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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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LLOVIENDO RANAS


"Así lo hizo Aáron, y salieron tantas ranas que cubrieron todo el país de Egipto"
Éxodo 8:2

Paul Thomas Anderson es menos sutil de lo que uno, en un principio, pudiera pensar: se pasó toda la película “Magnolia” avisando de lo que iba a suceder en ese apocalíptico final. Fijaos, jóvenes padawanes, en la cantidad de veces que el número 82 aparece de alguna manera u otra: la chaqueta de los ahorcados del comienzo, las cuerdas que forman el número mientras el suicida intenta estrangularse, la humedad relativa del primer episodio... ¿Casualidad? ¿Onanismo mental marcbranchesiano? Es probable (a 38 de fiebre... pues eso... peras, olmos, etc.). En cualquier caso, lo que sí queda meridianamente claro es que, por mucho que el señor Anderson (¿señor Anderson? Parezco el agente Smith hablando de Neo...) germinase el film como “una película pequeña que se pudiese realizar en treinta días”, el resultado final pergeñado es el antónimo de esa idea. El realizador californiano, que ha dado ya suficientes muestras de cargar un buen fardo de ínfulas de geniecillo autoconsciente, trató con esta película de enseñarnos todo un abanico de miserias humanas entrelazadas por el azar en el lapso de un día aproximadamente, que es el tiempo real de lo relatado en la cinta. La Tragedia de la vida, nada menos, basada, como el mismo Anderson reconoció, en las canciones de Aimeé Mann que acabaron siendo banda sonora activa del larguísimometraje (2h 54’... ¿recordáis lo que os decía de las ínfulas?).

“Magnolia” fue la tercera película de P.T. Anderson, y la que le encumbró como el sucesor de ¿Robert Altman? ¿Eric Rohmer? ¿Stanley Kubrick?, manteniendo las constantes vitales de su anterior film, “Boogie nights”, esencialmente en lo que se refiere, en cuanto a estilo, al montaje sincopado y al uso y abuso del zoom; y, en cuanto a temática, una cierta coralidad (mucho más acentuada en “Magnolia”) y la insistencia en temas como la relación paterno-filial. A destacar el comienzo a ritmo asfixiante, desde los tres episodios rodados en falso documental que ilustran la influencia del azar en “las cosas que pasan”, a la presentación de los protagonistas; tal aceleración repercute en la identificación de los personajes y sus interrelaciones, uno de los reproches más comunes que se le han arrojado a la película. De todos modos, hay que decir que la narración no es ni mucho menos incomprensible, solamente hay una exigencia de atención un poco superior al habitual. El filme derrocha una fortísima carga de violencia sentimental, generando en el espectador una incómoda sensación de opresión, de ahogo, a medida que se nos van presentando los conflictos motores de los diferentes relatos. La banda sonora es un hilo conductor clave, no tan sólo por las canciones de Aimeé Mann, sino porque ensambla escenas de los diferentes relatos en unidades, en perfecta sintonía con el montaje; este procedimiento colabora a mantener una percepción de asfixia in crescendo, a medida que las tragedias avanzan hasta los dos momentos más epifánicos a la vez que discutidos del largo de Anderson. El primero es el tema musical (el soberbio “Wise up” de Mann, por supuesto) a conjunto que cantan todos los protagonistas, y que puede parecer grotesco pero no deja de poseer una hipnótica belleza, además de ser coherente el momento vital de los personajes con la letra de la canción. El segundo es, por descontado, la apocalíptica lluvia de ranas que parece limpiar la porquería que el pasado (“puede que dejemos el pasado, pero el pasado no nos dejará nunca”) se ha encargado de dejar bajo nuestra alfombra: como poco, una opción extravagante (ya puestos, ¿qué tal una lluvia de ornitorrincos comunes pintados de verde limón? Eso sí que sería chocante), aunque hay que reconocer la valentía del director al tirar adelante con sus ideas. Los personajes están bien dibujados, aunque tanto el enfermero como el policía parecen más arquetípicos que el resto. El reparto, no hay ni que decirlo, es sublime: Julianne Moore (su histerismo llega a exasperar), Phillip Seymour Hoffman, William H. Macy, John C. Reilly, Phillip Baker Hall, Jason Robards... Y no, no me olvido de tito Tom.

Esta es, en mi opinión, la mejor interpretación de la carrera de Tom Cruise. Un personaje teatral, telepredicador, controlador, manipulador, de fondo extremadamente frágil cuyas aristas externas Anderson sabe delimitar muy bien debido al pasado televisivo de parte de su familia. Desde su impactante aparición al son de “Así habló Zaratustra” (¡”respetar la polla!”) (a lo que Katie dijo: “bueno, pues vale”) hasta el lloriqueo final, Cruise consigue, por fin, que sus mohínes queden al servicio del personaje y no al revés. Uséase, un milagro. Sólo por eso: P.T. Anderson, canonización-ya.
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HABLE CON PEDRO



En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre si quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un muchacho de imaginación en astillero, inquietud artística, y galgo corredor.
Y de Calzada de Calatrava se fue a Madrid, donde se encontró con la movida, de la que pronto se convertiría en uno de sus símbolos, con el grupo Almódovar y McNamara y canciones como “Voy a ser mamá”. Mientras trabajaba en Telefónica, con su super ocho al hombro, participaba en el teatro y haciendo cortos; así conoció a una de sus principales musas: Carmen Maura.
Por fin dió el salto al largo con Pepi, Luci Bom y otras chicas del montón, que ahora sirve de testimonio de la movida, pero se ha de reconocer que era mala. Sus siguientes películas fueron un buen avance y ya empezó a mostrar lo que sería su estilo: una mezcla de lo mas variada que abarcaba desde el melodrama a lo Douglas Sirk, a lo más underground y casposo, con un uso totalmente rompedor de las canciones, haciendo que clásicos como "La bien pagá"o "Espérame en el cielo, corazón" tomaran un nuevo significado...
Almodóvar cambió por completo la estética del cine español; hasta que llegó él, era mas bien gris y apagado, con él fue una explosión de colorido, de lo mas kistch. Le gusta provocar y no deja indiferente, con él no se valen las medias tintas. Más reconocido en el extranjero que en España, su lista de premios es interminable, aunque este año se ha quedado sin Oscar, qué le vamos a hacer, pero parece que la Academia española ha querido reconciliarse por fin con él, tras ignorarle durante varios años, aunque las heridas parecen profundas. Paso de las comparaciones entre Almodóvar y Del Toro, pese a tener unos estilos totalmente distintos, son grandes amigos y El deseo S.A. produjo El espinazo del diablo, sin la que dudo que hubiera existido El laberinto del fauno.
Sabe sacar el partido a los actores como nadie, y aunque las llamadas “chicas Almodóvar” sean las más famosas, lo cierto es que también ha dirigido estupendamente a actores como Antonio Banderas, Javier Bardem, Eusebio Poncela,Javier Cámara o Gael García Bernal.
Showman, conversador incansable (me encantaría ver un encuentro entre él y Tarantino para ver quien habla mas), mucho más inteligente y culto de lo que la mayoría de la gente cree, en sus películas hay montones de referencias a obras como La voz humana, Bus stop, Johnny Guitar, Eva al desnudo.... , e incluso a su propia obra: la escena del confesionario de La ley del deseo es la base de la injustamente incomprendida La mala educación. Por su manera de entender el mundo femenino se le ha llamado el nuevo George Cukor (aunque mucho mas malhablado, por supuesto). Si hay algo que reprocharle (desde mi punto de vista) es que, aunque ha ganado mucho en perfección técnica y en profundidad de los personajes, ha perdido algo de la pasión que tenían películas como La ley del deseo o Matador. Volver ha significado un retorno en muchos aspectos: a su Mancha natal (con esas mujeres limpiando las lápidas al son de La flor del azafrán), y –sobre todo para sus seguidores- el reencuentro con Carmen Maura, tras muchos años... y sin embargo parece que fue ayer. Porque Pedro también es como una vaca sin cencerro, que finalmente ha decidido volver a su casa.
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CON SOLO UNA MIRADA




El skin head interpretado por Norton en American History X sirvió para confirmar que es uno de los mejores actores de su generación. El mejor momento de la película es la mirada que echa a su hermano, Edward Furlong, después de dar una brutal paliza a un ladrón,mientras llega la policía, que es de esas miradas que te dejan totalmente clavado a la butaca y se quedan grabadas en la retina. Edward, hijo mio, ¿de donde sacaste esos biceps, triceps... en fin, TODO eso?

