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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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UN PROFESIONAL ES UN PROFESIONAL




Luc Besson es de los que creen que no es incompatible hacer cine comercial de acción y que sea de calidad; probablemente la que es su mejor obra y buena prueba de ello es Leon: el profesional.
Mathilda (Natalie Portman) es una niña con nombre de calypso que vive con unos padres que no la comprenden y la ignoran la mayor parte del tiempo. El problema es que están metidos en un asunto de tráfico de drogas con policía corrupta por enmedio, y en un ajuste de cuentas los policías se los cargan. Mathilda, que se libró del tiroteo por casualidad, a la que vuelve a casa ve lo que ha pasado y para huir de los asesinos se esconde en la casa de su vecino, Leon( Jean Reno – Juan Moreno para los amigos-), que resulta ser un “limpiador”, un asesino a sueldo. A la que lo descubra decide contratar sus servicios para vengar la muerte de su familia.
Hasta aquí todo muy normal y típico: venganza, ojo-por-ojo y todo el rollo, pero lo que hace distinta a El profesional son sus protagonistas.
Mathilda es una irresistible Lolita (Natalie demostró que seguía siéndolo en Beautiful girls); no sólo se sentirá atraída por Leon, a quien confiesa su amor, sino que también se muestra fascinada por su profesión, y quiere aprender a ser una “limpiadora” como él.
Para mayor sufrimiento/gozo de pederastas, Natalie se disfraza de Marilyn Monroe y Madonna en una de las escenas mas divertidas de la película, ante un aturdido Leon, que es incapaz de imitar a nadie, salvo al siempre impasible John Wayne.
Leon es un ser solitario, cuya única compañía es una planta (nunca me había preocupado tanto por una planta como en una de las escenas de tiroteo, increible pero cierto!). Persona de muy pocas palabras, está orgulloso de ser todo un experto en su profesión; de hecho, recuerda mucho a ese samurai que fue Alain Delon en El silencio de un hombre, y si Alain tenía un pájaro, Jean tiene una maceta. Cuando Mathilda acuda a él en busca de ayuda, hará que toda su forma de vida cambie, desconcertándole.
Los dos están estupendos, y su relación juega con todo tipo de matices amistad, padre-hija, amor...o quien sabe, tal vez sea una mezcla de todas ellas.
Gary Oldman es el malo de la función; en esta ocasión no necesita ninguna caracterización especial de las que nos tiene acostumbrados, pero tampoco le hace falta para estar espléndido: es un tipo verdaderamente peligroso y traicionero, aunque nos sorprenda con la mejor frase de la película : “ Me encantan estos breves momentos de calma antes de la tempestad… siempre me recuerdan a Beethoven… ¿lo oyes?”.
Danny Aiello también está muy bien como protector y tutor de Leon, demostrando que se puede tener dignidad en cualquier profesión.
Cuando le dan el “toque de gracia”a León está maravillosamente resuelto: el está cerca de la salida, por fin va a encontrarse con Mathilda; de repente, la música para y la pantalla se queda en blanco; volvemos a ver la salida y vemos como la cámara va bajando lentamente, hasta llegar al suelo.
A la que Mathilda plante la maceta en un jardín, al ritmo de una balada de Sting, comprendemos que por fin León ha echado raices.
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RATAS


“Tú sabes quién soy”.

Esa frase, en boca de Billy Costigan (Leo DiCaprio), ya en los estertores finales de la película, define al punto (de cocción) a su personaje y, en parte, al extraordinario thriller “The departed” (“Infiltrados” en España, pero voy a referirme a ella por su título original, puesto que este no me gusta nada: parece el título de una de John Woo), la penúltima aportación al cine del maestro Scorsese. Sí, con este van ya tres posts dedicados al cejijunto director neoyorquino en este nuestro blog. Así que si no os gusta Marty ya podéis ir saliendo por esa puerta de ahí atrás: a vosotros os gusta el macramé, el cricket, el punto de cruz, la apicultura, la oceanografía, el bobsleigh o la etnobotánica. El cine no. Porque Scorsese, amigos, es cine en estado puro, tridimensional, aconfesional y adrenalínico (con lo cual mantengo mi teoría de que en “Kundun” fue secuestrado y torturado a golpe de Tranquimazín por Theo Angelopoulos). Sus filmes pueden ser mejores o peores, pero su estilo avasallador se mantiene firme, al margen de modas y de géneros (“After hours” es una comedia DE Scorsese, “La edad de la inocencia” es un melodrama de época DE Scorsese), tan moderno y latente como el primer día. El paso del tiempo y la perspectiva crítica darán a “The departed” el lugar que merezca en el inventario de filmes de Marty. No sé si llega a la altura de “Uno de los nuestros”, recientemente comentada aquí abajo por Alice la Directrice, e incluso me siento en posición de asegurar que no tiene el calado en profundidad ni la ambición elefantiásica de “Gangs of New York”; pero probablemente sea el film más redondo en varios años del genio de Queens. Y lo consigue pergeñando un simple (pongan comillas hasta salirse de la página) thriller de acción y suspense, sin intención de contar una Gran Historia (sea de chorizos de clase media, de una ascensión + caída a los infiernos, o del origen ensangrentado de una gran ciudad); tan solo quiere entretenernos y mantenernos pegados a la butaca (uséase, cine-Logtite). Lo consigue, jóvenes padawanes, vaya si lo consigue.

Película-remake de “Internal affairs”, un film hong-konés de 2002 que algunos dicen que es un referente del cine de suspense oriental (yo no lo he visto, lo cual, a la hora de enjuiciar “The departed” pienso que es una ventaja: se acaba de estrenar y ya estoy exhausto de leer comparaciones) (y para aquellos que gustan de este tipo de cine, ahí va ese gancho de izquierda: “Memories of murder” es un ladrillo con aluminosis), el film de Scorsese es el relato de un infiltrado de la policía en una banda de traficantes asesinos cuyo máximo riesgo se encuentra en que... esa banda tiene un infiltrado en la propia policía (en inglés a este tipo chivatos se les llama específicamente “rats”, de ahí la continua referencia a las ratas en el film; y de ahí el plano final...). Desde el principio del film, agilísimo como no podía ser de otra manera, observamos cómo la vida del primero (Billy Costigan, un entonado Leo) se va embruteciendo progresivamente, a medida que se acerca al objetivo de ser de confianza para el jefe de la banda (y perdiendo su propia identidad); en cambio, la de su némesis (Colin Sullivan, un Matt Damon a rebufo de Tom Ripley) es un ascenso imparable hacia el Gran Sueño Americano: sueldazo, carisma, casa, esposa-maciza-rubia-con-carrera y niños. Esto condicionará, y de qué manera, sus posicionamientos al final de la historia, y algunas decisiones clave. En general, la primera media hora del film es de presentación de situación y personajes, y de un desarrollo firme pero pausado de la narración. Podría decirse que es de notable, porque tío Martin tira del baúl de recursos para forjar una narración espléndidamente fluida, sin altibajos y sin presentar problemas de comprensión: los juegos de espejos son tan sencillos para él como el mecanismo de un cortauñas. Diseña personajes sin demasiadas aristas, con excepción de Costigan (del cual se molesta en mostrarnos sus temores, en particular el de perder su identidad, y me remito a la frase de inicio de post), como los que interpretan con solvencia Martin Sheen o Alec Baldwin (mención especial para Mark Wahlberg, que hubiese bordado su malhablado, cachondón y chulesco sargento si no fuera por su empeño en ponerse con los brazos en jarra), aunque con la fuerza suficiente como para no manifestarse como marionetas parlantes. La última hora del film se puede situar casi a la altura de “Goodfellas”, si no fuera porque nos sorprende menos. La tensión crece en progresión aritmética, al mismo ritmo que las vueltas de tuerca de la narración, los cadáveres y los litros de sangre derramados en cada asesinato, sin solución de continuidad, en un popurrí de violencia y corrupción que apenas encuentra un tiempo muerto en una conversación entre Billy y la psiquiatra Madolyn (Vera Farmiga, formando parte de un triángulo amoroso cogido por pelos que es de lo más endeble de la cinta). Confieso que los títulos de crédito me sorprendieron agarrado a la butaca. Con las dos manos.

Uno de los puntos de desencuentro de la crítica ha sido, como no podía ser de otra manera, JACK. Que si histriónico, que si pasado de rosca, que si ni Marty puede con él... Otros creen que es su mejor papel en varios años. En mi opinión (la única que vale) (con humildad, eso sí), es un papel que sabe manufacturar con la gorra y que, fuera de algún exceso gestual marca de fábrica, está excelente: tan carismático como sanguinario, tan hortera (esa pasión por las rayas de leopardo...) como bastardo, tan desalmado como decadente.

