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Weblog dedicado al mundo del cine, tanto clásico como actual. De Billy Wilder a Uwe Boll, de Ed Wood a Stanley Kubrick, sin distinciones. Pasen, vean y, esperemos, disfruten. Si no es así, recuerden que NO han pagado entrada.
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DIRECTOR BLANCO, CORAZON NEGRO




Por casualidades del destino mi compañero y yo hemos coincidido con dos películas de Katharine la Grande. Bueno. Porque ella lo vale.
Aprovechando que se cumple el centenario del nacimiento de John Huston (buena cosecha la del 1906: Billy Wilder, Luchino Visconti, Roberto Rossellini y John Huston), recordemos una de sus películas más refrescantes, ideal para el verano.
Huston quería irse a Africa de safari, de modo que, con el pretexto de querer dirigir una película, enredó a los estudios y a su amigo de borracheras Bogey, para ir allí a rodar La reina de Africa.
Así se lo explicó Bogart a Bacall :"El Monstruo quiere que vaya a rodar en plena selva africana, con cuarenta grados a la sombra, en una aldea plagada de mosquitos y rodeada de animales salvajes. Naturalmente, he aceptado...". Bogey llamaba El Monstruo a Huston ya que era la única persona a la que conocía capaz de beber tanto como el.
El rodaje fue toda una aventura, y tenemos buenas muestras de ello en la película Cazador blanco, corazón negro, o el libro Como fui a Africa con Bogart, Bacall y Huston y casi pierdo la razón, con anécdotas tan conocidas como por ejemplo que Kate enfermó mientras Huston y Bogart estaban como unas rosas, ya que no tocaron ni una gota de agua.
A pesar de que Huston pudiera estar más pendiente de la caza de un elefante que de la película, desde luego ésta no se le fue de las manos, pues se nota su sello. Los protagonistas son dos perdedores, como es habitual en su filmografía; dos personas totalmente distintas (el borrachín y vulgar, ella estricta y reprimida), que acaban encontrando el amor cuando menos se lo esperaban y de quien nunca se habrían imaginado (la cara de Bogart al darse cuenta de ello es todo un poema). Que dos personas así se atrevan a enfrentarse solitos a los alemanes montados en una cáscara de nuez ya es una buena muestra del sentido de humor de Huston, pero los dos acaban siendo tan entrañables que el público no habría aceptado que no tuvieran un final feliz.... y casados por los alemanes a quienes acaban de torpedear.
Bogart consiguió su único Oscar con su interpretación de Charlie Allnut, un hombre vulgar, más bien débil, a pesar de su aparente dureza, pero que acabará contagiado por el entusiasmo de Rosie. En esta ocasión dejó de lado la gabardina y fue mas vulnerable, como por ejemplo en su escena de las sabandijas (Huston le hizo creer que por error habían algunas de verdad, para dar mas realismo a la escena... y reírse un rato)
Katharine Hepburn, hizo una conmovedora Rosie; una solterona de fuertes principios religiosos, pero al igual que Charlie, ella también irá cambiando, ganará en espontaneidad y calidez y será mas tolerante. Kate a partir de entonces se especializó en ese tipo de papeles, como en El rifle y la biblia, El hombre de la lluvia o Locuras de verano. De la espléndida belleza de su juventud, un tipo de belleza atípico y moderno, representando a una mujer fuerte e independiente, con el paso del tiempo, y ya con el pelo recogido, pasó a este otro tipo de papeles, en apariencia distintos, pero la fuerza interior seguía igual.
Una película por la que no pasa el tiempo, aunque se noten las transparencias, los trucos y todo lo demás, porque está impregnada de un sentido de la aventura y del humor contagioso y cuenta con dos monstruos frente a frente.
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PROTESTO, AMOR MÍO




Vamos a darnos el gustazo de un buen vino añejo, cosecha 1949. Sólo para ocasiones especiales, uno de esos que se saca a las visitas que realmente te hacen ilusión. Bueno, que los sacan la gente de posibles; yo lo más añejo que tengo es un cartón de leche caducado oficialmente el 04-06-2003 y unas Páginas Amarillas de hace doce años que realmente hacen honor a su nombre. “La costilla de Adán”, la comedia que devolvió a la pareja Spencer Tracy-Katharine Hepburn a los primeros puestos de las taquillas y la atención de los medios, después de algunos años de fracasos de público y crítica. De hecho, hay que decir que la Hepburn (si no lo digo reviento: ¿Cate Blanchett como Kathy Hepburn? ¿Qué te metiste el día del casting, Marty? ¿Y en qué cantidades? ¿Y, quizás lo más importante, por dónde?), hasta que llegó “Una historia de Filadelfia”, era considerada veneno para la taquilla. Una comedia-con-pareja-glamourosa alrededor de la tan cacareada guerra de sexos que tanto mal cine y pésima literatura nos ha traído. Película, más que nada, de extraordinarios diálogos, muy punzantes en algunos momentos. Como ejemplo, este extraído de la primera conversación entre Amanda (Hepburn) y Doris Attinger (Judy Holliday):

-¿Cuándo empezó a notar que perdía el afecto de su marido?
-Cuando empezó a pegarme.

O este otro entre, again, Amanda, y Kip (David Wayne), el amigo-buitre de turno:

- Está usted comportándose como... como... odio decirlo, pero...como un hombre.
- ¡Amanda, por favor, cuide su lenguaje!

La dirección de George Cukor, gran amigo y confidente (hasta les dejaba su pisito para... bueno... leer a Kierkegaard) de la parejita Kathyspencer (¿Qué pasa? ¿No se les llama Brangelina a unos que yo me sé?), es elegante a la par de sencilla (como las infantas de España), siendo consciente de quiénes son los reyes de la fiesta. Hay dos escenas en particular por las que siento especial debilidad. Una es la noche posterior a su primer enfrentamiento en el juzgado, eligiendo al jurado, al volver a casa. Cukor nos muestra más de cinco minutos de carantoñas, arrumacos y frases cariñosas entre la pareja, como si no hubiera pasado nada por la mañana, pero ofreciéndonos la sensación de que la bomba está más cerca de estallar de lo que parece. En el cine americano de hoy en día una escena así es absolutamente imposible (en ese lapso de tiempo, Michael Bay ya ha destruido tres planetas y ha exterminado dos razas diferentes). La otra escena de la que hablo es la que sigue al veredicto. Al finalizar el juicio, los Attinger son fotografiados por la prensa con los niños, juntos y alegres, como si nada hubiese ocurrido. Los dos abogados, sin embargo, apenas pueden aguantarse la mirada. Las secuelas de la guerra han causado más mella en ellos que en los implicados del caso.

Hay, por supuesto, en el film un amago de crítica a la desigualdad de sexos; no podía ser de otra manera en una cinta al servicio, no nos engañemos, de la pareja protagonista, y en especial de la Hepburn, conocida activista pro-derechos de las mujeres. Sin embargo, al final nos deja la sensación de empate técnico, ni que sea tan sólo por las triquiñuelas de Adam, el personaje de Spencer Tracy. Por otro lado, ese cierto servilismo al aura de la pareja protagonista, y la propia ligereza de la película, que en ocasiones parece que depende exclusivamente de la química de los actores, me produce la sensación de film ligeramente sobrevalorado, inferior a otras comedias de la época. Quizás es que, simplemente, me gusta más Cary Grant... Curiosamente, a pesar de ese servilismo del que hablo, hay dos secundarios que salen claramente victoriosos de la batalla: victoria que, desde luego, no es ajena a Cukor ni a los guionistas Ruth Gordon y Garson Kanin. Hablo de Judy Holliday, que está espléndida en sus apenas dos escenas de lucimiento que aprovecha a la perfección; y de David Wayne, al que le dieron la consigna de ser tan gracioso como irritantemente plasta en muy poco tiempo, y lo consigue. Entre otras cosas, gracias a la inaguantable canción “Farewell, Amanda”, escrita expresamente por Cole Porter para el film, y que con toda probabilidad compuso con la cabeza metida en un cubo de Jack Daniel´s. Finalizo el artículo con una frase precisamente de este personaje, que viene a ser la Madre de todos los Chistes de Abogados que tanto se usan en las series de ídem, y que nos viene al pelo: “Los abogados no deberían casarse con abogados. Es endogamia, y hace que salgan hijos idiotas. Y luego se hacen abogados.”

Chúpate esa, Ally McBeal.
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YO DISPARE A LIBERTY VALANCE




Mademoiselle la directrice ha vuelto, para desesperación de los marcbranchistas. Felicito a mi compañero por haber cubierto mi ausencia tan brillantemente, de tal manera que nuestros múltiples lectores ni se habrán dado cuenta de mi marcha (snif, snif) Pero en fin, como decíamos ayer...