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UNA HISTORIA SUECA DE FANTASMAS



Creo que ya iba siendo hora que Ingmar Bergman se pasara por aquí, así que hoy le toca al director favorito de Woody Allen , y a una de sus películas mas conocidas , personales y premiadas: Fanny y Alexander.
Alexander (Bertil Guve) es un niño imaginativo, sensible, amante del teatro y de la linterna mágica (¡por fin un poco de autopublicidad gratis!). Sus padres son actores y su vida es muy feliz. Durante la primera parte se nos muestra como celebran la Navidad, y se hace con un estilo casi viscontiano por el gusto del detalle: decorados lujosos, mesas suntuosas... El color rojo abunda en esa parte, y la vida de la compañía de actores está llena de alegría y sensualidad: infidelidades consentidas, juegos escatológicos, el disfrute de la comida y la bebida....La muerte de Oscar (Allan Edwall), el padre de Alexander, cambiará todo esto.
Démosle al stop del mando y detengámonos en esa escena. Estamos en el teatro, y Alexander observa fascinado a su padre interpretando al fantasma del padre de Hamlet; de repente, el ensayo se tiene que interrumpir porque Oscar no se encuentra bien y se lo llevan a casa; una vez allí quiere ver a sus hijos, pero Alexander no se atreve, ya que está todavía muy impresionado y cree que Oscar realmente se ha convertido en un fantasma; éste le convence de lo contrario, le da la mano y a la que se la estrecha su hijo, Oscar fallece, haciendo que Alexander corra aterrorizado a esconderse en una esquina de la habitación.
Aquí el negro invade momentáneamente la pantalla, con el entierro del padre de Alexander, en el que el muchacho avanza murmurando tacos, en un esfuerzo desesperado de negar la muerte.
Nuevo cambio de tonalidad y de forma de ser. La madre de los niños, Emilie (Ewa Fröling), se casa de nuevo con un obispo (Jan Mamsjö), y se van a vivir a su casa, con su madre y hermana. Todo en la casa es sobrio y austero, los colores son blanco y negro y no hay la mas mínima decoración en las habitaciones. Muy pronto el nuevo padrastro se enfrentará con Alexander, maltratándole, hasta llegar a un punto insoportable, por mucho que su madre le intente convencer de que no es Hamlet.La alegría de vivir del comienzo desaparece, convirtiéndose la historia en un cuento de terror, con fantasmas incorporados.
Cuando finalmente los niños consigan escapar eso significará otro cambio de colorido y decorado. Esta vez es en la casa de un judío amigo de su abuela, una casa llena de marionetas y secretos, donde la fantasía se mezcla inquietantemente con la realidad, pero aún así es mucho mas apetecible que la casa del obispo.
Teatro frente a religión, libertad frente a opresión, sexo frente a muerte... todo se nos muestra en la historia, sin que por ello los personajes se conviertan en símbolos; los fantasmas se mezclan con toda la naturalidad del mundo con los humanos, para bien y para mal, y nunca se separarán de ellos.
Como es habitual en Bergman, todas las interpretaciones son impecables, siendo difícil destacar a alguien por encima de los otros, pero puestos a quedarme con alguien, mi preferido es el tío de Alexander, totalmente entregado a los placeres de la vida, y es quien da el discurso final, hablando de lo orgulloso que está de su “pequeño mundo” formado por su familia y la gente del teatro. Ya lo dijo Shakespeare (¿acaso hay algo que no dijera?) “ El mundo es un escenario lleno de sonido y furia y los hombres y las mujeres no son mas que actores”.
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MIENTRAS NIEVA SOBRE LOS MUERTOS


“Qué pequeño papel he representado en tu vida”.

El canto del cisne de ese gran director llamado John Huston, con justificada etiqueta de irregular, pero que nos ha dejado un buen puñado de obras para el museo de la posteridad, se llamó “Dublineses”. Basada en el relato corto “The dead”, el último y más denso de los que componen el libro “Dublineses” de James Joyce (algunos de sus personajes formaron parte, en pequeñas dosis, de “Ulises”. No, yo tampoco he tenido los santos güitos de leerlo entero), esta película resultó ser el canto del cisne de este ex-boxeador (y ex-muchísimas cosas más) de origen irlandés. Huston la rodó gravemente enfermo, en silla de ruedas y con máscara de oxígeno, y no llegó a presenciar el estreno del film: un enfisema se lo impidió, aunque tuvo el buen gusto de permitirle acabar una de sus mejores obras (junto a “La jungla de asfalto”, en mi opinión), y una de las películas más sutiles que uno ha tenido ocasión de contemplar. Demostrando una vez más (va por ti, Peter Jackson) (no sé quien tiene la culpa de que no haga “The hobbitt”, pero gracias de parte de las neuronas de marcbranches) (de ambas dos) que no es imprescindible que una película dure más de dos horas para considerarse largometraje, John Huston se toma apenas 75 minutos para abrirnos de manera casi imperceptible el cascarón de los sentimientos, sin que nos demos cuenta, con precisión quirúrgica-House, para acabar erizándonos hasta los pelos de los nudillos en un hermosísimo plano final.

El argumento de “Dublineses” se puede explicar en muy pocas palabras. Una fiesta de Epifanía de principios de siglo XX, ofrecida como es tradición por las hermanas Molkan, que transcurre apaciblemente y bajo las costumbres de la época, y a la que acude el matrimonio Conray; a la vuelta de ella, y por culpa de una canción, una anécdota del pasado agita sus almas y su percepción del pasado, presente y futuro. Las podéis contar, son 67 palabras. Por supuesto, como de costumbre, la clave de la maestría del filme está en el cómo, más que en el qué. Sí, la base literaria es innegable, y Huston fue fiel a su espíritu, pero hay mucho más. Es una fiesta que podríamos denominar típica de principios de siglo, las cuales, por lo visto, se asemejaban, de alguna manera, al típico festival de fin de curso de 3º de EGB: los asistentes iban con su numerito preparado para mostrarles sus habilidades y recibir el correspondiente lisonjeo (aún sabiendo perfectamente que los halagos eran pura educación. Lo mismo pasa con los de las madres a los hijos de los otros: “qué bien ha estado tu hijo, sí... muy bien disfrazado de pera limonera, ahí detrás, sin moverse ni un poco... en los siete segundos que ha salido, ha sido el mejor con diferencia...”. Arpías). Uno canta, otro recita, otro toca el piano, el otro se bebe hasta el agua de los floreros (un borrachuzo-con-madre ejemplarmente interpretado por Donald Donnelly)... Imperan las buenas maneras, el cotilleo de baja intensidad, las lenguas de afilado medio, la charleta intrascendente, el humor inofensivo, la inanidad... La conversación entre los caballeros y las señoras es toda una ley social de comportamiento, y se supone de mal gusto sacar a colación asuntos políticos o temas personales que lleven consigo el peligro de incomodar a algún invitado. La hospitalidad es un valor moral muy enraizado. Las formas están por encima de los sentimientos, el significante por encima del significado; este es uno de los temas recurrentes de la literatura de finales del XIX y comienzos del XX. Todo esto nos es expuesto desde el principio del film, la entrada y presentación de los invitados; poco a poco, entre charla y charla, una vez nos hemos imbuido de la relajación que nos produce tanta aparente intrascendencia, reforzada por una fotografía de iluminación tenue, Huston, imperceptiblemente, nos va colando pequeñas señales, diminutos dientes de sierra (un guiño malicioso, un asomo de valoración política del conflicto anglo-irlandés, una mirada condescendiente) que desembocan, cuando ya los invitados se están marchando y el espectador se pregunta cuáles son las reglas del juego, en una canción antigua. El tema se llama “The lass of Aughrim”, y provoca que la coralidad de la película se abandone y se centre el foco en Gretta Conroy (una soberbia Angelica Huston), quien asiste ensoñadora y melancólica a la interpretación de la balada. Desde entonces, el director nos obliga a estar atentos a los pequeños detalles entre el matrimonio Conray, ya descubierto como protagonista del relato, hasta llegar a la confesión final de Gretta, entre sollozos, del suceso del pasado que le ha recordado aquella melodía. Su marido, Gabriel (Donald McCann, igualmente excelso), cierra el relato con un conmovedor monólogo al albor de la nevada que se convierte en el definitivo canto del cisne, artístico y vital, de un artista consciente de encontrarse ya en la orilla de su existencia.