Y además, ¿qué esperaban? Es JACK. Y punto.
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LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ALFREDO





Le han llamado mago del suspense, Hitch, tio Alfredo... pero se use el nombre que se use, estamos hablando de uno de los directores mas grandes del cine: Alfred Hitchcock.
Dominando los recursos de la cámara, como pocos, jugaba con los espectadores llevándolos de un lado a otro; sólo una vez les engañó, en Pánico en la escena, y se arrepintió de ello.
El entendía que el cine era una fila de butacas que debían llenase, por eso sus películas puede decirse que eran muy comerciales, es cierto, pero eso no le impedía hacer experimentos como la unidad de tiempo al rodar (La soga), de lugar (Náugfragos), todas las escenas de cámara subjetiva de Vértigo, sin diálogos (cine en estado puro), insertar una escena de sueño surrealista firmada por Dalí (Recuerda ), o matar a la protagonista a los quince minutos de proyección (Psicosis).
Debido a su educación religiosa, que le había enseñado a reprimir la sexualidad, las mujeres de sus películas formaron un tipo único: rubias, elegantes, de apariencia fría pero interior ardiente, encontrando su ideal en Grace Kelly. Palabras textuales: “El sexo no debe ostentarse. Una muchacha inglesa, con su aspecto de institutriz, es capaz de montar en un taxi con usted y, ante su sorpresa, desabrocharle la bragueta “.De hecho, buena parte de los mejores besos de la historia del cine son de películas suyas(Vertigo, Encandenados, La ventana indiscreta)
Tuvo dos alter egos, que juntos formaban como le habría gustado ser en realidad, a los que acudía según fuera el estilo de la película: si era comedia y con ritmo rápido, le correspondía a Cary Grant, si era mas interiorizada y pausada, James Stewart; tampoco tenía mal gusto para los hombres.
Fue una nueva generación, los cahieristas, como por ejemplo Truffaut con su libro El cine según Hitchcok (una de las Biblias de los cinéfilos), los que ayudaron a descubrirlo como lo que realmente era: un autor como la copa de un pino.
Su particular sentido de humor estuvo presente en la mayoría de sus películas, y su forma de entender que en el fondo todo era un juego entre él y el espectador explicaría su particular Donde está Wally que hace que busquemos sus codiciados cameos en cada una de sus películas.
Como suele pasar en estos casos, no obtuvo ningún Oscar (shame on you, Academy) , pero aquí os dejo su discurso en el homenaje que le hicieron en el American Film Institute, una muestra perfecta de su enorme sabiduría e ironía.
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DE ENTRE LOS MUERTOS



Y hubo una época en la que por acá hablábamos de Tom “placenta-con-chianti” Cruise sin que Pe formara parte de la ecuación. Época mucho menos lejana de lo que pudiera parecer en un primer golpe de memoria, lo cual demuestra la volatilidad del universo hollywoodiense. “Contigo, pan y cebolla”, sí, pero acábatelo rápido que te quedas sin postre. En cualquier caso, este fue uno de los factores del producto llamado “Los otros” que hizo que se convirtiese en la película española que más ríos de tinta (y ruidos de teclado) originó. “Los otros” factores (mi ingenio me desborda a mí mismo) fueron Nicole Kidman, Alejandro Amenábar y... “El sexto sentido”. Sí, “El sexto sentido”. Nadie se puso a recaudo de la facilona comparación entre ambos films y, más concretamente, entre los dos finales. Ni siquiera Torreiro fue capaz de resistir la golosa tentación, y proclamó vencedora, de manera ventajista, al por otra parte descomunal filme de Shyamalan; fue el pasatiempo cinéfilo favorito de la época. Por fortuna, “Los otros” es mucho más que eso.

Es, por ejemplo, un cuento de terror presentado bajo los axiomas y convenciones del clasicismo genérico, que Alejandro Amenábar trata con evidente respeto. Hay una casa encantada, fantasmas, niños que ven más cosas que los mayores, golpes de efecto acompañados por estridencias musicales, puertas que no han visto un Tres-en-Uno en siglos... No falta ni una. Esta es, probablemente, la mayor carencia, si es que se le puede denominar así, de la película. El director chileno no muestra nada nuevo, no abre horizontes ni explora terrenos desconocidos; eso sí, el cóctel le sale sabrosísimo. El relato, más que terror, infunde desasosiego, angustia. Amenábar sabe que un crescendo es pura matemática, una progresión aritmética, y lo aplica a la perfección. La fotografía de Aguirresarobe es espectacular, y su dominio de las luces, del claroscuro, se hace más visible al denotar que se supone que la acción se desarrolla enteramente en luz natural; en concreto, la escena en la que Grace corretea desvaída y sin rumbo entre un bosque pleno de malsana neblina es catedralicia. El sonido, en un film de estas características, es fundamental, y Alejandrito lo sabe: véase el ruido inquietante de las llaves al abrir y cerrar las puertas. La música del propio Amenábar es ajustada, aunque a veces algo chirriante. Y, por supuesto, la parte artística: los secundarios están intachables todos, con mención cum laude para Fionula Flannagan (esa combinación de afabilidad servil y turbia firmeza), Christopher Eccleston (el marido de Grace, papel tan fugaz como clave) y los niños, la rebelde, lúcida y revientahermanos Anne (Alakina Mann) y el timorato Nicholas (James Bentley; ¿alguien más ve un enorme parecido con Amenábar?). Y, claro, una tal Nicole.

No exagero al afirmar con vehemencia que Nikki-K es el pilar en el que se sostiene la película. Y no me refiero al tema financiero y, por tanto, a su propia existencia, que también. Nicole Kidman es el alfa y el omega del film, aparece en todas las escenas y casi todos los planos, y lleva a Grace, su personaje, hasta el límite de las dimensiones de la pantalla. Desde sus características más evidentes, basadas en su fisicidad, como su blanquecina palidez (y no es casualidad), sus andares envarados y su vestimenta tan elegante como monacal (Amenábar es deudor impenitente de Hitchcock:"Rebeca" + Grace Kelly + Tippi Hedren = Grace); hasta la enorme variedad de matices de carácter que aporta al personaje. La película está situada en 1945, pero la casa, la relación de Grace con los sirvientes, su fanática religiosidad basada en el temor de Dios (si ve el Cristo Colega de “Dogma” se quema a lo bonzo con las lámparas de gas que hay por toda la casa) y su empeño en ocultar su angustia vital (por la desaparición de su marido, sí, pero por alguna cosa más...) nos lleva a la época victoriana, la cual seguramente Grace añora (hace mención a la ocupación nazi de la isla de Jersey, donde se localiza la narración), incapaz de asimilar que sus valores se han perdido ya. Nicole, que estaba en aquel momento de dulce (“Moulin Rouge”, “Las horas” y “Los otros” de una tacada-2002: esto es billar a tres bandas y no lo que dan en TV3 por Navidad cada año), está de lujo, optimiza la película, y Amenábar nunca se lo agradecerá lo suficiente.

En cuanto al final de la película, lo único que voy a decir es que me parece coherente, no más tramposo que otros, y felizmente desasosegante. Empieza otra vida para los Stewart, en la que Grace promete seguir luchando, después de comprobar, eso sí, que, de alguna manera, el infierno son “Los otros”...

N.B.: si alguno de vosotros no ha visto aún la película, descuidad. Si abrís los comentarios, en ellos explico detalladamente el final. Así la entenderéis mejor. De nada.
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SUS ULTIMAS PALABRAS




Era inevitable, tarde o temprano tenía que acabar hablando de esta obra maestra total, año tras año elegida como la mejor película de la historia del cine.
El fenómeno que había causado la emisión radiofónica de La guerra de los mundos hizo que Hollywood pusiera los ojos en el joven que lo había causado, considerando que era un genio, con una fe tan ciega en él (o mejor dicho, en el éxito que podía conseguir) que decidieron darle libertad total a la hora de rodar. Pero el tiempo iba pasando, y los estudios empezaban a impacientarse, ya que Orson no parecía tener ninguna idea en concreto ¿tal vez se habían equivocado y era tan solo estrella de un día? Hasta que, de pronto, cayó la bomba: el niño prodigio quería hacer ni mas ni menos que una película sobre William Randolph Hearst, uno de los hombres mas poderosos del mundo, creador de la “prensa amarilla”; un hombre capaz de disparar a otro (creyendo que era Chaplin y que éste se entendía con Marion Davies, su amante) delante de testigos, y que conseguía que esa muerte fuera totalmente silenciada por todos ellos; un hombre capaz de organizar guerras o de decidir quien podía ser el próximo presidente. ¿Se había vuelto loco Welles?
Por supuesto, Hearst, nada más que se enteró del rumor, puso en marcha a las dos cotillas de Hollywood, Hedda Hooper y Louella Parsons, para que le informaran acerca de como iba a ser la película. Cuando se enteró que toda ella centraba en torno a la palabra “Rosebud”, que era como llamaba a las partes íntimas de su amante, Marion, entró en cólera (lógico) e inició una larga lucha legal para impedir que se rodara y/o estrenara la película. Pero los dioses de la fortuna, por una vez, estuvieron del lado de Orson, y finalmente Ciudadano Kane acabó rodándose y estrenándose.... sin demasiado éxito, por supuesto, y tan sólo ganó un Oscar al mejor guión, aunque la historia del cine acababa de cambiar gracias a ella.
Pero hablemos de la película. El cartel de “Prohibido el paso” que la abre y cierra ya nos indica que vamos a entrar en un terreno desconocido y peligroso : la personalidad de Charles Foster Kane. Una especie de documental (¿nos habremos equivocado de sala ?) servirá para explicarnos un resumen de su vida , y nos muestra lo diferentes que eran las opiniones sobre el : ¿era un comunista o un fascista? “ ¿Who is this man?" , como dice la canción; a continuación comenzará una investigación periodística para averiguar el sentido de sus últimas palabras, por lo que se interrogará a las personas que le conocieron... o creyeron conocerle, ya que como podremos ver al final, nadie le conoció en realidad.
El flash back era prácticamente una novedad en esos momentos, pero Welles fue el primero en usarlo con una carga dramática, jugando con el tiempo. Las elipsis están maravillosamente resueltas, como la que muestra el matrimonio de Kane, desde el principio, jóvenes y enamorados, hasta cuando ya sólo son una pareja de extraños que se esconden detrás del periódico cada mañana, tan sólo en unos segundos. La fotografía es sensacional, obra de Greg Toland, y el uso de la cámara enfocando a los personajes desde abajo (para lo que Orson no dudó en agujerear el suelo del estudio) nos los muestran como si fueran dioses, pero con sus limitaciones. Orson se rodeó de sus compañeros del Mercury Theatre, Joseph Cotten, Everett Sloane o Agnes Moreehead, pero también de excelentes profesionales del cine, como Greg Toland o Bernard Hermann.
Es increible que una persona, con solo veinticinco años y que nunca había hecho cine tuviera un dominio tan enorme de todos sus recursos técnicos. Dicen que para aprender, Welles se encerró a ver La diligencia un montón de veces. Vaya si aprendió!. Pero aparte de lo deslumbrante que es técnicamente, la película mantiene el suspense de principio a fin, y es un muy buen estudio de la personalidad de Kane: sintiéndose rechazado por sus padres, su único deseo será ser aceptado y amado por todos, cueste lo que cueste. Al final, lo que nos quedará es la sensación de la enorme soledad , reflejado en los espejos, de un ser contradictorio, y la palabra que pronunciará al morir será el recuerdo de la niñez que le arrebataron. Las rejas se cerrarán de nuevo, para siempre, sin que hayan descifrado el misterio.
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EL SIN CARA Y YO