“Me llamo John Ford y hago westerns”; ésta era la forma habitual de presentarse de este maestro del cine. Lo tenía muy claro, lo suyo era el Oeste, Monumental Valley, los indios, la caballería...
Antes de que se usara el nombre de “western crepuscular”, que tan buenos resultados ha dado como Sin perdón o Duelo en Alta Sierra, El hombre que mató a Liberty Valance ya definió perfectamente como han de ser: Con unos héroes perdedores, cansados, y una sensación de nostalgia por un tiempo pasado que no se va a repetir.
John Wayne y Lee Marvin representan el viejo Oeste; aunque cada uno está en un lado distinto, los dos son hombres acostumbrados a resolver los problemas a golpe de pistola, curtidos en varias peleas porque se han tenido que enfrentar a un entorno muy duro; pero si John Wayne sólo usa la violencia para defender lo suyo, Lee Marvin la usa con cualquier pretexto, e incluso con placer (léase las risas histéricas cuando le dan la tremenda paliza al periodista “-Liberty Valance tomándose libertades con la libertad de prensa-“) . Soberbia escena.
James Stewart representa el nuevo Oeste; sabe que el uso de la violencia finalmente no sirve para nada, sino para generar más violencia, y quiere imponer la ley en lugar de las pistolas, porque las circunstancias han cambiado.
Todo parece muy simple ¿verdad? Casi podrían pasar cada uno de los personajes por símbolos, pero Ford consigue que ni siquiera nos demos cuenta de ello, y los consideremos personas de carne y hueso, porque cuando una historia está bien contada, uno se traga lo que sea, como una Linda Lovelace cualquiera (adelantándome a mi compañero, que le veo venir)
La gran ironía de la película es que James Stewart conseguirá triunfar gracias a la fama conseguida por haber matado a Liberty Valance, y siempre le recordarán por eso, y no por otra cosa, haga lo que haga; sin embargo, la persona que realmente disparó acabará solo, enterrado en un simple ataud de madera y con el único adorno de un cactus. El viejo Oeste es enterrado en silencio, haciéndonos recordar que apreciemos las cosas buenas de los viejos tiempos, como una flor de cactus, aunque nosotros ya no sepamos apreciarla y prefiramos las rosas.
Una película de John Ford no sería lo mismo sin sus inolvidables personajes secundarios, como en este caso el periodista borrachín o el sheriff cobardica, soberbios.
Excelentes James Stewart, John Wayne (bueno, John Wayne siempre es John Wayne), y Lee Marvin.
A pesar de sus abundantes toques de humor, sin duda es la película más triste de Ford; el personaje de Wayne, Tom Doniphon, podía haber sido otro Líberty Valance, pero eligió el lado difícil, perdió la mujer que amaba, su casa, y el hecho que le habría hecho famoso es un secreto que se llevará a la tumba, ignorado por todos (“¿de quien es el funeral?”), porque el poder de la leyenda es tan grande que nada puede destruirla, y es que la muerte de Liberty significa también el fin del mundo que conoció Tom.
¿Se puede ser más crepuscular? Busquen, comparen y si encuentran algo mejor, cómprenlo.
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LA FUENTE DE LA VIDA




Venga-va, un tráiler. En este caso, el de “The Fountain”, la esperadísima tercera película del rarito Darren Aronofsky, artífice de esos dos orgasmatrones para gafapastas que son “Pi” y “Réquiem por un sueño” (en la cual Ellen Burstyn, que también forma parte del reparto de “The Fountain”, cruza las puertas del Olimpo cinematográfico creándonos pesadillas para el resto de nuestras vidas). Se estrena en noviembre en los Estados Aquellos y alrededor del 36 de diciembre en España (vamos, que aún no hay fecha). Protagonizan Rachel Weisz y un Hugh Jackman que se está trabajado una carrera más que interesante (si consigue el “Dos Caras” de la secuela de “Batman Begins” ya se puede retirar). Las imágenes del trailer son de babero tamaño-sábana; ya veremos luego... Ah, la peli va sobre “la búsqueda de la fuente de la vida a través de una historia de amor desarrollada en tres épocas diferentes”. O asín.
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UNIDOS 93



Como los que lean asiduamente este humilde blog (humilde a pesar de ser, posiblemente, el mejor de toda la Historia de los blogs) habrán ya comprobado, no tenemos, ni Alice le Directrice ni aquí vuestro seguro psicópata, voluntad de hacer crítica de cine actual, refiriéndome a cine actual como el que se va estrenando cada semana por esas salas de Dios (bueno, no sé si son de Dios exactamente; si es así, está claro que sus gustos cinéfilos son más que discutibles). Pero no nos cerramos a nada y, si algún estreno merece la pena y nos ha interesado lo suficiente, os iluminaremos con nuestro Faro de la Sabiduría Cinematográfica y os hablaremos de ella.

Ha sido el caso de “United 93”, el film de Paul Greengrass sobre los acontecimientos supuestamente ocurridos en dicho vuelo, durante el atentado terrorista llamado 11-S. Antes de nada, para los que van diciendo que es “un director de acción” por esos “prestigiosos” periódicos que nos amenizan cada mañana el croissant + café con leche = 1,90 euros, hay que remitirse tan sólo a su filmografía, y no obcecarse tan sólo con que es el realizador de “El mito de Bourne” (por otro lado, una estupenda película de acción). De hecho, se podría decir que su especialidad es el documento-ficción. Y, en concreto, el documento-ficción de grandes desastres terroristas. Empieza en el cine con “Bloody Sunday”, film sobre la tragedia de Derry, en la que 13 civiles desarmados murieron en una manifestación contra el gobierno británico en 1972, y que se convirtió en la espoleta que acabó de convertir el conflicto irlandés en una guerra civil. Y es el guionista (y probablemente el director encubierto) de “Omagh”, película originalmente de TV que se acabó estrenando en los cines españoles. Un brutal relato de la matanza de la ciudad irlandesa de Omagh en la que murieron 29 personas; la filmación del atentado y del drama posterior es impecable y te deja atado a la silla durante la primera mitad de la película, aunque luego, por desgracia, decae. A todas las define un sentido absolutamente realista, hasta la obsesión, un empeño por darle un barniz de documental, de hecho verídico, a todo lo que vemos en pantalla. Para eso, Greengrass nos deja al borde de la extenuación con su cámara en mano y su obcecación por los pequeños detalles. Todo esto se hace patente una vez más en “United 93”, con la dificultad añadida de tener que sortear las sensibilidades americanas, que son muchas, y medir muy mucho los límites del film. Para reforzar su realismo, Greengrass decidió, no sólo no utilizar ningúna actor mínimamente conocido, sino que se valió incluso de amigos y familiares de las víctimas, y de pilotos y azafatas de vuelo que interpretaron los papeles de sus fallecidos colegas. El cineasta británico pretende, y consigue, tocar la fibra del espectador desde la asepsia más absoluta, y mantener la tensión a través del suspense, a pesar de que todos sabemos perfectamente cómo va a acabar la historia. Eso tiene mérito. Contada en tiempo real y basada en las cajas negras y los testimonios de los trabajadores de los centros aeronáuticos, la cinta evita en todo momento los juicios de valor (si acaso, una muy sutil crítica al inmovilismo militar) y se centra en los acontecimientos, planificando al milímetro el desarrollo de los hechos entre los distintos focos de atención: la Torre de control de Boston, la Oficina Federal de Aviación (cuyo director hace de sí mismo) o, por supuesto, el propio avión, el cual sólo gana verdadero protagonismo en la última media hora, cuando actúan los terroristas. Antes de eso, vamos observando cómo el desconcierto se va apoderando de los distintos protagonistas, y lo hacemos desde su punto de vista. Nunca veremos el primer accidente, sino que presenciamos cómo reaccionan todos ante las noticias (la CNN se adelanta hasta a los militares... Claro, así luego pasa lo que pasa...que nos ponemos a buscar armas de destrucción masiva en Irak con detectores marca ACME...). Pero es con el segundo cuando nos estremecemos. Porque ese segundo ataque sí lo vimos todos en directo (con narración in live de Matías Prats), y nos produjo exactamente la misma aterradora sensación que a los protagonistas, debido a las dos inmediatas conclusiones que sacabas: a) no podía ser otra cosa que un atentado, era imposible que fueran dos accidentes; y b) ay-madre, cuántos más van a caer. Caos, desorganización y estupor se apoderan de todo cristo mientras el vuelo UA93 sigue, ajeno a todo, su andadura. Y entonces es cuando la trama se centra en el avión y se abandona la alternancia de los puntos de vista: los terroristas, que han abierto la película con sus rezos en la habitación del hotel, llevan a cabo la toma de la aeronave, y los pasajeros, poco a poco, pasan a ser los protagonistas. A través de las llamadas telefónicas que realizan a escondidas van sobrepasando el estupor inicial, rápidamente, al conocer los hechos del World Trade Center y el Pentágono. Consiguen (bueno, no todos) superar el horror para, unidos en la tragedia, realizar un último acto de heroismo. Heroísmo no tanto definido por sus acciones, quizá, como por la aceptación de la fatalidad, de la ineluctable arribada de la muerte. Algo antinatura en el ser humano, siempre con la manía esa de la esperanza. Los pasajeros del vuelo UA93 lo asumen, se enfrentan a ello, y, una vez en la certeza de que esos son sus últimos minutos, deciden que hay que acabar a lo grande. Unidos y a lo grande. Y lo hacen.
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PLAGIAR A FAULKNER



El otro día estábamos conversando Alice le Directrice (que, por cierto, está de vacaciones y me ha dejado a cargo del blog en solitario... insensata) y servidor, durante uno de los paseos que los médicos me permiten dar en el jardín, sobre el irrefutable hecho de que, hasta ahora, no habíamos hablado de cine español. Nada. Ni una palabra. ¿Merece el celuloide patrio tamaña desconsideración? Debatimos un rato al respecto, sin acabar de llegar a una conclusión sobre si había mucho dónde elegir, y quiénes y cuántos eran los indiscutibles del cine español que podrían tener cabida en un concepto tan generalista como el de este blog. Luego los enfermeros me llevaron a la celda y no nos quedó otra que dejar el tema pendiente: ¿con quién, o con qué film, abriríamos el primer post sobre cine español?

La respuesta, queridos niños, era obvia e irrefutable. No podía ser de otra manera, y he aquí el resultado. Sólo podíamos inaugurar la cinematografía patria con “Amanece, que no es poco”, el delicioso esperpento de José Luis Cuerda. Con toda seguridad, una de las escasas películas de culto reales del cine español. Una de esas de las cuales la gente que la ha visto, y se ha enganchado, repite una y otra vez líneas de diálogo, y las intercambia con sus congéneres de dicho culto, que dan pie a las réplicas con risas de complicidad. “Amanece, que no es poco” tiene decenas de frases de ese tipo, pero también es una de las rarezas más radicales del cine contemporáneo español, y, sin duda, una hija de los inquietos años ochenta.