“Cae la nieve, cae sobre ese solitario cementerio en el que Michael Fury yace enterrado. Cae lánguidamente en todo el universo y lánguidamente cae, como en el descenso de su último final, sobre todos los vivos y los muertos."
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SIN TRAMPA NI CARTÓN




Desde que leí las primeras notícias sobre The prestige (no me gusta nada la traducción española de El truco final), he de reconocer que me tenía totalmente cautivada: ¿Un duelo de magos? ¿Sería al estilo de Gandalf vs. Saruman? ¿O tal vez del estilo de David Copperfield vs. Juan Tamariz? Aún así la idea me atraía mucho. En la época victoriana: mejor que mejor. Si añadimos que los protagonistas son dos macizos... digo, actores como Christian Bale y Hugh Jackman, ya ni te cuento; si al reparto le añadimos Michael Caine, David Bowie (bueno, y también Scarlett Johansson, para que todo el mundo esté contento) el interés ya se estaba convirtiendo en ansiedad, y si quien lo dirige es uno de los directores mas interesantes de la actualidad, Cristopher Nolan... resumiendo, que me he pasado contando los días hasta el estreno.
“Quiero que prestes mucha atención”
Con estas palabras, pronunciadas por el gran Caine, empezamos la película.
Todo truco se compone de tres partes:
- la presentación: Se nos muestra algo ordinario (¿vulgares mis niños? ¡Amos, anda!). Dos jóvenes Alfred Borden (Bale) y Robert Angier (Jackman) están empezando en el mundo de la magia. Tienen una visión muy distinta de como debe ser un espectáculo; el primero es mas innovador y arriesgado, mientras que el segundo es mas tradicional y prefiere “no ensuciarse las manos”, pero los dos quieren conseguir lo mismo: encontrar un truco definitivo, que les haga famosos, y para ello cuentan con la inestimable ayuda del ingeniero de magia Cutter (Caine) (¡Aleluya! ¡Ya sé que quiero ser de mayor! ¿Dónde se estudia? ¿En Hogwarts? ¿Hay becas? Vale, ya lo dejo)
-la actuación: Una cosa ordinaria se convierte en extraordinaria. Tras un desafortunado accidente, las diferencias entre los dos magos son irreconciliables y su rivalidad irá en aumento; cada vez que uno de ellos vaya a triunfar, aparecerá el otro para hacerle fracasar. Angler ha decidido que no le importa ensuciarse las manos.
-el prestigio: Lo que ha desaparecido debe volver a aparecer, provocando el aplauso del público. Ha habido una muerte (¿asesinato? ¿accidente? ¿negligencia?) y alguien ha de pagar por ello.
Toda la película en sí es un truco, que Nolan maneja como un mago experto, y para ello da saltos en el tiempo como en Memento, cambia de narrador de uno a otro, da giros de guión ... pero no se esconde ningún as en la manga; todos los elementos están allí, desde el primer momento, tan sólo es cuestión de haber estado atentos, ya que la historia no se basa en la sorpresa final, sino en cómo se realiza el truco. La obsesión de los dos magos por conseguir la fama, a coste de lo que sea (sacrificando su propia vida personal o la de su familia), hará que su vida esté llena de mentiras, secretos, disfraces y nombres falsos, no distinguiendo cuando están dentro y fuera del escenario. Son unos canarios más en el espectáculo. Nosotros, los espectadores, preferimos no saber que detrás de cada truco se puede ocultar una desagradable realidad o una gran decepción, queremos ser engañados; tan sólo queremos que el truco sea bueno. Un buen mago no oculta nada, tan sólo desvía la atención hacia otro lado. Dos conversaciones nos dan la clave de la película: una entre Borden y Angier, tras ver la actuación de un mago chino, y otra entre Angier y Tesla (Bowie) sobre la obsesión y el precio de la fama. La sensación de Angier al notar que otro recibe sus aplausos, la mágica aparición de Tesla, la rivalidad de los magos con su contrapunto con la de Edison y Tesla, ese “hoy no” de Borden... hacen que el prestigio de Nolan aumente.
¿Últimas palabras de Angier? No podían ser otras : Abracadabra.
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LA OREJA DE MARVIN


Ahora me ha dado por las operas primas. Pero esta no es una cualquiera: “Reservoir dogs” es, quizás, la más impactante de los últimos quince años, así que atentos al pajarito. Ni su estreno ni su carrera comercial hicieron mucho ruido en España, pero el tiempo y el VHS hicieron enseguida de ella una cult-movie que, le pese a quien le pese, pasará a la historia del cine. Como del plasta logorreico de Quentin Tarantino ya disertó en su momento Alice la Directrice, me centraré en el susodicho film, el cual he de confesar que me produjo unas sensaciones difícilmente repetibles en una sala de cine (en la que, dicho sea de paso, éramos cuatro personas aquella noche. No, no es una frase hecha: una-dos-tres-y conmigo cuatro). “Reservoir dogs” supuso una convulsión en el mundo del cine, una novedad desde conceptos de lo más clásico, y un verdadero terremoto en la industria cinematográfica, que empezó a considerar seriamente que el cine independiente (ay) también podía dar dinero. O sea: llegaron los Weinstein... Por otro lado, trajo consigo la sempiterna polémica sobre la cosa de la violencia en el cine (cosa hoy en día superada ampliamente por, pongamos por caso, el telediario de Antena 3), creada por los habituales provocadores de tormentas...

Las claves de “Reservoir dogs”, curiosamente, puede que nos las esté dando Tarantino en el descomunal y celebradísimo desayuno prólogo (tanto de la película como del atraco) que, entre Madonna y propinas, reúne a la banda de chorizos que protagoniza el film. La definición de los diferentes personajes está ahí, en esa apertura, pero sólo después de un visionado completo, como mínimo, nos damos cuenta. Inventario gangsteril: a) señor Blanco (Harvey Keitel), defensor de causas perdidas (camareras), honesto (sí, vale, aparte de que atraca bancos y joyerías...), le planta cara, aunque sea amistosamente, al jefe de la banda; b) señor Rosa (Steve Buscemi), egocéntrico, escéptico, cobardón (todo el discurso de “yo no creo en las propinas”, para al final soltar el dólar al primer bufido del big boss... cagao), nervioso y algo paranoico; c) señor Naranja (Tim Roth), discreto y, ojo al dato, acusica: es el que le dice a Joe “¡el sr. Rosa!” cuándo este pregunta quién no ha puesto propina; d) señor Rubio (Michael Madsen), transmite un amenazante carácter detrás de su aparente calma, y queda claro que es el matón del grupo; e) “Nice guy" Eddie (Chris Penn), un mastuerzo no demasiado listo (se acaba de enterar del significado real de una canción), cuya querencia por el chándal marca Nitefijes augura malos presagios; f) Joe (Lawrence Tierney), el viejo capo tan autoritario como despistado; y g) señor Marrón (Quentin himself), idiota redomado. Los chorizos se dedican a charlotear de insensateces y nimiedades para evitar hablar de cuestiones personales que corran el peligro de ser desveladas a la policía en caso de captura; en algunos momentos se comportan como críos en el recreo, que luego tendrán que volver a la rutina de la clase, en su caso, el trabajo (“Let’s go to work”). En definitiva, en una sola escena antes de los créditos iniciales, el listillo de Quentin nos ha delimitado las pautas que determinan a los personajes y sus comportamientos durante el resto del film. Y nosotros, sin saberlo, puesto que durante la primera hora de la película siempre estamos por detrás de los personajes en cuanto a conocimiento de los hechos: no sabemos qué ha pasado, ni cómo ha sido el atraco, ni quién es el chivato (si lo hay), ni qué papel ha jugado cada uno. Al final del film, el juego de omnisciencia se revertirá a nuestro favor. Pero hay mucho más.

La lista de dechados de la película es innumerable: un guión férreo (aunque con alguna fallita, claro...); una fotografía cristalina e impoluta; un extraordinario uso del scope; una ristra de recursos cinematográficos adecuados a la causa (profundidad de campo, el fuera de plano, la cámara en mano, el ralentí: todo en su sitio); la narrativa no lineal, que recuerda a “Atraco perfecto” (no sólo de “City on fire” vive “Reservoir dogs”), especialmente brillante en el capítulo del señor Naranja; las interpretaciones, todas sublimes, con especial significación para Madsen, que compone un psicópata excepcional, rematado con la celebérrima escena de la oreja, (el nombre del poli al que se la rebana es Marvin... y como mr. Rubio es fan de Lee Marvin... de ahí el título del post... ingenioso, ¿eh?) (¿eh?) (¿hay alguien ahí?) que hizo huir de la sala al mismísimo Wes Craven; y, claro, la B.S.O., que de tanto comercializada y exprimida (mecagüenlasrebajasdeotoñonelcortinglés) casi nos hace olvidar que es un motor decisivo para la narración, y que le sienta como un guante de Gilda al filme.