Los dibujos animados forman parte de la educación, sentimental y de la otra, de todos los niños del primer y segundo mundo, es decir, aquellos que tienen acceso a un televisor (ergo, la TV es el elemento diferenciador de clases de la sociedad moderna. Esta, que podría parecer una reflexión considerablemente estúpida, sin embargo... es una reflexión considerablemente estúpida) (Curso de Sociología Básica Marcbranches: no vamos a devolverte el dinero). Todos hemos recurrido a efervescentes a la vez que nostálgicas conversaciones sobre nuestros cartoons de la infancia (charlas que, a medida que el alcohol las va regando, se van haciendo cada vez más apasionadas...), con una tenaz tendencia a reafirmar el espíritu “cualquier tiempo pasado fue mejor” (espíritu que suele reflejar lo lejano que se encuentra ya ese tiempo pasado-snif). Los de mi generación (¿queda alguien?), en concreto, disfrutamos poniendo sobre la mesa las cartas de “Mazinger Z” (aún funcionan los chistes derivados de la expresión “pechos fuera”), “D’Artacan”, “Heidi”, “Marco”, "Banner y Flapi", etc... Nos reconforta rebozarnos en el frikismo de, por ejemplo, recordar los nombres de los protagonistas de “Comando G” o sabernos la canción de “Isidoro”. En cuanto al cine, tenemos el problema de que Disney monopolizó durante mucho tiempo el mercado del largometraje de dibujos, con lo cual, si nos quitáis de “El libro de la selva”, nos quedan pocas cosas que recordar (bueno, sí, parece que hay unanimidad en lo que respecta al cangrejo Sebastián de “La sirenita”...). Así que hemos tenido que resarcirnos de mayores, gracias en gran medida a Pixar y al manga. Estas carencias se perciben especialmente en algunos críticos de cine que tienden a utilizar la expresión “no es sólo para niños” o “más adulta de lo que es habitual” en sus crónicas de films animados (claro, claro, “no sólo para niños”... ayyyyyy, pillastres), siempre para ensalzarla. Pues sí, nos agrada aparcar la trascendencia y los problemas adultos y sumergirnos en la fantasía desbordada y desprejuiciada de los infantes, ¿qué pasa? ¿A quién no le gusta, por ejemplo, “El viaje de Chihiro”?

“El viaje de Chihiro” es una película histórica. Así, de principio, sin más. Fue el primer largometraje de animación que ganó el Oso de Oro de Berlín, ex-aequo con el “Bloody Sunday” de Peter Greengrass, allá por 2002. Ganó chorrocientos premios por todo el mundo-mundial, se llevó el Oscar con la gorra y ganó suficiente dinero como para que Hayao Miyazaki le comprara un adosado al abuelo de Heidi (de hecho, le daba para comprarle media Suiza). Y el premio más importante: el ser, en opinión de aquí Mi Majestad Marcbranches, la mejor película de animación que sus miopes ojos hayan presenciado en su experiencia cinéfaga (Hayao, ya puedes dormir tranquilo). Miyazaki, un venerable ciudadano de Tokyo sesentón, creador de un puñado de obras maestras del género (desde “Mi vecino Totoro” hasta “La princesa Mononoke”), construyó su obra maestra alrededor de las características invariables que han salpicado su filmografía: imaginación desbordada sin propósito de freno, poesía visual, pictoricidad acusada en cada plano, banda sonora recargada pero adecuada al relato, y personajes que, por muy monstruos que parezcan, sorprenden por su humanidad. De hecho, esta última es uno de los distintivos que más diferencian a Miyazaki de los demás: ni los buenos son muy buenos ni los malos son muy malos. Sus personajes se encuentran dentro de la gama de grises, e incluso algunos de ellos pasan por más de una tonalidad durante la historia que se nos cuenta. En el caso de “El viaje...”, el caso más claro sería el Sin cara (al que homenajea Iván Ferreiro en su canción “El viaje de Chihiro”), un extraño bichorraro que pasa de ser una especie de “Hannibal el Caníbal” del mundo manga a un entrañable y solitario monstruito. El guión es elaborado y, es de justicia decirlo, un poco desconcertante a veces. Pero sus hallazgos son innumerables (¿qué mejor manera de tenerte bajo tu poder que robándote el nombre? La bruja Yubaba es un genio), y la belleza imponente y obsesiva por el detalle que impregna Miyazaki al film con su pincel hace que sea casi imposible destacar una escena, un plano (= un cuadro), sobre los demás. Por decir algo, el retrato del balneario (un balneario al que los dioses van a descansar... grandiosa ocurrencia. La precursora de dicha idea fue Heidi Fleiss) en el que se centra gran parte de la acción, con todos sus peculiares trabajadores y visitantes; o el bucólico tren que transporta, entre inmensos paisajes de agua, a Chihiro a casa de Zeniba, la hermana de Yubaba. Por ponerle alguna pega (y que parezca que sé de esto), quizás el final es algo anticlimático, después de semejante torrente de aventura y poesía en movimiento...

Sí, jefa, ya sé que me he pasado por el forro incluir una sinopsis del argumento de la película. Que la cojan en DVD (si puede ser, junto a “El castillo ambulante”, que en la escala de Obras Maestras Miyazaki se queda a unas décimas de “El viaje de Chihiro”) y disfruten de una de las películas que mejor reflejan la expresión “poesía visual”. He dicho.
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LOS CHICOS LISTOS DE MARTY




«Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ser un gángster».
En esta frase inicial de Uno de los nuestros, ya se nos indica por donde irán los tiros (y nunca mejor dicho) . Ser un gángster, a los ojos de un niño, representa ser alguien a quien todo el mundo respeta (la diferencia entre respeto y temor no se tiene muy clara a esa edad), alguien que viste trajes caros, alguien que conduce coches de lujo, alguien que consigue a todas las chicas que desea... el resto de personas somos los “pringaos” que cada mañana nos levantamos con el despertador para ir a nuestro trabajo rutinario, y ellos los “chicos listos” que han sabido pasar de ello. ¿Como no va a resultar atractivo para un niño ser alguien así? Ahora, en nuestros tiempos, esto ya no hace falta, para obtener dinero sin hacer nada y ser popular, no hace falta mas que ir a Gran Hermano.
Scorsese consigue su mejor película mostrándonos la mafia no desde el punto de vista de los jefes, como Coppola en El Padrino, sino desde los raterillos aficionados con aires de grandeza, y lo hace con escenas que nos dejan enganchados a la butaca, como la del maletero del coche pre-Tarantino, para luego dejarnos respirar un poco hasta el próximo estallido de violencia.
Narrada en primera persona, veremos la evolución de Henry Hill desde niño, fascinado por los gangsters de su vecindario, pasando por el joven que consigue ingresar en la banda, la manera en que intentará montar negocios por su cuenta y, finalmente, como tendrá que delatar a sus compañeros para salvar su cuello. En una palabra, vemos como de la nada llega a las mas altas cimas de la miseria Además, nos muestra perfectamente los cambios de una época a otra, en la forma de vestir, decorar las casas, la música (soberbia banda sonora, y maravillosamente usada, como cuando van apareciendo cadáveres al son de Eric Clapton).... Junto con Malas calles y Casino, formaría la trilogía de Marty sobre la mafia y su Little Italy.
El reparto es sensacional, encabezado por Ray Liotta, que consigue ser inquietantemente atractivo, Robert de Niro como el gangster modelo: inteligente, frio, refinado y generoso, aunque con un defecto: es judio, y por eso no podrá llegar a ser alguien en la Familia , Joe Pesci como el mas peligroso y loco de los maffiossi habidos y por haber (la escena en las que pregunta porqué es divertido o en la que dispara a un camarero a un pie son buena muestra de ello), Paul Sorvino como jefe de la banda: amoroso con los suyos y despiadado con el resto, como ha de ser un buen capo, y Lorraine Braco como la esposa de Henry, que sabe de sus infidelidades, pero no quiere prescindir de su nivel de vida.
El final no puede ser mejor, y sirve para enlazar perfectamente con la frase del principio“ Soy un don nadie, y tengo que vivir el resto de mi vida como un gilipollas.. Si pido spagetti a la bolognesa me traen spagetti con salsa de tomate” Hermano, bienvenido al club de los “pringaos”.
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BLUE BLOODY VALENTINE


El dulce sabor de la derrota. Tantos y tantos perdedores que en la historia del teatro, el cine o la música han enriquecido, con sus dramas y su empeño en estrellarse contra la vida, varias de las Bellas Artes. Algunos, como Joaquín Sabina, han basado su carrera en barnizar de dignidad, e incluso pizcas de heroísmo, a la caterva de perdedores que pueblan los rincones más anónimos de las urbes. Nos gusta observar cómo los fracasados se rebozan en sus miserias como lenguados en harina, y mirarles con admiración por su coherencia, su insistencia en poner sus principios o su bohemia por encima de lo que algunos llaman felicidad. No voy a ponerme a hacer una lista de losers cinematográficos, ya que sería inacabable y, mirapordónde, he quedado para comer. Mejor voy a hablar de una de mis películas preferidas, que, casualmente, tiene a un buen par de perdedores por bandera. “Los fabulosos Baker Boys”, de Steve Kloves. A primera vista, una peli sobre dos hermanos pianistas pudiera parecer un soberano peñazo. Como dice la protagonista del film en un momento del mismo, “¿quién necesita volver a escuchar “Feelings” de nuevo?” La respuesta es evidente: si la canta Michelle, yo.