El argumento, según sinopsis oficial, es el siguiente: Teodoro es un joven ingeniero que trabaja en la Universidad de Oklahoma y regresa a España para...

Bobadas.

“Amanece, que no es poco” no tiene argumento. No es una historia contada bajo los parámetros clásicos de los tres actos (presentación, nudo y desenlace). Es una sucesión de sketches, diálogos absurdos, situaciones pintorescas y personajes arrolladoramente divertidos, por lo surrealistas. El pueblo en el que se desarrolla la película tiene todos los ingredientes del pueblecito rural stándard de la iconografía typical-spanish: el cura, la guardia civil, el alcalde, el borracho del pueblo, el tonto, el pregonero. Pero ninguna de sus características típicas. Ninguno de los personajes se comporta de la manera que uno podría, digámoslo así, esperar. El maestro da clases a los niños a golpe de “gospel”, como si fuese una Aretha Franklin rural. El borracho se desdobla, literalmente. El cura da misa envuelto en vitores y ovaciones, como si fuese una estrella del pop. Los labriegos que van a trabajar cantando arias de Puccini. El hijo negro de Chus Lampreave (“Parece que tu hijo se está clareando”, “Qué va. Si le vieras las ingles...”). El bar del pueblo en el que se canta ópera de Haendel y la Guardia Civil supervisa y organiza las borracheras. Las elecciones del pueblo, en las que aparte del alcalde (“¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!”) se vota a la puta, las adúlteras (seis), el marimacho o la Guardia Civil, e incluso si hay que echar a los pesados visitantes de la universidad americana de Eaton. Los sudamericanos exiliados que “un día van en bicicleta y otro huelen bien”. El escritor argentino al que no se le ocurre otra cosa que plagiar “Luz de agosto”, de William Faulkner (“con la devoción que aquí tenemos por William Fulkner...”, dice José Sazatornil, el cabo santo de la Guardia Civil. Sí, dice “Fulkner”). Podría estar escribiendo hasta que la jefa volviese de vacaciones (ahora que lo pienso...) (vale, no).

Pero sin duda, lo que más ha quedado grabado en las mentes de sus cultistas es, por una parte, esa impagable pareja Antonio Resines-Luis Ciges, y por otra, el apoteósico final. Resines, en el film, es Teodoro, profesor en año sabático de la universidad de Oklahoma. Llega al pueblo en una cutre-moto con sidecar, en el cual transporta a su padre (de nombre Jimmy...), interpretado arrebatadoramente por el grandioso Luis Ciges. Los diálogos entre ellos son delirantes, ingeniosos, absurdos, surrealistas:

-“Papá, ¿por qué mataste a mamá?”
-“Porque era muy mala, hijo”
-“Pero yo la quería”
-“¿Es que no te gusta la moto que te compré?”

Decenas de ellos salpicados por todo el film. En cuanto al final, en el que el pueblo se reúne en el valle al amanecer, y al sol le da por aparecer por el lado contrario, el muy ladino (con un espíritu de contradicción desconocido hasta ahora)... A Saza esa insubordinación le puede, y se lía a disparos contra el sol y el propio esperpento, a los históricos gritos de “¡Ya no aguanto este sin dios! ¡Me cago en el misterio!”. Así, mientras el dios Ra consuma su traición, Valle-Inclán y André Breton, juntos de la mano, sonríen y se alejan del pueblecito. Objetivo cumplido.

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CINEASTA ANTES QUE FRAILE



La culpa fue del asma. Martin Scorsese, cineasta referencial de la historia del cine americano de los últimos, pongamos, chorrocientos años, empezó a utilizar inhalador (aparatito muy utilizado en las películas de terror con niño-plasta) de pequeñito. Papi y mami decidieron prohibirle la práctica de todo deporte, con lo cual le negaron toda posibilidad de ser mínimamente popular en el colegio. Así que el pequeño Marty, el chico de Little Italy, se puso a ver películas. Muchas. Y le gustaron. Y se empezó a aficionar a dibujar escenas de películas imaginarias con sus plastidecores: sus primeros story boards. Fundido en negro. A los catorce años se tropieza en la calle y se da un fuerte golpe en la cabeza, lo cual provoca un enajenamiento pasajero que le hace entrar al seminario (no sé si ocurrió así, es que si no no me lo explico…); Scorsese quiere ser Monseñor Martin, y darnos a todos sus fieles una buena hostia (con perdón). Por fortuna para la cosa esta del celuloide, se da cuenta de que el sueldo de director es mejor que el de sacerdote y decide volcarse en el cine. Gracias, Señor, y nunca mejor dicho… Pasamos a la Universidad de Nueva York, donde conoce a Brian de Palma, comienza a ganar premios estudiantiles de cine y escribe el guión de su primera película, “Who´s that knocking at my door?”. O sea que aprovechó el tiempo (no como yo…). Hasta aquí el momento “Esta es su vida”, ahora toca hablar de cine y de los componentes religiosos de su obra: redención y culpabilidad.

“Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”: dícese del famoso latiguillo católico que permite a sus fans perdonarse a sí mismos cualquier atrocidad cometida, incluso aquellas no perpetradas en nombre del Señor (que también las hay). Scorsese se empapa del concepto (el conceto es el conceto, Pazos dixit) en el seminario, de tal manera que ha ido haciendo hincapié en el asunto a través de su brillantísima y exuberante filmografía. Vamos a ver cómo va tocando el tema a través de algunas de sus películas.

-"Malas calles". La primera llamada de atención de Scorsese: hola, estoy aquí, voy a ser un clásico. Un tratado de culpabilidad barrio-italiana a través del inmenso Harvey Keitel, componiendo un chorizo católico-practicante deseoso de una vida mejor.

-"Taxi Driver". Primer clásico indiscutible. Casualidad, primera colaboración con Paul Schrader, ese profesional del culpabilismo y la redención. Scorsese apabulla a todos con la historia del insomne, solitario, inadaptado taxista ex-vietnamero Travis Bickle. Reconocedlo: todos habéis imitado delante del espejo lo de “Are you talkin´to me?”. Incluso sin saber inglés... Travis decide redimir a esa sociedad desvencijada y deforme que ni le mira a los ojos de la única manera que acaba llenándole: a tiro limpio.

- "Toro salvaje". Considerada por muchos como la mejor película de los ochenta. Por tanto, no ganó el Oscar (ganó “Gente corriente”, una película ídem). Recién salido de una sobredosis, Scorsese pergeña esta obra maestra indiscutible en la que pone los cimientos de lo que ha de ser una película de boxeo, aunque desde luego es mucho más. Jake La Motta (Robert de Niro, genial, e hinchándose-deshinchándose como un globo: a partir de aquí muchos actores creyeron que si engordaban 30 kilos o se afeaban convenientemente ganarían un Oscar. Por desgracia, varios de ellos/as acertaron) sólo es persona en el ring. Y, al final del film, en el escenario. Más que una redención, es una huida hacia delante. Huida de sus múltiples pecados.

-"La última tentación de Cristo". Nueva combinación explosiva con Schrader. El Cristo de Scorsese está lleno de dudas, de vacilaciones, es todo un ser humano. No es hasta su iniciático viaje al desierto donde comienza a darse cuenta de su status mesiánico. Un Jesucristo pecador, humano, incluso político. Extraordinariamente polémica, por tanto: la Iglesia y sus hooligans pusieron el santo (nunca mejor dicho) en el cielo. No entendieron el, en realidad, profundo catolicismo de la cinta. Ellos se lo pierden.

- "Uno de los nuestros". Para muchos es la mejor película de Scorsese. Por tanto, tampoco ganó el Oscar (lo perdió a manos de...”Bailando con lobos”... necesito un ansiolítico...) Ritmo endiablado, banda sonora cargada de clásica música americana, y una antológica frase final: “Ahora he de vivir el resto de mi vida como un gilipollas”. O sea, que a Nicholas Pileggi, el guionista principal del film, le interesa menos la redención: en el fondo, es un nostágico de la mafia organizada. Cada uno sabía el papel que le tocaba. Se podría decir que forma un díptico con “Casino”, puesto que los temas que toca son los mismos, aunque situando la acción a un nivel superior en la organización criminal.

-"El cabo del miedo". Taquillazo de Marty, en una de sus películas, quizás, menos personales, más adheridas a un género concreto; el cual, sin embargo, no estaba ni mucho menos tan desarrollado (=explotado) como ahora. Sus concesiones a la posteridad han sido el lametón digital de Juliette Lewis y la parodia de Cruz y Raya del Max Cady de tito Roberto; pero se muestra como pieza fundamental de la trama el sentimiento de culpa del abogado Sam Bowden (Nick Nolte), mal defensor de Cady en el pasado, y marido infiel en la actualidad. Un cielo de hombre.

-"Al límite". Una de las menos conocidas. Pero nos viene al pelo para este aborto de ensayo pseudocinéfilo que estoy perpetrando. Nueva colaboración con el calvinista Schrader; mucha iconografía religiosa (esos cuerpos estirados en el suelo en forma de cruz, esa mujer llamada María que se considera virgen), y otra redención en el haber del inquieto guionista. En este caso, una salvación por parte del personaje de Nicolas Cage, la cual ha precedido a un fracaso anterior que ha cargado a Cage con la culpa de no haber podido hacer nada. Viva la fe.

Por supuesto, hay algunas películas más en la filmografía scorsesiana que merece la pena comentar. Pero en lo que se refiere a los temas católicos favoritos (culpa y redención), diría que estas son las más significativas. Para que luego digan que el cine de Scorsese habla de violencia y mafias gangsteriles. Hablando de gangsters...