Un final más moralista de lo que el mismísimo Tarantino hubiese esperado, en el cual se libra de la masacre quien más desconocido nos resulta (es el único del que no sabemos nada, ni su nombre real ni cómo se sumó a la banda), cierra un catedralicio film acusado de excesivamente virulento a pesar de que la mayoría de la violencia se nos oculta fuera de plano. “Stuck in the middle with you”...
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NUESTRA ÚLTIMA CENA




Luis Buñuel fue uno de nuestros mayores directores de cine; de hecho durante bastantes años fue prácticamente el único director nuestro conocido en el extranjero, por mucho que quisieran adueñárselo tanto los franceses (monsieur Bunuel), como los mejicanos.
Viridiana fue un intento del gobierno franquista de recuperar a un director que estaba ganando prestigio internacional (¿quien dijo que los dictadores no tenían sentido de humor?), y no estaban desencaminados, pues fue la ganadora de Cannes; pero a la que en el Vaticano vieron la cinta pusieron el grito en el cielo (nunca mejor dicho, aunque al fin y al cabo, deberían estar acostumbrados, ¿no?) y el gobierno decidió prohibirla en España durante varios años.
El genial director calandrino usó de nuevo una novela de Benito Pérez Galdós, al igual que en Nazarín o Tristana, para tratar sus temas favoritos: la religión (o mejor dicho, el ateísmo, gracias a Dios, usando sus palabras), el sexo (fetichismo, necrofilia), la crítica de una sociedad hipócrita y sus dirigentes, sentido de humor cortante como una navaja, todo ello con unas gotas de surrealismo, y usó para ellos a dos de sus actores favoritos: Fernando Rey y Paco Rabal.
Viridiana (Silvia Pinal) es una joven novicia que ha pasado toda su vida en un convento; poco antes de ordenarse recibe una carta de un tío suyo, don Jaime, (Fernando Fey), pidiéndola que pase unos días con él; aunque reacia a dejar el convento, accederá ya que sus superioras así se lo aconsejan, pues es el que siempre ha pagado su estancia (quien paga manda, que decimos en Cataluña)
El sentimiento religioso de Viridiana, centrado mas en su rechazo a todo lo que tiene que ver con la vida y lo material, se nos muestra mediante su aprensión a tocar las ubres de una vaca, su afición a dormir en el suelo o a ponerse una corona de espinas... todo lo que tiene que ver con el cuerpo, según ella, es algo despreciable. Su deseo de hacer una buena obra está mas motivado por su sentimiento de culpa que por otra cosa.
La escena mas recordada es, sin duda, la de la cena de los mendigos (grandes Jose Calvo, Lola Gaos o Maria Isbert, que son conocidos, pero todos los demás están también geniales), parodiando La última cena con el Mesías de Haendel de música de fondo, en la que aprovechando la ausencia de los señores se adueñan de la casa y allí, una vez libres, dejan aflorar todos sus instintos; porque a diferencia de Viridiana, ellos son unos personajes totalmente vivos: contradictorios, con una doble moral que les permite comportarse de una manera delante de su benefactora y de otra a sus espaldas. Realmente inolvidable el mendigo vestido con el traje de novia, arrojando plumas de paloma. La lujuria y los celos (creo que no se les escapa ningún pecado capital; el asesino de Seven se habría puesto las botas) harán que la velada acabe convertida en un desastre, pero sobre todo servirá para que Viridiana replantee su comportamiento, y por fin se desmelene, aceptando la vida. Pero no son esas las únicas imágenes impactantes, también tenemos una cruz que se convierte en navaja o una corona de espinas ardiendo, entre otras muchas cosas. Y luego dicen de El código da Vinci.
La censura hizo cambiar el final, en el que Viridiana entraba en la habitación de su primo Jorge (Paco Rabal) y se cerraba la puerta tras ellos; pero por una vez esto fue positivo, ya que eso permitió a don Luis mostrar un final mucho mas irónico, sugiriendo un mènage à trois entre Viridiana, su primo y la ama de llaves (magnífico personaje y estupenda interpretación de Margarita Lozano), rematado con una frase llena de doble sentido y pronunciada con toda la socarronería del mundo de que era capaz Rabal “desde el primer momento supe que acabaría con mi primita jugando al tute”. Este final la censura lo permitió sin problemas. (Y es que no eran tan mal pensados como nosotros)
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EL PATITO FEO


Y nosotros, los adultos, nos quejamos continuamente de lo ardua que es nuestra existencia, plena de responsabilidades, sinsabores, tropiezos, compromisos, fracasos, proyectos frustrados... Andayá. Lo que es duro es ser un niño. Y, en particular, ser un niño preadolescente. Y si además de eso, eres la diana-gafotas del resto de la clase, esa es una experiencia de la que no te levantarás jamás. Jamás, a menos que seas Todd Solondz y se te ocurra trasladar ese tipo de experiencias al cine... La verdad, si veis una foto del amigo Todd entenderéis mucho mejor el porqué de su cine feísta e implacable con el género humano (tomar como ejemplo esta. Ojo-pantalones. ¿Es un pijama o es que tiene los bolsillos muy llenos? Todd, tío, te has pasao con las pinzas...). Deudor de autores independenfreaks como el legendario John Waters o Larry Clark, y coetáneo de psicocineastas tales como Terry Zwigoff, Todd Haynes, Neil LaBute o Alexander Payne (algunos de los cuales han aportado sus granitos de arena al minigénero del “niñorrarismo” con cosas como “Election” o “Ghost World”), Todd Solonz ha sido bautizado en algunos círculos como “el poeta freak”; su estilo se ha ido desmarcando poco a poco del inicial gusto por el feísmo del significante, para centrarse en su vocación de voyeur de las miserias humanas, dejándonos en la inquietante duda de si su mirada a la realidad está distorsionada, o si es lo suficientemente lúcido para ser el único que no la distorsiona... Su primera película, “Fear, Anxiety & Depression” debió producirle las tres cosas, porque se retiró del cine para dar clases de inglés a emigrantes rusos (!!!). Sorprendentemente, esta enriquecedora actividad no debió de satisfacerle plenamente, porque a los seis años volvió con renovados bríos (voto a) (cállese, sr. Alatriste) con “Bienvenido a la casa de las muñecas”, su personal exorcismo de los traumas infantiles.

Dawn Wiener (una inenarrable Heather Matarazzo) es un desastre de cría. Acaba de empezar secundaria, y su vida es ya un infierno a sus once años. Es la hermana intermedia de tres hijos, con lo cual sus padres apenas le hacen caso, y, además, su hermana es una tocapelotas (ojo a la escena en la que pronuncia el “te quiero” más falso de la historia del cine, por supuesto dedicado a Dawn). Su miopía acompañada de unas horribles gafas, su vestimenta de remedo de Barbie proporcionada por su peor enemiga (su madre), su cara de bulldog y su absoluta falta de carisma la convierten en objeto de burla perenne, no sólo de los compis de la clase (la crueldad infantil es tan mítica como incuestionable, y, viendo el jeto que hace Solonz, estoy seguro de que la película es casi autobiográfica...), sino de la humanidad en general. Sus padres se rebozan con regocijo en la mediocridad, y tan sólo su hermano trata de destacar a través de un pésimo grupo musical y de cierto sentido común (lo cual le hace tan sólo un pelín menos patético que Dawn). La niña sólo quiere ser popular, y en cierta manera lo es: todo el mundo sabe que ha de meterse con ella. La primera palabra que alguien le dirige en la película es “¡lesbiana!”, lo cual nos indica por dónde van a ir los tiros del filme. Solonz se vale de una estética voluntariamente feísta (¿o, simplemente, es la estética de los noventa? Ay...) que recuerda en parte a la urbanización de “Eduardo Manostijeras”, y de una dirección de factura telefílmica aunque ágil; con estas armas, dispara contra todo lo que se mueve durante nuestra infancia, desde los profesores hasta los familiares plastas, pasando por el chuloplaya repetidor que hay en todos los colegios, y del que se encoña arrebatadamente Dawn. De ahí que tengamos el dudoso privilegio de asistir al primer ritual de seducción de la chica, un planazo consistente en invitar a galletas y zumo al mastuerzo (cuyo estilo de vestimenta tampoco tiene desperdicio: corte de pelo “quieroserBonJovi”, pantalón pitillo, camisas floreadas de lo más canalla...), el cual, por otro lado, la trata con inesperada condescendencia, tal vez porque el tipo es capaz de ligarse a un ornitorrinco común, siempre que sea hembra... Su relación “amorosa” más profunda, sin embargo, es todo un perverso juego meta-sadomasoquista con el camello del colegio, Brandon, quien despierta los bajos instintos de Dawn al amenazarla con una violación... Solonz nos cuenta que los niños se transmiten sus rabias y frustraciones de unos a otros, en una escala evolutiva que por naturaleza se frena cuando llega al friki. A Dawn llamar tortillera a su hermana sólo le sirve para, una vez más, ser castigada; a pesar de ello, cuando esta es momentáneamente secuestrada, Dawn se lanza a su búsqueda con la idea de, finalmente, convertirse en una heroína a los ojos del microcosmos que la envuelve. Por supuesto, es un nuevo fracaso, y la canción final de autobús escolar en la que, poco a poco, se va escuchando la voz de Dawn separada de la de las demás niñas, es una metáfora excelente, tanto del mensaje de la película como del propio futuro de Dawn. Le queda, por tanto, una sola salida: dirigir una película sobre su infancia.
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UN HOMBRE A UNA NARIZ PEGADO



“Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba
/.../
muchísima nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito”


¿Conoció Quevedo a Cyrano? Lo dudo; debería preguntárselo a Alatriste para saberlo, aunque cualquiera diría que si leyendo este verso. Y sin embargo, me da la sensación que le habría caído bien, a pesar de ser gabacho.
Cyrano de Bergerac es uno de los clásicos indiscutibles del teatro francés, por eso no es de extrañar que acabaran llevándolo a la pantalla, con todos los honores en una lujosa y espectacular ambientación (o sea, tropecientos mil extras), aunque alternándose con escenas intimistas.
La historia de Cyrano aguanta perfectamente el paso del tiempo, porque es un gran personaje: valiente, ingenioso, divertido, generoso, sensible, temperamental, apasionado.... un regalo para cualquier actor, vamos. Aunque está acomplejado por su nariz (aún faltaban muchos años para que Disney nos enseñara que "La belleza está en el interior"), lo que en realidad le hace distinto es su carácter, su profundo desprecio a los aduladores e hipócritas.
Enamorado en secreto de su prima Rosana; una joven bella, coqueta e inteligente (¡l’amour toujours l’amour!), a la que ella le confiese que está enamorada de un atractivo soldado, Christian, se convertirá a su pesar en su inesperado protector, pero como el muchacho es de armas y no de letras, Cyrano se ofrece a escribir en su nombre a Rosana, ya que eso le permite expresar sus sentimientos, sin temor a ser rechazado. El efecto de las cartas es inmediato y Rosana se enamora perdidamente ¿pero de quien, en realidad?
Dos escenas son especialmente memorables, la del enfrentamiento entre Cyrano y un poco imaginativo enemigo que se inicia con un “Vuestra nariz es.... grande” y termina con un duelo rematado con un ya anunciado “Y al acabar, os hiero” (Si el personaje no os ha atrapado a estas alturas, no dudéis en pedir el dinero). La segunda, la del balcón, imitada en multitud de ocasiones, en la que Cristhian se declara a Rosana, mientras Cyrano le va susurrando lo que tiene que decir; la oscuridad de la noche hará que finalmente sea él quien pueda hablar por sí mismo.
Gérard Depardieu tenía que ser Cyrano por narices (hoy estoy de un ocurrente que me salgo), había nacido para ese papel. Vincent Pérez cumple como chico mono, tampoco había que pedirle más.
El poder del personaje es tan grande que el resto del reparto queda empequeñecido a su lado, pero aún así consiguen destacar el conde de Guiche (Jaques Weber), que representa todo lo que odia Cyrano: es arribista, sin escrúpulos, presumido...., o el panadero aficionado a la poesia, y –cómo no- Rosana. Otras mujeres se habrían conformado con un hombre guapo, sin mas, pero ella no, y por eso cree haber encontrado en Christian el hombre perfecto. Pero ya lo dijo el gran Billy : “Nadie es perfecto”.
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SUSPIROS DE ESPAÑA


HEROÍSMO: EPISODIO III (Spanish Revolutions)

Adaptar: dícese de la acción de realizar una película basada en un libro, habitualmente de resonancia popular, con el único objetivo de cabrear a diferentes grupos de opinión. Etcéteras de opinión: a) los admiradores de la susodicha obra literaria, traicionados vilmente por un director sin sensibilidad; b) los guionistas cinematográficos, que ven como entre los libros, los cómics y las series de televisión se están quedando sin trabajo; c) los críticos de cine, para quienes el libro SIEMPRE es mejor que la película; y d) el propio autor del libro, quien, aparte de ser traicionado etc.-etc., está obligado a poner buena cara y mentir a los medios de comunicación manifestando que la película es “una plasmación perfecta de lo que yo visualizaba al escribir mi libro” (o algo asín). Una buena manera de sortear estas barreras es escoger los elementos más cinematográficos del libro en cuestión y, en buena sintonía con el autor, combinarlos con ideas propias para que el resultado final sea, en la medida de lo posible, del gusto de todos. Ejemplo: “Soldados de Salamina”.

Hay en esta extraordinaria película de David Trueba varias elecciones que determinan decisivamente el resultado final de la obra. Una de ellas, desde luego, fue la más polémica: cambiar el sexo del protagonista. Aunque se le acusó de nepotismo (hombre, tampoco era tan grave... era Ariadna Gil, no Leticia Sabater...), lo cierto es que con esa variación, Trueba consiguió dos cosas: profundizar en el conflicto interior del personaje, y alejarlo de una inútil pero inevitable comparación con el propio escritor. Ahora Lola Cercas (una fría Gil) es una escritora sin nada que escribir, en plena crisis de ideas y madurez, sin ningún punto de apoyo que la equilibre (Trueba se empeña en reiterar cargantemente este aspecto de manera casi grotesca haciendo que a Lola se le caigan las cosas y tropiece siete veces en diez minutos), que da clases de literatura y publica artículos en El País. Le encargan uno sobre la guerra civil, y Lola relaciona una historia de los hermanos Machado con el increíble relato del no fusilamiento del líder falangista Sánchez Mazas (reconozco que después de ver al Sánchez Mazas real mi opinión de la actuación de Ramón Fontseré ganó muchos enteros. Eso sí es clonación y no la oveja Dolly) y su huída y salvación gracias a la colaboración prestada por unos partisanos republicanos, los “amigos del bosque”. Le pica la curiosidad, y decide investigar por su cuenta: aquí llega la segunda elección del director, que decide que sean los auténticos “amigos del bosque” y sus familiares (junto a Chicho Sánchez Ferlosio, el hijo del falangista) los que aparezcan en el proceso de investigación, lo que, junto al intercalado de imágenes históricas y algún momento “Forrest Gump”, le proporciona un aire documentalista a la narración muy fresco, realista y novedoso entre los anquilosados esquemas del cine español. Más disyuntivas del hermanísimo: mete casi con calzador a un personaje, Gastón (Diego Luna), con el único propósito de darle la pista definitiva a Lola para encontrar al héroe que busca, ese soldado republicano que, habiendo encontrado a Sánchez Mazas entre la espesura de los bosques del Cullell, decidió perdonarle la vida. Eso sí, Gastón tiene tiempo de pronunciar una de las frases que definen la esencia del filme: “En cualquier guerra, siempre pierden los mismos”. En el haber de la película asimismo hay que apostar la fotografía decolorada de Javier Aguirresarobe; algunas escenas de gran calado emotivo como la del baile del soldado mientras canta y baila “Suspiros de España"; el personaje de Conchi (María Botto, un animal de la interpretación), tan vulgar como lúcida, que acaba representando el contrapunto perfecto para la snob Lola (que, mucha profesión liberal y mucha gaita, pero en el fondo quiere lo que todos: una happy-family con niños y gatitos); y, en definitiva, la voluntad de Trueba de huir de maniqueísmos y tomas de postura para centrarse en lo que son las consecuencias de la guerra, y en la definición de héroe. Lo que nos lleva a la última parte de la trilogía patillera que me he sacado de la manga-mangotero, y a uno de los personajes más arrebatadores que nos ha regalado el cine español en los últimos años.

Miralles, el ex-soldado retirado en Dijon, al que Lola cree el compasivo salvador de Sánchez Mazas e interpretado de manera absolutamente majestuosa por Joan Dalmau, enamora al espectador desde el primer momento. Con su voz ronca, su espíritu rocoso pero desangrado y su resignado sarcasmo ("tuve una embolia que me paralizó la parte izquierda del cerebro; no sé si significa algo políticamente hablando"), suelta verdades como puñetazos estomacales sin respiro. En un conmovedor monólogo, Miralles define perfectamente lo que es el heroísmo (“los héroes no sobreviven”), a través de su voluntad de recordar, con su rotunda pero quebrada voz, los olvidados nombres que le acompañaron en la lucha: “Los hermanos Segués; Miquel Cardós; Gabi Baldrich; Pipo Canal; el Gordo Odena; Santi Brugada; Jordi Gudayol. Todos muertos.” Momento-gallina de piel. Efectivamente, los héroes no sobreviven, y por eso la respuesta final de Miralles a la pregunta que Lola ansía hacerle, a pesar de creer conocer la respuesta, es negativa. Miralles se considera un olvidado más, un muerto más; y aunque Lola se prometa a sí misma que no le olvidará, y que le traerá un remedo de familia en sus últimos años de vida, todos salimos del cine con la convicción de que hemos asistido al último abrazo de Miralles.