¿Pero quién es Steve Kloves? Pues es un guionista yo diría más bien vaguete, vista su filmografía hasta ahora, que empezó escribiendo el guión de una peliculilla del en ocasiones competente Richard Benjamin, “Adiós a la inocencia”, y cuyo siguiente proyecto ya fue escribir y dirigir “Los fabulosos Baker Boys”. El éxito no le llevó por los tradicionales caminos facilones de Hollywood, y cuatro años después le dio por hacer una película con Meg Ryan que no era la-típica-película-de-Meg-Ryan: como todo el mundo sabe, ese tipo de proyecto está destinado al fracaso, y “De carne y hueso” no fue una excepción. Así que, después de guionizar la excelente “Jóvenes prodigiosos” a Curtis Hanson, el bueno de Steve se ha centrado en guionizar a Harry Potas en sus (¿tres? ¿cuatro? no podría importarme menos) adaptaciones al cine. Y ahora, hablemos de pianos y vestidos rojos.

“Los fabulosos Baker Boys” cuenta la historia de dos hermanos que desde hace quince años se dedican a tocar el piano y cantar por salas de baile y hoteles del país (americano, claro). Visto que empiezan a tener problemas para conseguir trabajos, deciden contratar una cantante que ofrezca a su espectáculo una nueva perspectiva (y dos buenas piernas). Y lo hará, vaya si lo hará... Lo primero que salta a la vista es la relación fraternal. Enseguida comprobamos que los hermanos son antitéticos: uno, Frank Baker (Beau Bridges, excelente) casado, responsable, diplomático, convencional, un punto (e incluso punto y medio) repipi, se encarga de llevar toda la parte financiera y los contratos de la pareja artística; el otro, Jack Baker (grandioso, excelso, monumental Jeff Bridges, un grande), cínico, chulesco, fumador impenitente, terror de las camareras, irresponsable (las cuentas le traen al pairo), vividor, mujeriego, se dedica a saltar de cama en cama, a tocarle las narices a su hermano y a soñar en un garito de mala muerte y humo de jazz en lo que podría haber sido. Las únicas responsabilidades de Jack son una vecina hija de madre-abierta-24-horas (de piernas) y su ajado perro. Pero llega el día de la audición para la cantante y sus vidas ya no serán las mismas... Ni las nuestras tampoco. Después de una desopilante actuación de Jennifer Tilly, y de otras 37 pésimas aspirantes, y cuando ya están recogiendo los bártulos, un tacón roto y un improperio abren la puerta a la historia. Aparece Suzie Diamond (Michelle la Belle, en su esplendor artístico y físico), arrastra con su hermosa voz “More than you know” y enamora a la platea. Su primera actuación en público, en la que después de decir “jodido interruptor” con el micrófono abierto, susurra “Ten cents a dance” (canción, por supuesto, de perdedores) e hipnotiza al escaso e indiferente público de la sala, define muy bien al personaje. Malhablada, sarcástica, irritante, malcarada, dolorosamente hermosa. Una de las que le gustan a Jack: peligro-la-cagamos-Luis. A pesar de que Suzie ve venir el problema (“No irás a soñar conmigo y a despertarte sudoroso ni a mirarme como a una princesa mientras eructo, ¿verdad?”), caerán el uno en los brazos del otro. Mézclese con tino una Michelle Pfeiffer, un vestido rojo, un Jeff Bridges (con dedos de Dave Grusin) y algo de “Makin’ Whopee”, y el resultado será, además de una escena histórica, un inevitable polvo hotelero de fin de año. Ya está liada. No pueden evitar enamorarse, pero Jack no es capaz de aceptarlo (“Sí, hemos follado dos veces. ¿Y qué? Una vez las sábanas se hayan secado, seguirás sin saber una mierda sobre mí”. El tipo es un encanto...), y el grupo se va al garete (donde tengas la olla...), con pelea fraternal incluida. Cada uno por su lado. Un final de puerta abierta nos muestra a Jack Baker haciendo la pregunta que nunca creyó que haría, la misma pregunta que le hacía la pobre diabla con la que se había acostado al principio del film: “¿volveremos a vernos?”; esperando que Suzie no le dé la misma respuesta que le dio él a la camarera. Un chulesco y rotundo “no”. Por una vez, Jack Baker no quiere perder.
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QUERIDISIMA HERMANITA




Los que ya tienen una cierta edad recordarán el TBO (esa juventud no conocía a los comics de la Marvel, vinieron después); unos de sus personajes mas conocidos eran las hermanas Gilda; dos solteronas totalmente distintas, tanto de físico como de carácter, que siempre acababan peleando. Pues bien, Que fue de Baby Jane? recuerda a esas hermanas, aunque dudo que Robert Aldrich leyera a los personajes de Manuel Vázquez (va a ser que no)
Juntar a dos grandes actrices de carácter ya maduras, que estaban en un momento difícil de su carrera, aunque no por falta de talento, en un relato claustrofóbico y terrorífico, resultó ser una gran idea, que a continuación se copió en otras películas, aunque con no tan buen resultado.
La relación de las dos hermanas es del mas puro amor-odio, o mejor dicho, sado-masoquismo; se necesitan mutuamente, pero no quieren reconocerlo y miran de hacer la vida imposible a la otra.
Bette está impresionante como Baby Jane, insoportable ex-niña prodigio a lo Shirley Temple que fue una estrella (Macaulay Culkin, debes ver esta película) , creyéndose todavía una niña, con sus tirabuzones, lazos y vestidos, a pesar de su voz rasgada por el alcohol, y pensando que todavía es famosa. A Bette no le importa hacer el ridículo, luciendo un maquillaje patético, demostrando que es una de las mas grandes que ha habido. Inolvidable cantando “I’ve written a letter to daddy”
Joan Crawford es Blanche, la eterna sufridora, que de niña se sintió desplazada por su hermana pequeña y de joven consiguió ser una estrella de cine, hasta que un accidente hizo que acabara atada a una silla de ruedas, que la hace depender totalmente de Jane; aunque la trate de una manera horrible,tan sólo hay que ver su refinado sadismo con que le sirve de comida, haciendo que Blanche acabe teniendo tanto miedo a lo que pueda haber (¿que tocará esta vez? ¿merluza a la vasca? ¿rata al horno?) que ni se atreva a levantar la bandeja; pero cuando al final descubramos la verdad, veremos que en realidad ella ha sido igual o mas cruel que Jane. Como le dice ésta al final “¿Quieres decir que todo este tiempo podíamos haber sido amigas?” ,demoledora frase por todo lo que implica, que hará que Jane finalmente acabe de perder la poca razón que le quedaba, y cuando la policía y los periodistas se acerquen, ella los confundirá con admiradores, como Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses.
Aldrich usa imágenes de antiguas películas de las dos divas, lo que hace aumentar la credibilidad de la historia, y de paso reflexiona sobre lo poco que dura la fama y la crueldad con que se trata a las antiguas glorias, dejándolas en el olvido.
Por lo visto la relación entre las dos estrellas no fue demasiado buena en el rodaje; se odiaban y hay toda una serie de anécdotas, como por ejemplo que Bette se hizo instalar una máquina de Coca Cola porque Joan estaba casada con el presidente de la Pepsi, o que Joan se puso pesas en el vestido para la escena en que la tenía que arrastrar Bette... vamos, buen-rollito-total. Pero a cambio nos dejaron uno de los duelos interpretativos mas fascinantes de la historia del cine, con Bette ganadora por KO técnico, por supuesto, ya que para algo tiene Bette Davis eyes.
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QUE ALGUIEN BAJE EL TELÓN, POR DIOS


“¡Qué ruina de función!”. El titulista (o titulante, o titulador, o como releche se le llame a ese puesto) que estaba de turno ese infame día de 1993 decidió que esta película, “Noises off!” en el original, pasara a la historia del cine estrenado en España como “¡Qué ruina de función!”. Podía haber hecho como el de la obra de teatro basada en la misma obra que se representó con gran éxito en Catalunya en 1985, “Pel davant i pel darrera”, y que luego Tricicle produjo por las españas con el mismo título (castellanizado, off course, que la cosa no está para poner traductores simultáneos en los teatros...). Pues no. Relacionar una cinta llamada así con el director de “The last picture show” es absolutamente imposible, y la película pasó sin pena ni gloria. Si no es por el video no me entero siquiera de que existe... y hubiera sido una enorme pérdida. Porque “Noises off!” es una de las mejores comedias que se han filmado por esos estudios de Dios en los últimos, pongamos, chorrocientos años. Basada en una obra teatral del británico Michael Frayn parida en 1982, es casi el canto del cisne de la carrera cinematográfica de Peter Bogdanovich, director de escasamente prolija carrera y a quien el peso de “The last picture show” le dejó la espalda (artística) hecha unos zorros. Ahora sobrevive de actor secundario en la serie de TV “Los Soprano”, y a veces le dejan hasta dirigir algún episodio (qué buenos son/los Padres Salesianos). Ay-la edad, que no perdona, sobretodo en Hollywood...