Bueno, de “Gangs of New York” hablaremos otro día...
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UN TRANVIA LLAMADO BRANDO




Un tranvía llamado deseo es la mejor adaptación que se ha hecho de una obra de Tenesse Williams, y eso se debe sobre todo a las interpretaciones de los dos protagonistas, sencillamente perfectas.
Vivien Leigh vuelve a interpretar a una sureña, Blanche du Bois, que viene a ser una Scarlett O’Hara neurótica tras la pérdida de Rhett si no lo hubiera recuperado, Escarlata ahora es Blanca, lo único que queda de ella es un incurable coquetería. Vive en un mundo de fantasía, donde todo es bello, se niega a ver la realidad porque la encuentra demasiado vulgar, y por eso no duda en “adornarla” con las mentiras que hagan falta. “No quiero realismo, sino magia “. Tiene pánico a la muerte, que la obsesiona, y la única manera de sentirse viva es con el sexo Añora los tiempos pasados en que su familia era rica y empieza a sentirse vieja pero eso es algo que no le gusta, “ya pensaré en ello mañana” (habría dicho su predecesora). Vivien da tantos matices a este personaje, muy cercano a ella misma, de tal manera que es imposible pensar en otra actriz para este papel.
Marlon Brando es Stanley Kowalski; un polaco que se ha casado con la hermana de Blanche. Es un hombre vulgar, que rebosa erotismo por los cuatro costados; ya es mítica la escena en la que, con la camiseta rasgada y mojado, llama a Stella como un gato en celo; es totalmente materialista y no dudará en romper lo que podría haber sido la salvación de Blanche, su matrimonio con Mitch, al decirle la verdad sobre ella. El magnetismo animal de Brando nunca había estado mejor aprovechado, y el juega con las simpatías que puede despertar en el espectador: es un extranjero, de clase inferior a su mujer, que tiene que soportar una visita inoportuna, su cuñada no para de echarle en cara que su hermana se merecía algo mejor, y casi siempre encuentra el lavabo ocupado con los eternos baños de Blanche; sabe que las necesitará para el final, aunque no sirvan para justificar su comportamiento.
El enfrentamiento entre el mundo de belleza ideal y el de sórdida realidad de Blanche y Stanley es inevitable, pero también lo es su atracción.
Toda la escena anterior a la violación de Blanche está llena de sugerencias; no hay blanco y negro, víctima y verdugo, es Blanche la que desde el primer momento, subconscientemente, provoca a Stanley de una manera sutilísima, poco a poco, sabiendo cual va a ser su reacción, pero el contacto con la realidad será tan brutal (una noche de sexo salvaje con Brando, ahí es nada) que hará que se refugie por completo en su mundo de fantasía ya de una manera irremediable.
No podemos olvidar a Karl Malden y Kim Hunter, testigos de el lento viaje a la locura de Blanche, estupendos también, intentando mantener el equilibrio entre el mundo de la sureña y el del polaco.
Una magnífica banda sonora de jazz y una espléndida fotografía, hacen el resto.
Como complemento, recomiendo el episodio de los Simpson en que Marge interpreta a Blanche en una versión musical de la obra, con Ned Flanders como Stanley, aunque el auténtico Stanley es, sin la menor duda, Homer.
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EL SOMBRERO QUE NUNCA ESTUVO ALLI



A los hermanos Coen siempre les ha gustado jugar con los géneros, y adaptarlos a su manera; lo han hecho con las comedias tipo Capra, por ejemplo, pero el cine negro es el que han usado mas veces, enfocándolo de mil maneras distintas.
Muerte entre las flores es su versión más fiel al estilo clásico, y probablemente su mejor película.
Como en todo cine negro que se precie, no hay nadie absolutamente bueno ni malo: policías y políticos corruptos, femme fatale, gangsters ambiciosos...
Adaptación muy libre de La llave de cristal de Dashiell Hammett y casi tan enrevesada como El sueño eterno de Raymond Chandler (con unas bases así, cualquiera), nos presenta el enfrentamiento de dos bandas mafiosas, una irlandesa (Leo O’Bannon) y otra italiana (Johnny Caspar), que hasta el momento habían sido amigas, pero cuando el jefe de una de ellas pide al jefe de la otra que se elimine a uno de sus miembros y éste se niegue, ya que es el hermano de su amante (cherchez la femme), empezará la guerra. El brazo derecho de Leo, Tom, usará un rebuscado sistema para solucionar las cosas, aunque eso implique parecer un traidor de su ex-jefe, ya que sabe que éste ha tomado una decisión equivocada.
Ambientación, fotografía, diálogos, todo está cuidado al detalle, y cuenta con escenas tan impactantes como la matanza en la casa de a ritmo de Danny boy (vale, los Coen han visto a Peckinpah, pero se nota que han aprendido bien la lección).
Gabriel Bryne es Tom Regan ; una persona acostumbrada a pensar mas que a actuar y con un sentido de la lealtad bastante peculiar, lo que le convierte en un gangster fuera de lo corriente. “ ¿Qué corazón?” le dirá a Bernie, casi al final, cuando éste le pide –una vez más- que mire dentro de su corazón; es prácticamente imposible averiguar los sentimientos de este personaje, digno sucesor del Sam Spade de El halcón maltés. Sus diálogos con Velma no tienen desperdicio, son frases afiladas como cuchillos, en el mas puro estilo Bogart/Bacall, solo que lo que en ellos era un juego, en Tom y Velma es un sistema de autoprotección.
Albert Finney es Leo, probablemente el personaje mas “ingenuo” de la película, quiere a Velma y eso le impide ver los inconvenientes de su decisión.
John Turturro es Bernie, se aprovecha de la necesidad de protegerle que tiene su hermana para hacer lo que quiere, así como de la debilidad de Tom a la hora de matarle; aunque con alguien como Tom nunca se sabe, tal vez hasta eso lo tenía planeado.
Jon Polito es Johnny Caspar y está magnífico; mi escena favorita es cuando le viene su insoportable hijo y no le para de hablar, hasta que él le da una bofetada “deberías aprender de este hombre; pensar más y hablar menos”; impagable su cara en ese momento.
Es curiosa la obsesión que tienen estos hermanos con el círculo, que en este caso es un sombrero volando, que recuerda a la bolsa de plástico de American beauty . Tom sueña siempre con que está en un bosque persiguiendo un sombrero que se ha llevado el viento, y como él dice “no hay nada mas ridículo que un hombre persiguiendo su sombrero”; tal vez ese sombrero es el que le protege de los demás, escondiendo sus sentimientos; curiosamente, todas las veces que está en apuros (le golpean o intentan matarle) se le cae el sombrero.
Si el comienzo es un homenaje a El padrino, con la petición de Jon Polito a Albert Finney, el final recuerda al de El tercer hombre, con Velma alejándose de Tom.
A propósito, una vez preguntaron a los Coen qué contenía la caja de Barton Fink y respondieron “El sombrero de Muerte entre las flores”.
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VOTA ROBERTS. COMPRA SU DISCO.



Bob Roberts” (sabe Dios por qué en España le añadieron lo de “Ciudadano…”. ¿Alguien pudiera/pudiese explicarme qué es lo que cambia ese añadido? ¿Que tengamos claro que pertenece a una ciudad? Si es que me provocan…), la primera película como director de Tim Robbins, es del año 1992. Han pasado, pues, 14 años. Vista hoy de nuevo, resulta tan actual que asusta. Realizada al albor de la Guerra de Irak versión 1.0, y justo cuando acaban de elegir a Bill Clinton presidente de los Estados Unidos de etcétera, Tim Robbins se desmelena con un excepcional falso documental sobre el personaje público llamado Bob Roberts. Un cantante de folk, rico, famoso, católico hiperpracticante, conservador (más que conservador, frigorífico), derechón como él solo, vamos, que, con el apoyo económico de un poderoso lobby que nunca llega a asomar el hocico, y su fortuna personal, decide presentarse a las elecciones a senador por Pensilvania, contra el actual poseedor del escaño y máximo favorito, Brickley Paiste (muy bien interpretado por Gore Vidal, en una decisión de casting muy significativa; de hecho, Gore Vidal improvisó la mayoría de sus diálogos); un político a la antigua, algo idealista, que poco a poco se ve desbordado por las maniobras de Bob Roberts y su equipo. Empezando por colgarle, así como quien no quiere la cosa, un asuntillo con una menor a través de una oportuna foto fuera de contexto. Hay que decir, sin más dilación, que la realización de Robbins es excepcional. El aire, como hemos dicho, semidocumental, que no abandona en ningún momento, con nerviosas cámaras en mano siguiendo la enfebrecida campaña del candidato folk (¿alguien se imagina al Fary presentándose a presidente de España-nación-de-naciones-oasí? Pues eso), es ideal. Por otra parte, se luce extraordinariamente en escenas como la de la canción que toca en silla de ruedas delante de un amplio grupo de gente, trasladando la cámara a través el recinto con limpieza y acabando, discretamente, en un pie con “exceso” de ritmo de Roberts que aclara muchas cosas…. O los videoclips de Roberts que van salpicando el documental; el mejor, sin duda, el del “Wall Street rap”, en el que fusila, literalmente, el de “Subterranean homesick blues” (sí, ese en el que Bob Dylan va tirando carteles con frases de la canción escritas). De hecho, el título del supuesto segundo álbum de Bob Roberts es “The Times are Changing´Back”; y el del primero es “The freewheelin´ Bob Roberts” en respuesta a un álbum del cantautor llamado “The freewheelin´ Bob Dylan”. Vamos, que el pelanas de Dylan no es su favorito precisamente. Pero vamos a pararnos un momento en el asunto musical de la película, porque tiene su miga…

Aún no lo he dicho, pero, para los que aún no han visto la cinta, hay que señalar que Bob Roberts no sólo no abandona su carrera de cantante para presentarse a senador, sino que la potencia; de hecho, ambas trayectorias se retroalimentan. La fama del cantante le sirve al candidato para aumentar su popularidad; la cual, a su vez, le facilita vender más y más discos. Los temas fueron compuestos por Tim y David Robbins (pues claro, su hermano) , y son todos demoledores. Pero quisiera destacar “Complain”, un pegadizo tema contra las ayudas sociales (“Some people will work/ Some people will not/ But they´ll complain and complain and complain) ; “My land”, ejercicio patriotero llamado a encender millones de mecheros en los estadios; y, en particular, la brutal “What did the teacher tell you”, cantada por Roberts en un colegio de críos no mayores de diez años, en la que arremete contra los profesores rojillos que llevan a los niños por los pérfidos caminos del comunismo, el sexo fuera del matrimonio y el ateísmo… Por desgracia, Tim Robbins (con buen criterio) decidió no editar la B.S.O. con estas canciones para que no pudieran ser utilizadas fuera de contexto.