“Lela y Juan. Gabi. Miquel. Gudayol. Pipo. El Gordo Odena.”
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HALCONES Y PALOMAS



La caza de brujas fue una de las épocas mas vergonzosas de los Estados Unidos, en la que según dijo Orson Welles, “la izquierda americana se vio obligada a traicionarse para conservar sus piscinas”. Lo cierto que es produjo heridas muy profundas, que el tiempo no ha terminado de borrar del todo. Una de las personas a las que criticaron mas por haber delatado a otros compañeros fue Elia Kazan. No voy a entrar en si hizo bien o mal, ya que es algo que no se puede cambiar, pero ese hecho le marcó mucho, tanto que necesitaba hacer una película justificándose, y así nació La ley del silencio.
Aquí no hay comunistas ni comité de actividades antiamericanas, sino un sindicato portuario, pero los parecidos son demasiado evidentes. El sindicato se comporta de una manera totalmente mafiosa y nadie se atreve a delatarles por miedo; la corrupción ha llegado a tal punto que se les ha conseguido llevar al banquillo para que les juzguen, pero nadie se atreve a declarar en su contra; cuando finalmente alguien lo haga, todos le volverán la espalda.
Y ahora pasemos a lo más interesante: como es tratado el delator. Es Terry Malloy (Marlon Brando), un ex-boxeador de corta inteligencia ( su filosofía la explica con frases como “quien golpea primero golpea dos veces”, “si escucháramos a nuestra conciencia los volveríamos locos” o “ siempre creí que viviría mas si no tenía ambición”). Es el protegido del jefe del sindicato, Johny Friendly (Lee J. Coob - ¿lo del apellido va de guasa?-), que le da trabajos sencillos, y siente devoción por su hermano mayor, Charlie (Rod Steiger), que es uno de los hombres de confianza de Johny, aunque lo que realmente le gusta es cuidar palomas para protegerlas de los halcones y hablar de antiguos combates. Marlon Brando nos demuestra porque es uno de los mejores actores que ha habido. Casi podemos sentir el esfuerzo que tiene que hacer Terry cuando tiene que pensar, no es un hombre de palabras y su cerebro parece esforzarse antes de decir cada frase. Es una maravilla observar como usa las manos, ya sea poniéndose descuidadamente un guante de Edie (Eve Marie Saint), intentando decirle con gestos a ella que no se acerque, acariciando una paloma muerta o apartando la pistola de su hermano. Lo que hace que Terry cambie y se decida a delatar a la organización es en parte sentimiento de culpa por haber sido utilizado, en parte por amor a Edie y en parte por rabia al ver la muerte de Charlie, así como una ligera sensación de que puede haber una vida mejor que esa, y lo que hacían no estaba bien.
Pero curiosamente, si la película ha aguantado el paso del tiempo es por la relación entre Terry y su hermano, que nos da una de las mejores escenas de la película, homenajeada por Scorsese en Toro salvaje: Charlie y Terry están en el interior de un coche y temiendo que Terry delate a su jefe, Charlie intenta matarlo, pero no puede; Terry, a cambio, le echa en cara su fracaso como persona, ya que se dejó ganar como boxeador siguiendo deseos suyos “ Podía haber sido alguien, podía haber sido un matón... Fuiste tú, Charlie”, le explicará, aunque sin el menor rencor, pues todavía sigue adorando a su hermano.
La poderosa fotografía en blanco y negro, mostrándonos callejones oscuros, opresivos, llenos de neblina, o escenas como la confesión de Terry a Edie sin que se oigan sus palabras por las sirenas, el magnífico reparto o la poderosa música nos dejan bien claro que Kazan tal vez se hubiera equivocado personalmente, pero detrás de las cámaras sabía perfectamente lo que hacía.
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LA PRAXIS DEL MIEDO


HEROÍSMO: EPISODIO II (Murciélago reloaded)

“Deben ustedes considerar el miedo como algo más que un mero obstáculo. El miedo es un maestro. El primero que han tenido”. No son palabras de un catedrático ni de un tertuliano-esssspañasehunde. Son de un psiquiatra. El doctor Jonathan Crane, más conocido como el Espantapájaros, y pertenecen a un cómic, el “Batman: Gotham Knights” nº 23, dando inicio a una interesante teoría sobre la influencia del miedo en todos nuestros comportamientos y decisiones. Este personaje es, de manera esplendorosamente coherente (y gracias al inquietante Cillian Murphy), uno de los villanos de “Batman begins”, la vuelta al primer plano del caballero oscuro después de la aberración de colorines-psicodelia, pezones, bat-tarjetas de crédito y estupideces varias que casi entierran la franquicia en “Batman & Robin”. Después de tal fracaso de crítica y público, Warner decidió patear a Joel Schmacher por la ventana y reenfocar el personaje desde un nuevo prisma. Se barajaron mil opciones. Desde una revisión del cómic “El regreso del señor de la noche”, con Clint Eastwood interpretando a un retirado y vejestorio Batman, hasta un proyecto de relanzamiento de las dos franquicias de DC, “Batman vs. Superman”, con Jude Law como Clark Kent (argh) y Colin Farrell como Bruce Wayne (argh al cuadrado). Por no hablar de cierto guión del inclasificable Darren Aronofski, que tenía en mente un Alfred de profesión mecánico y una Catwoman prostituta, negra y sadomasoquista... Hasta que llegaron Christopher Nolan y el guionista David Goyer y obraron el milagro.

“Batman begins” está parcialmente basada en el cómic “Batman: año uno” de Frank Miller, aunque con personalidad propia. Nos presenta al Batsy más parecido al original comiquero que el cine nos haya mostrado hasta ahora, centrándose en Bruce Wayne, en el desarrollo de su obsesión a partir de su drama personal, el haber asistido al tiroteo de papá y mamá. La primera parte de la película, que combina los momentos-“Siete años en el Tíbet” de sus flirteos en la Liga de las Sombras con flashbacks de la infancia y juventud de Bruce, establece los cimientos de lo que nos vamos a encontrar al ver aparecer por primera vez la máscara de las orejas puntiagudas. Un film cuya motricidad se basa en el miedo. En cómo nos mueve, en cómo lo combatimos, en cómo utilizarlo. Cuando el pequeño Bruce le pregunta a su padre si los murciélagos (que a él le aterran) también tienen miedo, este le contesta que “todas las criaturas tienen miedo. Sobre todo las que dan más miedo”. El miedo impide a Wayne matar al asesino de sus padres, aunque se ha llevado un revólver específicamente para ello. Es consciente del poder del miedo, es algo que le ha enseñado su mentor Henri Ducard, y decide aplicar la máxima paterna al revés: utilizar aquello que le atemoriza para sembrar el terror entre sus enemigos. Después de enfrentarse, en una extraordinaria escena, a millones de murciélagos en la que luego será la batcueva, estará listo para convertirse en símbolo y leyenda. Establecida la premisa del film, hay que señalar que está trufado de bondades. Empezando por el protagonista, un extraordinario Christian Bale, que aparte de ponerse cachitas para la película (justo después de “El maquinista”... este chico parece una muñeca hinchable, y no lo digo porque tenga la boca redonda) le da la profundidad psicológica necesaria a Bruce Wayne, situándolo al límite de existir tan sólo como máscara de un auténtico yo llamado Batman. Pero es que el resto del reparto es de auténtico lujo: Liam Neeson aportando su imperial porte, Gary Oldman haciendo de bueno para variar (por primera vez, se le da la trascendencia que merece al personaje del comisario Gordon en el cine), Morgan Freeman ejerciendo de Q jamesbondiano para Wayne, Michael Caine bordando un Alfred irónico y cariñoso (“¿de qué le sirven tantas flexiones si no puede levantar un jodido trozo de madera?”), y hasta un maquiavélico Rutger Hauer (el pobre, mal que le pese, no podrá olvidar nunca que un día vio rayos C brillar en la oscuridad cerca de etc, etc...). Otrosí, el empeño de Chris Nolan por hacernos creer que todos los gadgets del murciélago son posibles, y darnos una explicación para todos ellos, incluido el batmóvil (que pasa del vehículo de diseño enrolla-nenas de los filmes anteriores a un funcional tanque); Nolan quiere un Batman lo más realista posible, dentro de las coordenadas del mito, y lo consigue. En el debe, las escenas de lucha, montadas con atropellado fragor tonyscottense; el ninguneo de la madre de Bruce, debido al empeño de agrandar la figura del padre (un error heredado, por otra parte, de los cómics), y, por descontado, el personaje de Katie “nosinmihija” Holmes (alias Sosowoman), creado expresamente para la película por los productores para darle un contrapunto romántico a Batman. Craso error, querido Warner.