“Noises off!” (me referiré a ella por su título original a partir de ya) es un ejercicio estilístico de teatro dentro de teatro. En este caso, de teatro dentro de cine. Pero no al uso, ni mucho menos: se suele utilizar el formulismo “teatro filmado” poco menos que peyorativamente, para hacer referencia a un modo de filmar pausado, sin exteriores, con largas y escasas escenas, mucho monólogo interior y, para qué nos vamos a engañar, más bien espesito... Pues bien, poco de esto vemos en “Noises off!”, excepto que apenas hay exteriores. La sinopsis no puede ser más pelada. Historia en tres actos (ensayo de vestuario la noche antes del estreno, una matinée en Miami y opening day en Cleveland) en la que nos muestran, en clave de alocada screwball, las miserias del grupo de teatro que pergeña e interpreta una obrita de vodevil abrepuerta-cierrapuerta llamada “Nothing on”. Hay muy poco más, si nos referimos tan sólo al argumento. Pero es en el resto donde Bogdanovich echa el ídem. A veces, la comedia no es más que pura relojería suiza: las cosas han de ocurrir en el momento justo, ni antes ni después. En ese sentido, “Noises off!” es un Cartier con pedrería para doblarte la muñeca. Apoyado en unos actores en perfecta sintonía con el proyecto, despojados de toda necesidad de protagonismo, el director neoyorkino compone un vodevil de doble cara en tres actos in crescendo que consigue que acabes, literalmente, doblado de la risa. La primera parte, el ensayo de luces, asoma ya la catarata de conflictos que asoman amenazantes desde una cierta “calma” (entrecomillado, claro: es la noche antes del estreno, y el director, un inconmensurable Michael Caine, expresa su histerismo a golpe de réplica vitriólica). Predomina el diálogo, se nos enseña el primer acto de “Nothing on”, y ya podemos presenciar las debilidades de cada uno de los protagonistas, interpretados por, en pie todos: John Ritter (dubitativo, no tiene clara su idea de... nada); Nicolette Sheridan (esa mujer desesperada, aquí ejerciendo de rubia-tonta modelo “¿dónde está mi lentilla?-ay, qué boba, la llevaba puesta”); Christopher Reeve (excelente, a su personaje le faltan dos hervores para tener algo que parezca una personalidad); Carol Burnett (haciendo de diva de vuelta del esplendor, más-pallá-que-pacá); Marilu Henner (quizás el personaje menos caracterizado, hace bulto y punto); Julie Hagerty (timorata y sufrida correveydile de la compañía); Mark Linn-Baker (chico-para-todo estresado más conocido por ser el “pimo Laddy” de Balki Bartokomous, el hombre de Mipos, en “Primos lejanos”); y, por último, el gran Delholm Elliot, que con este entrañable borrachuzo dio por finalizada su carrera cinematográfica, falleciendo poco después del rodaje.

Después del quién es quién, Bogdanovich acelera el ritmo (y las carcajadas) en la segunda parte, la matinée de Miami, donde la escena se centra en los bastidores; es en este acto donde la coreografía de los actores, tanto entre ellos como con la cámara, alcanza unos niveles de perfección inimaginables, combinando saltos, tropiezos, botellas de JB saltarinas y platos de sardinas juguetones a ritmo de Fernando Alonso (sin mecánico saboteatuercas). Todo ello mientras al fondo percibimos que la representación de la obra, mal que bien, continúa. En el tercer acto del filme, Bogdanovich vuelve a situarnos delante de la cuarta pared para presenciar el definitivo despiporre de la obra y de sus intérpretes, que en una mezcla inenarrable de neurosis actoral, chaladuría, alcohol, hormonas, torpeza e improvisación acaban en el escenario más temido por cualquier director, y no sólo de teatro: el caos sin solución.

Cualquier director que no sea David Lynch, claro...
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AQUEL BAÑO A LA LUZ DE LA LUNA




Historia de Filadelfia es una de las comedias mas famosas de todos los tiempos, con un trio de ases insuperable, buenos diálogos y la hábil dirección de Cukor ¿Se puede pedir más? Pues si, uno de los mejores principios de la historia del cine, en el que se resume el fin de un matrimonio: Se abre la puerta, sale Cary, a continuación sale Katharine con una bolsa de golf, se acerca a él, le tira la bolsa, saca uno de los palos y lo rompe en su rodilla, volviendo a la casa. Cary va tras ella con intención de pegarla, por un momento parece que se lo piensa, pero al final acaba dándole un empujón en la cara, haciendo que caiga al suelo.(La que te caería ahora por eso, Cary , matratador!)
La historia de Tracy Lord, (Katharine Hepburn), una niña rica acostumbrada a tenerlo todo, pero con unas normas muy estrictas, que usa empezando por ella misma, es el pretexto para que un grupo de gente merodee a su alrededor, porque Tracy consigue tener tal poder de fascinación, sin ella proponérselo, que hace que todo gire en torno a ella. Katharine está perfecta en su papel de diosa virgen: altiva, distante, atractiva...
Su ex-marido, C.K. Dexter Hayden (Cary Grant) volverá para presenciar su nueva boda, y nunca tenemos en claro cuales son sus motivos. En realidad es el papel mas desagradecido de todos, pero Cary le saca el jugo a cada una de las frases con doble sentido, y sus miradas maliciosas a su “pelirroja” no tienen precio, y además tiene la manía de llamar a su pareja con un mote, como en los buenos tiempos: “carita de mono”, “palomita”, “pelirroja”... nadie sabía hacerlo como él, de manera que sonara a piropo.
Macaulay Connor (James Stewart) es el joven periodista que sin proponérselo se encuentra metido dentro de una tela de araña de gente rica que no comprende(la extrañeza de la gente trabajadora ante el comportamiento de los ricos es otro de los temas de la película), pero no puede evitar caer fascinado ante Tracy. Es adorable, aunque también se ha de reconocer que su papel es muy agradecido.
Después de que Tracy sea puesta de vuelta y media por su ex-marido y su padre, se planteará su forma de ser, comprobará que es divertido romper las normas de vez en cuando y bajará de su pedestal de diosa
La escena de la borrachera nocturna de James y Kate ante la piscina tiene una aura mágica por la que no pasa el tiempo. La verdad es que Kate lo tiene difícil, tanto James como Cary son absolutamente adorables, hasta incluso estoy dispuesta a reconocer que Stewart sale mejor parado... pero de lo que no hay duda es que Cary es el hombre para Kate, los dos son iguales.
El principal mensaje de la película (si, una comedia romántica puede tener mensaje) es la tolerancia: saber perdonar las faltas de los demás, y aceptar nuestros propios defectos.
Los personajes hablan por el gusto de hablar, disfrutando del sentido de las frases, no es una comedia de ritmo frenético como La fiera de mi niña, por ejemplo; aquí la gente paladea cada palabra, sin prisas, aquí tenemos una pequeña muestra
- A veces, por tu propio bien, Pelirroja, creo que deberías haber estado pegada a mi mas tiempo
- Creí que era para toda la vida, pero el juez me dió libertad por buen comportamiento
- Aaah , esa es la pelirroja de siempre! Sin amargura, ni recriminaciones, tan solo un buen puñetazo en la mandíbula
Si señor, no hay nada como ver a la clase privilegiada disfrutando de sus privilegios.
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EL FAUNO DE LA COLMENA




Tómese El espíritu de la colmena, Alicia en el país de las maravillas, la manera de retratar el mundo de los maquis de El corazón del bosque, el diablo de Legend, una entrada de árbol que recuerda a la cueva de La Sabina, unas gotitas de Dentro del laberinto, (aunque sin David Bowie con mallas, ay!); todo ello mézclese (no agitado) y sírvase en frío. Resultado: El laberinto del fauno. Guillermo del Toro se nos muestra un barman tan hábil mezclando ingredientes como el Tom Cruise de Cocktail
Si El espíritu de la colmena nos mostraba a una niña que, tras la guerra civil, se mostraba fascinada por el monstruo de Frankenstein, El laberinto del fauno nos propone una historia similar: como en el caso anterior, la protagonista se refugia en un mundo de fantasía para huir de la realidad de esa misma época, además su madre se ha casado con un militar fascista que a ella no le gusta (los padrastos / madrastras siempre son los malos de los cuentos); aunque ese mundo imaginario no resulte tan hermoso y apacible como se esperaba (Walt Disney, nos has engañado !); está demasiado contaminado por el ambiente del exterior, también es cruel y está en decadencia, y hasta las hadas parecen haber olvidado cual era su forma original, solo alguien como Ofelia es capaz de reconocerlas bajo su forma actual.
Del Toro tiene un mundo imaginario muy rico, y nos lo demuestra una vez más, con faunos, hadas e increíbles seres con ojos en las manos (el por lo visto llamado hombre pálido), donde hay una fuerte conexión entre el mundo real y el fantástico: en los dos hay una llave, una puerta, un comedor frente al cual hay un monstruo....
Excelentes interpretaciones, aunque destacaría especialmente a Sergi López, magnífico en su papel de macho ibérico fascista, en plan “soy mas chulo que nadie y voy a pasarme a los maquis por la navaja de afeitar”, que ya desde su primer encuentro con Ofelia, al indicarle que le ha dado la mano equivocada, nos deja las cosas bien claras; Ariadna Gil está tan frágil que por unos momentos recuerda La semilla del diablo( no sería descabellado pensar que el hijo de Vidal es una especie de Anticristo), y Alex Angulo tiene uno de los momentos mas conmovedores de la película, al ver como han torturado a un maqui, y plantarle cara con gran sutileza a Sergi... con el resultado inevitable, por supuesto, al enfrentarse a Mr. Cool in person.
Se nos muestra la desobediencia entendida como una forma de conducta, ya que como dice muy acertadamente Alex Angulo a Vidal “Obedecer por obedecer, así sin mas, solo lo hace la gente como usted”
Del Toro quiere hacer una especial trilogía sobre la guerra civil española, compuesta por El espinazo del diablo, El laberinto del fauno, y la próxima 3993, desde luego es una perspectiva muy original, y le está dando buenos resultados.
Pedro va a tener un duro competidor para los Oscars. Tema para la polémica ¿candidata al Oscar por Méjico, cuando los actores y el tema son tan españoles? Creo que no hace falta exagerar tanto, al fin y al cabo se trata de una coproducción, Del Toro es mejicano y si eso hace que tengamos mas posibilidades de ganar la codiciada estatuilla(aunque sea de rebote), me alegro, y caso de ganarlo espero que sirva al menos para que la gente no confunda a Guillermo del Toro con Michael Moore
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LO ÚLTIMO QUE OIRÁS