Hay varios personajes clave en esta película, que representan perfectamente su papel en la sátira pergeñada por Robbins. Quizás el que más chirría, en buena parte debido a su en exceso histriónica interpretación, es el de Alan Rickman, una especie de mano derecha-guardaespaldas de oscuro y conflictivo pasado (en cualquier caso, no más que su presente…); Rickman se pasa tanto de vueltas que parece el primo torpe del Dr. Strangelove. Casi igualmente histriónico, pero mucho más ajustado, está Giancarlo Esposito en el papel de “Bugs” Raplin, periodista de una revistilla política de tres al cuarto que persigue a Roberts con afán con el propósito de hundirle. Él SABE lo que está pasando, y, lo más importante, es el único con la independencia suficiente para contarlo. Este personaje es el uppercut de derecha de Robbins a los grandes mazacotes mediáticos yanquis. Como anédotas del reparto, destacar que aquí asistimos al primer trabajo de Jack Black, como fan enajenado del candidato Roberts, que le sigue a todas partes con expresión bovina y la misma gabardina (además de este papel, Black hizo coros en algunos de los temas). Anotemos igualmente la cantidad de cameos que hay en la película, al estilo Santiago Segura (pero con actores de verdad: nada de Gutis y Cañitas Bravas) , la mayoría interpretando a locutores de TV (y tampoco creo que sea casualidad). Ojo a la lista: James Spader, Pamela Reed, Helen Hunt, Peter Gallagher, Fisher Stevens, Fred Ward, Susan Sarandon, David Strathairn, John Cusack

El final del film es catedralicio. Roberts, a pesar de un supuesto intento de asesinato (en realidad, en parte gracias a él), gana las elecciones. El periodista Raplin es asesinado por unos fanáticos de Roberts. El conductor del documental lo cierra en el Capitolio, delante de una estatua de Thomas Jefferson, principal autor de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos y firme defensor de la democracia. Después de los créditos, una sola palabra: “VOTE”. En definitiva, Robbins dispara, no sólo contra la derecha reaccionaria americana ( a fin de cuentas, él es un izquierdista radical, no podíamos esperar otra cosa), sino contra el sistema político estadounidense, que permite la manipulación a gusto del consumidor de los resortes de dicho sistema. Y se quedó a gusto, el hombre.
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DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERCEN A MI




No, no voy a hablar de Michael Jackson.

Erase una vez dos niños a quien su padre confió un tesoro; lo que no sabían es que un ogro (no, no es Shrek) lo estaba buscando, hasta el punto de que se casó con la madre de los niños para encontrarlo. Los hermanos huyeron a través de un bosque encantado, en el que encontraron a una hada buena, que les defendió del ogro. Y colorín, colorado....
La única pelicula dirigida por Charles Laughton es un maravilloso cuento de hadas y al mismo tiempo un retrato de una América rural, castigada por la Depresión, habitada por gente codiciosa que se deja engañar fácilmente por la palabrería religiosa y dispuesta enseguida a cualquier linchamiento.Desgraciadamente, nunca podremos saber hasta donde habría podido llegar Laughton como director, pero su comienzo no pudo ser mas prometedor. En su momento fue un fracaso, y eso hizo que no dirigiera nada más; la gente no estaba preparada para una historia así, que mezcla fantasía y realidad de una manera tan sorprendente, ¿porque no será todo tal vez un cuento explicado por la Srta. Cooper a los niños? Hay momentos en que Powell parece un dibujo animado. Tal vez haya sido lo mejor; si se hubiera hecho ahora habría habido continuaciones con el predicador en plan psycho-killer, que tal vez hubieran culminado en Hannibal vs. Harry.
Robert Mitchum está hipnótico, fascinante como el predicador Harry Powell; representa la maldad en estado puro, aunque él lo haga todo por su Dios, y eso aún lo hace más inquietante. Odia a las mujeres, ya que para son las responsables de todos los pecados. Sumamente reveladora la escena en la que, en una especie de cabaret, a la que ve a una bailarina mete la mano del ODIO (por supuesto) en el bolsillo de su chaqueta, y atraviesa el bolsillo el filo de su navaja. Freud seguro que la habría encontrado interesante. Ya forman parte de la historia del cine sus manos tatuadas con las palabras AMOR y ODIO, al igual que su discurso con las manos entrelazadas explicando la historia de la lucha del bien y del mal, porque de eso va la película, pero el bien y el mal a veces están tan entrelazados que cuesta distinguirlos.
Shelley Winters es la madre de los niños, Willa Harper; una mujer débil, que necesita tener un hombre a su lado, y no se da cuenta del peligro que corren sus hijos. La escena de su muerte es fabulosa: Powell mira al cielo y se queda absorto mirando la luz, como esperando una confirmación divina de lo que va a hacer; también lo es la de la noche de bodas, cuando el reverendo le explica que no habrá sexo entre ellos, y a partir de entonces ella se convierte en una fanática religiosa (Por cierto, Mitchum también tuvo problemas con su noche de bodas en La hija de Ryan, aquí hay algo que no encaja).
Lillian Gish, una de las grandes damas del cine mudo, es la mujer que acoge a los niños, la Srta. Cooper. Bajo su apariencia fragil, se encuentra una mujer dura y fuerte como una roca. El hecho de que esté rodeada de niños y su propio hijo la haya abandonado nos sugiere que en realidad está intentando llenar el vacio de su hijo, y que él probablemente la hubiera dejado por su extrema dureza. La rapidez con que actúa a la que John dice “No es mi padre” y ella responde “Entonces tampoco es un predicador” sacando una escopeta, parece confirmarlo.
Solo durante un breve e inquietante momento, Bien y Mal coincidirán, cuando por la noche, mientras Powell espera fuera de la casa para atacar a los niños y la Srta. Cooper está sentada en el porche vigilando con un arma en la mano, el reverendo se pondrá a cantar salmos religiosos (magnífica voz la de Mitchum, no es de extrañar que grabara un disco de .... calypsos) y ella acabará uniéndose a su canto.
La fotografía de Stanley Cortez es fabulosa, consiguiendo imágenes como el cadáver de Willa en el fondo del lago, con su cabello flotando, confundiéndose con las algas, o las de el recorrido de los niños por lo que parece un bosque encantado, o la aparición de la sombra de Powell montando a caballo, son buena muestra de ello, dando ese aspecto entre mágico y real.
John, a la que detengan al reverendo, sentirá el mismo dolor que cuando detuvieron a su padre, y le arrojará enojado el dinero que éste le había confiado, Su infancia ha terminado.
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LA INDISCRETA VENTANA DE MONSIEUR HIRE