Ahora que pienso, debería de añadir a los méritos de la película el haberse olvidado por completo de Robin (y que dure). Así nos hemos ahorrado una nueva tanda de chistes malos sobre la relación equívoca (o inequívoca, según se mire) entre Batman y el Efebo Maravilla. Mi teoría es que si a Robin le hubiesen vestido desde el principio con unos pantalones de pinzas, en lugar del calzoncillito paquetero que luce, nos hubiéramos ahorrado cincuenta años de bromitas... En cualquier caso, gracias señor Nolan, y que le aproveche su bien ganado “Prestige”.
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ME ESTOY MOSQUEANDO




Aunque nos gustara Una historia de violencia, no olvidamos al David Cronenberg amante de las mutaciones genéticas, atmósferas enfermizas y sexo con gusto a pecado. Hablemos de La mosca, junto con Inseparables, la mejor de éste género casi se podría decir que exclusivo suyo.
Es uno de los pocos casos en que el remake es superior al original (aunque tenía su encanto esa vocecita del final pidiendo ayuda); aquí la historia es mucho mas compleja. Tenemos al típico científico loco, Seth Brundle, obsesionado con su trabajo, movido indirectamente por un problema personal: tiene una especie de vértigo que le impide viajar hasta en coche; cuando él mismo haga de conejillo de Indias, al principio creerá que ha mejorado; su cuerpo se ha “purificado”, gracias a la cámara teletransportadora, volviéndose mucho mas fuerte, ágil, y con un incansable apetito sexual. Está tan entusiasmado que quiere que su novia, Verónica, también pase por la cámara, y así ser la primera pareja de superhombres, unos nuevos Adan y Eva, pero ella tiene miedo y rechazará la proposición, provocando la ruptura de la pareja. Poco a poco irá descubriendo el error de su experimento, debido a una inoportuna mosca. Su sentido de humor se volverá muy negro (memorable su discurso sobre si será la primera mosca política), y su botiquín se convertirá en un inesperado museo donde va guardando trozos de su cuerpo caído (a eso le llamo ser sentimental y lo demás son tonterías). Hay quien quiso ver en la película una metáfora sobre el SIDA, que entonces estaba en sus comienzos.
La pareja protagonista tiene un extraño atractivo ( Jeff Goldblum y Genna Davies fueron pareja en la vida real) y su relación acaba recordando a la de otras del cine de terror clásico, como la bella y la bestia, o Esmeralda y Quasimodo; de hecho, cuando Seth irrumpe en el consultorio médico donde está Verónica recuerda muchísimo a cuando el jorobado de Notre Dame rescata a la gitana de la hoguera.
David Cronenberg hace una breve aparición como médico que ayuda a Geena Davies a dar a luz, en una escena muy de su estilo, digamos “orgánico-terrorífico”, y nos muestra la metamorfosis del protagonista de la manera mas creíble posible, y de una manera progresiva: unos pelillos por aquí, un repentino gusto por lo dulce por allá... mostrándonos como come (revolviéndonos el estómago a nosotros, de paso) o como se desliza por las paredes, para pasar a su decadencia, en la que la aparencia humana se va perdiendo, convirtiéndose en una especie de envoltorio para un nuevo contenido, en el que dominan los bajos instintos como los celos o el deseo sexual.
El efectivo maquillaje, el ritmo que no decae ni un momento y las convicentes interpretaciones prácticamente con solo tres personajes, hacen que el tiempo no pase por esta película, que supo contentar tanto a los amantes del "gore" como a los del cine tradicional “bien hecho”.
Por último, sé que no viene mucho al caso, pero... ¿en lugar de dispararle balas, porqué no probaron con insecticida? Vaaale, ya sé que es un chiste malo (la influencia de marcbranches tiene sus efectos secundarios) .... fusión completada.

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RETRATO DE UN POSADO


HEROÍSMO: EPISODIO I (y ojito, que va a haber trilogía...)

Una nueva película de tito Clint, el último clásico, siempre es un acontecimiento; por tanto, este año, que le ha dado por doblar ración, debemos estar de celebración. Es curioso observar cómo algunos de los directores más activos del momento pasan de la setentena: gente como Woody Allen, Manoel de Oliveira o el propio Clint Eastwood salen a casi film por año sin que sus energías creativas se vean mermadas. Esto me otorga fundadas esperanzas de que, en cuanto doble mi edad actual, empezaré a encontrarme en la flor de la vida (esta ha sido una divagación marcbranchesiana patrocinada por Viagra). Decía, en cualquier caso, que se ha estrenado (por fin... hace tres meses que se estrenó en Yuesei... luego se quejan de las descargas ilegales...) la (pen)última película de Clint Eastwood, “Banderas de nuestros padres”, la primera parte del díptico sobre la II Guerra Mundial (y más concretamente la batalla de Iwo Jima) que ha tenido a bien pergeñar el viejo Dirty Harry: cada una desde el prisma de uno de los bandos. A la espera del capítulo japonés, “Letters from Iwo Jima”, estas “Banderas...” le han dejado a servidor una sensación agridulce. Sin ser un mal film, es de los menos acertados de su genial director, quien pasa por ser uno de mis preferidos, gracias a joyas de chorrocientos quilates como "Mistyc River", “Sin perdón”, “Bird”, “Million dollar baby” o “Un mundo perfecto”. He leído muchas críticas calificando “Banderas de etcéteras” de obra maestra, y discrepo abiertamente. Es más, discrepo de manera abierta. Más vale que me explique y, de paso, me ponga a cubierto.

“Banderas de nuestros padres” no es una película belicista, ni pacifista, ni siquiera es una película de guerra, por lo menos en su sentido más genérico. Se podría decir que viene a ser un melodrama cuyo marco es la II Guerra Mundial... o algo así. Sí, hay varias escenas bélicas (realmente impactantes), pero the quid of the question es la definición de héroe, qué significa serlo y quiénes deciden a quién se adjudica ese distintivo. Para ello tito Clint desmenuza la historia de la famosa fotografía de los soldados de Iwo Jima levantando la bandera americana (snif), que supuso una importantísima propaganda de guerra a costa de los hechos reales: ni eran todos los que estaban en la foto, ni estaban todos los que eran, ni siquiera la instantánea pertenecía al momento real; era, por llamarlo de alguna manera, una segunda toma, un “posado”. El señor E. deja claro que ni la primera foto ni la segunda reflejaban epopeya heroica ninguna, fue tan sólo un ejercicio físico consistente en levantar un palo; en la toma de postura de Eastwood está, en mi humilde opinión, el principal atino del filme: el maestro se distancia de su propio relato y, en particular, de sus propios personajes, por los que no muestra tampoco demasiado apego. Prueba de esto último es la elección de segundones de baja intensidad para los papeles principales, con un Ryan Phillippe tan ralo como de costumbre, un Adam Beach que no optimiza las posibilidades de su personaje (el más importante), y un Jesse Bradford que cumple con dignidad pero sin creces. Tito Clint nos los presenta como unos jóvenes a rebufo de la marea de locura transitoria que ha alcanzado a la desmoralizada población norteamericana, tan famélica de heroísmo que traga con la maquinación propagandística de la Inteligencia del ejército (aunque, como decía Woody Allen, “Inteligencia y ejército son conceptos contrapuestos”); Eastwood nos viene a decir que los héroes no se hacen sino que nacen, que casi nunca son conscientes de que lo son, y que un héroe no es más que alguien capaz de sacrificar algo de sí mismo, incluso su vida si es preciso, por otra persona. Pero para todo esto, tío Clinty, no hacían falta tantas alforjas, y mucho menos un guión tan errático y de estructura tan extraña en un clasicómano como Eastwood (Paul Haggis debía estar con la resaca del día de los Oscar...). Como si de un Iñárritu de baja estofa se tratara, tito Clint se dedica a marearnos desde un buen comienzo con continuos flashbacks y jugueteos con el tiempo que nos dificultan el seguimiento correcto del relato. Después de un buen rato de intentar identificar a los protagonistas (problema inherente a todas las películas bélicas: cuesta un xxsqdfsqgg de pato reconocer a los actores, todos con el pelo rapado al uno, con el mismo uniforme y con la cabeza tapada por el casco de turno. Pónganles unos carteles, píntenlos de diferentes colores o algo...), entender lo que nos intentan contar, y dos gelocatiles, parece que Eastwood se tranquiliza mostrándonos toda su capacidad visual y técnica en el desembarco de Norm... estooo, de Iwo Jima (pensé que en cualquier momento aparecía Tom Hanks), rodado de manera ejemplar, sin escatimar medios ni extremidades cercenadas. Sin embargo, a mitad de batalla, tío Clint pega un corte tangencial y se va por los cerros de Washington para seguir intercalando las etapas del desfile triunfal de los supuestos héroes. En general, Eastwood peca de reiterativo en el mensaje, en particular en un final casi tan largo como el de “El señor de los anillos: el retorno del rey” (o “cómo a Saurón se le olvida poner ni que sea un triste orco vigilando el volcán”) sólo redimido por esa última secuencia en la playa, en la que la guerra queda a un lado por unos instantes, y la muerte deja paso a la vida. Que vengan los japoneses.
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WANDA, TIENES NOMBRE DE MUJER