Siguiendo la estela de escenas históricas del cine propuesta por Alice le Directrice, y para agradecerle el baile de Salmita, cuelgo este mítico soliloquio del gran Samuel L. Jackson en "Pulp Fiction", la película que lanzó al verborreico y cinéfago Quentin Tarantino (uno de los ídolos de Alice) a la combinación fama-prestigio que todo autor sueña. He de decir que me aprendí este Ezequiel 25:17 de memoria para un ejercicio de clase de inglés, en el que teníamos que copiar y traducir un diálogo de cine. La profesora no se recuperó del trauma. Está en inglés y sin subtitular. Ni puñetera falta que hace.

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QUIERO SER COMO TÚ. Y COMO TÚ. Y COMO ESE DE AHÍ

Yo también soy Zelig.

De una manera o de otra, todos tendemos a mimetizarnos con el entorno en el que vivimos, con el grupo social con el que nos sentimos identificados, con el hábitat en el que nos afincamos, con esas personas que a nuestro alrededor nos subyugan con su carisma o su personalidad. Todos (incluso Aznar: véase aquí cómo nuestro nunca bien ponderado ex-presidente asimiló el gringo-castellano de Texas en sólo una visitilla), de algún modo, somos Zelig. Esto lo sabía muy bien Woody Allen cuando se le ocurrió esta excepcional película, una de las mejores y, a la vez, más desconocidas del señor neuras oficial de la cinefilia americana. Tío Woody es, para que quede claro-clarito, uno de mis dioses personales. Dialoguista efervescente y punti-agudo, acreedor del trono dejado vacante por el tipo del bigote de dos posts más abajo, y mejor cineasta de lo que sus detractores piensan. Woody no es sólo un señor graciosillo que habla de temas como la muerte, la pareja, el sexo, la religión, el sentimiento de culpa, la clase burguesa (¿habéis visto de cuántas cosas suele hablar? ¿Quién dice que su temática es repetitiva?); es un extraordinario director que ha tenido durante su carrera la valentía de experimentar con la cámara en mano-cinema-veritè (“Maridos y mujeres”), el expresionismo alemán (“Sombras y niebla”), el musical (“Todo el mundo dice I love you”), el “bergmanismo” (“Otra mujer”), el "fellinismo" ("Recuerdos")... Y el mockumentary o falso documental (sí, “Zelig”... pero también, de manera mucho más disparatada, en su primera película, “Toma el dinero y corre”). Dale, marcbranches, que has quedado.

El primer golpe de la película es ver a reconocidos escritores e intelectuales como Susan Sontag o Saul Bellow hablar del fenómeno Zelig, un extraño caso que supuestamente sacudió la opinión pública USA a finales de los convulsos años 20; época que siempre ha interesado sobremanera al director neoyorquino, y no sólo por su banda sonora (jazz, charleston...). A partir de aquí, una voz en off, entrelazada paulatinamente con entrevistas a protagonistas de los hechos o a observadores especializados, va desgranando las peripecias de un extraño tipo, Leonard Zelig, con una paranormal facilidad para mimetizarse con la persona más próxima, ya sea un beisbolista, un indio o un rabino. Hordas de psiquiatras, médicos y sociólogos corren a tratar de desentrañar el misterio Zelig, que salta a los medios de comunicación con celeridad. Por desgracia, House aún no había acabado la carrera, con lo cual los diagnósticos (diferenciales, gente), son un desastre. Mientras los diarios y noticieros del mundo convierten a Zelig en una celebridad (aunque “para el Ku Kux Klan es una triple amenaza: se puede convertir en negro, indio y judío”), tan sólo la psicóloga Eudora Fletcher (cómo no, la sosainas de Mia Farrow) parece tener la clave de la curación de Zelig. Vale, hasta aquí la sinopsis. Hay dos aspectos fundamentales a tratar en este film: el temático y el estético. ¿De qué nos habla Zelig? Obviamente, de la necesidad del ser humano de integrarse, de sentirse querido o, al menos, aceptado por su entorno; Leonard comenzó a sufrir las transformaciones desde el rechazo que sufrió de niño al tener que reconocer que no había leído "Moby Dick" (ayy, los traumas infantiles...). Pero también habla de la capacidad de los medios de comunicación para crear fenómenos populares y luego devorarlos (Zelig pasa de héroe a villano, de villano a héroe y de héroe a olvidado en pocos años). O de la fugacidad y algarabía de los dorados años 20 americanos (y que acabaron abruptamente con el crack del 29). Y todo esto sin abandonar en ningún momento un tono de comedia, en el fondo, amable y condescendiente, a pesar de sus críticas en segundo plano. Algunos gags del film son excepcionales: el torero cobarde que se atribuye la muerte de un toro en la corrida cuando este había fallecido “por contusión cerebral” (nunca mejor dicho, se había dejado los cuernos en una valla), sus apariciones al lado del Papa Pío XI (uno de los arzobispos le sacude con un edicto papal) o como... ¡“camisa negra” de las SS al lado de Hitler! A Woody le encanta exorcizar demonios...

En cuanto a la estética de la cinta, sólo se puede decir que es un ejercicio prodigioso. Todo el mundo se asombró con los truquitos de Robert Zemeckis en “Forrest Gump”, pero Allen ya lo había hecho una década antes en “Zelig”. Aparte de eso, las imágenes parecen realmente de los años veinte; para lograr esa imagen sucia, los técnicos incluso pisotearon las cintas y las ensuciaron. La fotografía de Gordon Willis es impecable en todos los sentidos. Además, el maestro judío se empeña en que acabemos por creernos que el documental es verdadero, hasta tal punto que nos ofrece imágenes de una (falsa, claro) película basada en la historia de Zelig, “The changing man” (recurso que también utilizaría no hace mucho otro mockumentary, la excelente “C.S.A.”); varias canciones originales con ritmos de jazz y charleston; y todo tipo de gadgets y merchandising basados en el personaje...

En los títulos de crédito del final del documental se informa que Leonard Zelig murió feliz, con tan sólo un pesar: había empezado “Moby Dick” y no había podido acabarlo. No le había dado tiempo a ver “Cuando Harry encontró a Sally”, en la que Billy Cristal le ofrecía la solución. Empezar los libros por el final. Toda una filosofía de vida.
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BELA LUGOSI Y JERSEYS DE ANGORA




El biopic es un género en el que normalmente se muestran los triunfos de alguna persona o sus méritos, y a veces se hace de una manera tan sumamente respetuosa (casi diría temerosa) que no parece que se esté hablando de personas de carne y hueso. Ed Wood no es así, ya que habla del “peor director de la historia del cine”, pero además lo hace con tanto cariño, auténtico respeto y admiración, que hacen de ella un caso único.
Tim Burton dejó por una vez su propia imaginería de lado, y con la ayuda de su actor fetiche, Johnny Depp ya desde el primer momento nos deja claro como va a ser la historia: los títulos de crédito son como los de Plan 9 from outer space, y la presentación desde un ataúd es como una de las películas de Ed Wood...por supuesto, todo en un rutilante blanco y negro, como las películas originales.

Si algo distinguió a Ed Wood fue su capacidad de entusiasmo. Amaba el cine, tanto que era incapaz de considerar una sola toma mala, lo mismo daba que en una escena un actor tropezara con el decorado, haciéndolo caer, eso le daba “autenticidad” (una manera muy personal de entender el cinema verité o el neorrealismo).
Su admiración por Bela Lugosi era enorme, aunque éste ya estaba en decadencia y había sido totalmente olvidado en Hollywood, pero para Ed seguía siendo una gran estrella, como una muestra mas de su incapacidad de ver la realidad, y se mostrará totalmente fiel a su amistad hasta el final, apoyándole en los momentos difíciles, consiguiendo una de las escenas mas bellas y emotivas de la película: cuando Bela recoge una rosa, que finalmente será utilizada en la película de Wood, como homenaje póstumo. Burton se siente muy identificado con Wood, y también compartió su admiración por uno de los monstruos del cine de terror, con quien tuvo la suerte de trabajar: Vincent Price , que habría sido su Bela particular (Tim, ahora que has encontrado a Cristhopher Lee, no le dejes marchar, por favor!)