Y un día se empezó a hablar de “El marido de la peluquera”. Me refiero a nivel de periódicos, televisiones, etc. Llevaba más de un año en cartelera, y la gente seguía yendo en peregrinación gafapasta a verla en, pongamos por caso, el cine Verdi. Todo un acontecimiento que no pasó desapercibido a mis incipientes ojos de cinéfilo. Así que la cogí en vídeo (frase que dicha por un argentino tendría unas connotaciones absolutamente diferentes) , y he de decir que me gustó el aire onírico que impregnaba la cinta, ese romanticismo demodé. Claro que de aquella seguramente no sabía explicar qué leches es “un aire onírico”; mis sesudas críticas de cine se podían resumir en dos corrientes fundamentales: “ah, pues está bien”, y “qué coñazo peli”. Poco después me empecé a interesar de verdad por el cine, a reconocer a los directores de las películas, y una madrugada me dio por ver “Monsieur Hire” en la tele, al rebufo de la curiosidad despertada por el “Marido de etc”. Y me impresionó de tal manera que, aún hoy, cuando pienso en soledad y perdedores, pienso en el desdichado Monsieur Hire. Interpretado de manera catedralicia por Michel Blanc, El sr. Hire es un tipo ceñudo, hosco, bajito, feo, calvo, envuelto en miles de capas de color gris transparente. No tiene ni nombre. Para todo el mundo, también para nosotros, es, tan sólo, Monsieur Hire. Vive en una pequeña casa oscura, sin electricidad, como un ermitaño profesional. Colecciona hamsters. Cuando uno muere, lo envuelve en una tela y lo entierra con dignidad. No se relaciona con sus vecinos, de tal manera que estos no dudan en colgarle el asesinato del principio del film (la película se abre como un film noir, con un crimen y la voz en off del detective asignado al caso; enseguida nos daremos cuenta de que es una impresión en falso). Es, eso sí, un extraordinario jugador de bolos, lo que le da sus únicos momentos de popularidad en la bolera. Está enfermo de solitud (que no es lo mismo que soledad; Víctor Catalá dixit) . Sólo le quedan, por tanto, dos opciones: o se engancha a los juegos de rol y asiste regularmente a clases de élfico, o se convierte en un voyeur. Por fortuna, toma la segunda calle. Su voyeurismo no es de tipo sexual; de hecho, apaga sus necesidades de ese tipo en una casa de masajes. Es otra cosa, es la necesidad de alimentarse de las experiencias, de los pequeños momentos de la gente. Esto lo demuestra en la conversación que mantiene con Alice (Sandrinne Bonnaire) en un almuerzo, en el que él desvela que pasa las horas allá sentado, junto a la estación de tren, imaginando las vidas de los viajeros, de los transeúntes de las vías (es curiosa la melancolía que desprenden los trenes y las estaciones; parece que siempre transmiten olor a despedida…) . Este voyeurismo es el que hace que se ponga a observar a Alice por la ventana (la cual, vayapordios, está siempre abierta o sin cortina: si esto ocurriese ahora la tal Alice saldría en varios videos de una pila de páginas web de nombre “Pornoyoutube” o algo así…). Crece en él, sin embargo, otro sentimiento, expresado en la sinfonía de Brahms que invariablemente pone en su tocadiscos (sí, de aquella había tocadiscos, esclavos del iPode). ¿Amor? Es posible. También pudiera ser, sin embargo, un sentimiento de posesión desesperado, mal conjugado con el solitarismo al que Hire se ha autocondenado. El caso es que ella le descubre, y empieza a mostrar interés, a pesar de que tiene novio y se acaban de prometer. Tiene una cita, almuerzo-paseo (que acaba en… la casa de masajes que frecuenta Hire… es obvio que el tipo no sabe a dónde hay que llevar a una mujer a una cita…) .Vemos el juego a dos bandas de Alice, y creemos que está vacilando entre su novio terrenal, vulgar y con un secreto que esconder; y el extraño, enamorado y, oh sorpresa, extremadamente sensible Monsieur Hire, capaz de hacer cualquier cosa por ella. Incluso no desvelar a la policía ese secreto que sólo él conoce. A costa, incluso, de que el detective sospeche de él como autor del crimen que da inicio al film. Él cree que está enamorado, y se siente capaz de todo por ella, aún a riesgo de que Alice le esté engañando para salvar a su prometido. El final no puede ser otro que la tragedia: Monsieur Hire no puede salir triunfante de esta historia; eso sí, se permite cerrar los ojos definitivamente con la última visión de su Alice, en un precioso plano ralentizado (para que vea Tony Scott que los ralentís sirven para algo) en medio de la definitiva caída. El final es perfecto, incluyendo los títulos de crédito sin música, que hace que la sensación de vacío en el espectador sea más profunda.

Una de las mejores películas del prolijo e irregular Patrice Leconte, basada en una novela de Georges Simenon; y desde luego la que más me ha impactado. Retrato de un inadaptado, un perdedor, un personaje en una dimensión diferente a la del mundo en que vive, asocial, con buen corazón a pesar de su fachada hierática y adusta. Como le dije una vez a alguien, los chicos buenos no ganan nunca. Sólo en las películas; pero Patrice Leconte se encarga de recordarnos que ni siquiera eso.
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ES SOLO UN JUEGO




La huella fue la despedida del cine del gran director Joseph L. Mankiewicz, y lo hizo por la puerta grande, como se merece.
Andrew Wyke (Laurence Olivier) es un aristócrata que escriibe novelas policíacas, a las que considera como “la recreación de la mentes nobles" ; aficionado a los juegos,toda su casa esta llena de juguetes de todo tipo.
Milo Tindle (Michael Caine) es un peluquero de descendencia italiana, que es el amante de la mujer de Wyke.
Tindle recibe una invitación de Wyke para que vaya a su casa; todo muy british, no hay nada mas normal que un hombre invite al amante de su mujer a tomar el te; a partir de aquí comenzarán a jugar al ratón y al gato, con final imprevisible.
Dos personajes en una casa. No hace falta nada más para este duelo interpretativo, en el que los papeles de víctima y verdugo se van cambiando cuando menos lo esperas.
La elección de los actores no pudo ser mejor: Laurence Olivier es el aristócrata cruel que disfruta humillando a los que cree inferiores y cree estar viviendo en una de sus novelas; Michael Caine es el cockney ambicioso y con orgullo, que se resiste a ser pisoteado; ya que como el dice “Ustedes juegan, los de mi clase sobrevivimos", en esta lucha de clases al final ninguno de los dos saldrá ganador. Dos auténticos monstruos que consiguen que las dos horas y media se nos pasen en un momento, viéndoles pasar por todo tipo de emociones.
Como en todas las películas de Wankiewicz, los diálogos son fundamentales; es un placer escuchar frases llenas de inteligencia e ingenio, algo que escasea en el cine actual.
La película nos habla sobre el poder de la humillación, el gran fallo de Wyke es no comprender que ha ido demasiado lejos, y que hasta “un muerto de hambre que desconoce cuál es su puesto” como Milo tiene su orgullo y no puede ser considerado como un juguete más de su colección.
No deja de ser una gran ironia que se quiera hacer un remake de La huella con Michael Caine en el papel de Laurence Olivier, y Jude Law en el papel de Michael Caine, una broma que hasta el propio Wyke reiría. Que el que fuera el cockney por excelencia haga ahora el papel del aristócrata demuestra que los tiempos han cambiado, ¿o tal vez lo que ha cambiado es que ahora tiene título de sir? ¿o será que, finalmente, Milo ha ganado? La respuesta solo lo sabremos cuando aparezcan las fatídicas palabras: GAME OVER
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PINTA Y COLOREA





En un alarde de productividad indigno para un lunes, vuelvo a aparecer para colgar el trailer de "A Scanner Darkly", la próxima (que no última) película de Richard Linklater. Rodada con la técnica llamada "rotoscopio interpolado" (que, como todo el mundo sabe, fue inventada por el profesor Franz de Copenhague) , que permite usar imágenes filmadas de fondo para dibujar sobre ellas, muestra un hipotético futuro cercano en el que el consumo de drogas está generalizado y legalizado (el sueño de Pocholo) y hay un control de la población llevado al extremo (el sueño de Bush) . Basada en una historia de Philip K. Dick. Keanu Reeves, Winona me-lo-llevo-prestado Ryder y el inmenso Robert Downey jr. protagonizan la cinta, que ha tenido buenas críticas en Cannes y en su estreno en USA. En España la veremos... un día de estos. Asco distribuidoras.
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MURCIÉLAGOS DE CELULOIDE

Lo siento, pero no quedaba otra. Tarde o temprano tenía que escribir algo sobre El Señor de la Noche. A los que se hayan molestado en pasarse por mi perfil aquí a la izquierda no creo que les pille de sorpresa. Batman, mi personaje de cómic favorito, como el de tantos otros. Más de sesenta años de historia, plena de historias interesantes; oscuro, contradictorio, solitario, enfermizo, hosco, carente de sentido del humor… Ese es mi Batsy. Como escribí un poco más abajo de este blog, en mi chorreo en contra de cierto omnipoderoso pijamero de Kansas de flequillo imposible, descubrí a Batman de pequeño, leyendo comics de los setenta en los que imperaba el oscurantismo y el goticismo (entre otros ismos). De más mayor decidí que los cómics eran pa-críos, y aparqué la afición. Y hace unos años volví al tajo (fenómeno muy recurrente a estas edades: empezamos a añorar nuestra infancia, y utilizamos la solvencia económica que no teníamos de pequeños para compensar las carencias de la época) (ergo: si-mis-padres-no-hubieran-sido-tan-tacaños-con-la-paga-ahora-no-me-estaría-dejando-medio-sueldo-en-tebeos-delaño-laPiquer). Pero hablemos de cine…

Hagamos un repaso a velocidad match-3 de la filmografía del Caballero Oscuro hasta la fecha, que tiene de todo como en botica. Advierto que me salto los dos seriales de cine de los años cuarenta, que si no esto va a quedar largo (más todavía...) :

-“Batman”, la versión fílmica de la serie camp televisiva de los años sesenta. Culto inmediato. Superhéroes que no han visto un gimnasio en su vida, onomatopeyas en bocadillos (eso sí que es adaptar el formato de cómic al cine, Robert Rodríguez) , villanos que siempre tienen una carcajada marca “Dr. Maligno” a punto… Como gran aportación, la escena en la que Adam West corre de un lado a otro de un puerto con una enorme bomba en las manos (pero una bomba-bomba, con su mecha y su forma esférica…) ; escena fusilada, sin ninguna duda, de "El sulfato atómico" de Mortadelo y Filemón.

-“Batman”, de Tim Burton. Tímida aproximación de Burton al mito. A medio camino entre el personal universo burtoniano y el cómic, acaba por no ser ni una cosa ni otra. La sorprendente elección de Michael Keaton se rebela más adecuada de lo que parecía en un principio. Kim Basinger adopta el papel de florero oficial. Se dispara la batmanía por todo el mundo a ritmo de Prince (Antes Conocido como… no, por aquella aún era Pr… de hecho, ahora vuelve a Ser Conocido… vale, da igual) . Lo mejor: el histriónico Joker de Nicholson. Lo peor: la resolución final; hacer que el Joker sea el asesino de los padres de Bruce le quita motivaciones a la propia idea de lo que es Batman, y cierra el círculo innecesariamente.

