro de mil años no habrá ni tíos ni tías, sólo gilipollas”. Yo no lo creo, dudo que haya vida en el planeta dentro de mil años. (No, no he preguntado a mi primo)
Renton (Ewan McGregor) , Spud (Ewen Bremner), Sick Boy (Jonny Lee Miller), Tommy (Kevin McKidd) y Begbie (Robert Carlyle) son amigos; uno es un friki que lo sabe absolutamente todo sobre Sean Connery, otro sólo piensa en estar colgado, otro sigue enganchado a la música de Iggy Pop, otro es un absoluto psicópata; de todos ellos el único que tiene aspiraciones filosóficas y considera la opción de desengancharse de la droga (aunque vuelva a caer) es Mark Renton.
Espléndido reparto, encabezado por Ewan McGregor, demostrando una vez mas que no tiene el mas mínimo reparo en hacer lo que haga falta: desnudarse, cantar, bailar, raparse, dar un beso impresionante a un tio o sumergirse en el váter mas asqueroso que ha habido(en dura competencia con el de Desperado) .
Robert Carlyle también está magnífico como Begbie, que recuerda a el Joe Pesci de Uno de los nuestros. Como no paran de repetir los chicos “Es un jodido psicópata, pero es un amigo”.
Y ahora, de vosotros depende elegir qué pensais hacer este año.
 
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