Los parias del cine también tienen su corazoncito, y a pesar de no tener medios, no impide que lo que ruedan para ellos tenga tanta importancia como si fuera Ciudadano Kane, y así lo comprende Wood, que en una escena se encuentra con su admirado Orson Welles, y descubre que ha tenido los mismos problemas que él: nunca le dejaron hacer las películas como quería. En realidad, esa escena mas bien parece un sueño, ya que Orson habla de Sed de mal, pero su apariencia es la de los comienzos de su carrera. Además, como nos muestra la escena en la que Bela tiene que luchar contra un pulpo de plástico, por muy malas que sean las condiciones no dejan de ser unos profesionales.
Rodeado de estrellas en declive, luchadores de lucha libre, presentadoras de programas de televisión, profetas.... Wood rodaba con una plantilla de inadaptados como él, deseoso de travestirse a la mas mínima, especialmente con jerseys de angora.
El reparto es magnífico, aparte de Johnny, que está totalmente a sus anchas haciendo uno de sus típicos personajes extravagantes,Burton cuenta con Martin Landau, Bill Murray, Jeffrey Jones, todos ellos magníficos, aunque Landau brilla con luz propia.
Como si Burton se hubiera contagiado del optimismo de Wood, el final no hace que sea triste: nos indica como cada uno de los personajes consiguió la fama -por extraña que sea-, al cabo del tiempo, inesperadamente para ellos (aunque no pudieron disfrutarla).¿Cuantas personas han conseguido ser la máscara mas vendida de Halloweeen, por ejemplo? Yo ni eso.
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POR FAVOR, NO SE MUERA NUNCA




Se llamaba Julius Henry Marx, pero todos le conocimos como Groucho y nació a una edad muy temprana en Nueva York, por los alrededores del cambio de siglo ( ya que él no quiso decir cual, no voy a decirlo yo). Su madre provenía de una familia de artistas, y su padre era sastre, famoso por ser el único que no usaba la cinta métrica, lo que hacía a sus trajes inconfundibles.
Desde muy joven empezó a trabajar en el teatro, y mas adelante se añadirían su madre y sus hermanos Harpo Chico, Gummo y Zeppo, bajo el nombre de Los “X” ruiseñores (el número de ruiseñores iba variando según la disposición que tuvieran de personal), en espectáculos de vodevil. Así consiguieron llegar a Broadway, y eso hizo que la Paramount se fijara en ellos; con esa productora rodaron Plumas de caballo y Sopa de ganso entre otras, donde interpretaron a los mismos personajes que hacían en teatro, ya convertidos en arquetipo:
- Chico era el emigrante italiano, mas listo que el hambre, siempre sin blanca y desconfiado, que hacía de intérprete de Harpo.
- Harpo, el más surrealista del grupo, mudo, era capaz de sacar cualquier cosa de su gabardina y se dedicaba a perseguir a las chicas con la pierna en constante erección, a pesar de su cara de angelote de rizos rubios que tocaba el arpa.
- Groucho siempre estaba metido en problemas de negocios, usaba nombres tan imponentes como Otis B. Driftwood, S. Quentin Quale, Quincy Adams Wagstaff o Hugo R. Hackenbush. En Margaret Dumont encontró el blando cojín ideal en el que clavar sus dardos envenenados... sin que ella pareciera darse cuenta (algo que por lo visto era cierto, en realidad). En las primeras películas su bigote era pegado, ya que en el teatro también lo llevó así una temporada.
- Gummo y Zeppo, trabajaron muy ocasionalmente con sus hermanos en el cine, e hicieron el papel de galán de turno.
Su humor absurdo podía con todo, no tenían límite, pero el que era mas demoledor y brillante de todos era, sin la menor duda, Groucho; y lo único que desentonaba con el carácter rompedor de sus películas eran los numeritos musicales, deudores de su herencia teatral.
Posteriormente fueron a la Universal, donde rodaron Una noche en la ópera, su película más recordada (¿quien no ha aprendido a redactar un contrato viéndola?), con la mítica escena del camerino, o Un dia en las carreras, hasta que finalmente dejaron el mundo del cine tras Una noche en Casablanca.
Groucho pasó a presentar un concurso de televisión, Apuesta tu vida, que le dio una popularidad aún superior a la de sus películas, e hizo que le descubriera una nueva generación. También se dedicó a escribir, dando de nuevo muestras de su talento en libros como Groucho y yo o Memorias de un amante sarnoso. (¿donde tenían puestos los ojos los miembros de la Academia Nobel de Literatura?)

Groucho era de esas pocas personas que aúnan una mente privilegiada con un gran sentido de humor y una ironía ágil como el rayo.
Como reconoce en su biografía, Groucho y yo, que recomiendo totalmente, uno de los mejores momentos de su vida fue cuando una mujer le dijo. “Por favor, no se muera. Siga viviendo siempre”. Con una gran falta de consideración por su parte, no le hizo caso, y finalmente no puso en su lápida, como había anunciado “Perdone que no me levante”, pero le tendremos que perdonar estos detalles sin importancia, por todos los buenos momentos que nos ha hecho pasar. Afortunadamente su trono no ha quedado vacante, su sucesor es Woody Allen, aunque con las neuras típicas de su generación, pasadas por el psicoanalista.Aquí dejo un enlace con una pequeña muestra de sus geniales frases Así que, marxistas del mundo unios y gritemos todos juntos: Salve, Julius, los que van a reír te saludan!.
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SETENTA BALCONES Y DICK WATSON



“Argentinada”: dícese de la película argentina caracterizada por unos brillantes y logorreicos diálogos y una constante búsqueda de uno mismo por parte de los diferentes personajes (viva el psicoanálisis) (el día que Woody conozca Buenos Aires se nos ancla en Chacarita...). Esta es la percepción general y arquetípica que tenemos todos respecto del cine proveniente de este curioso, interesante y acomplejado país. Y es una percepción general gracias a que en los últimos años nos han llovido muestras y ejemplos a borbotones. Y, por ello/oye, nos hemos dado cuenta de que el cine argentino lleva ya unos añitos en un envidiable momento de forma; con la particularidad de que, además, tienen un sello, una marca de agua, una naturaleza propia. Ojalá el cine español tuviera ese sello: aquí es mejor no aspirar a ser anatemizado con el despectivísimo término “españolada”... Uno de los fenómenos de longevidad en las pantallas patrias, y máximo ejemplo del tipo de cine expuesto anteriormente, es la maravillosa “El hijo de la novia”. Es muy difícil encontrar un compendio de profesionales en estado de gracia al mismo tiempo como este. El guión, espléndido, de un ritmo naturalísimo, sin altibajos, con unos diálogos superlativos; la dirección (como el guión, del talentoso Juan José Campanella), muy elegante, discreta, dándole el tiempo necesario a los intérpretes a que se expresen, se explayen; y, por supuesto, los actores. Inconmensurables. Todos. Esteeee... concretemos, ché.

“El hijo de la novia” nos cuenta la crisis existencial de Rafael Belvedere (Ricardo Darín, ese extraordinario tipo normal), un cuarentón ahogado por las responsabilidades: un restaurante (erigido por su padre) que le está comiendo a deudas (ojo al sutil juego de palabras: restaurante, comiendo...) (sí, vale, penoso ¿y qué esperabais? Con lo que paga Alice la Directrice, no leeréis nada mejor...), una hija compartida con su ex-mujer, una madre con Alzheimer (Norma Aleandro, plenísima de registros y recursos) a la que no ve desde hace más de un año, un padre que le hace sentirse culpable de todo sin pretenderlo, una novia que pide a gritos un paso más en su compromiso, y la propia Argentina estrangulada por débitos y desmanes... Todo se acaba de complicar con un infarto, la aparición de un amigo de la infancia que no ve desde hace veinte años, y el gran proyecto de su padre. Que no es otro que casarse con su madre, un regalo que le negó durante todo su tiempo en convivencia. Naturalmente, todo esto le explota a Rafael en la cara, y le hace replantearse su orden de prioridades respecto de la vida. Presenciamos, en definitiva, la aceleración de la segunda madurez de Rafael. Pero hay mucho más en este film. Es una comedia, y los diálogos y las situaciones divertidas se repiten con asiduidad, a veces a pesar de la amargura de la situación (Norma vuelve a la residencia después de un paseo y dice que no quiere meter ahí a su marido...). Valga como ejemplo, pero hay muchos más, este diálogo entre Rafael y Juan Carlos (Ricardo Darín y Eduardo Blanco, nacieron el uno para el otro) que nos enmarca en la situación en la que se encuentra el país:

- ¿No me viste en la última película que hice?
- No, es que yo cine argentino no veo... Ando loco detrás de las cuentas todo el día.
- No, yo realidad argentina no veo...

Pero hay una inusual ternura que destila toda la cinta, de aquellas que rezuman autenticidad, nada de falso y ñoño sentimentalismo. El monólogo de un imperial Héctor Alterio glorificando el recuerdo de Norma en el restaurante, con voz firme y emocionada a la vez, pone los pelos como escarpias. Y, por supuesto, alguna que otra patada de amargura como la que le propina Rafael a la Iglesia, en forma de cura intransigente, en otro monólogo espectacular sobre el mal llamado “discernimiento”...

Como decía al principio, los actores están en estado de gracia. Ya hemos hablado de los principales, pero quizás una de las claves del film esté en la profundidad de sus personajes secundarios, y sus intérpretes no son ajenos a ello, sino todo lo contrario. Tanto Natalia Verbeke como Eduardo Blanco dan fuste a sus agradecidos personajes, pero quisiera también hacer mención a Claudia Fontán, quien borda en dos escenas a la ex-mujer de Rafael, Sandra; en concreto, le suelta un monólogo-cañonazo en contra de su idea de llevarse a su hija a México que nos deja los ojos como a Malcolm McDowell en “La naranja mecánica”...