Si unimos dos miembros de la Monty Python (John Cleese y Michael Palin) quiere decir que tenemos humor absurdo e inteligente; si tenemos dos de los actores norteamericanos mas especialmente dotados para la comedia como Kevin Kline y Jamie Lee Curtis, quiere decir que tenemos comedia con buen ritmo, y si –finalmente- quien dirige es uno de los directores de la Ealing, de donde salieron las mejores comedias inglesas, una cosa es segura: no estamos viendo un drama, y si necesitamos un pañuelo es porque nos hagan llorar de risa.
Un pez llamado Wanda es una divertidísima comedia, que trata las relaciones y las diferencias entre americanos e ingleses. Los norteamericanos son dinámicos y algo tontos (que no iba por ti, Otto); los ingleses son aburridos y llenos de tradiciones; pero en el fondo son iguales; los dos pierden la cabeza ante una buena delantera (y no hablo de fútbol; bueno, también), y Wanda lo sabe muy bien, manejándolos a su conveniencia, aunque muy pronto dejará a un lado las delicias del italiano al descubrir el ruso, eligiendo al ganador, porque no es tonta (y dale!, que no iba por tí, Otto!). Si éste encima sabe hablar ruso, mejor que mejor.
Con gags tan estupendos como cada una de las muertes de los perritos de una pobre anciana, que hasta les perdonaría la Sociedad Protectora de Animales, o la tortura de Michael Palin , tan cruel como divertida e inútil, ya que al final conseguirán la información que buscaban cuando Wanda le dé un beso.
Kevin Kline está sencillamente genial en su papel de Otto, un ladronzuelo aficionado a l’eau de sobac y que no soporta que le consideren tonto. Un Oscar totalmente merecido.
Michael Palin es el pobre tartamudo amante de los animales que lo pasa fatal cada vez que se carga uno de los perritos de la indefensa ancianita. Es el único que sabe donde está la llave que buscan (en el fondo del mar, por supuesto ¿o es que no conocéis la canción?)
John Cleese es Archie Leach (el auténtico nombre de Cary Grant), un abogado con una vida (y matrimonio) tremendamente rutinaria y aburrida, que cambiará radicalmente cuando se cruce en su camino el huracán Wanda, que no tendrá más que ponerse unas gafas para darse un ligero toque intelectual.
Con aciertos visuales como los de la escena en que primero se nos enfoca a John Cleese cediendo a las peticiones de los ladrones, para luego mostrárnoslo cabeza abajo colgando de una ventana, o la repentina aparición de Otto cuando Archie y Wanda tienen su primer encuentro privado, ésta es una comedia para ver varias veces sin que decepcione y sin efectos secundarios.
Por cierto, Otto : ¿como es posible que dejes escapar a una mujer como Wanda? ¿Eres tonto?
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JAY & SILENT (OF THE LAMBS) BOB




Ni “Aterriza como puedas”, ni “Scary movie”, ni “Top secret”, ni “La loca, loca historia de las galaxias”... La mejor parodia de film mítico corresponde a esta descacharrante acojoescena de “Clerks 2”que ¿homenajea? "El silencio de los corderos". En realidad son dos escenas complementarias que tienen una larga conversación entre Brian O’Halloran y la exhuberante Rosario Dawson entre medio. Mi reacción en el cine al ver el primer acto fue “vale, ha sido genial, pero no se atreverán...”. Mi reacción al segundo acto fue “¡¡¡se han atrevido!!!” Sólo con esto, Kevin, quedas redimido de tus pecados anteriores (básicamente, uno capital llamado “Jersey girl”). Akoki.
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EL CRISTAL TIENE DOS CARAS




Sin duda los niños son los protagonistas de estas fechas, y todos volvemos un poco a la infancia viendo su ilusión y su alegría, ya sea esperando al barrigudo de rojo o a los reyes de Oriente (pelín materialistas, ya lo sé ¿pero acaso no lo seríais también si os estuvieran todo el día bombardeando con anuncios de juguetes?). Es bueno que, durante unos momentos, recuperemos al niño que llevamos dentro, y le demos un poco de libertad a ese pobre Peter Pan aprisionado que ya no sabe recordar momentos felices para volar.
¿Que pasó con nuestra generación? ¿Acaso no hubo nada intermedio entre Walt Disney y la Pixar, que tratara a los niños con un mínimo de respeto? Si que lo hubo; para los que crecimos viendo Barrio Sésamo o Los teleñecos, los nombres de el monstruo de las galletas, la rana Gustavo o miss Peggy se convirtieron en parte de nuestra educación (esto es cerca.... esto es lejos).
Los muñecos de la factoría de Jim Henson no tardaron en pasar al cine, con colaboraciones aisladas, como con el inimitable Yoda de la saga de La guerra de las galaxias, o con dos películas que también marcaron nuestra adolescencia: Dentro del laberinto, con un inolvidable David Bowie como rey de los goblins en el mas puro esplendor glam, y una jovencísima Jennifer Connelly dando el paso de niña a mujer; y la más ambiciosa de todas: Cristal oscuro.
Con una historia dentro del estilo de Tolkien, llena de criaturas fabulosas, vemos la lucha de una raza casi desaparecida, los gelfling, de rasgos élficos, para restituir un trozo de cristal que se dividió hace años, provocando el nacimiento de dos razas: los místicos y los skesis, para que se cumpla una profecía. Si la historia no tiene nada de original, como suele pasar en estos casos, es el lado oscuro el que nos resulta mas atractivo y en el que se ha derrochado mas imaginación , e incluso se podría decir que hay alguna escena ligeramente gore para el gusto infantil, como las de tortura o de comida de los skesis ¿pero acaso no son crueles los cuentos de hadas?
No hay ni una sola canción, ni un solo personaje humano; aquí nos limitamos a una aventura pura y dura, sin que nada nos consiga apartar de ella ni un momento. Jen, Kira, o hasta incluso Augra (a su pesar) no lo tendrán fácil para cumplir su misión, tendrán que pagar un precio muy caro, para acabar descubriendo que tanto los skesis como los místicos, el bien y el mal, son las dos caras de la misma cosa y están siempre unidos; sólo cuando eso se acepta y las dos partes están juntas el cristal deja de ser oscuro para volver a ser luminoso. No está mal el mensaje para un cuento de hadas.
Desgraciadamente, Henson no volvió a implicarse en un proyecto así, ya que falleció en 1990, aunque su factoría todavía nos volvería a hacer pasar buenos ratos con una serie magnífica, como Dinosaurios, en la que Parque jurásico se juntaba con Los Simpson. He leído que dejó escrita la continuación de Cristal oscuro, y que se estrenará el año que viene. ¿Habremos crecido demasiado para disfrutarla? Espero que no.
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CIUDADANOS TODOS




En esta ocasión, en lugar de un trailer de una película actual, he querido poner uno especial, que sirviera como una especie de regalo de Reyes adelantado. Y me he encontrado con esto. Ni mas ni menos que el trailer de Ciudadano Kane, en el que su majestad Orson Welles (¿hay algun republicano por ahí? En este tema no admito discusión: ¡Que le corten la cabeza!) nos muestra como se pregunta a Everett Sloane, Agnes Moorehead o Joseph Cotten acerca del rodaje, convirtiéndolo en un auténtico documento histórico. Bastante distinto a los trailers actuales, en los que serían capaces de desvelar el significado de Rosebud, espero que os guste tanto como a mi.
 
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