-“Batman vuelve”. Supera por la derecha y por la izquierda a la primera, decantándose Burton por los villanos (a tito Timmy le van los monstruitos y punto, y ese Pingüino repugnante y abandonado a las cloacas de Gotham es todo un caramelo) y relegando a Batman (ay) a un segundo plano. Un guión más desarrollado, un diseño de producción gotiquísimo y brillantísimo (y copiado hasta la extenuación en los cómics posteriores), personajes carismáticos… Michelle Pfeiffer deslumbra con su Catwoman y se convierte en sueño lúbrico oficial de todo sadomasoquista de manual que se precie. Sin embargo, la taquilla, sin ser mala, no funciona como debiera, y Warner pierde la confianza en Tim Burton. Lo mejor: Catwoman, Catwoman, Catwoman… Lo peor: a Burton Batman le importa tres pimientos morrones en salsa marinera.

-“Batman Forever”. Comienzan los problemas. Warner elige a Joel Schumacher en un ataque de enajenación; este decide que el Batman de Burton es demasiado oscuro, y le da por poner lucecitas. Debuta un Robin, Chris O´Donnell (medalla de plata del Campeonato Mundial de Soseras, detrás de Orlando Bloom) , que parece mayor que yo, y Nicole Kidman queda a un paso de tirar su carrera por la borda. La salva que la peli, vayapordioshombre, va y es un taquillazo. Uséase, los espectadores somos idiotas. Lo mejor: Jim Carrey, adecuadísimo para ese Acertijo desmadrado y juguetón. Lo peor: a Tommy Lee Jones nadie le explicó quién es Dos Caras

-"Batman & Robin". Hubiera sido una de las heces fílmicas más hediondas de la historia del cine… si llegase a la categoría de “cine”. Akiva Goldsman pare un guión deleznable (luego se ha redimido con… “Lost in space”, “Prácticamente magia” o “El Código Da Vinci”… Vale, también ha escrito “Cinderella man”, que está bien; todo el mundo tiene su momento de lucidez) , un sinsentido continuo que ni siquiera llega a entrañable. Escenas delirantes, diálogos risibles, personajes que ni llegan a la categoría de tales… eso sí, el film está trufado de primeros planos de culos y pezones (con perdón) de los trajes, en una impúdica huida homoerótica hacia delante con respecto al anterior film, que ya prometía… El mayor triunfo del film fue, sin duda, que Alicia Silverstone entrase en el traje de Fatg… digo, Batgirl. Fracaso absoluto en taquilla, se carga la franquicia del murciélago. Lo mejor: por decir algo, Uma Thurman durante parte de la película (al final enloquece, como todo) . Lo peor: todo. Indispensable ver en el making off de la peli realizado para la edición especial del DVD cómo Schumacher PIDE PERDÓN POR LA PELÍCULA…

-"Batman Begins". El resurgir. La única de todas que realmente se basa en el personaje de cómic. Tomando como referencia “Batman: Año uno”, para mí el mejor cómic del personaje, Christopher Nolan nos sorprende a todos presentándonos una tesis sobre el miedo. El miedo como base, como referencia, como motor que, de alguna manera, nos mueve a todos. A partir de aquí, y guiados a través de las interpretaciones extraordinarias de un casting inmejorable, Nolan trata de definirnos, y lo consigue, qué es Batman. Se toma su tiempo en contarnos, durante su primera hora (que, sí, a veces parece “Siete años en el Tíbet”…) , el proceso de aprendizaje, tanto interno como externo, de un perdido Bruce Wayne. Luego se pone pedagógico y empeñadamente realista para que nos creamos que todos los gadgets y, en definitiva, el proceso de invención de Batman es posible. Por fin Gordon (Gary Oldman) recibe el tratamiento que merece en una película del orejudo encapuchado; y los villanos son excelentes, desde ese siempre imperial Liam Neeson hasta un Cillian Murphy que nos deja con ganas de más Espantapájaros. El final, casi calcado al del cómic, cierra la película, no con el clásico “The end”, sino con el título de la película, “Batman Begins”. Y es que, efectivamente, Batman, su leyenda, comienza en ese instante. El film, sin ser un éxito del nivel de “Spider-man”, por ejemplo, recauda lo suficiente para garantizar la continuidad de la franquicia. Lo mejor: la escena en la que Christian Bale (superlativo) se enfrenta en la cueva a su miedo, en forma de millones de murciélagos revoloteando alrededor suyo. Lo peor: aparte de Katie Placenta Cruise, las escenas de lucha, montadas al peor estilo Tony Scott.

Como se puede ver, ha habido de todo; pero parece que podemos estar en la mejor época. Se acaba de anunciar que la secuela de “Batman begins” se comenzará a rodar en 2007, con el título “The Dark Knight”, y con Heath Ledger como Joker (¿“Brokeback Batman”? esperemos que no…) . El murciélago ha vuelto a la sala de cine para quedarse.
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COME TO THE CABARET




Como diría la impagable Sofia de Las chicas de oro :”Imagínate: Berlín ,1931 ...”
Si, estamos en Berlín, la gente se divierte en el cabaret Kit Kat, mientras un hombrecillo con el bigote de Charlot está empezando a ascender al poder. En esta situación llega un joven inglés llamado Brian que debe compartir piso con Sally Bowles, artista americana de sofisticadas uñas verdes. Ella es alocada, impulsiva y divertida, y el es tímido y culto; siendo tan distintos no tardarán en sentirse atraídos el uno por el otro, como es obligado en estos casos; los dos serán felices hasta que aparece Max, un rico alemán que no tardará en proponerles un “menage a trois” (que se parodia en “Two ladies”). Cuando Sally se quede embarazada, Brian y ella deciden casarse; pero finalmente Sally comprenderá que no está hecha para ser una madre y una esposa; o al menos una convencional de esa época, de modo que finalmente abortará, dejará a Brian y volverá a lo que es su vida: el cabaret. ¿Pero que ha pasado? La gente ya no se ríe ni aplaude como antes. Sencillamente, el hombrecillo del bigote ya ha llegado al poder.
A grandes rasgos ésta es la historia de Cabaret, probablemente uno de los mejores y más completos musicales de la historia del cine Si los musicales eran alegres y los números musicales a veces no pegaban con el argumento, aquí todo eso pasó a la historia, y hasta el obligado “happy ending” desaparece. Los soberbios números musicales ( y es que Bob Fosse era buen director, pero como coreógrafo era genial) sirven perfectamente para explicar lo que está pasando. Como ejemplo, en “If you could see her as could my eyes”, el magnífico maestro de ceremonias del Kit Kat , Joel Grey, se lamenta cantando de como la gente le critica por estar enamorado de una adorable gorila; en la canción va nombrando las cualidades de su enamorada, para al final, comentar “ si la pudieran ver como la veo yo, no verían que es judía”
En otra escena, estamos en el campo, en lo que parece una fiesta disfrutando todos de cervezas y salchichas y un niño canta lo que parece una canción tradicional; todo va bien, hasta que vemos que poco a poco, todos se van poniendo de pie con el brazo en alto, el niño luce una esvástica y la letra de la canción es “el mañana me pertenece “, no hay vez que no vea esta escena y no se me pongan los pelos de punta .
Y así podríamos seguir con cada uno de los números musicales. Soberbios, rebosantes de estética cabaretera y con el estilo inconfundible de los bailes de Fosse : el cuerpo nunca está quieto, siempre hay una mano, un hombro, algo, en movimiento.
Y por supuesto no podemos olvidar a Liza Minelli, absolutamente prodigiosa, demostrando que la herencia genética si cuenta, al ser hija de Judy Garland y Vincente Minelli, pero desgraciadamente ya no pilló la época dorada de los musicales. Su Sally es conmovedora (¿quien no ha pensado, como ella, “maybe this time i’ll be lucky”?), y su voz sencillamente prodigiosa.
“¿Que haces sentado solo en tu habitación? Ven a oír tocar la música. La vida es un cabaret, amigo. Ven al cabaret.” Vamos, a disfrutar de la vida, no sea que venga otro como el del bigotito y nos lo eche todo a perder.
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SIR WILFRID, SE OLVIDA SU COÑAC !




Antes de que hagan el sacrilegio de rodar el remake de Testigo de cargo con Al Pacino y Nicole Kidman, vamos a recordar esta maravilla
Confieso que me gustan las películas de juicios; hay gente que las encuentra aburridas, porque no hay acción, pero a mi lo que me gusta es la capacidad de descubrir la verdad a través de las preguntas ; si entras en el juego, y te dedicas a valorar cada información que dan como una pieza de un puzzle, pueden ser de lo más interesante (vale, llamadme intelectualiode si queréis).
Billy Wilder partió de una obra de Agatha Chistie, ésta es la mejor adaptación que se ha hecho de la novelista, y el talento de ambos juntos consiguió una perfecta mezcla de suspense y comedia.
El reparto es tan perfecto, que es de los que hacen historia.
Charles Laughton está totalmente a sus anchas en un papel que le va como anillo al dedo. Viejo zorro, de lengua venenosa, pero que disfruta como un niño probando un ascensor o engañando a su enfermera escondiendo puros en el bastón o coñac en el termo del cacao.
Marlene Dietrich :es como si el papel lo hubieran escrito para ella. Aparentemente fria (pero del tipo hitchockiano, iceberg con fuego escondido) y ambigua, no desaprovecha la oportunidad de mostrar sus miticas piernas
Tyrone Power el “falso culpable”: simpático, seductor con las mujeres, con una cara de bueno que inspira confianza (si es que uno no se puede fiar de nadie)
Elsa Lanchester, la sufrida enfermera de sir Wilfrid, amorosamente insoportable.
Una O’Connor ,esa gran secundaria que interpreta a la criada de la difunta, en sólo cinco minutos consigue apoderarse por completo de la escena..