Para finalizar, dos apuntes. Si alguien tiene curiosidad por el poema de los 70 balcones, que pinche aquí. Y si alguno de vosotros ha visto la película y aún no sabe quién es Dick Watson, que empiece a acostumbrarse a esperar al final de los títulos de crédito...
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PERDONE, PERO SUS COLMILLOS ESTAN EN MI CUELLO





Pobres vampiros! Condenados a vivir eternamente, durmiendo en un ataúd que aún es mas pequeño que una vivienda oficial, sin poder oler al ajo, ni reflejarse en los espejos para contemplar las arrugas, huyendo del primer rayo de sol y de los crucifijos! Que vida esa !... Mejor dicho, que no-vida!
La imagen de Drácula, el príncipe de los vampiros, ha cambiado mucho a lo largo de la historia del cine. Primero fue Nosferatu de Murnau, donde se le mostraba feo y calvo; mas tarde, Bela Lugosi le dio su imagen de hombre refinado, con capa y frac; a partir de ella,Christopher Lee, bajo el sello de la Hammer, nos mostró un conde de enorme poder de seducción, al que las mujeres le ofrecían ansiosas su cuello.Werner Herzog en Nosferatu quiso juntar el de la época muda con la historia de Drácula, encarnado por Klaus Kinski; John Badham fue el primero en querer ofrecernos su imagen romántica en Dracula , aunque sin perder el erotismo, con Frank Langella; y finalmente George Hamiltón se rió del mito con Amor al primer mordisco.... hasta que llegamos al Dracula de Coppola.
El título, Dracula de Bram Stroker, nos quiere indicar que es la versión mas fiel de la novela; es cierto, en parte, ya que la historia de amor de Dracula y Mina en el libro no existe. Aquí el conde es un personaje enormemente romántico: a la que se entere del suicidio de su amada, renegará de su Dios, por el que había estado luchando hasta entonces, convirtiéndose en un no-muerto. Tras cruzar océanos de tiempo (pedazo frase), volverá a encontrar a la mujer de sus sueños; sabe que las circunstancias han cambiado, que la única manera de poder estar juntos es convertirla en un vampiro como él, y por eso duda antes de hacerlo (“Te quiero demasiado para condenarte”), pero sorprendentemente ella aceptará, harta de la rígida moral victoriana (“Apártame de toda esta muerte”)
Pero la gran diferencia de esta adaptación es el envoltorio de la historia; Coppola, a quien ya le había gustado hacer experimentos en Corazonada o Cotton Club, por ejemplo, aquí consigue imágenes sorprendentes, fascinantes, que le dan a la película una dimensión mas de relato fantástico que de terror, con sombras juguetonas (homenaje a Nosferatu ) o nubes que se convierten en ojos, por nombrar algunas.
Gary “camaleón” Oldman interpreta a dos Draculas: el del principio, viejo y con un cierto aire japonés, para dar paso a otro mas joven, pero los dos prescinden de la típica capa negra y hasta el tono de voz es distinto de uno a otro.
Anthony Hopkins es Van Helsing, el eterno enemigo del conde, que aquí cuenta con un peculiar sentido de humor.
Winona “miss indie “ Ryder da la imagen necesaria de ingenuidad, belleza y sensualidad
El resto del reparto sigue siendo espectacular: Keanu Reeves, Tom Waits, Monica Bellucci...
La película tuvo tanto éxito que despertó de nuevo una fiebre por los vampiros (Entrevista con el vampiro) o las nuevas adaptaciones de clásicos del terror gótico (Frankenstein), que siendo buenas, no fueron tan innovadoras.
Pero no nos engañemos, como decían Desde Santurce a Bilbao blues band (un poco de memoria histórica del pop español, por favor) :
“El nuevo vampiro juega al golf
y desayuna con un ordenador;
perfeccionó un sistema de succión
que nos extrae la sangre sin dolor.
La vulgar dentellada
ha quedado anticuada;
los tiempos han cambiado,
Dracula no seas camp
hoy cualquiera lo haría mucho mejor que tu
Vuélvete al ataúd y descansa
con una estaca en el tercer espacio intercostal”

No se puede decir mas claro.
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J' ACCUSE


Dos días.

He esperado dos días para ponerme a escribir este alegato-uséase-rajada contra la venta a precio de saldo del alma de Oliver Stone al lagrimeo hollywoodiense más convencional. Dos días he dejado nacer y morir para que el tiempo determinase si la indignación y la profunda incomodidad que me produjo la visión de este filme estaban más llevadas por los prejuicios que por el análisis objetivo. También he querido leer unas cuantas críticas de gente que sabe mucho más que yo de esto; pero como no existe tal entelequia (o sea, nadie que la tenga más larga) (la cinefilia), me he conformado con leer a la chusma. Me ha sorprendido la cantidad de opiniones condescendientes con la película, alabando el bagaje técnico del mismo y considerándola, incluso, “entretenida”. ¿”Entretenida”? Quizás te lo pueda parecer si estás indignado con TVE por haber retirado la “entretenida” serie “Ellas y el sexo débil”, por ejemplo... O si pasas unas “entretenidísimas” tardes con la película “basada en hechos reales” de Tele 5... “World Trade Center” es una película aburrida. Durante gran parte del metraje, SOBERANAMENTE aburrida. Pero no es esto lo que me causa la irritación (creo que incluso cutánea, porque esta erupción en el lobulillo de la oreja es nueva). Estoy, estamos, muy acostumbrados a que Yanquiland nos atormente con hermosas historias de drama personal + superación + familia feliz = alegría de vivir. Era inevitable que aprovechasen, tarde o temprano, la tragedia de las dos torres (y no, en este caso no me refiero a la última película de la saga de los anillitos; es pelín tediosa, pero no tanto como para definirla como “tragedia”) para sacar réditos de las lágrimas ajenas. Lo que me agria la (mala) leche es que el encargado de esta operación sea Oliver Stone. No Ron Howard. Ni Michael Bay. Oliver Stone. Por eso, yo acuso.

Acuso a Oliverio Piedra de genuflexionarse a la Orden de la Taquilla para hacer la más condescendiente y convencional de las posibles películas sobre el 11-S. Y de traicionarse a sí mismo y a su trayectoria. Y de la muerte de Manolete (bueno, vale, esta última la retiro. Aunque yo diría que el ácido bórico encontrado en la casa de Stone... no sé, no sé...). Para reforzar estas acusaciones, a las pruebas me remito (to the proofs I’m remiting) (para que lo entienda el abogado de Oliver):

a) El acierto de mostrar el primer choque con una sombra y un nimio temblor no impide que a la primera parte de la película le falte la sensación de caos que se supone que ha de vivirse en una situación como esa, en la que la falta de noticias hace que todo sea más convulso. El personaje interpretado por Nicolas Cage, John McLoughlin, llega a decir mientras conduce el autobús policial hacia las torres, que “No estamos preparados para algo así”, en un tono definitivo, como si estuviese concluyendo sobre algo que sucedió hace meses.

b) La factura técnica de la cinta es, por descontado, impecable. Pues claro. Es Oliver Stone, hombre... ¿Es eso suficiente? No y mil veces no. La carrera de Oliverio observa una trayectoria muy marcada de valentía y, en particular, de un Punto de Vista al servicio del cine. No repasaré ahora su filmografía, que sino esto va a quedar muy largo, pero la definitiva, arriesgada y excepcional “JFK” es la evidencia más concluyente de lo que estoy afirmando.

c) A partir del derrumbamiento de la torre (excelentemente mostrada), y de que los personajes principales queden atrapados entre los escombros, Stone da paso al núcleo central del film, de alrededor de una hora de duración, en el que, esencialmente, ocurre... NADA. Un primer vistazo a las familias desoladas, y luego, venga sufrimiento de amantísimas esposas, y venga sufrimiento de valerosos policías. Diálogos reiterativos, numerosísimos y gratuitos flashbacks-qué-felices-éramos-ayer... Al carajo la tensión narrativa. Así hasta el rescate, los últimos veinte minutos, en los que Stone no tiene ningún reparo en activar todos los interruptores del snif-snif de destrucción masiva.

d) El puñetero marine. Uno de los personajes más vergonzantes de la carrera de Stone, aunque imagino que habrá que repartir culpas entre Oliverio y su guionista, Andrea Berloff. Un tipo que se levanta del sofá al grito de “Estamos en guerra” para dirigirse a la Iglesia a contarle a su confesor que se marcha a New York, no sin antes... ¡raparse el pelo! Cómo no, este será el héroe que encuentre a los policías atrapados...

e) La escena más hediondamente ridícula, chusca, gazmoña y estrambótica que ha filmado Stone en su vida (y mira que en “Asesinos natos” perpetró varias candidatas al premio...). Hablo de la increíble imagen onírica en la que Jesucristo ofrece una botella de agua a Will Jimeno (Michael Peña) . Creo que se explica por sí sola. Y encima nos la hace tragar por duplicado (si no quieres taza). Que sí, que seguro que el amigo Will tuvo ese sueño en realidad. Y seguro que también soñó con que le rescatase Angelina Jolie vestida de colegiala, pero eso no hubiese justificado el correspondiente cameo de morritos-Jolie...

Sepan, señores del jurado, que me dejo más pruebas en el tintero (como el desaprovechamiento de dos actrices competentes como Maggie Gyllenhaal y Maria Bello, o la elección de Nicolas Cage, la prueba definitiva de la intención con que está pergeñada la película), pero ya tienen suficientes. Espero que dispongan buen criterio a la hora de juzgar. He dicho.

Nota del director (del manicomio): Émile Zola, perdona a Marcbranches porque no sabe lo que hace. Ni lo que escribe. Te prometemos doblarle la medicación.
 
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