Aparte de la intriga (¿es inocente el? ¿conseguirán demostrarlo? ¿es inocente ella?), lo realmente memorable es la deliciosa pareja formada por sir Wilfrid y su enfermera. Sus diálogos del tipo “ -Y ahora nos desnudaremos y nos iremos a la camita” “- Que idea mas nauseabunda!”; o “ -Debería irse a descansar a las Bermudas “ “- Lo que usted quiere es verme con uno de esos ridículos pantalones cortos”, o “-¿Quiere que cierre la ventana?” “ – Lo que quiero es que cierre la boca. Si hubiera sabido que hablaba tanto no habría salido de mi coma” son impagables, dentro de la tradición de Groucho Marx y Margaret Dumont. La frase final (que sirve de título a este comentario) nos muestra a la enfermera desde un nuevo y sorprendente ángulo, en lo que puede ser “el principio de una hermosa amistad”. Matrimonio en la vida real, Laughton y Lanchester consiguen un entendimiento total.
Curiosamente, se puede decir que Laughton ha estado en todos los lados de un juicio: de juez en El caso Paradine, de abogado en Testigo de cargo y de acusado en Esta tierra es mia , tan sólo le habría faltado un fiscal, y si lo hubiera hecho, ni Perry Mason habría podido ganarle.

No voy a descubrir el sorprendente final, pero eso nos demuestra que lo de los “giros inesperados” no es cosa nueva, ni empezó con El sexto sentido.

Del mismo modo que mi compañero aprovechó la ocasión para pedir que se publique el DVD de Criaturas celestiales, yo quiero aprovecharla para protestar por la absurda manía de querer repetir películas que son insuperables, llegando al extremo de copiarlas plano a plano. Vale que hay falta de ideas en Hollywood, pero en todo caso que hagan un remake tan distinto como el de Caballero sin espada que hizo Mel Gibson en Los Simpson (Homer for president)
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DOLORES HAZE Y UN SEÑOR DE PARIS





“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”

Así comienza la inmortal obra de Vladimir Nabokov en la que se basa una de tantas obras maestras del señor Stanley Kubrick. Casi dos horas y media de película que pasan en un suspiro, acompañando al desdichado Humbert Humbert (James Mason) al proceso de autodestrucción al que es transportado por la “nymphette” Dolores Haze (Sue Lyon) ; el final del cual se nos presenta nada más iniciarse el film, cuando Humbert, fuera de sí, irrumpe en la mansión de un Clare Quilty (Peter Sellers) en el cénit de la decadencia, decidido a hacer justicia con un revólver (el cual tiene su historia: es el revólver del marido fallecido de Charlotte Haze, mamá-Lolita, interpretada por Shelley Winters). A partir de esa escena, mitad operística mitad esperpento, Kubrick, a través de la voz del propio Humbert, nos muestra cómo hemos llegado hasta este final: HH disparando a Quilty a través de un cuadro que representa a una jovencita…

Lolita” resulta ser una película extraordinaria, en mi opinión (que como todo el mundo sabe es La Opinión), tanto por el desarrollo de la historia como por la multitud de pequeños detalles maestros con que la salpica Kubrick. Además de las escenas más conocidas del film (el inicio ya comentado, la primera vez que HH ve a Lolita en el jardín de la sra. Haze), hay otros detalles y escenas interesantes, en las que me gustaría pararme; ya que de la relación de la película con el libro o de el subtexto de las escenas que definen la relación entre el duque de F… digo, Humbert Humbert y Lolita se ha hablado ya mucho (y yo he de dármelas de original, a ver si consigo que la jefa me suba el sueldo). Hay alguna pincelada de crítica al racismo aún imperante cuando Charlotte habla de la criada, a la que no llama “criada”: le basta con decir “la chica de color” para que se sobreentienda que es la sirvienta. Hay también, una crítica menos soterrada a la vida burguesa en la mirada despectiva de Humbert a Charlotte y a sus aburridos amigos; soporta con estoicismo los vanos intentos de la mujer de parecer profunda e intelectualmente interesante (su emperramiento en soltar una gabachada cada veinte palabras aproximadamente) (en aquella época a los yanquis la fecha 11-S no les decía nada y todavía no habían quitado las “french fries” del McDonald´s de la esquina). Bueno, de hecho, hay que decir que se ríe de ella. Es extraordinariamente despectivo, incluso en su manera de parecer amable. Hay una escena genial que podría ser el resumen perfecto de la historia: el día que Lolita se va al campamento, y después de una romántica despedida entre ellos, Humbert se va a lloriquear a la habitación de la niña. Allí la “chica de color” le entrega una nota de Charlotte en la que esta declara su arrebatado amor. Mientras la lee, Humbert… literalmente, se deshueva de la risa; al acabar de leer la nota, la cámara se aparta de él para llevarnos a… un póster de Clare Quilty. Se puede decir que en esa escena está todo.

Es curioso observar que “Lolita” resulta un ensayo para “Dr. Strangelove” en lo que se refiere al desarrollo del sentido del humor de Stanley Kubrick; el cual, hay que decirlo, no siempre se manifiesta sutil. Como ejemplo, la escena del montaje de la cama plegable en la habitación de hotel. O, por supuesto, algunos de los nombres utilizados: el Campamento Climax al que es desterrada Lolita por su madre, o el Capitán Love al que hace referencia Clare Quilty en la terraza del hotel. Esto lo llevará Kubrick al límite en “Dr. Strangelove” (Jack D. Ripper, el embajador ruso Alexi de Sadeski, el general Turgidson… vamos, el Ozores británico).

Capítulo aparte para los intérpretes. Mucho se ha hablado sobre las circunstancias de la elección de Sue Lyon, la necesidad de aumentar la edad del personaje respecto del libro, etc. Su interpretación es buena, con un punto de pícara desvergüenza muy atractivo; pero a nadie le importa. Es la imagen de la película, y punto. Así le fue su carrera posterior. Hizo “La noche de la iguana”, y luego… Mejor os miráis su trayectoria profesional en el enlace. Premio para el que haya visto dos películas de esa lista. La grandeza actoral se encuentra en otros lares. En primer lugar, James Mason. Encantador, educadísimo, atormentado, sin personalidad, mentiroso; no es una persona, es un fardo arrastrado por la fuerza del erotismo esclavizante de la nínfula. Mason está perfecto. Al igual que Shelley Winters en el desagradecido papel de la estúpida viuda burguesa Charlotte Haze; cargante, histérica, gritona, vulgar, consigue oler a perfume barato a través de la pantalla. Y, “last but not least”, el genial Peter Sellers, que consiguió que Kubrick le diera más importancia a su manipulador y decadente personaje del que tiene en el libro. Y absoluta libertad: la escena del ping-pong del inicio, y sus impostaciones como policía o psicólogo alemán dan buena cuenta de ello. De todo esto deducimos que, en definitiva, no se salva ni un solo personaje en esta película. A base de ponerle al lado personajes incluso más despreciables que él, y a través de un preciso dibujo del desgraciado, Kubrick muestra cierta compasión por el sr. Humbert. Sin justificarle, por supuesto (cierren esas bocas).

Años después, llegó Adrian Lyne y perpetró un remake deleznable, del que se pueden destacar: a) las carreritas de Frank Langella (Quilty) por su casa con el miembro colgando, quizás el punto más bajo de su carrera (y no me refiero al tamaño de dicho miembro), y b) es curioso, pero es más fiel al libro que la primera versión. Lo cual desmonta muchas teorías sobre la relación idónea entre las novelas y las películas que se basan en ellas. Pero eso hoy no toca.
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TERRY GILLIAM Y EL GRIAL





Un cuento moderno sobre la búsqueda del amor, la cordura, Ethel Merman y el Santo Grial.


Así es como define Terry Gillian a la película El rey pescador.Es cierto que no es la mejor de sus películas, sobre todo si tenemos en cuenta que hablamos de un auténtico visionario, con un mundo imaginativo propio tan rico comparable probablemente tan solo con el de Tim Burton, y que ha hecho películas como Brazil o Doce monos, pero a ésta le tengo un cariño especial.
La historia de Jack Lucas, locutor de radio que se cree el amo del universo, pero se derrumba a la que un comentario suyo sea el causante de una de esas típicas matanzas en serie a la que son tan aficionados los americanos y que seguro aprobaría Charlton Heston, tiene de todo: humor, amor, emoción fantasía y (efectivamente) Ethel Merman.
Jeff Bridges está magnífico, como suele ser habitual en él, y le da la muy bien la réplica Robin Williams, que lleva barba, para indicar que hace un papel serio. Sus respectivas parejas, la guapísima Mercedes Ruehl (a la que desgraciadamente le persiguió la maldición del Oscar a la mejor actriz secundaria) y Amanda Plummer están a su nivel, y tampoco quiero olvidar a Michael Jeter, uno de los travestis mas adorables que ha habido en la historia del cine.
Jack es el típico yuppy egoista con tendencias autodesctructivas y Paddy un “sin techo”, un trastornado que sufre alucinaciones, que cree que vive en la época del rey Arturo, y quiere recuperar el Santo Grial. El encuentro de los dos personajes hará que se establezca una extraña relación entre ellos: Jack se considera responsable de la locura de Paddy, y Paddy cree que Jack es el Elegido (lo siento por ti, Neo). Lo que no saben es que se necesitan el uno al otro para salvarse.
El talento visual del ex Monthy Python se muestra en las alucinaciones de Williams en todo su esplendor, que desarrollaría al máximo en sus siguientes películas. El mundo de la fantasía y el de la realidad se mezclan cuando menos lo esperas y Gillian nos quiere enseñar, como dice Paddy en una escena, que “se puede encontrar belleza en la basura”
La declaración de Robin Williams a Amanda Plummer es para mi una de las mas hermosas, tiernas y divertidas de la historia del cine.
Por cierto, es curiosa la obsesión que tienen con Pinocho tanto Gillian como Spielberg ¿tal vez Ethel Merman es la Hada Azul?
 
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